domingo, 28 de diciembre de 2014

Adversario.



A Arthur Schopenhauer. 

A todos lados donde voy encuentro un adversario.
Alguno que quiere ser atendido primero,
pasar primero,
ocupar un lugar antes que yo.

Alguno que lucha por el mismo puesto,
que toca los mismos pitos y se piensa mejor.
Alguno dispuesto a quitarme el pan de la boca;
a ofrecer mi vida a cambio de la suya;
de trucar mi libertad en pro de la suya.

Alguno capaz de callar mi voz con tal de lanzar un graznido él.

A todos lados donde voy encuentro un adversario.
Incluso entre los amigos.
El honor, el orgullo, pueden poner a dos amigos a pelear.
La envidia, la ambición, los sueños prometidos
hacen traicionero al más fiel de los lacayos.
Una herencia puede separar a dos hermanos.
Una mujer, Dios santo, basta para hacer arder a Troya. 

A todos lados donde voy encuentro un adversario.
La vida es una guerra sin tregua
y se muere con las armas en las manos.



viernes, 26 de diciembre de 2014

Selección poética del libro Poesía de los pájaros pintados III

Texto por: Fernando Chelle
Sitio del autor, aquí



Selección poética del libro 

Poesía de los pájaros pintados



Despertar

Amanezco junto al mar,
me confundo con las gotas que
caen en mi carpa, tercer pilar
de Santa Lucía del Este.

Toc, toc, tero, tero…
un lugar del mundo
donde la arena es libre
donde el emperador silencio
ha llegado con su orquesta
de vientos.

¿Y el amor?
duerme y sueña
¿y el amor, hombre de fuego?
descansa
en su nervio de ceniza
alada.


Recuérdame

De romántico a trágico
imposibilitado el amor
se levanta el muro.

Calla el exterior para dar paso
a dos balas en direcciones distintas
que se rozaron.

El tiempo no ha mudado su costumbre
dejando nuevos colores
no siempre vivos
y algunas veces
inesperados.

Entonces, nosotros, los de entonces
ya no somos los mismos.
Y bien, quedémonos con la flor
la espina no, la flor
porque hubo flor.


Del río al mar

Nací herido por los rayos de la luna lorquiana
cerca de un río solitario
negro como el abismo
con la pupila fría de las quimeras.

Hoy soy un toro con una flor en la boca
tratando de hacer sentir su peso,
ya mi desesperación
te picará en los ojos mujer
porque será imposible
ponerle diques al mar.


Patio de la abuela

Ciprés ascendente en precipitación vertical verde,
espinas de un marchito borracho combustible,
azahar de naranjos cargados de continuo,
nota amarilla de un limón colgante,
la tierra en su sequedad se ha partido.

1959 dicen tus pilares arcanos,
agujas que descansan en una
almohada de terciopelo,
lento como tu sombra veo caer el sol.

Tu bastón de la tarde
ha reflejado un grito
en el largo pasillo
que lleva a los pinceles.

El búfalo en su cueva observa extrañado
el discurso que un día supo ser resistencia
y ahora que tu perfume
no puebla ya esta tierra
llegó para quedarse tu verde melodía.


Una tarde en la Coqueta

Me fui cazando los recuerdos y alguna fragancia al pasar.
Me suele suceder cuando miro brillar los adoquines del barrio.
Llego al río,
al único,
a ese que es Negro como el abismo pero dulce como el oboe.
Encallo en el puerto y me convierto en humo,
esosi,
como ellos están atrás echo sobre mí un manto,
el manto de la vida,
el manto de los sueños,
ese que seguro no verán jamás.
Y ahí descanso, al menos hoy,
como descansa mi cigarro,
en su nervio de ceniza,
alada. 




Texto por: Fernando Chelle
Sitio del autor, aquí

domingo, 21 de diciembre de 2014

¿A dónde se han ido?


D. cumple quince años y su padre le regala un viaje a la playa. No es la primera vez que D. va a la playa, pero es la primera vez que D. va a la playa a los quince años. El viaje lo hacen el padre de D. y D.; puede considerarse un viaje de hombres. Lo que eso signifique. Ninguno de los dos ha utilizado la frase viaje de hombres, sin embargo, desde que el padre de D. anunció ante la mesa de su casa que iría con D. a la playa, la madre de D., su hermano menor y su hermana menor y D. y el padre de D., y todos los que hubiesen estado presentes, en caso de que hubiese estado presente alguien más, entendieron que se trataba de un viaje que deseaban hacer a solas (al menos, el padre de D. deseaba ir a solas con D.; D., por supuesto, hubiese preferido ir completamente solo; nunca se presentó esto como posibilidad), y que había cierta complicidad entrambos. D. también lo creyó: que su padre le reservaba alguna satisfacción de hombres. Nunca antes habían hablado algo respecto al tema.

2

Hacen el viaje en coche. Durante el viaje, el padre de D. se comporta de modo habitual. No íntima demasiado con D., ni da señales de reservar algo especial. No le guiña el ojo ni le habla de mujeres ni le pregunta si tiene novia. Se limita a hacer comentarios sobre el clima, sobre los recientes cambios de gobierno, sobre una película que miró con la madre de D. la semana pasada, sobre la década de 1970, sobre la contaminación y el calentamiento global. D. le escucha tímidamente. Es el primer viaje que realizaba con su padre.

A las dos horas de conducción sienten cambiar el clima. Bajan las ventanillas y sacan los brazos por ellas. D. se muda de ropa allí mismo, en el coche. Una hora más tarde entran a la ciudad.

      Después de varias vueltas, encuentran un hotel que al padre de D. le parece adecuado. Es un hotel económico. Tiene piscina y servicio de bar. Lo atiende una mujer baja y morena; agradable. Cuando pasa delante de ellos para llevarlos a la habitación, D. piensa que no le molestaría tener una aventura con esa mujer.

      En la habitación deshacen las maletas. Beben agua embotellada mientras inspeccionan el cuarto de baño, prueban el televisor, tientan las camas, abren la ventana y exclaman: ¡bueno, llegamos! Son las diez de la mañana. El padre de D. propone buscar un restaurante de mariscos. D. no se opone. D. espera a su padre, sentado sobre la cama, mientras éste entra al cuarto de baño a mudarse de ropa. A los pocos minutos sale. Lleva sandalias, bermudas, camisa abierta, sombrero de paja y gafas. Se ha untado bloqueador blanco en la cara y los brazos. A D. todo ello le parece innecesario. Sin embargo, el padre de D. le alcanza el bloqueador y le sermonea sobre los cuidados de la piel, etc. D. no tiene opción. Salen del hotel embarrados de bloqueador. D. lo odia.

      El restaurante se llama el Delfín de California. D. piensa en ello y no encuentra motivos. Lo deja en cuanto mira la carta. Pide un coctel de camarón mediano y una orden de quesadillas de cazón. Su padre pide un vuelve a la vida. Durante el desayuno el padre de D. pregunta a D. qué le gustaría hacer el resto del día. D. lo piensa. Dice que le gustaría ir a la playa. Eso, obvio, exclama el padre de D., pero, ¿qué más? D. alza los hombros. Desde que aceptó el viaje como regalo, y, sobre todo, desde que aceptó el acompañamiento de su padre, aceptó dejarse arrastrar. No tenía grandes expectativas, excepto la esperanza de que su padre le reservara una sorpresa de hombres.

En algún momento entra al restaurante una familia. Entre la familia hay una chica poco mayor que D. D. queda fascinado. Es rubia, delgada; viste bikini. No está acostumbrado a mirar chicas en bikini. Los senos de la chica, apenas cubiertos por una tela diminuta, le vuelven loco. En algún momento la chica lo mira. D. se sonroja de llevar la cara llena de bloqueador. La chica no lleva bloqueador, o si lo lleva, no es del bloqueador blanco. El padre de D. no lo nota: su hijo atraviesa una vergüenza: sufre una erección.

3

En la playa, D. y su padre se instalan bajo sombrillas. Piden cerveza. Es la primera vez que D. bebe cerveza delante de su padre. Hay muchas chicas lindas y D. desearía irse con ellas, pero beber cerveza con el viejo por vez primera le haría sentir culpable: dejarle ahí, hablando solo. D. mira a las chicas pasearse. Mira las piernas de las chicas. Las cinturas de las chicas. A veces también mira a los chicos que las acompañan. Esos chicos tienen más o menos la misma edad que D. y lucen acostumbrados a las chicas semidesnudas y a estarse en la playa, bebiendo cerveza, untando aceites a las chicas, todo sin la supervisión de un adulto. No sufren erecciones. D. se dice que es mejor no mirar. No delante de su padre. No quiere pasar por un pervertido o un necesitado. A pesar que es, completamente, un necesitado. D. es virgen. Aún confía en su padre, quien debe saberlo, para sacarlo de la virginidad. Ha escuchado cuentos de padres que llevan a sus hijos con prostitutas.

      Por la tarde, muere el sol, el padre de D. propone ir a cenar a una cantina. D. alza los hombros. El padre de D. lo nota desanimado. Cree que dejando beber a su hijo le hará feliz, pero D. no quiere beber. D. quiere acostarse con mujeres. Conocer mujeres, cuando menos.

      En la cantina, el padre de D. se emborracha. D. sufre. La cantina se llama Río Negro. Es una cantina poco elegante. Incluso ahí hay chicas. Todas mayores. Las chicas beben. Van con hombres que las acompañan. ¿Cuándo será él uno de esos hombres que las acompañan?, se pregunta mientras escucha a su padre pedir canciones a gritos a la banda del lugar, y decirle: hijo, escucha esa canción, Dios santo. El padre de D. pide canciones norteñas. Canciones de dolor. Las canta. Algunos brindan con él desde sus mesas. Las chicas susurran entre sí. D. tiene la impresión de que se burlan. D. no bebe más de una copa.

      Por la noche, regresan al hotel. El padre de D. maneja con precaución. No deja de cantar canciones norteñas. D. piensa que es suficiente mayor para conducir. Tiene amigos que conducen. Su padre se ha negado el último año, pero de haberlo hecho, de haberle enseñado a conducir, ahora podría sustituirlo al volante.

      En la habitación, el padre de D. se echa a la cama y duerme de inmediato. D. se acuesta en la suya. No duerme. Piensa en cómo deshacerse de su padre. Quizá si se lo planeta honestamente. Quizá su padre también deseé deshacerse de D. y conocer alguna chica. No, se dice, mi padre no es ese tipo de hombre. Enciende el televisor. Mira infomerciales hasta caer rendido.  

4

Desayunan en la barra del hotel. Huevos con jamón, pan tostado, mantequilla y jugo de naranja. El padre de D. tiene mal aspecto. Le pide a la encargada un par de aspirinas. La encargada titubea. No hay aspirinas. Podría ir yo si me prestas el coche, dice D. en son de burla. El padre de D. ni siquiera contesta.
      A las doce del día suben al coche. El padre de D. conduce sin rumbo. D. no habla. Está molesto.

      Aparcan en el museo acuático. Dios, piensa D. El padre de D. le anima. Te encantaba cuando tenías diez, exclama. D. alza los hombros. Definitivamente su padre no es la clase de padre que lleva a su hijo de quince a años a comprar mujerzuelas. Vale, dice el padre de D., vamos por una cerveza.

      Se meten al coche. D. mora por la ventanilla. En todos lados hay chicas en shorts y ombligueras, en bikinis, en faldas cortas. Hay chicas rubias, morenas, blancas, altas, delgadas, lacias, rizadas. Chicas de todas las edades. Todas buenas. Y D. no tendrá una sola en toda la vacación. Antes de llegar, D. hace prometer a su padre que no beberá como anoche. El padre de D. lo promete. Luego de pasearse por las callejas deciden (el padre de D. decide) entrar al Cony`s.

      Dentro del Cony`s hay mujeres. Quizá esta es mi sorpresa de cumpleaños, piensa D. El sitio es de poca monta, pero a los quince años no importa la calidad. Le atiende una chica con unas tetas enormes. D. no le puede quitar la vista. La chica le sonríe. D. se sonroja. El padre de D. también se sonroja. La chica les acomoda en una mesa pegada a la pista. Aún es temprano, pero dentro de poco saldrán las chicas. Un hombre se acerca a ellos. Les ofrece la carta. Les ofrece cerveza. Les ofrece probar a La Selva Negra. El padre de D. se levanta. Anda, dice, nos hemos equivocado de sitio. La chica de las tetazas le hace caricias en el antebrazo. Le intenta seducir. D. no se levanta. Anda, D., dice el padre de D. La chica le mueve las tetas casi en la cara. El padre de D. la aparta. ¡Vengo con mi hijo!, exclama. La chica ríe. El hombre ríe. D. sonríe. Vamos, papá, dice, quiero probar a La Selva Negra. El padre de D. coge a D. del brazo y lo saca.

5

D. está furioso. Es el último día de su regalo de quince años. Cuando su padre despierta, se lo dice: quiero el día libre. ¿Cómo?, pregunta el padre de D. Libre de ti. Lo siento. El padre de D. apenas se lo cree. D. se mete al cuarto de baño. Toma la ducha. Cuando sale lleva puestos tenis y pantalones. No lleva gafas ni sombrero de paja ni bloqueador. El padre de D. está recostado. Cuando le escucha salir se levanta y se sienta sobre la cama. Vamos, D., le dice, ¿es que no lo estás pasando bien? D. piensa: no voy a hacer, maldito chantajista. No, contesta. Bueno, titubea el padre de D., supongo que necesitas tu espacio, ¿no?, okey, bueno, ¿quieres ir a desayunar al Delfín de California solo? Yo desayunaré en el hotel. Podemos vernos después de desayunar, ¿qué dices? D. sale de la habitación sin contestar.

6

Camina cuatro cuadras, hasta la avenida. Levanta la mano para llamar a un taxi. Lo aborda. Al Cony´s, por favor. El chofer le mira. ¿No crees que sea muy temprano para ir a un sitio como ese, chico? Sonríe. D. no lo había pensado. Bueno, entonces a… al Delfín de California, por favor.

      En el Delfín del California ordena coctel de camarón mediano y quesadillas de cazón. Busca con la mirada. No hay una sola chica. Espera con ansias. Si entrara la rubita de la vez pasada, se dice. Quizá se hospeda cerca.

      Bueno, no entró la rubita ni otra. Paga la cuenta. Sale del restaurante y vagabundea en dirección al centro. No hay mucha gente en las calles. Es temprano, piensa. Mira, sobre todo, a hombres y mujeres con niños, pero no a chicas. Se detiene en una boutique de regalos. Entra. Dentro hay un solo empleado. Es hombre. Mira algunas mercancías y sale.

      Llega un parque. Aquí, se dice. Se instala en una banca a ver la gente pasar. Pasan mucha gente grande, de sesenta o setenta años. Turistas. Pasa gente china. Pasan un par de chicas chinas. Llevan viseras. Tienen dieciocho o diecinueve años. Se lamenta de que no sean mexicanas. O europeas. No mira a ninguna chica mexicana o europea. El tiempo pasa muy deprisa. Son las dos con cincuenta. El centro debería estar repleto de chicas. ¿Dónde están las chicas?

      En la playa hay mujeres maduras tomando el sol. Hay niñas de cinco o nueve años, hijas de las maduras. Hay alguna chica de doce o trece años. No hay chicas. ¿Dónde están todas las chicas que miró por la ventanilla del coche? ¿Y las que jugueteaban mientras él debía estar con papá? ¿A dónde se han ido? 





jueves, 18 de diciembre de 2014

Las putas de papá.

Escritores invitados
Texto por. Yuni Ramírez

¿Cómo será hacer el amor con un viejo en un campo de avena? No es que estuviera confirmándolo; pero volví a casa a las siete de la mañana. Mamá armó un drama de “mírenme, soy la loca de un libro de García Márquez”. Nada más me asomé a la puerta, comenzó su sermón. Quizás amaneció despierta, esperándome. Dijo tantas tonterías, que media hora después ni ella misma sabía de qué iba la cosa. Entonces, metió a papá en el lío. Así que de eso se trata, de papá. A lo mejor estaba así porque llevaba dos o seis semanas sin coger, o quizás medio año, o cinco, quién sabe. Papá se iba a hacer negocios en Japón y por allá pasaba más de un mes, a veces no llamaba. Negocios, eso era lo que él decía. A mí no me constaba ni menos me cuadraba. Nunca vi el sentido a los supuestos y repentinos viajes. Para mí que se iba de vacaciones. A vacacionar de mamá y su histeria, y claro, como la pobre no lo iba a encontrar, ni que estuviera a diez minutos, bien. Entonces, ¿qué había que perder? Nada. Así que, papá se iba con alguna puta a Punta Cana. Ya me lo imaginaba muy feliz, copa y puro en manos, sobándole las piernas a esa puta, dándole nalgadas suaves; luego dejaba copa y cigarro y se la cogía. Ya me imaginaba todo eso. Papa, poniéndole la tanga para un lado, la carita de la puta, obviamente de mosquita muerta, y el cuerpazo, porque eso sí, papá tenía buen gusto. Imagínese a una mujerzuela con aires de “soy tu mejor inversión”; habría que verlo. O quizás no, quizás no era de ésas, a lo mejor se fijó en una tonta de barrio, vaya usted a saber dónde la conoció, que se movía mejor y le mentía menos; pero le mentía, eso era seguro, y papá se lo creía. Porque, ¿qué bruta se iba a enamorar de los sentimientos de un viejuco mezquino como papá? Ninguna. Por lo que, los grititos de la putita de cabotaje, no la del yogurt light, también tenían una pizca de ambición. Viéndolo bien, papá era un tipo de mierda, comprándose mujeres, porque nadie se creerá que las enamoraba. No. Le sobaba la chequera en la cara, y ahí estuvo. Pongamos que las cortejaba, les ofrecía algo o las invitaba a cenar. “Desde que te vi, me volviste loco”. Qué otra cosa podía decir un viejo cursi como él. A la semana, un nuevo viaje de negocios. “Tengo una reunión en Japón”. Ah, qué bien, papá. Lógico, la pendeja, o sea, mamá, volaba y le hacía la maleta, y zas, el don zarpaba rumbo a la gloria. Maleta en mano, tomaba un avión que nunca salía de Santo Domingo, sino de Santiago o La Romana, cualquier lado, nunca de los jamases de Punta Cana, fíjese si no es curioso. Con esa excusa se llevaba el carro que, según él, dejaba en casa de un amigo. Oh, sí, un carro más caro que el cielo. No me digas, papá.

      Mamá se la pasa nerviosa y me da pena, tiene esa cara de puta reprimida. Pobre. No es como las putas de papá. A ésas se le ha de notar la ambición en la sonrisa y saben cómo pedir las cosas. “Este collar es hermoso”, listo, porque los hombres son unos pendejazos y necesitan aplausos. Diles que los necesitas si te hace falta presupuesto; pero claro, yo también quisiera ser un viejo millonario. Ay, papá, tú ni virtudes tienes. No eres el héroe de nadie. Presúmeles tu dinero a las putas, sóbale las tetas y olvídate del mundo, al fin que eres un hedonista de mierda. Eso sí, una cosa papá, no dejes que ninguna te llore o diga que se enamoró. No dejes papá. Necesito seguir mirándote, hasta entender que las viudas como mamá no merecen otra vida. Hasta parecerme a ti. A veces pienso en irme contigo al Country Club, conocer a tus amigos cincuentones y estrujarles mis tetitas cuando me saluden. Desquitarme, papá. Decir tu nombre mientras algunos de ellos me lo hace en un campo de avena. Quedarme quietecita cuando salgan mis primeros gemidos; pensar en ti y en esa puta que se mueve como el diablo y me hace sentir fracasada como mujer. Soy una mujercita, papá. Date cuenta, una mujercita; ustedes están ciegos. En esta casa, la única que me ve es la señora del servicio. A veces me dan ganas de darle mis joyas, las joyas de mamá y todo lo que encuentre.  Toma Margot, huye de esta casa. Corre Margot, antes de qué tú también te pongas estúpida”. Ella sonreiría y me diría: noDespués se lo pensaría y me diría: no puedoY se lo pensaría de nuevo y me preguntaría: ¿por qué?

      Pensándolo y diciéndomelo cambiaría de opinión. Se marcharía para siempre en mi lugar; pero nada de eso, papá. Margot dijo que hace una hora regresaste. Dijo que traías un humor de perros ¿En serio? Me hizo gracia y te imaginé comiéndote las paredes. Vuelve aquí, Margocita linda, prepárame algo de comer o pídeme una pizza, pero primero voy a saludar a papá.





Texto por. Yuni Ramírez


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