domingo, 15 de febrero de 2015

Extrañar a B.


Dejé de salir con B. porque me abandonó. No hay más de qué hablar sobre el asunto. Se enfadó y me abandonó y se acabó y dejé de salir con B., de vivir con ella, de reñirla, de besarla, de hacer el amor con ella, de hablar, de reír, de ducharme con ella, y todo el mundo se enteró de ello. Cuando iba al bar, la gente solía acercarse a mí y palmearme. Mierda, no había necesidad de palmearme. Me decían: venga, P., todo irá mejor algún día. Las mujeres van y vienen. Allá afuera hay un mundo de posibilidades. Asentía con la cabeza a todas las chorradas que me echaban encima y bebía mi cerveza en silencio, sin ánimo de contrariar a nadie ni de discutir las ventajas de la soledad. En fin. No deseaba absolutamente algo en la vida. Ni siquiera regresar con B. Estaba dispuesto a pasar unos buenos años solo. A regresar a los barrios de las prostitutas, a jalarme la pija en los excusados públicos y a hacer propuestas indecorosas a las chicas en bares, pero sin involucrar sentimientos. Francamente se apoderaba de mí un sentimiento de libertad, un sentimiento bienhechor. Entusiasmo. Supongo que es lo que llaman ganas de vivir la vida. Pensé: al próximo que me consuele por B. le voy a patear el culo. Yo soy P. Y todos van a saber quién es P. P. no es uno que se detiene por un desamor. P. es un Casanova. P. y su récord de mujeres folladas. Las gatitas de P. P. se follar a todo el barrio. No hay una que sobreviva. Sí, señor. P. P. P. Bueno, después de doce cervezas comienzas a sentirte grande.

      Entonces entró una morena y se sentó a mi lado. La miré de reojo. Me dije: comienza tu reinado de follería, so cabrón. Le sonreí. No me contestó la sonrisa. Me levanté de la barra y me llevé mi cerveza a otro lado. No era tan bueno después de todo. Además, me dije, ahora estás muy borracho. Mañana comenzarás a levantar chicas por los bares. Sí, eso es. Quizá debas afinarte un poco con las prostitutas, no sé, calentar motores, para estar al punto cuando tengas que desenvolverte con alguna mujercita que se crea todas tus mentiras de amor. No, no, de amor nada; no volveré a enamorarme, ni falsa ni verdaderamente: se los diré directo: nena, P. quiere follar, olvida las rosas, olvida los versos, los regalitos, el chantaje emocional: ¡bájate las pantaletas!

      La morena estaba muy bien. De pronto ya no estaba sola. Supongo que ocurrió mientras yo me pensaba todas esas cosas. Supongo que desde fuera tendría la cara de un idiota, ensoñando sobre follar. Charlaba con un hombre. Los observé un tiempo, cazando el momento adecuado, en que la morena estuviese sola de nuevo. El momento llegó pasados algunos minutos. Cuando estuvo sola, me encomendé a mi santo patrono, San Urbano I, y me levanté y me fui a por ella. Me paré a su lado y le dije: Me gustas. Quiero acostarme contigo. Esta noche. Dios, hizo una mueca y se alejó, casi corriendo. No quise esperar a que se lo contara a su amiguito y me partiera la cara. Me salí afuera a fumar un cigarrillo. Me dije: vamos, es cuestión de calentar, ¿hace cuánto que no lo haces? Pasé cuatro años bajo el yugo de B. Había perdido el toque. Es lo único que lamentaba.

      C. se apareció por ahí. Me miró y se vino conmigo. Hola, P., ¿qué hay? Hola, C., nada, todo marcha, ¿qué te trae por aquí? Vine a encontrarme con un par de amigas, P., ¿no las has visto por aquí? No lo sé, ¿quiénes son tus amigas? Una morena y un marica, dijo C. y se cagó de la risa. Dios, no, C., no he visto a ningún marica. Dame una chupada, dijo C. y me arrebató el cigarrillo. Hay una morena allá dentro, C., pero no me he entendido con ella, espero que no sea la tuya porque… C. saludó a la morena a través del cristal. Dios, sí es, dije. ¿Qué?, dijo C. devolviéndome el cigarrillo para entrar a con su amiga. Nada, ya lo verás, dije antes de que entrara al bar.

      Terminé el cigarrillo. Entré. Ahí estaba C., sentado a una mesa, con la morena y con el marica. Me miró y me hizo señas para que les acompañase. Bueno, pensé, qué más da, ahí voy. Me paré frente a su mesa. C. dijo, G., este es mi amigo P., es escritor. El marica sonrió y me estiró la mano. Yo dije: hola, G., un gusto. Luego: Kay, él es P., es escritor. Bueno, supuse que aquí se armaría, pero no. La morena me estiró la mano, sonrió sugestivamente y me dijo: hola, P., un gusto, ¿por qué no te sientas aquí? Palmeó un espacio junto a ella. Ya, dije, está muy bien. Me senté junto a ella y durante un segundo nos miramos las caras. No era tan bonita de cerca, pero estaba bien. C. dijo: brindemos. Brindamos. Reímos. C. dijo: P., me enteré sobre tu abandono, qué hija de puta B., espero que no te afecte demasiado. Ya, dije, no pasa nada. ¿Sabes?, a veces es mejor estar solo. Sí (Dios, C. lleva solo más de cinco años, si hay alguien que debe saber eso es él). No hay nada como la libertad. Sí. Nadie que te diga qué hacer y te dé la lata. Ajá. Sólo tú y tu libertad, P., si quieres hacer algo, lo haces, sin más, no das explicaciones a nadie. Lo sé, C., entiendo. En algún momento el marica dijo: C. tiene mucha razón, la libertad puede ser muy interesante. Yo no dije algo. Kay preguntó quién era B. y por qué C. me consolaba. B. es mi ex mujer, dije. Sí, dijo C., le abandonó hace un par de semanas; caray, qué hija de puta, abandonar así a P., no, no, P. es un hombre impecable, Kay, tú no lo sabes, pero P. es un… Sí, interrumpió Kay, sé qué clase de hombre es P. Sonrió maliciosamente. Le pellizqué la pierna. Sonrió. Me susurró al oído: ya vamos a ver si cumple lo que promete… o es por ello que le abandonan. Sonreí y dije: C., hazme un favor, no menciones a B. en esta mesa, ¿quieres?

      C. comenzó a hablar sobre un proyecto literario al que deseaba incluirme. Algo sobre un fanzine. Bueno, dije, está muy bien C. G. dijo que alguna vez participó en un fanzine. Era diseñador gráfico, o algo. Ya, dijo C., me alegro. Luego, se dirigió a mí: podrías escribir una columna, P. Sí, dije, estaría bien. Conozco a un chico que puede ayudarnos con la ilustración. G. dijo: yo hago ilustración digital, para todo tipo de medios impresos. Sí, G., qué interesante, dijo C. y se echó un tragó al cogote. Kay dijo: G. es un ilustrador estupendo, deberían incluirlo en su proyecto, C. C. contestó: estamos cubiertos, Kay, ya tenemos ilustrador. Yo dije: si aquel chico llega a fallar, conozco un par que pueden hacerse cargo, C. C. asintió. Kay me pisó el pie. Vamos, ¿qué pasa?, le pregunté al oído. ¿Tienes cigarrillos?, preguntó. Sí. Vamos fuera, anda. Me excusé para salir con Kay. C. dijo: sí, sí, anden a fumar; mientras tanto yo iré al sanitario. Todos nos levantamos excepto G.

      Así que eres escritor, me dijo Kay una vez con los cigarrillos encendidos. Sí, bueno… ¿Eres un escritor famoso? No. ¿Entonces? Soy un escritor, es todo; escribo. Yo también soy escritora, ¿sabes? ¿En serio? Sí, escribo todos los días. ¿Qué escribes? ¡Las cuentas! Se cagó de risa. Soy contadora, dijo. Ya, dije, eres una gracia. Sí, dijo aún riendo. Y además tienes un culo precioso, ¿quieres acostarte conmigo? Dejó de reír. Ay, P., dijo, ¿siempre eres así con las mujeres? Qué te importa, te he hecho una pregunta; anda, di que no y acabemos con esto, ¿vale? Le toqué el culo con la palma abierta. Suspiró. No, dijo. Retiré la mano. Ya, dije. ¿Por qué quieres acostarte conmigo? Tienes un culo… yo tengo una polla… no es tan complicado, Kay, quiero acostarme contigo porque me gustas. No puedo creer que hayas durado cuatro años con una mujer. No puedo creer que te tomes tan en serio aquello de acostarte conmigo llevando esa falda. ¡Ey, una puede vestirse como le dé la gana y no por eso… Sí, sí, el rollo de siempre: quieren vestirse como putas pero no que las traten como tal; hipócritas: ¿para que desean mostrar su cuerpo si no lo van a dar? Lo damos, P., pero no al primero que se nos plante enfrente. Es igual; guárdate el sexo, eres la punto cinco por cien, aún me quedan diecinueve intentos. ¿Qué?

      Aplasté la colilla del cigarrillo con la suela del zapato y entré al bar. Miré a una chica. Estaba bien. Casi todas las mujeres estaban bien para mí. Me acerqué a ella por detrás. Muy de cerca. Le susurré hola. Volteó. Asustada, dijo: ¿qué quieres? Acostarme contigo. Esta noche. Debajo del puente. Dio un grito y corrió. Un hombre vino a ver qué pasaba. Se me plantó enfrente. Ella, detrás de él, dijo: ¡es un pervertido! ¡Me propuso acostarme con él debajo del puente! Vi venir el golpe pero no lo sentí. C. se interpuso. Cogió al hombre (C. era muy alto y corpulento), lo arrinconó contra una de las esquinas del bar. Yo dije: C., déjalo, déjalo que me parta la cara. C. gritaba: P., anda, pégale. Lo tenía bien sujeto. Vamos, C., ha sido culpa mía, suelta a ese hombre. La gente hizo alboroto. Un par de hombres vinieron a por C. y el hombre. Los separaron. C. gritaba: ¡le voy a partir la cara! El hombre no decía absolutamente nada. G. y Kay estaban detrás de mí. ¿La uno de diecinueve?, preguntó Kay mientras mirábamos cómo lanzaban a C. y al hombre. Asentí con la cabeza. Ay, P., eres un caso, ¿no? G. dijo: qué pasa, de qué hablan, ¿por qué es un caso?, ¿¡qué ha pasado?!

      Separaron a C. y al hombre y los echaron a la calle. G., Kay y yo salimos a buscar a C. Lo encontramos hablando con el hombre. C. decía: P. es mi hermano. El hombre decía: lo siento, C., perdí la calma, Dios. Cuando nos vieron llegar callaron. C. dijo: P., ven, da la mano a este hombre, es un hermano. El hombre se echó a mí. Dijo: lo siento, hermano, un hermano de C. es un hermano mío. Nos abrazamos. No pasa algo, dije. Kay dijo: P., eres un maldito cabrón con suerte.

De pronto salió la chica. Nos miró a todos hablar y estrecharnos las manos y reír. Se quedó de pie frente a la escena. El hombre le dijo: Ara, ven, acércate, estos hombres son mis hermanos. La chica dio media vuelta y se largó. Antes de desaparecer, gritó: ¡me largo, J., no pienso irme contigo a ningún lado! J. alzó el brazo y exclamó: ¡qué te den, so zorra! Luego, nos confesó: llevo dos meses pagándole la borrachera y no cede a acostarse conmigo. C. rió. Dijo: hermano, es mejor estar solo. Yo dije: sí. Kay dijo: dos meses, P., dos meses… ¿y tú la quieres en una noche?, ¿sabes?, tienes una autoestima que, joder, me estás convenciendo: P., el hombre de una noche, ja ja ja. Bueno, kay, respondí, si es así, vamos, conozco un puente debajo del cual podemos… Es broma, P., no voy a acostarme contigo, puedes pasar a la uno punto cinco. Bueno. Las estadísticas dicen que una de cada veinte chicas ceden a la primera noche, pensé, ¿dónde está esa mujer cuando más la necesitas? 

Entonces comencé a extrañar a B.


  

4 comentarios:

  1. Así son algunos hombres, nada más los deja su mujer y empiezan a hacer tontería y media. Cuando están con ella, ¡ay ya no la quiero! y cuando se van: ¡ay ya la hecho de menos! Que patético. ������ Por eso bien lo dice el viejo y conocido refrán que a la letra dice: detrás de toda gran mujer, hay un gran hombre.

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  2. Jajaja..me encanta esa manera de escribir de Martín petrozza,muy chabacano,tercermundista..se pasa el tiempo chevere con esos cuentos .gracias

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  3. uNA NARRACION ESTUPENDA CON UN TEMA ACTUAL Y QUE DESTAPA LAS MENTIRAS DE LA SOLEDAD. LA SOLEDAD NO ES TAN BUEN COMO DICE C JJAJAJA

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