jueves, 22 de enero de 2015

Tres horas y media.



Pasé toda la mañana con un presentimiento inexplicable que me impidió almorzar, un temor extraño que me producía un dolor pulsátil en la cabeza y la extraña sensación de tener un clavo en el estómago. Según iba camino a casa los dolores se intensificaron.

    Por fin llegué a casa y al entrar lo descubrí. Había sucedido. Se lo había llevado todo. Todo, excepto una crema de manos desparramada en el lavabo y su perfume inundando el ambiente de manera insoportable. Se había cansado de mis locuras y había decidido despedirse a la francesa, ¡maldita sea! No podía asimilarlo. ¡Ni siquiera había tenido la decencia de escribirme una nota! Ella, tan perezosa para algunas cosas, tan expeditiva para otras (para esta, por ejemplo), había arramplado con todo en apenas tres horas y media, justo el tiempo que le sobraba hasta que yo volviera del trabajo. Ella, a la que conocía a la perfección, había vaciado las habitaciones de los objetos que daban calor a la casa (los suyos) y me había dejado solo en mitad de este infierno helado. Ella, a la que seguramente le habría sobrado tiempo de esas tres horas y media para salir por el portal dando zancadas de avestruz. No pude hacer nada salvo desesperarme. En tres horas y media (o menos) había vaciado la casa y rematado nuestra historia.

    Lo cierto es que, a pesar de la sorpresa, conseguía entenderla de alguna forma. últimamente su corazón se había vuelto una piedra y ya nada podía devolverle su calor. Había perdido sus impulsos generosos y su humor inglés, y ya nada le hacía la más mínima gracia. Supongo que nunca llegamos a comprendernos del todo pero, ¿acaso no merecíamos un último diálogo, un último abrazo cordial, un final más amistoso?

    Necesitaba escaparme de aquella casa, necesitaba un poco de aire, el ambiente de la casa me estaba asesinando.

    Puse pies en polvorosa y anduve lo suficiente hasta llegar a La Castellana. Esta calle, siempre tan amada por mí, tan sólo unos días antes, electrizante y repleta de vida, ahora me parecía sucia y gris. Mientras caminaba evitaba alzar la vista, cualquier contacto con conocidos me hubiera resultado penoso. Apenas me acompañaban las fuerzas y andaba como si arrastrara un cadáver. Por unos instantes me asusté y tuve que buscar un banco para sentarme, sentía unos pinchazos agudos cruzándome el corazón y las piernas me temblaban hasta el punto que creí perder el equilibrio por un momento.

    Entré a un bar y pedí una copa que, aunque no me apetecía, me bebí de un trago sin rechistar. Después una segunda y una tercera y una cuarta y alguna más. Bebí como los antiguos poetas malditos, hasta que mi diálogo interno se detuvo y dejé de pensar.

   No sé muy bien cómo ocurrió, pero terminé hablando con una mujer madura. No era guapa en el sentido clásico pero se podría decir que el conjunto funcionaba de alguna manera. Movía las manos de una forma muy cinematográfica y se esforzaba mucho por parecer graciosa. Llevaba un vestido absurdo con brillantes de plástico en las hombreras, totalmente inapropiado para estas horas de la tarde. Y  un tatuaje en el antebrazo que decía "me gusta meterle mano a la vida", que a pesar de estar bajo aquellas circunstancias me extasió. De repente me estaba besando, con su boca amplia y fuerte, como si fuera a comerme, mientras se colgaba de mi cuello. No recuerdo mucho más.

    Desperté. Solo. En una sucia habitación de hotel, con las luces encendidas. Había estado durmiendo aproximadamente tres horas y media y sólo tenía el pantalón puesto. Mi camisa y mi cinturón no aparecían por ningún lado, mi cartera reposaba encima de la cama, más delgada que el papel. Me había robado pero, ¿cómo? Siempre recordaba las cosas, por mucho que bebiera. Seguramente me habría echado algún tipo de somnífero en la bebida, ya que sentía los vértigos característicos.

    ¿Qué Dios, qué karma, qué capricho del destino, qué cambalache, qué rueda de la suerte, qué azar, qué venganza del pasado, qué espíritu justiciero me estaba haciendo todo esto?

    No tenía dinero, me faltaba la mitad de la ropa, era de noche y seguramente estaba muy lejos de mi casa. Lo resolví metiéndome en la cama y echándome a dormir.




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