domingo, 18 de enero de 2015

Aunque fuese verdad.


En noviembre, C. y yo nos fuimos a conocer a P. y fracasamos; le buscamos en el 12:51, un bar sobre la Glorieta de los Insurgentes donde se rumoraba que asistía casi cada viernes y cada sábado; no había algo que nos asegurase que ése sábado iría, pero aún así fuimos desde nuestras casas (un recorrido de casi una hora) porque éramos (somos) fanáticas de sus textos y deseábamos conocerlo, hablar con él, beber con él, ser parte de sus cuentos, no sé; nuestras expectativas eran altas, demasiado altas, casi al grado de ensoñar que P. se enamoraría de nosotras y nos llevaría a vivir su vida, la vida de un escritor borracho y sin moral, y saldríamos en las portadas de sus libros y… en fin, teníamos veinte años y sed de vivir: los textos de P. saciaban nuestra sed, pero había que probarlo en carne viva, o, al menos, así lo exclamó C. cuando le vino la idea de buscar a P. a costa de todo, dijo: B., tenemos que vivirlo en carne viva; signifique lo que signifique, C. deseaba vivir a P. en carne viva y yo no iba a quedarme atrás, no cuando fui yo quien leyó a P. primero, quien le dijo a C.: C., debes leer esto, por Dios, debes leer a P., y menos cuando fui yo la primera en decir que me gustaría conocerlo y todo; no, señor, no iba a quedarme atrás: emprendería con C. la aventura, cosa que ya era, en sí, vivir a P. en carne viva, aunque no lo supiéramos ni lo sospecháramos, y aunque al final fracasáramos, como hicimos, a pesar de que vimos a P. (lo que más nos duele), porque, de verdad, ¡vimos a P. en el bar!: sentado, con una chica rubia a su lado: eso fue lo que nos intimidó, que estuviera con una rubia de ojos verdes, bebiendo, riendo y… ¡besándose!, cosa que nos pegó duro a pesar que fuese predecible, porque P. siempre escribía sobre sus mujeres y sus amantes y sus prostitutas y su cerveza, es que... ¿esperábamos encontrarlo solo y con los brazos abiertos para nosotras, de las que desconocía la existencia?, vaya si una es imbécil a los veinte años, pensé, pero luego caí en cuenta que la chica con la que estaba tenía alrededor de veinte años, aunque lucía un poco mayor; le dije a C.: apuesto que no tiene más de veinticinco; C. asintió mientras bebía cerveza y la miraba con cierto odio, casi como si le hubiese robado algo suyo, como si P., o algo de P. fuese suyo sólo porque había leído algunos de sus textos y mirado poco más de un par de fotografías suyas, las que había en la web, ni siquiera fotografías personales, ni nada; no la culpo, de algún modo yo también sentía que algo de P. nos correspondía, se nos debía a nosotras por haberlo leído con tanta fe y por seguirla la pista con ahínco, hasta llegar aquí, al 12:51, al que habíamos venido cada fin de semana durante un mes y medio sin encontrar a P. y aún así no habíamos renunciado, e, incluso, habíamos rondado por las calle de la colonia Roma, donde se decía, o se suponía (no me queda claro de dónde sacábamos la información), que vivía y recorría con sus amigos, un grupo de escritores borrachos como él, por las noche y las madrugadas, entrando a bares y a hoteles a follar con sus conquistas: ahí lo teníamos, frente a nuestras narices: P. rondando las calles, entrando a bares y a hoteles con sus conquistas, en este caso, con la rubita veintiañera que se reía y se apretujaba contra P., y éste la miraba con lujuria y la abrazaba y la sobaba y le hablaba al oído mientras todos a su alrededor reían y brindaban: P. no iba solo, no en exclusiva con la chica, iba con un grupo de gente, entre ellos hombres y mujeres (más hombres que mujeres) que conjeturamos debían de ser los amigos escritores de él, u, ¿otros lectores más atrevidos?, Dios, es que C. y yo éramos unas tímidas, algo de verse; atrevidas para seguir la pista, investigar, espiar, casi acosar a P. (le habíamos enviado ya correos electrónicos y mensajes de Facebook que nunca contestaba), y temerosas de plantarnos frente a él en la vida real y decirle: hola, somos B. y C., somos lectoras tuyas, etc., como si fuera a comernos o… Sí, eso era hasta cierto punto lo que temíamos: que nos comiera, por decir de algún modo, ya que, como he dicho antes, P. era un escritor borracho y sin moral, un lobo, un comeniñas, un pervertido sexual (sic), lo que nos atraía y al mismo tiempo nos atemorizaba, ya que, a decir verdad, C. y yo no éramos precisamente las Lolitas que P. esperaría, no señor, no, esa Lolita era la rubia que tenía entre brazos aquella noche; nosotras tan sólo éramos unas niñas cachondas que se masturbaban con sus textos (mentira, no, no nos masturbábamos literalmente, ni siquiera a ello llegábamos porque nos daba pena hacerlo, pena con nosotras mismas, educadas bajo preceptos morales a los que añorábamos deshacer, pero no nos atrevíamos, no aún, no, ni siquiera con P. al lado de nosotras, en la mesa de al lado, y ni siquiera cuando P. nos miró, Dios, ¡nos miró!, y nos saludó con la cabeza, quizá porque notó que lo mirábamos demasiado y olió lo que deseábamos, no sé; el caso es que no pudimos hacer algo más que reírnos cuando se levantó de su mesa, dejando a todos sus acompañantes, incluida a la rubita, y se paró frente a nosotras (iba muy borracho, casi al grado de caerse estando de pie) y preguntó nuestros nombres, nos halagó y nos invitó a sentarse con ellos, con él y sus amigos, a lo que contestamos con risitas estúpidas (también estábamos borrachas, creo, porque la bebida no era lo nuestro y no estábamos seguras de estar borrachas o emocionadas) y mejillas sonrojadas y dijimos, finalmente y casi entre balbuceos: sí, sí, en un momento vamos… ¡y no fuimos!, nunca fuimos, nos sentimos intimidadas ante lo que más deseábamos; le vimos irse al sanitario y regresar, agarrándose de las paredes, a su mesa, antes de lo cual pasó por la nuestra y nos sonrió, y sentarse junto a su chica, que le esperaba y le sujetaba para que no fuese a caer) y que tenían la ilusión de salir con él una noche a platicar… Dios, sí, a platicar, ¡con P.!, el viejo borracho comeniñás; si él lo supiera no lo perdonaría: hacerlo venir a nuestra mesa, o ir a la suya… ¡sólo para platicar!, como si él quisiese platicar con dos niñas que no han leído gran cosa, ni vivido gran cosa, ni bebido gran cosa, con dos niñas que no tienen el valor de acercarse a él aunque se las coma… vamos, en definitiva P. se decepcionaría de nosotras inmediatamente abriésemos la boca para preguntar sobre uno u otro de sus textos y decir, suspirando: señor, P., ¿sería tan amable de firmar mi libreta?, cuando él, si acaso, querría firmarnos las nalgas ahí mismo, a los ojos de todos y asentar así su existencia y su fama y reputación de escritor borracho y loco y perseguido por jovencitas hasta los bares que frecuenta, y muy probablemente, después de ello, llevarnos a su casa o a un motel y hacer un trío con nosotras, o un cuarteto con nosotras y su rubita, o ve tú a saber qué otra perversión: pegarnos, orinarnos las caras, defecarnos encima, hacernos tragar su semen, inyectarnos heroína contra nuestra voluntad, azotarnos con un látigo de nueve colas, colocarnos pinzas en los pezones o penetrarnos por detrás y llamar a sus amigos para que nos obliguen a realizarles orales mientras él nos penetra por detrás y su chica nos azota las espaldas, o algo mucho peor, no sé, algo que sólo la mente del retorcido P. podría elucubrar, y luego escribir a modo de cuento risible haciendo pensar a la gente (los lectores) que algo así no podría ser posible, que P. exagera y ensueña y nunca pasó, y no se investigue jamás, debido al modo satírico, irónico o hilarante en que P. describiría lo sucedido, sobre nuestra temprana muerte, ni se sospeche de nuestros cadáveres en el fondo de un río de aguas puercas, muerte merecida por la malsana curiosidad de entablar relación con un escritor maldito, aunque C. se burle de mis pensamientos y los llame exagerados, sin saber que con ello colabora a la supuesta inocencia de P., sin saber que la rubita es la próxima víctima de una serie de muertes causadas por la intriga de conocer a quien ofrece dulces a las niñas, y… en fin, por el miedo o la pena, aquella noche de sábado perdimos nuestra oportunidad, la oportunidad de conocer a nuestro escritor predilecto y del que estábamos enamoradas malsanamente: le vimos ser avisado por alguno de su grupo de que le dueño del bar cerraría y le había mandado decir que cerraría para que fuese saliendo de ahí con toda su manada y su hembra y se largase; también fuimos avisadas nosotras y no supimos qué hacer, si salir de inmediato, o esperar a P. (como si viniese con nosotras), y sobre todo, qué hacer una vez fuera porque el Metro estaría cerrado y no habría modo de regresar a casa (eran las dos de la madrugada) aunque deseáramos, situación que nos obligó, o nos envalentonó para pagar nuestra cerveza, salir, esperar a P. y, con mucha verguenza, decirle: P., hemos leído tus textos, ¿podemos ir con ustedes a donde sea que vayan a ir?, sin pensar en que el pobre de P. estaba borracho, muy borracho, al grado de ser sacado casi a rastras por su chica y un amigo y al escuchar nuestras palabras no podría decir absolutamente nada, y en lugar suyo, la chica rubia, mirándonos de arriba abajo (íbamos con falda y escote), defendiendo lo que sí era suyo, diría: NO, con voz alta, decidida y llena de furia; a pesar que los amigos de P. se acercaran a nosotras y nos saludaran y nos halagaran y miraran con ganas de tumbarnos ahí mismo y le dijeran a P. que dos lindas niñas querían venirse con él a su apartamento; la rubita seguía diciendo NO, NO, NO, y por algún motivo los hombres se alzaran de hombros y nos dejaran de pie, solas, en medio del callejón oscuro donde estaba el bar y se fueran gritando y cantando y diciendo a P. que había dos niñas allá a atrás y que si él lo permitía irían a por ellas y las llevarían con ellos al apartamento de P.; pero P. no podía ni hablar, así que la rubita negaba con la cabeza y decía: ya, malditos perros, dejen a esas niñas en paz, y los perros le riñeran diciendo: por favor, E., déjanos llevar a las niñas a casa, y ahí terminara nuestro fatal encuentro con P., mismo que contamos a la escritora Verónica Pinciotti, a la que escribimos por Internet y le relatamos las cosas y se ofreció a ayudarnos a escribirlo todo y a publicarlo en el sitio de P. para que se enterara de que por su borrachera se perdió de nos niñas de veinte años y diga: ¡Verónica, eso no es verdad, no me jodas, y aunque fuese verdad...!




1 comentario:

  1. Una vez mas, pinciotti hace uso de un lenguaje dinamico y fluido, cosa que solo se logra con un buen dominio de la lengua, con temas sencillos y a la vez profundos y mitofocantes de su mundo de whisky en las rocas. genial, saludos pinciotti, me gusta leerte

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