domingo, 29 de marzo de 2015

“De la vez que encontré a mi mujer con dos mujeres y un hombre en la cama…


Me emborrachaba en bares baratos de la Glorieta de los Insurgentes con mi novia E. Llegaba a casa al amanecer, molido por la farra y el desvelo y a las once en punto de la mañana sonaba el teléfono. Era K., mi editor. Por aquel entonces había vendido un libro de relatos a K. Llamaba desde Sudamérica. No sé muy bien cómo K. me encontró y se interesó en mí. Jamás lo había mirado. Toda la negociación se llevó a cabo mediante correos electrónicos y llamadas telefónicas. Me instaba a escribir. Habían pasado tres meses desde que K. me envió el anticipo y no había mandado a K. ningún relato. Deseaba algo inédito. Todo mi material estaba publicado en línea. No aceptaba algo que tuviese escrito de antemano. Quería algo inédito, nuevo, contundente y maravilloso. Por alguna razón, K. suponía que yo podía hacerlo. Pero llegaba molido, como ya dije, dormía durante el día y al anochecer E. me apuraba a salir y beber, o a comprar trago y beberlo en casa. No podíamos dormir sin ello. Si no bebíamos, el cuerpo nos picaba. Nos daba una comezón insoportable. Había que beber. Había que beber hasta emborracharnos y dormir. En mitad de todo eso, había que follar dos o tres veces al día. No tenía fuerzas para escribir. Escribir requiere tantas fuerzas como correr un maratón. Beber requiere más fuerzas. K., le decía, lo siento, hombre, estoy jodido. Dame una semana más K. Te entregaré avances. K. colgaba. Al día siguiente volvía a llamar. Decía: P., estoy a punto de perder la cosa contigo, si no leen algo en TK, cancelarán tu contrato. Vale, decía yo, mandaré algo por la noche. Era una tarea casi imposible. Supongo que es algo por lo que atraviesa todo escritor. Un bloqueo mental (?). No hay nada más complicado para un escritor que trabajar bajo encargo. Antes de K. escribía historias todo el tiempo. Podía escribir una historia diaria. Ahora no podía escribir un solo párrafo. K. había sido claro: inédito, ágil, contundente, sorpresivo. La mayoría de mis textos no eran en absoluto sorpresivos. Escribía las mismas chorradas de siempre: mis amantes, mis ex mujeres, mi alcohol. ¿Por qué K. se pensaba que yo era el indicado? Los últimos años había rezado por un contrato. Bien, lo tenía. ¿Y ahora? ¿Por qué no me llegó a los veinte años, cuando aún podía beber y escribir con mucha energía? Por más que pensaba, no me venía algo. Quince relatos. Es lo que pedían en TK, la editorial. E. me apoyaba, en lo mínimo. Proponía ideas. Decía: escribe de la vez que te emborrachaste en bar de Ele y te tragaste los vidrios de un envase de cerveza roto. O de la vez que te caíste por las escaleras del apartamento de los músicos que conocimos en una ponencia de poesía. O de la vez que te cagaste en los pantalones de tan borracho. O… vale, nena, la paraba, he escrito de todo ello ya. K. quiere inéditos. No hay algo inédito en mí. Todo lo he contado ya. Eso es el problema, dijo, necesitas nuevas experiencias. ¿Por qué no sales a solas y vives cosas?

      Al día siguiente llamé a O., un viejo compañero de farras. Le dije: ¿O., tienes dinero? O. se extrañó. No sé, respondió, ¿dinero para qué? Se lo propuse: hagamos un viaje, O., salgamos de la ciudad. Vivamos aventuras. ¿Adónde?, preguntó. No sé, Dios, es igual, a donde puedas pagar lo de ambos. O. no se entusiasmó demasiado. Sin embargo, aceptó. Nos citamos en la Glorieta de los Insurgentes.

      Bueno, le dije a O. cuando lo miré. Podemos abordar el metro, hasta San Lázaro, coger un autobús a donde sea y ver qué pasa. Sí, dijo. Nos miramos un par de segundos. ¿Traes dinero?, pregunté. O. asintió con la cabeza. Nos miramos otro segundo. ¿Una cerveza antes de partir?

      Entramos a Tres Gallos. Nos instalamos al fondo. Ordenamos cerveza. Bebimos. Le conté a O. sobre K., TK y mi bloqueo mental. Dijo: escribe cualquier cosa, P., lo has hecho siempre. Di un sorbo. Sí, dije, siempre hasta ahora. Preguntó por E. Dije que ella misma había propuesto la idea de viajar. E. era una mujer muy celosa. No lo puedo creer, comentó O. Pues es así, O., ella misma… O me miró directo a los ojos. Ya, dije. ¿Por qué E. me había dado permiso, e incluso instado, a ausentarme de casa? Yo también era un hombre muy celoso. Decidimos espiar a E.

      Bebimos y hablamos del asunto hasta el cierre de Tres Gallos. Una vez cerrado, nos mudamos a bar de Ele, donde bebimos y hablamos más sobre el asunto. Es increíble todo lo que se puede hablar y suponer de algo que no ha pasado. Sospecho que no se puede hablar más de algo que sí ha pasado. Nos emborrachamos. Al amanecer, nos fuimos a Obregón. Nos instalamos en una banca pública y hablamos y hablamos y conjeturamos y supusimos. A las diez de la mañana estábamos muertos. Fuimos a comer tacos a Obregón e Insurgentes. A las once, llamó K. Le dije: estoy en ello, K., lo juro, estoy a punto de escribir algo inédito, bueno y contundente. Colgó.

      Dormimos un par de horas sobre bancas públicas. A la una de la tarde caminamos a la calle de mi apartamento. Enfrente había un bar de cubanos. Nos metimos al bar. Ordenamos mojitos. Una negra trajo nuestros mojitos. Desde allí vigilamos la entrada de mi edificio. Hasta las cuatro de la tarde, no ocurrió algo. A las cuatro con diez, miramos a E. salir. ¡Ahí está!, exclamó O. Nos agachamos para que no nos viese. La vimos ir a la tienda a comprar cerveza y churrumais. Regresó al apartamento. No sé, O., le dije, me siento ridículo; desconfiar así de mi mujer… no sé. ¿Cuántos días se supone que estarás fuera?, preguntó. Una semana, respondí. Bufó. No podíamos permanecer una semana en el bar de cubanos. ¿Alguna idea?, pregunté. Podemos ir a mi casa, dijo O., puedes quedarte ahí. Podemos volver todos los días. Así quedamos.

      En casa de O. dormimos hasta la media noche. Al despertar compramos cerveza y botana y la bebimos. O. me contó sobre una chica a la que conoció recién. Una poetisa. Habló, en particular, sobre sus tetas. Yo le escuchaba mientras pensaba en las tetas de E. Todo el tiempo que estaba con ella, miraba las tetas de otras mujeres. Ahora, no podía dejar de pensar en las tetas de E. y en su cintura y en su culo y su sexo. Estaba buena, de eso no tenía la menor duda. Sobre todo cuando estaba lejos. Bebimos hasta al amanecer. A las once llamó K. No cogí la llamada.

      A las ocho de la noche, cuando despertamos, tenía siete llamadas perdidas de E. También había un mensaje. Ponía: supongo que estarás muy ocupado. Lamento molestar. Bueno, los celos de E. habían asomado. La llamé. No contestó. Pedí permiso a O. para pegarme una ducha. Lo hice. Durante la ducha me masturbé pensando en E. Al salir, llamé a E. No contestó. Me rasqué la cabeza. ¿Pasa algo?, preguntó O. E., dije, no coge las llamadas. Dios, exclamó, me pego la ducha y vamos a tu casa. Sí, dije.

      Durante el trayecto a casa, planeamos lo siguiente: O. tocaría el timbre de mi apartamento, para comprobar que E. estuviese ahí. Yo me escondería en algún lado.

      Bien, me escondí tras una jardinera. O. tocó el timbre. Pasaron dos minutos que se me antojaron una eternidad. E. bajó. Abrió la puerta. La miré saludar a O. Intercambiaron algunas palabras. E. invitó a O. a subir. O. y E. subieron. Cerraron la puerta del edificio. No supe qué hacer. Entré al bar de cubanos. Ordené cerveza Bucanero. Me dio la comezón. Ordené más cerveza. Un negro me traía las cervezas. Pasó una hora. Bebí cuatro cervezas. Comenzaba a inquietarme. El negro hablaba con otros negros. Pegaban de gritos. Me estaba cansando de estar ahí. Ordené mojitos. Ordené un plato de ropa vieja. Ordené más cerveza. Los negros no paraban de reír, hablar y gritar. Hablaban sobre mujeres. Sobre cómo habían cogido a sus mujeres con otros hombres. Era un infierno. O. no bajaba.

      Al cabo de una hora más, bajó O. Venía medio borracho. Alcé la mano para que me mirase. Cuando estuvo sentado a mi mesa, le reñí. Lo siento, P., me dijo. ¿Y bien?, pregunté. Hay fiesta en tu casa. ¿Cómo?, exclamé. Sí, dijo, E. y tres chicas más. No sé de dónde las sacó. Están buenas. Beben. Dios, dije, no sabía que E. tuviese amigas buenas. Supongo que te lo oculta, dijo O. Están realmente buenas. Ya, dije. Callamos un minuto. Luego, O., dijo: P., ¿te molestaría si vuelvo arriba? ¿Qué?, exclamé. Vamos, P., las chicas están buenas y hay una que está a punto de emborracharse; ya sabes. ¿Qué?, exclamé. Prometo no tocar a tu mujer, P., pero… las otras… No, O., olvídalo, lo siento, pero, ¡olvídalo! Vamos, P., insistió, no puedes detenerme, soy un hombre libre. Sacó las llaves de su casa de su bolsillo. Ten, dijo, puedes acostarte en mi cama. Se levantó y se fue. Lo miré. No tuvo que tocar a la puerta. Dejó abierto.

      En fin. Fui a casa de O. Antes de entrar compré burritos de frijoles y queso y cerveza. Me acosté en cama de O. y comí y bebí y me masturbé. Aquella noche no pude dormir. Pensé en E. y en sus amigas buenas y en O. Es un hijo de puta, pensé. Finalmente dormí.

      Al amanecer escuché a O. tocar a la puerta. Me tardé en abrir. Comenzó a golpear la puerta. No abrí. Deseaba hacerle sufrir. Gritó: ¡P., abre! ¡Sé que estás ahí! Bueno, abrí.  Venía borracho. ¿Y bien?, pregunté. Nada, P., dijo, bebimos, es todo. Eso ya lo sé, dije, pero… ¿y E.? ¿Hubo hombres en la fiesta? No, respondió O., únicamente yo. Me tranquilicé. O. se echó sobre el sofá. Te ama, dijo. ¡Cómo!, exclamé. Sí, dijo, E., te ama; se lo pasó hablando de ti y de lo mucho que te ama y le gusta tu sexo, Dios, fue insoportable escuchar aquello, P., pero puedes estar seguro: E. te ama. Ya, dije, al tiempo que me rascaba un ojo. Bueno, dijo, lo siento, voy a dormir. Ya, dije, adelante. O. durmió todo el maldito día. Yo dormí un poco, pero no podía pegar ojo.  A las once llamó K. ¿Ya?, contesté. El rollo de siempre. Vale, le dije, lo tengo, no te apures, esta vez sí que lo tengo. Me dio como plazo dos días más. Colgó.

      A las nueve de la noche O. despertó. Yo daba vueltas por la estancia. Le dije: O., se acabó. Regreso a casa. ¡Cómo!, exclamó. Sí, le dije, regreso a casa. Tengo dos días para entregar un avance a K. No puedes, dijo, E. piensa que estás en Chiapas; yo mismo se lo dije. Bueno, dije, pues se enterará de la verdad. O. suspiró. Como quieras, dijo.


2

Llegué a casa. E. estaba en la habitación. Se sorprendió mucho al verme llegar. Oh, P., no te esperaba. Ya, dije, es igual. La besé. Me abrazó. Me la quité de encima. Lo siento, nena, no puedo, ahora no. Se sentó sobre la cama. Me miró hacer. Me fui directo al ordenador. ¿Pasa algo?, preguntó. Un día, dije, tengo un día más. E. se puso detrás de mí. Me sobó los hombros. ¿Quieres cerveza?, preguntó. Vale, dije, sí, trae cerveza, cigarrillos, comida. Voy, voy, dijo. Sí, sí, dije.

      Abrí una página en blanco en el ordenador y escribí: “De la vez que encontré a mi mujer con dos mujeres y un hombre en la cama…




1 comentario:

  1. Barbieleah Dragocescu13 de abril de 2015, 10:20

    Muy bueno........................Besitos de Barbie

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