domingo, 22 de febrero de 2015

Era una mala noche.


Era una mala noche incluso para T. El bar estaba vacío. Yo tenía veinte pesos en el bolsillo de la camisa. Pedí a T. fiado. Movió la cabeza negativamente. Vamos, T., le dije, vengo a este puñetero bar cada viernes y cada sábado con más religiosidad que los católicos van a misa. T. me puso una cerveza. Di un trago. T. dijo: ¿sabes, P.?, cerraré temprano, esto no marchará. Di otro trago. Dije: ¿por qué no me dejas a cargo? T. sonrió. Ni siquiera pensó en ello como una posibilidad. Una mosca pasó volando enfrente de mí. La soplé. T., dije, ¿por qué no contratas mujeres animadoras?, las mujeres siempre atraen a los borrachos. No puedo pagarlas, P. Ya. La mosca seguía dando la lata. T. la espantó con un trapo.

Le pedí a T. otra cerveza. Me la puso de mala gana. Le dije: si te molesta tanto, puedo quedarme aquí a verte la cara, sin beber, pero no lo vas a soportar, T.; si borracho te parezco desagradable, créeme, no querrás aguantarme sobrio. T. dio un trapazo al aire. Vamos, T., deja en paz a la mosca. T. me miró con odio. Bueno, entonces asesínala, anda, incrementa tu karma. No creo en eso, rezongó T. mientras daba trapazos al aire. No importa si lo crees o no, T., es ley de vida: si matas, te jodes. Es sólo una mosca, P., ya cállate. No importa, T., la vida es vida, no tiene tamaño; la vida de un elefante o de una mosca, es igual, es vida, ¿ves? T. dio al fin a la mosca. Quedó en el mostrador, despanzurrada. Bueno, dije, allá tú. Sí, sí, dijo T., bueno, es hora de cerrar, P., adiós. Vamos, hombre, si aún no termino con mi… Puedes terminar mientras guardo los trastos. ¡Qué carácter, T.!, por eso tienes el sitio vacío, joder. ¡Por eso y por matar moscas!

T. acabó con los trastos. Se sacó el delantal. Lo colgó en un clavo clavado a la pared, junto al mostrador. Bueno, P. es hora de mover el culo. Ya, dije.

De repente comenzó a llover. T. no podría irse ahora. Yo mismo no podría irme ahora. Bueno, T., le dije mientras ambos mirábamos las nubes, has desatado la ira de Dios matando a una de sus creaturas, ¿aún tienes dudas respecto al karma? Yo puedo ayudarte a limpiar tu karma. Ah, sí, refunfuñó, T., ¿y cómo? Bueno, ponme otra cerveza y te lo diré. T. volvió detrás del mostrador. Se colocó el delantal. Cogió una Tecate y me la puso. Iba a decir todo respecto al karma… Si abres la boca, te largo, P., no quiero escuchar nada respecto al karma. Vale, T., como quieras.

Deberías ponerte una cerveza, T. No contestó. Saqué un cigarrillo de la chaqueta y lo encendí. T. me señaló. Desde que a la ley le dio por cuidar los pulmones de la ciudadanía, prohibió fumar dentro de bares cerrados. Vamos, T., le dije, no hay nadie, nadie vendrá, es casi como estar en casa… Movió la cabeza negativamente. Bufó. Se sacó el delantal. Lo aventó debajo a un banco. Se puso una cerveza y se instaló de su lado de la barra, frente a mí. Bueno, P., tú ganas. Dejaré de ser el dueño de este cuchitril y seré tu amigo. ¿De qué quieres hablar, so cabrón? No importa cuántas ganas tengas de hablar o de hacer algo, si alguien te pregunta directamente de qué quieres hablar o qué quieres hacer, no hay nada qué hablar o qué hacer. Bueno, dije, si lo pones así, quizá sea mejor que vistas el delantal y me sirvas cervezas.

¿Sabes?, exclamó T. en algún momento, creo que esta vez es definitivo: cerraré el negocio. Estoy quebrado. Dios, T., no pensé que fuera tan grave. Lo es. A penas cubro el alquiler. Tú y tus amigos son la única panda de borrachos que vienen a beber aquí. Las más de las veces les fío. No se puede, P., no se puede. Ya. T. había entrado a esa zona melancólica que provoca el alcohol mezclado con penas a la primera cerveza. Esto no iba a ser bueno. Ahora sería yo quien tendría que soportar a T. Me gustaba más joder a T. ¿Cómo es que te hiciste alcohólico, P.? Estoy pensando seriamente en hacerme alcohólico luego de cerrar el bar. No es fácil ser alcohólico, T., no lo recomiendo a nadie. Desde mi lado del mostrador las cosas parecen muy sencillas: vienen por aquí en jueves o viernes, algún sábado, en martes; no los hveo en lunes porque no abro. En fin. ¿Cómo hacen para vivir de ese modo? Nunca lucen preocupados por algo, Jesús. Bueno, dije, en primer lugar, no matamos moscas, ¿ves? T. frunció el ceño. En segundo lugar, T., ¿quién dice que mi vida es fácil? Bueno, alzó los hombros en respuesta, siempre te miro aquí, despreocupado por absolutamente todo, bebiendo cerveza, hablando con la gente, pellizcando a las chicas, no sé, no pareces un hombre con responsabilidades, P. Quizá no las tengo, T., mi única responsabilidad es conmigo mismo. ¿Tienes mujer, P.? Dios, sí que la tengo. ¿Dónde está? En casa. ¿Qué hace? No lo sé, T., espero que nada malo. ¿Es que no te riñe por ser un borracho? Todo el tiempo, T., todo el maldito tiempo ¿Cómo es que siguen juntos? No lo sé, T., nos amamos. De algún modo nos amamos. ¿Cómo pagan los gastos? Tengo un trabajo, T., soy escritor. Vaya, eso ya lo sé, P., todo el barrio lo sabe: eres P., el escritor, ¿y luego? ¿Quién te paga por ser escritor? Bueno, a veces vendo algún libro. T. hizo una mueca. ¿Y los demás? Nunca había pensado en ello, T., no sé cómo viven. R. vende obras, o algo, no sé, escribe obras de teatro; O. tira un poco en un trabajo, luego en otro, según la necesidad. Bueno, P., yo trabajé treinta años de mi vida, monté un bar… y ve, casi estoy como al principio: no tengo nada, no tengo casa, no tengo mujer, no tengo hijos, no tengo plata: soy un crío de quince años, pero tengo cuarenta y cinco. A veces quisiera pegarme un tiro. Bueno, eso explica tu jodido humor, T. T. agachó la cabeza.

Otra mosca se crió gracias a la generación espontánea, voló frente a nosotros y se posó en el dorso de mi mano. T la miró. Mira, dije, mueve las patas como si se frotara las manos. Sí, asintió C., he visto a muchas moscas hacer eso. Sí, dije. Luego, emprendió el vuelo. No sé, T., si me lo preguntasen a mí, quisiera ser dueño de mi propio bar, ya sabes, abrir las puertas a las seis de la mañana, dejar al bello sol entrar y servirme una copa para desentumir los músculos, sí; ver llegar a la gente, sobre todo a las chicas; adoro la gente que bebe, es siempre más honesta. No tienes idea, P., quebrarías en dos semanas. Bueno, a diferencia de ti, T., me haría amigo de los borrachos, no pondría cara al entregar las bebidas y cobrarlas, y no les daría fiado. Quizá deba comenzar por lo último, dijo, ¿cuándo pagarás tu deuda? Ya lo veremos, T., yo mismo no lo sé, puede que la otra semana reciba dinero, puede que no; ¿lo ves?, mi vida es más complicada que la tuya: tú al menos tienes un bar, en mi vida no hay algo seguro, excepto la locura y la muerte, aunque la locura es prescindible. Exageras, dijo T., eres un holgazán, es todo, tu rollo literario no justifica tu pobreza, hay escritores ricos y todo eso. También hay dueños de bares ricos, T., fracasar en la literatura es algo casi seguro, pero, Dios, ¿cómo haces para fracasar un negocio seguro?, deberías dar clases. T. se levantó del banco. Caminó afuera. Ha dejado de llover, P. Bebí el último trago de mi cerveza. Me levanté y fui a con T. Miramos al cielo. Hacía un aire frío y húmedo. Bueno, T., supongo que es hora de mover el culo, ¿no? T. asintió con la cabeza. Bien, dije. T. regresó al mostrador. Hizo cosas, no sé. Trajo candados. Bajó la luz. Salimos. Bajó la cortina. Echó los candados. Encendí un cigarrillo.

      T., le dije, ven conmigo, quiero que mires algo. Vamos, P., déjame en paz. No, en serio, quiero llevarte a un bar cerca de aquí, es un sitio estupendo: hay meseras con culos enormes y animadoras y música alta y buen ambiente; no hay moscas. T. bufó. No quieras joder más de la cuenta, P. No es por joder, T., vamos, anda, te demostraré por qué mis amigos y yo venimos contigo: tu local es estupendo, T.: no hay música, no hay gente, no hay animadoras. Es un sitio realmente estupendo, T., no quiero que cierres, hombre. T. escupió al suelo y dijo: vale, vamos al bar. Ya, dije, bueno, pero, ¿sabes?, tendrás que fiarme también en aquel sitio, porque…  Joder, P., eres un hijo de puta, no pienso pagarte la borrachera en otro sitio, ¡cabrón!, por un momento creí tus mentiras, lo que te apetece es seguir tomando, sí, vas a echarme el rollo de que mi sitio es mejor, pero… ¿y?, al final te habré pagado la peda yo cerraré de todos modos.

      C. llegó por la esquina. Mira, le dije, el viejo C., ¿qué hay C.? Hola, dijo C. Miró la cortina del bar echada abajo. Joder, T., ¿has cerrado? T. no contestó. C., dije, ¿tienes dinero? C. asintió con la cabeza. Vamos, le dije, conozco un sitio estupendo, ¿sabes?, con animadoras y meseras buenas y todo eso. C. se alegró. Sí, anda, vamos. T. hizo una mueca. Bueno, esperen, aún no me he ido, ¿no? C. volteó a ver a T. ¿Abrirás?, preguntó. T. comenzó a abrir los candados. Vaya, T., dije, nos salvas de caer en manos de la música de moda. C. dijo: llamaré a R. y a O., quedé de hacerlo en cuanto llegase al bar. Sí, dije, anda, llama a esos borrachos. Bueno, dijo T. con la cortina alzada, espero que esos hijos de puta sí traigan dinero. Es igual, T., dije, hoy es hoy, mañana será mañana. Sí, pero tú no pagas el alquiler, huevón. Entramos. Nos instalamos en la barra. Pon dos cervezas, dijo C., yo invito esta noche. Buuueeenooo, exclamó T., puedes comenzar por invitar lo que se ha bebido P. antes de tu llegada, ¿sabes?, he tenido que fiarle siete cervezas; siete cervezas a diecisiete la pieza, son…

      Bueno, T. volvía a ser T., el bar volvía a abrir sus puertas, y C. y R. y O. volvían a emborracharse conmigo. Me había costado escuchar a T., y todo eso, pero valía la pena. La vida sigue. 





4 comentarios:

  1. Los textos de esta pagina siempre me dejan con ganas de mas, tienen un toque oscuro

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  2. ...uién habrá perdido el don del olvido?

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  3. buen analisis de la vida de un borracho

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  4. La trama se desarrolla en un sórdido lugar. Sarcasmus, humor negro.

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