domingo, 31 de agosto de 2014

Una noche como cualquier otra.


Una noche como cualquier otra, Oropeza se reúne con Clara en un café de la colonia Juárez, al que nunca han ido antes; el café al que sí han ido antes, el que frecuentan para reunirse una vez por semana (aproximadamente) está cerrado, lo que les hace levantar sospechas; elaboran un montón de hipótesis sobre el caso pero ninguna tiene valor, ninguna está realmente sustentada en algo que pese: especulan, como lo haría cualquiera, sobre la posible quiebra del lugar mientras recorren las calles de la Zona Rosa… y, en fin, entran a otro café, donde ordenan café con ron, pero en este otro café no sirven ron ni ningún tipo de bebida alcohólica y Oropeza se ve obligado, entonces, a ordenar un expreso, que es lo más fuerte que hay (Oropeza es proclive a los extremos) y Clara, un americano, que es lo segundo más fuerte que hay (Clara le hace segunda en la proclividad); se quejan, aunque no demasiado: les incomoda, sobre todo, tener que acoplarse a un nuevo lugar con sillas a las que sus traseros y espaldas no están acostumbrados, pero pocos minutos después se acomodan y hablan sobre sus pasados, que es un tema que no han acabado de contarse desde hace cuatro salidas al café donde sí sirven ron; tienen treinta años, hace quince años fueron novios, hace quince años se amaron, si eso es posible, piensa Clara; es completamente posible, piensa Oropeza, quien amó más, porque en una relación de pareja siempre hay uno que ama más, y otro que, tarde o temprano, termina siendo un hijo de puta o una hija de puta, y se va con otro, o se va, o deja de amar (si alguna vez amó), o lo que sea; el caso de Oropeza y Clara no fue la excepción: Clara se fue con otro, con un chico poco mayor que ellos, que nacieron bajo los mismos astros, el mes de Julio del día 12 y 13, respectivamente; somos almas gemelas, solía decir Oropeza y Clara lo creyó un tiempo, pero luego conoció a Luis, que era poco mayor, como ya dije, y además tenía una moto a los diecinueve años; la hacía rugir por la calle donde Clara vivía con su madre;  el corazón de Clara se excitaba al escuchar el motor de la moto de Luis y verle aparcar y bajar de ese trasto para irse a meter a su casa (eran vecinos), y salir poco después e irse en su moto a toda prisa, a quién sabe dónde: Clara juró que descubriría a dónde, y lo hizo: Luis, en aquel entonces, se iba a reunir con un grupo de chicos fanáticos del rock, en casa de uno de ellos, en la colonia Doctores; la primera vez que Clara fue con ellos no pudo creerlo porque ella tenía diecisiete años (casi dieciocho, repetía cada que alguno le preguntaba la edad), y nunca había bebido, ni escuchado música tan estruendosa, ni fumado marihuana, ni… bueno, sí, sí había hecho el amor, se había acostado con Oropeza, pero no gustaba hablar de ello, no con Luis, para que no fuese a pensar que ella estaba atada a su novio, o que le amaba más que a él, al que no conocía, pero ya amaba, o que no lo dejaría en el instante que él se lo pidiera (u ordenase, porque ante Luis, Clara era una mujer sumisa y dispuesta, mientras que con Oropeza era mandona, caprichosa y cruel, hasta cierto punto, porque le consideraba lento y odiaba esa capacidad suya de leer un libro por semana y de entender los tratados fenomenológicos de Kant, como si se tratase de cuentos de Andersen, o de una novelita de Spota, y los halagos que recibía de los profesores y de casi cualquier adulto que le conociera y le escuchara expresarse o recitar de memoria los poemas de Keats, Whitman, Rilke ,Auden, como si fueran tablas de multiplicar, o algo, pensaba Clara, y aunque le “amaba”, no contenía ciertos sentimientos de envidia y repulsión), sin pensarlo dos veces; Luis la excitaba realmente, y, como las cosas que suceden inevitablemente, es decir, impulsada por instintos humanos profundos e irrefutables, un buen día, se fue con Luis, en su moto, a Cuernavaca, y en algún punto de la carretera aparcaron, bajaron, miraron al cielo y a la Ciudad de México desde aquella altura, se besaron e hicieron el amor sobre un césped húmedo, frío; Luis colocó su chaqueta de motorista sobre ello, pero no fue suficiente para no llevarse raspones en las rodillas y en las nalgas, después de lo cual las presumió a todos sus amigos como prueba de su supremacía con las mujeres, ya que, en alguna ocasión de aquellas donde llevó a Clara con su grupo de colegas, dijo de ésta: esa mujer será mía, y bueno, ahora tenía esos raspones y Clara había aceptado ser su novia aquella mañana en la carretera federal a Cuernavaca; nadie podía decir de Luis que era un incapaz, y Clara lo reforzaba a cada beso delante de ellos, de los amigos de Luis, mientras Oropeza se revolcaba en su lecho, con el corazón palpitante y adolorido porque Clara, una noche antes, una noche como cualquier otra, le había terminado, le había dicho que ya no sentía algo por él y, lo peor, había confesado que alguien más (no quiso dar nombre ni detalles) le traía loca, a lo cual Oropeza respondió con lágrimas y no paró de llorar en dos semanas; realmente amaba a Clara, era el primer y único amor de su vida y hubiese dado la vida por ella y amádola toda la vida hasta que la muerte, etc., porque Oropeza era un hombre noble y sensible que se entregaba, mientras Clara era mujer, y ya por ahí comenzamos, sin ir muy lejos, a entender la situación: la mujer, Dios, madura más rápido que el hombre, lo que equivale a decir: la mujer se pervierte antes que el hombre, desde Eva, pervertida, que cedió a la ambición antes que su compañero y probó, ella primero, y se condenó, ella primero; la mujer da siempre el primer paso al mal, o, al menos, así lo pensó Oropeza cuatro años después, cuando, finalmente, pudo superar su ruptura con Clara; para ese entonces había terminado la Universidad y se había ennoviado con otra mujer, a la que amaba tanto como amó a Clara, porque él no sabía amar de otro modo, y Clara, de la que no sabía nada, se había embarazado y había dado a luz de un hombre que pocos meses después le abandonó; Oropeza la consolaba en el café, ahora que se habían reencontrado gracias a las redes sociales (y a Dios, pensó Clara, porque ya no soportaba la idea de estar sola y de enamorarse de hombres que jamás llegan a amarla, como ella no amó a Oropeza), y se contaban los pasados, apacible el de Oropeza, trágico el de Clara, entre cafés con ron (o expresos) y cafés americanos, como si fuesen un par de desconocidos con un secreto lazo: Clara no era la misma Clara, Oropeza no era el mismo tampoco, no sabían nada el uno del otro; la noche que clara terminó con él se distanció y se perdió para siempre y aunque Oropeza le llamaba y le rogaba consideración, ésta nunca cedió, llena de orgullo, pensó que jamás volvería a pensar en Oropeza, y mucho menos, en volver a amarlo, si es que lo amó, o amarlo, en todo caso, como ahora sentía que sucedía en el fondo de su corazón, y pensó: es mentira que las mujeres maduramos más rápido, yo tardé quince años en aprender a amar, y Oropeza, que no escuchaba aquellos pensamientos, pensaba: tardé quince años en comprender a Clara, como si hubiese más verdad en una u otra perspectiva de la vida, ambos se consideraban equivocados, como si en la vida uno se pudiese equivocar, y a veces Oropeza pensaba en los ciclos biológicos del ser humano, en la química, en toda esa parte que solemos olvidar de nosotros mismos y nos impide comprender por qué una mujer con culo nos atrae más, o por qué las caderas anchas y los senos voluminosos nos obligan a reproducirnos, y todo ese rollo, pero se detenía en aquellos pensamientos, los censuraba y se decía que él amaba, no desde la voluntad de su naturaleza, sino desde la voluntad de su corazón, como si eso fuese posible, pensaba, y se volvía loco de pensar y contradecirse, pero al menos, pensaba, una cosa es segura: Clara está aquí, frente a mí, vagamente arrepentida de su pasado, y, con humilde esperanza, esperaba que, dispuesta a ser amada por él, que no había dejado de amarla ni un solo instante, a pesar de sus relaciones, parcas, con mujeres y, sobre todo, de su relación actual, a la que estaría dispuesto, si Clara dejaba entrever una veta de esperanza, a abandonar, como ella, Clara, le abandonó a él por Luis y después por tantos otros, aunque ello significase de él ser tonto, muy tonto, pues abandonaría a una mujer que le amaba por otra que alguna vez no supo amarlo, y si algo fallaba sería caer dos veces en el mismo hoyo y no se lo perdonaría jamás, ni su actual pareja, ni él, ni sus padres, ni nadie, y en adelante sería un hombre solo para el resto de su vida, o, claro está, el hombre más feliz si Clara resultaba ser como decía ser en aquellas charlas de café, donde se confesaba realmente dispuesta a rectificar su vida de promiscuidad (confesó una promiscuidad desmedida los últimos años), su falta de confianza en sí misma y en Oropeza, que le amaba, y estaría dispuesta a regresar con él y formar una familia con él y su hija Sandra y, si Oropeza lo deseaba, un hijo más, de ambos, nacido en el seno de una pareja amorosa; aunque Oropeza dudara, era verdad, es verdad, decía Clara, ahora con más voluntad que nunca, en esta quinta entrevista, que sería la última antes que Oropeza se decidiera y abandonase a su mujer por Clara, la mujer que más amó y más odió en su vida antes de los treinta años, y por la que siempre estuvo dispuesto a todo, incluso a romper el corazón de Bella, ella que le había dado todo hacía cuatro años, que había curádole el odio que manchaba su corazón gracias al desprecio de Clara, y le había impulsado en su carrera de escritor, sobre la que Clara nunca estuvo de acuerdo porque le aburría leer y escuchar a Oropeza hablar sobre todas esas teorías literarias, que se le antojaban basura, no más que eso, irrealidades, tonteras, cosas con las que un hombre nunca va a ganarse la vida, aunque ahora Oropeza se ganaba la vida con ello, con la publicación de sus libros y sus artículos sobre teoría literaria, y Bella había sido la única mujer que le escuchó y creyó en él, a pesar de la adversidad de su oficio y su destino, que, desgraciadamente, no la incluía a ella, a Bella, en la vida del escritor Edgardo Oropeza Santos, catedrático de la Universidad Autónoma Nacional de México, a sus treinta años, considerado un cerebro privilegiado, pero con un corazón insufrible, pensó Oropeza al pensar en sí mismo y en lo que haría la noche siguiente, que era, ya se sabe, cortar con Bella, en nombre de un marchito amor pasado, estéril y decadente ya hace quince años, arrepentido y arriesgado, una noche como cualquier otra.




jueves, 28 de agosto de 2014

El último suspiro.

Texto por: Emanuel Sacomani
Sitio del autor, aquí. 


Anselmo perfumó su boca con un sorbo de vino, tragó la dulce aspereza y su garganta se secó. En una arcada, los ojos se le cristalizaron y comprendió que debía dejar de tomar; no quería pasar los últimos minutos de su vida, borracho al punto del desmayo sin sentir cómo el alma se desprendía de su cuerpo. Miró su reloj y esperó, en silencio, la hora del duelo. Sus ojos observaban un punto fijo, pero en su mirada se manifestaban las culpas que brotaban de su espíritu. Por detrás, Segundo le habló al oído. “Ya es la hora Anselmo.” Anselmo despertó de un sueño etílico y lo miró con su vista extraviada en algún recuerdo desafortunado. Bajó rápidamente la cabeza, resignada a la muerte, y se levantó con pereza. Al salir de la pulpería, contó sus pasos como quien va al patíbulo, fueron cincuenta y tres. Sacó su facón que pesaba más que nunca y esperó a que Segundo lance la primera puñalada.


                El duelo duró unos instantes, Anselmo no hizo otra cosa que esperar y sentir como el filo del cuchillo le erizaba los pelos del cuerpo y un frío intenso ingresaba en su pecho. Cerró los ojos y el hormigueo que le generaba la adrenalina recorrió todo su interior hasta escapar por la herida. Comprendió que estaba a punto de morir. Miró la llaga, la rozó con sus dedos que quedaron manchados de rojo y vislumbró, por última vez, el mundo que lo rodeaba. Inhaló aire por la nariz y la boca, y lo retuvo. Quitó el facón de su pecho, arrancó su camisa de un golpe desparramando todos los botones por la tierra seca, limpió su sangre del filo y lo tiro a los pies de Segundo para devolvérselo. Echó un vistazo a su herida de muerte. A través de ella pudo contemplar cada capa de su piel, cada fibra de sus músculos, cada gota de su sangre, cada rincón de su alma de un modo cabal. Sintió el dolor de su madre al parir, los gritos de las criadas que oficiaban el parto, el calor del agua hirviendo y la suavidad de las sábanas blancas que lo envolvían.



                Cuando la sangre comenzó a desplazarse por su pecho recordó el seno de su madre, la leche en su garganta, una canción de cuna que acobijaba su sueño, sus primeros intentos por mantenerse en pie y la cotidiana caminata de diez pasos que su padre alentaba sosteniéndolo de sus frágiles manos. Observó la gota de sangre detenerse y bifurcarse, y estas bifurcarse otra vez. Cada ramificación era una decisión en su vida, y todas tenían igual veracidad en su espíritu. Aquellas culpas que lo atormentaban se disolvieron pues todas las decisiones fueron tomadas de un modo u otro. Su esencia  se había fragmentado minuto a minuto y en algún lugar del universo existían otros Anselmos, con otras vidas, con otros aciertos y errores; que eran parte de él. Algunos ya habían muerto, otros seguían con vida y otros recién nacían. Algunos marcharon a la ciudad, otros (como él) permanecieron en el pueblo. Algunos triunfaron, otros eran miserables y otros pordioseros. Para cada punto de inflexión de su vida su alma tomaba todos los rumbos posibles, como si las suposiciones que lo mantenían en vigiliay lo condenaban a miles de pasados posibles y ningún futuro concreto, se hicieran visibles a sus ojos. Como si a través de un espejo frente a otro pudiera observar, de manera infinita, cada reflejo de su persona: igual de imagen, pero con un albedrío distinto. Infinitos Anselmos paralelos. Contempló el basto universo en el cauce de sangre y sus afluentes que se desplegaban por su pecho. Recolectó toda la información, comprendió el principio y el final, el alfa y el omega, experimentó todas las sensaciones y sentimientos y sus ojos se nublaron. Una lágrima rodó hasta su pómulo causándole frío y, desde allí, se precipitó con furia en línea recta hasta la tierra, sentenciando el final y causando un estruendo que lo ensordeció. Comenzó a perder el equilibrio y su cuerpo se desplomó. Miró el cielo, sonrió al descubrir que lo infinito era simple y cotidiano. Exhaló el último suspiro al instante que la tierra seca sepultaba aquella lágrima fatal, y murió ante la vista de los presentes que lo recuerdan como una persona vulgar y viciosa. 





Texto por: Emanuel Sacomani

Sitio del autor, aquí. 

domingo, 24 de agosto de 2014

2014, La pelusa de la Roma.


En 2014 las cosas iban más o menos así: continuaba mi relación con Simona F. Mi vida con ella en la colonia Roma seguía a flote, no sin haber atravesado aguas profundas y tumultuosas, tormentas de todo tipo y algunas aguas bajas que amenazaban con vararnos en medio de la nada. A pesar de todo ello, Simona era buena capitán y lograba llevar la cosa del mejor modo posible. Yo era un buen marinero, con la excepción que me emborrachaba todo el tiempo libre que tenía.

En lo tocante a la literatura, mi otra batalla personal, el barco parecía haber quedado completamente atascado. No había publicado nada desde 2012, y no había planes de publicar nada hasta 2016 o 17, no sé. Quiero decir, nada de libros. El sitio iba como de costumbre: cada semana se lanzaba un texto nuevo que me sacaba de la manga, escrito durante mis horas más bajas, mis horas de resaca o de ayuno, durante mi jornada laboral, o durante mis trayectos en transporte público; había dejado de escribir en bares, ahora, los bares los usaba para olvidarme que había que laborar y escribir y vivir y ganar dinero y pagar y mantener a los gatos y a los perros. Si no tuviese, al menos, mis cortas horas de escritura y de lectura, podría decirse de mí que era un hombre cualquiera, sin honor ni esperanza, sin sueños, sin nada más importante en su vida que llevar pan a su boca y defecar tras haberlo hecho, en un ciclo ridículo y finito al que llaman existencia humana, vida, humanidad, etc. Mi alcohol y mi literatura eran el modo de asentar mi existencia a un costado de todo ello, un poco lejos, sin salir de la mierda en que se está cuando uno vive dentro de los márgenes. A veces me venía el deseo de marginarme, pero no era suficientemente valiente para hacerlo: dejar a Simona, mis horas nalga en bares de mala muerte, mi título desgraciado de escritor, mis animales, a los que amaba (en especial a mis gatas María y Mariana y al bruto de Mario Alberto, un perro enorme de raza Solovino, que rescató Simona, al cual odié durante los primeros meses, pero terminé queriendo como a un viejo compadre porque era un alama de calle igual que yo), y sobre todo, a mi literatura, el ser imaginario más sagrado para mí; más sagrado que Dios y cualquier otra mamarrachada parecida. Mi destino era claro: me quedaría a sufrir con todo ello. Al final, siempre al final, quedaba la esperanza de vencer, de triunfar. Lo que eso signifique.

Este modo de vida, sin embargo, sirvió para crear otra cosa: un grupo de escritores borrachos e inconformes con casi todo. Entre ellos, el más rescatable (con rescatable quiero decir, el más borracho e inconforme) era el poeta colombiano Mauricio Arcila, escritor y creador de la Revista Innombrable. Además de eso, llevaba una vida similar a la mía, es decir, una vida de mierda recubierta de un falso e ilusorio glamur cultural: le llamaban Señor Poeta, y a mí, Señor Escritor. Es lo más grande que teníamos. A pesar de ello, deseábamos acabar lo antes posible con todo. Bebiendo, interviniendo (es decir, destruyendo), escribiendo y leyendo y amando a mujeres muy espiritualmente por encima de nosotros (como mi caso con Simona, que era una mujer inalcanzable para mis limitaciones humanas, mundanas y vánales. Simona estaba años luz delante de mí en todo lo tocante a la libertad, los desapegos, la sabiduría del hombre viejo, el amor a los animales y al planeta, y a su vez, paradójicamente, al odio mesurado y justificado por el género humano).

En una ocasión escribí una serie de textos sobre los acontecimientos de nuestras borracheras culturales, donde se describía, entre otras cosas, de cuando el poeta Raphael Dómine vomitó la sala de mi casa y fue vetado por mi mujer, Simona, para siempre. O de cuando el poeta Mauricio Arcila, a quien ya mencioné, recitó en casa del artista visual, Leonel Lucero, con el pene de fuera, subido a un sillón, completamente borracho e incitando a los invitados a que se fueran de la fiesta porque los consideraba unos apestados. O de cuando desgarré con mis propias manos la bandera colgante de una casa de ricos en la calle de Medellín. La bandera era una bandera colombiana y lo hice delante de Mauricio e incluso él colaboró y pisoteó la bandera, renegando de su patria, como un buen poeta, hasta que salió el dueño o el sirviente del dueño y nos echó. Cosas así hacíamos en 2014 y las considerábamos actos de rebeldía en contra de nosotros mismos. No deseábamos ser parte de nada, y menos que nada, de la escena poética actual en aquel entonces, que congregaba a un puñado de poetas nacidos en la década de los noventa, y que eran, más bien, una panda de payasos sin la menor educación literaria, ni nada: una muchedumbre de adolescentes malparidos, indeseados y seudointelectuales que se volvían vegetarianos y consumían horribles productos artesanales y creían en las drogas.


Titulé a aquellos textos, La Pelusa de la Roma, y fue ese el nombre de nuestro grupo, principalmente, porque todos vivíamos en aquel entonces en la colonia Roma o Condesa o Alrededores, y la parte de Pelusa aludía a nuestra inconformidad, a nuestra desesperanza, a nuestra lucha personal en contra de los valores estéticos, culturales e ideológicos de los colonos, desmitificando el sueño de vivir en dicha colonia.


No tardaron en unirse, el dramaturgo Carlos Portillo, otro escritor borracho y pendenciero al que no recuerdo cómo conocimos, aunque, muy probablemente, le conocimos como nos conocimos todos notros: en una borrachera de escritores, o en un evento cultural donde nos emborrachamos, o en algún bar de mala muerte, borrachos. El poeta Raphael Dómine, considerado el peor poeta del mundo, quien me contactó para la compra de mi primer libro publicado y tuvo la desgracia de acercase a mí y a al mundo de la literatura y la vacuidad de existir y saberlo. El artista visual Leonel Lucero, procedente de Quilmes, Argentina, quien ya era una pelusa de la Roma y no tardó en reconocernos como parte de los suyos. Además de él, pasaron por el grupo una serie de artistas extranjeros, latinoamericanos; sospecho que su extranjería empataba con nuestra inconformidad: nosotros nos sentíamos extranjeros, ajenos, a todo el desarrollo de los acontecimientos actuales.

Éramos un grupo bastante elitista. No aceptábamos a alguien que no bebiese lo suficiente, o que estuviese a favor de la vida, del sistema, a alguien que no cuestionase absolutamente todo, que fuese conforme de sí mismo o su situación como individuo y como género humano. Eso, en teoría; vamos, desarrollamos una teoría… aunque en la práctica, aceptábamos a cualquiera que bebiera un par de cervezas y creyera en la poesía, o cualquier otra manifestación artística, o trajera consigo a una chica buena, o comprara una segunda ronda de alcohol, o tuviese una fiesta a dónde ir o lo que sea. No nos tomábamos en serio nada, excepto a la hora de intervenir y escribir. Quizá por ello el nombre de Pelusa nos pareció perfecto a todos y lo elegimos unánimemente, sin necesidad de hacer votación ni chorradas.  

Intervenimos un par de eventos y la gente comenzó a hablar de nosotros, a ubicarnos vagamente, como se ubica a un fantasma. Decían: sí, algo he oído, y lo ligaban a los nombres Whisky en las rocas, Martin Petrozza, Mauricio Arcila, alias el Innombrable, y un poeta desconocido llamado Raphael Dómine, al que nadie había leído, pero ya comenzaba a tener cierta fama. Todo era confuso porque además de ser parte de la Pelusa, Arcila era parte de la Innombrable y yo de Whisky en las rocas y editaba para Casa Lamm y podías conocerme en ese ambiente, educado, previsor y respetuoso, o en otro, en el ambiente de la Pelusa, borracho, irreverente, necio y pervertido. Mi novia, Simona F., a su pesar, figuraba también en ambos ambientes. En uno era ella misma, Simona F., la editora y promotora cultural, y en otro, el fantasma de la novia de Martin Petrozza, una mujer misteriosa y bella, según aseguraba todo aquel que la había mirado, aunque pocos la había mirado. Su nombre Salía a colación en nuestras pelusas borracheras, se decía: Petrozza ¿cómo hiciste para ennoviarte con una musa cómo ella? Yo alzaba los hombros y fumaba y bebía y la gente se preguntaba qué tenía yo, o quién era Simona F., y porqué todos la sacaban a colación y la ensalzaban.

Sea como fuere, pertenecer a la Pelusa era una lucha constante. Había que recorrer las calles de la colonia todas las noches en busca de bares y beber y gritar todas nuestras inconformidades con actos y textos y repugnantes. Había que dejar de creer en todas las cosas. Había que sacrificar nuestra felicidad. Había que desearse, no secretamente, acabar con todo.

Además de ello, laboraba, escribía y pagaba mis cuentas como el mejor de los ciudadanos. Además de ello, era Martin Petrozza. Además de ello, estaba enamorado de Simona F., y ella era mi primera batalla personal, de la que he hablado en otros textos, y de la que no me queda más que decir que le debo mi vida toda y todo lo que hago es por ella, para ella, pensando en ella y con la firme convicción de que no puedo vivir de otro modo.

Así fueron los días de 2014, Dios.





domingo, 17 de agosto de 2014

No lo hagan sobre el suelo.



No solía escribir en casa, lo hacía durante el tajo, pero aquella noche estaba muy inspirado (lo que eso signifique); cogí un par de cervezas, un par de cigarrillos, una libreta y un bolígrafo y me puse a escribir una historia. La cosa salía por sí sola. Me gustaba cuando ocurría porque podía escribir un par de textos de corrido y al finalizar quedaba exhausto, como si hubiese hecho el amor a tres chicas o así.

También, aquella noche, era sábado y la gente estaba inspirada, aunque de otro modo, vamos: a las once sonó el timbre y no quise bajar a abrir, pero insistieron mucho. Temí que fuese mi ex mujer porque eso significaría gritos y reclamos. Tanto de mi parte como de la suya, da igual.

Era Harold, un pelmazo de un empleo pasado. Hola, dijo. Dios santo, Harold, hola. Alzó el brazo y sonrió. Traía consigo una caja con doce cervezas. A que te apetece una, ¿no?, exclamó. Harold, querido, Dios, por supuesto que me apetece. Entonces…, titubeó Harold. Vale, venga, sube, sube. Subimos a mi apartamento. Nos instalamos en sillas a la mesa. Destapamos un par de cervezas y bebimos en silencio. Tenía la cabeza embotada en mi historia. En algún momento Harold miró la libreta y dijo: ¿escribes? Joder, Harold, te lo he dicho desde que te conozco: escribo, soy escritor. Pensé que trabajas en S & S, dijo. Dios, sí, también hago eso, pero ello no significa nada, hombre, soy escritor principalmente. ¿Te pagan?, preguntó. Maldita sea, pensé, aquí vamos una vez más con el rollo de la literatura y la paga. No, hombre, no me pagan. Déjalo, exclamó Harold, como si fuese un maldito sabio de la vida, o un vidente con capacidad de advertirme que no valía la pena mi esfuerzo porque nunca sería un escritor reconocido, o como si no entendiese muy bien lo que significa escribir. Claro, querido, lo dejo ahora mismo, ¿ves? Cerré la libreta y la eché al sofá. Voló por los aires. Ahí va mi carrera y mi futuro, pensé.

Petrozza, dijo Harold. Sí, Harold, ¿qué pasa? No sé, contestó, dímelo tú. Le miré a los ojos. Exhalé el humo de la última bocanada de cigarrillo. Te pasa algo, hermano, no puedes mentirle a Harold, dijo. Me asombré. Ahora resulta que Harold puede intuirme y se refiere a sí mismo en tercera persona. Vale, dije, si Harold quiere saberlo… se lo diré. Pero… debes estar de acuerdo en que fuiste tú quien preguntó, no yo, y si cuando lo haya dicho te arrepientes de haberlo escuchado, no me jodas a mí, habrá sido tu maldita culpa por… bueno, por fisgón. Los ojos de Harold saltaron. ¿Qué pasa, Petrozza?, me preguntó acercando su redonda cara a la mía. Le puse la mano en la frente y se la agarré. Lo acerqué aún más a mí, y le dije: s-o-y  h-o-m-o-s-e-x-u-a-l. Estoy enamorado de ti, Harold, querido. Estuve a punto de darle un beso, pero se hizo atrás tan desesperadamente que casi se cae de la silla. Se levantó y gritó: ¡no es cierto!, ¡no tú!, ¡no! Asentí lentamente con la cabeza, una y otra vez, una y otra vez. ¡Harold, me encantas, Dios, no sabía cómo decírtelo, Harold! El pobre Harold era capaz de tragarse el cuento más inverosímil. Aunque fuese homosexual, no me fijaría en él porque era un pelmazo feo y retrasado. Me levanté de la silla y lo acosé. ¡No, Petrozza, tú no, tú no!, gritaba Harold mientras se alejaba de mí. Vale, le dije, ya siéntate, no es verdad,  idiota, estoy jugando. Pero Harold ya no podía creer en mí. Estaba muy consternado. Quería ahondar en el tema, casi como si, secretamente, le gustase saber que yo…

Otra vez sonó el timbre. No sé por qué, pero Harold se ofreció a bajar y abrir. Me pareció buena idea. Si es mi ex mujer, le dije, di que no estoy, que he salido, o lo que sea, que llevas esperándome una hora, o lo que sea, pero por amor a Dios no la hagas subir ni permitas que se escabulla hasta acá arriba, Harold. Harold Asintió con la cabeza. Es que deseo estar a solas contigo, amor, le dije en tono de puta. Chasqueó la boca y bajó. Cogí una cerveza mientras tanto.

Escuché pasos y risas venir por la escalera. Dios, no, pensé, no hoy. Reconocí la risa de mujeres. ¿Quiénes serán?, me pregunté. Bueno, era Bobby con un par de chicas. Me saludó efusivamente. No me moví mientras él me abrazaba y reía y me presentaba a sus amiguitas. Así las llamó, dijo: te presento a un par de amiguitas, ¿okey?, ella es Jes y ella es Jos. Se carcajeó. Jes y Jos, se carcajeó de nuevo (venían bebidos). Las chicas también reían y se movían y todo eso. Estaban buenas, sí. Las saludé de beso y casi me comen la boca. Ya, dije, vale, ¿qué quieres de mí? Una de las chicas sacó de su bolso una botella de whisky. Bobby dijo que podíamos bebernos esto en tu casa, papi, dijo Jes, o Jos, no sé. Bobby me abrazó. Venga, Petrozza, he traído una para mí (señaló a una de las chicas)… y otra para ti (señaló a la otra chica). La chica que me correspondía me sonrió. Dijo: Bobby me ha contado de ti, eres escritor, ¿cierto? No sé, respondí. Harold se acercó a mí, dijo: muy bien, Petrozza, espero que con esto me demuestres que lo de hace rato fue una broma. ¿Qué cosa?, preguntó la chica de Bobby. Harold se arrepintió de haberlo dicho, no deseaba ventilar mis intimidades, aunque era imbécil y ya lo había hecho. Di dos pasos atrás. Verán, chicos, dije, hace cinco minutos acabo de confesar a Harold que s-o-y  h-o-m-o-s-e-x-u-a-l. Las chicas se llevaron las manos a la boca y rieron. Bobby me miró atónito. Me agarró la cabeza y me dijo: ¡no, tú no, Petrozza, tú no, amigo! Asentí lentamente con la cabeza. Las chicas se cuchicheaban. Harold me abrazó y dijo a Bobby: yo también se lo he dicho: ¡Petrozza no, él no! Vale, éste es Harold, dije a Bobby. No lo había presentado. Se saludaron con la mano. Luego las chicas saludaron a Harold.

Se sentaron en sendas sillas, destaparon la botella, encendieron cigarrillos, rieron y contaron chistes y se olvidaron de mí. Harold se acercó a la chica que me correspondía. Le habló y todo eso, pero no era bueno con las mujeres y ella le dio esquinazo en cuanto pudo, disculpándose para ir al sanitario. Se levantó y fue hasta mí. Guapo, dijo, ¿dónde puedo vaciar el tanque? Mascaba chicle. ¿De dónde las habrá sacado Bobby?, pensé. Estiré la mano. Segunda puerta a la derecha, contesté. Se quedó frente a mí un par de segundos antes de reaccionar. Me miró y dijo: ¿quieres acompañarme?, qué tal si me pierdo, papi. Piérdete, exclamé. Dios, no quise decirlo, me salió del alma. Frunció la boca y exclamó: ¡ash!

Bueno, cogí un vaso y me preparé whisky en las rocas. Total. Lo bebí a lado de Harold. Bobby estaba muy ocupado besando a Jes o lo que sea. Petrozza, me dijo Harold al oído, tienes que ser honesto conmigo, hombre, dime la verdad, tú… realmente… Carajo, Harold, le interrumpí, no soy homosexual, Dios, es una broma para joderte el seso y volverte loco, es todo. Harold me miró directo a los ojos, en busca de la verdad. Abrí los ojos y me acerqué rápidamente. Harold pegó un brinquito. Idiota, le dije, ya te digo que es mentira, cabrón.

La chica del sanitario llegó. Se paró frente a Harold y frente a mí. Dijo: un pelmazo y un joto, ¿qué hice para merecer esto? Lo dijo echándose atrás y cubriéndose la cara con la mano, dramáticamente. Bobby le escuchó. Se levantó. ¡Mi amigo no es joto!, exclamó, como si ella me hubiese ofendido en serio. Petrozza, me dijo, demuéstrale a Jos que no eres un jodido maricón. Calma, contesté, no es para tanto, si lo fuera, ¿qué habría de malo? ¡No lo eres!, gritó Bobby. Se lo tomaba muy a pecho. No le gustaba que una zorra llamara joto a un amigo suyo. Era demasiado hombre para ello. Incluso la homosexualidad de los otros, de sus amigos, le calaba hondo. Jos se me echó a las piernas. Intentó besarme. La rechacé. Se levantó y gritó: ¡Sí lo es! Harold se llevó las manos a la cabeza. Bobby me plantó cara. Amenazó con pegar a Jos si yo no la besaba. Jes gritó que dejara en paz a Jos. Todos estaban ebrios, excepto yo. Jos gritó: ¡tú amigo es un comeverga! Dios santo, eso sí me llegó. Podía soportar las palabras homosexual, gay, joto, puto, maricón, invertido… ¡pero comeverga! Me lancé sobre Jos y la besé. Cuando nos separamos del beso, le saqué las tetas del escote. ¡Dios santo!, exclamó. La cogí del brazo y a fuerza la llevé a la habitación. Dentro, ella sola, me bajó los pantalones y me la mamó. Antes que terminara la levanté, la aventé a la cama y la monté. Subí el vestido y ladeé la tanga. Fue algo muy excitante, debo confesar. Me corrí pronto. Cuando hube terminado me subí los pantalones y me volteé. Harold estaba mirando. Jos dijo: dame más, papi, ¡no te vayas! Miré a Harold y le eché una mirada de aprobación. Harold se mojó los labios. Se acercó tímidamente a Jos. La tocó muy despacio. Jos mantenía los ojos cerrados y la cabeza echada atrás. Harold se bajó los pantalones lentamente. Luego los calzones. Cuando estuvo a punto de penetrarla, Jos se alzó. ¡Auxilio!, gritó. Me acerqué a ella, a su oído. Le susurré: déjate, no te va a caer tan mal después de todo, ¿no? Ya no se quejó. Salí de la habitación. Fuera, Jes le hacía una mamada a Bobby en la sala. Bobby estaba de frente a mí. Me miró entrar y me llamó. Me acerqué a él. Me colocó a su lado y me incitó. Me saqué la verga y Jes se puso a tocarme y a mamarme intermitentemente. No es una mala noche después de todo, pensé.

De pronto todos estaban en la sala. Actuaban como si nada hubiese pasado, incluso Jos. Nadie volvió a decirme homosexual. Bebimos las cervezas y la botella. Un extraño silencio, como si todo se hubiese salido de control y nadie quisiera hablar de ello, o como si nadie recordase que hace menos de treinta minutos…


Pero pronto, volvimos a calentarnos. Harold fue el primero. Se acercó a Jos y la besó. Jos se dejó hacer. La manoseó en la sala. Tenía los pechos de fuera y Harold la tocaba y la chupaba desesperadamente. Jes exclamó. Se sacó las tetas ella misma y buscó la boca de Bobby. Yo quedé un poco fuera, pero en algún momento sentí la mano de Jes llamarme mientras Bobby le chupaba el pecho. Me acerqué a ella, de pie, y me tocó. Harold ya estaba de pie, con la boca de Jos en él. Bobby se quitó a Jes de las piernas y la aventó al suelo; se escuchó un golpe seco, creí que se había lastimado, pero desde allí se la chupó a Bobby. Mientras tanto, me tiré con ella y le acariciaba el pecho y el pubis. Harold y Jos se unieron a nosotros, sobre el suelo. Jos se colocó a cuatro patas y Harold la penetró. Los gemidos de Jos nos excitaban. Jes no aguantó más y se tumbó boca arriba para que Bobby la montara. Al mismo tiempo me chupaba los huevos. Bobby y yo quedamos de frente, muy cerca el uno del otro. Fue un momento incómodo, pero supongo que recordó que yo no era homosexual. Cerró los ojos para no verme la cara. Luego, Bobby y yo cambiamos de lugar. Esta vez con Jes a cuatro patas, yo penetrándola por la vagina y Bobby por la boca. Harold Estaba a punto de correrse y se corrió. Gritó como un loco y se echó al suelo y no se movió más. Jos no había tendido suficiente. Se acercó a mí y me besó el culo mientras se lo hacía a la otra, y me corrí. Cuando lo hice se me aventó y comenzó a chuparme hasta que logró una segunda erección. Sin embargo, era muy pronto y no llegaba a durar. Bobby había cogido a Jes por la cintura y se lo hacía de lado. Jos me decía: levántate, papi, o voy a pensar que sí eres maricón. Pero la cosa ya no funcionó y comenzó a llamarme maricón. Bobby y Jes la escucharon y se interrumpieron. Cogí a Jos por el cabello y la tumbé, para que no hablase y dejase a Bobby acabar en paz. Me coloqué en la posición de sesenta y nueve y nos chupamos lento y suave. Ella se corrió y yo pude levantar la cosa. Me cambié de orientación, la penetré desde delante, con sus piernas en mis hombros. Fue un sexo brusco.

Al día siguiente me dolían las piernas, las rodillas, el abdomen, la espalda, las palmas de las manos. No lo hagan sobre el suelo, Dios. No lo hagan sobre el frío y duro suelo.






domingo, 10 de agosto de 2014

Ella es así (Charly).


ELLA ES ASÍ (CHARLY)

Durante la primera hora Charly permaneció sola, lo que llamó mi atención y me atrajo porque realmente prefiero convivir con gente solitaria, así que me acerqué a ella (yo había permanecido solo el último cuarto de hora, bebiendo cerveza y mirando a la gente). Le dije, hola, soy Martin Petrozza, ¿y tú? Soy Charly, dijo. ¿Bebes cerveza? No, gracias. ¿Qué bebes entonces? Whisky, pero no hay. ¿Te apetece un whisky? Sí. Vamos. Salimos del departamento y fuimos al bar más cercano, en avenida Cuauhtémoc.

Ordenamos un par de copas. Charly se soltó a hablar con demasiada soltura. Eso es lo que necesitaba Charly, un empujoncito de whisky. Es lo que necesitan la mayoría de las personas. Me contó su vida, cosas personales. Siguió por la misma línea y me conmovió. Le invité cuantas copas quiso. Tenía un par de ojos negros y tristes, una sonrisa escuálida, bella hasta cierto punto. Cabellos negros y alborotados que la dotaban de un aire de locura o de rareza, no sé, y lo más importante: una actitud melancólica. Miraba de un modo que te hacía pensar en darle todo lo que llevabas encima, dinero, ropa, teléfonos, ofrecerle hospedaje, bebida, alimentos, todo con tal que no fuese a rajarse las venas en cuanto dejaras de mirarla. En ocasiones sonreía y era, como ya dije, casi bello. Esas sonrisas eran estrellas en el negro cielo de altamar. Había que seguirlas, buscarlas todas. Eso es lo que deseaba: sacarle sonrisas a Charly. ¿Por qué? Bueno, antes de acercarme a ella y de beber todos esos whiskies, había bebido nueve cervezas. Probablemente Charly pensaba en mí como en un tonto, pero yo no tenía tiempo de pensar en ello ni iba a detenerme por eso. Me estoy haciendo viejo, pensé. Antes miraba a una chica y no pensaba otra cosa que acostarme con ella. Ahora pienso en ayudarlas, protegerlas, amarlas de un modo casi paternal. Pero tengo treinta años, aún puedo acostarme con ellas de buena gana y chuparles el chocho sin sentirme un viejo comeniñas (incluso si lo son).

En algún momento Charly mencionó que tenía hambre. Le propuse ir a comer a un sitio de tacos en la Roma Sur. Aceptó de buena gana. Ordené la cuenta, pagué, salimos del bar, cogimos un taxi y llegamos. En el transcurso, Charly colocó su mano sobre mi pierna. Cogí su mano un par de segundos, no sé, y la separó. Pensé: no va a costarse conmigo. De cualquier modo pagué la comida. Pedimos tacos con mucha salsa y coca colas. Cuando estuvimos satisfechos le dije, ¿qué piensas hacer? ¿Hacer de qué?, respondió. Ahora mismo, ¿qué harás?, ¿a dónde irás? Me miró con su mirada, llena de súplica, Dios. ¿Quieres venir a casa?, pregunté. Frunció la boca. ¿Dónde vives? En Querétaro, respondí, a cuadras de aquí, podemos ir a pie. Charly asintió con la cabeza. Salimos del local y caminamos bajo la luz de una luna menguante y la luz eléctrica de los anuncios de publicidad. La luz de éstos nos daba de lleno en la cara. Carteles en para-buses, iluminando la vida nocturna de la Ciudad de México, sobre Insurgentes. ¿Quién mira la luna hoy en día? La luna no ofrece las últimas novedades de Adidas.

Busqué las llaves dentro de mis pantalones. Por un momento creí que las habría perdido pero aparecieron al instante siguiente del que lo creí. Abrí el zaguán con cierta torpeza. Hice pasar a Charly delante de mí. Le indiqué cuáles escaleras tomar. Ante la puerta del departamento, me adelanté. Abrí la puerta, esta vez con certeza. La dejé entrar antes que yo. Una vez dentro, exclamó: ¿dónde está el baño? Se lo indiqué y pasó. La escuché orinar con mucha fuerza. Cuando salió le dije, tienes un pis hermoso. ¿Cómo?, se extrañó. Nada, olvídalo, dije. Fuimos directos a la habitación.

La primera en desnudarse fue ella. Lo hizo con soltura, como si estuviese acostumbrada a desnudarse frente a hombres, o como si yo no fuese un hombre, ¿ves? Le dije, déjate los calzones, no es necesario. Alzó los hombros. Se los quitó y los colocó sobre la mesilla. Me desvestí excepto los calzones. Nos metimos a las colchas, boca arriba. Guardamos silencio. La primera en hablar fue ella. Dijo: ¿puedes prestarme algo de dinero si lo hacemos? ¿Prestarte dinero?, dije, no me friegues, si lo hacemos te lo quedas, es tuyo.

Al amanecer le di todo el dinero que había en mi cartera. Charly tenía la capacidad de hacer aquello, de llevárselo todo sin que lo notaras; por tu propia voluntad.


2

Dos semanas después, en una reunión de escritores en la colonia Roma, me enteré que Charly era conocida por algunos de ellos y la consideraban así. Les conté de mi encuentro con la chica. Dijeron: ¿cuánto te sacó? Nada, respondí. Vamos, insistieron, Charly es así, ¿cuánto le diste? Me sentí estafado. Hubiese sido mucho más honesto de su parte dejarlo claro: me acuesto por dinero, ¿y qué?

      Aquella noche no le saqué el número a Charly, no tenía modo de contactarla; me dije que la olvidaría y consideraría lo que pasó entre nosotros como una aventura sexual sin importancia. La cosa con Charly había estado bien, sin embargo, no era una chica por la que uno perdiera el seso. Podían atropellarla y no me importaba.

      Pero luego, dos o tres días más adelante, la encontré en Tres Gallos, un bar en la Glorieta de los Insurgentes. Iba con un hombre. La miré y pasé de largo. Me instalé lejos de ella. En algún momento, pasados treinta minutos o así, se acercó a mi mesa y me saludó. Hola, le dije, ¿cómo va tu nuevo cliente? ¿Cuál cliente?, preguntó asombrada. Dijo que el hombre con quien venía se había ido y me solicitó permiso para sentarse conmigo. Se lo di, por supuesto. Una vez sentada, fui directo al grano: no tengo dinero, si eso te molesta… puedes irte. Oye, dijo, ¿de qué vas? De qué vas tú, exclamé, como si no supiera que te acuestas con hombres por dinero. Charly no se espantó. Dijo: bueno, te lo han contando, ¿no? Ella sabía de mis relaciones con los escritores Oscar Durán y Andrea González. Estos dos se habían acostado con Charly por dinero en más de una ocasión.

      Charly tomó asiento y ordenó cerveza oscura. La pagó en cuanto la trajeron con un billete de cien pesos. Cuando le trajeron el cambio, lo rechazó. Dijo al mesero: ábreme cuenta, ya te iré pidiendo las cervezas. Cada cerveza costaba veinte pesos. La miré con aprobación. Dijo: disculpa, no quise hacer lo que hice la otra noche, ¿sabes? Alcé los hombros. Es igual, dije. No, no lo es, insistió Charly. ¿Por qué no lo es?, pregunté sin ánimo. No deseaba escuchar la triste historia de su vida una vez más, que va sobre las carencias afectivas en sus relaciones con hombres, etc. Lo pensó varios segundos antes de contestar: bueno, no lo sé con exactitud¡pero te aseguro que no es igual y no volveré a comportarme así contigo, no debes pagar por… por mí! Ya, dije, no me interesas, en todo caso. Charly se asombró. Era una chica con un atractivo muy peculiar; podía decirse que era muy bonita, aunque no lo fuera en realidad, no sé. Sonrió y dijo, así mejor, seremos amigos, ¿okey? No contesté. ¿No quieres?, preguntó realmente asustada. ¿Qué le asustaba?, ¿el rechazo? No entiendo qué clase de amistad tendríamos ni con qué sentido, dije. Charly se ofendió, lo sé. Al mismo tiempo, se tranquilizó mentalmente, suspiró y dijo, pues cómo quieras. Acto seguido, se levanto, se llevó su cerveza a otra mesa y se puso a beber sola.

      La observaba desde mi sitio, no voy a engañarlos a ustedes, con cierto celo y pocas ganas de ir con ella, de pagarle el trago, alimentarla y acostarme con ella por lo que sea que me sobrara de dinero después de hacer todo aquello. No pasaron quince minutos antes que alguien la abordara. No era el único que admiraba su belleza. Se pusieron a hablar y luego de veinte minutos se levantaron y se fueron. Sólo tomó tres cervezas de su cuenta. Yo bebí las últimas dos. Se las pedí a Sergio y aceptó dármelas porque me vio sentado con ella.


3

Durán me llamó y me invitó a una ponencia sobre poesía conceptual, en Casa Refugio, después de la cual existía la posibilidad de ir a su casa con algunos de los invitados a beber cervezas. La poesía conceptual no me interesaba en absoluto; prefería llegar directo a las cervezas en su casa. Cuando quedamos, me avisó que iría Charly. ¿Y qué?, exclamé. Pensé que debía decirlo, dijo. Es igual, dije, gracias, supongo.

      Charly llevaba el pelo más alborotado que nunca. Pasó una hora antes que alguno de los dos se acercara al otro. La miré un par de veces antes de acercarme a ella. Cuando estuve seguro que no venía con alguien, la intercepté camino al sanitario. Le dije, bueno, tengo cien pesos, ¿lo quieres? ¡De qué vas!, exclamó. Cien pesos por una mamada, es un buen negocio, ¿no?, dije. No contestó. Dio media vuelta y me dejó plantado. Me arrepentí de haberlo dicho inmediatamente terminé de decirlo. Estaba haciendo el tonto porque no había otro camino.

      Bebí una lata de cerveza y fumé un cigarrillo antes de acercarme a Charly por segunda vez. La miré de cara al balcón. Llegué por detrás. Me sintió venir, se dio vuelta y me plantó cara. Lo siento, dije, no quise decir aquello. No importa, dijo. Daba la impresión que había pensado detenidamente en ello, en lo que diría cuando le ofreciera disculpas; estaba muy segura que lo haría. ¿No bebes algo?, pregunté. Whisky, pero no hay, contestó con una sonrisa tímida y ojos tímidos y coquetos al mismo tiempo, dando pie a reencontramos, aceptándolo todo con el brillo de sus ojos. ¿Te apetece un whisky? Sí. Vamos.

      Compramos whisky en la esquina y regresamos a la casa de Durán. Nos instalamos en una zona oscura, sobre un sofá lóbrego de tela hirsuta y nos pusimos a beber de la botella. ¿Eres adicto al whisky?, preguntó al verme dar el primer trago y exclamar que estaba delicioso. Sí, respondí. Yo también, confesó sonriendo. Una vez más, las estrellas resplandecían para guiar el camino.

      Hablamos toda la noche. Nadie nos interrumpió. Ni siquiera Durán. Les miraba a todos hacer, bailar, charlar, beber. No eran nada ni nadie, ni me interesaba estar con ellos. ¿Para qué sales con esta gente si la repudias?, me pregunté. ¿Para qué sale Charly con esta gente, si no habla ni bebe cerveza? Repudiamos más nuestra soledad, mientras más solitarios nos declaramos. En algún momento, le dije, Charly, no hay necesidad de estar aquí. ¿Cómo?, exclamó. Vamos, me expliqué, tú y yo no necesitamos estar aquí, entre esta gente. Asintió con la cabeza. ¿A dónde quieres ir?, preguntó. Me levanté de la silla. Cogí con una mano a Charly y con la otra a la botella. Las jalé. No sé, dije, a donde sea. Sonrió y me siguió, cogida de la mano, hasta el motel más cercano.

      Dentro del cuarto nos desnudamos inmediatamente. Hicimos el amor sobre el suelo. La penetré desde atrás y antes de venirme se lo avisé y pudo abrir la boca para recibir mi semen. La besé antes que lo tragara y bebimos juntos el licor de mis pelotas. Cuando acabamos, nos recostamos en cama. Encendimos cigarrillos y dimos traguitos al whisky, con cuidado de no ahogarnos. Lo hicimos un par de veces más antes de dormir definitivamente, ahora de lado y con ella debajo de mí. En una ocasión me vine sobre sus nalgas; en otra, sobre sus tetas. Fue un sexo bueno y vivificante.

Al amanecer, Charly no estaba. Un rayo de sol en la cara me despertó. Ya lo tenía claro. Un rayo de luz en la cara augura una relación con muchos desatinos. Un rayo de sol en la cara es un disparo directo y certero. Con qué así iba a ser, ¿no? Miré la botella de whisky sobre la cama. Un rayo de luz también la tocaba a ella. Sobre el suelo, a la sombra del buró, yacía mi cartera. Estaba vacía.  


4

¿Me odias por haberme ido con tu dinero?, preguntó. Te odiaría más si te hubieras quedado. Entonces te amaría y te lo entregaría todo aunque tú no me amaras. Ahora sé que no voy a amarte nunca y te lo agradezco porque eso significa que no voy a sufrir por ti. Charly dio un trago a la botella y se quedó pensando. Le acaricié un seno. Miró mi mano acariciar su seno, colocó su mano sobre la mía y dijo: mejor así, ¿no? Asentí con la cabeza. Acto seguido, le comí el sexo y durante el progreso de su orgasmo lo olvidamos todo respecto a los sentimientos. Después de ello, Charly me lo hizo a mí. Mientras me lo hacía me miraba a los ojos y por más fuerte que intentase ser, veía súplica en sus ojos. Me vine en sus ojos. Al final de esta velada, que ocurrió en el hotel Colonia Roma, de Jalapa y Obregón, metí un par de billetes (todo lo que había en mi cartera) en el bolsillo trasero de su pantalón, sin que ella se enterara.



En adelante no puse más objeciones ni traté de impedir que la cosa se desarrollara según las reglas naturales del juego de Charly. No me enfadaba. Hacíamos el amor y le entregaba los billetes que me sobraban. A veces no era mucho, a veces era mucho más de lo que yo desearía; y en mis pláticas con Durán y González les decía: ella es así. Me importaba un pito decirlo abiertamente y hacer cuentas delante de ellos de cuánto dinero había dado a Charly desde que la conocí, y cuanto whisky en las rocas habíamos bebido y comprado, y cuantas cuentas de comida y de taxis y moteles había pagado. Mucho más de lo que me hubiese costado acostarme con prostitutas. Pero se trataba de Charly y no me importaba.




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