domingo, 11 de enero de 2015

Sufrir por ella.


Cayó en mis manos, por azares equívocos, un libro de poesía intitulado Poesía y circo, editado por una editorial mexicana independiente. Era un compendio de poesía. En primera instancia, no me interesó. Luego, al leer el índice, miré el nombre de Lu escrito en él. Había dos poemas de ella: tus ojos, tus ojos y El silencio de nuestros sexos, impresos en las páginas 67 y 71, respectivamente.

Conocía a la autora de las pláticas de P. sobre ella: hace dos meses P. y Arcila se acostaron con Lu, sin saberlo el uno del otro; hasta que se descubrieron. También descubrieron que, además de ellos, había un puñado de chicos más que se involucraban sexualmente con la poetisa. Entre ellos, Olvera, quien le había publicado un par de poemas en un misterioso poemario editado por él mismo, bajo el sello independiente Hojas de maple, del que nadie había visto una copia. Olvera era, según otras fuentes de información, novio oficial de Lu. P. me lo había contado todo. Cuando le mostré un ejemplar de Poesía y Circo, me contestó mostrándome otro ejemplar de Poesía y Circo. El suyo venía firmado por casi todos los poetas del compendio, entre ellos, por Lu. El autógrafo de Lu ponía una dedicatoria, decía: “Con cariño para P., el navegante de mi selva negra”.

Personalmente, había mirado a Lu en dos ocasiones: una, en Foro Hilvana, donde asistió a mirar recitar a un grupo de poetas venidos de Chihuahua, y otra, en Casa Refugio, donde acompañó a un amigo de Arcila a ver a Arcila organizar un evento sobre prevención de la violencia. En ambas ocasiones, no me presenté con ella ni me interesó hacerlo, ni por su parte mostró interés en mí. En ambas ocasiones yo iba acompañado de P., quien tampoco se acercó a Lu ni ella a él, y ahora tenía un libro suyo y lo llamaba el navegante de su selva negra. Pensé en P. como un hombre con mucha suerte. 

P. describió a Lu así, en un texto suyo sobre la poetisa, que cito para hacer una idea clara de la situación entre P. y Lu, en cómo P. miraba a Lu: Lu era una poetisa de veinte años de la que yo sabía que gustaba de la poesía cursi y afeminada, estilo Neruda y sandeces de ese tipo. No era fea, lo que tampoco significa que fuese guapa, aunque su belleza era apenas suficiente para acostarse con ella sin sentir remordimiento, o para lamer su vagina (incluso, quizá su ano), sin demasiada afectación. Su cuerpo, casi andrógino, no valdría de nada de no ser por cierto infantilismo en los rasgos de su cara, y de unos ojos negrísimos sobre una cara pálida, a los que hacían juego unos cabellos igualmente negros y lacios, caídos hasta poco por debajo de los hombros. El conjunto daba como resultado una mujer sencilla, casi bonita y hasta de apariencia ingenua, que uno podía cepillarse hasta cansarse de tan poca carne sin sentir por ello que perdió el tiempo.”

Lu era una chica que pasaba desapercibida, y luego, un día, se clavaba en ti de modos increíbles. Mi caso fue el siguiente: Leí las páginas 67 y 71 del compendio de poesía Poesía y circo. Luego de ello, necesité conocer a Lu. Había en su poesía algo que me atraía sobremanera. Por supuesto, conocía de Lu demasiado, mucho más de lo que debía saber, gracias a P. Por ejemplo, su proclividad al sexo, su dirección, el tamaño de sus genitales, el color, olor y sabor de su trasero, entre otras cosas salidas de la enorme boca de mi amigo P. Pero yo no era P. Acostarme con Lu no era mi objetivo. Hablar con ella, adentrarme en sus pensamientos, saber quién era exactamente Lu, más que conocer su sexo, era lo que yo necesitaba.

Me cité con P. y se lo dije. P. se rió. Dijo: Lu es una prostituta, amigo, no llegarás a algún lado con ella, probablemente se acueste contigo, casi es un hecho, porque se acuesta con todos; no te recomiendo enamorarte de una mujer así: sufrirás, y Lu no está tan buena como para sufrir por ella. Si quieres fóllala, pero piensa en ello como un pequeño placer, un comodín de la vida, un regalito, una cosa fácil y buena, pero sin valor. Yo dije: ¿Puedes darme su dirección?, es todo lo que te pido. Sí, vale, Zacatecas 216. Planta Baja. No vayas por las noches; recibe gente.

2

Me presenté a Lu con las páginas 67 y 71 arrancadas del libro; todo lo demás me parecía malo. Toqué a la puerta. Abrió Lu. Eran las seis de la tarde. Hola, dije, mi nombre es Salmoneo Gutiérrez (le estiré la mano), leí tus poemas en Poesía y Circo (le mostré las hojas), es un gusto; necesito hablar contigo. Me tomó la mano, sin decir hola o algo, sonrió y dijo: bueno, pasa.

      El apartamento de Lu era un departamento completamente femenino. Había toda clase de flores en toda clase de floreros, lámparas de luz graduada, perfumes, inciensos, tapices de color pastel, frutas sobre la mesa, tapetes, etc. La cara de luz también era femenina e infantil. Sus modos, su voz, sus delgadas manos; todo apuntaba en dirección contraria a la mujer que P. describía. No podías creer que esta mujer fuese a la que P. llamaba prostituta, y de la que te advertía sufrimiento si la llegabas a amar. Me recibió amablemente. Cuando me declaré admirador suyo, sonrió. Se sonrojó, incluso.

      Hablamos durante un par de horas. La conversación de Lu me fascinaba. Más allá de los fondos, las formas eran sutiles, delicadas, exquisitas. Su hablar pausado, su mirada perdida, su sonrisa y sus labios, el brillo de sus ojos al recordar versos de Rilke, o al escuchar rimas de Bécquer. Los movimientos de su cuerpo eran suaves y seductores. Quizá, me dije, aquí radica el principio de aquello que P. llama un monstruo. Bebimos té.

      La conversación fue interrumpida cuando llamaron a la puerta. Lu, casi con asombro (de olvidar la cita, no de la cita en sí), se levantó de la mesa y acudió al llamado exaltada. Era un hombre. El hombre la saludó emotivamente con un beso en la boca. Cuando entró y me miró, miró a Lu; ésta dijo: oh, es Salmoneo, un amigo mío. El hombre sospechó. El hombre, claro está, debía ser alguno de los amantes de Lu y, conociendo de ella su promiscuidad, dijo: si es necesario, vengo otro día. No, no, se apresuró a contestar Lu. Acto seguido, me levanté de la silla y me despedí fríamente. No deseaba más de Lu. No deseaba enfrentar a Lu y su reputación. Enfrentar a sus amantes. No deseaba sacarla de un mundo del que no pedía ser sacada. No deseaba enamorarme de Lu, ni sufrir por ella. Las palabras de P. resonaron en mi cabeza: “sufrirás”.

3

A pesar de ello, o por ello, comencé a pensar en Lu con tanta frecuencia que me obligué a encontrarme con ella una vez más. Jamás declaré a Lu alguna intención sexual y amorosa, así que no podía culparme de algo, y, siendo justos, no podía yo culparla de algo porque hasta ahora no me había sido infiel, ni me había enterado por mi propia cuenta de que ella fuese lo que P. y Arcila y todos decían de ella. Es probable que todo sea mentira, me dije. Es posible que P. mienta o tenga una imagen borrosa de Lu, falsa, tergiversada por los rumores. Eso me dije, pero en el fondo sabía que ello era imposible, por dos razones, a saber, que P. jamás mentía, y que él mismo fue amante de Lu y constató, junto con Arcila, el grado de moral del que carece la poetisa. Sin embargo, miré a Lu por segunda vez.

      Llamé a su puerta. Abrió Lu. Hola, le dije. Nos saludamos como dos grandes amigos. La invité a comer y aceptó. Fuimos a Volver, en la Roma. Comimos hamburguesas y refrescos de cola y hablamos sobre poesía. En algún momento me preguntó si tenía novia. No, respondí. ¿Tú?, pregunté. Puse atención a su respuesta. Ocurrió así: miró al cielo, suspiró, entreabrió los labios pero se contuvo de responder lo primero que sea que haya pensado; luego de un segundo o dos, dijo, muy despacio: quizá sí. Por supuesto, yo debía preguntar a qué se refería. Así lo dictaba la norma de la conversación. No quise preguntar algo, después de todo conocía la respuesta: no tenía un novio, tenía muchos, si es que se les podía llamar novios. El que no preguntara provocó a Lu un pequeño sesgo en el ritmo de la conversación y de las ideas. Sin que yo dijera algo más, comenzó a explicarse sola: salgo con Olvera, es mi novio, pero no le soy fiel. Bueno, pensé, al menos es honesta. Escucharla hablar así me fue casi asombroso. Con el mismo rostro infantil que recitaba a Benedetti, decía: me acuesto con una serie de amantes. Asentí con la cabeza. Sí, lo sabes, eres amigo de P., ¿no? Sí, sí, respondí. Supongo que te lo contó todo. Bueno, sí. En fin, dijo, ahora supongo que crees de mí lo peor. Bueno, dije mientras me alzaba de hombros, no lo sé. Me gustas mucho, Lu. El último enunciado salió de mí sin que yo lo deseara. Me sonrojé. Lu río. Ya lo sé, dijo. Me sonrojé aún más. Rió aún más. No pasa nada, dijo y me tomó la mano. Tú también me gustas. Se acomodó más cerca de mí y me cogió ambas manos. Me plantó un beso delicado en los labios. Las palabras de Petrozza resonaban en la cueva de mi cabeza mientras mi yo, decía: la amas, la amas. Intermitentemente, imágenes de Lu acostándose con muchos me venían a la mente. Las palabras de Petrozza y mis deseos de amar a Lu. Todo ello peleaba dentro de mí. El sentimiento de amor, el sentimiento de ser un número más en la lista de la poetisa Lu, el sentimiento de ser un hombre que pueda decir: yo también me acosté con Lu, el sentimiento de traición. 

      Aquella tarde fuimos al Hotel Roma, en la calle de Jalapa. Decidí sufrir por Lu.  





2 comentarios:

  1. Muy buen relato que lo lleva a uno por caminos que hubiera deseado andar. Por caminos duros y a la vez tiernos en los que el corazón en la mano, el tener a alguien que lo escuche aunque luego haya que luhcar con el costo. En fin, caminos de relación humana y de aventura profunda. Felicidades.

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  2. O ustedes perdieron el toque o ya dan hueva, o ya se les acabaron los buenos temas, han cambiado antes eran chidos.

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