domingo, 29 de junio de 2014

Infancia: Marisol.



Durante la primera Navidad de mi vi escolar, representé en la Pastorela a un ángel. Mi madre confeccionó las alas. Compró el traje y un par de sandalias. Me puse el traje y me sentí cómodo. Sentaba mejor que el uniforme escolar. Preferí las sandalias a los zapatos. Creí que yo, verdaderamente, era un ángel. Había escuchado historias de que los niños eran ángeles. Ahora no me costaba creerlo. Incluso me sentí bueno. Tuve pensamientos bondadosos para con todos los que me rodeaban, incluyendo a la Madre Concepción.   

      Mi primer sentimiento amoroso ocurrió durante esta representación. Me enamoré de Marisol, la niña que representó a la Virgen María. Mi primer enamoramiento, en aquel entonces, fue puro. No deseaba hacer el amor. Carecía de educación y deseo sexual, en el sentido más soez de la palabra.  Mi enamoramiento se limitaba a un deseo indescriptible de contemplar a mi mujer. Mi blanco objeto del deseo. Era una niña rubia, de rasgos finos y ojos color miel. Su cuerpo de niña no incitaba. Su rostro, sin embargo, me hacía soñar sueños infantiles y serenos sobre el amor. Mi entendimiento del amor era el siguiente: Marisol y yo en la nevería. Marisol y yo en los columpios. Marisol y yo, tomados de la mano, de pie, en la nada. Marisol y yo, tomados de la mano, con la expresión de una estatua de mármol, en la nada. Marisol, ¿Dónde te encuentras ahora? Marisol, ¿a quién has entregado tu sexo? Marisol, deja entra a mi carne en la tuya, hagamos el amor, como sólo ahora podemos hacerlo. Marisol, aquel niño que te obsequió una planta muerta como símbolo de su amor, ahora es un cretino. Marisol,  completa conmigo el círculo de un amor prematuro e infecundo. Hagamos el amor de un modo que ofenda a Dios. ¿Tienes marido?, ¿tienes hijos? Abandónalo todo y únete a mí, bajo la luna de Satán, al primer amor humano. No somos santos. Somos malditos. Nuestra sangre está contaminada por el pecado original. Tus hijos son demonios, provienen de la serpiente que violó a la madre de todos nosotros. El Infierno está en la Tierra y tú y yo somos el mal.

      Conté a mi madre sobre mi primer amor y me facilitó el camino. Se amistó con la madre de Marisol y propició los encuentros entre su hija y yo. Estos encuentros los exigías mi alma, cada vez con mayor frecuencia. Lloraba si no se me llevaba a casa de mi amor. El llanto, única arma de un niño, era disparada por mí sin censura. Los hermanos de mi madre me llamaban niño llorón. Detrás de cada lágrima mía anidaba una manipulación. Mi llanto era el modo de comunicarme con los humanos, como lo es el llanto de los gatos.
     
      Mi primer amor despertó en esta primera etapa de mi vida, y también, mi primer odio. El primer odio lo despertó en mí Rodrigo, un niño con sobrepeso, de tez blanca y cabello negro. Era el mayor en edad y el mayor en tamaño y peso. Solía adueñarse de las cosas, por ejemplo, del pasa-manos de la esquina, de una esquina, de una banca. Si proclamaba algo como suyo, la fuerza de su voz y de sus puños le defendía. No había modo de hacerle frente. Tendría tres o cuatro años y era un tirano. ¿Qué ha sido de ti, Rodrigo? ¿Aceptarías una pelea a puño limpio conmigo ahora? Una pelea se gana por el tamaño de los músculos, pero también, por el tamaño del odio. No, no soy un hombre agresivo, pero, ¿sabes?, contigo voy a hacer una excepción. Sigues siendo mayor que yo ahora, vamos. ¿Es que te has convertido en un hombre pacífico y bueno? Mejor así. Lo comprenderás mejor cuando te parta el culo.
     
      Le odié, más que nunca, cuando me abofeteó porque no quise darle una manzana. Mí manzana. Lo hizo delante de Marisol. ¿Lo recuerdas, desgraciado? Ahora quiero que tú me des a mí aquella manzana. La arrebató de mis manos después de pegarme y la mordió. Aquella fruta me pertenecía. Mi madre la compró y la lavó y la colocó en mi lonchera. ¿Dónde está mi manzana? Estuvo en el tracto digestivo del niño equivocado. ¿La has defecado bien, Rodrigo? ¿Estás seguro que no queda nada de ella dentro de ti? ¡Vamos a averiguarlo! Le quitaste a un niño una manzana, pero sembraste en él una semilla mucho más peligrosa.

      No dije nada a mi madre ni a las monjas. Al llegar a casa, cuando mi madre preguntó si me lo había comido todo, dije que sí. Todos los actos se realizan ante los ojos de Dios. ¿A quién vas a castigar, Dios? ¿A Rodrigo por robar, o a mí por mentir? ¿Dónde está tu bondad, Señor? Tu bondad está en perdonar a Rodrigo y dejar entra en mí el odio para después castigarme. ¿No es cierto? Veamos: me enfrenté a Rodrigo la quinta vez que intentó robarme parte del almuerzo. Esta vez logré esquivar el golpe. Había siempre una muchedumbre de niños alrededor. ¿Dónde estaban los adultos en aquellas ocasiones? La muchedumbre exclamó. Rodrigo enfureció, intentó pegarme de nuevo. Volví a esquivar el golpe y le pegué en el estómago. Tenías una buena ofensiva, pero tu defensiva era mediocre, ¿recuerdas? El puñetazo de un niño enclenque bastó para doblarte. Rodrigo lloró y me delató con la Madre Superiora. ¿Cuántos golpes había aguantado yo, hijo de puta? ¿Quién era el niño llorón? Llamaron a mi madre. Me encerraron en la capilla. Dios había castigado al niño equivocado. ¿Dónde está la sabiduría del Cristo? Me hicieron rezar veinte Padre Nuestros. Yo fui culpado y Rodrigo canonizado. Me condenaron. Me satanizaron. Me llamaron violento y amenaza. Mi madre me reprendió por mi comportamiento. Enfrenté el castigo y el regaño. ¿Qué hubieses hecho tú, Rodrigo?, ¿llorar y explicar que otro niño te ha robado el almuerzo cinco veces ya? Tú no hubieras soportado el primer abuso. Esto ahora tiene un nombre, pero en aquellos días de 1988 un niño se hacía hombre y enfrentaba sus miedos con su soledad, no con el psicólogo. ¿Qué ha sido de ti, Rodrigo? ¿Aceptarías una pelea a puño limpio conmigo ahora? ¿Tienes mujer? ¿Tienes hijos? ¿Tienes razones para no hacer un lío? Explícaselo a tu mujer y tus hijos: Petrozza ha regresado.

      Mi relación con Marisol consistía en encuentros esporádicos en casa de su madre, es decir, en casa de Marisol. La madre de Marisol era una mujer divorciada y se mantenía a ella y a su hija con la venta de juguetería en bazares y en casas. Su apartamento estaba lleno de juguetes. Mi madre llegó a comprarle para justificar nuestras visitas. Las madres conversaban en la estancia mientras Marisol y yo jugábamos con los juguetes abiertos en el pasillo. El juguete que más recuerdo era una pequeña máquina que hacía rotar en una pantalla un escenario de carretera con obstáculos por medio de un cilindro movido a cuerda. El juguete en sí tenía el aspecto del frente de un coche de 1980 y había que mover con un volante pequeñito un coche diminuto que se desplazaba por el escenario y esquivar los obstáculos. Su música era el girar de la cuerda por medio de los engranes. Marisol era capaz de terminar la carretera sin chocar. Supongo que se trataba de una carretera corta aunque en aquel entonces nos parecía eterna y nos hacía sudar. ¿Qué sucedía si el coche chocaba contra una piedra u otro coche? Nada. Aun así podías continuar indefinidamente. Podías hacer girar la cuerda y dejar el coche aparcado y nada pasaría. Era cuestión de honor y de honestidad ganar el juego.

      Nunca confesé a Marisol mi amor por ella porque no sabía que el amor debe confesarse, como un delito, un crimen, un pecado; y porque no sabía que mi sentimiento era el de un enamorado. ¿Qué pensaba yo al respecto? Nada. Me apetecía mirarla, y eso era todo lo que tenía. La amaba como se ama a una pintura artística.

      Si nos aburríamos con los juguetes, salíamos. No ha quedado claro: Marisol y yo vivíamos en el mismo conjunto habitacional. Las visitas a su casa las hacíamos a pie. Salíamos al área de juegos infantiles del conjunto de apartamentos. Una plancha de cemento sobre la que había empotrado un pasa-manos, una resbaladilla, un par de columpios y un sube-baja. Además de eso había cuatro bancas de concreto. Muchachos mayores solían acomodarse en las bancas a fumar y charlar e intentar acostarse con las muchachas, que también se tumbaban en las bancas a fumar y charlar y dejarse ligar. Marisol y yo estábamos a un abismo de todo eso. No fumábamos, ni nos besábamos ni nos cogíamos de las manos ni hablábamos de amor. Todos nuestros encuentros ocurrían por las tardes, después de clases, y terminaban antes del anochecer.

      El uniforme de gimnasia del colegio incluía una cinta de color azul para los niños y de color rosa para las niñas, que debíamos anudar alrededor de nuestras cabezas. Una camisa blanca, un par de shorts del mismo color, según nuestro sexo, un par de calcetas del mismo color, y un par de zapatos deportivos blancos. Yo no podía soportar la cinta. Tenía tres años, y también orgullo. Me resistía a sufrir tal humillación. Siempre que me era posible, me quitaba aquella cosa y me la embolsaba. ¿No era suficiente con obligarnos a arrodillarnos ante el pecho desnudo de Cristo? ¿Había que obligarnos también a llevar aquella cinta? Un niño tiene criterio propio, y hay cosas que detesta, como si tuviese cuarenta años. Reto a cualquier adulto de cuarenta años a vista el uniforme de gimnasia del colegio de La Vera Cruz, en 1988, y se pasee por la calle sin sentirse ridículo y estúpido y sin ser amedrentado. Escuchen esto, padres: Los niños no son mascotas. Los niños tienen vanidad y reputación desde los tres años. Si quieren vestir payasos, vistan a sus madres.

      La clases de gimnasia eran impartidas, Dios santo, por la Madre Concepción. No es necesario explicar nada más para dar a entender el grado de patetismo de los ejercicios, y, en general, de las clases de gimnasia, y de todo lo que las Madres entendían por gimnasia.

      Ahora bien, aquellos shorts color de rosa me permitían mirar las piernas de mi amada. ¿Qué miraba un niño de tres años en las piernas de una niña de tres años? Se los diré: los hoyuelos en las rodillas. Aquellos hoyuelos equivalían a un par de tetas a los quince años. ¿No existe la sexualidad en los niños? Existe la sexualidad en los niños, aunque no tenga que ver con penes y vaginas. Tenía tres años y una vida sexual activa: cada que podía me sentaba a lado de Marisol y le sobaba las rodillas. Era el comienzo de lo que más adelante sería mi vida de depravación. A los tres años nadie me puso un alto, ¿por qué iban a ponérmelo a los once, edad en que sostuve mi primer encuentro sexual con algo poco más que una niña?

      Los problemas en el colegio continuaron. Me negaba a seguir al pie de la letra el reglamento. Me negaba a arrodillarme, a rezar, a usar la cinta en la cabeza, entregar la tarea, a dejarme abusar por Rodrigo, a prestar atención a las maestras. Mi madre optó por sacarme del instituto.

Esto supuso una disminución en mi contemplación de Marisol. Ahora podía verla sólo por las tardes, una o dos veces por semana, cuando mi madre estaba de humor para llevarme a casad e mi corazón. Poco después cumplí cuatro años y con ello gané el beneplácito de salir solo y pasearme por el conjunto habitacional. Salía con frecuencia, siempre a buscar a Marisol. Además de ella, no tenía amigos. Ni de mi edad ni de otra.

El apartamento de Marisol estaba en la planta baja de la torre 14. La ventana de su habitación quedaba a ras del suelo. La tocaba con el puño para llamarla. Marisol, ¿estabas tú enamorada de mí? Respondía a mi llamada con prontitud. Asomaba su sol de cara por la ventana, me hacía la señal de espera, y salía corriendo por la puerta del edificio en ropa de civil. En verano utilizaba shorts de mezclilla. En verano ofrecía a mi pequeña mente retorcida aquellos hoyuelos por donde, metafóricamente, la penetraba.

Nuestros juegos se resumían a cortar plantas del jardín y separarlas en grupos, según su clase. No su clase botánica, si no la clase a la que pertenecían según su semejanza con ciertos alimentos que conocíamos. Por ejemplo, había un tipo de planta que por su aspecto parecía carne, otro, perejil, otro, lechuga o queso, etc. Había un tipo de planta estupendo, que daba un fruto maldito, de color rojo o verde, con aspecto de jitomate y tomate respectivamente, en miniatura. Eran nuestras plantas favoritas. Arrancábamos tanto como podíamos. Una vez hecho esto, fantaseábamos con tener un restaurante. A veces era yo el comensal, a veces ella. Ambos preferíamos jugar el papel de cocinero. Era, por mucho, el más interesante, y el más divertido. Cuando me tocaba ser el comensal, fingía llegar al restaurante y ordenas carne asada con perejil y tomates. De postre, un pastel de chocolate, que era preparado con lodo y una corcholata de coca-cola. Sí, tenía el aspecto de una tarta o un panqué. Esto era nuestro juego favorito, además de columpiarnos o mojaros con el dispersor que regaba las plantas con agua sucia. Eran tiempos ingenuos y buenos.
     

Luego, un buen día, la madre de Marisol, y por lo tanto Marisol, se mudaron. Así terminó mi relación con el primer amor de mi vida.


jueves, 26 de junio de 2014

A quien corresponda.

Texto por: Danell Maya


Brindo por los presos sueños que quedaron
Petrificados en los colchones rentados de habitaciones
Impersonales en donde nos gastamos los huesos
Y besamos con filosas lenguas Nuestras calientes carnes hasta arruinarnos

¡POR LAS QUE USÉ Y NO ME SIRVIERON DE NADA!

Que como frágiles luces de cera nos extinguimos a nosotros  en el recuerdo
Intoxicándonos con nuestras secreciones Buscando la química perfecta
Estar ahora sentado y sedentario recordando los mosaicos faciales de las
que infringieron un dolor agridulce en mi alma

Ahora que se pasean por las noches en mi habitación
Parecidas a una especie de espesos y escabrosos fantasmas
Amados y en su momento deliciosos y delicados
Que no me dejan dormir

Por los poemas y el semen tirado al W. C.

¡POR ELLAS A LAS QUE NO LES SERVÍ DE NADA! 

Por reírnos de las infidelidades y rompimientos que causamos
Por las traiciones que nos y que inyectamos
Por el amor derramado y mal gastado
Por el genocidio de pájaros azules muertos en nuestro interior por nosotros mismos

Por escupir rayos de luna en vientres alquilados
Por el licor que corre por mis poemas
Porque cuando me levanto por las madrugadas y me miro al espejo
Sé que no soy yo ¡SIEMPRE ESTOY MUTANDO!

PERO TE CONFIESO ALGO

No estoy esperando ESTOY BUSCANDO
Entre los miserables Las solitarias Los héroes Las suicidas Entre las iglesias Los borrachos
Los condenados Entre mis dedos Los obreros En la peste En las gemebundas
En la furia acometida

Busco el pulso exacto que me da la vida
Y encontrarte Mi mujer lujuriosa
La verdadera La amorosa La sangrante Enmohecida y desnuda
Mantente tranquila que te sigo buscando en esta puta e inhóspita vida





Texto por: Danell Maya

domingo, 22 de junio de 2014

La señorita Bermúdez.


Martha Bermúdez entró a trabajar a la oficina dos o tres semanas después que yo. Ella no lo sabía, se lo dije en alguna ocasión, se lo repetí un par de veces, pero siempre lo olvidaba. Yo le decía: vaya, también soy nuevo aquí. Se lo decía cuando me preguntaba el por qué de ciertas decisiones en la empresa, o dónde podía encontrar los sanitarios. Ella reía y exclamaba: cierto, me lo habías dicho ya, ¿dónde tengo la cabeza? Yo pensaba: no sé dónde tienes la cabeza, pero sé muy bien dónde tienes el culo. Martha Bermúdez tenía un buen culo. Apuesto que era un excelente culo incluso sin ropa.

      Mi oficina daba directo al pasillo. La señorita Bermúdez debía pasar por aquel pasillo para llegar a su oficina. Todos los días la miraba pasar unas buenas veces. Le miraba aquel lindo culo y me imaginaba penetrándola desde atrás. A lado mío, mi compadre Berck la miraba pasar también. Normalmente, Berck hubiese exclamado algo al respecto del culo de una señorita que pasa, pero con Martha no solía hacerlo. Eso me extrañaba. Somos hombres, ¿qué no? Los hombres lo hacemos: pasa una señorita y exclamamos. No importa si no está buena realmente, algo hay que exclamar. Incluso si es fea, exclamamos algo respecto a su fealdad. ¿Por qué Berck no exclama nada?, pensaba.

      A veces, Berck y yo comprábamos comida y la comíamos en el comedor de la empresa. A veces, Martha Bermúdez comía allí también. Cuando esto pasaba la miraba discretamente. Era una chica morena, baja de estatura, delgada y con ese culo que ya mencioné. Algo había de su pecho también. Suficiente para que me levantase los ánimos cuando la miraba llegar por las mañanas, o cuando se paseaba por el pasillo, o en el comedor. Sin embargo, ni Berck ni los otros parecían entusiasmados con ella. Esto me preocupaba, en serio. Yo tenía una opinión positiva sobre Bermúdez y su culo, Dios, y nadie parecía notarlo. Hablo del culo de Martha: nadie parecía notar que un par de carnes bien formadas y firmes se meneaban por las oficinas. Habían notado incluso a mujeres de culos inferiores; se excitaron con Brenda, que era una chica vulgar y gorda, con Ivonne, que era más o menos del mismo tipo, y con Casandra, presumida y tonta. Martha Bermúdez, además de su cuerpo, tenía un carácter tranquilo, apaciguado; una mujer con la que se puede estar en santa paz, sin ir de compras ni conversaciones sobre la farándula. Una mujer con la que uno puede fumar un cigarrillo y beber una cerveza y hablar de cualquier cosa, sin pretensiones.

      En una ocasión, Martha pasó por delante de mí, a lo largo del pasillo. La seguí sin decir nada y de pronto se paró en seco. Mi cuerpo se estrelló con el suyo. Estoy seguro que sintió mi pene erecto sobre su espalda. Exclamó algo ininteligible, dio media vuelta, para plantarme cara, y sonrió. Yo sonreí también. No puede hacer nada más. Estaba muy nervioso. En el acto, se cayeron un par de papeles de las manos de Martha. Se agachó para recogerlos y le mire el culazo. Debí agacharme yo, ayudarla. Me sorprendió mirándola. Se sonrojó. Dijo: bueno, debo irme, ¿nos vemos en la comida? Asentí con la cabeza. Aquella tarde Berck me propuso comer fuera y acepté.

            ¿Qué opinas de Martha Bermúdez?, le pregunté a Berck durante la comida. Se limpió los labios con una servilleta y masticando, dijo: no sé, no me agrada. Bebí agua. Luce como una tonta, ¿no crees?, continuó Berck. Sí, bueno…, murmuré yo… Pásame la salsa, interrumpió Berck. No hablé más sobre la señorita Bermúdez.


2

Una mañana me propuse decírselo. A Bermúdez. Invitarla a comer fuera y decirle que estaba dispuesto a salir con ella, a conocernos, no sé… si ella quería, claro. Estaba decidido. Lo haría poco antes de la hora de la comida. Aquel día la miré un par de veces antes de la hora indicada. La miré pasar por el pasillo de ida y de regreso. Definitivamente había algo en ella que me atraía. Tenía ganas de besarle el culo, Dios santo.

Poco después me levanté, caminé hasta su oficina. Estaba dentro, y con ella, Berck. Quise huir, pero Berck me miró venir; me hizo una seña para que entrase. Entré. Hablaban sobre una proyección de ventas, o algo, y decidieron preguntarme si yo estaba de acuerdo con los resultados. Miré la proyección en el ordenador de la señorita Bermúdez, por encima de ella. No puede concentrarme. Mi mirada caía, pesada como el plomo, sobre la espalda de ella, resbalándose hasta la raja de su culo, que asomaba discretamente, debajo del pantalón, debajo de una tanga de color rosa. Sí, dije, todo eso está muy bien. Acto seguido, me levanté y me fui. No deseaba mostrarme demasiado interesado. No delante de Berck.

      Berck regresó a su sitio y me propuso comer fuera. Acepté. Comenzaba a odiar a Berck, aunque no fuese culpable. Durante la comida volvió a hablar de Bermúdez. Dijo: ¿Has notado que Bermúdez usa un color de labial muy feo? Lo había notado. Me parecía un color de labial discreto y bello. No, respondí.


3

La semana siguiente salimos, Berck, un par de compadres más y yo. Fuimos a beber a un bar cerca de la zona rosa. Allí me emborraché y cometí el error de confesar que pensaba de Bermúdez que era linda. Nunca debí usar aquel adjetivo. Se burlaron de mí porque consideraban a Bermúdez una chica rara, tímida, opaca, introvertida, callada, no sé. También porque usé una palabra reservada a las mujeres. Debí decir: buena, o sabrosa, ya sabes.

      En adelante, en la oficina, comenzaron a burlarse de mí. Usaban el adjetivo lindo para referirse a todas las cosas y cuando Bermúdez pasaba frente a nosotros exclamaban y silbaban. Estoy seguro que la señorita Bermúdez lo entendía porque se sonrojaba. A partir de aquellas burlas, Bermúdez comenzó a pasar más a menudo delante de mi oficina. En ciertas ocasiones me sonreía, me saludaba con la mano o me saludaba dos veces. Una vez lo dijo. Dijo: ay, creo que ya te había saludado, ¿verdad? Bueno, no importa, hola otra vez. Me pegaba un beso en la mejilla y se iba contoneándose y agitando la mano en salutación. Yo no podía hacer otra cosa que saludarla y agitar la mano casi sin hablar. No deseaba que Bermúdez se pensara que yo… Vamos, ni yo puedo entenderme, Jesús. ¿Por qué no habría de desear que ella lo supiese?: me gustas, Bermúdez, me gustas mucho, Dios, me muero por tener tu culo en mi boca, ¿y?, ¿te molestaría? No lo creo, señorita, no lo creo.

      A su intensiva búsqueda de mí, yo respondía con una intensiva estrategia de ocultamiento. Salía a comer fuera, con Berck, las más de las veces, evitando encontrarme con Martha en el comedor (ella, generalmente, comía ahí). Al salir del trabajo rodeaba la cuadra que da al metro, para no encontrarla en el camino; una vez la encontré y tuve que abordar con ella el metro y recorrer cinco estaciones. Fue muy incómodo. Íbamos de pie, ella delante de mí, agarrados del tubo; no podía evitar el rozamiento de mi pelvis con su culo, o su espalda. La ansiedad me carcomía. Sentía ganas de tocarla a gusto, de bajarle el pantalón y meter mi lengua hasta lo más profundo de su ano. No quería despertar en ella sospechas sobre mis deseos más oscuros. Si al menos Berck y los demás me animaran…

      No, Berck y los demás no me animaban. La consideraban fea y apática, no sé. En cambio, todos se animaban a conquistar a Brenda, o a Casandra. Si alguna de ellas pasaba delante de nosotros, todos exclamaban y se excitaban; les hacían bromas, les dirigían albures y cosas. Yo no hacía nada de eso; las odiaba porque se daban aires de grandes estrellas del modelaje cuando eran personas horribles y vulgares que se paseaban en minifalda y tacones. Bermúdez, en cambio, jamás usaba tacones ni minifaldas, cosa que siempre le agradecí. Si alguno lograse acostarse con una de ellas, sería el héroe de la oficina. Nadie lo intentaba en serio, eran, para ellos, dos musas inalcanzables porque tenían culos y tetas de más de dos kilos. A mí se me antojaban más un par de luchadoras de lucha libre, o un par de prostitutas de la Merced, no sé.

      Otra mañana, volví a despertar convencido y decidido a hacerlo: salir con Martha Bermúdez, hablar con ella, confesarle mi atracción. Estaba seguro que yo, de algún modo, le atraía, porque… no sabría explicarlo; me gusta pensar que se fijaba en mí porque era un hombre diferente, que no se alocaba aquellas sirenas de agua puerca, y sí con ella, que era tímida y honesta. Probablemente sea mentira, producto de mi embelesada imaginación, sí, pero por las noches pensaba en ello y me tocaba pensando en Bermúdez, y Dios santo, me corría a toda presión al imaginarla desde cierta posición sexual, o chupándomela. También tenía imaginaciones donde Berck y los demás me descubrían penetrando a Bermúdez en las bodegas de la empresa y, caray, se les caía la cara al ver, en todo su esplendor, el culo de mi chica. Se los dije, hombres, Bermúdez es la buena aquí, Dios. Me convertía en el héroe. Otras veces pensaba en Bermúdez desnuda en un bosque paradisiaco, agachada para recoger flores del suelo, y yo, espiándola desde algún arbusto, en espera del mejor momento para saltar sobre ella y violarla hasta desgarrarle las entrañas y beber la sangre de su recto, en un ritual de iniciación satánica, o por puro placer. En esta última imaginación, Bermúdez podía morir, no me importaba.  

      Bueno, el caso es que llegué al trabajo decidido. Aquella mañana Bermúdez llegó metida en un pantalón blanco que traslucía ligeramente la piel morena de su magnífico culo. Esto me intimidó, así que decidí esperar un poco más, a una mejor ocasión; ocasión en que me sintiese más seguro. Salí a comer fura, con Berck y los chicos, y comenzaron a hablar del pantalón de Bermúdez. Dijeron que no estaba tan mal. No dije nada, estaba de más. Yo llevaba un mes diciéndoselos. Sin embargo, no llegó a excitarlos tanto como la vez que Brenda llegó en minifalda blanca y tanga negra. Aquella vez estaban vueltos locos.


4

Escribí una nota para Bermúdez. Ponía: Hola, ¿te gustaría comer conmigo esta tarde en Biarritz? La escribí sobre papel corriente; pensaba dejarla sobre su escritorio. No la firmaría; la dejaría en secreto. Poco después, dejaría otra nota secreta, durante algún descuido de Bermúdez. Ésta pondría: Si aceptas, te veo en Biarritz a las tres en punto. Mi esperanza era que la intriga de saber quién le había invitado la excitara y fuera. También podía pasar que no fuera, precisamente por la intriga; no era una mujer de aventuras. La última perspectiva me detuvo. Hice bola el papel de la primera nota y la arrojé al cesto. ¿Por qué me era tan difícil?

      Al día siguiente tuve un envalentonamiento y lo hice: en cuanto llegó Bermúdez y me saludó, le dije: necesito hablar contigo, ¿podemos comer esta tarde fuera? Se impactó por el tono de mi voz, al que doté de cierta gravedad, como si tuviese una noticia funesta que darle, o una noticia secreta o importante, no sé. Asintió con la cabeza y se fue. Dos horas más tarde regresó y preguntó: ¿qué es lo que tienes que decirme? No contaba con esto, así que titubeé y dije: ya te lo digo en la tarde, ¿vale? Afortunadamente no insistió y las cosas pasaron: fuimos a comer a Biarritz. En Biarritz me acobardé. ¿Qué es lo que deseabas decirme?, me preguntaba una y otra vez y yo no tenía respuesta. Vale, respondí, sólo deseaba comer contigo fuera y no sabía cómo decirte, ¿okey? Bermúdez sonrió y dijo: okey.

      Pasamos un rato agradable. Bermúdez era risueña, activa, sonrojada, despierta, cuando se sentía en confianza. Yo me mostré encantado de estar con ella y ella reaccionó a mi entusiasmo. Cualquiera diría que la cosa estaba hecha.

      AL regresar, sin embargo, a la entrada del edifico, nos encontramos con Berck y los otros. Olvidé avisar a Berck que saldría con Bermúdez. Todos exclamaron y gritaron y rieron. Incluso las chicas. Bermúdez se sonrojó, aunque notabas cierto orgullo en su coloración. Yo cambié mi actitud a una actitud de vergüenza. Me apenaba pasearme con Bermúdez abiertamente. Ella debió notarlo. En el pasillo, dijo: gracias por la comida, ojalá pudiésemos comer igual en el comedor. Acto seguido, se fue. Noté un desaliento en su alma, una decepción, no sé.


5

Lo anterior fue todo lo que podría describir como mi relación con Bermúdez. Después de aquella salida no volvimos a salir ni a comer juntos. Los chicos hicieron burlas durante todo el mes y luego lo olvidaron porque nunca más volvieron a verme con Bermúdez ni mostrar interés en ella, ni nada. También pasó algo en mi cabeza porque realmente no tuve más interés en ella; ni siquiera su culo logaba excitarme como antes. Bermúdez dejó de saludarme con tanta frecuencia y no hablamos más, con excepción de lo estrictamente laboral.


      Bueno, quería contárselos. ¿Qué habrían hecho ustedes? 



jueves, 19 de junio de 2014

¡Brillante!

Texto por: Joss
Sitio del autor, aquí.

 Ya es tarde, nadie esperará a un alma que pronto morirá.
Avanzarán sin mí y será en vano llegar allí.
Yo.

Capítulo I: Una piña en la cabeza

El hombre que está a mi lado trata de contener su risa ¡Y cómo no! Le he dado un show esplendido al estrellar mi frente en el asiento delantero. No obstante, este incidente ha sido una salvación, pues ya me he pasado dos paraderos, y francamente, con el sueño que tengo; el bus podía llegar hasta Nazaret y yo ni enterado. Mientras dormía, mi cerebro proyectaba una terrible película de horror, una de esas que te estremecen hasta los huesos, de la cual sólo deseas escapar y no volverla a pensar jamás. Sin embargo, después de observar a mi alrededor, preferiría volver a internarme en mis sueños, por más descabellados que sean. Esta carcocha está repleta de gente y el bochorno es insoportable. En los asientos posteriores, están un par de ‘fresitas’ hablando de qué tan grande la tienen sus enamorados. El modo de hablar de ambas me causa indigestión. Utilizan al por mayor aquel ‘manyas’ que tanto detesto; qué chiquillas tan despreciables, apuesto mi colección de cómics a que ni saben qué significa. Cerca al medio, está una de esas tías con bebé alquilado (fácilmente es la quinta que se sube al micro) cantando una de esas insoportables canciones en quechua, que obviamente, son una sinfonía al lado de esa basura de reggaetón que acaba de poner un narizón con gorra y pinta de piraña sentado en el asiento de atrás. Cosas como estas hacen que un golpe de cabeza sea una caricia al lado de la jaqueca que te causan. Asqueado me paro y empiezo a empujar a todos hasta llegar a la puerta, la cual se abre, liberándome.


Capítulo II: Frenillos


Dejo atrás aquel zobaquiento bus, veo la hora en mi celular mientras empiezo el recorrido de esta gran avenida. Faltan dos minutos para el inicio de mis clases y estoy como a dos kilómetros de mi instituto, y a menos que camine un kilómetro por minuto, llegaré extremadamente tarde.

     “Cómo escribir historias fascinantes” es el título de mi taller, y me vienen dando consejos para poder escribir alguna novela que hace mucho quería plasmar en hojas. Es dictado por un conocido cronista, al cual puedo ver sonriente en un gigantesco anuncio situado cuadras más abajo como parte de la propaganda del diario que él dirige, y que nunca compro, no porque tenga mala información, sino porque no trae horóscopo. Él ha pedido  a la clase escribir un relato acerca de alguna anécdota. Yo ahora no tengo ni la más mínima idea de lo que escribiré pero haré el esfuerzo por impresionarlo un poco.

     He llegado a la cuadra del anuncio de mi profesor, y se me da por observarlo sin detener mis piernas ¿Es posible tener los dientes tan blancos y parejos? ¿O sólo trata de mostrarme lo más encantador de él? Tal vez no sabe nada y solo me está ‘cabeceando’ el dinero con el cual podría comprarme unos cuantos juguetes más para mi colección.

     No tengo dinero para poder tomar un taxi, además he notado que por aquí no pasa ningún tipo de transporte público. Bueno, pues así poco a poco se van las ganas de querer llegar. Vamos, es sólo un taller, nunca me pondrán calificación alguna, no revisarán aquello que podía escribir, y es más, mi grandioso profesor ni siquiera sabe mi nombre. 

Capítulo III: Otro camino


El sol se va ocultando, muchos edificios son tocados por su brillo agonizante. No obstante, hay uno que resalta entre los demás, “Libertad” es su nombre, no es el más alto de la capital, pero tiene una peculiaridad que hasta ahora ninguna otra construcción a copiado. En el lado iluminado por el ocaso dibujaron un ojo gigante con detalles bastante realistas, la pupila tiene ciertos colores especiales que brillan al reflejar la luz del atardecer. Es hermoso; si lo ves, te da una extraña sensación, como si alguien, en algún lugar de esta triste ciudad, está contemplando maravillado la caída del astro más brillante.

     Yo aún veo a “Libertad” muy lejos, pero está allí y me seduce, deseo ir. Nunca he subido al último piso, hoy estoy decidido a hacerlo. No tengo nada más que hacer, marcaré un camino hacia la Libertad.


Capítulo IV: Ser brillante


El viento sopla fuerte, cada cuadra me hace un peinado diferente. Este lado de la ciudad es bien guapo, puedo ver todo más ordenado, limpio y decente. ¡Hasta hay basureros en cada esquina! Esto si me gusta, mis sentidos perciben que la contaminación ambiental de esta inmunda ciudad ha quedado atrás y he llegado a un lugar mejor. Lo único que me disgusta de por aquí es la gente, me siento asfixiado al ver a tantos ‘yuppies’; esos tipejos con ‘ternito’, camisa blanca y corbata que creen que el mundo es una empresa en la cual siempre tienen que estar formales; salir de sus trabajos. Además también detesto esos carros elegantes con lunas polarizadas y a los conductores de estos, manejan pésimo y se dan el lujo de mentarte a la madre y ningunearte cuando tú estás manejando un tico y les reclamas algo. Como odio a ese tipo de gente.

     Camino entre la multitud, invisible, todos pasan  y nunca reparan en mí, empujando, viendo sus relojes, hablando de sus grandezas y nunca de sus derrotas. Yo soy uno más allí, desconocido, sin una luz que me ilumine, ni un cartel que diga que soy alguien. Puedo hacer cosas grandes, mucho más que sólo terminar una carrera que  desprecio, mucho más que ir con terno a una empresa donde pasaré el resto de mi vida tragando papeles de marketing y negocios, mucho más que sólo escribir cuentos llenos de resentimiento y culpa. Deseo ser alguien que deje una marca en alguna vida, deseo sentir que he logrado algo. Yo deseo…

     Ese chirrido que te irrita los oídos de las llantas de un automóvil frenando en seco se escucha en toda la cuadra y rompe mis pensamientos de forma abrupta. En un solo parpadeo, una camioneta se estrella contra un puesto de periódicos, haciéndolo añicos. El conductor, un joven que baja con cara de imbécil del carro y con una mano en la frente, debe tener muy mal gusto como para pegar esas calcomanías de niño meando y sacando el dedo medio en la maletera. Mucha gente se acerca al lugar, como siempre, este es un país lleno de mirones. Una mujer empieza a gritar pidiendo auxilio, cree que la vendedora está bajo las llantas. En fin, esto es tan común en la capital que no me impresiona ver estas escenas, a pesar de ser la primera vez que observo de cerca un accidente. Estoy cansado de ir por esta interminable avenida, así que busco con los ojos un pasaje por el cual entrar, según recuerdo; por aquí cerca hay un parque que antes me gustaba recorrer. Sigo mi camino, no sin antes escuchar que otra mujer empieza a gritar, esta vez insultos de grueso calibre, es la vendedora de periódicos tratando de lincha al conductor responsable de hacer volar por los aires su puesto.


Capítulo V: Césped


Hace mucho que no caminaba por aquí, no recuerdo porqué lo deje de hacer, antes me encantaba caminar por aquí, por este inmenso parque. Está situado en medio de tanto cemento, es un pulmón para gente asfixiada por tanta modernidad. Empiezo mi recorrido por el camino central, veo a muchas personas recostadas sobre el césped, otras reposando su espalda en los árboles, todo es tan tranquilo por aquí. Alguna vez, disfruté de esta tranquilidad y me entregué al campo verde sólo para observar el cielo mientras oscurecía. Hay personas aquí, disfrutando de su ser amado, contemplando aquel cielo que me encanta. Sé que no siempre he estado solo, hubo un tiempo donde podía disfrutar de la compañía de alguien.  Allí, entre los árboles nos contábamos historias que creábamos a partir de sucesos en nuestras aburridas vidas, iniciando fantasiosas realidades. Allí, en la fuente central, nuestras caricias eran siempre puras, pues no había malicia en nuestros pensamientos, solo curiosidad; correr libres entre las hojas, sin oprimir nuestros deseos. ¿Qué pasó con la última historia que nos contamos? Cayó muerta como la hoja seca que se posa en mi cabeza. Es estúpido recordar esto después de tantos años, en los cuales me he sentido cada vez más ajeno a esta vida.

     Una pareja discute en una banca cercana, él mira el suelo, mientras ella le recrimina algo que no logro entender. Después de lanzar una serie de improperios, la muchacha empieza a reírse, mientras el joven tiene los ojos llorosos, intentando controlar sus lágrimas. Esto no es poco común, ahora recuerdo la última historia. Desearía dejar de pensar en esto, pero es una cadena imparable de hecho. Como la vez en la cual me recriminaste por tener otro modo de ver las cosas, o todas las veces que te burlaste de mí, al saber que sólo moría por ti, al verme como un insecto, al rechazarme de aquella manera, al decirme poca cosa sin abrir la boca. Tú querías a alguien mejor, alguien que vaya con tu estatus, alguien con quien presumir en cada maldito evento que asistías, alguien que existiera. Tú deseabas a alguien brillante, y yo sólo era el último de la fila. Estos pensamientos horrendos causan una brecha en mis ojos, y las lágrimas son incontenibles. Paro y observo a toda esa gente feliz, disfrutando de aquello que se me fue arrebatado por no ser una persona mejor. Esto me marea, me siento enfermo y sólo deseo salir de aquí. Empiezo a correr, mientras mis lágrimas me torturan, el viento me azota la cara, el olor a pasto me asfixia.

     Yo deseo ser brillante. Agitado, dejo de correr, de mi bolsillo saco mi inhalador, y me aplico una dosis de Salbutamol, el asma es una debilidad mía. Mi respiración empieza a calmarse, mis ojos a tranquilizarse, me doy cuenta que estoy cerca a la salida del parque. ¡Vaya recorrido! Debe ser que me he pasado medio un kilómetro corriendo. Me siento un poco más sereno, peino un poco mi cabello con mis dedos y procedo a salir del parque.

     En un árbol cercano, veo a  una chica, su cabello es lacio y oscuro, lleva gafas y solo su mochila verde la acompaña. Ella tiene en sus manos una hoja, me parece que es una carta. Ella lo lee, con una mirada triste, su boca no marca ninguna expresión. De sus ojos empiezan brotar lágrimas, tan iguales a las mías, llenas de frustración y tristeza. Nada bueno debe decir en ese pedazo de papel. Yo me pregunto si la carta que yo envié hace un tiempo habrá tenido el mismo impacto, o solo fue a parar en un tacho de basura en medio de risas alborotadas.
  

Capítulo VI: Inexplicable


Si me preguntara alguien por qué cada vez que camino lo hago tan dubitativo, la respuesta es sencilla: yo camino creando mi historia, es como si me pusiera en una perspectiva diferente a mi realidad y comienzo a describir todo lo que me sucede como si yo fuera un narrador ajeno, pero a la vez cómplice de lo descrito. Y bien, si alguien no entiende esta respuesta,  la verdad desearía que se quede callado, pues yo tampoco llego a captar del todo lo que trato de decir.

     Estoy mucho más cerca de la “Libertad”, por un momento había olvidado que mi destino era llegar allí. Pero vaya, qué rápido pasan las cosas cuando uno no piensa en algo concreto. El ojo sigue brillando por el brillo del ocaso y me parece extraño, pues el sol debió ocultarse hace un buen rato. Saco mi celular pero éste se encuentra con la pantalla oscura. Trato de encenderlo pero una escena acaba de interrumpir mi accionar. Una anciana, al parecer con demencia senil, sale gritando de forma espantosa del garaje recién abierto de una casa que está al otro lado de la pequeña calle que recorro. Ella tiene los cabellos canosos y  lleva puesto un pijama blanco, unos hombres con terno salen tras ella y la toman entre todos para poder cogerla e intentar introducirla en la casa nuevamente. La abuelita empieza a insultarlos, y a forcejear, tiene mucha fuerza al parecer. Cuando están a punto de meterla a la casa, la mujer lanza la cereza del pastel, empieza a recriminar a todos sus hijos por estar tras su herencia, y dice que prefería morir en vez de verlos pelear por cosas materiales. Entre toda la locura de su situación dijo algo que en estas situaciones siempre es cierto. Yo también, señora, desearía morir si mi vida estuviera envuelta en locura, y toda la gente a mi alrededor solo estuviese esperando mi caída como aves de rapiña para poder comer todo lo bueno que aún queda de mí. La puerta de aquella casa se cierra, mientras la mujer sigue gritando. Sabe el cielo como terminará aquello.


Capítulo VII: La sima. Sí, con “s”


Hay gente que se auto denomina, horrible, rara, incomprendida y lo grita a los cuatro vientos; eso es tan estúpido y vanidoso como presumir riquezas, supuestas virtudes y talentos. Es solo un intento por llamar la atención a los demás y decir: ¡mírenme! Aquí estoy yo, el chico horrible, raro e incomprendido a quien a todos le cae bien y tiene millones de amigos. Vaya que patinada, yo sólo tengo un amigo y trato de ser normal.  Si alguien tiene esos defectos simplemente guarda silencio y trata de sacarles provecho para poder conseguir las cosas que anhela. No hay peor villano que el que se hace pasar por héroe, ocultando sus verdaderas intenciones.

     Estoy frente a la “Libertad”, desde la entrada principal observo los trece pisos amenazantes, me acomodo los lentes y paso mi mano por mi cabello simulando peinarme. Procedo a entrar por la puerta principal. El hall es extraño y pequeño, tiene un tapizado verde, y en las paredes hay cuadros de monos haciendo cosas irreverentes; la recepción está vacía y todo está silencioso. Dejo de contemplar cada cuadro, me acerco al ascensor, solo hay uno, presiono el botón y la puerta se abre delante de mí. Lo abordo, en el panel presiono el botón del último piso.

     Los números que indican los pisos se van encendiendo uno a uno, en eso, una extraña sensación de miedo me invade, tenía miedo de llegar al último piso, y ver que podía encontrar allí.

     El último tintineo y la puerta del ascensor se abre nuevamente, mi corazón se acelera, al ver una habitación blanca con una ventana que deja percibir los débiles rayos del sol, al lado una escalera que dirige a una puerta, seguramente de la azotea; a pesar de la tranquilidad que debía transmitir este lugar, me siento tan impaciente, no lo pienso mucho y empiezo a subir cada escalón hasta llegar a la puerta la cual abro lentamente.

     El sol se ve tan hermoso desde aquí, puedo ver gran parte de este distrito, cubierto por el atardecer. La azotea es bastante amplia y está vacía, todo el piso luce muy empolvadoy dejo huellas al caminar, me acerco a la baranda y observo  la calle aledaña, todos andan tan tranquilos, ajenos a mi desesperación. Yo ya he estado aquí, alguna vez, creo. Pero a pesar de la hermosa vista que hay desde aquí, sé que no es uno de los mejores recuerdos que tengo debido a lo que me hace sentir al tratar de hurgar entre mis pensamientos, ¿y si he cometido un crimen? Aquí, donde estoy parado, cerca al borde, al empujar a alguien a quien amaba. Lo recuerdo, ella resbaló gracias a mí. Y no me importó tanto como ahora. Ella cayó, pero antes de hacerlo me arrancó el corazón para poder sufrir eternamente. Yo no quise hacerlo, pero ella se burló de mí, sin piedad, inmisericorde, su risa penetraba en mi alma. Nunca fui lo que ella quiso, ¡nunca fui brillante! Pero estoy dispuesto a serlo, hoy, aquí y ahora. Pues mis piernas no tienen miedo a trepar esta baranda tan delgada, como lo hago ahora. Brillaré, de una forma u otra, como el ojo que está bajo mis pies. Todos por fin me verán, así sea por un segundo. Hasta mi profesor recordará mi nombre. ¡Aquí estoy! ¡Mírenme! No tengo miedo  a nada, he empujado al olvido a alguien de mi pasado, y ahora estoy en la cima, como siempre quise estarlo.

     La gente en la calle sigue de largo, a pesar de mis gritos, trato de botar todo el aire que tengo en mis pulmones, pero nadie siquiera se molesta en mirar hacia arriba. Todo está de lo más normal allí abajo, y siento una presión en el pecho que me empieza a mortificar. La oscuridad empieza a apoderarse de toda la ciudad y las estrellas tienden a resaltar cada vez más en aquel cielo pintado cada vez más de negro. Yo parado, aquí, a punto de caer, siento una terrible frustración, y como era de esperarse, mis lágrimas empiezan a fluir de mis ojos pues no tiene ningún sentido estar aquí, al igual que mi vida, llena de tonto resentimiento. Cualquier que me viera se reiría de mi a carcajadas, lo sé. Lo harían mis padres, mis conocidos, mis compañeros de clase, mi profesor, ella.

     Debo tranquilizarme ¿Y si solo he imaginado todo esto? Por qué morir por fantasías si puedo vivir con realidades, por más duras que sean. Sería lo mejor. Debería cambiar de actitud, dejar mis odios y tratar de sumergirme más en esta vida. ¿Quién sabe? Tal vez todas las personas a quienes rechazo, pasan por peores situaciones que yo. Tal vez aquella señora quien iba cantando en el autobús necesitaba mantener a aquel niño que sí era su hijo; mi madre me cantaba algunas canciones en quecha pues mi abuela es de la sierra. Tal vez las ‘fresitas’ son vírgenes y tienen hogares disfuncionales, o incluso el narizón con pinta de ‘piraña’ solo es un narizón con mal gusto musical. Tal vez esos ‘Yuppies’ lo único que desean es salir adelante, al igual que todos. Tal vez el chofer de la camioneta trabajo demasiado para poder mantener a sus hijos, por eso dormitó y se despisto, chocando con aquel puesto de periódicos de una mujer que se ganaba cada centavo en los días tan calurosos como este. Debería cambiar y darme una oportunidad, a pesar de que a nadie le importe, podría llegar a ser feliz. Peroes muy tarde para reflexionar, debí hacerlo mientras estaba en pie y no parado cerca al vacío, que imbécil; las paradojas del destino quieren que tenga un ácido final, he resbalado y me aproximo a lo más insondable de esta ciudad. El viento empieza a golpearme mientras veo el suelo acercarse, no me molesto en gritar, al parecer esta es la única salvación de un alma perturbada.  Es lo que me merezco.


                                       Capitulo VIII: De otros cuentos


Wañaylla, wañuywañucha, amaraqaparuwaychu
Karuraqmipuririnay, runaykunatamaskani
Karuraqmipuririnay, runa simitanyachachini.*


Oigo un golpe seco, sé que estoy a punto de morir, puede que todos mis huesos estén como vidrios rotos en un saco de piel rasgada. Mi frente me duele y sólo escucho aquel ininteligible cántico. Abro mis ojos con dificultad. El hombre de mí costado trata de no reírse. Una mujer canta una canción en quechua. El bus está repleto y el bochorno es insoportable. Acabo de tener una pesadilla que no deseo recordar jamás. Ya es tarde y nadie en la clase me esperará…






*Muerte o muerte, todavía no me lleves.
Aún tengo mucho que caminar, ando buscando mi gente.Aún tengo mucho por recorrer, enseñando e idioma Quechua.


Texto por: Joss
Sitio del autor, aquí.


domingo, 15 de junio de 2014

No realmente.


Lourdes llamó para avisarme que el sábado siguiente irían a ver a Sheila; me instaba a ir con ellas, aunque todas sabían que Sheila y yo… bueno, no era buena idea que ella y yo nos viésemos las caras. Sin embargo, Sheila había dado a luz recién. ¿Y qué? A mí no me importaba, yo estuve en contra de ello todo el tiempo, fue eso, incluso, por lo que peleamos, porque yo dije: es de mal gusto procrear, y Sheila, que ya estaba embarazada en aquel entonces, bueno… Todas se pusieron de parte de Sheila. Decían que yo era una bruja amargada sin instintos maternales. Mantuve mi postura cuando la barriga de Sheila confirmó su embarazo. Se lo repetí en su cara. Le dije: yo no voy a felicitarte, es de mal gusto procrear. Sheila se ofendió muchísimo. Esperaba que todos solaparan su estupidez y le desearan felicidad y dijeran cosas como los niños son un regalo de Dios, etc. ¿Por qué hablo de estupidez? Porque fue un acto estúpido. No lo planeó. Se embarazó de su novio sin desearlo, como si en nuestros tiempos no hubiese suficiente información, como una María de pueblo, como un animal. No, como un animal no, los animales son inteligentes y no se reproducen más allá de las capacidades de su especie. Fue un error. No hay otra realidad, aunque después la quieran cubrir con Dios y destino y tonteras de esas. Sheila tenía diecisiete años.

      Antes de que naciera la cría, el novio de Sheila la abandonó. No podía esperarse otra cosa: fue un error y huyó de su error. Si todo esto estaba realmente en los planes de Dios, que Dios tan hijoputa. Sheila se convirtió, en ese momento, en un punto porcentual, en una estadística: el porcentaje de madres solteras, menores de edad, en 2014 no disminuye. Sheila era todo contra lo que luchaban los centros de salud, las campañas de planificación familiar, los programas de concientización de las adolescentes. Sheila era parte del problema que buscaban erradicar. A pesar de ello, Lourdes y las demás deseaban felicitarle. Sí, gracias por traer más gente al mundo, gracias por superpoblar, por reproducir la pobreza, por convertir al género humano en una plaga.

En una ocasión, cuando me riñeron por mi postura ante el embarazo de nuestra amiga, expuse la metáfora del cuarto de baño de Asimov, que leímos en clase en octavo grado. Todas la habían olvidado. Es algo así:

“Si dos personas viven en un apartamento y hay dos cuartos de baño, entonces los dos tienen libertad para usar el cuarto de baño cuantas veces quieran y pueden estar en el cuarto de baño todo el tiempo que deseen y para lo que deseen usarlo. Y todo el mundo cree en el derecho a cuarto de baño y en la libertad a usarlo cuando le apetezca, nadie está en contra de eso, todos creemos que debería estar hasta en la Constitución.

Pero si hay veintidós personas en el apartamento y solamente dos cuartos de baño, no importa cuánto crea la gente en la libertad y el derecho a cuarto de baño, porque tales cosas no existen. Entonces hay que establecer turno para cada persona para usar el baño, se tienen que establecer normas como que no puedes usarlo para cortarte las uñas, solo para necesidades y ducharte, lo que tendrás que hacer en poco tiempo… tienes que golpear la puerta para entrar… “¿Aún no estás listo?”… y así.

De la misma manera la democracia no sobrevive cuando hay superpoblación. La dignidad humana no puede sobrevivir a ello. La comodidad y la decencia no pueden sobrevivir a ello. A medida que crece la población planetaria el valor de una vida no solamente declina, sino que al final desaparece. Ya no importa si alguien muere. Cuanta más gente hay, menos importa cada individuo.”

      Se rieron de mí, dijeron que eso no importaba ante el milagro de la vida, de Dios, etc. Expliqué que todo ese rollo del milagro de Dios, Dios mismo, y la idea de que procrear es bueno, es una idea que conviene al gobierno y que fomenta a través de la televisión, porque mientras más seamos, más fácil es controlarnos, pues las masas son torpes, la calidad de vida disminuye y tenemos más necesidades que nos condicionan, como la necesidad del transporte público, del servicio de luz y agua, de comunicación, etc. La educación, los salarios, todo se menosprecia porque ahora hay mucha gente que puede educarse y proponerse para un empleo. A ellas no parecía importarles nada. Estaban más fascinadas con la idea de hacer una fiesta a Sheila, un intercambio de regalos y de comprar ropita para bebé. Yo dije: ustedes son estúpidas. Eso fue el acabose. No volví a ver a Lourdes, ni a las otras chicas y mucho menos a Sheila.

      Creo que pasaron cinco meses desde aquello. Ahora, Lourdes llamaba para decirme que el hijo de Sheila había nacido e irían a verla el sábado. Por supuesto, me negué. No lo hice por orgullo, lo hice porque realmente me importaba poco si Sheila se había embarazado y todo eso, o si ahora tendría que trabajar y sufrir para sacar a delante a su hijo, o lo que sea. Me importaba poco e incluso, estaba molesta con ella por haber sido tan tonta: ¿dónde quedaba toda la educación que supuestamente adquirimos en el colegio, en el seno de nuestras familias de clase media, en los libros que leímos? ¿De qué sirve leer si vas a continuar pensando como alguien que no lee? Dije a Lourdes que no asistiría y me reclamó hostilidad. Bueno, dije, ustedes me rechazaron por pensar como pienso y me vetaron de su grupo de amigas, Lou. Se defendió diciendo que aquello no era cierto. ¿Cómo no iba a ser cierto? ¿Cómo podía olvidarse de las cosas, mentir, o fingir (?) retraso mental? ¿De verdad pensaba que yo no había notado su descarado rechazo a mis ideas y mi persona? En cinco meses no llamaron para salir, como hacíamos antes, ni me dirigieron la palabra en el colegio. ¿Qué querían de mí? Vamos, le dije, ¿para qué quieren que yo vaya? Lourdes no supo responder, quizá en el fondo sabía que actuaba por compromiso y no por convicción. Anda, respondió, quizá ahora Sheila y tú puedan hacer las paces.


2

Lo intenté. Después de todo, Sheila había sido una vieja amiga y aunque las cosas se le habían regado de las manos, no era culpa suya del to… Vamos, ¿cómo no iba a ser culpa suya?, ¿es que de verdad no puedo hacerlo con un maldito condón? No sé. Asistí a a la reunión el sábado, donde Sheila nos presentó a su cría. Había mucha familia y nosotras, las amigas. Todos se plantaban frente a Sheila, que reposaba en cama, con el bebé en brazos, y le miraban a ella y a l bebé y exclamaban todas esas cosas que se exclaman en este tipo de situaciones. Yo me resistía a acercarme demasiado.

      Hubo un momento que una señora cogió al niño y lo cargó. Lo paseó un poco y luego, lo colocó en brazos de otra señora, que hizo lo mismo. Pasaron al niño por los brazos de todos los presentes y todos exclamaban una vez más lo bello que era, o lo afortunado que era, o sentenciaban su parecido familiar y discutían esto como si fuese muy importante saber a quién se parecía exactamente. Cuando llegó mi turno, cosa que no puede evitar, lo cogí tímidamente, y titubeando dije: ay, qué niño tan… ¿pesado? Se hizo un silencio, de un par de segundos, y Lourdes se apresuró a quitarme al niño. Lo cargó, lo pesó en brazos y dijo: Dios, sí, es muy pesado, ¡qué sano está! Yo traté de exclamar que era un niño muy bonito, pero no lo era. No era culpa suya, su padre era un hombre muy feo y, caray, los recién nacidos nunca han sido precisamente bellos.

      Me largué de allí lo antes posible. No lo soportaba. Luego, llamó Lourdes al día siguiente para anunciarme que Sheila estaba muy agradecida conmigo por haber asistido. Mandaba decir que me perdonaba. Durante la reunión Sheila y yo no hablamos. Le saludé de la manera menos pretenciosa y no me despedí de ella cuando partí de su casa. Estaba segura que aquello la ofendería mucho. Sin embargo, mandaba decir que me perdonaba, y que ya entendería yo cuando tuviese hijos. No sé de dónde sacó que parir aquel producto la dotaba de una madurez y una inteligencia superior. De una historia de vida superior. Si fue por idiota que acabó postrada en esa cama, con esa vida bajo su responsabilidad. ¿Cómo un acto tan inmaduro: reproducirte a los diecisiete años, puede convertirte en alguien más maduro? Ahora se daba el lujo de perdonar mis ofensas y se las daba de sabedora de la vida, etc. Yo no iba a tragarme su cuento. Si creía que ser madre la aventajaba con respecto a las otras chicas, estaba muy equivocada, ser madre soltera la mostraba tal cuál era: tonta, impulsiva, poco previsora, inmadura, borrega. Contesté a Lourdes que muchas gracias, y que en adelante no las volvería a ver ni a ella ni a Sheila ni a todas las chicas. Lourdes ofreció disculpas si me habían ofendido en algo. Acepté las disculpas y me alejé de ellas porque no iban a aportar nada positivo a mi vida.

      Después de ello, me enteré que comenzaron a llamarme engreída y orgullosa. También, que Martha, una de las chicas, había seguido los pasos de Sheila y estaba preñada de un chico de veinte años, sin educación, sin oficio y sin ganas de ser padre. También la felicitaron, la rodearon de halagos y le solaparon su error. Era increíble mirar cómo tapaban todo con el pretexto de Dios y sus milagros. Un milagro es algo que pasa extraordinariamente, no algo que pasa una vez cada catorce segundos, según la estadística.


3

Luego de eso, no volví a tener amigas. No realmente. 





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