viernes, 2 de enero de 2015

Estudio experimental de los perros.

Escritores invitadosTexto por. Yuni Ramírez


Si un perro no sabe quién manda, se confunde. Los míos saben que mando yo. Por eso me dicen la Flaca. Ser flaca no es una condición, es una actitud. Mis perros hacen lo que yo diga y cuando lo diga. Pasé años estudiando sobre ellos para que ninguno quiera pasarse de listo. En una de esas, te enteras de que no todos son iguales. ¿Cómo no? Y zas, conocí a John. Ese sí que era un perro con clase. No me dejé impresionar a la primera; pero insistió. Al principio pensaba: tanta educación y tantas vainas son porque no ha encontrado qué hacer con su vida. Ya le iba a enseñar lo que se debía saber. Me carcajeaba de sus modales y sus cosas, ¿para qué cree que fui a la escuela? Aprendí a bailar para que ningún perro venga a salirme con que tiene más encantos que yo.

     Si usted quiere, le doy el postre primero y luego hago que se coma la comida. No crea que soy la mejor por andar siguiendo pautas estúpidas. La grandeza está en violar las leyes naturales y que las cosas te sigan saliendo bien. Entonces, como quien dice, yo soy una mujer alta. A mis perros los domo como me da la gana. Soy partidaria de darle la mejor comida y después dejarlos esperando al otro día. O, peor, darle un poco del postre y prometerles la otra mitad. A mí la abstinencia no me sale, y mis perros no tienen porqué sufrirla tampoco. En los libros sobre perros dice que no les des la comida hasta que se porten bien. Como puedo hacerlos portarse bien de todas formas, les doy la comida. A mí me respetan como sea. Nunca pierdo. Trato a mis perros un poco como reyes, un poco como pordioseros. Eso es así. No abuso, claro, no vaya a ser que por estar de buena terminen de engreídos. La  cuestión no es tener muchas tácticas, sino saber cuál usar y en qué momento. De nada te sirve un armamento sofisticado si nunca has jugado ni con un cuchillo. No todos los perros se amansan igual. Hay que conocerlos. No es difícil, pero requiere esfuerzo. Entrénese con algún experto en perros, puede ser Pavlov.

     De mis gatos, no hablo. A mí ésos ni me gustan. Para divertirme un rato, quizás. Los gatos tienen tanta personalidad que hasta carecen de ella. Si lo miras bien, desde lejos tienen cierta gracia; pero la comodidad a mí me molesta. Por eso trato mal a los perros que vienen con ñoñerías de gatos. ¿Eres un perro o qué? Las cosas entre John y yo estarían de maravillas si no fuera un perro con complejo de gato. Cuando John llegó, le dije: “Ven acá, mi perro”, y él vino como gatito. Un ronroneo que para qué contarlo. Se fue acomodando y tuve que darle un zapatazo. “¿Eres un perro o qué?”. Como que no le gustó la pregunta, porque se me fue poniendo agresivo. Pero ven acá, el muy gato tiene manías defensivas. Por ahí comenzó la cosa. Se creía dueño de casa. Así no es, socio, en mi territorio usted baja la guardia. Eso de venir a ningunearme no va. Si se acuesta en mi alfombra, usted hace lo que yo diga.

     No es que John actuara diferente, quizás era igual que todos; pero era elegante, se parecía a mí. Eso me pasa por andar albergando iguales; aunque diferentes-diferentes no me gustan. John me salió igual-igual, porque también venían unos disfrazados de calidad y salían unos rateritos. Yo tenía olfato fino para los impostores. A la primera, los ponía a dormir en la calzada. Puede que al principio se comieran mi comida, pero luego se quedaban de patitas en la calle. La comida a mí no me merece respeto; ha servido para conocer los perros equivocados. Además, puedo observarlos, y eso ya es mucha ganancia. Un día publicaré: Estudio experimental de los perros, gracias a mi comida. Digamos que mis perros-comensales no son más que ratas de laboratorio. Pasan al laboratorio, dejan una muestra y se van. Lo irónico es que nunca se mueven de la puerta de mi casa. Afuera parece un desfile. Todos esos perros, algunos mejorcitos que otros, suplicando un poco de atención. Los perros nunca se van, son creídos. Tú un día amaneces contenta y ellos creen que es por su lindo caminar. Un día abres una ventana y juran que es para mirarles. Son así. Tienen ese delirio de grandeza. Pero ven acá, perro, si tanto te quisiera estuvieras aquí dentro, como John.

     No estaba eligiendo más mascotas cuando lo conocí, pero me gustan los animales. Ahora, de ahí a quedarme con uno por los siglos de los siglos ni pensarlo. Cuando vino John, me dije: “Ay, qué lindo”, y te juro que estaba contentísima; pero muy mañosito me salió. A veces pensaba que mejor llevábamos la fiesta en paz; mas no sabía parar. Se comía mi comida y después me sacaba la lengua, entonces, pensé: ¿Así son las cosas? Mañana no le toca comida. Tenías que verlo, se tiraba entre mis pies a mirarme sin atreverse a pedir nada. Caramba, cómo un perro puede ser así, qué clase, ¿tenía yo que ofrecérsela? “Perrito lindo, toma comida”, ¿Usted se imagina? Lo peor no era eso, si por el contrario venía y me lamía los pies, entonces, yo me ponía loca, todo me lo tomaba como un ruego. Respondía: “Ten comida, perro, toda la que quieras”, y el muy desgraciado se comía lo mío y ni me miraba. Había que echarlo, al muy presumido. Ni que fuera el mejor perro del mundo; pero me decía tanto eso, que ya venía convenciéndome de lo contrario. Un perrazo así no se veía siempre. Claro, sin quitarme mérito. Allí estaba, medio dependiendo de mí, o yo de él. Una escena de lo más patética.

     Algunos días me levantaba pensando en John, ya ni me preocupaba por acoger más perros, entonces me dije: “Lo que tienes que hacer es traer nuevos animalitos, y John, que se muera.” Y no crean, ya muchos se habían enterado de que andaba con una mascota muy mona, que no era mi mascota, que se le parecía. Venían a la puerta con caras de realeza y me les reía en ellas. Estos, qué se creen. Ser John no se posa. Ni es que tampoco fuera lo mejor del mundo, tal vez yo estaba de humor cuando me pasó por el lado. No sabría explicar qué me enloqueció de él. Qué te digo,  tampoco era el más ingrato. No. La cosa con John es que era John. No que tuviera cualidades excepcionales. John era yo. La única lógica de aquello. Estas cuestiones son así. No es que un día dices: “Seré el mejor perro del mundo y la Flaca me acogerá”. La Flaca no sabe que acogerá a nadie. Un día aparece un John y te jode tu cultura libresca. Tanta revisticas para nada. Tanto aprender de perros para que John se convierta en el dueño de la casa. Ni lo sueñes. Te me vas por donde viniste, maldito.






Texto por. Yuni Ramírez



2 comentarios:

  1. ¡jajaja, muy divertido, hasta parece q lo escribiste tú con otro tono!!

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