lunes, 21 de diciembre de 2015

Ocurrió de pronto.


Ocurrió de pronto. Un día cualquiera me puse las gafas y me planté frente al ordenador y no pude escribir un párrafo decente y me dije: no te preocupes, ya escribirás mañana. Pero mañana sucedió lo mismo. Y pasado mañana. Y todo el maldito mes. Me reñí: te has hecho un hombre normal, P. Y lo era, sí. Trabajaba, pagaba mis cuentas y me emborrachaba únicamente en viernes o sábado, aunque dejé de hacerlo en viernes porque E. insistió en tomar clases de francés los sábados por la mañana. Cés la ví. Mi más grande preocupación era componer la ducha. Me llevó meses encontrar la regadera perfecta. La que se adecuase a la poca presión de agua de nuestro viejo apartamento. La encontré en casa de mis padres, un día en que visitamos a los viejos. Ahora los visitaba con gusto y hasta entusiasmo. Pensar que hace algunos años les aborrecía. Pero uno se va haciendo viejo y comienza a comprender un par de cosas. No me detendré en ello; quizá lo sabes tú, quizá eres viejo. Si no, es indiferente, lo sabrás más tarde o más temprano y te tragarás todas tus palabras de juventud. No hay quien se salve. La vida es una trampa.


      Dejé de escribir y me dediqué a pagar facturas. Echaba un trago de vez en cuando en bar de Sanborns y cada vez con menos frecuencia en bar de T. Ahora podía dejar propinas de cien pesos y regalar botellas de vino mexicano a los meseros de Sanborns en Navidad. Se podía decir que mi vida marchaba. En realidad, me sentía como pirata obligado a andar por la plancha. La adultez, la vejez y al final la muerte.  


A veces intentaba escribir pero no pasaba de unas cuantas líneas. Me preocupaba llegar a fin de mes sin dinero suficiente. E. deseaba salir de vacaciones, estudiar la universidad, comprar ropa de marca, pasear los fines de semana, mantener al gato, mudarse de apartamento, comer más sano. Se dice fácil, pero alguien debe sufrir a cambio de ello. Ese alguien debía ser yo, el hombre de la casa y todo ese cuento. Esta había sido la pelea de toda mi vida: el dinero. Se puede decir que antes la llevaba perdida y ahora ganaba, pero ganar dinero también es una forma de perder. Vivía en un apartamento de la Colonia Roma, estaba casado con una rubita preciosa, tenía un gato y un empleo y podía irme de vacaciones a Holbox, pero algo dentro de mí no se satisfacía. Algo dentro de mí se hundía y se rendía y yo lo estaba dejando rendir. Habría que darle gasolina.




miércoles, 16 de diciembre de 2015

Ya vendrán tiempos mejores.

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.




La historia es conocida, sin embargo, fue reducida a mito. En las conversaciones siempre surge el amigo de un amigo de uno de los asistentes al culto o alguien que escuchó lo sucedido. Nunca vi la nota en el periódico, tampoco asistí a la iglesia. Me enteré de los hechos por alguien que lo comentó mientras tomábamos un café antes de ingresar a la oficina. Entonces no estoy seguro si lo relatado aconteció o si esa persona exageró.
Estamos conectados. En algún momento de nuestra existencia todos estuvimos tan comprimidos que ocupábamos el volumen de un átomo. Claro, eso fue al principio del tiempo... quizás antes. Éramos del tamaño de un átomo y navegábamos en una infinita nada o algo parecido. Imagino que éramos una masa más o menos homogénea pero inestable. Entonces sucedió algo que desencadenó una explosión y, desde ese momento, ese universo se expande a la velocidad de la luz. A pesar de ser la misma masa hoy en día, con todo y esto del avance de las telecomunicaciones, nos volvemos distantes; como trozos de hielo vagando en un mar infinito. O no infinito, pero sí lo suficientemente grande como para aparentarlo. Esa falta de comunicación nos frustra, y parte de nuestro fracaso degenera en violencia. Pensaba en todo eso mientras conducía hasta al trabajo. Durante la noche no pude dormir y tenía una idea dándome vueltas en la cabeza. Había tenido una inusual pesadilla.

   Soñé que desayunaba pan tostado con mermelada. Ella se acercó y preguntó:

-¿Quieres más?-
- Sí, un poco. – Respondí. En eso vi a la que en mis sueños era mi esposa. En realidad Ana era una chica de la que estuve enamorado en mi juventud y su rostro se repetía en mis pensamientos con cierta regularidad. Mi esposa se llama Carmen, y así como Ana, tenía 7 meses de embarazo para el momento en el cuál sucedió todo aquello. Ana fue a la cocina y regresó con una bolsa de pan y un tarro de mermelada.

- Tengo una mala noticia.- Dijo.
-¿Cuál?- Pregunté.
- No hay mermelada.- Volteó el tarro, estaba vacío. Vi su rostro, sus ojos mostraban un desconsuelo semejante al de un ciervo cuando una leona posa la mandíbula sobre su pescuezo. También había algo de picardía y una sonrisa que contrastaba con ese ambiente de domingo por la mañana. 

- No te preocupes, algo habrá en la nevera.- Respondí. Ella volvió a la cocina, tomó un cuchillo y regresó. Se acercó, con una mano acarició mi rostro y con la otra abrió su vientre sin dejar de sonreir. Luego sacó al feto y lo tiró a un lado, cortó el cordón umbilical y untó el pan con su placenta. El feto yacía en el piso, bañado en sangre y ella aún sonreía con esa mirada de ciervo condenado. No pude evitarlo, era como si una fuerza invisible y monstruosa me atara a la silla. Seguidamente tomó el cuchillo, lo pasó por su lengua y lo lanzó cerca de un matorral - ya no estábamos en el apartamento, sino en campo abierto.-. Reía mientras sus lágrimas brotaban rosadas por su rostro.

   Desperté. A mi lado estaba Carmen, susurraba algo ininteligible. Acaricié su barriga, coloqué mi oído cerca como si con eso me cerciorara de que todo estaba en orden. Observé el reloj, y no pasaban de las tres y media. Durante el tiempo restante de la madrugada no dormí, con esa clase de pesadilla dudo que alguien hubiese podido conciliar el sueño. Entonces en antes de entrar al trabajo, mientras me tomaba un café y escuchaba el parloteo alguien  contó lo sucedido en la casa del pastor aquel que salía en televisión.

   Se estimó que entre cinco y siete drogadictos entraron a su casa, lo sometieron. Violaron a su esposa e hijas - eran dos niñas y la mayor tenía la edad de mi sobrina Camila, cuatro años-, luego las asesinaron. Aún no se tenía claro si lo hicieron antes o después de asesinar a la esposa, sin embargo, lo cierto es que le abrieron el vientre, extrajeron el feto, lo desmenuzaron y obligaron al pastor a tragárselo - Lo del tarro de mermelada me enteré años después-. Él Fue el último en morir; le arrancaron la cabeza y la colocaron en el congelador. Y para rematar, con la sangre de las victimas, dibujaron algunos diagramas en la pared y había indicios de que una misa negra fue realizada en el lugar. Eso no fue un crimen, fue algo peor. 

   Así fue. Ana tenía una linda familia. Lo sentí, al igual que muchos que llegaron a conocer a las victimas. Nadie lo admite para no quedar como loco. Sin embargo, no es una idea descabellada pensar que su dolor fue tan grande que lo trasmitió por todos lados, más de una persona admitió haber tenido un sueño similar al mio la noche de los acontecimientos. La cuestión es que todos estamos conectados; sentimos igual, pensamos diferente. No importa cuánto crezca la población, al final siempre seremos uno. Y si alguien muere, lo hacemos todos. Si ese alguien mata es como si se matara a sí mismo. Asesinar por placer es antinatural, inclusive los grandes depredadores no lo hacen. Pero nosotros no somos depredadores, somos algo  peor; indescriptible, por lo menos en este idioma. En cierta forma ese pensamiento que nos diferencia uno de los otros de alguna forma que no sabría explicar hace que nos odiemos a nosotros mismos al punto de despreciar la vida.


   Hasta el día de hoy no se sabe nada acerca de los autores del crimen. Él fue enterrado junto a su familia en el cementerio municipal. Muy pocos lo recuerdan, el crimen no se olvida. Después de dos meses y siete días tuvimos a una niña, la llamamos Gabriela. Fui despedido del trabajo, aún tengo problemas de insomnio pero eso no importa, el universo no dejará  de expandirse a la velocidad de la luz. Ya vendrán tiempos mejores. 





Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

domingo, 22 de noviembre de 2015

¿Dónde has estado?


Un rayo de flamante sol se coló por entre la capa de ozono y el UV me dio de lleno en la cara mientras dormitaba, echado sobre el camellón del Viaducto, a las dos de la tarde. No me pregunten cómo llegué a ahí. El calor me despertó. Me levanté y me fui. ¿Qué más? Me bajé del camellón como pude. Me raspé las palmas de las manos y un poco los codos. Hay cosas que no se pueden explicar en esta vida. Tengo un trabajo estable, un apartamento en la colonia Roma, una mujer, un gato. No recuerdo cómo atravesé el Viaducto ni cómo me subí al camellón. No quiero ni imaginarlo. Hay recuerdos vagos del Greñas y otros vagos de la Glorieta. En fin. Me sacudí las ropas y emprendí el camino a casa. A pie. Desde Viaducto y Monterrey hasta San Luis e Insurgentes.


2

¿Dónde has estado? Cada vez lo escucho con más frecuencia. Alzo los hombros. No sé, en bar de T., contesto.  R. estuvo en bar de T., explica mi mujer, mientras me hace espacio en la cama (son las tres de la tarde. Aún duerme) dice que estuviste con él y los otros hasta la una; luego desapareciste, llamó para preguntar si estabas vivo. Ya, digo, sí, creo que sí. ¿Dónde estabas? Ahora lo recuerdo, sabes, digo mientras me desvisto y me recuesto. Salí a orinar, pero se me fueron los pasos y llegué hasta Obregón. ¿Y luego? Hasta ahí llega el cuento, luego de eso no recuerdo algo. E. suspira. Ya sabes, me defiendo, esas cosas pasan; beber te borra el caset, ceslaví, yio no sé pá (sonrisa). E. sonríe. Me pone al tanto de la situación: las facturas. Gas. Agua. Renta. Teléfono. Suspiro. Me llevo las palmas de las manos a la cara. E. las mira. ¡Qué te pasó! Ah, nada, raspones de niño. Déjame ver, pide. Me mira las manos. Frunce los labios. Observa con detenimiento. Es una buena mujer, Dios. Hay que lavarte y untarte crema, sentencia. Qué va, exclamo al tiempo que salgo de cama. Me levanto. ¿A dónde vas? A ningún lado, aquí mismo. Cojo la computadora y la enciendo. ¿Qué harás? Pagar las malditas facturas, E. Ah, ya. Sí, sí. Bueno, ahora basta un par de cliqueos para pagar tus deudas. Hace mucho que no toco el dinero con que pago las facturas. Diez minutos y estoy libre. Tengo un trabajo estable, un historial crediticio perfecto, una reputación de pagador, cartas de recomendación de mi casero y de mi empleador. Aún así a veces se me borra el caset, Dios. Qué más da.


3

En Sanborns todo ocurre como de costumbre. Entro de la mano de E. y Federico me recibe con su singular timbre de voz y su exquisita cadena fónica: Bienvenido, señor, ¿lo de siempre? No hay algo más bello que el sentimiento de que las cosas embonan y fluyen de manera natural según tu gusto y capricho. El bar de Sanborns es un ballet. Cada cual hace su papel. Federico resbala hasta la barra en primer arabesque, y regresa con cuatro hermosas botellas de Tecate en quatrime devant. Yo sonrío y le aplaudo para recibirlo como una foca aplaude por ganarse el pescado. Señores y señoras… las cervezas… ¡están servidas! ¡El show pude comenzar!


      Me casé con E., entre otras cosas, porque es la única mujer que soporta mi modo de beber; bebe a mi ritmo y no me riñe por desaparecer la noche entera.


     Entramos a las ocho de la noche, hora en que comienza el dos por uno. A las diez de la tarde estamos cayéndonos de borrachos. Hemos bebido ocho cervezas cada quien. A estas alturas E. comienza por desmoronarse. Para mí es la muerte de la primera etapa, el nacimiento de la segunda. Sanborns Insurgentes queda a cuadra y media de casa. Mando a pagar la cuenta y le dejo a Federico cincuenta pesos de propina. Siempre son los mismos números.

      Hacemos el camino a pie a casa. En el trayecto fumo un cigarrillo. Le preguntó a E. si desea pasarse a bar de T. son a penas las diez con cuarenta de la noche. Es muy probable que encontremos a los chicos ahí, a O. C. y R. y los otros. Pero dice que ya no puede más. Se rinde. Antes, cuando recién nos ennoviamos, siempre me seguía hasta el último trago. Ahora ella tiene un límite y yo respeto ese límite y ella respeta el mío, si es que lo tengo.


4

Las cervezas de Sanborns tiene la facultad de emborrachar al más duro. No sé, son la misma marca, por supuesto, pero al beber ahí bastan ocho cervezas para sentirse cansado. E. no es culpable, yo mismo me rendiría de no ser porque algo dentro de mí me obliga a seguir bebiendo mientras haya luz de luna. Dejo a E. en casa. Me pongo la chaqueta y salgo hacia bar de T.


    Caminar me devuelve el ánimo. Llego por Jalapa a la Glorieta y ahí está el amarillento bar de T. Entro. Esta casi vacío. En cuanto me ve T. grita que cerrará a las doce, no más. Me lo advierte porque sabe que suelo seguir hasta las tres o cuatro de la mañana sin importar si es domingo. Es domingo. Sergio, de Tres Gallos también suele gritarme la hora del cierre en cuanto llego a su maldito bar. Los dueños de los bares son tus mejores amigos y tus peores enemigos al mismo tiempo. Al menos T. me da precio especial y ha llegado a fiarme el trago. Sergio no. Ese es un completo hijo de puta. No importa cuánto le ruegues, te cierra la puerta en las narices. T. a veces baja cortina y me deja estarme dentro mientras escombra y prepara todo para el cierre definitivo. Bueno, así es la vida. Uno no puede hacer siempre lo que quiere.


      Sí, sí, contesto a T., ya lo sé, hombre, solo me tomaré un par de caguamas a lo más. Antes de decirlo T. me pone la primera cerveza en la barra del mostrador. La pago y me voy a mi mesa, al lado del sanitario a beberme la cerveza en paz y silencio. No están O., ni C., ni R. Nadie conocido. Un par de jóvenes y un viejo, sentados a cinco mesas de mí, me miran. Es una invitación a unirme a ellos. Están muy borrachos, se nota. Bueno, me digo, ahí voy; veamos que nos prepara la vida esta noche. Me levanto, cerveza en mano, y me siento a con ellos. ¡Salud! ¡Salud! ¡Salud! ¡Salud!


5

Entro a casa casi cayéndome. E. está despierta. Ha tomado la ducha y huele muy bien. Huele a crema de cuerpo y a champú. Yo soy un asco. E. lo comprende todo e inmediatamente va al cuarto de baño y abre las llaves, me templa el agua y me echa las toallas encima, rápido. Me hace entrar y me deja ahí. Me cierra la puerta. El agua cae, reconfortante, sobre mi sesera chamuscada. Hago todo en piloto automático. Me lavo la cabeza, me lavo el cuerpo. Cuando recobró un poco de mí mismo, sonrío y me digo: ¿dónde has estado, P.? No recuerdo algo de anoche después de sentarme con esos en bar de T.


    Salgo de la ducha y voy al cuarto. Sobre la cama está mi ropa, planchada, fresca, elegida por E. Camisa, pantalón, calzones, camiseta, calcetines, zapatos, cinturón. Y sobre la mesilla del cuarto, un plato con fruta, un sándwich, una taza de café. Dios santo, E. es la mujer perfecta, pienso. Me visto a prisa y me siento a comer. E. está ya vestida, lista para irse a la universidad. Será lingüista. Además de todo E. lee y será lingüista y me superará en todo y es hermosa y tierna y soporta mi carácter y mi modo de vida. La bendigo mentalmente. Me dice: P., me marcho, debo irme, mucha suerte en tu trabajo. Sí, sí, contesto con la boca llena. Me besa incluso con la boca llena. Antes de salir del cuarto se despide otra vez, esta vez con la mano y me manda un beso.


6

Voy al trabajo a pie. Hago cerca de treinta minutos, por todo Monterrey, hasta la Cuauhtémoc, hasta el circuito y un poco más allá, a Lago Patzcuaro. Son las nueve con treinta. Mi hora de entrada es a las nueve, pero jamás he llegado a esa hora. Siempre llegó después de las diez. Me voy despacio, con calma. Miro a la gente conducir y enloquecer. Les escucho pitar los cláxones. Son una bola de malnacidos locos y casi asesinos. Son capaces de atropellarte con tal de avanzar un centímetro.


     En el trabajo no me entrometo con nadie. Hago lo mío y adiós, hijos de puta. No salgo con esa gente. A veces quieren salir a beber o a ver el partido de México, pero me excuso bajo el pretexto de ser abstemio. Les digo que no bebo y que no miro futbol. Lo único cierto es lo segundo. Cuando me preguntan por mi fin de semana les miento: bien, gracias, nada especial, un fin tranquilo, vi a mi madre y comí con mi esposa en Elks. Eso les satisface. Un buen chico, P. Casi un santo. Jamás lo verás tirado sobre el camellón de Viaducto, a las dos de la tarde, en domingo.







     

     
     


      

domingo, 8 de noviembre de 2015

Uno es así.


Avanzaba lentamente por la acera que va al sur, bajo el sofocante sol contaminado de la Ciudad de México. Qué más da. Era el Greñas, un vago de la Glorieta al que conocía muy bien, aunque él a veces no me recordaba. Se balanceaba sobre la delgada línea que separa la locura y la razón. Estaba a punto de romperse la jeta al caerse de dicha línea. Le saludé con la mano, desde la acera que va al norte, pero me ignoró. Siguió de frente, con la cabeza gacha y los zapatos rotos y el hocico caliente, pensando en las podredumbres en que piensan los vagos: ve tú a saber. ¿A dónde irá? A donde vamos todos: a la tumba. A la jodida eterna tumba juzgadora. A mí nadie me va a juzgar. ¡Qué más da!

      Continué hasta la Glorieta de los Insurgentes. Me miré los pies antes de entrar a bar de T. Yo también tenía los zapatos rotos. Pero estaba muy lejos de caer en la locura. Lo mío era diferente. Solo quería una cerveza más. Hasta la última. Hasta la tumba. Hasta que encontrase un modo/ Oye, P., quítate de ahí, bloqueas la entrada, maldito seas. Era T. Entré sin discutir. Tomé asiento a mi mesa habitual, la que da al sanitario, y me quedé ahí pensando en/ ¿Lo de siempre, P.? Asentí con la cabeza. T. me puso una cerveza de litro  doscientos y un tarro de cristal (jamás aceptaba vasos de plástico. Tuve que joder a T. con los vasos por lo menos dos meses hasta que dejó de ofrecérmelos si quiera). Saqué un libro y me puse a leer, pero no pude leer. Siempre llevaba un libro en la bolsa del culo; estaba por dejarlo porque nunca podía leer. La cabeza me daba vueltas. Siempre iba un poco borracho a todos lados. Perdí muchos libros así. Se salían de la bolsa cuando me emborrachaba o cuando dormía en bancas públicas, o qué sé yo. No puedo asegurar algo porque siempre ocurría sin que yo me percatase, claro está. Cuando era más joven podía leer incluso con la cabeza dándome vueltas y recitarte los mejores poemas sin titubear. Ahora recuerdo casi nada. La naturaleza acabará con todos nosotros sin piedad. Antes de que nosotros acabemos con ella.

      La muerte de los perritos de Parque México me tiene sin cuidado. Me interesa más abrir caso para saber quién robó mi cajetilla de cigarrillos la semana pasada, en Parque México, precisamente. La dejé al lado mío, mientras dormitaba en una de las bancas; cuando abrí los ojos ya no estaba. ¡Qué hijos de puta! Los perritos muertos ya están en el cielo de los perros, ¿qué más quieren? Ya no tendrán que sufrir a sus dueños.

      A los veinte minutos entró C. Venía con Dulce, una mujercita que se sacó de un evento de poesía (Dios santo, qué mierda) y que le seguía a todos lados. Amaba a los perritos y a todos los animales (según ella; aunque jamás mostró tanto afecto por un aye aye como por un horrible perro pug). Quedé con ellos y por eso estaban ahí. Sabía que vendría con Dulce y que ella amaba a los animales (por eso recordé a los perros de Parque México) y lo primero que le dije cuando estuvo sentada a mi mesa, fue: la muerte de los perritos de Parque México me tiene sin cuidado. Dulce no supo qué responder. C. rió y dijo: eso, joder, a quién le importa; tanto drama por unos sacos de huesos. Dulce tomó aire y comenzó a reñir. Olvidé todo lo que dijo. Me sabía el cuento de memoria porque mi ex mujer y casi todas las mujeres con las que me lié después de ella fueron amantes y defensoras de los animales. Vamos, no se trata de ser un hijo de puta sádico. Mi odio no era contra los perros. Era contra el amor histérico a los perros que se puso de moda. Mientras la gente se preocupaba por saber quién mató a los animales, les metían la verga por el culo con un corredor comercial en avenida Chapultepec. Políticos. Son los amos del Universo. Pero Dulce manoteaba y lloriqueaba por los perritos mientras le arrebatan algo mucho más importante (ni siquiera lo sospechaba y si se lo dijeras a la cara, directo, no sería capaz de discernir; era un poetisa cursilona y ridícula que usaba sandalias de cuero y blusas floreadas y leía El Principito y lo utilizaba como Biblia para su filosofía de vida cursilona).

      C. ordenó tres litros de cerveza y tarros. T. trajo todo de mala gana. Odiaba que usásemos sus malditos tarros de cristal. Yio no sé pá. Cada quien tiene su manías.

      Bebimos casi sin hablar porque a Dulce le incomodó mucho el comentario de los perros. Trataba de no mirarme a los ojos (supongo que me odiaba). Yo trataba de mirarla a los ojos. Solo por joder. Cuando lo lograba le soltaba cosas en contra de los animales (no valen nada, son seres inferiores/ el perro es una creación del hombre/ la gente que ama a los perros desesperadamente tiene complejos muy grandes/ etc.). Estaba a punto de explotar la pobre. C. reía conmigo pero no demasiado. No era tan idiota cómo para desconocer que si yo la jodía más de la cuenta no se acostaría con él. Dulce tenía un aire de infantilismo y unas tetas aceptables, así que por muy ridícula que fuera, C. la llevaba con él a todos lados, esperando el momento de echarle las manos encima. Desde hacía una semana no sucedía y C. ya se estaba hartando del asunto.  Me lo contó cuando quedamos hoy, a las cuatro de la tarde en bar de T.

      Bueno, a Dulce la salvó O. Llegó con una sonrisa en la cara. Nos miró y amplió aún más la sonrisa. Se sentó a nuestra mesa sin saludarnos siquiera. Lo primero que salió de su bocaza fue: ¡traigo una marihuana nuclear! O algo así, no estoy seguro. Yo bostecé. C. se agitó de emoción. Le alabó. Dulce sonrió. La muy hija de puta gozaba fumar hierba, así lo decía: gozo fumar hierba. En realidad deseaba encajar con C. y con O., a los que, por alguna extraña razón, consideraba admirables. Ya antes habían fumado aquellos tres, en mi casa; Dulce solo daba pequeñas caladas falsas. Pero C. y O. no la evidenciaban porque cuando inhalaba y expulsaba aire, movía las tetas y eso los apendejaba más que la misma hierba. O. sacó de su mochila un morralito y del morralito una bolsita y de la bolsita un puñito de hierba. Lo esparció sobre la mesa y ahí mismo se puso a expurgar la marihuana. Mientras tanto, Dulce se soltó con una aventura marihuanesca, algo que le pasó alguna vez que fumó con unos amigos; el tipo de cosas que le pasan a los marihuanos y por las cuales creen que la hierba es algo muy sagrado o divino o cercano a Dios o a otros mundos desconocidos o a estados alterados de conciencia o a aperturas de la mente y todas esas sandeces. Yo la miraba sin escuchar mientras pensaba en qué pasaría si no tuviera tetas. Ni C. ni O. perderían el tiempo con ella. Era una desadaptada y lo notabas. Según ella misma, no podía lograra una relación estable con ningún chico, a pesar que los chicos la seguían, por sus bolas, ya se sabe. C. y O. también son unos desadaptados, pensé, nada más míralos, con esas fachas y esas ansias de fumar hierba y de emborracharse sin hacer algo de sus vidas. De qué carajos hablo, si yo soy/ T. los miró liar cigarrillos de hierba en su mesa y los sacó. ¡Me van a cerrar el lugar por su culpa! ¡No hagan eso aquí, malditos sean, salgan! ¡Allá afuera puede hacer lo que les dé la gana! Aproveché para ir al sanitario.

      En el sanitario encontré a una chica, a una de cabellos lacios, muy delgada, morena y con un culo respingado. La había mirado otras ocasiones en el bar. La saludé con la cabeza. Me devolvió el saludo y entró al sanitario antes de que pudiera decirle que me gustaba. Se lo diré luego, pensé. Ya no regresé a la mesa. Me puse a dar vueltas por el bar a ver si encontraba a alguien a quien joder. Todos los clientes de T. éramos más o menos los mismos de siempre. Me encontré algunas caras conocidas. Nada para entablar conversación. Regresé a la mesa y me serví en mi tarro.

      No vi cuando entró. De un momento a otro estuvo sentado a mi mesa. Era Britni, un travestido rocanrolero con pinta de Twister Sister. Tenía más de cincuenta años, lo que le hacía gracioso, enigmático, interesante, ridículo, agradable. Sin embargo, no era algo de eso. Era un hombre vestido de mujer. Punto. Podías hablar con él como con cualquier otro hombre. Incluso les echaba el ojo al culo a las chicas. Era todo un hombre. Vestido de mujer. Tenía más huevos que cualquier cabrón. ¡Nomebas a saludar oqué! Alcé la mirada. Tenía ojos claros. Usaba una peluca rubia y una boina de cuero negro. Era todo un Dee Sinder. Choqué mi puño con el de él. Solía usar un anillo con un diamante de plástico enorme y su broma favorita era chocarte el puño con esa cosa. Tomé mis precauciones. No me lastimó. ¡Chevato loco, salúdame bien, cá! Quería saludarme de nuevo (quería herirme con su maldito diamante). Lo hice. Tampoco pudo lastimarme esta vez. ¡aysi, tú, muy chicho! Se levantó de la mesa y se fue a la barra. Lo miré pedirse una cerveza y mientras T. la sacaba del refrigerador, saludar a otro. Le pegó con el anillo. El otro se sobó y le dijo algo, pero todo en guasa. Britni se iluminó. Casi se beatificó. Se elevó del suelo y se realizó. Luego T. le estampó la botella de cerveza sobre el mostrador y le gruñó: ¡vas a pagar o qué! Britni regresó al suelo y pagó la cerveza.

      C., O. y Dulce regresaron. Estaban sonrientes y estúpidos. Aún no tanto, pero ya comenzaban a desdoblarse. C. miró las botellas de cerveza. Las levantó. Casi todas vacías. Le gritó a T. que trajera otra ronda de caguamas. T. casi le grita que no es su criado. Lo pensó, estoy seguro. Trajo las cervezas y antes de que las pusiera sobre la mesa estiró la mano. C. sacó un billete de doscientos y se lo puso en la mano a T.

      A O. no le gustaba venir al bar. Prefería estarse en mi casa. Vivía a pocas cuadras del bar, así que consideraba estúpido venir a pagar a T. cincuenta pesos por caguama, cuando las podíamos comprar a veinticinco en Extra. Eso estaba muy bien. No siempre estaba de humor de estarme en casa. Pasaba muchas horas en casa. Era mi casa. Lo que deseaba era salir y mirar, respirar, airarme, no sé. Hoy estaba contento. Reía y hacía bromas sobre chinos y se pegaba a Dulce. C. también se pegaba a Dulce. No entiendo por qué yo no me pegaba a ella. No parecía una chica difícil. Un poco de cerveza, de hierba… estoy seguro que hasta me perdonaría lo de los perritos y acabaría conmigo si me lo propusiera. Lo malo sería encontrar después un modo de largarla sin que me cerrara las piernas por ello en futuras ocasiones.

      Perdí la cuenta de cuántas cervezas bebimos. Solo pagué una. Todas las demás las pagó C. Es por Dulce, pensé. Se luce.

      En algún momento me levanté de la mesa para ir al sanitario. Ya era de noche y el bar estaba lleno. La fila para el sanitario era tan larga que decidí salir a orinar fuera, en la esquina de alguna calle. No me despedí de C. ni de O. En realidad, no tuve la intención de dejarles ahí. Son cosas que pasan. Salí y comencé a caminar por Jalapa. Ninguna esquina me parecía segura. Y caminé más, hasta Obregón, y luego hasta Monterrey. Eché un vistazo a la fuente del poeta, a ver si había vagos. No me gustaba dormir ahí cuando estaban los limpiaparabrisas. Son muy jodidos.

      Me recosté sobre una banca y me puse a pensar en por qué no iba a mi apartamento a dormir como Dios manda. Pero uno es así.
     
     




jueves, 5 de noviembre de 2015

Los días menos abrumadores.

Texto por: Alberto Quero
Sitio del autor, aquí.



I


AMANECER

Poco permanece de mis antiguas  batallas
y de sus interminables superficies,
sólo pasos tórridos y muchas procesiones falsas
que ingenuamente puedo recordar.
Hace tiempo absorbí esta carencia
y la llamé mía;
traté de no sucumbir, de no capitular
pero he concedido, porque algunas guerras se ganan
gota a gota, fuego a fuego:
pasé frente a tantos espejos y todos mintieron.
Real o eterno, mucho abandoné
porque el mundo no difiere de cuanto sujeta.
Ninguna cifra dejé,  ninguna clave propuse
y mis emblemas fueron grilletes.
Veo siglos detrás de mi juventud,
justo cuando mi pasado se desmorona
y el tiempo lastima ciegamente.
Muy poco he logrado,
pero todavía acecho algo:
aprendí el arte de la invisibilidad
y por eso he tenido más nombres de lo que jamás soñé.
Como enmascaré continuamente mi verdadera figura
di y recibí perdones y juramentos
pero también furias y hachas ;
al mismo tiempo perfumes y vómitos,
abrazos e iniquidades partieron desde mí
y hasta mí volvieron:
supe de besos y de odios.
Fui conocido por tantas etiquetas
y todas ellas fueron espirales,
no otro fue el terrible aprendizaje que heredé
de mis rasgados disfraces.
Sin embargo, fui  inofensivo
y  prevalecí tercamente
porque todas esas maniobras mías
de alguna manera repitieron
hasta mis más nimios trazos:
el tiempo dejó una marca  incesante y sin fondo
sobre los senderos que hace tanto conocí,
y ella fue un signo en el cual confié infinitamente.
Esta mañana, supongo, fue distinta
precisamente por no serlo:
fue apenas una revelación,
como las que ocurren los días menos abrumadores



II


MEDIODÍA.

Este mediodía ha llegado lentamente
y  ha quebrado  mis flechas y mis espadas,
solo artificios
y espejismos insignificantes
contra este mundo, fácil y enorme,
contra sus hedores y su apetito por la ira.
Tampoco mi escudo ha sido tan poderoso
como una vez lo supuse;
aun es amorfo, blando
y no protege mis heridas:
un terrible sol me ha calcinado,
su despreciable  brillo ha taladrado mi frente
y más de una vez me ha derrotado.
Mi escudo, en efecto, no ha tenido demasiados poderes
pues mis costras y cicatrices
se han hecho abundantes.
El tiempo no ha sido sino una frontera maleable
un eco, una voz imposible;
nunca lo vi como tal, así que he estado haciendo malabarismos sobre su estrechez:
para mi gran sorpresa, ahora descubro
que he sido un acróbata o un predicador
Este mediodía he decidido no ofrecer más disculpas
porque me doy cuenta qué terrible
fue ser manso y dúctil:
he caminado a través de tierras ardientes,
entre laberintos:
mucho abarca este letargo
y tantas veces me he hundido en él;
nunca he olvidado la presencia del hado
y quizá por eso no le temo.
Una vez me bauticé con polvo
y soledad fue mi primer seudónimo,
después éter y barro,
hasta que me convertí en piedra innumerable.
Ahora me llamo nómada
pero quizá sólo soy el que conspicuamente se enmienda,
ahora me llamo viento o humo
o quizá litoral y nieve, en una letanía olvidada,
ahora conozco la muerte, y ya no me es extraña
porque verdaderamente pesa menos que la vida.



III

 OCASO

¿Por qué no todos los días son como este nublado atardecer dominical
que, seguramente, nadie sino yo está contemplando,
deseando que dure para siempre?
¿Por qué no todos los días son como éste,
devastadoramente silencioso y gris,
tan ampliamente gris
como si suyo hubiera sido el último mediodía?
Me descubro preguntándome dónde abunda el amor,
si realmente está hecho de amatista,
si es un reflejo compartido
o si no fatiga tanto como
los caminos por los cuales he andado hasta ahora.
Me pregunto si sólo será otro demonio
que me domará nuevamente
o si alguna vez aparecerá
en medio de un viento frío
y alejado de esta luz  despedazada.
Ahora el silencio alivia el olvido:
he aprendido a desvanecerme y a persistir,
a ignorar y a hallar,
a permanecer sobre el filo mismo de la soledad
y de otras parsimonias;
en este momento mis huellas se derriten
sobre caminos inmensurables,
mi mirada se desata
y yo le permito deambular entre las nubes.
Si el tiempo y la vida deben cesar, en este instante lo digo,
si cada exhalación ha de detenerse
que el final sea tan soñoliento como esta puesta de sol,
lento y brumoso:
si los paréntesis terminan,
poco importa lo demás.
Que todo se convierta en quietud y sigilo,
lo imploro,
que la levedad del destino sea clara,
sus círculos y sus espirales
y nadie lo llame llanto ni pérdida
sino sonrisa indemne.
Que nada duela,
como este atardecer.
Por mi parte, yo me rendiré ante un nuevo silbido

seguro estoy que alguno finalmente me convocará.









Estos textos fueron publicados por la revista Palimpsesto 2.0, No. 16. Diciembre 2014. Sevilla España.

Texto por: Alberto Quero
Sitio del autor, aquí.
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