domingo, 28 de septiembre de 2014

Un premio literario y una mujer.


A partir del día en que el poeta Salamanca Arce ganó el XI PREMIO DE POESÍA JULIO CASTELLANOS, se desató entre nosotros una relación extraña, además de la ya establecida relación de supuesta amistad que teníamos. En adelante, tanto él como yo tratábamos, por todos los medios posibles, de mantenernos al tanto de la vida uno del otro, en especial, en lo tocante a dos aspectos, a saber, en primera instancia, el de los logros literarios del otro, y en segunda, casi menos importante, aunque, primitivamente más importante, el de la vida sexual del otro: ¿con qué mujeres se acuesta Salamanca?, ¿con qué mujeres se acuesta Salmoneo? Tanto los avances literarios, como las mujeres que pudiésemos ligar, siendo ambos del mismo grupo de poetas mexicanos, significaban para el adversario una derrota personal. Cualquier premio que yo ganase, sería un robo a Salamanca, pues seguramente él participaría del mismo, y cualquier mujer con que yo me acostase me habría preferido a mí que a él, porque tanto él como yo cortejábamos a las mismas mujeres de nuestro círculo social. 

      Por mi parte, era un adversario bastante inepto: no participaba en concursos literarios, ni publicaba, ni ganaba becas porque no era de mi interés particular el hacerme camino profesionalmente; no creía que un poeta pudiera ser un profesional, o mejor dicho, que pudiese no serlo, que existiese entre dos poetas la diferencia de la profesionalidad, como la existe entre cualquier otro negocio, verbigracia el tenis, donde un puede ser aficionado o profesional. Para mí, ser poeta era, básicamente, pero un básicamente que no requiere más, escribir poesía y estar comprometido con ello de manera personal, más que social. Si mis poemas sobrevivían a mí o no, me importaba poco, no buscaba la supuesta inmortalidad que nos trae la impresión de libros nuestros, la construcción de estatuas con las caras de nosotros, la aprobación gubernamental para aparecer citados en libros de texto de enseñanza pública primaria y secundaria, el sitio asegurado en el panteón de los poetas consagrados.

      En lo referente a las mujeres, no solía interesarme en ellas como lo hacían Salamanca o Martin Petrozza: casi con atropello se lanzaban sobre una mujer que les gustase, y más aun si sabían del otro que le gustaba, en competencia perpetua por acostarse con el mayor número de mujeres y con las más bonitas, y en robar al prójimo la mujer sobre la que había puesto el ojo. Como solía decir Petrozza: en la guerra del sexo no aplica el refrán: más vale calidad que cantidad, en la guerra del sexo todo vale, cantidad y calidad, y si se puede ambas, mejor, y si no, no importa, lo importante es beber y follar la mayor parte del tiempo. Salamanca, menos cínico, aunque no menos ducho, se las ingeniaba para dar pelea a Petrozza, quien, más que pelear contra Salamanca o cualquier otro, peleaba contra sí mismo, pues mientras Salamanca actuaba bajo la filosofía de no acostarse con alguien que se hubiese acostado con Petrozza, Petrozza no hacía diferencia y se acostaba con cuanta mujer podía, y si había pasado por Salamanca, u otro del grupo, decía: mejor, pa´ que compare. En este sentido, Petrozza no se tomaba en serio la guerra contra alguien, caso análogo, él no guerreaba contra Salamanca en el sexo como yo no guerreaba contra él en la poesía. Era Salamanca un competidor paranóico.

En la literatura, no digamos la poesía, porque Petrozza no es poeta sino prosista, Petrozza no guerreaba contra alguno, no hacía alarde y aunque ávido de fama y de estatuas con su cara, etc., era, en el fondo, afín a mis ideas de lucha interna, lucha contra uno mismo. Creía firmemente, como hacía yo, en la importancia de la soledad en lo tocante a las letras. Cuando Salamanca, o cualquiera, venía a él a presumir algún texto nuevo, él los aplaudía por cortesía, pero no pensaba nada, ni malo ni bueno, y si alguno le pedía a él que leyese algo de su autoría, se negaba porque no consideraba haber escrito algo digno de ser leído ante un público tan selecto. Broma, por supuesto, para mostrar su falsa modestia. No solía contar sus logros literarios, aunque los había, bastantes, a decir verdad, o al menos, más de los que uno podría esperar de un hombre como Petrozza, es decir, de un borracho pendenciero, desobligado y con la cabeza entre las piernas, que no hace otra cosa, de lo que él mismo se jacta, que beber, follar, leer y escribir. Ninguno le habíamos visto jamás escribir. Sin embargo, podías entrar a las librerías de más prestigio y comprar, por cantidades no risibles, alguno de sus libros publicados. Ante ellos, solía preguntarme: ¿cómo lo hizo?, éste borracho cabrón.

Mi interés por las mujeres era casi nulo, con excepción de una, no particular. Quiero decir: mis capacidades amatorias daban tan sólo para amar a una mujer por vez, y debía amarla apasionadamente, al grado de entregárselo todo, y tanto, que mis intenciones no eran nunca meramente sexuales, sino amorosas, motivo por el cual, la mayor parte de mi vida la vivía con el corazón hecho pedazos, o palpitante y sangrante por un amor incierto, con la esperanza de aprobación, con miedo a no ser correspondido, o correspondido ya, temeroso de que el amor de mi musa no fuese tan sólido como el mío, pues mi corazón se entregaba, no incondicionalmente; exigía a cambio ser pagado con la misma intensidad. Siendo así, Salamanca había ganado no sólo el XI PREMIO DE POESÍA JULIO CASTELLANOS, sino también, a Julia, mujer de la que yo me enamoré y por la que lloraba al caer la luna, en mis habitaciones, solo, siempre solo, sin ser amado nunca por el objeto de mis amores. Para Salamanca Arce, Julia no significaba otra cosa que sexo y orgullo. El orgullo de haber arrebatádome las dos ilusiones de mi vida a los veintiséis años: la ilusión de mi primera participación en un concurso literario, y la no primera, aunque no por ello menos dolorosa (todo amor es un amor primero), ilusión de Julia.

Quizá por Julia, y no por la poesía, fue que comencé a interesarme malsanamente en la vida del poeta Salamanca Arce, rival forzado de mi vida, amenaza natural, tornado que se avecina sin fines destructivos, aunque su naturaleza sea para el hombre la de destruir. Por medio de fallos, gacetas y blogs, me enteraba de sus avances en las letras: publicaciones en revistas, entrevistas al ganador, menciones honoríficas, la presentación de la publicación de un poemario suyo, intitulado A Julia, etc. Por medio de ciertas amistades, entre ellas la amistad de Petrozza, claro está, me enteraba que Julia le amaba, o que ya no le amaba, o que le habían visto con otro, o que había recapacitado y su relación con Salamanca era más sólida ahora que le había sido infiel dos veces, etc. Yo ya no hablaba con Julia a la cara porque, aunque mi amor por ella seguía fresco, o quizá, precisamente por ello, la odiaba. Odiar a Julia consistía, primordialmente, en no mirarla de frente, pero hablar de ella, llorar por ella en cada bar, mantenerme al tanto de sus pasos. Sobre todo, de los pasos de Salamanca, que, ya es tiempo de confesarlo, me interesaban porque estaba seguro que un día, no muy lejano, Salamanca caería en tentación, cometería la infidelidad, infidelidad de la que yo me había propuesto tener pruebas, y Julia le abandonaría.  

Salamanca debía estar al tanto de los rumores de mi venganza, cosa falsa, como ya dije: no me interesaba competir con él en poesía, no en mujeres; lo único que deseaba era recuperar a la Julia que nunca tuve, pero amé siempre, desde antes siquiera que Salamanca posase la mirada en ella por primera vez. Los rumores, rumores siendo, debían advertir al poeta de falsas alarmas: Salmoneo piensa participar en el V CERTAMEN DE POESÍA JUVENIL, o: Salmoneo está por publicar un libro en la misma editorial que tú, o: Salmoneo se verá con Julia la semana entrante en casa de Petrozza, a donde la ha invitado el escritor so pretexto de una fiesta de amigos (Julia y Petrozza eran grandes amigos; fueron amantes en 2013). Salamanca temía por que conocía la oscuridad de su alma. Sus ansias de ganar, de competir y ganar, le envilecían al grado de no descansar en paz tras haber ganado, tras haber conquistado victorias a costa de otro, de arrebatar, de apuntar sus miras a las miras del otro, en vez de tener miras propias, sinceras. A Salamanca no le importaba ganar el XI PREMIO DE POESÍA JULIO CASTELLANOS, sino ganarme a mí y a dos poetas más del mismo círculo que participamos. Si Arcila o Loera hubiesen ganado, en vez de Salamanca, o yo mismo hubiese ganado, la contentura de los otros no se hubiese menguado; la alegría sería compartida, palmearíamos la espalda del ganador y brindaríamos con él, y él palmearía nuestras espaldas y brindaría con nosotros, en vez de jactarse y alejarse, colocándose, según su perspectiva, en superioridad respecto a los perdedores. Salamanca no amaba a Julia. Amaba, antes que a ella, al orgullo de poseer a la mujer de la que todos saben que Salmoneo está enamorado pero no le corresponde, y asentar así, de una buena vez, su masculinidad de poeta viril, ganador del XI PREMIO DE POESÍA JULIO CASTELLANOS y novio de Julia, la inalcanzable.

El último enuncia alude a una parte de Julia que no he mencionado, pero la descubre ya: Julia era una mujer inalcanzable. No era yo el único detrás de su amor o de su sexo (la mayoría detrás de su sexo, aunque no niego la posibilidad de que otro, como yo, le amase sinceramente). Era bella, decirlo sobra: uno no se enamora de una mujer fea, jamás, aunque la belleza pueda manifestarte tanto en lo físico como en lo intelectual; Julia era bella física e intelectualmente; era poetiza y ella misma había participado en el XI PREMIO DE POESÍA JULIO CASTELLANOS, sin enojarse al perder, y, siendo mujer, en vez de ello, entregándose al ganador, que es lo mejor que puede hacer una mujer en competencia contra un hombre.

A julia se le conocían dos hombres en su pasado: uno, Esteban Villalpando, poeta del estado de Michoacán, que fue novio suyo de los veintidós a los veinticinco años de Julia (ahora tenía veintisiete), y a Martin Petrozza, con quien sostuvo amoríos no comprometidos, y por los cuales lloraba, de los meses de febrero a octubre de 2013. Tras su última relación, es decir, su relación sentimental unilateralmente, y sexual bilateralmente, Julia prometió no volver a amar a alguno que fuese escritor. De por sí, mujer no promiscua, la promesa que Petrozza le propició nos dejó a todos fuera de su alcance. A pesar de ello, yo, y seguramente algunos otros, no dejé de insistir en conquistarla, sin éxito, sin el mínimo éxito, pues Julia me consideraba tímido y seco, o tímido y tonto. Julia no era una mujer seductora, ni una mujer con iniciativa, y, pensaba yo, por ello cayó en garras de Petrozza, pues es pasiva; una mujer a la espera del cazador, que debe cumplir con las características de un cazador para que ella se deje cazar. De Villalpando no puedo hablar porque no le conocí personalmente, pero se dice que era un hombre beligerante, un cerdo engreído y presto a discutir, competir y vencer.

El anunciamiento de sus relaciones con Salamanca nos dejó estupefactos, aunque podía esperarse de una mujer como la antes descrita, darse a Salamanca, que era, de cierto modo, la combinación de un Petrozza cínico y aventado, y un Villalpando competitivo y ganador, que además de ello, era bueno prometiendo amor, según contaban sus ex mujeres (aunque no cumpliéndolo). La belleza de una mujer no es directamente proporcional con su capacidad de elegir al hombre correcto. La belleza no es un escudo a los traumas de la infancia. Una mujer bonita pude carecer de estima tanto o más que una mujer fea, y terminar ligada a un hijo de puta, del que se dirá: ¿cómo haces para salir con mujeres bellas, siendo tú tan feo? La respuesta es sencilla: oliendo la estima de las mujeres, y seleccionado, de entre las más bellas, la de menor estima.

Cuando me enteré que Julia se hacía novia de Salamanca, la injurié. Luego, pasado el mal rato, volví a amarla incondicionalmente y se lo dije, se lo escribí en misiva que le hice llegar por medio de Martin Petrozza, quien se ofreció a ello, y dijo que además de entregar el mensaje, haría uso de sus facultades para hacer creer a Julia que yo valía algo, y, quizá, volcar su atención, si no toda, lo suficiente, hacia mí, para que me tomase en consideración a la hora de desear el sexo o el amor. Hice prometer a Petrozza que no diría una sola palabra a Julia respecto a mí, debía limitarse a entregar la carta. Le conocía y estaba seguro que más que ayudar, acabaría creando en Julia la impresión de mi que no quería dar: la de ser uno igual a Petrozza y a todos.
     
Julia no respondió algo a mi carta, excepto las siguientes palabras, que me hirieron, dichas a Petrozza cuando le hizo entrega, y que Petrozza repitió para mí en son de burla: ¿quién es Salmoneo? Petrozza, al ver mi depresión, ya en serio, me consoló asegurando que acto seguido, dijo: ¡Ah, sí, sí, cómo olvidarlo! Sin embargo, no le creí. ¿Cómo olvidar algo que has olvidado?

Mi consuela radicaba en mantenerme al tanto de la vida de Salamanca, de sus logros literarios, no para envidiar, sino deseándole fortuna, y de su vida amorosa, para velar a la distancia por mi amada Julia, hacerme a la idea que mi musa estaba en buenas manos, en manos de un poeta exitoso, algo mejor que yo, para renunciar sin llanto y sin dolor a la mujer que amaba, aunque Salamanca, en cambio, me espiara la vida por temor a perder ante mí la gloria de lo arrebatado, como si yo fuese adversario digno de ganar un premio o el corazón de una mujer.




viernes, 26 de septiembre de 2014

Borderline.


Texto por: Salvador Hernández



Fragmento de libro Bordeline.




 TRISTEZA

Hay veces:
Que la tristeza acecha,
Detrás de cada sombra
En cada página, de cada
Libro,
En las hojas, en el viento,
En el mar, en una ola.

Y entre un sueño sin forma
Se arrastra un temor,
Inevitablemente cruel
Mientras yo presiento
Que alguien me sueña.
Como un pájaro ciego………


ESPERÁNDOTE

Esta ciudad que sangra
Mientras mi habitación
Esta quieta en penumbras.

Sabiendo que no vendrás
Yo espero como un loco
Volcado en una hoja
Con palabras en
                          Sombras.
Y aun que sé que a tu
                          Regreso
Esta mi propia muerte,
Espero al día que no
                           Llega
Y a la noche que no termina
                           De irse
Envuelto en esta obscuridad
                           Constante.


 PALABRAS MALDITAS

Recuerdo aquella tarde maldita
Cuando dijiste:
Nunca te olvidare, siempre te amaré
Hay ciertas palabras que nunca deberíamos pronunciar
El mismo sol azota la arena, en esta playa
En esta otra tarde melancólica
Pero mi recuerdo ya no vive en tu memoria
Yo el que no creía en ciertas palabras
Como un cangrejo escribo una vez más
Tu nombre sobre la arena……….

  
EVADIÉNDOSE

Imágenes sonrientes, la calle mojada
Todo gira, se revuelca la memoria
De repente me atrapa
La hiel de la vida
Esas tinieblas del alma
Es tan delgada la hebra
Que me sostiene que pulsa
Sería tan fácil cortarla
Tan solo mirar como sangra
La ventana color escarlata
Mi mente está cansada
Quisiera tanto escaparse
De esta realidad que me atrapa…


OBSESIÓN

Estoy condenado
A buscar tus ojos
Tus manos blancas
Tus labios rojos
Tu hermoso rostro

A través de la neblina
Que dejan los años
De la prisión oscura
Que me dejo tu amor
Y tan solo dime
¿Quién llenara el vacío?
El hueco tibio
¿Qué me dejo tu amor?



Texto por: Salvador Hernández

domingo, 21 de septiembre de 2014

Nat.


En cierta ocasión, Nat me dijo que le encantaba hacer sexo oral a hombres, en particular a uno, y le gustaba imaginar que se lo hacía todo el tiempo, mientras él se duchaba, o mientras él hacía los deberes o cenaba pan con leche o dormía. Esto me excitó. Me asombró la idea de un sexo en lo cotidiano, sin la pasión de un sexo preconcebido, esperado o deseado, pero tan o más erótico por su naturalidad, como el cuadro de una escena sensual, frío en su materia, pero seductor y cálido en su mensaje.

En adelante, no puede dejar de pensar en Nat. Nat era amiga mía pero entre ella y yo jamás había pasado algo, a pesar que siempre me contaba sus experiencias con hombres y yo le contaba las mías con mujeres. Es decir, a pesar que ambos sabíamos del otro que disfrutaba del sexo y no se comprometía. Me masturbaba pensando en Nat, imaginando que era yo aquel hombre al que ella disfrutara hacer sexo oral mientras leía poemas de Rilke, recostado sobre un viejo sofá. A aquel hombre le consideraba yo muy afortunado. Sin embargo, la boca de Nat no había estado en él porque no la correspondía. Pensar en ello me proporcionaba el placer de los cobardes, me decía: espero que jamás la corresponda.

      No confesé a Nat mi intimidad. Hacerlo supondría una galantería, por decirlo de algún modo. Nat y yo atravesábamos aquella etapa en las relaciones entre un hombre y una mujer en que ya es demasiado tarde para insinuarse. Sabíamos, porque nuestras conversaciones eran largas y locuaces, porque reíamos juntos y porque nos tocábamos las manos y los hombros al conversar, que nos atraíamos a pesar de no haberlo dicho en un principio, cuando era tiempo de hacerlo. También sabíamos, de un modo casi oscuro, que haberlo hecho nos hubiese privado de estos momentos, más largos y duraderos, del placer de conversar; cosa que, quizá, era nuestro consuelo a un sexo que se cebó hace casi un año gracias a nuestra inconfesada vergüenza, a nuestra cobardía, una cobardía a sentir, a enamorarse, que nos privó de un amor pleno, más que brindarnos conversación buena, pero insatisfactoria. Cada velada había al finalizar un velo opaco que no permitía a nuestras sonrisas ser sinceras. Al momento de las despedidas nos despedíamos con besos en las mejillas, cerca de los labios, con roces de las narices o con las bocas pegadas a los cachetes por más segundos de los adecuados a una mera amistad o a una mera despedida. Como si del corazón de ambos saliesen suspiros acallados. O de nuestros genitales, ansias. ¿Por qué reprimíamos esos suspiros y esas ansias?

Además de ello no solía pensar en Nat más de lo necesario, y me decía, cuando había terminado de masturbarme pensando en ella, que no significaba algo para mí: sencillamente, el deseo carnal que podría sentir por cualquier otra de la que supiese su facilidad para el sexo sin haberlo probado debido a un error mío: el de no proponerlo en el momento preciso en que su sexo lo estaba esperando. Me acostaba con otras chicas, de las que no me quedaba, las más de las veces, ni el recuerdo de un sexo grato, y en contadas ocasiones, olvidaba aquel recuerdo grato al llegar a mí la siguiente chica. La verdad, sin embargo, era una: Nat era la constante, el puente entre una y otra. Era lo único que no podía olvidar, sin haberla tocado nunca. Mis fantasías con Nat eran por mucho más satisfactorias que mis actos.

Llegué a pensar en Nat mientras alguna otra me hacía sexo oral. No era un sexo como el de Nat, por supuesto, ya que lo hacía tras una borrachera o con alguna con quien lo había hecho antes y nos citábamos sólo para ello; no con la naturalidad de quien toma el desayuno y es atendido por Nat por debajo de la mesa, a gatas, sin decir una palabra, casi sin gemir ni demostrar algo, excepto, quizá, al momento de correrse en su cara o en su boca. Sabía de Nat, además, que gozaba de beber licor de semen; lo contaba con tanta pasión que no podía menos que excitarme cuando lo hacía y sentir desesperación por introducir mi pene en su boca y hacerla tragar. Pero Nat era mi amiga y como ya dije, contenía las ganas por no echar a perder los momentos en que Nat me lo contaba como a su mejor amigo, su confidente, el único que conocía la vida sexual, de pies a cabeza, de Nat. El precio de aquel secreto era alto. Llegué a considerar más a afortunado a uno que gozara de sus placeres un sólo día, que a mí que los escuchaba todos en conversaciones.

Pedir a alguien que hiciese lo que Nat deseaba hacer a otro, me parecía imposible. Pronunciarlo, sugerirlo si quiera, era arrebatar al acto la magia de la espontaneidad, de la naturalidad que me agradaba de la escena que Nat dibujó en mi mente e hice mía. Sólo ella podía cumplir mi fantasía, que era suya pero le robé, y sólo él, alguien que no soy yo, podía realizar la de ella. Proponer a Nat que fuese yo quien se dejase hacer mientras escribía una carta a su madre, era, lo mismo, imposible e impensable.  Mi único consuelo era la masturbación. Vivía con la esperanza de encontrar una mujer que pensase como Nat, sin que yo lo propusiese, y que un buen día, estando yo sentado sobre un sofá, leyendo novelitas de Spota, llegara a mí a cuatro patas, en silencio, me sacara la cosa y se la comiera despacio. Que estando yo plenamente dormido, despertase con su boca en mi sexo. Que al desayuno me bajase los calzones mientras mi boca probaba huevos con jamón. Que lo hiciese mientras miraba un filme de Fellini. Que lo hiciese mientras defecaba en el excusado de mi casa. Debajo de la mesa de un restaurante.

2

En otra ocasión, pasados cinco o seis meses de que Nat dijera aquello sobre el sexo oral, me contó que la noche anterior había sido violada. De momento no la creí porque no lucía como una chica a la que alguien hubiese violado. Supuse que, de haber pasado, debió ser con algún amigo o conocido y se lo pregunté. En efecto, fue un conocido. La invitó a mirar filmes de Buñuel en una cabaña suya, a las afueras de la ciudad. Estando allí, y para no hacer el rollo largo, se le fue encima a pesar que Nat se negó. Nat dijo: "Pedí cuatro veces que no lo hiciera". Luego, agregó las siguientes palabras: “Se lo dije con voz de dolor. De corazón roto”. Esto me conmovió. Me hice una idea de la cosa: un chico, a sabiendas de la proclividad de Nat al sexo, le invita a una cabaña a las afueras de la ciudad. Las intenciones van implícitas. Nat debió suponerlo. El chico debió suponer que ella lo suponía. Aceptar ir era aceptar el sexo. Una vez en la cabaña, la negación era absurda. Uno no lleva a una chica hasta una cabaña alejada de la ciudad a ver filmes de Buñuel. ¿En qué mundo vives, Nat?, pensé. Esto me mostró cierta ingenuidad en su persona, de la que yo no tenía conocimiento hasta ahora. Podía ser experimentada para hacer sexo oral a hombres, pero ingenua a la hora de intuir las intenciones de un chico. Todos los chicos tienen las mismas intenciones, le dije, no lo dudes nunca, ni del chico más bueno de la ciudad, ni del más tonto. “Lo único que deseaba era que se corriese pronto”, dijo. “Me dejé hacer”, dijo.

      Ahora bien, la última frase despertó en mí tanto deseo como la fantasía del sexo oral. Llegado a casa miré fotografías de Nat y me masturbé pensando que era yo quien la violaba. Imaginé sus gemidos, sus arrebatos de oposición. Me imaginé sujetando sus muñecas contra el suelo de madera de una vieja cabaña a las afueras de la ciudad. Imaginé la resistencia natural de su vagina a ser penetrada, seca, pero de a poco, húmeda. “Me dejé hacer”, había dicho. Esto suponía la lubricación, una lubricación forzada, casi salida de la imaginación de Nat. Pensé seriamente en violar a Nat. No podría reclamarme nada. Le diría: ¡tú también querías, no lo niegues!

      Dos días después Nat me confesó que ya no podía hacerlo. No podía acostarse con nadie. La violación había afectado su cerebro. Lo supo porque se fue con un chico que le gustaba hace tiempo. Se acostaron en casa de él. Se desnudaron y estuvieron a punto, pero al momento, Nat se negó. “No pude, Dios”, dijo. Vamos, le dije, no permitas que te afecte. Nat sonrió. Mis palabras eran vanas. No era tan fácil. Comencé a pensar en la violación de Nat con la seriedad debida. Hasta entonces se me antojaba una trampa de su mente para no confesarse que ella había ido a esa cabaña con las mismas intenciones que su victimario, pero se había arrepentido por algún detalle de él que no le gustase y se había hecho pasar por la ingenua víctima de un hombre agresivo y peligroso, cuando se trataba tan sólo de un chico de la edad de Nat con el que ella misma se había emborrachado en fiestas y le había coqueteado. ¡Ahora resulta que la violaron, pensé, qué puta! Fui injusto con Nat.

3

Ahora que conocía la verdadera seriedad, es decir, el verdadero desenlace de su sufrimiento: su incapacidad al sexo, Nat dejó de interesarme. Cuando pensaba en ella, pensaba en sus palabras: “No pude, Dios”. Me imaginaba con ella en cama, desnudos, a punto de hacerlo y a ella parando la cosa porque “ya no puedo hacerlo”. Nos imaginaba llorando en cama.

      Intenté masturbarme con sus fotografías, pensar en su sexo oral, en violarla sobre el suelo, en penetrarla contra su voluntad, escuchar sus gemidos y sollozos, su “voz de dolor. De corazón roto”. Que pensase: “Que se corra pronto”, y no correrme pronto, demorarme lo más posible para alargar el infierno, embestirla, joderla por haberse negado a acostarse conmigo durante todo el año y en vez de ello contarme sus relaciones con otros, como si yo no sintiese algo, como si yo no la deseara o fuese menos hombre que ellos, no suficientemente bueno para que me lo hiciese al dormir, para irse conmigo a las afueras de la ciudad, etc. Los intentos fracasaron. Desde que lo dijo, antes de correrme, escuchaba en mi mente sus palabras: “Ya no puedo hacerlo”. La excitación se me salía del cuerpo como el alma a los muertos y no podía más. La flacidez me venía de inmediato. No se levantaba por más que insistiera; si esperaba unos minutos y recomenzaba con Nat, llegaba al mismo punto cada que estaba a nada de venirme.  

      Aquel chico había acabado con Nat y de paso conmigo. “Ya no puedo hacerlo”, me dije. No hay más Nat para mí. En adelante me despreocupé de ella. Dejé de interesarme por nuestras conversaciones. Las aplazaba cada que podía. Me esmeraba en ocuparme las noches de martes y jueves, cuando solía mirar a Nat, y me enorgullecía si tenía un pretexto para cancelar nuestro encuentro. Le decía: lo siento, Nat, no podré verte esta noche, voy con una chica. Nat se lamentaba. Decía, “ay qué suerte la tuya, yo ya no puedo hacerlo”. Y sentía cierta satisfacción, la satisfacción del cobarde, al pensar: ojalá nunca más puedas volver a hacerlo.





     


viernes, 19 de septiembre de 2014

La muerte del Pico Mocho.

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

-¿Cuál gallo?-
-El Pico Mocho.-
-Y que lo operaron y todo. El señor Daniel me dijo: Man, hasta le puse suero y no aguantó, aquí cargo la placa. Lo cargo en el carro.- Él aún sostenía el celular y miró a su padre como si un rayo lo hubiese atravesado desde la raíz de todas sus sienes hasta el infinito de su pensamiento, y mucho más.
-¡Lo matamos toditos!- Sentenció el padre.
-Lo llevo ahorita en el carro, me dijo.- Y sus ojos,  aunque secos,  no dejaban de lamentarse.
-Lo matamos toditos porque casi todos los días hablamos de ese gallo. Jesús Román, la última vez que lo vio que estuvo en Puerto La Cruz, me dijo: Papá, no he visto gallo más arrecho que ese.- Realizó una pausa, aspiró la penúltima bocanada de un cigarrillo y agregó:
-De los gallos que tenemos como padrote…-
-Había un gallero bueno por estos lares, y me disculpa que lo interrumpa, él me decía que de los gallos padrote, me refiero a gallos buenos de verdad, no se tiene que hablar.- Seguidamente echó un escupitajo y, por un instante, miró al viejo con un gesto aleccionador y comprensivo hasta que volvió su mirada al suelo y, con la punta  de sus botas, estrujó la saliva y la deshizo en la tierra. Sólo entonces con harto orgullo complementó:
-…Mientras estén vivos.-
-…Y es verdad.- Afirmó el padre. Le correspondió con los ojos saltones, titilantes de angustia, e inhaló el cigarrillo con una ansiedad que, ausente minutos antes, ennegrecía su habitual amabilidad.
-Él me dijo que era así. A ese viejo, que Dios lo tenga en su gloria, le pasó con un Marañón y un Canagüey. Y cuando le pasó la segunda, con el Canagüey, me lo dijo llorando.- Seguía con el ojo puesto en donde, segundos antes, yacía el escupitajo y, como hurgando en su mente la respuesta correcta a todo lo que había escuchado, calló.
-Es que a mí me ha pasado ya, pero con gallinas. Nunca con un padrote…-Repuso el viejo.
-Yo nunca le veo una placa a un gallo. Es que estaba alegre porque descubrimos que éste es hermanito hermanito del Pico Mocho.- Señaló con la mirada al hermano del gallo.- Entonces llamé al señor Daniel para decirle que hay otro y… - Realizó una pausa, miró el suelo y afirmó -es que lo maté, lo maté yo porque fui el último que lo había visto;¡lo maté!- Estaba sentado sobre un costal de maíz, sostenía el celular con su mano derecha, la otra descansaba sobre su rodilla y giró su vista hacía su padre en la búsqueda de sus facciones apaciguadoras, y las encontró ausentes.
-…La vista es muy arrecha.- Remató el gallero.
-Usted lo ha dicho.- Respondió el padre. -Ese gallo, ese gallo era jodido. Los hijos de ese gallo donde han puesto el culo han levantado unos peleones.-Y como si el pensamiento y su lamento se escapasen por su lengua el muchacho añadió:
-…Ya El Tigre no pisa.-
-Está ciego. Está pisando, pero...- Confesó el padre con cierto ademán aclarativo. Después sacó otro cigarrillo de su cajetilla y adicionó:
-Pisa, pero ya no le puedo meter seis gallinas. La vaina es que él la vea…- Mientras más hablaba su voz se volvía trémula y piadosa como si entre él animal y él hubiese una verdad, una confesión; algo propio de una amistad sincera. Y su narración estuvo acompañada de una pantomima del gallo entre sus manos, acomodándolo, como un bebé de cuna,  sobre una gallina imaginaria y dispuesta.
-…Y hubo una gallina que él pisó, pero no sacó.-Expresó el joven y después añadió:
 -Ayer pisó bien, pero con lo de esa gallina…eso me tiene preocupado.-
-¡Yo sé qué gallina era esa! Esa gallina era la que acomodamos en la última jaula, entrando a mano derecha; La Negra Pata Verde. Esa mierda ponía un huevo aquí, después uno allá y otro pa’ acá…, ponía huevos donde le daba la gana.-
-Riega los huevo.- Aseveró el gallero.
-Regaba.- Corrigió el joven con un tono de voz que dejaba colgado cierto hálito de frustración.
- Tú no viste que yo me quedé callado.- Inhaló el cigarrillo- ¿Tú me has visto preocupado? – Miró a su muchacho, aunque muy tiernamente, como desafiándolo a que dijese que El Tigre no podía ni pisar a una gallina más- Desordenada y no le había hecho nido. La gallina ponía un huevo aquí…Después, antes de que tú vinieras de vacaciones, Fanio le acomodó los huevos en un nido que le hicimos…-
-Tú vas a ver… te vas a acordar de mí, por allí viene otro hijo del Tigre- Aseveró el padre, aunque el joven lo veía con desconfianza.
-Yo vi un huevo aquí, otro allá… y los puse toditos en el nido, pero no me consta que sean de esa gallina porque está La Marrana Flaca que también es así de desordenada-
- ¿Y a esa gallina quién la pisó?-
-El sobrino de Siete segundos.- Respondió el gallero.
- Si es que no son del Tigre, los pollos no van a salir tan malos. Ese sobrino de Siete Segundos era un gallo bueno, regular mejor dicho,  y la Marrana Flaca es hija del Pinto Trinitario, media hermana de la Negra Pata Verde. No van a salir unos gallos de primera, pero puede que salga alguito bueno. Pero, óyeme Fanio, tengo una sospecha. Ojalá esté en lo cierto.Creo, estoy casi seguro de que por lo menos hay un hijo del Tigre y la gallina Pata Verde por ahí. Sospecho de uno, todavía es un pollito, pero le tengo el ojo puesto.- El viejo cierra un ojo, arruga el rostro y lo señala con el dedo índice de su mano izquierda mientras inhala el cigarrillo. Si fuese un juez su mirada estaría condenando al animal, pero no lo era así que lo bendecía a su manera; en el pollito estaban depositándose las esperanzas de cuatro generaciones de hombres y el animalito, sin saber lo que tenía encima, sólo picoteaba y rasgaba la tierra de vez en cuando.- Es que lo veo y hasta se parece al Pico Mocho; ¡Míralo! ¡Míralo Fanio! las patas verdes y los muslos gruesos, igualito al Pico Mocho,y el tamaño, para lo que lleva de nacido está bien.- Ya la mirada de los tres estaban posadas sobre el animal, y esté escarbaba y pinchaba la tierra.- Ese tiene que ser una fiera.- Había esperanza en su mirada, más que eso; una fe, y además de fe, ciega. Era un gesto loco, como de desespero, y al gallero no se le escapó; había visto eso antes en infinidades de partidas, en hombres que colocan la casa, la mujer, los hijos y el culo bajo las patas de un animalito que, al fin y al cabo, sólo sabe que por cuestiones de la vida tuvo la suerte de no terminar en una beneficiadora avícola, en cambio obtuvo la oportunidad de morir luchando.
- Podría ser, aunque él es como Zambo. Pero todavía no ha plumado bien.- Giró su rostro al viejo y dijo:
-Chucho, detrás de una mala viene una buena; tenemos al hermano y el pollito que tú dices que es hijo del viejo Tigre y la Pata Verde.- El gallero observó de reojo al viejo, y éste, con un ligero movimiento, le entregó un cigarrillo y un encendedor.  
-A ese pollo, al que es como Zambo, en Septiembre lo topamos y si se le ve sangre lo llevamos para una partida buena. Si gana lo agarro pa´ padrote.-Extendió  el brazo para entregar el yesquero, miró su acabado y dijo:
-Este yesquero me lo regaló la Nena…-
-Pero qué vaina con lo de Pico Mocho. Y es que se veía sano y fuerte... todo un cuarto bate- Murmuró el joven como tratándose de explicar lo sucedido y sin prestar atención a lo que dijo su padre acerca de su encendedor.
-Por eso uno no tiene que enamorarse mucho de las cosas…- Le respondió el gallero con un mueca que quizás intentó tener un matiz apaciguador, sin embargo, intimidó al joven. Después preguntó:
-¿Chucho y qué es lo que dice la talla en el yesquero?-
-“No fumes…”. Eso es lo que dice…, es que la Nena tenía unas vainas.- Por unos instantes se quedó como dubitativo, miró a su hijo y volvió con lo de los gallos:
-En los últimos años hemos tenido gallos bonitos de esa línea, y toditos se nos han muerto. Les da una vaina, como si les faltara el aire o un ataque.- suspiró, se acongojó…, pero continuó:
-Y han echado unos peleones, ninguno ha perdido. Hasta El Personalidad que era medio topocho y choto, se echó un peleón con el Marañón aquél ¿Te Acuerdas Man?- El viejo aspiró su cigarrillo y miró a su hijo como esperando que el muchacho dijera algo.
-Ese era un Gallo, pero un ¡Gallo! Le llevaba veinticinco gramos al Personalidad.-Aseveró el joven en tanto se escuchaba el silbido del aire que los cobijó con frescura mientras el viejo,bajo la sombra de una mata de Pumalaca, recordaba.
- Lo que pasó ese día se cuenta y no se cree…La pelea estuvo buena, buena y arrecha.El Marañón era un gallo bravo, de los gallos bravos de verdad, pero El Personalidad entrandito lo dejó ciego y cojo, y con todo y eso el coño’e madre iba pa’lante. Lo puso a  Tres Bolívares, ¡imagínate tú...!Fanio, es que si hubieses estado allí te da un infarto.- Realizó una pausa y, con la mirada, buscó donde sentarse. Encontró un tambor, lo volteó y, con un movimiento muy comedido, se sentó.- Cuando veníamos para acá, justamente hablábamos de eso; nos acordábamos del peleón del Personalidad y le decía a Jesús Román que con El Tigre, El Pico Mocho y el hermano menor había gallos para aguantar la vaina por un tiempo. Eso sin contar con los hijos del Tigre que deben andar regados por ahí, no estoy contando el pollito que es medio Zambo porque puede que sí, pero también puede que no sea.-Seguidamente colocó su mano sobre la frente, aún sin soltar el cigarrillo, y agregó:
-… Y ahora se nos muere El Pico Mocho.- Colocó una mano sobre su rodilla derecha, la sobó y dejó escapar otro suspiro.-
- ¿Y qué pasó con El Personalidad?- Preguntó el gallero.
- Un día estaba fino, medio tristón pero sano. Por la tarde yo lo veo y le digo a papá: Viejo Chucho, ese gallo tiene algo. Lo revisamos. Estaba bien, pero medio apagadito. El viejo Chucho me dijo que esas eran marisqueras del gallo, pero había que tenerlo vigilado. Entonces lo dejamos en la jaula y nos fuimos. En la mañana, cuando regresamos, lo primero que hicimos fue ir a ver al gallo…-
- …Y allí lo encontramos, en la jaula echado. Parecía un niñito dormido; acurrucado como si tuviera frío y muerto.- Interrumpió el viejo.
-¡Muerto, muerto’e bola!- Exclamó el joven.
- Lo arrecho de ese gallo es que no tenía nada, ni embuchado ni paro ni nada; estaba completamente sano. Y viejo no estaba, casi era un pollo. La última pelea que se echó fue con un Zambo puerto riqueño hace como tres meses antes de morirse.Ese Zambo venía de matar a otro. El Personalidad como era pequeño lo voltearon con ese gallo que era más grande. En la pelea El Personalidad no se vio bien, pero ganó. Aunque yo pensé que le iba a dar un paseo al Zambo como al de la otra pelea, y no.Le aguantó varios hachazos que me asustaron, pero ganó. Cuando traemos al gallo le dije a Jesús Román: El Personalidad no me pelea más, vamos a sacarle cría y después vemos como lo acomodamos por allí.
- Y eso que lo abrimos y todo. Hasta el sol de hoy no sabemos de qué murió- Repitió el joven.
- El gallito era bueno, lo único que le faltaba era tamaño. En la última pelease echó 3:33 minutos, nos ganamos el tercer premio. El Personalidad, ¡Qué gallo más picaron en la vida! Y caminaba con aquella elegancia. Se veía hasta cómico con lo chiquito que era y la altanería cuando andaba por ahí como si fuera de la realeza.- El viejo posó nuevamente su mano sobre su rodilla y dijo:
- Este dolorcito que me da en la rodilla es lo que llaman el mal aristocrático.-
- ¿Y cómo es eso Chucho?-
-La Gota mi amigo, la Gota...-
-Coño, allí sí está jodía la vaina. Y yo que te iba a invitar a un asado. El viejo carcajeó, disimuló lo mejor que pudo el dolor y dijo:
-…Cuando tú veías al Personalidad andando por el corral lo que daba eran ganas de cagarse de la risa- Concluyó el viejo en tanto que imitaba, aun sentado y con el dolor en su rodilla, el andar del ave. Sus ojos, como rememorando lo vivido, exhalaban un aire juvenil, sin embargo, inmediatamente su faz tomó un matiz obscuro y agregó:
- Es que no sé si fue una culebra, un golpe, un parásito o no sé qué si la luna o una vaina rara, pero El Personalidad se nos murió. Y todas las crías que le sacamos se murieron sin echar una partida.-
- Varios gallos se nos han muerto así. Y ahora El Pico Mocho. - Sostuvo el joven.
-Después de una mala viene una buena.-Insistió el gallero.
-No, después de una mala viene una buena y después una peor.- Corrigió el Padre.
-Así es. ¿Y qué se le va a hacer?- Se resignó el gallero.
-Es que lo matamos entre todos. Es que un gallo de esos cuesta criarlo. Chico, hasta uno le agarra cariño a los animalitos. Mira, es que si se me muere peleando, coño no te lo voy a negar, da tristeza, pero se muere en lo suyo; como un varoncito, pero que se me muera así, coño, eso si da vaina.-
-Y justamente yo llamé al señor Daniel para hacerle el comentario de que hay, por lo menos, un hijo del Tigre.-
-Pero al Pico Mocho lo matamos entre todos, entre todos. Jesús Román me decía a cada rato que no había visto gallo más arrecho.-
-…Y a mí no se me había ocurrido revisar la placa de un gallo, y casualmente hoy se me antojó.- Confesó el joven.
-La casualidad es que son hermanitos, de padre y madre. – Dijo el gallero.
-El Señor Daniel me dijo que le metió suero, lo operó y le dio bicarbonato con aceite de Oliva.- Añadió el joven.
-Es que eso es lo que se le hace cuando un gallo se embucha. Ese gallo debía tener otra vaina más…- Aseveró, indefectiblemente, el gallero.
-Él me contó que el gallo estaba embuchado, decidió abrirlo. Lo limpió y lo cerró. El gallo aguantó su operación y al otro día se murió.-
-A mí me pasó igualito con un gallo Jiro que tenía. A mí me pasó,y el gallo bota y bota agua…lo limpié y le abrí el pico, vi que había como una vaina amarilla. Cuando le eché el bicarbonato y el aceite, botó la vaina amarilla esa que era como un pus que tenía acumulado en el buche.-Sus ojos ya no estaban en el presente, sino en algún sitio distante y triste, y su voz se escuchaba como un susurro en una noche sin luna. Seguidamente se recostó sobre el muro que franqueaba la gallera, su codo izquierdo se posó sobre el borde y con su mano derecha metió el cigarrillo en la boca y continuó:
- …El gallo botó su vaina y parecía que se recuperaba…A los tres días se me murió.- Se lamentó el gallero.
- Es que es así, cuando menos te lo esperas te viene el coñazo…y duro.- Complementó el joven, luego agregó:
-Pero es que la vida es una vaina jodía; venir hoy, decir que vamos a revisar ese gallo y llamo al señor Daniel para contarle de que hay un hermanito hermanito, de padre y madre, del Pico Mocho y él me dice que se murió.- Permanece en silencio un rato, observó al gallero y adicionó:
-A lo mejor se cuenta, uno cuenta esa vaina y la gente dice; Coño, man, si eres hablador de paja.- Dijo el joven.
-Chucho, es que son animales tan nobles, pero tan nobles, que hasta muriéndose te dejan algo; es como quién dice me fui, pero quedó otro allí también.- Respondió el gallero. Luego añadió:
- Por ahí tengo otro hijo del Tigre Es hermanito del Picho Mocho, pero de otra flaca y nada que ver. Los buenos ¡buenos!, son los hijos del Tigre y la Pata Verde o La Marrana Flaca.-
- Es que la madre es importante. Si tú, Fanio, crías a un gallo sin la madre o con una madre mala, el gallo te sale mariscón. ¡Júralo, es así y vuélvelo a jurar!  Es arrecho, pero quien pone el carácter es la madre.-
- Y es verdad Chucho, nada más verdadero que la misma verdad. Te doy toda la razón; muchacho sin madre es muchacho descarriado.-
- Y para colmo se nos muere, también, La Pata Verde.- Se lamentó el chico.
-Lo de la Pata Verde se puede arreglar, le ponemos los huevos a la Marrana Flaca y que haga de madre sustituta. Esa gallina ya estaba vieja ¿Cuantos años es que tenía?- Preguntó el viejo.
- Ya estaba pasada.-Respondió el gallero.
- Ve lo que vamos a hacer…- Miró a su hijo, posó su mano sobre su hombro y le dijo pausadamente:
- Man, llama a Daniel. Dile que aquí tenemos a otro hijo del Tigre con la Pata Verde, pero no le vayas a decir que se murió la gallina; eso lo va a poner peor. Dile que tenemos otro hijo del Tigre y que es igualito al Pico Mocho. Dile así porque, coño, yo sé cómo es él; ese va a andar mal y por pena no se va a querer aparecer el viernes por la casa. Le dices como para que se sienta un poco más aliviado, porque él sabe lo que significa… lo que significan esos gallos para nosotros. Para que no se mortifique tanto ni ande ofreciendo dinero. Yo sé que hizo lo que pudo, pero es que esa línea de gallos es arrecha; salen gallos buenos, buenos de verdad, pero se nos mueren y no sabemos de qué.- En eso le echó una mirada al gallero, quizás indagando por una respuesta y obtuvo una negación muda.
-Ahora esos dos, los dos que quería de verdad. Uno se murió y el viejo; el Tigre aún le queda, pero…- Intervino el muchacho.
-Sí, Los dos gallos que son para él la panacea.- Agregó el viejo. Luego dijo:
-Daniel para llamarme a mí, para decirme, estando el Tigre aquí, el papá, y decirme: Estoy llamando porque no quiero molestarlo, pero ese gallo me sirve pa´padrote ¿Cómo le gustaría ese gallo? ¿Cómo le gustaría? Que se lo llevó, aun con el pico chato. Y no lo agarró para padrote sino que lo metió en una partida grande ¿Cómo le gustaría el gallo? y  cazarlo en una pelea con 30 gramos menos y tener la seguridad de que iba a ganar.-
-¿Cómo fue qué te dijo viejo Chucho?-Preguntó el joven con una sonrisa apenas visible,y anegada por la tristeza, en su rostro.
- Me dijo: Primero se disculpó, coño yo le dije que no se disculpara, pero ya sabía que venía con una vaina.- Tomó una bocanada de aire y continuó:
-Después, me habló del gallo y que le iba a sacar cría.- Detuvo la narración, aspiró su cigarrillo y exhaló el humo con tal delicadeza que parecía no querer lastimar al aire y prosiguió:
- Después de hablar del gallo y de lo arrecho que se veía, lanzó la bomba: Lo había metido en una partida grande, en una encerrona con gente de real, real de verdad. Te voy a decir Fanio, yo sabía que ese era un gallo, y bueno, pero la razón por la que no lo había metido en una partida es porque de pollito, el mismo papá, le partió el pico. Eso es una desventaja grande, y más en esas partidas que lo que llevan son gallos finos; animales de casta. Aconsejé a Daniel, pero, el muy coño’e madre, estaba enamorado del gallo. ¿Qué más podía hacer?-
- Y no se peló. Ese le ganó a un gallo Jabado¿Cómo que era?-
- Un gallo Jabado de la gente de los Franes de México, de esa gente...- Dijo el muchacho.
-Allí se jugaron los millones del mundo. – Afirmó el viejo.-
-Sí, de los Franes. De la gente que no les importa los millones.- Confirmó el gallero.Luego dijo:
- Esa gente pierden millones y como si no les importara.-
-Porque no se los sudan, por eso.- Respondió el viejo, seguidamente dijo:
-Ese gallo, a dos bolívares, le echó una picada y le pegó un cielo y boca. El Señor Daniel se paró y me dijo; El Pico Mocho, ese gallo con el cielo y boca encima,escupía la sangre como si nada; con arrechera. Es que era un varón y siguió, y siguió…, en una lo agarró y luego; pam, pam y ¡Pam! Y cayó el Jabado arrodillado. Y la gente se lanzó dentro de la gallera y se tiraron para levantarlo, pero el galló picó y no se dejó. Y sacaron a la gente de la encerrona y El Pico Mocho le siguió dándole machetazos al Jabado porque el coño seguía, y acostado, lanzando machete como loco. El Pico Mocho botó lo que le quedaba de pico, no tenía pico; nadita de nada. Es que le daba, y le daba, pero no tenía pico…lo tenía listo, hasta que el Jabado en una de esa dejó de lanzar machetazos y el Pico Mocho le puso la pata encima del pescuezo, y así lo mató.-
-Yo digo: cuando los gallos son buenos se nota cuando están caminando; lo hacen como con arrechera. A lo mejor fue eso lo que vio Daniel.-
- A lo mejor eso sea verdad. Yo soy más a lo práctico; prefiero toparlos, ver cómo andan de peso y los padres.También el tamaño y como lanzan los machetazos y los hachazos. Fanio, en esto de los gallos soy más cuidadoso que Daniel. Él es muy impulsivo.-
- Un día de estos le van a echar una vaina.- Añadió el muchacho.
- Bueno Chucho, al hermanito aquí le vamos a coger bastante y allá también. Ponte que salgan tres gallos buenos.-Dijo el gallero, después pidió:
-Deja que yo le coja y después se lo lleva a Daniel.-
- Sí, eso sirve, por lo menos, para dejarlo un poco más aliviado. Él sabe lo que significan esos gallos para nosotros. Y sobre todo El Tigre que en sus tiempos le ganó a un gallo, pero a un ¡gallo!,en el mundial de Puerto Ordaz que, a según, había matado a nueve en fila.El Tigre caminaba engatillado y por eso al principio no me convencía mucho. Ahorita es una flecha, pero ya está viejo. En sus tiempos no había gallo que se le parara. Y con uno mansito.
-Esos gallos que son bravos, cuando uno los agarra tranquilito…pero en cuanto ve a otro gallo, ese es otro cantar.- Dijo el gallero.
-Ver ese gallo en sus tiempos era un espectáculo.- Recordó el viejo.
-¿Y a cuántos había matado ese gallo?-Después de contar mentalmente, y con ayuda de los dedos, el número de peleas dijo:
- Conmigo ganó cinco peleas y con papá, que en paz descanse, mató a cuatro.-Reflexionó un tanto, como meditando, y adicionó:
-Mi papá le tenía un cariño a ese gallo, pero un amor, una vaina de otro mundo.Recuerdo que en la última pelea del Tigre, y desde el hospital y enfermo de a bolas con cáncer, el viejito Pancho me llamó. Me acuerdo de que estaba en Maturín, y me llamó el viejo para preguntarme que si había ganado en el mundial¿y cómo estaba el gallo? ¿Y cómo echó los machetazos? ¿Y los hachazos? ¿Y en cuánto tiempo mató? Cuando le dije que nos llevamos el segundo premio se echó a reír y empezó a decir: ¡Te lo dije, te lo dije! Después siguió con la preguntadera: ¿Y cómo lo había curado? ¿Y con cuál gallo había peleado?  Y por cada vaina que le respondía se echaba a reír. Es que me lo imagino; mascando saliva y riéndose. Lo último que me preguntó que cuando se lo iba a llevar para él echarle unas oraciones de protección.-
- Se preocupaba por los gallos.-El gallero sacó una sonrisa tosca y de medio lado, luego echó otro escupitajo.
- Coño, lo de él y los gallos era una vaina casi religiosa. Cuando los preparaba era una cuestión seria. Él mismo le montaba las espuelas, no dejaba que nadie tocara sus gallos. Pero lo de él y El Tigre era especial, era algo más y no porque haya sido un campeón en sus tiempos. Es que desde que era chiquito el viejo me dijo: Chucho, ponle cuidado a ese.-
-Mi abuelo sabía su vaina.- Afirmó el muchacho. Luego adicionó:
-Él se guiaba mucho por lo de la luna ¿Cómo es que era la vaina viejo Chucho?-
-Coño Man, yo no sé bien cómo es la vaina. Pero eso depende mucho de cuando plume el gallo y otras vainas más; supersticiones de la gente.-
-Pero mi abuelo tenía un buen ojo pa´ los gallos.-
-Es que hijo, tantos años. Él ya se conocía a los gallos, a los papás y abuelos. Sabía qué gallo era bueno y cuál había que sacar de la escuadra. –Realizó una pausa. Miró las jaulas; a la generación anterior de cada uno de los gallos que las ocupaba su padre había alimentado y cuidado, y la misma gallera que construyó el padre de su padre con unos indios y ahora le pertenecía a él, y en un futuro a su hijo-El viejo Pancho amaba a sus gallos, los adoraba. Cuando un gallo ganaba él se lo traía. Lo traía contento, parecía el propio guarichito un 25 de Diciembre. Se lo mostraba a todo el mundo, pero cuidaba de que no lo tocaran mucho por la vaina del mal de ojo. Y cuando llegaba a la casa se encerraba en el galpón, agarraba una botellita de ron,  suero,un poquito de algodón, hilo…, agujas y se ponía, él mismo, a curar al gallo. Tenía una cajita especial. Eso para él era un ritual, y nadie podía molestarlo. Le hablaba al gallo y lo consentía, le molía el maíz y hervía, y luego la enfriaba, el agua que el gallo iba a tomar.-
- Viejo Chucho, ¿Cómo era que decía mi abuelo cuando un gallo ganaba?-
- El agarraba al gallo, lo miraba a los ojos y decía: ¡Gaño pa’ ueno, carajo!- Imitó el viejo la voz de su padre de una forma casi cantada y muy pueblerina. Echó una sonrisa y continuó:
-Pero cuando se le moría un gallo o entablaba, o ganaba pero venía medio malito. Le veías la tristeza en la cara. Acurrucaba al gallo como si fuera un bebé y nadie podía tocarlo ¡Nadie, nadie tocaba su animal muerto o moribundo! Ese, cuando llegaba a la casa, le limpiaba la sangre, le curaba las heridas, le enjuagaba las patas, y, pluma por pluma, le quitaba el polvo y cualquier vainita que tuviera. Después le echaba una oración y unos palos de ron. Si se moría, él mismo le cavaba la tumba en el patio y lo enterraba, buscaba piedras para que los perros no le hicieran una coño’ e madrada.-
- Lo opuesto a Luis Fernández. – Dijo el gallero.
- Me suena, ese nombre me suena ¿Ese no será de Carúpano, Cariaco o de por esos lares?-
-El mismito. Ese tenía un gallo bonito. Lo llaman El Costa…bueno, lo llamaban El Costa, perdió en el Lechón. Peleó aquí, después en tres encerronas con mil cada uno, y cuatro veces más, y al final perdió con un gallo pataruco en el Lechón.-
-No Fanio. Corrígeme si me equivoco. ¿Pero ese no fue al mundial y ganó el primer premio?-
-Sí, sí.  Es verdad, peleó aquí, después tres encerronas, cuatro veces más, el mundial y peleó con un güevón en el Lechón, y perdió.- Chucho le extendió otro cigarrillo y se encendió el yesquero, el gallero acercó su rostro a la lumbre y mientras prendía su cigarrillo, de refilón, pudo leer la inscripción.
-Pero el gallo no era malo, el peo es que cuando estaban montando los gallos, yo le digo compadre este gallo está sentido. Él me dice que no le pare bolas y que lo arregle. Coño, yo lo arreglo, pero veo al gallito como apagado.
-…Es que eso es mucho ¿Cuantas peleas se echó? –
-Diez peleas. Y cuando perdió, lo tiró en la carretera.-
-Un gallo a lo máximo le doy cinco peleas y dependiendo de cómo gane. Porque si lo veo sentido, o si no ha curado bien…entonces no. Si es bueno pa’ padrote, si me sale regular lo regalo por allí; a la gente de Pararí. La única excepción fue El Tigre, pero es que ese era uno fuera de serie.- Aclaró el viejo.
- Desde ese día no le hablo más, eso no se hace.- Repuso el gallero. Luego preguntó:
-¿Usted no mata?-
-No, yo no mato. No es porque no quiera, a veces, cuando un gallo se huye, a uno le da como una arrechera. Pero  es que, coño, esos animalitos son como hijos de uno; uno los cría, los alimenta, los ve pollito, los cura y los manda a pelear…coño, es mucha maldad matarlos cuando te pierden y quedan medio vivitos.-
-Matarlos es una maldad, que se mueran en la gallera; así sí.- Interrumpió el gallero.
- Yo lo que hago es que se los regalo a los muchachitos de por allí si se me huyen, si pierden los curo y trato por todos los medios de salvarlos. Porque eso pasa; a cada gallo arrecho siempre le sale uno más ¡arrecho!
-Eso es verdad, verdaita.-
-En estos días un muchachito se pasa por el galpón preguntando si no tengo gallo malo que le regale.Y le pregunto para qué…me respondió que el último que me dio le ganó a uno en los Dantes.-
-Entonces el gallo no era malo.-
- Es que no era malo, es como te digo Fanio; a veces le sale uno más arrecho…, y joven…, y fuerte… Entonces lo jode. Es como todo, a todos nos toca.-
- También lo que sucede es que no son gallos malos…sino que para ese nivel de partidas hace falta gallos recios y de casta, sobretodo, recios de verdad. Y en los Dantes, es una gallera pequeña. Allá la gente se reúne, hacen sancocho y juegan sus gallitos. Tampoco es una vaina del otro mundo.- Dijo el muchacho mientras el sol, el mismo que despertó rozagante y en su momento altanero, enmudeció no sin antes dejar su rastro dibujado en el horizonte como el quejido mudo, y enamorado, de un náufrago sin su orilla. Entonces el viejo se percató que ya era tarde y con una de esas miradas que lo dicen todo, pero a la vez nada,dijo que ya debían coger camino.
-¿Entonces quedamos así?- Preguntó el gallero.
-La Marrana Flaca a madre sustituta, no se le dice nada a Daniel hasta el viernes que llegue a la casa, El Tigre como a una señorita y el ojo puesto al hermano y al pollito que se parece al Pico Mocho.-
-Eso es correcto.- Extendió su mano al gallero, luego se dirigió a su hijo:
-Man. Acuérdame, mañana temprano antes de venir a la gallera, de ir a comprar unas lauritas y jazmines para la Nena.-
-Lirios, viejo Chucho, lirios; Se llaman Lirios no Lauritas¡qué vaina contigo, ya estás Chocho!-
- Como sea, acuérdame y le decimos a Ednia. –
-Sí, de paso limpiamos la vaina. En estos días fui y estaba medio sucia; el monte estaba quemando la grama y había mierda de pájaro por los lados... y también se había robado las flores que tú y mamá le dejaron la vez pasada. Le formé un peo al administrador, uno paga para qué…-
-Bueno Man, tú sabes que como no es de ellos no les duele.- Miró al gallero y continuó:
-No sé a dónde iremos a parar, la gente ya no respeta ni a…- El viejo calló y como pudo, y con la ayuda del gallero, se puso en pie. El muchacho también, dispuso el saco de maíz junto a los otros que habían comprado. Se estrecharon las manos, se despidieron y el viejo dijo:
-No te descuides con el hermano y el pollito.-
-Y a todas estas Chucho ¿Qué nombre le pondremos al pollito?-
-Será El Mesías- Intervino el muchacho.-
-Pues será. Aunque lo vi echándole machete al suelo, como que le picaba el pico- Dijo Chucho.
- Coño sí, también me di cuenta. Será El picoso- Sentenció el hijo y acompañó a su padre a la salida. Apenas se marcharon el gallero comenzó su faena: regó los envases de agua en cada jaula, revisó a los gallos por si alguno estaba medio enfermo, molió el maíz y a cada gallo le dio su porción, además, revisó que no faltara ningún pollito, armó la trampa para ratas y echó veneno para los rabipelados, contó los huevos de todas las gallinas y pesó a dos pollos que estaban listos para ser topados. Entonces, ya entrada la noche y justo antes de apagar las luces del galpón, le echó una última ojeada a todo; observó a los pollos acurrucados en la mata de Pumalaca, a las gallinas con sus huevos en sus nidos, a los padrotes y los pollos que faltaban por plumar en sus jaulas y, cuando se cercioró de que todo estaba en orden, cerró la puerta.



Texto por: Roberto Araque
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