domingo, 30 de noviembre de 2014

No quería salir allá afuera, Dios, no, no, no.


Decidí dejar de beber un miércoles de febrero de 2014, después de haber golpeado a mi mujer hace poco menos de dos semanas. Había dejado de beber muchas veces antes pero siempre regresaba, y la verdad, no deseaba dejarlo en serio. Cada semana le prometía a L. que sería la última borrachera, y lo cumplía (si eso es cumplir), no sé, dos días o tres; luego volvía a emborracharme. Esta vez deseaba dejarlo en seiro. Por mi mujer, claro está, y porque no tenía sentido continuar por un camino que no ofrecía algo nuevo. Ser un borracho es como vivir dando vueltas en círculo.

Le conté de mi decisión a P., quien por aquel entonces era mi más fiel compañero de borracheras. P. no se inquietó. Dijo que si era mi decisión, la respetaría, pero por amor a Dios no fuera yo a tratar de convertirlo a él. No hay algo peor que un recién abstemio convencido del mal del alcohol, excepto un recién cristiano convencido del poder de Jesús Cristo, dijo. Estuve de acuerdo: lo prometí.

Continué reuniéndome con P. los sábados en su apartamento y algún lunes o martes (que eran sus días, eran nuestros días, predilectos para echar trago en el casino y en el bar de Sanborns respectivamente). Las primeras semanas no tuve problemas, puede soportar verle beber en mi cara mientras yo me comía los cacahuetes y me pedía limonadas o naranjadas naturales sin endulzar, pero luego la cosa comenzó a empeorar y P. me dijo: ¿por qué no pruebas con la marihuana? Bueno, la situación era la siguiente: mi mujer me había demandado por abuso físico y sexual (la golpeé fue porque se rehusó a dejarse coger por culo, o algo así, Dios, les juro que no me enorgullece), debía presentarme con un abogado, etc. También estaba el divorcio. Por otro lado, dejé de laborar para S & S porque no pude soportar la depresión cuando L. me abandonó. Por supuesto, me abandonó. Tenía muchas ganas de abrazar a L., de pedirle perdón y todo eso, pero nada importa cuando has golpeado a tu mujer, no hay absolutamente algo que puedas hacer para detener lo inevitable. El primer golpe enciende la mecha. Luego, todo es cuestión de tiempo: las demandas, el divorcio, la bancarrota, la soledad, el suicidio, Dios. Uno no puede andar vivo por ahí después de algo así. Cuando se lo conté a P., dijo: hay mucha gente por ahí que golpea mujeres todo el tiempo, B., ¿por qué quieres matarte por algo así?, estuvo mal, muy mal, pero… Joder, L. encontrará a otro hombre que la cuide y la respeté y tú encontrarás a otra mujer a quien golpear y luego todos moriremos. Fin. ¿Por qué adelantar lo inevitable? Las palabras de P. no me reconfortaban. La situación era grave. Por ese motivo no consideré a la marihuana como algo serio. No quería sumar a mis pecados el de la drogadicción.

Luego, un miércoles, me reuní con P. en un bar de Medellín. Era el bar de los miércoles. P. era un experto en estos temas y fue él quien estableció nuestro sistema. Los lunes eran tardes de casino porque los lunes es muy difícil encontrar cualquier otro bar abierto desde las once de la mañana hasta cuatro de la madrugada, y porque la cerveza estaba a veinte pesos. Los martes, a la una de la tarde, el bar de Sanborns, que ponía dos por uno en cerveza hasta las cinco, y luego, dos por uno o tres por dos en bebidas nacionales. Pero hoy era miércoles y el Mitote abría sus puertas a las dos de la tarde y podías estarte ahí hasta las nueve bebiendo cervecitas a quince pesos, lo que ponía de buen humor a P. porque se negaba a pagar más de veinticinco pesos por cerveza y porque quince pesos era a lo menos que cualquier bar ponía los miércoles, con excepción del Azteca´s, un centro nudista en Eje Central que ponía a diez pesos la cerveza hasta las seis de la tarde, pero al que P. no iba porque había sido estafado un par de veces en aquel sitio donde, según contaba P., las mujeres se desnudaban y uno se preguntaba: ¿cómo es posible que hayan dado empleo en esto, a esto?, y otro sitio en Insurgentes 300, al que P. se negaba a entrar porque vendían tacos (?). P. ordenó una cubeta de diez cervezas y se reía y pataleaba de lo contento que le hacía tomarse diez cervezas Tecate por ciento cincuenta pesos en un bar. P. estaba borracho la mayor parte del tiempo, Dios. Ahora que yo era abstemio podía notar lo desagradable de ello. Había que soportarlo hablar descaradamente sobre todos los temas, sobretodo el sexual, que era su tema predilecto y se autoproclamaba un jodido pervertido sexual, cosa que pregonaba sin el menor disimulo; no temía confesar las perversiones más oscuras del hombre frente a mujeres o a madres e hijas, etc. Eructaba libremente. Se rascaba los dientes. Se tocaba los huevos. Golpeaba la mesa con el puño cuando se acaloraba al exponer algún punto de vista que le pareciese determinante. Gritaba a los meseros y si eran meseras las gritaba y las manoseaba y había que tener cuidado porque en cualquier momento a alguien no iba a gustarle el modo de ser de P. y nos iba a partir la cara; todo el tiempo que estaba con él tenía el constante temor de que nos jodieran o nos asesinaran. Bebía con desesperación y no se contenía ante nada. Se desabotonaba la camisa. Se salía de los bares sin pagar, o al menos lo intentaba y si lo agarraban se hacía el imbécil y pagaba y todo pero dejaba por los suelos nuestra reputación (había lugares, por ejemplo, la cervecería de Monterrey y Campeche, La Sarria) donde no le recibían. Además de todo ello, P. tenía mujer, santo Dios, una rubita preciosa que no sé de dónde sacó y que le permitía aquel ritmo de vida y muchas veces le acompañaba y se emborrachaba con él, sobre todo los viernes, cuando bebíamos en un bar de la Glorieta de los Insurgentes, por la calle de Jalapa, donde atendía una amiga poeta de P. que algunas veces se unía a nuestra borrachera y llevaba chicos y chicas al apartamento de P. y bebíamos hasta el amanecer, y en el que una ocasión P. casi se bebe un litro de cerveza lleno de vidrios (rompió la boquilla de la cerveza y comenzó a beber de lo que quedó de ella; la rubita y el dueño del bar le detuvieron), y los sábados, cuando buscábamos alguna fiesta para emborracharnos con poetas y escritores (P. era prosista), y los domingos, cuando, al amanecer en el apartamento de P. luego de la borrachera del sábado, destapábamos cervezas y comenzábamos el día así, y terminábamos hasta las once o doce de la noche, ebrios y esperanzados de que todo recomenzase mañana lunes con mejores soles y mejores vientos. Yo me estaba divorciando y casi suicidando porque me odiaba mi mujer, por motivos justificados, pero me preguntaba si no era peor vivir con P. y soportar todo ello (no quiero ni imaginar el modo en que P. hacía el amor a sus chicas); yo jamás le di problemas de borracho a L. Jamás la llevé conmigo ni me vio orinarme en medio de un camellón, a las siete de la tarde (hora en que P. ya estaba más que borracho), cuando todos regresaban a sus casas después de laborar, y ser el blanco de gritos y mentadas de madre, insultos y una corretiza de un padre que llevaba a su hijita de cinco años y miró el pene de P. porque  el mismo P. se lo insinuó, desde Obregón e Insurgentes, hasta Frontera, donde por fin P. pudo escabullirse, corretiza que le bajó la borrachera y regresó al bar de la Glorieta, que es de donde había salido aquella vez. Bueno, quizá ver a P. emborracharse y pensar en él y su maldita vida y su buena fortuna (trabajaba por mucho menos que yo y tenía dinero suficiente para emborracharse todos los días y, en contadas ocasiones, darse el lujo de comprar cocaína u opio y fumarse todo ello) fue lo que me decidió a probarlo.

P. continuaba insistiendo en que debía fumar marihuana. Incluso, la había comprado para mí. La sacó y de la chaqueta y la puso sobre la mesa. Anda, dijo, lía un cigarrillo con esto (sacó papeles de fumar), ve afuera a amortiguar tu desdicha. No dije una sola palabra. Cogí aquello y lié un cigarrillo lo mejor que pude y me salí. Afuera del bar había un edificio abandonado. Me escondí entre unos escombros, cerca, entre Medellín y el Rincón Cubano, y me puse a pensar en L. y lo desgraciada que debía de ser, por mí, Dios, y en todo el dinero que debería gastar en el divorcio, la demanda, la pensión (a Dios gracias que no tuvimos hijos), y me fumé aquella cosa.

Cuando regresé a con P. le pregunté de dónde había sacado la marihuana (la verdad me sentó muy bien). Contestó que la había pedido a un poeta colombiano, amigo suyo, que se lo pasaba fumando. Bueno, le dije, creo que ya he tenido suficiente. P. iba por la octava cerveza. Sí, dijo, ahora escucha, hermano, escucha lo que voy a decirte porque es lo más importante y lo único por lo que has venido a este mundo y lo único por lo que vale la pena seguir viviendo y no pegarse un tiro, y es, quizá, lo más cercano al sentido de la vida, aunque la vida no tiene sentido y no quiero ser sensible ni cursi ni mamarracho, joder, es sólo lo que todo hombre debe saber para poder surfear la vida, es la tabla de surfear de la vida, Jesús, es esto, B., escúchalo bien. Eso dijo y se puso muy serio, casi como si ya no estuviese borracho. Cerró los ojos y recitó: “B. Acosta, igualmente vacío, igualmente digno de ser amado, igualmente un próximo Buda”. Luego abrió los ojos y sonrió. ¿Lo tienes?, preguntó. No lo tenía, ¿qué significaba aquello? Es una oración budista, dijo. Sólo tienes que cambiar el nombre; yo he utilizado el tuyo. Debes hacerlo con todas las personas que conozcas, cada mañana. Si no sabes el nombre de alguno no importa, basta con pensar en la persona. Es algo muy largo, B., no es un cuento chino, puedes pasar horas enunciando y pensando en todas las personas que has conocido a lo largo de tu vida, desde de tu infancia, Dios. Yo he pasado muchas horas pensando en todas las chicas que he conocido y en las prostitutas, las meseras, las bailarinas del Azteca´s, las golfas del A.M., las lesbianas de la Juárez, Dios, ellas especialmente necesitan que alguien rece por sus almas, y por las adolescentes embarazadas, Jesús Cristo. P. continuó enunciando a todas las mujeres por las que había hecho aquello. Tuve la impresión de que lloraría. Luego soltó una carcajada y volvió a parecer embriagado y me palmeó el hombro y dijo: lo leí en un libraco, B., no le des importancia. Pero a mí me pareció realmente bueno.

Salí a dar caladas al porro dos o tres veces mientras P. bebía todo lo que podía hasta antes de las nueve. En algún momento no puede más y le pedí a P. que me llevase a su apartamento, por amor a Dios. Vivía a media cuadra de ahí, así que hicimos el recorrido a pie. La cabeza me daba vueltas y no escuchaba muy bien y a veces tenía la sensación de reír. No sabía si estaba riendo de verdad o sólo era la sensación y tenía la cara seria. Una vez dentro, entré al cuarto de baño y vomité. Cuando salí, P. estaba sentado a la mesa con veinticuatro cervezas Pacífico y dos kilos de limones y uno de cacahuetes enchilados. Hice algunas compras mientras tanto, dijo. P., dije. ¿Sí?, contestó P. ¿Cuánto tiempo pasé en el cuarto de baño? No sé, dijo, unos treinta o cuarenta minutos. ¡Vaya!, exclamé, si me lo preguntasen a mí diría que no más de cinco. No importa, dijo, es igual, el tiempo no existe, es consecuencia de la memoria humana, del movimiento y de la razón. Pero no existe. En fin. Vamos, bébete una cerveza, B., ya deja el cuento del abstemio, no te va bien, nada más vete, das pena, das asco, ve eso, B., has manchado tu camisa y tu pantalón, Dios, no eres un hombre decente, eres un maldito mamarracho. Eso era, hasta cierto punto, verdad. P., a pesar de haber bebido catorce cervezas y estar en la quinceava, lucía como un hombre serio, sentado y fumando cigarrillos y soportando las tonteras de un adolescente fumetas.

Luego, del pasillo, salió E., que era la rubita de P. Se sentó a la mesa y cogió una cerveza (todo este tiempo estuvo durmiendo en el cuarto de P.; despertó cuando nos escuchó llegar y pidió a P. que comprase cerveza Pacífico, que es la única marca que solía beber). Hola, me dijo, ¿cómo te va? A B. le va muy mal, contestó P. por mí. Yo asentí con la cabeza. E. llevaba una playera de los Sex Pistols sin nada debajo y un short diminuto. ¿Cómo lo hace P.?, pensé. Cogí una cerveza, total, ya estaba peor que borracho y mantenerme sobrio no iba a solucionar mi vida. A la primera bocanada me regresaron los ánimos. E. preparaba micheladas con bastante limón para P. y para ella. Me ofreció hacer una para mí. Acepté porque P. dijo que el limón me regresaría la salud. Dios, pensé, ¿por qué hago caso a P. en todo? Sería más sencillo alejarme de él y dejar el trago verdaderamente, llevar con entereza mi situación financiera, sentimental y legal. ¿Por qué te va tan mal, B.?, preguntó E. Bueno…, dije, me estoy divorciando de L., ¿sabes? E. conocía a L. por lo que yo le había contado de ella alguna vez. ¡No!, exclamó, ¡no puede ser! Aquella vez le hablé maravillas de L. Solía hacerlo. Solía contar lo maravillosa que era L. todo el tiempo. Sin embargo, una vez llegado a casa me reñía por haberme ausentado toda la noche y por haber bebido; sentía por ella repulsión. Ella sentía por mí repulsión, claro. Bueno…, dije, verás… Ha pegado a su mujer, interrumpió P. ¡Oh, no!, exclamó E. Me sentí muy avergonzado. ¿Sabes?, P., le dije, eso no es algo de lo que siempre deseo hablar, no deberías decir por mí… P. interrumpió de nuevo: ya, ya, E. es mi mujer, B., E. es de mi completa confianza, no le guardo nada, así que si no se lo cuentas tú, de cualquier modo se lo contaré yo cuando estemos recostado, así que no ocultes algo ante E., B., porque si lo haces deberás ocultármelo a mí primero y yo soy tu mejor amigo, B., y los mejores amigos… E. lo interrumpió: no seas así con B., P., si no quiere contarlo es porque le duele, ¿cómo puedes ser tan insensible? Dios, E., contestó P., ¿cómo va a doler a B. haber pegado a su mujer?, los golpes no duelen a quien lo propina, sino a… Basta, P., le detuve, es verdad lo que dice E., me duele porque estoy arrepentido, Dios, ¿es que tienes cinco años y no lo comprendes? P. alzó los hombros y se fue a la cocina. E. se puso a mi lado y me consoló sobándome la cabeza y diciendo: B., no te lo tomes tan a pecho, esas cosas pueden pasar, pero debes comenzar por perdonarte y buscarte otra novia y no ser tan patán como lo fuiste con L. Eso es todo, ¿sí? Había demasiada simpleza en los razonamientos de E. No lo sé, E., no lo sé. P. regresó con una balde lleno de cacahuetes enchilados.

Fue una de las mejores noches de mi vida, lo juro. Bebimos toda la madrugada y escuchamos canciones de todos los géneros y cantamos y bailamos y reímos y contamos chistes y fraternizamos. Además, pude por vez primera desde aquel día, olvidar lo sucedido con L. Casi como si no hubiese pasado o como si Dios me hubiese perdonado sinceramente y hubiese quitado de mi alma el peso de mi pecado. Me sentí liberado. Esto es por lo que bebe P. y E. y todos, pensé.

Cuando la luz del sol entró por las ventanas E. y P. se despidieron. Habíamos hecho esto muchas noches (con P. y E. o la que estuviese en turno). P. iría a la habitación con su mujer. Yo desplegaría el sofá y dormiría en la estancia.

Al atardecer desperté. No había ruido. P. y E. debían continuar dormidos. Me levanté y me senté el sofá. Había sido una buena noche, sí. Bueno, ¿y ahora? P. y E. no podían estar conmigo toda la vida ni yo podía estar borracho toda la vida. Algo habría que hacer. Pensé en telefonear a L. pero hace casi semana y media que dejó de coger las llamadas. Se limitaba a llamar ella y sólo para mantenerme al tanto del divorcio. Fui al sanitario a orinar. Cuando salí vi a E. en la estancia. Escombraba la mesa. Le ayudé. Gracias, dijo y me sonrió. ¿Y P.?, pregunté. Roncando, jua, contestó E. Pero fue mentira. Acto seguido, le vi venir por el pasillo. Entró al sanitario. Le escuchamos orinar. Salió y fue a la cocina. Cogió una cerveza del refrigerador y nos dijo: ¿qué tal anoche, eh?, nadie pensó que P. tuviese tanto ritmo, ¿no? E. le abrazó y le besó y dijo que era genial. Yo no dije algo. Deseaba quedarme en casa de P. para siempre. ¿P.?, le dije, ¿puedo coger una cerveza yo también? P. me palmeó y me dijo: claro, tonto, puedes coger todas las cervezas que quieras, todos los cacahuetes que quieras y todo lo que quieras, Dios, es tu casa. Le agradecí y cogí una cerveza. Cuando estuve en el refrigerador pregunté a E. si quería una también. Claro, tonto, quiero una cerveza con limón  y cacahuetes y un cigarrillo. ¡Y un cigarrillo!, exclamó P. ¡Pero si tú no fumas! ¡Y qué!, gritó E. riendo a carcajadas, como si hubiese contado el chiste más gracioso de su vida y P. también río. Los miré una fracción de segundos y también reí. Se abrazaron. Bueno, me acerqué a ellos y los abracé y realmente deseé ser su hermano o algo, quedarme con ellos para siempre, que esto durara para siempre y no tuviese que saber de L. del modo en que ahora debía saber de L. Todo lo que L. significaba en mi vida ahora me jodía, me jodía mucho, Dios, era verdad y no podría hacer nada para remediarlo excepto quedarme aquí, en el apartamento de P., con P. y con su novia E.

Fuimos todos al comedor y nos instalamos en sendas sillas, justo como anoche, como hace doce o trece horas (ahora era de noche otra vez porque dormimos durante todo el día) a beber. Lo primero que hacíamos siempre, y que hicimos aquella tarde, fue contar la cerveza que había disponible en el refrigerador y hacer cálculos de todo lo que beberíamos el resto de la noche y juntar el dinero de todo ello contando los cacahuetes y limones y cigarrillos y todo lo que necesitaríamos para estar ahí y no salir dos veces, porque no queríamos salir dos veces a la fía y dura noche. Una  vez hecho el cálculo y juntado el dinero, del que P. y yo solíamos poner la mitad cada uno, fuimos a comprar diez litros de cerveza y doce cervezas Pacífico de a tercio y tres cajas de Delicados y un kilo y medio de limón y dos de cacahuetes enchilados. Mientras tanto, E. escombraba la mesa y la estancia y alimentaba a los gatos. 

Una vez las compras hechas, metimos las cervezas al refrigerador (no había otra cosa) y colocamos los limones y los cacahuetes y cigarrillos en sobre la mesa. E. Había dejado todo listo, incluso había lavado nuestros vasos de la noche pasada y los había escarchado y preparado con los limones que sobraron. Cuando todo estuvo listo, E. encendió el estéreo y P. echó llave a la puerta del apartamento y nos metimos una vez más a nuestro mundo, del que no queríamos salir nunca más. Y reímos y cantamos y bailamos y contamos chistes y nos emborrachamos mientras todos allá fuera tenían trabajos y divorcios e hijos y abogados y pensiones y desempleo y jaquecas y pendientes para mañana y negocios y dineros en el banco y televisiones y zapatos nuevos y coches y computadoras y cremas para afeitar y deudas y perritos y esposas y dioses a los que rezar y seguros médicos y rompimientos con sus parejas y miedos y angustia y prisa por hacer todo ello.

No quería salir allá afuera, Dios, no, no, no.








  

viernes, 28 de noviembre de 2014

Selección poética del libro Poesía de los pájaros pintados I

Texto por: Fernando Chelle
Sitio del autor, aquí



Selección poética del libro 

Poesía de los pájaros pintados 




Yo lírico

Poeta de la espuma circunstancial
cazador de recuerdos
de fragancias pasadas
avaro de ese cofre
donde descansa tu nombre
tallado a punta de diamante.

Poeta de un río, negro
como el abismo
y dulce como el oboe
alfarero de esa bohemia
hechicera de paso lento
ojos de fuego y manos de tierra.

Poeta del humo
cobijo del amor
que duerme y sueña,
descansa
en su nervio de ceniza alada. 

  
Calles de mi ciudad

En estas calles de la ciudad mía,
y extranjero en las calles de mi ciudad
yo tuve patria donde corre el Negro
por entre verdes islas
y fantasmas de viejos eucaliptos.


Farolito de papel

Excepcional exilio voluntario y voluptuoso
solitaria rebeldía
pasionalmente anárquica
sueño ensoñado de belleza
subjetiva, idílica,
terreno exquisitamente melancólico
en la naturaleza apacible,
divina
místicamente enamorada del poeta
llama de la eternidad.


Al Gran Sol

Ilumina el templo con el poncho
que hasta los ricos se verán deleitados.

Pon tus hebras de fuego extendidas
sobre la tenebrosa y profunda unidad.

Haz arder los rostros de los suicidas
para que con tu humo no se esfumen
y años de albañilería no sucumban
en un momento de derrumbamiento.

Entibia la guarida de la esperanza
que como un lagarto se dejará a-dorar
ante tu imperio de luz.

Infunde en mi tu poder,
haz que yo haga amanecer
encendiendo palabras y sonidos
colores y notas.


Mieles de luna

Donde, mi hechicera bohemia, andan tus pasos
tus ojos de fuego, tus manos de tierra.

Acaso arrastrarías tu manto de estrellas
por las estrechas calles de esta noche sin luna.

Ven a poblar mi soledad de árbol
mi ausencia sin canciones
mis poemas febriles
como viudas sin dote.

No dudaría en arrebatar tus labios de sangre
derramarme en la miel de tu vientre,
y guardar mis nervios, dagas que me atraviesan
en el cofre blanco que se esconde

en las lunas de tu pecho.




Texto por: Fernando Chelle
Sitio del autor, aquí

domingo, 23 de noviembre de 2014

Cara de perro.


La pequeña Vane arrastraba el pequeño saco de huesos que era ella casi todas las mañanas a tocar a mí puerta. Lo hacía porque una vez le di veinte pesos por comerme la verga. Lo hizo. En adelante venía cada que podía con la esperanza de que le volviese a dar dinero. Algunas veces se lo daba, otras, debía largarla con gritos que le asustaran la infancia, lo que estaba muy bien porque no había un compromiso de pago ni un compromiso de algo, excepto de venir cada mañana que lograse escapar de casa antes de que los borrachos de sus padres se levantasen y notasen la ausencia de su pequeña Vane. Era un barrio de paracaidistas. Veinte pesos eran una fortuna incluso para mí. Debía decidir entre darlos a la chiquilla o comer. Siempre me he considerado un alma caritativa. Le daba a Vane los dineros y le llenaba el estómago con esperma, que, a saber, es nutritivo y toda esa cosa. Era más de lo que podría comer un día cualquiera. Sus padres le obligaban a vender dulces en las esquinas de las calles. En fin. Una vida dura, ¿qué le vamos a hacer?

      Una tarde vino el padre de Vane, con Vane cogida por la mano, a golpear mi puerta. Esperaba esto desde hacía meses, así que no me sorprendió. Le miré por uno agujero en la puerta. Cogí una botella de vino vacía que había por ahí y abrí, total. No le di tiempo de decir una sola palabra. Le estampé la botella en la sien. El hombre se cogió la cabeza. Iba a alzarse, pero le rajé la mejilla con el filo de los vidrios de la botella rota. Nunca había hecho algo así. Dios santo, había muchísima sangre. Afortunadamente en mi casa no había suelo y la tierra se lo tragó todo. La mancha no tardaría en desaparecer. La niña echó a correr. Yo caminé aprisa en sentido contrario a la niña y dejé todo eso ahí, joder. Bueno, me dije, lo hice bien para ser la primera vez. ¡Asunto arreglado, so cabrón!

      Pasé las dos noches siguientes mendigando y durmiendo en el parque. La casa y el parque eran casi la misma cosa porque las paredes de mi casa estaban en tan mal estado que dejaban pasar todo el viento helado y a los insectos y a las miradas de los fisgones. Además, no tenía drenaje ni luz ni gas. El parque estaba muy bien.

Al tercer día me paseé por el centro. Entré a una librería de viejo a la que solía entrar e hice lo que solía hacer. Me robé un libraco al azar. Me fui a una banca, a calentar la sesera, y me leí el libraco aquel. Esta vez tocó uno de George Bataille, titulado La historia del ojo. Era un pedazo de historia. Había personajes que se masturbaban, que se orinaban unos encima de otros y que hacían el amor y tenían orgías y cosas aún más atroces. La verga se me levantó a segundo párrafo. Para cuando terminé de leer estaba tan caliente que le llamé con señas a una princesa que andaba por ahí, dando vueltas, a la que juzgue casi tan pobre como la buena de Vane. Cuando se acercó me levanté la chaqueta. Le mostré mi virilidad erecta y le dije con señas que me la comiera. La pobre se inmutó. La vi andar aprisa hacia un par de adultos. Dios, Dios, Dios, me dije. Acto seguido, envainé y me largué de allí. Escuché un grito, algo como maldito pervertido, o algo. Lo de siempre, Dios. La princesa tendría ocho o nueve años, pero por su reacción estoy seguro que sabía muy bien lo que es una polla bien caliente, Dios.

Por la noche regresé a casa. Todo lucía bien. No había gente alrededor. No había cadáveres, lo que me tranquilizó porque si volvía a inmiscuirme con la policía no iba a soportarlo. Pesaba sobre mi espalda una decena de acusaciones menores: hurto, exhibicionismo, actos inmorales en vía pública, estupro, drogadicción, alteración del orden público, vandalismo, joder, mamarrachadas de esas. ¿Cómo quieren que se gaste la vida un marginado? No puede uno estarse quieto, Dios. Si tuviera dinero la cosa sería diferente. En fin. Entré a casa y cogí una saca de lona donde metí mi colección de libros robados, una botella de vino, un par de calcetines y un chal que solía ponerme entre las piernas para masturbarme en bancas públicas mientras miraba pasar a las princesas y a sus madres y a toda mujer que pudiera proporcionarme estímulo.

Iba a largarme de ahí cuando entró Vane. Hola, muñeca, le dije, ¿está mejor tu padre? La niña asintió con la cabeza. Joder, aquello no me hizo gracia; seguramente quería vengarse. Vale, dije, me marcho para siempre, ¿sabes? La niña no hablaba mucho. Se acercó a mí y me tocó la entrepierna. Bueno, le dije, supongo que querrás tus últimos dineros, ¿no? Asintió. Ya, dije, Dios, no tenía pensado quedarme más de dos minutos, pero, caray, si te pones en ese plan… Me senté en la silla y desenvainé. La chiquilla tenía una chupada buena a estas alturas. Cogía mi cosa con sus pequeñas manos y aunque era tímida al comenzar, apenas unos pequeños lengüetazos, iba haciéndolo mejor gradualmente. La cogía por la cabeza y la obligaba a llegar más y más hondo. A veces se ahogaba. Escupía saliva, tomaba aire y si se rehusaba a continuar le daba pellizcos en los brazos. Ahora no debía pellizcar demasiado. Apenas la rozaba con los dedos en el brazo y le volvían los ánimos de mamar. Era una princesa leal después de todo. Pensé en robarla y prostituirla con los mendigos del puente de la calle 67, o en la colonia Paraíso, no sé, Dios. Yo soy tranquilo. Vamos, no le hago daño, no va morirse por chupar un pito, pero, Dios, el mundo está lleno de pervertidos, de gente mala. Si uno me la jode por el culo seguro me meto en un lío. Habrá que hacerle curaciones y cosas y si se agrava el asunto habrá que llevarla al hospital. ¡Pero cómo voy a llevar al hospital a una niñata con el culo deshecho! ¡Me van a encarcelar! Joder, Dios, no, no, no. Podría dejar claro que la niña sólo sabe chupar pollas, pero… No, esos gamberros no se van a detener, cuando tengan la boca de la niña en sus vergas van a desear algo más. Vamos, me dije, ¿es que no has aprendido algo de los libracos de budismo zen que te leíste? El maestro debe dejar atrás los placeres carnales y materiales de esta Tierra; tomar lo que el presente le ofrece, pero saber dejar en el pasado lo que el pasado le exija dejar. O algo así, caray. Bueno, me corrí por fin; en la hermosa garganta de Vane. Se levantó y me puso esos malditos ojos mientras yo me abrochaba. Había trabajado y quería su pago, sí, ¿cómo no? Mira, princesa, le dije, ahora vuelvo, ¿sí? Tengo tu dinero en la esquina de esta calle, así que espera aquí y regresaré con él. Di un paso hacia afuera. Vane me cogió de la camisa. No era tan imbécil, Dios. Bueno, Vane, amor mío, ¿quieres hacer esto del peor modo? Vane no contestó. Continuó agarrada a mi camisa. ¡Vamos, vamos, vamos muñeca! La pegué con la palma de la mano en la cara. Cayó unos metros más allá, pobre saco de huesos. Suspiré. Dios, no quería hacerlo. En fin. Me acerqué a ver que no estuviese muerta o algo así. Con la punta del pie la moví. Se quejó. Bueno, me dije, es hora de partir. Salí de casa silbando una melodía de Frank Sinatra.

Me instalé con lo vagos del puente de la calle 67. Les conocía a casi todos. Les dije: a qué no saben de lo que me acabo de enterar. Eran una bola de estúpidos. Apenas podían hablar. Se drogaban tanto que hasta babeaban. Bueno, les dije, primero un trago. Saqué la botella de vino y la descorché al estilo Petrozza, es decir, la estrellé contra el filo de la banqueta y soplé los vidrios. Debería meter vidrios en una botella de vino y dárselas de beber a estos desgraciados, pensé. Es lo mejor que podría pasarles, santo Dios. Ninguno vino a pedirme trago. Estaban demasiado drogados con esa cosa.

Cuando la botella se terminó me entró sueño. Me acerqué a uno que dormía sobre unas colchas. Le piqué las costillas con la botella. Vamos, hermano, le dije, hazme espacio, Dios. Estaba muerto. Lo rodé hasta sacarlo de las colchas. Me hice una almohada con la saca y me puse a leer a Bataille. ¡Dios mío, la muy puta le arranca el ojo y se lo mete al culo! Es un buen libro, Dios, sí, joder, Dios, ya debería yo arrancarle los ojos a Vane. Me masturbé un par de veces antes de caer rendido como caen las hojas de los árboles al suelo por efectos de la gravedad.

Al día siguiente me fui al centro y me puse a mendigar. Me eché al suelo sobre mi saca al lado de una iglesia. Saqué el chal y me lo eché sobre las piernas. Me acomodé de tal modo que daba la impresión de que me faltaba una de ellas. Viejo truco, Dios. No falla. No hacía falta poner cara de perro, siempre tuve cara de perro; me lo decía mi madre, joder, me decía: Adrián, ¿por qué tienes esa cara de perro? Una ocasión, por fin le contesté: porque soy el hijo de una perra. Me abofeteó la muy puta. Bueno, al principio es duro, pero luego sale por sí solo: ¡una ayuda por amor a Dios! ¡Una ayuda por el amor de Dios! ¡Una ayuda por favor! Ja.

Regresé al puente de la calle 67. Me quedé alrededor de dos meses en esa podredumbre, Dios. Era una vida ligera, lo que yo llamaba una vida de perro bueno. Mendigar, comer ligero, lo que está muy bien para la digestión, etc., leerse libracos, masturbarse un par de veces al día y beber el trago que traían los mendigos. Ocasionalmente, alguna droga. Dormir hasta tarde. Nada de manosear menores ni nada. La gente se toma muy en serio esos temas.

Un buen día, después de leer, me vivieron ganas de escribir. No sé por qué ni para qué, pero así lo hice. Compré una libreta y un bolígrafo y me puse a escribir sandeces que me venían a la cabeza. Me hice adicto a ello, ¿sabes? Se entra a otro tiempo y otro espacio. Ésta es una de las historias que escribí. No me preguntes por qué ni nada. Es así. En fin. Aquí hay otra historia, empieza así: “Adrián tenía cara de perro porque su madre se acostó con el mamarracho más patán y asqueroso del barrio…” Ja. Y otra: “La madre de Adrián era un perra loca que chupaba pollas por centavos a los carniceros del mercado. En cierta ocasión la emborracharon y la hicieron acostarse con Max, el perro rottweiler que cuidaba la carnicería…” Ja. ¿Ya entendiste? ¡Ahora ve y escribe, maldito seas!



domingo, 16 de noviembre de 2014

Amor, necesito un trago por amor a Dios.


Son las cuatro de la mañana, aunque S. no lo sabe, cuando el teléfono suena. S. despierta y coge la llamada. El diálogo es familiar. Sin embargo, no reconoce la voz. Hola, oye, ¿podemos vernos en Obregón y Córdoba en veinte minutos? S., adormilado, contesta que sí. Acto seguido, escucha colgar a su interlocutor. Se talla los ojos, bosteza, se espabila. Se levanta. Veinte minutos es exactamente lo que él necesita para llegar a la esquina de Obregón y Córdoba. Se enjuaga la cara en el lavabo y se pregunta: ¿quién podrá ser? Sin embargo, S. es poeta, y eso, probablemente, le faculta, al tiempo que le separe del resto de las personas, para no preocuparse demasiado por la hora, la premura, la noche y el desconocimiento prácticamente todos los factores por los que se preocuparía cualquier otro. Se deja arrastrar por la vida, que le depara siempre sorpresas que sirven de alimento a su inspiración poética (o eso dice). Se calza los zapatos y sale.

      En las esquina de Obregón y Córdoba no hay alguien. Piensa que, virtualmente, ha llegado con anticipación, o se ha retrasado su cita. No tiene idea de cuánto tiempo ha transcurrido desde que recibió la llamada, si más o menos de veinte minutos. No tiene forma de saberlo porque no usa reloj. Mete las manos a los bolsillos. Ha dejado de preguntarse quién llamó. Piensa ahora en L., su ex mujer, a la que aún ama. Piensa en cierta ocasión en que L. y S. hicieron el amor en el jardín de la casa de uno de los amigos de S., a donde fueron invitados a una fiesta. Tenían veintisiete años. Veintisiete años y aún hacíamos aquello, ríe para sus adentros S., y emite el siguiente juicio: los adultos son niños en cuerpos de gente grande. Los poetas somos niños, y punto. Luego, piensa en J., una poetisa de treinta y cuatro años, a la que miró y escuchó recitar recientemente en un encuentro de poesía en Casa del Poeta, precisamente en Obregón, y de la que creyó que era la mejor poetiza mexicana que jamás hubiese escuchado, y además, claro está, muy guapa, porque la belleza es parte importante de las virtudes de las poetisas, al menos para el público masculino. La comparó con L. Solía comparara a todas las mujeres que le gustaban con su ex mujer. Lo hacía automáticamente. Incluso, había llegado a jurarse que no lo volvería a hacer porque todas las comparaciones las ganaba estrepitosamente L., y si lo continuaba haciendo jamás volvería a enamorarse de alguien y se autosabotearía el resto de su vida. La poetisa era guapa, era poetisa y era una borracha (cosa que comprobó S. al finalizar el encuentro en Casa del Poeta, donde se quedaron a beber él, un par de amigos que le acompañaron al evento, y la poetisa, a la que no se acercó pero miró desde su mesa beber con rapidez y descaro, brindar, reír, eructar y bridar con sus acompañantes), cualidades que S. podría muy bien apreciar y gozar en una mujer, en una amante, en una pareja. L., en cambio, era sensata, mesurada, abstemia y huraña. Cuando S. sopesaba las cualidades de una y otra, a pesar de las inmediatas diversiones que ofrecía la poetisa, consideraba de mayor peso, de mayor valor, las cualidades de L., de las que no podría aburrirse y le serían gratas conforme se acercase a la vejez, como no ocurriría con la vida desastrosa de una poetisa que a sus treinta y cuatro años continuaba las monumentales borracheras que se iniciaran en la adolescencia (la edad de la poetisa la supo al leer en el libro de poemas que presentaba aquella noche, la fecha de su nacimiento). La pregunta es: ¿por qué si S. ama tanto y compara con tanta ventaja a L. con las demás, no está con L.? Él mismo se lo ha preguntado los últimos ocho meses. Le duele confesarlo, pero ahora, a las cuatro y tantos de la madrugada, parado en el cruce de Obregón y Córdoba, a donde ha ido quién sabe por qué carajos, por vez primera, se dijo: yo soy para L. lo que la poetisa podría ser para mí. Esto era cierto. L. y S. terminaron porque L. no pudo soportar el ritmo de vida de un poeta como S., que era, como ya se dijo, un niño, un adolescente sin teléfono móvil, sin reloj, sin horarios ni preocupaciones, y con una garganta que le exigía beber litro tras litro de cerveza cada noche, en especial las noches de viernes y sábado, con un par de amigos que eran unos mamarrachos como él, como S. S. tenía treinta años, pero algún día tendría treinta y cuatro; nada indicaba que fuese a detener sus ansias de salir de noche, de beberse al mundo. ¿Cambiar? Era una posibilidad, pero… desde la perspectiva de S., no había motivo para hacerlo (el amor por L., claro está, era un motivo más que suficiente), creía que la edad, el cansancio natural de la edad, le haría acercarse a una vida más tranquila, más hogareña, y no había por qué apresurar las cosas que iban a pasar un día u otro, sin esforzarse, como ahora pasaba, sin esforzarse, que su cuerpo le pedía follar y beber sin tregua. Pensar en la poetisa como un futuro indeseable, pensó S., es ya dar el paso primero al cambio. ¿Demasiado tarde? Ochos meses después del rompimiento con L., con la que sostuvo una relación de cinco años, vislumbraba una veta, una posibilidad, una pequeña semilla que ¿germinaba?, hacia un sol diferente. Pero esto ya no lo vería L. S. podía convertirse desde ya en abstemio, en un hombre maduro, un adulto, quién sabe, en aquello que se supone que debe de ser un hombre de treinta años, pero L. no estaría ahí para saberlo, para ¿agradecerlo?, para gozarlo, para no dejar de amar a S., al que había dejado de amar desde hace casi dos años, y del que no deseaba saber absolutamente nada, a pesar de los ruegos de S. de darse cita para tomar un café (él pediría cerveza), charlar y… ¿quién sabe?, prensaba S., quizá… solo quizá… recuperar el amor perdido, o el amor dejado en otro lado, sublimado, o lo que sea. Si tuviera una oportunidad ¿lo haría? En caso de recuperar el amor de L., S. debería cambiar inmediatamente, y, bueno, aquella veta era tan solo una veta, una semilla, algo demasiado débil para renunciar a su estilo de vida de un día para otro. Nada aseguraba que no cayese en tentación y volviese a ser el mismo si L. regresaba con él, no sé, pongamos al mes o al mes y medio, o los seis meses. Por ello, S., a pesar de su insistencia, no se empeñaba verdaderamente en reconquistar a L. Aún no estaba listo para lo que L. exigía, y merecía, claro. Le deseaba felicidad. Mientras tanto él no podía dejar de comparar a las mujeres con su ex pareja. Tenía un problema y lo sabía: estaba atascado.

      ¿Cuánto tiempo habrá pasado? No se veía a nadie venir por la calle. S. comenzó a desesperarse. No importa que calculase mal, había transcurrido suficiente tiempo para que, aun siendo conservadores, hubiesen pasado al menos cuarenta minutos. Se preguntó si no sería una broma y se dijo: sólo yo soy tan idiota para salir sin más a la primera llamada de un desconocido. Merecería que me violasen por imbécil. L. hubiese estado de acuerdo conmigo; me hubiese detenido de salir. Pero L. no está. ¿Y si estuviera, no habría yo reñido por ella por la detención de salir a una nueva aventura? ¿No lo habría llamado así, una nueva aventura, a salir durante la madrugada a atender la llamada de alguien que no dijo su nombre ni su motivo y de quien no reconocí su voz? Hubiésemos reñido.

¿Qué es lo que extraño realmente de L.?, se preguntó mientras bostezaba y se frotaba las manos para calentarlas del frío de la madrugada y miraba a todos lados sin ver a nadie acercarse a él. Nunca ha podido responder a esa pregunta. No se ha esmerado en ello. ¿Prefiere no saberlo? Ha llegado a ella ya en muchas ocasiones, pensando en L. y en su vida con ella, y al llegar a este punto, dimite. No ahonda más. Extraña a L., es todo lo que le importa, lo que le mantiene con vida, como se diría, o al menos, lo que lo mantiene interesado y despreocupado de conquistar a otras mujeres. Mira a las mujeres y se dice: ¡qué bonita!, ¡qué hermosa!, ¡qué buena está! Las observa caminar, reír, hablar, moverse. Se enamora. Se decide a ir a por ellas… y un segundo antes de hacerlo, recuerda a L. Las compara con L. Les encuentra defectos imperdonables en la actitud, que según él, devela una moral cuestionable. En lo tocante a la moral, se dice S., L. es intachable. ¡Aquella es una prostituta, santo Dios! Esto basta para poner freno al ímpetu. Él, que es un poeta, un borracho, un soldado de la libertad, juzga y dice: aquella es una prostituta, no como L., que es la encarnación de la decencia y de la rectitud, de la belleza, de la honorabilidad, de la fidelidad, etc.  Da media vuelta. Desiste. Se avergüenza de haberse fijado siquiera en una mujer así; regresa a su bebida y a su soledad que guarda con recelo para el día en que esté listo y pueda ir a por L. y decirle: he cambiado.

Sí, sí, piensa mientras camina de regreso a casa, nadie ha venido a atender la cita, voy a cambiar, santo Cielo, voy a cambiar y a reconquistar a L. Pero lo ha dicho los últimos ocho meses y no han pasado, desde entonces, más de dos días seguidos en que no beba, en que no salga, en que no se involucre con furcias de las que luego se diga: no, no, no, L. es intachable y lo mío con X. fue un error, un error de borrachera; no volverá a suceder.

Llega a casa. Se desnuda y se mete a la cama. El sueño no tarda en venirle, lentamente, mientras piensa en L., en lo mucho que desearía tenerla una vez más en cama, abrazarla y decirle: amor, necesito un trago por amor a Dios, lo necesito para dormir cómodamente. Amor, no me jodas. Amor, no me esperes, voy con tal y tal a beber al bar. Amor, he escrito un poema, empieza así: el universo termina ay comienza en la raja de tu culo. Amor, anoche conocí a una chica, es maravillosa. Etc. 






Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com