domingo, 8 de marzo de 2015

Auxilio.


Bueno, soy una puta descarada. Ya los oigo: cómo se atreve. No es una mujer. Ninguna mujer diría algo así. Todas las mujeres nos arrodillamos ante una pija bien dura; más tarde o más temprano en nuestra vida deja de impactarnos. A ellos nunca dejará de impactarlos. Me comí al mundo a los diecinueve años. Ahora bostezo cuando un hombre llega a mi mesa y me pregunta: ¿qué tomas? O cuando un hombre me regala dinero. Chocolates, rosas, perfumes, zapatos, comida, cerveza, cualquier cosa. Es dinero. Prefiero el dinero. Bostezo. Hasta la más santa se ha comido un sexo. Les cabe en la cabeza (lo imaginan todo el tiempo, lo miran en su sagrada pornografía, lo anhelan, lo desean) que una mujer haga sexo oral, pero no soportan que una venga y escriba: lo hago, lo hago todo el tiempo, y más que eso. Entonces dicen: no, no es verdad. No queremos leerlo. Ellos inventaron la palabra que luego no quieren escuchar.

      Alguna vez salí con un chico que tenía implantes en el glande. Un par de esferas de acero. Se vanagloriaba de haberse acostado con más de setenta mujeres diferentes. Yo era, no sé, la setenta y uno. Me lo dijo descaradamente. Descaradamente, le dije: y tú eres el ochenta y dos, nene. No volvió a llamarme para joder. Puede soportar que le abran el glande y le inserten acero, pero no lo otro. Pasé buenos momentos con él. Quiero decir, momentos sexuales. Aún recuerdo con claridad el aspecto de su pene. A él casi no lo recuerdo.

      A los veinte años quise escribir poesía. A los veinte años, pensaba: si quieres hacer algo, es cuestión de acercarte a hombres que lo estén haciendo y te abrirán las puertas. Me acerqué a mi profesor de literatura. Bueno, no me abrió ninguna puerta. En todo caso, me abrió las piernas, me folló, me botó y luego me hizo un drama porque lo denuncié. No pagó su parte del trato. Todo lo que deseaba era conocer a unos cuantos escritores, no sé, a gente que me involucrara al mundo de las letras. Lo hice por mí misma, poco después. Ocurrió en un bar de la Doctores. Aquella noche no pensaba en literatura. Fui al bar porque me invitó alguno, ya no recuerdo quién. Era la primera vez que salíamos. Nada serio. Me había visto andar por la calle alguna tarde y se me acercó. Le di mí número, etc. Rutina. Pasó por mí a calzada de Tlalpan y me llevó hasta la Doctores, a un bar de mala muerte. Allí estaba P., aunque en ese entonces no sabía quién era P., ni nada.

      Mi acompañante era un idiota, como debí suponer desde que me abordó en la calle. P. bebía cerveza en la barra. Nosotros estábamos a una mesa de él. Hablaba con una chica. La chica era morena y regordeta. No creo que se acuesten, pensé. P. no tenía las actitudes de un hombre seduciendo a una mujer. La mujer sonreía mucho a lo que P. decía. Ella estaba dispuesta. Escuché que P. dijo: si te interesa publicar, puedo presentarte a un amigo… Eso bastó para que mi atención se centrara a él. En algún momento me levanté y me fui directo a P. Le dije: hola, mi nombre es May, ¿eres editor o algo? P. se asombró. No, dijo, soy algo peor. Rió. La chica morena también rió. Soy escritor, dijo. ¡En serio!, exclamé, ¡qué bien!, ¿y qué has escrito? P. se decepcionó. Ahora entiendo por qué, pero en aquel entonces no entendía nada. Es igual, dijo, he escrito un montón de cosas. Acto seguido, se volteó hacia la morena y me dejó. Oye, le dije, yo también soy escritora. La morena dijo: todos son escritores, ¿es qué es moda? Pensé: ¿todos son escritores? ¿Moda? No conozco algún escritor. Eso quisiera. ¿Moda? ¿Cuántos escritores hay? Mi acompañante me llamó. Volteé a verlo y dije: sí, ahora voy. Bueno, dijo P., y tú, ¿qué has escrito? Bueno, titubeé, yo… escribo… poemas. Ya, dijo. La morena pidió que pronunciara mi nombre una vez más. May, dije. Alzó la vista. No, no, no lo he escuchado. Me sonrojé. No, bueno, soy… nueva en esto. Ya, dijo P. Mi acompañante, al que llamaré X. en adelante, se levantó. Traía una cerveza en la mano. Hola, se presentó. ¿Son amigos de May? P. y la morena no contestaron el saludo. La morena exclamó: ¿quién es May? X. me miró. Vale, le dije, vamos a la mesa.

      El resto de la noche no pude quitar ojo y oído a P. X. se aburría porque yo me aburría. Le dije: querido, lo siento, pero creo que fue mala idea salir. No eres la clase de hombre que necesito. Se enfadó muchísimo. Dijo la patraña de siempre: ¿cómo lo sabes si no me conoces? Discutimos tanto que le pedí que me dejara allí mismo. Se negó a hacerlo. Me obligó a aceptar que me llevase a casa. Antes de irnos dejé mi número en una servilleta a P. La morena hizo gestos.

2
No volví a ver a P. sino hasta mucho después. No me llamó. Pasaron dos años antes de nuestro segundo encuentro. En el camino, me acerqué a escritores y poetas de la UNAM. Me decepcionaron. Aún eran estudiantes, jóvenes e inmaduros. Me acosté con algunos de ellos, en todo caso. En eso también me decepcionaron. Al menos, sirvió para conocer a otra gente, fuera de la Universidad, que sí estaba haciendo cosas, además de quejarse del gobierno y de casi todo.

      Una cosa me llevó a la otra. Descubrí que la acostadera y la literatura no estaban peleadas. ¡Al contrario! La mayoría de los escritores que conocí eran promiscuos. Quiero decir, de los escritores y escritoras. A su promiscuidad la llamaban libertad. En ello se equivocaban, no hay libertan en la promiscuidad ni es defender la libertad de una el acostarse con todos. La promiscuidad priva más la libertad de lo que la da. No se los dije. No me escucharían. Estaban inmersos en sus creencias, como todos los grupos sociales. Otra creencia entre los escritores era la de beber.

Tenía veintidós años y me había acostado con la mayoría de los escritores del círculo de P., pero sin llegar a P. Daba la impresión de que P. era un mito. Algunos habían escuchado hablar de él. Otros decían haberlo visto, haber salido con él alguna vez, o haberlo encontrarlo en algún bar. Nadie podía darme datos exactos para contactarlo, para hablar con él. Una vez, uno me dijo: entra a este sitio, ahí publica electrónicamente. Entré al sitio y encontré los datos. De la manera más sencilla.

      Me interesaba llegar a él porque yo misma lo había mitificado. Los escritores que había conocido no me habían satisfecho. Eran engreídos, ignorantes, machistas o mediocres. Se salvaban algunos, claro está, pero no lograba sentir por ellos la extraña admiración que sentía por P., o, incluso, por la morena. Hubo algo en la forma de expresarse de ellos dos la vez que les conocí, que me hizo pensar en ellos como en gente seria. Es decir, gente realmente comprometida con la literatura, y no, como descubría constantemente, con la sociedad, con la popularidad, no sé.

      Me escribí con P. durante dos meses. Me solicitó un texto de mi autoría. Le envié un relato que narraba una de mis primeras experiencias sexuales y le encantó. Era un maldito pervertido, como todos. Me dio cita en un bar de la Glorieta de los Insurgentes. Necesitaba hablar conmigo. Bueno, eso lo había escuchado tantas veces que casi le digo que no. Pero P. era P. Yo misma lo había buscado todos estos años.
     
      Cuando nos encontramos, no me reconoció. No delaté mi identidad. Me presenté como Cas, el seudónimo bajo el que escribía mis poemas y relatos desde hacía un año. Bueno, P. salió con la verborrea de siempre: tu relato me impresionó. Es un relato estupendo. ¿Quieres acostarte conmigo? El resumen de siempre. Reí mucho. Era divertido mirar a P., al que de algún modo yo admiraba, caer tan bajo. Ahora P. era uno más. Uno como todos. Me negué a acostarme con P. a pesar que lo propuso dos veces el mismo día. Debo aceptar que fue el único que tuvo los huevos de decirlo abierta y descaradamente. Dijo: me gustaría acostarme contigo. ¿Quieres acostarte conmigo? Ante la negación no se inmutó. Dijo: vale, si cambias de opinión me avisas. Luego, toda la conversación giró en torno a la literatura. No me refiero a mi relato, eso era claro que no interesaba a P. excepto para acostarse conmigo.

2

Después de P. decidí contactar a V., que era una escritora, amiga suya, que hacía más de tres años que escribía de una forma descarada. Más o menos lo que yo hacía y quería hacer, pero con mejores efectos. V. no fue tan fácil de contactar. Le envié un par de relatos sobre mis amoríos con hombres mayores, que es un tema que yo había leído de ella. Me dio cita para hablar un martes por la tarde, en Centro de Tlalpan.

      V. me mostró una serie de comentarios sobre sus textos donde la atacaban por expresarse libremente, no solo sobre sexo, sobre la procreación, la belleza, la verdad, la infidelidad, los círculos literarios, los hombres, las drogas, etc. Yo tenía veintitrés años, me había acostado con más de noventa hombres, entre ellos poetas y escritores, y V. era la primera mujer que no me juzgaba por ello. Su amistad me era valiosa. Sin embargo, no volví a verla.

      V. y P. se alejaron de mí. Nunca supe por qué. Me mantuve al tanto de ellos gracias a ciertos amigos en común, o de lo que se decía de ellos en los bares (sobre todo de P.) y en los eventos literarios, a los que casi no asistían. La fama de V. y P. era tan rara e ilusoria como la promiscuidad.

      Me leí todo sobre V. y P. y me dije: voy a contar la historia. Luego, ya no quise contar la historia. Todo era previsible, sin riesgo, sin aventura real. Sexo. Alcohol. Literatura. Una vez que estás dentro, no es tan bueno. Ahora quisiera salirme. Dejar de escribir, de beber, de acostarme con todos. Pero la literatura es una trampa. Los que estamos dentro sólo podemos enviar nuestros textos al mar, con la esperanza de que alguien nos lea y nos rescate. Soy una puta descarada. ¡Auxiulio!




8 comentarios:

  1. Muy descarado! Me encanta!

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  2. Que bien me gusto tiene fuerza y es muy intensa...!

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  3. Es cierto, como diría una hermosa amiga mía, "Mario perdóname por se una puta frustrada"

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  4. Hay una prosa limpia y fuerte Verónica, lo veo sin que me pierda en la historia, que también lo es

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  5. ¿que diria Jung sobre esto? ¿una especie de reina de Saba? interesante y complejo texto, muchas sublecturas

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  6. Me gusta la cadencia, entre lo presuntuoso y la mascara de inocencia. Pero y?...

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  7. Alejandro Reinaldi9 de marzo de 2015, 18:19

    buenisimo !!! y yo no leo cuan puta es la estrella de ese show cotidiano de vivir.. si veo que es una mas que no dio lugar en su vida a la hipocresía.. no se si mejor peor.. pero si de verdad.. amen

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