jueves, 30 de octubre de 2014

Sin coger con mi psicóloga.




Estar con gripe me hace bien, puedo reflexionar cosas, contar cosas. Como lo que quiero contar de mi psicóloga, Fedra, ella que tiene una manera de hacerme desembuchar todo. Es una pregunta que me hace y con esa pregunta, pero solo con ésa, ahí le eyaculo verdades, mis verdades solo para sus orejas. Cuando estoy dando vueltas y vueltas y vueltas y vueltas ella me aplica La Pregunta con tono profundo y pausado: ¿Pero-Qué-Es-Lo-Que-Usted-Quiere-En-Realidad? Es como que me abre de un tajo y procedo a vaciarme. Fedra es una “post-lacaniana”, dice, de cuarenta y pico como la de Arjona, total y absolutamente partible en ocho, dieciséis, veintinueve pedazos. Ah, una perversa de la concha de la lora. Yo la tuteo, ella a mí no. Antes de que te la puedas coger te va a hacer llorar mil veces. Yo ya le lloré y le re-lloré, hasta arrodillado, pero ella me dice que llorarle es solo una treta del demonio para acabar en el descuartizamiento y el canibalismo, lo que oculta, en realidad, unas furiosas ganas de cogerla, que son producto, en realidad, de algo que se llama “transferencia”. Okey, okey, okey, es todo eso pero yo también sufro,  Fedra por fa, déjate coger por favor. Una vez le conté que me había pajeado con ella, que acabé gran cantidad de leche. Me dijo: “usted no se masturbó conmigo sino con la mina que construye usted a partir de su fantasía de mí y de otras minas que lo calientan, hasta con su madre”. Perra, perra, sucia perra, esa vez pasé al odio, odio, odio, sucia rata de mierda, hablar así de mamá. Puta. ¿Ves? Todas las psicólogas son unas putas ¡son unas putas reprimidas, eso son! Malditas putas. Dejé de verla un mes entero. Luego ella, sí escucharon bien, ¡Ella!, me llamó. Ella. No suelo atender el teléfono en la calle pero cuando vi su número la atendí y escuché esto: “¿Qué te pasa papi, ya no vas a venir más? Mami está extrañándote mucho, mami tiene la conchita muy babeada, goteante y caliente por vos, papito ¿No vas a venir más a visitarme? Le arde la cola a mami y tiene las tetitas gordas dolidas, llenitas de leche para darle de amamantar a papi ¿Cuándo vas a volver, mi amor?” Sentí un fuerte mareo, me encontré con la cara de un tipo barbado que me hablaba, yo estaba en el piso. Me había bajado la presión y desplomado en la esquina de Avellaneda y Buenos Aires. El que me hablaba era un linyera de la plazoleta. Luego apareció una mujer mayor que me dio agua y un caramelo ácido de frutilla. Me llevaron a un banco de la plaza y al rato me repuse. Por suerte no me robaron el teléfono, oh magia del ifone 5. No, mentira, tengo un HTC que es incluso mejor.



              Cuestión que volví a las sesiones pero me determiné a no mencionar a Fedra el incidente de la llamada, ella tampoco dijo nada. Bien, sería nuestro secreto. Ya sé, puta, que me quieres coger, pero por el momento, sólo por el momento, no va a suceder porque… es que ahorita me estoy cogiendo a una alumna del profesorado que me lleva re seco de leche. Así pensé y así lo hice, lo sufriremos juntos, Fedra. En fin. Ya sé que soy una persona lamentable pero ¿quién no lo es? Anda a terapia y vas a descubrirlo, todas las personas están hechas de una cadena de lamentabilidades, no te preocupes, no es tu culpa, el mundo es lamentable, aunque poco a poco uno hace su aporte y cuando más grande te haces más culpable sos también de todo eso. En fin, pero es que a veces no doy para tanto, y todas las mujeres lo quieren todo al mismo tiempo y no, no es así, hay que respetarse un poco uno mismo, ¿no? Esto me lo dijo Fedra cuando le conté que le andaba linyereando amor a una profesora que me prestó la cola una sola puta vez y ya no me daba más bola. Hay que respetarse más. Así que recién vuelto a las sesiones nomás hablamos de lo que anduve haciendo ese tiempo que falté. Hablamos de mis gripes, de mis viajecitos… pero nada de cogidas, eh, solo de trabajo, de la infancia y chorradas por el estilo, nada en lo tocante… Ah, y de literatura, porque yo me preguntaba si además de coger, a Fedra le interesaba algo más, por ejemplo la literatura: me mostró que estaba leyendo una tal Tsvietáieva (acabo de googlearla para escribir), ay estas psicólogas rusas que se hacen las gélidas y bien que les gusta la matraca. O sea, cuán puta sea Fedra no es mi problema en realidad, ¿ok? pero si me busca me va a encontrar, te lo firmo. Pensar que yo jamás hubiera ido a una psicóloga mujer, para no complicarme la vida, ¿no? Pero fui igual a Fedra ¡Quién me manda! Me la recomendó una amiga de mi tía. En realidad se la recomendó una amiga de mi tía a mi papá, al menos eso es lo que él me dijo, es decir: creo que papá se coge a la amiga de mi tía que se la recomendó, que se llama Silvana la Come-Papás, y yo re entiendo que alguien como papá la quiera partir en ocho de lo buena que está. Hijo´e tigre yo. Bueno, ahí me mandaron, a la cueva de Fedra, el dad le pagó tiqui-taca los dos primeros meses, hace un par de años cuando el viejo me halló vomitado y semi-muerto adentro del Fiat Avaro en el estacionamiento del edificio a las 9:40 a.m. de un oscuro lunes. Vas o te mato. Directo al grano, como es papá. ¡Pero yo no quería ir a una vieja chota de psicóloga mujer! y papá cerró la pequeña charla diciéndome: Vos vas a ir a ella y no a un psicólogo varón porque son todos gays y te vas a volver puto con un psicólogo gay porque esos siempre llevan agua para su molino... Muy gráfico papá. Y bueno, aquí estamos, tratando de que no me violen en el club de los pervertidos. Igual yo sé que me van a terminar amando con todas mis iniquidades. Fin.









domingo, 26 de octubre de 2014

...y te abrirá su sexo.


Oscar confesó en una reunión que le gustaba Lu. Yo no era muy amigo de Oscar, le conocía de oídas porque había escrito un cuento sobre un niño que quedó atrapado en el tiempo tras haber sido atropellado por un trolebús, o algo así, y se había vuelto famoso en el círculo gracias al encanto con que plasmó la ingenuidad de la muerte de un niño de cinco años. Me leí el cuento a medias. No pude terminar porque soy un lector pesimista. Si la lectura es positiva o cursi, cierro el libraco y me meto al primer bar que encuentro con tal de sacarme del seso tanta sensiblería. El caso es que, aquella vez, delante de Arcila, el poeta colombiano, y de Dómine, el peor poeta mexicano (al que hay que leer), confesó este tal Oscar que le gustaba Lu. Era la primera vez que le miraba la cara a Oscar. Le había invitado Raquel, amiga de Lu, y de quien yo era ex amante, o lo que se pueda decir de una mujer con la que me acosté durante tres meses de mi vida, y a la que dejé de frecuentar porque no soportaba el ritmo de mis borracheras.

      Lu era una poetisa de veinte años de la que yo sabía que gustaba de la poesía cursi y afeminada, estilo Neruda y sandeces de ese tipo. No era fea, lo que tampoco significa que fuese guapa, aunque su belleza era apenas suficiente para acostarse con ella sin sentir remordimiento, o para lamer su vagina (incluso, quizá su ano), sin demasiada afectación. Su cuerpo, casi andrógino, no valdría de nada de no ser por cierto infantilismo en los rasgos de su cara, y de unos ojos negrísimos sobre una cara pálida, a los que hacían juego unos cabellos igualmente negros y lacios, caídos hasta poco por debajo de los hombros. El conjunto daba como resultado una mujer sencilla, casi bonita y hasta de apariencia ingenua, que uno podía cepillarse hasta cansarse de tan poca carne sin sentir por ello que perdió el tiempo.

      A Lu la había mirado más de un par de ocasiones, pongamos seis o siete ocasiones, en recitales de poesía, a los que era llevado casi a fuerza por Dómine, en Foro Hilvana, en Casa del poeta, en Casa Refugio, en la Rosario Castellanos, etc. En todas aquellas ocasiones no había entablado con la poetisa conversación más allá de algún saludo, e intercambiado alguna sonrisa, sin insinuarme, pero mirándola lo suficiente para engendrar en ella la duda de mis intensiones, dejando así la puerta abierta en caso de necesitar entrar en ella más adelante, porque, como ya dije, no era del todo fea y en casos de urgencia podía ser de gran utilidad para no caer en sequía sexual. Cosas así pensaba de las chicas, de las que sólo me interesaba su sexo.

      Me acerqué a Raquel. Le interrogué todo al respecto de Oscar. Según me dijo, Oscar era amigo suyo desde hace poco, no sé, cuatro o cinco meses. Le conoció en casa de Olvera, un prosista mexicano que tenía relaciones con Lu gracias a un compendio de poesía que él mismo editó, donde incluyó tres poemitas de la poetisa. No sabe bien cómo llegaron a eso, a la inclusión de los poemas de Lu en el poemario de Olvera, ni cómo Olvera, siendo prosista, editaba versos. En fin. De Lu, de quien le interrogué después, me dijo que estaba recién mudada en la Roma, en la calle de Zacatecas, que era a una cuadra de mi casa, y me entusiasmé. Le pregunté si sabía algo de sus relaciones amorosas o sexuales. Según Raquel, Lu no salía con alguien ni se acostaba con alguien, pero eso es sólo lo que ella sabía. Esas cosas nunca se saben del todo, dijo. Ya, dije, y me alejé de Raquel, de la que sólo deseaba mirarle las tetas mientras la hablaba y sacarle la información sobre Lu.

      Dos días después me paseé por la calle de Zacatecas, más o menos a la altura donde me dijo Raquel que se había mudado Lu, con la esperanza de encontrarla por una supuesta casualidad. Me instalaba en diversas jardineras a fumar cigarrillos y mirar la calle por ambos sentidos en busca de mi presa. Lu me interesaba sobremanera desde que Oscar se interesó por ella. No estaba contento con la admiración que le brindaba el grupo por su cuento, así que me había hecho el propósito de acostarme con Lu, para joderle, para que viera que mi antigüedad en el grupo valía por mucho más, y que un macho nuevo no vendría a follarse a nuestras mujeres mientras yo, el macho más viejo de la manada estuviese en condiciones de joder. Todo esto eran instintos muy bajos y deseos muy pobres de alma, poco sutiles, rastreros, incluso bestiales, inmaduros, pero…  qué más me daba, ahora tenía un pretexto, un motor para llevar a Lu a la cama y eso era por mucho más de lo que podría haber hecho por mí mismo, es decir, agradecía a Oscar que encendiera en mí la llama porque gracias a él iba a acostarme con Lu, a la que nunca había descartado del todo y si no me había aventurado con ella era porque no había encontrado aliciente. ¿Qué importa si mi móvil es la envidia?, me decía. A fin de cuentas es un mundo de hombres y hay que vivir.

      Bueno, aquel día y el siguiente, y varios días después, no encontré a Lu. Me paseaba por Zacatecas a diferentes horas, pero no lograba dar con ella. Llegué a pensar que Raquel me había tomado el pelo, o había hablado más de lo que sabía realmente, o se había equivocado de calle, Dios, joder, no sé. Pero un día en que pasaba por Zacatecas, sin proponerme ya encontrar a Lu, y casi con los ánimos por el suelo, ya sin deseo de acostarme con esa, que ni me gusta del todo, pensaba, miré a lo lejos la silueta de Oscar. Iba con una chica. Sí, con Lu. Los miré entrar por la puerta de un edificio. Zacatecas 216. Sentí el corazón írseme a la garganta y me maldije por no haber sido tan insistente en mi cacería. Ahora estaba seguro que no había para mí más motivo de vida que cepillarme a Lu, arrancarla de las garras de Oscar, a ver si le salía un cuento más viril después de haber sido traicionado y se dejaba de escribir cuentitos infantiles para señoronas de café, el muy mamón.

      Me fui a casa y escribí poemitas cursis al azar. Versos pegajosos. Hice una mezcla de los mejores que salieron y les di cierta forma,  sin métrica ni estructura, y de tal modo que sonaran a lo Benedetti. Luego, pasé a un papel más fino, a una cartulina que encontré por ahí, con mejor caligrafía, y me fui al 216 de Zacatecas a echarlos por debajo de la puerta del apartamento de la planta baja, que es donde, según yo, se metieron Oscar y Lu. Hice esto durante tres días seguidos. Al cuarto, me pase toda la tarde y parte de la noche en espera de mi víctima. Esta vez no desistí hasta verla llegar, a las nueve de la noche. Venía sola. Me escondí en la esquina detrás de una jardinera. Cuando Lu estuvo delante de la puerta del edificio, abriendo con la llave, le recité en voz alta uno de los versos. Dio un brinquito y volteó. No me miró. Recité otro verso. Sonrió. Los versos los había firmado anónimamente. Buscaba de dónde venía la voz, pero yo me movía a cada verso, detrás de la jardinera de los coches estacionados, hasta que me encontró. Sonriendo, dijo: ¡fuiste tú! Ya, dije, así es. ¿Por qué lo has hecho? Bueno… aquí hice acopio de toda mi verborrea amorosa y me confesé. Lu no quedó muy convencida. Dijo que hace mucho la conocía y no se lo había dicho. Me declaré tímido, indeciso. No importa lo que digas a una mujer, si le hablas de amor, si les dices que son bonitas, que sus ojos te hipnotizan, etc., no importa si lo que dices tiene o no lógica, lo único que escuchan los oídos embalsados de una chica sensible es música, música y miel para sus oídos. Me dio cita para cenar al día siguiente.

      Dejemos las cosas claras. No invitaría a Lu a cenar, por dos razones: la primera, que yo no acostumbraba desayunar ni cenar, hacía una comida al día, si Dios se apiadaba de mí, y la segunda, porque no iba a malgastar mi tiempo y mi poco dinero en comida; la llevaría, en todo caso, a un bar, donde, al menos, si no tenía la cortesía de pagar lo que se tragaba, podría emborracharse y, si mi lengua era locuaz, pagarme poco después en su habitación o la mía con la moneda con que más me gustaba cobrarme los favores a las chicas. Así, fuimos la noche siguiente a Tres Gallos, donde le volví a confesar mi gusto por ella, justificando mi poca actividad en meses por una timidez desmesurada y un nerviosismo supuestamente causado en mi alama por la belleza de sus ojos, de su rostro, de su cuerpo, de su poesía, la que según yo me había leído toda (a Dios gracias no hizo preguntas al respecto).

      No fue difícil. Realmente, casi nunca lo es. Es increíble, y tomen nota los tímidos, porque a veces sorprende la facilidad con que las chicas abren los muslos a uno que llega y les dice: me gustas. Hace falta valor, pero una vez rota la primera barrera, lo demás es cauce de río encaminado al mar. Da el primer paso y los pasos subsecuentes resbalarán hacia ti, casi sin esfuerzo. Lo que importa es declararse. Si en esta primera declaración no se muestra la hembra dispuesta, proclive, esperanzada, si no da la mínima señal de sexo, entonces aléjate y busca otra, porque no vale la pena desgastarse por una presa que no quiere ser cazada. En el amor, las presas son quienes eligen a los cazadores. Follamos en la habitación de Lu. Tenía un sexo deliciosos y una chupada exquisita, cosas que, tomen nota, Dios, no se hubiesen esperado de una chica cursi y casi infantil. Sin embargo, no se debe juzgar el sexo de una mujer por su apariencia o sus creencias. Las más mojigatas terminan dejándose follar por el culo, y las de apariencia más libertina, se niegan so pretexto de dolores y de morales casi inverosímiles en pleno siglo XXI. Lu estaba a la altura de la puta más experimentada. Había pasión en sus gemidos y exasperación en sus deseos.

      Ahora bien, en llegando a este punto, comienza lo que deseo contar, que no es todo lo anterior, sino lo que sigue: mantuve relaciones sexuales con Lu a lo largo de dos o tres meses. En ese periodo me olvidé de Oscar, porque una vez con Lu encima o debajo, ¿qué iba a importarme Oscar o cualquier otro? No me preguntaba si Lu me era fiel o no, ni me importaba. Lo mismo la hubiese jodido sabiendo que antes de mí, no sé, dos minutos antes de mí, la habían follado otros, quienes sean, y no me detenía de meter mi dedo a su ano y lastimarla e instarla a que se dejase joder por culo, aunque ella dijese: no estoy lista aún. A mí qué me importaba. Pero, siempre hay un pero en el orgullo de un hombre, un día cualquiera, en que pasaba por Zacatecas y venía caliente, recordé la morada de mi querida y me dije: hagámosle una vista sorpresa, total. No pensé que ella, la pequeña Lu, escritora de versos como mariposas, pudiese, además de mí, tener otro amante. Mi orgullo de macho me nublaba el seso y me hacía creer, a razón de no sé qué cojones, que yo era el único, ¡el único! A pesar de mis pensamientos desinteresados, de mi supuesta carencia de celos, no me creía en el fondo que mi parejita cursilona pudiese ser más hija de puta que yo o que Arcila, al que descubrí aquella vez salir de casa de Lu. Corrí tras él y le di alcance. Le dije: ¡hermano, qué haces aquí! Riendo, satisfecho, se tocó los cojones y dijo: ¡me cepillo a Lu una vez por semana, hermano, tiene un sexo de puta madre! Dios, la cara se me cayó de vergüenza, aunque, por no mentir, recuperé el semblante y me reí como un loco y le dije: ¡yo también! Entonces fue Arcila quien se desvaneció por un instante, y no creyéndome, me interrogó. Le conté del lunar de Lu que tenía a un costado del perineo, y de su ano, que es pequeño, apenas le entra el meñique, dije, antes que sufra, y de su modo de gemir y de gozar. Arcila no se lo creía, pero tuvo que creerlo porque todas las señas que le di coincidían con sus experiencias. Tenemos que hablar, me dijo.

      Fuimos directo a Tres Gallos. Hablamos sobre el asunto. Antes que nada nos perdonamos mutuamente, por lo que, de algún modo, podía pasar por traición. La cuestión no era entre nosotros. Llegamos a soportar que uno y otro se acostase con Lu, pero pactamos que no permitiríamos que nadie más lo hiciera. Arcila tenía sospechas de que había alguien más porque, en una ocasión en que le hizo visita, fue al sanitario tras haberse cogido a Lu y en el bote de basura encontró la envoltura deshecha de unos condones Sico. Dios, dije, no, no he sido yo, yo uso Simocondones y… Arcila me interrumpió con una carcajada, tras la cual confesó: ¡yo también! Así, supimos que no éramos los únicos amantes de la mujercita. El primer sospechoso era, claro está, Oscar, del que no habíamos tenido noticias desde la vez de la reunión, y de la vez que yo mismo le miré entrar al apartamento de Lu. Nos dijimos que nos tenía sin cuidado, pero en el fondo, ambos sabíamos que nos partíamos las cabezas pensando en quién podría ser el mamarracho, o mamarrachos que además de nosotros, y probablemente de Oscar, se acostaran con nuestro recién descubrimiento mujeril. Dejamos el asunto por la paz y nos pusimos a beber. En la borrachera, Arcila dijo: Anda, Petrozza, vamos a con Lu, vamos a cogerla entrambos, ¡total! Estuve de acuerdo y fuimos. Afortunadamente para ella y para nosotros, no la encontramos. De haberlo hecho, la cosa para Arcila y para mí habría terminado porque Lu sabría entonces que conocíamos el grado de su promiscuidad y eso es algo que ni las mujeres promiscuas pueden soportar. En fin.

      Una tarde en que nos reunimos en Tres Gallos con Dómine, éste nos dijo que había pensado mucho en Lu últimamente, que había chateado con ella y que vislumbraba cierta veta de erotismo en su personalidad, casi como si fuese una puta a discreción o algo. Arcila y yo reímos y le sacamos la idea de la cabeza diciendo: no me jodas, Dómine, Lu es una mojigata de primera, no vale la pena hacer el intento, te vas a quemar con ella. Y cuando decía: amigos, he de confesar que me siento extrañamente atraído por Lu, nosotros le tumbábamos la idea con comentarios despectivos sobre el físico y la belleza de la chica. Arcila dijo: un palo tiene de escoba tiene más carne. Yo dije: preferiría joder a un hombre guapo, antes a que a una mujer fea. Dómine apaciguó su ímpetu. Bebimos. Luego, pasados treinta minutos o así, dijo: no sé, desde que Oscar mencionó que le gustaba, no he podido dejar de pensar en ella. No creo que sea fea realmente, ¿saben?, si la miras bien, es bonita. Arcila se levantó del asiento y tomó a Dómine por los hombros. Acercando su cara a la de él, gritó: ¡no te vas a acostar con Lu, es nuestra! Quité de encima a Arcila y le dije: calma, ¿de qué carajos hablas? Arcila se calmó. Nada, dijo, olvida eso, Dómine. Yo dije: creo que debemos confesarnos con Dómine, es nuestro amigo, y además, ya me estoy hartando de esa putilla. Dómine nos miró asombrado. Arcila dijo: bueno, entonces que te sustituya, pero no pienso meter mi verga a donde la metan ustedes dos.

      Se lo confesamos todo a Dómine, y cuando estuvo enterado, dijo: Dios, pero si Lu me ha dicho en chat que es novia de Olvera. ¿De Olvera?, exclamé. Sí, dijo, ¿tú por qué crees que le publicó sus poemitas? Arcila se carcajeó. Dijo: me rindo, ¡esa mujer no es de nadie! Vamos Dómine, le dije, yo mismo te llevaré a casa de Lu y te mostraré su apartamento. No tienes más que decirle: me gustas, y te abrirá su sexo. 







domingo, 19 de octubre de 2014

Cualquier otro día.


Solía encerrarme en alguna habitación de hotel a pensar en mi vida. Al menos, eso es lo que decía que hacía cuando alguien me preguntaba dónde había estado los últimos tres días. Tenía veinte años y vivía en casa de mis padres, con mis padres y mis hermanos menores, así que no podía encerrarme en la habitación de mi casa a pensar en mi vida, porque una familia numerosa sacrifica siempre la privacidad. Además, no podía hacerlo porque antes de estar solo en la habitación de un hotel, lo pasaba con alguna prostituta que pagaba con el dinero que mi padre me daba para continuar mis estudios. Cursaba un diplomado en Prostitución. Me aficioné a acostarme con prostitutas por dos razones. La primera es muy sencilla: prefería pagar por sexo que liarme en intrincadas batallas por acostarme con alguna chica de la universidad que me gustase y yo no a ella. Las prostitutas no siempre eran guapas, pero sus carnes siempre estaban bien dispuestas. ¿Por qué no cazas y asesinas con tus propias manos la res que comes, la desuellas y la partes en trozos y deshuesas en vez de comprar en el mercado un kilo de bistec para asar, muerto, desollado, deshuesado y aplanado? Por la misma razón yo no cazaba a mis presas. Las compraba. Luego de acostarme con alguna de ellas, quedaba solo en la habitación, hundido en mis pensamientos, que, por aquel entonces, oscilaban entre las ganas de emprender una carrera literaria y el suicidio. Intenté suicidarme una vez pero no vale la pena hablar de ello. Todos los intentos de suicidio son lo mismo: un fracaso. Cuando se fracasa en quitarse la vida ya no se puede fracasar en nada más. Cuando se fracasa en ello se comprende que en realidad no se deseaba quitar la vida y que todo lo que deseamos con la suficiente fuerza, por consecuencia, llega tarde o temprano; no vale la pena gastar energía y tiempo en lo que no deseamos verdaderamente. ¿Por qué hube que comprar rosas a Lidia y pagarle cenas en restaurantes si en el fondo no la amaba? Al final me acosté con ella y me dije: hubiese sido más sencillo pagar por sexo.

Durante un tiempo, fuera ya de la universidad, dejé de frecuentar las calles en busca de chicas. Luego, me ennovié con Luz. Una mañana desperté a su lado y me pregunté: ¿ésta es la mujer que el destino me depara? Para despertar con Luz todas las mañanas le tiré rollo, le invité a cenar, le escuché y le prometí amor. A cambio obtuve una vida indeseada (me llevó a vivir a su casa). La terminé y volví a las calles y a los cuartos de hotel. Al menos estas mujeres no quieren casarse conmigo, pensaba. Al menos estas mujeres no abren la boca si no es para tragarse el semen de mis cojones, y no dicen: vamos a cenar a Elks, anda, ¿sí?, ni tratan de explicarte su modo de ver la vida o la última novelita de Spota que se leyeron en el metro. Estás mujeres no están contigo cuando las necesitas, cuando fallece tu madre o cuando te diagnostican, pero están contigo cuando más lo necesitas, cuando te has enterado del fallecimiento de tu madre y necesitas vaciar los testículo de tanto dolor e ira,  o cuando te han diagnosticado y no te queda más sentido en la vida que beber y follar y te das cuenta que en realidad, nunca hubo más sentido en la vida, todo pasa, todo desaparece, todo es nada.

Me quedaba en cama, a veces con algo de licor que comprara antes de subir al cuarto con una ramera, a veces con un libraco de Kierkegaard o de Descartes. No es presunción. He olvidado a Kierkegaard y a Descartes y si me leía sus libros es porque aún creía que leer sirve de algo. Soy un desgraciado que ha leído. No por ello sufro menos que cualquier otro desgraciado, ni por ello se me van las ganas de asesinar y de follar. Nunca he matado a alguien, sin embargo, quizá un día lo haga porque ello no significa nada. No mentía cuando decía que pensaba en mi vida en esos cuartos. Lo hacía. Esto no me satisfacía ni me tranquilizaba. Pensar en mi vida me volvía aún más susceptible. Constantemente tenía los nervios alterados por mis preocupaciones económicas: no tenía empleo ni un quinto y mi padre había amenazado con echarme de casa si no hacía algo. También, por el licor que bebía desde que salía el sol hasta que volvía a salir, en intervalos, como las comidas de un fisicoculturista. Fumaba treinta cigarrillos al día. Además de beber y acostarme con chicas, de perderme dos a cuatro días continuos, debía graduarme de la universidad. Mentía constantemente a los profesores excusando mis inasistencias y mis trabajos no entregados. Algunos me creían o se apiadaban de mí, es igual, y logré salir adelante. Me gradué con honores porque a pesar de mis inasistencias, al momento de presentarme a examen, lo hacía bien. No sé de dónde sacaba las respuestas. Basta que tomase una clase para que se me pegara en el seso de que iba la materia y hasta hiciera conjeturas atinadas. También, aprendí la fórmula de quien hacía los exámenes: a, c, c, c, e, a, b, d… Siempre la misma secuencia de respuestas. No eran muy inteligentes después de todo. La universidad pública es tan sólo un protocolo estandarizado de educación estéril para las masas. Más vale no asistir. Cuando terminé los estudios, me vi libre. Pude estudiar en serio. Me leí a los griegos y a los psicólogos y a los filósofos franceses y alemanes. Ellos también tenían su fórmula.

En una ocasión subí al cuarto con una niña de dieciocho años. Le pedí permiso para pegarla mientras me lo hacía con la boca. Se negó. Le ofrecí más dinero. Lo tomó y la  abofeteé inmediatamente. Hizo puchero pero se aguantó el llanto. Se arrodilló ante mí y mientras me lo hacía yo a veces la jalaba de los cabellos, la separaba de mí y la pegaba. En algún momento dijo: no más, por favor. La pegué por última vez, con mucha fuerza. Se tiró al suelo a llorar. Cuando se levantó dijo que ya no podía seguir. Le exigí me regresara el dinero. Como no quiso la tumbé sobre el suelo y se lo hice. Me corrí en su cabeza, esparciendo mi semen por todo su cabello con la mano. Cuando se fue azotó la puerta. Aquella ocasión me quedé en el cuarto con el temor de que regresara con su proxeneta. Me torturaba haciendo ideas en mi cabeza de que vendrían a pegarme por haber abusado de la niña. Si escuchaba pasos por los pasillos me decía: son ellos, Dios, son ellos, van a apuñalarme y moriré en este cuartucho de hotel barato por haber sido tan imbécil de pegar a una niña prostituta. Casi al amanecer me quedé dormido. Nadie vino.

Después de ello dejé de ir a la calle porque me conseguí una parejita de veinte años (yo tenía veintitrés años y un título universitario, pero no tenía empleo. Vivía en la colonia Nopalera, en un cuarto que me alquilaba una anciana pobre por ochocientos pesos mensuales, mismos que cubría tan solo en parte y cada que podía, gracias a la compasión de mi padre, quien estaba harto de mí y de mi estilo de vida). La conocí en una vecindad del Centro donde podías entrar a beber sentado en las escaleras de la misma; un lugar a espaldas de la Catedral, entre el museo de la caricatura y el Templo Mayor. Cuando nos vimos la primera vez estábamos borrachos. Nos fuimos a la calle y lo hicimos entre una camioneta y unos arbustos. Volví a encontrarla la semana siguiente. A partir de esa semana, volví a verla cada semana en las esclareas, en punto de las nueve de la noche, borracha y dispuesta. Nunca le pregunté su nombre.

En algún momento la veinteañera dejó de ir a la vecindad y regresé a las filas. Lo dejaba y volvía como un adicto a la heroína, siempre con la promesa de que sería la última vez y en adelante sentaría cabeza y eso. Como cada vez tenía menos dinero, cada vez me acostaba con mujeres más baratas, que eran las más feas y las más viejas. Ni si quiera ofrecían el servicio de cuarto. Cobraban cuarenta pesos por una chupada, sesenta por meter la polla y cien si querías estar con dos chicas a la vez. Además de ello, les regateaba. Llegaron a chupármelo por quince pesos. Todo eso había que hacerlo debajo de un puente vehicular, o en las escaleras de los pasillos subterráneos de la calzada de Tlalpan, o detrás de la llanta de algún tráiler. Ahora debía sentarme en la banqueta de una calle oscura, a pensar en mi vida. Los cuartos eran un lujo que no podía darme. Para beber me iba a la Glorieta de los Insurgentes a pedir a los vagos traguitos de aguarrás. Cualquier cosa con tal de embriagarme. No soportaba la sobriedad. Repetía para mis adentros las palabras de la Biblia: “Da bebida fuerte al que está pereciendo, y vino a los amargados de alma. Bebe y olvídate de tu pobreza, y no recuerdes más tu aflicción”. (Proverbios 31, versículo 6 y 7). Creía en los vagos como los hombres más cercanos a Dios.

Ya no podía hablar con mujeres. Cualquier mujer que miraba se me antojaba para el sexo; odiaba su conversación. Si hablaba con alguna, pensaba: ¿a qué hora vas a quitarte la ropa? ¡Ya cállate! Ninguna conversación me atraía. Ni la de los hombres ni la de las mujeres, pero sobretodo, repudiaba la de las mujeres. No soportaba sus tonos chillones de voz ni sus ideas sobre la belleza. No hay una sola mujer, por fea que sea, que no crea en la belleza de las mariposas. Yo pensaba: pisotearía a todas las mariposas del mundo con tal que las mujeres dejaran de aludirlas. Por este hecho, no podía establecer una relación sentimental con alguna. Siempre tenía prisa que se desnudasen y me lo chupasen a la primera cita. Si se negaban, las consideraba idiotas. A veces me acercaba a alguna mujer en los parques, alguna que estuviese sentada en una banca. Me sentaba a su lado y les hacía conversación. Les tocaba los muslos con cierto disimulo. Si no mostraban alguna señal sexual, me levantaba y las maldecía mentalmente. Algunas llegaban a enfadarse. Si lo hacían me iba, no quería problemas. En los bares me acercaba a las mujeres solas o a las que venían acompañadas, cuando se quedaban solas, y les proponía hacerlo, directo y sin tapujos. Por ello recibí bofetadas, reclamos y amenazas de sus novios. Sin embargo, había algunas, pongamos una de cada diez, o dos de cada diez, que aceptaban. Mientras más bajo sea el bar, más posibilidades hay de que las chicas busquen lo mismo que tú. Aprendí esta técnica como modo de supervivencia porque ya no tenía dinero para pagar ni siquiera a las viejas y porque las viejas tienen las bocas secas. Pude acostarme regularmente gracias a este tipo de recolección nómada. Esta desesperación es consecuencia de la prostitución. Quien se acuesta con prostitutas por un largo periodo de tiempo, perderá toda sutileza. Las prostitutas acaban con la ambición de los hombres. Nada vale un esfuerzo. Ninguna mujer vale un esfuerzo. Todas sirven para una sola cosa. Sus caras no valen nada, lo que vale es su sexo. No importa si son feas o guapas, te correrás de cualquier modo. El pene es ciego a la belleza.

Sufría depresiones constantemente. Las depresiones son el síndrome de abstinencia de los adictos a beber y follar. Si se deja la bebida se cae en la realidad. Créeme, si bebes y follas con prostitutas constantemente, no querrás ver la realidad. Harás cualquier cosa para vivir alejado. Tu única meta será acostarte con alguien y echar un trago. Es una meta diaria. No hay más ambiciones. El mundo puede acabarse mañana, qué más da. Durante las depresiones no salía de mi habitación, me quedaba en cama. Recordaba las palabras de Pascal, de cuando escribió en sus Pensamientos: “Todo el sufrimiento del hombre consiste en que el hombre es incapaz de quedarse quieto en su habitación”. Me quedaba quieto hasta tres días, sin salir casi de cama, excepto para orinar o defecar y para comer pan de sal y beber agua. Estas eran mis purgaciones. Cuando me encontraba mejor dispuesto, la necesidad de volver a salir al mundo me llenaba y me impulsaba. Lo necesitaba. Había que ir a beber y a follar, y aunque me había propuesto no acostarme más con prostitutas, no era el día hoy en que iba a empezar a cambiar, Dios. Eso podría ser mañana, o cualquier otro día.  






domingo, 12 de octubre de 2014

Escribir, beber y follar.


Todo mundo hablaba de hacer algo, pero yo ya me estaba cansando del  mundillo literario en el que nos habíamos sumergido los últimos dos años. Era un mundo que más tenía que ver con sexo y alcohol que con literatura, porque de los grandes escritores sólo podíamos copiar su modo de follar y de beber. Su literatura no. Esa es la primera trampa. Creíamos que por beber y coger tanto como nosotros suponíamos (nada era certero, todos estaban muertos) que bebían y cogían Baudelaire, Kerouac y Carver, escribiríamos como ellos, o seríamos más cercanos a ellos, no sé. Los poetas subían a los estrados y recitaban un montón de borrachadas, a grito, y pensaban que así conquistarían algo; al menos, el sexo de alguna chica de entre el público que les gustase; a veces lograban acostarse con alguna del público o del mundillo, pero para ello debía ser ésta una mujer que no leyese demasiado, o que estuviese infectada ya con el virus de la poesía mediocre. Los prosistas éramos por mucho peor. No subíamos al estrado. Desde nuestras trincheras ametrallábamos el horizonte, a ver a quién mordían nuestras balas. Los hombres prosistas también apuntaban sus miras, en el peor de los casos, a acostarse con alguna. Por mi parte, no puedo decir que fuese mejor que ellos y que ellas, aunque les miraba hacer y bostezaba. Mis lectores, en su mayoría, eran hombres. Aplaudían mis esfuerzos (debo confesar que no hubo esfuerzo, escribía y escribíamos de manera natural, sin demasiado esfuerzo y sería pecado mentir y decir que una lleva años luchando, etc.) porque antes o después de leerse mis textos miraban mis fotografías.

Por mi parte, llegué a acostarme con una serie no muy grande de escritores y poetas y de lectores de mis textos. No sabría decir cuales fueron peores experiencias. Los escritores, los prosistas, al menos eran interesantes y a veces cultos e inteligentes, aunque no por regla, y los poetas, casi por regla creían que debían estar locos para poder versar, y por ello, eran unos completos pelmazos sin cultura (los poetas leían por mucho menos que los prosistas) y eran más borrachos, o borrachos de otro modo, más escandalosos y menos refinados, con menos sentido: bebían por aparentar estar locos y no con un sentido de la bebida. Algunos hasta creían que se puede ser poeta sin haber leído y aprendido las estructuras y las reglas gramaticales y ortográficas del idioma en que se expresaban. A esta irreverencia la llamaban libertad, desapego, locura y genio. No había en ello nada más que mediocridad. Sin embargo, hablo tan sólo de mi generación y de mi mundo. Si fuera de él existieron poetas estupendos, yo no les conocí. Los lectores no eran mejores que los poetas, a quienes aprendí a despreciar inmediatamente. Algunos leían aún menos y otros ni siquiera comprendían lo que es ser escritor o escritora y más que desearme por haber escrito un texto, lo hacían por el mismo motivo que deseaban a otras mujeres. Era un mundo literario sin literatura. La literatura, en todo caso, era el pretexto.

Incluso mi amigo más cercano, el más huraño de todos, Martin Petrozza, se inmiscuía en el mundillo desde su enorme trinchera, y a veces leía en público o publicaba o salía con los lectores de sus textos, en especial, con las lectoras de sus textos, a las que follaba en su habitación y de las que se enamoró de una, de Simona. Aunque odiaba al mundillo y lo maldecía, todas las noches se adentraba a él en forma de borracho, a conocerlos, a observarlos, a consumirlos, gracias a sus dos personalidades, que respondían a sus dos únicos estados: sobrio / ebrio, en que repartía las horas de sus días, exceptuando las de dormir; podría decirse que dormía sobrio / ebrio, según el caso. Sobrio era solitario, huraño, depresivo y pendenciero. Ebrio era sociable, risueño, casi agradable y bienhechor. El cambio era drástico. De Sobrio aprendí el odio al mundillo. De Ebrio, que  el mundillo no tiene nada que ofrecer.

Otro cercano, Salmoneo Gutiérrez, que tres cuartas partes de su tiempo se mantenía sobrio y una ebrio; era poeta, aunque no de circo, se mantenía al margen y era, de todos mis conocidos, el más serio en el aspecto literario, en busca no de fama, aceptación o popularidad, sino de poesía, por decir de algún modo, aunque incluso él no estaba seguro de en qué consistía la poesía ni la literatura ni la búsqueda (afirmaba que había una búsqueda). Participaba de la guerra desde detrás de un montoncito de sacas llenas de tierra, pequeña trinchera desde donde lanzaba, muy de vez en vez, aluna granada a ciegas, sin la misma intención que los otros prosistas y poetas, pero por probar y por estar dentro de aquello en que se supone que debe estar dentro un poeta. No se manchaba demasiado. No leía en público ni se presentaba, ni salí con lectores ni lectoras.

Cuando se los dije me vetaron en automático. No soportaban que alguien les contrariara. Podía negarles beber o acostarme con ellos, incluso salir con ellos, pero si les decía francamente lo que pensaba me tachaban de incrédula. No estoy segura que en realidad deseasen hacerse escritores y todo eso. Muchos de ellos dejaban las letras en el camino a la adultez. Los pocos que continuaban eran, claro, más serios, pero, ¿hasta dónde se llegaría? Salmoneo decía que no importa a dónde pueda llegarse, la poesía no es un camino hecho ni con destino claro, lo importante es escribir. Tenía razón desde cierto ángulo y hasta cierto punto. La pregunta era, ¿hasta dónde quería llegarse?, es decir, medir si el compromiso con la literatura era cierto o había más compromiso con el alcohol y el sexo y la popularidad opaca de ser un poeta o un prosista subversivo o cualquier cosa que se creyesen al escribir.  

Decidí ausentarme. No me presentaría más en público, no leería en eventos culturales, ni siquiera asistiría a la presentación de mis libros, ni me dejaría ver por los lectores (ninguno sirvió para nada, ni siquiera para hacer el amor). Además de ello, o a pesar de ello, continuaría lanzando textos como granadas, desde la trinchera de mi privacidad, a ver a quién volaban los sesos. Si alguno apreciaba mis letras por mis letras, cosa que miraba cada vez más lejos, ya sería ganancia. Si no, el placer de la carnicería continuaría siendo el aliciente, hasta que un día, algún prosista fuese capaz, desde el otro lado del frente, de acabar conmigo de un bombazo.  Hacer algo ya no llamaba mi atención. ¿Qué íbamos a hacer? Éramos parte de una generación estéril, hecha a imagen y semejanza de dioses falsos. No había uno que no quisiera ser como otro, por lo menos, en lo tocante al trago y el sexo. El trago y el sexo no hacen a un escritor. El trago y el sexo es para cualquiera, escribir para unos cuantos. El trago y el sexo es el consuelo a los mediocres. No escriben grandes obras, pero beben y follan. 





viernes, 10 de octubre de 2014

Una tarde x.


Texto por: Gonzalo Vilo. 
Sitio del autor, aquí.


Con el Julián estábamos sentados sobre un par de piedras de aquel lote vacío que quedaba al lado del canal, justo donde ahora hay una iglesia evangélica. Ese día le habíamos fumado toda la cajetilla de derby a mi vieja y él seguía enrollando el papelillo del lucazo de paragua que siempre le comprábamos al Costa afuera del colegio. Yo miraba por arriba del portón por si pasaban los pacos, pero no se veían más que autos a la carrera y señoras con coches y bolsas llenas de verduras o de pan, así que volteé tranquilo hacia donde estaba a mi amigo.

- No anda nadie – Le dije – Hacelo luego -.

El Julián lamió los últimos bordes del papelillo y luego sacó su encendedor. Cubrió el fuego con su mano y le dio una profunda piteada al caño. Cuando votó el aire, tosió un poco y me lo entregó.

- Dale – Me dijo.

Tomé el encendedor y el caño y lo prendí. Voté el aire en silencio y miré a mi amigo para devolvérselo. El estiró su mano, impaciente. Sin embargo, justo cuando sus dedos iban a tomar el papelillo, de la nada apareció aquella cosa chica, negra y fea, que nos lo quitó de un mordisco. Con el Julián lo perseguimos y lo acorralamos, pero él no nos dejaba acercarnos, gruñéndonos enrabiado. Después volvió a huir y, al llegar al canal, dejó caer el caño, el cual se perdió de inmediato en las profundidades de aquel fétido torrente.

- Perro conchetumare – Gritó el Julián.

Yo le di una patada y el perro chico salió aullando entre la maleza y los escombros. Después se escondió detrás de una bolsa de basura.

Con resignación nos volvimos a sentar. Volados a medias, el Julián seguía puteando al perro mientras le tiraba piedras. Yo, que ya no estaba enojado, vi que el animal salía con timidez de su escondite y volvía acercarse. Busqué en mi mochila un pedazo de pan para dárselo, pero mi amigo me tomó del brazo.

- Espérate – Me dijo – Hay algo que quiero hacer -.

Se levantó y llamó al perrito. Con un gesto de su mano me pidió que le pasara el pedazo de pan y yo se lo di al tiro, sin imaginarme nada. Él lo llamó de nuevo y el quiltro, dudoso por los piedrazos de hace un rato, se acercó a él con lentitud. Mi amigo le mostró el pan y lo volvió a llamar. Esta vez el animal pareció más entusiasmado y comenzó a mover la cola, pero seguía muy lejos de nosotros.

- Ven poh hueón – Le gritó mi amigo.

Yo, a todo esto, seguía sentado y observaba al perro y al Julián, riéndome de este último al ver que no le hacían caso. Enojado, mi amigo me hizo callar, y luego se jugó la última carta, dejando caer el pedazo de pan a pocos centímetros de donde estaba. Con ternura volvió a llamar al animal y, este, ya confiado, fue hasta él, sospechando apenas lo que le esperaba.

Sin perder un instante, mi amigo lo tomó con ambas manos y con fuerza lo aferró a su pecho. El otro aulló e intentó zafarse, pero no lo consiguió.

- No seay malo hueón – Le dije al Julián – Déjalo hueón -.

Mi amigo, sin embargo, lo retorcía y le pegaba en la cabeza con su mano abierta.

- Perro conchetumare – Le gritaba – No te gustó huear -.

Caminó un poco más allá y luego tomó un alambre del suelo. Yo me levanté y lo seguí con la mirada. Tenía un mal presentimiento sobre lo que iba a hacer.

- Hueón – Volví a gritarle al Julián –Déjalo hueón, si mañana le compro otro al Costa -.

Pero mi amigo no pareció escucharme y posó al pequeño animal sobre una gran piedra. Luego dobló el alambre y lo enrolló a través de su cuello, para luego, con un fuerte y decidido movimiento de su mano, comenzar a ahorcarlo. El perro pataleaba y aullaba desesperado, sin poder hacer nada para defenderse.



Comencé a correr hacia ellos y, al llegar, le di un empujón al Julián. Mi amigo cayó al suelo y se quedó en el piso como si hubiese recibido un disparo. Yo apenas si me fijé en él y fui de inmediato a donde estaba el perro. Lamentablemente, cuando lo tomé, este ya no se movía, así que retrocedí asustado, sin saber que mierda hacer.

- ¿Qué chucha hiciste ahueonao? – Le grité al Julián – Te poni hueón -.

Mi amigo no dijo nada. Solo sacudió un poco su uniforme y se acercó al perro, volviéndolo a tomar entre sus brazos. Caminó con él hacia otro lugar y dobló por donde se juntaban varios escombros y basura. Allí lo vi tirar al animal.

Me acerqué corriendo hacia él. Tenía ganas de gritarle unas cuantas chuchadas, pero un olor nauseabundo me dejó mudo.

Me tapé la nariz y miré a mi alrededor. Por todas partes veía bultos oscuros e inmóviles. Le puse atención a uno en especial. Era un gato gordo y estaba tirado sobre unas piedras. Se encontraba en evidente estado de descomposición.

- El viernes ese gato culiao me botó la botella de vino – Me confesó el Julián – Estuve dos horas tratando de pillarlo -.

Lo miré extrañado, sin saber que decir.

- Mira la paloma que esta Allá – Me dijo apuntando hacia un rincón lleno de basura – El Sábado me cagó la polera cuando venía por aquí cerca. Le hice una trampa con una caja de cartón y una pita y le fui tirando migas de pan, hasta que bajó a comérselas….después le corté la cabeza con la cortaplumas… saltó cualquier chocolate… jajaja -.

Sentí que iba a vomitar, así que giré y comencé a caminar para salir luego de aquel agujero. El Julián me seguía hablando, pero yo ya no le hacía caso. Detrás mío quedaban las sombras de una docena de cuerpos fétidos, de cuyas muertes no quería saber ya nada más.

En la calle me despedí. El se quedó en el paradero esperando su micro, y yo crucé hasta la avenida Gabriela, donde estaba mi casa. El me hablaba, pero yo ni siquiera quise voltear hacia atrás, y allí se quedo, hablando solo.


Obviamente, nunca más le volví a hablar. 







Texto por: Gonzalo Vilo. 
Sitio del autor, aquí.

domingo, 5 de octubre de 2014

Por el placer de joder.


Le conocí en un bar en la Glorieta de los Insurgentes. Iba vestido casi como un pordiosero, cosa que noté porque era muy notorio (aunque yo no distaba mucho de su facha y era el menos indicado para juzgar). Nos miramos a los ojos antes de que Alex se decidiera a ocupar una mesa. Eligió la mía. No me pregunten por qué. Soy un jodido imán de locos y pordioseros. No hicimos preguntas. Como si fuésemos amigos de hace muchos años, nos pusimos a beber.

Alex era poeta. Llevaba una vieja y sucia libreta llena de palabras, tachones y manchas de café y cerveza. Yo llevaba una vieja libreta llena de palabras, tachones y manchas de cerveza. Intercambiamos libretas. Nos concomeremos a través de nuestras literaturas, dijo. Me recordó la frase de una película de Jorodowsky, donde un dos hombre se conocen a través de la música. Es probable que Alex esté parodiando, pensé. Leí cinco poemas suyos. Eran poemas cortos, afortunadamente, y no me atreví a juzgar si eran buenos o malos. Él leyó la mitad de un texto mío (mis textos eran mucho más largos que sus poemas). Dijo: Conozco a los de tu clase. Yo dije: Ya. Dimos un trago de cerveza al mismo tiempo, sin dejar de mirarnos los ojos. La cerveza era  cerveza. Yo bebía de un vaso que me había traído Sergio; Alex bebía de la botella, una botella de litro y doscientos.

Cuando separamos nuestras miradas me preguntó quiénes eran mis poetas hermanos. Enlisté a Lizarde, Vallejo, Calderón… Me detuvo. Dijo: Esos no son poetas hermanos. Tenía conceptos raros sobre la literatura y la lectura. Llamaba poetas hermanos a aquellos poetas que al leerlos no se puede evitar sentir un lazo con ellos, de hermandad, aunque hayan muerto hace cien años. Según él, los poetas por mí citados no podían ser poetas hermanos, sino poetas ideales, es decir, poetas que quizá a uno le gustaría ser, o haber sido, o asemejarse a ellos siendo uno mismo en cuanto a fama y reconocimiento. Pero no hay un lazo de hermandad con ellos. Hay, más bien, una admiración y cierta envidia. Lo pensé un minuto. Dije: Ya. Rilke. ¡Eso!, exclamó Alex, Rilke es un poeta hermano. Y Keats. Y Rimbaud, añadí. ¡No!, me detuvo, Rimbaud es un genio. No se puede establecer ningún vínculo con un genio. Sólo un genio podría establecer un vínculo con otro genio. Sólo Victor Hugo podría decir de Rimbaud que es un poeta hermano. Di un trago a la cerveza. ¿Qué hay de Góngora?, pregunté. Es un poeta estatua, respondió Alex. Un poeta estatua es aquel que se cita en libros de texto gratuito, que se reconoce como máximo exponente de alguna corriente literaria, y, muy probablemente, hay una estatua con su cara. Ya, dije. ¿Bolaño?, pregunté. Poeta hermano, respondió. ¿Baudelaire? Poeta ideal. ¿Whitman? Ermitaño. El poeta ermitaño es aquel que crea cosmovisiones a partir de la incomprensión de la cosmovisión de su tiempo. Se diferencia de los otros porque no se puede establecer un lazo de hermandad con un ermitaño (él mismo no desea establecer lazos con alguien), ni se desea ser él o como él, ni es precisamente un genio, otro genio no podría ser poeta hermano de un poeta ermitaño; en general, un poeta ermitaño no crea lazos con absolutamente nadie (ni siquiera con sus lectores). No puede ser un poeta estatua, porque, teniendo una cosmovisión diferente de las cosas, el gobierno no le desea citar en libros de texto gratuitos, y si lo hace, cita los poemas peores del poeta, aquellos donde no dista demasiado de la cosmovisión general, la que desean inculcar a los estudiantes. ¿Jalil Gibrán? Exótico. Un poeta exótico es aquel que, como el ermitaño, posee una cosmovisión diferente, pero no vive dentro de esta visión, usualmente le viene en sueños proféticos, o lo que él considera sueños proféticos, por entregas, como novela por folletín, y no se encuentra en ellos en su vida diaria, no va al monte ni al mar, quizá, continúe viviendo en su casa de burgués, encerrado en su habitación, teniendo todos esos sueños proféticos, y quizá se vuelva loco, pero no será un ermitaño. Nadie puede establecer hermandad con un exótico, ni siquiera otro exótico, porque cada mundo profético creado por ellos es único y subjetivo. No son genios, pues el genio es objetivo. No son ideales porque nadie quisiera estar loco, aunque se diga que sí, o se crea que ya se está loco. No son estatuas, casi por el mismo motivo que no son estatuas los ermitaños. ¿Pablo Neruda? Pablo Neruda no es poeta, dijo Alex. Pertenece al gremio del falso mesías. ¡Un sofista! Un hombre que sabe acomodar palabras para hacerlas entrar en el estrecho cerebro de las mujeres y enamorarlas. Ya, dije.

¿Y qué clase de escritor soy yo?, pregunté. Alex suspiró. Un desencantado, dijo casi como si le pesara decirlo. Ya. ¿Y? Y nada más, dijo. Acto seguido, dio el último trago a la cerveza (el último antes de que se vaciara por completo), se levantó y se fue. Pensé que nunca más volvería a verlo.

Pero regresó pasados treinta minutos. Yo había pedido otra cerveza. No hacía algo, sólo me estaba ahí, bebiendo y mirando el techo o al suelo o a los pocos clientes de Tres Gallos. Volvió a colocarse en mi mesa y sacó de la bolsa un billete de cien pesos. Ten, dijo, no soy un gorrón. Ya, dije tomando el dinero y embolsándomelo. Llenó mi vaso y cogió para él la botella. No hablamos demasiado en adelante. Nos limitamos a beber. En ocasiones le descubría mirándome de reojo. En otras, me miraba directo a los ojos y me sostenía la mirada por varios segundos. Hubiese sido incómodo de no ser porque no me importaba. Ordenamos más cerveza. En algún momento no tuvimos más dinero para comprar más cerveza. Alex dijo: vamos a mi casa, tengo licor. Ya, dije.

Se justificó conmigo por el cuarto: Alex Vago vivía en un cuarto de azotea de la colonia Doctores, aunque se paseaba todo el tiempo por la colonia Roma. No tenía empleo ni la mínima intención de tenerlo. El cuarto lo había alquilado por una cantidad casi risible. A pesar de ello, llevaba más de cinco meses sin cubrir el alquiler. El dueño de aquel cuarto no vivía en México. Eso facilitaba las cosas a Alex. Entiendo, dije.

Bebimos un licor de maguey que Alex había recibido como regalo de una poetisa duranguense después de que la poetisa vino a México y se acostó con Alex (al menos eso dijo, aunque Alex no era el tipo de hombre que podrías imaginar con alguna mujer). No es mezcal, anunció Alex sin que yo preguntase. Era una botella de cristal sin etiqueta, con un licor transparente dentro. Su olor era penetrante. Temí perder la visión después de beber eso, pero no quise ser grosero con Alex ni contrariarlo. Yo sabía que era mezcal. ¿Qué clase de poetisa es aquella que te regaló el trago?, pregunté. Alex no contestó. Estaba de espaldas a mí, buscando cosas, no sé, se movía por el cuarto y al parecer hacía muchas cosas, aunque en realidad no hizo nada. Cuando al fin volteó a mirarme, dijo: no lo sé, no había pensando de ese modo en ella. Bebimos unos pocos tragos antes de caer rendidos, como muertos, por la embriaguez del licor.

Al atardecer abrí los ojos. Me encontraba recostado sobre la cama, una cama individual con un colchón delgadísimo. No supe cómo llegué ahí, aunque supuse que en algún momento Alex se ofreció a cederme el mejor sitio. Descubría a Alex echado sobre el suelo, acurrucado como un perro viejo y muerto de hambre, pegado a una de las paredes del cuarto. Pensé en avisar a Alex que estaba en pie, pero me detuve. Decidí husmear antes de despertarlo. No había mucho que husmear. Algunos libracos sueltos por toda la pieza, libretas viejas y manchadas llenas de palabras, un par de trastos, los restos de alguna borrachera reciente, un par de zapatos y de pantalones, una toalla roída, una bola de ropa sucia, no muy voluminosa, un escritorito diminuto, una bolsa plástica con pan de sal dentro y nada más. Abrí la puerta del cuarto y salí. Afuera, el sol se metía y el húmedo viento se paseaba inocente, arrastrando consigo, en las alturas, nubes aborregadas, grises pero no amenazadoras, y la luna, pálida, se anunciaba sacando una punta de sí, como una bailarina nudista que se anuncia sacando apenas la pierna de entre el telón. De ello concluí que mi amistad con Alex sería placentera, sin intenciones malsanas, aunque vaga, corta, efímera quizá, y llena de misterios.

Alex se acercó a mí por detrás. Dijo bostezando: ¡buen día, poeta! Yo dije: buena tarde. Alex me palmeó la espalda. Eres un desencantado, no cabe la menor duda, sentenció. Luego dijo que debíamos regresar a Tres Gallos porque tenía algo que deseaba mostrarme y deseaba hacerlo al calor de cervezas bien frías. Pero si vinimos aquí porque ya no tenemos dinero, pensé. No te preocupes por dinero, dijo Alex. Salimos del cuarto sin ducharnos y sin mudarnos de ropa. Me di una idea de por qué Alex tenía tal aspecto. Nada aseguraba que tuviese acceso a una regadera.

Llegamos a Tres Gallos más o menos a las siete de la tarde. Entramos y ordenamos cerveza. No sé cómo, Alex traía un billete de cien pesos. No fue el único en toda la noche. A la cuarta cerveza sacó del bolsillo una fotografía. Me la estiró. Era la fotografía de una mujer bastante guapa. Fue mi esposa, dijo Alex. Ya, dije. Le devolví la fotografía. Me pareció exagerado de su parte traerme a Tres Gallos sólo para mostrarme aquello. Sin embargo, estuvo bien, pagó la cerveza del resto de la noche y cuando no hubo más dinero en sus bolsillos regresamos a su cuarto a continuar con el licor que la noche anterior no habíamos terminado. Durante ese tiempo hablamos poco. De trivialidades.

Durante esta segunda velada me contó la historia de su ex mujer. La olvidé casi toda, estaba demasiado borracho y cansado para prestar atención. Recuerdo vagamente que hubo un intento de suicidio de parte de Alex y una demanda de parte de la mujer. Creo que también hubo un aborto, o un niño muerto, no sé. No recuerdo el nombre de la mujer. La fotografía era todo lo que Alex poseía de su vida pasada. Era uno de esos objetos importantes y significativos en la vida de un hombre. Dijo: si perdiera esta fotografía, no sé qué haría, no lo sé, no sé, Dios. Sentí calofrío. Lo dijo con tanta desesperación que no puede evitar un sentimiento de repulsión.

En algún momento de la noche pregunté a Alex si podía venir a vivir con él. Dijo que sí. Por supuesto, no lo haría. Sin embargo, mi instinto de supervivencia miraba en el cuarto de Alex, un cuarto sin alquiler, una puerta de emergencia en caso de que la vida me patease el culo más de lo acostumbrado. Uno nunca sabe.

Volví a despertar sobre la cama. Esta vez, el cielo estaba despejado y la luna apenas se dejaba ver, más pálida que el día anterior. No había viento. Alex sacó la cama fuera, era un camastro, un cacharro horrible, aunque práctico, y lo colocó al ras del edificio, como un camastro de rico en un jardín de azotea. Nos recostamos sobre esa cosa y nos pusimos a mirar al cielo en busca de estrellas. Encontramos dos estrellas, no más. Alex habló con soltura. Alex daba chupitos al licor, que parecía nunca terminarse. Era bastante fuerte para beber más de cuatro tragos, sobre todo si se venía de Tres Gallos. Me pasó la botella pero ya no quise beber más. Le dije: tú eres mi poeta hermano. ¿Cómo?, preguntó. Sí, dije, además de Rilke, tú eres un poeta de la categoría Hermano. Alex sonrió, me abrazó y dijo: tú eres un jodido desencantado. Me palmeó la espalda. Fue un momento sentimental. Luego de eso, me habló de cómo es que se hizo poeta. Esta historia es la siguiente a la historia de su ex mujer. En algún momento tuvo dinero, casa, empleo, pero cuando su ex mujer le abandonó se convirtió, gradualmente, en esto que ves tú, dijo señalándose a sí mismo. Lo dejó todo y se dispuso a escribir. Alex Vago tenía 47 años.

A la media noche no quedaba nada más de licor y Alex estaba hecho una cuba. Metí el camastro a la habitación. Eché a Alex encima a empujones. Le cobijé. Husmeé por última vez su habitación. No encontré nada que me asombrase encontrar en el cuarto de un poeta pobre de la ciudad de México. Eché una mirada a Alex. Roncaba. Me acerqué a él y saqué de su bolsillo la foto de su ex mujer. La guardé en mi bolsillo. Ni siquiera la miré, hubiese podido ser otra fotografía y no lo hubiera notado. Pero no había más que una fotografía en el bolsillo de Alex Vago, en el cuarto de Alex, en toda su vida no había nada más que esta puñetera fotografía. Eché la última mirada a Alex y salí del cuarto. Me largué decidido a no volver a verle. Le jodí sólo por el placer de joder.








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