sábado, 31 de mayo de 2014

Por los caminos verdes.

Texto por: Roberto Araque.
Sitio del autor, aquí

Él manejaba. Yo estaba en el asiento del copiloto como quien va por un camino y no le interesa si lo lleva al abismo o al paraíso. Observaba, abstraído en un pensamiento para nada recurrente y pacífico, las colinas y valles que bordean la avenida “Santiago Mariño”. Y su verdor quinceañero que no era tal, pues ellas, las que veía con tanta pesadumbre, tenían miles y miles de años. Estaban antes del padre de mi padre y muchos otros, incluso antes del hombre y sus máquinas. Son testigos mudos de glorias y desgracias, y aún no muestran cicatrices ni arrugasni risas ni lágrimas…
-¡Hey! – Golpeó mi hombro –Despierta güevón, ponte las pilas… andas apendejiado.- Luego giró bruscamente el volante y preguntó:
-¿Qué carajotienes?-
-Nada, no tengo nada.- Luego, después de notar su muy habitual y díscola mirada, dije:
- Pendiente de cómo manejas-
-Coño chamo, ponte las pilas. – Habló como si nada, luego agregó:
- Tú me ves cara de qué. No soy chofer tuyo. Habla por lo menos para que no me duerma.- Miró la vía y aceleró -No puedes andar por la vida como dormido. ¡Despiértate! – Cuando notó mi cara de desaprobación no dijo nada más y desaceleró. Al rato buscó algo escondido bajo los pedales del acelerador, cuando lo encontró preguntó:
-¿A qué no me dices qué es esto?- Me lanzó una bolsa transparente.
­­-Marihuana-Respondí sin meditarlo mucho, no miré la bolsa porque estaba pendiente de la carretera.
-No, estás pelado.-
- Entonces. ¿Qué es?-
-Pero tócalo, huélelo, pruébalo…y me dices. Trata de adivinar a ver si la pegas-
- Ya te dije, Marihuana.- Respondí después de hacer lo que dijo.
-No. Eso es “Crispí”.- La marihuana es más verde. ¿Ves? Esto tiene un color más claro. Como si fuera pasto seco, pero no es…esta vaina vibra –Me arrancó la bolsa, la metió en una cajita metálica que tenía entre las piernas y la tiró sobre los asientos de atrás. Luego agregó: - Es una marihuana modificada. Algo así como una Súper marihuana.-
- Entiendo. ¿Y no es dañina?-
- De bolas que es dañina. Toda vaina sabrosa es dañina; el azúcar, el ron, el cigarro, hasta las mujeres…Tú ves una mujer buenota, toda operada y puta como ninguna, de esas que se revientan por el culo…pues esa mujer es dañina, peor que el Crispí.- Aceleró - ¿Me estás parando bolas?
- Verga, sí. Bájale dos al carro que el seguro no paga mierda–
- Coño, límpiate la nariz. Tienes unos pelos verdes por allí guindando. – Reía – Tampoco era para que te empericaras.- Aceleró nuevamente y cuando notó que me ajustaba el cinturón de seguridad preguntó: -¿Estás cagado?
-Coño, sí. Estoy cagado, bájale dos.- Apenas terminé de hablar zarandeó el volante, lo hizo a forma de broma y escuché su risahilarante como bocinas en mi sien.- Bien bonito, déjate de marisqueras y maneja tranquilo.-Él no paraba de reírse ni de acelerar.
-Coño sí, el ingeniero va a su primera entrevista de trabajo.-Dejó de reírse, miró la vía y desaceleró - ¿Y por dónde es la vaina?
- Es en la Asunción. El edificio 123…-
-Ah, sí. Ya me acuerdo.- Interrumpió. Le quise decir que dejara esa mierda, le estaba fundiendo el cerebro. Algunas veces olvidaba hasta su nombre, otras no coordinaba sus movimientos. No pocas veces lo encontré temblando, cuando él notaba que lo veía exageraba y fingía imitar a un viejito que vivía por la casa. Pero ambos sabíamos que esa porquería lo estaba matado, sólo que a él no le importaba. Entonces a mí tampoco. Mi madre se hacía la desentendida, pero lo de ella era diferente. Pues toda madre vive a través de los ojos de sus hijos. Y mientras los de ella se apagan, su brillo renace en los de sus retoños. Por tal sentido no existe nada más doloroso para una madre - o para un padre - que verlos morir y es allí cuando viene la negación. Es como si esa luz que brilla a lo lejos se apagara y el espacio que habitaba se convirtiera en un hueco en el horizonte que no puede ser llenado ni olvidado, pero siempreignorado como algo que existe pero no es. Debe ser por eso que cuando me enteré dequemi hermano William, después del nacimiento de su primera hija - Camila- , no pudo dormir porque a cada rato le tocaba el pecho para saber si respiraba no lo juzgué ni lo llamé maníaco. Es más, le dije que eso era normal y que debía hacerlo periódicamente. Esa madrugada, después del nacimiento de su hija, conversamos largo rato. Llegué a la habitación y lo encontré sentado. No había dormido. Entonces se levantó y saludó con desganas. Después corrió a colocarle la mano sobre el pecho de su hija, seguidamente se volvió a sentar. Le pregunté:
-¿Por qué no descansas?-
- Es que el tiempo no alcanza cuando estás frente a algo bello…- Dijo otras cosas más, pero le veía nervioso y no le paré bolas. Me contó que Camila nació con los ojos claros, pero que todos los niños nacen así; con el tiempo toman la pigmentación que durará para toda la vida. Primero bromeé acerca de esa nueva palabra que había aprendido: Pigmentación. Le pregunté dónde la había escuchado, se echó a reír. Él tenía un buen sentido del humor, aun en las situaciones más apremiantes.  Le dije que iría por un café y quise saber  si me acompañaría, respondió que no. Nuevamente colocó su mano sobre el pecho de la niña.
Regresé con un café con leche y un negrito. Le gustaba negrito y sin azúcar, era un gusto que nadie entendía.
-¿Y cuándo presentas la tesis?- Preguntó.
- La semana que viene.-
-Coño, al fin sales de ese martirio.-
-Sí, al fin. ¿Y qué piensas hacer? –
-No sé, esperar. –
-¿Te acuerdas de Francisco?-Sí, lo recordaba. Su historia fue más o menos así: Un día amaneció con un uñero en un dedo del píe. Él, como buen llanero, hizo lo primero que se le ocurrió; agarró el cuchillo más grande, oxidado y estropeado que tenía, lo calentó y se lo jorungó. Losacó y,en su afán de raspar toda la zonay junto a la falta de higiene,se hizo un hoyuelo que con el tiempole llegó hasta el hueso.
Después de auto mutilarse continuó con su trabajo en el mercado municipal. Pasaronlos días y no percibía nada, luego semanas ycomenzó a sentir una ligera molestia en el dedo. Era como un hormigueo. Se rascaba, pero no cesaba. No paraba de escudriñarse el pie, no obstante, sólo se le veía un huequito negro en el dedo que con el tiempo transmutó en una llaguita amarillenta, olorosa y purulenta. A veces enrollaba el dedo con una pedazo de tela, sin embargo, la mayoría del tiempo lo tenía descubierto para que, según él, cogiera aire. Me contaron que hasta se echó tres litros de Creolina ligada con cloro y aceite de berro, peroni con esose le quitó la molestia en el píe.
Un día se hartó; se arrancó la llaga y estrujó el dedo. Y a pesar de que debió doler como el Diablo terminó arrancándose la uña y la carne adherida a ella. Sólo imaginarme de cómo debió ser despegar la uña y desgarrar los jirones de carne negruzca me provoca nauseas, pero a él no porque era un hombre de campo. Es más, se alegró; le salieron un montón de gusanitos blancos que, a según él, eran los que hacían que el dedo le picara. Ese día, tengo entendido, compró tres litros de ron blanco, seechó dosen el pie y el otro se lo bebió como si fuera agua de coco para que se le pasara la calentura. La alegría no duró mucho porquecuando dejó de sentir molestias en el dedo, el píe se le puso morado.Luegoempezó a tener más calenturas, pero no quiso ir al médico. En vez de eso visitó a un brujo que le hizo una macumba por cada uno de los treinta y tres santos del pastoral. Él fue quien le metió la idea de quedebía comerse los gusanos, uno por día hasta llegar a la próxima luna nueva. Por cada uno debía rezar tres oraciones, serían tres veces treinta y tres oraciones correspondientes a cada santo. Nuevamente, y tal como le dijo el brujo, le salieron gusanos. Los contó y los metió en una botella con ron.Eran noventa y nueve, el brujo no se peló y esto le hizo creer que no había de qué preocuparse porque estaba en buenas manos. De un día para otro se volvió creyente y asistía a todas las consultas con el macumbero.Durante un tiempo tuvo una ligera mejoría, aprovechó para beber ron e ir de putas que era lo que más le gustaba hacer después de que su hija lo echara.
Una noche llegó borracho al rancho y se bebió la botella con todos los gusanos que faltaban.Le contó al brujo lo que hizo y este le recomendó esperar la decisión de los santos. Esta llegó a cuarenta cinco grados. Sus hijas lo llevaron casi que arrastrado al hospital, regresó a los treinta días sin una pata y sin treinta kilos. Murió después de tres meses, estabasolo en su rancho.
- Sí ¿y qué hay con eso?–
-Me recuerdas a él-
-Lo de Francisco era una cosa completamente distinta. No compares.-
-Pero es que a él se le dijo y se le dijo, no agarró consejo. Así andas tú, no quieres descansar.-
-Se descansa cuando se estáen la tumba.-
-Entonces te quieres ir rápido. -
- Está bien, dentro de un rato me iré a dormir. – Realizó una pausa y cambió el tema de conversación- Cuando Camila está grande la mandaré a estudiar a otro lado.-
- Sí, supongo. Aquí la educación está por el suelo.-
-De verdad que sí.- En eso llegó una enfermera. Nos pidió salir de la habitación. La llamé aparte, hablé con ella y traté de disuadirla. Al principio se mostró intransigente, luego, después de tanto insistir y uno que otro piropo, logré que nos permitierapermanecer con la niña hasta que llegara un médico. Al rato llegó uno, salí y conversé largo y tendido con él. La cuestión era que no debíamos estar allí, las enfermeras tenían que hacer su trabajo. Me costó mucho más convencer al doctor, pero llegué a un acuerdo; éldijo – a viva voz- que encargaría a una enfermera de su confianza verificar si la niña respirabacada 10 minutos. Una vez que explicó lo que harían, William decidió salir. Aun así no quería dejar el hospital, lo llevé al cafetín. Tenía un hambre atroz y, supongo que, él también. En algún momento el comentó:
-El murió por terco.- Era como si la idea estuvo dando vueltas en la mente y quisiera terminar la charla.
-Sí, fue una vaina loca lo que le sucedió. Era buen tipo.-
-…Y todavía dicen que la ignorancia no mata.-
-Pero él no era un bruto.-
- ¿Y quién dijo que leer un coñazo de libros te salva?- Medité su respuesta y ciertamente ser culto no te libra de ser ignorante. Pues está el ejemplo de Francisco. Él, como todo padre y durante la infancia de sus hijos, fue un héroe; villano en la adolescencia; contumaz en la madurez; y humano – con grandes defectos y virtudes -, al morir. Antes de tener el asuntito con el dedo había caído en desgracia. Corrijo: No cayó, se lanzó desde un precipicio; después de viejo, y con treinta años de matrimonio, dejó a su mujer e hijos y se casó con una dama mucho menor que él. Ella lo embaucó junto con uno de sus socios. Nuevamente se divorció. Quedó casi que en la ruina, pero debo reconocer que era un tipo duro y jamás bajó sus brazos. Volvió a casarse y, después de treinta y tres años, fue padre otra vez – se presume -. Cuando trató de comenzar un nuevo negocio sufrió un accidente cerebro-vascular, por varios meses la mitad de su cuerpo quedó inmóvil. Durante esa época vivió en casa de su hija mayor porque su mujer lo abandonó. Cómo mi prima vive cerca de mi casa de vez en cuando lo visitaba y compartíamos impresiones acerca de algunos libros  y otras cosas más – Era un hombre que leía mucho a pesar de que era del campo -. Al recuperarse le diagnosticaron diabetes, no sé cuál, pero era la más coño´e madre de todas. Me mudé a otro estado y no supe nada de él hasta el asuntito con el dedo. Cuando lo visité me compró algunos libros y, debido a algo que no podríamos explicar, intuimos que sería la última.
Un tiempo después me enteré de que le amputaron la pierna derecha y que tuvo una discusión con su hija. Según ella, él era un viejo terco y obstinado. No la dejaba vivir en paz, por todo peleaba y todo lo criticaba. Él dejó la casa de su hija para vivir solo en un rancho, ella le daba una vuelta cada quince días y procuraba que tuviera lo básico. Aunque lo básico para un hombre que lo tuvo todo es una condena.
No lo visité porque deseaba recordarlo como cuando me entregó sus libros. Él era un tipo de porte elegante, eso contrastaba con su personalidad. A fin de cuentas él era un mundo de contradicciones,dentro había algo así comouna lucha entre la civilización o lo racional y la barbarie; por un lado un ávido lector y por el otro un retrograda impertinente con ideas muy arraigadas, además arcaicas, acerca de la familia y la sociedad. Eso le causaba problemas; no se identificaba con los borrachitos de las esquinas, pero no era aceptado ni siquiera en los clubes de lectura más irreverentes. Me enteré del asunto – o discusión- que tuvo con mi prima e intuí que no aguantaría mucho pues ella era quien lo atendía y se preocupaba de que no inventara. Así sucedió; murió una madrugada. Su muerte fue triste, aunque toda muerte lo es, pero a él lo encontraron en el suelo con el pantalón embarrado en mierda, el culo descubierto y atestado de sangre mezclada con un líquido espeso y purulento, y la mandíbula desencajada. Debió sufrir porque, según contó mi madre, había lágrimas en sus ojos y sostenía un celular. Él era orgulloso, pero no sabría decir a quién pensaba llamar ni siquiera  estoy seguro si era para pedir ayuda o maldecir a todos los que le patearon el culo en las malas y le robaron en las buenas. Otra cosa sería: ¿Cómo mi madre se dio cuenta de que tenía lágrimas en los ojo? No lo sé. Hay mujeres que son medio místicas y mi madre es una de ellas. Yo, en cambio, soy lo contrario; todo pasa frente a mis ojos y sólo me percato de las colinas a lo largo de un extenso camino lleno de baches y piedras, también las nubes y el sol. Esos son los caminos por los que tránsito, verdes como la primavera que no he visto – sólo sé de lluvias y veranos-.No vi el cadáver, ni me lo imagino con lágrimas. Debe ser que uno nunca se imagina a un hombre llorar.Y sí, lo hacen. Pero no lo crees posible porque desde pequeño te dicen”  los chicos grandes no lloran” y esa es una de las, no pocas, mentiras que te injertan en el cerebro. Lo cierto era que él yacía bajo tierra y su recuerdo emergía moralistas, como la cabeza de algún empaletado en la Transilvania medieval. Un ejemplo de lo que no se debe hacer, lanzarse al vacío sin saber volar.
-No, no te salva.-
-¿Sabes? Cuando me enteré de la muerte de Francisco hice una recapitulación sobre lo que sabía de su vida y me pareció que tenía una similitud con lo descrito en un libro. – Me miró, esperaba que preguntara por el nombre del libro y lo hice.- “La muerte de Artemio Cruz”. – Respondió.
-No he leído ese libro.-
-Es bueno, aunque prefiero “Gringo viejo”.- Creo que la diferencia con “Artemio” sería que Francisco luchó, luchó y murió sin pena ni gloria. En cambio Artemio mantuvo su estatus. Mentiría al decir que sus hijos lo lloraron, lo cierto era que se convirtió en una carga y su muerte significó un alivio para todos los que le rodeaban -incluso para mi madre -. Tampoco dejó un legado, así como llegó se marchó. Él sufrió una derrota, y no injusta, fue así como la de muchos hombres quienes jamás tendrán otra oportunidad para enmendar sus errores ni descanso eterno.
- Es muy bueno, me gusta cómo crean personajes.-
-¿A qué te refieres con eso?-
-A cómo los escritores crean personajes. Primero lo hacen, debe ser genial; lo cuidan, lo miman y lo vuelven a mimar ¿Me entiendes?-
- Sí, te entiendo. Pero no sé a dónde quieres llegar.-
- Lo cierto es que cuando lees te enamoras de él y más que eso, lo adoras con el alma llena… Algo así como “María”. Dime alguien que haya leído esa novela y no esté enamorado de ella.-
- Y después...- Logró captar mi atención, lo escuchaba detenidamente y veía esa mirada loca que, para ese entonces, apenas nacía.
-…y después de que lo has amado tanto y adorado como al cielo un Domingo por la mañana, lo matas. Lo matas, lo matas y lo matas sin piedad y con rencor; lo haces como si fuera un amor no correspondido o un cordero para sacrificio. –
-¿Pero no te parece algo melodramático eso?-
- Es que así es la vida, te hace sentir lo que nunca has sentido y después te lo quita sin decirte porqué, sin piedad y de un tajo. Coño, de verdad que es así. Así que no me preguntes si es  melodramático o no... – Llegamos al cafetín, pidió un café y una caja de cigarros y, como si quisiera cantar un jaque mate en una partida aplastante, agregó:
- …No importa lo que pienses, de los escritores se pueden decir muchas cosas y respeto tu opinión. Pero nunca podrás negar dos; nacen y mueren cada vez que abres y cierras un libro. Un libro está muerto si no es leído, y su autor se convierte en un alma en pena o algo así ¿Me entiendes?-
-¡Oh! Estás poético hoy. – Bromeé aunque el día no estaba para chistes, pero el asomó una sonrisa. Luego encendió un cigarrillo y abrió la puerta. Salimos del cafetín, noté que el cielo estaba nublado, sin embargo, no dejaba de prometer que sería una hermosa mañana. Se podía divisar niebla sobre las colinas que rodean al hospital y los primeros rayos acicalaban la tierra. El ambiente estaba húmedo como si la noche anterior hubiese llovido, pero sólo era el rocío mañanero y nada más. Lo veía mientras él conducía, recordaba todo lo que sucedió aquel día y trataba de entender sus actitudes… Hasta que llegamos a la Asunción.
-Mira ya llegamos. Es por allí, dobla en la esquina.-
-Ok. Ya va, deja buscar algo de papel.-
-¿Papel?-
-Para que te limpies el culo, cagón.-
-Procura aprender a manejar.- Detuvo el carro cerca del edificio. Me bajé. Me le acerqué por la ventanilla del conductor, estreché su mano y dijo:
-
Éxitos compadre. Me avisas cuando salgas o si quieres te vienes conmigo.-

-No, mejor no. Te aviso cuando salga para que me vengas a buscar- Aceleró y se marchó.Siguió por sus caminos verdes que eran distintos a los míos, desolados y melancólicos.  Y lo vi partir con la misma tristeza que esa mañana cuando, después de volver a la realidad, le pedí que dejara el hospital y volviéramos a casa. 


Texto por: Roberto Araque.
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domingo, 25 de mayo de 2014

No importa.



Cogimos las chaquetas, dijimos que iríamos a fumar fuera, y nos largamos. Dejamos a las chicas con la cuenta. La cuenta nuestra, de todo lo que habíamos bebido él y yo antes de la llegada de las chicas, y de todo lo que ellas ordenaron y bebieron y comimos en grupo. No teníamos pensado verlas ni beber ni comer con ellas; mi compadre y yo fuimos solos, pero J. habló por teléfono y preguntó dónde estaba, y le dije: en Elogro, en Centro de Tlalpan. Ella también estaba ahí, en el Centro de Tlalpan, así que se unió a nosotros con tres amigas más. Vienen para acá, dije. Entonces se nos retorció la mente y, como dos hermanos de maldad, dijimos al unísono: comamos y bebamos y cuando estemos satisfechos…

Sencillamente cogimos las chaquetas, salimos del bar, encendimos cigarrillos y caminamos por Hidalgo hasta Calzada de Tlalpan, paramos un coche y le pedimos que nos llevase a Salto del Agua. Nos metimos al Azteca´s, un centro nudista. Bebimos cervezas mientras mirábamos a las mujeres más feas del espectáculo bailar desnudas para nosotros. Por supuesto, recibí un montón de llamadas de J., pero no contesté ninguna.

      No odiaba a J. ni nada, incluso era una buena amiga mía. Su único delito fue encontrarse conmigo una mala noche. Después de aquello no supe nada más de ella. Jamás volvió a llamarme ni yo a ella; nunca sentí remordimiento ni culpa porque no soy culpable de mis instintos, ni es para tanto. Sin embargo, mi compadre aún hoy lo recuerda y a veces me dice: ¿te acuerdas de cuando dejamos a tu amiga J. con la cuenta? Siempre tengo que hacer un esfuerzo. Cuando lo recuerdo, digo: ah, sí, ¿qué hay con eso? Y él se pone a divagar sobre lo que ellas debieron decir, pensar y hacer cuando notaron que definitivamente no volveríamos. Luego habla del karma. Dice que un día lo vamos a pagar. Yo le digo que sólo se pagan las cosas de las que uno se arrepiente, y yo no me arrepiento, y el karma no existe, el karma es algo que no se yergue ante ti si no lo llevas incubado en tu alma. Enciendo un cigarrillo. Él está convencido que un día lo pagaremos. Sobre todo tú, dice, porque era amiga tuya y porque tenías una cara maliciosa mientras masticabas y bebías a sabiendas de lo venidero, como el asesino que se regocija con el pensamiento de la muerte de su víctima, antes de cometer el asesinato.

      Sí, recuerdo un sentimiento de satisfacción. ¿De dónde me vino aquel sentimiento de satisfacción? Probablemente de la idea de recomenzar en otro sitio, en otro bar, con la cuenta en ceros. De la alegría de saber que ya has bebido, pero podrás beber más, y de la sorpresa de esto, porque la llegada de J. fue sorpresa, como un bono: ¡cuenta en ceros! Fue un regalito que Dios nos dio. Dios es un concepto muy convincente cuando está de tu lado.

      Mi compadre asegura que un día lo voy a pagar (ya han pasado más de cinco años), se absuelve a sí mismo del pecado, incluso aún hoy ríe al recordarlo. Imagina todas las posibilidades y ríe y dice, no puedo evitar reír, mientras me cuenta cómo las ve, en su cabeza, sorprenderse, decir: oye, ya se tardaron, ¿no?, o: ¿qué onda con tus amigos, no van a regresar o qué?  Y la cara de J., enrojecida, asustada, preocupada: tratando de justificarse porque, bueno, son sus amigos. A J. diciendo: iré a ver. Saliendo y mirando a ambos lados de la calle, quizá caminando a la esquina y volviendo a mirar a ambos lados de la calle, y pensando: no, no creo. Pero creyéndolo en el fondo, sabiéndolo incluso antes de que pasase. Pensando: ¡hijos de puta! Regresando a la mesa y explicando, del mejor modo posible a sus amigas que debían pagarlo todo. Esperando, sin risas, apáticas, a que llegase el momento de saber exactamente de cuánto estaban hablando. Muy probablemente, planeando hablar con el mesero y explicar, que, como él mismo vio, ellas llegaron después y eran ellos quienes se habían ido sin pagar. Rogando que recortasen la cuenta, al menos a lo que se había consumido desde su llegada y no desde toda la tarde; mi compadre y yo llevábamos toda la maldita tarde bebiendo cervezas. A las amigas de J. reclamando a J. y exigiendo que me marcase y me mentase la madre, por lo menos. A J. marcando tímidamente, sin que yo le contestase y diciendo: no contesta. A sus amigas malhumoradas, sin ganas de beber ya, sin dinero ya, sin esperanzas ya. Vamos, no estamos hablando de chicas ricas, sino de J., estudiante de biología en la UNAM, y de sus amigas. No es el dinero, dirían, quizá, si no la acción. Eso dirían, pero en realidad, les dolería el dinero. La acción no, porque no tenían con nosotros ningún sentimiento ni lazo. Probablemente, una primero, todas después, se calmarían diciendo: ya, déjalos, malditos muertos de hambre. Sí, sí, malditos muertos de hambre. No permitamos que algo así nos detenga, aún podemos pasarlo bien.

      Mientras tanto, mi compadre y yo, en un centro nudista, comenzamos de nuevo. Reímos, brindamos, bebimos cerveza y subimos a las chicas del centro sobre nuestras piernas. Las tocamos, nos burlaos de ellas porque eran mujeres comunes y corrientes y no las modelos que uno espera en un lugar de éstos. Mi compadre largó a una de ellas cuando quiso sacarle un trago. Nos emborrachamos como cerdos y salimos de ahí casi a gatas, al amanecer.

      Regresamos a nuestras casas con la poca conciencia que nos quedaba. Al día siguiente, curamos nuestra resaca, cada quien del modo que soliese hacerlo; yo, vomitando, durmiendo, bebiendo más cerveza, fumando cigarrillos y maldiciendo a la vida.

      Después, volvimos a salir a beber, como Sísifo volvía a empujar la piedra a la cumbre, y volvimos a caer, y volvimos a salir y a caer y salir y caer, y en alguna ocasión, quizá nueve o diez meses después, recordamos el día que dejamos a J. en aquel bar, con la cuenta. En adelante, mi compadre lo recuerda cada cinco o seis meses. ¿Hasta cuándo dejará de sacarlo a tema?  

      Continúa especulando. Dice: Imagina esto: J. y sus amigas llamaron porque no tenían dinero y pensaban hacernos lo mismo, de un modo menos vulgar, no sé, eran chicas y las chicas pueden ser invitadas sin más. Quizá se dijeron: ¿a quién llamamos? Quizá pensaban que nos emborracharían y nos harían pagar la cuenta. Bueno, le digo, eso me parece más cuerdo, porque, no creo haber pagado al karma nadad de eso; quizá ellas lo pagaron en ese momento. O quizá, dice, no se asombraron. Pagaron la cuenta y ya, y dijeron: malditos sean, y eso fue todo, se largaron a otro bar o se quedaron en ese y se emborracharon y brindaron por el par de hijos de puta del que se deshicieron para siempre, aquella noche.


      Nunca sabremos qué pasó, ni qué pensaron o hicieron o si nos maldicen aún, o somos un recuerdo bloqueado. 

      ¿Por qué fue tan divertido? ¿Por qué lo recordamos y reímos, y sentimos satisfacción, con ganas de decir: hagámoslo de nuevo? ¿Por qué fue tan divertido hacer el mal? No importa. Tenía que sacarme esto.




domingo, 18 de mayo de 2014

Un buen día.


Todos los días, al amanecer, despertaba sin abrir los ojos. En estado somnoliento, me cogía la pija y me masturbaba pensando en E. Al terminar descansaba unos pocos minutos y luego de ello me levantaba a tomar la ducha y a alistarme para un nuevo día en Toyota. Allí es donde trabajaba, y donde trabajaba E. Por aquel entonces vivía en la calle de Hidalgo, en Tlalpan, Centro, y me emborrachaba en Elogro o La Revolución, y escribía y bebía cafés en Café La Selva.

E. Era alta, de tez blanca, ojos grandes y negros y un cuerpo bastante agradable. Solía meterse en pantalones pegados a sus muslos y usar botas altas de tacón de aguja, ya sabes, todas esas cosas que hacen lucir a las mujeres como unas brujas sexuales. Sus colores favoritos para vestir eran el blanco y el negro. Se maquillaba solo con delineador negro; el contraste con su piel pálida creaba el efecto de una ninfa de la oscuridad. Su cabello era largo y lacio y eso también era un atractivo suyo porque un cabello largo y abundante y oscuro es un símbolo sexual. E. tenía todos los símbolos sexuales que una mujer puede tener, incluidas un par de deliciosas peras blancas, suficientemente grandes, sin llegar a lo vulgar, ni demasiado pequeñas para no notarlas. Un culo bien formado y respingado hacía juego con aquellas muñecas. La mirada de E. era hipnótica. Y lo más atractivo de ella era que, a pesar de todos sus atributos, era una niña y lo sabías porque se reía y te tocaba el hombro, no tenía aquellos complejos de las mujeres guapas, y si se lo decías, no se creía que ella fuese realmente guapa ni se daba aires ni nada; salía contigo aunque tuviese cara de perro o fueses tímido. Esto último es lo que tenía a todos enamorados de E. No había uno solo que no creyera secretamente que tenía una oportunidad, que lo creyera verdaderamente porque E. le había sonreído o porque le había aceptado una invitación a tomar un trago, o porque había aceptado que la llevasen a casa en coche.

A las once de la mañana llegaba a Toyota y debía esperar una hora o así para verla. E. solía presentarse hasta medío día cuando menos. A su llegada la miraba y sentía correr toda mi sangre a través de mis venas y mis arterías y acumularse en una sola parte. Le saludaba de lejos y luego venía y me pegaba un beso en la mejilla y me decía Qué hay. Se sentaba a mi lado. Me sonreía y movía su lengua y sus labios mientras hablaba y yo no podía dejar de imaginarla con esa boca suya en mí. La deseaba vehementemente. Incluso, mientras escribo esto, Dios… Su solo recuerdo… Era realmente la chica más sexual que he conocido en mi vida. Si hacía calor enrojecía su cara y se despeinaba ligeramente, como alguien que ha hecho el amor, o hace el amor, y eso me hacía enrojecer a mí y decirle: E., Dios santo, vamos afuera, nena, anda, vamos a dar a un paseo, ¿vale? E. sabía lo que deseaba, se lo había dicho infinidad de veces. Le decía: anda, nena, vamos a besarnos a la camioneta, y le guiñaba el ojo. Todos en la agencia lo sabían: Petrozza se come a E.

E. era madre de una niña de tres años. El padre de esa niña les había abandonado y las dificultades económicas de estas situaciones obligan a las mujeres más guapas a tomar acciones deplorables, que los cerdos como yo solemos aprovechar. Íbamos a la camioneta y nos besábamos, y si prometía ayudarle a fin de mes, también podía ser que hiciésemos algo más. Le decía: venga, nena, estoy por cobrar la venta de un Camry, anda: hoy por mí, mañana por ti. E. no se molestaba ni se sentía humillada. Estoy seguro que lo hubiese hecho de cualquier modo, porque, además de ser una niña, era una niña cachonda. Ella misma me había contado de más de tres hombres antes de mí, que trabajaron en la agencia y renunciaron, con los que se había acostado por dinero. Era natural incluso para hablar de ello. Decía: si te portas bien, puedo darte algo de esto. Se tocaba las peras o sacaba la lengua y la hacía girar en círculos mientras entrecerraba los ojos y tú te corrías porque no había nada más que se pudiese hacer ante aquello. A veces pensaba: ¿cuánto semen habrá tragado E. en toda su vida? Una vez se lo pregunté y se cagó de risa. Dijo: Dios, no lo sé, ¡qué clase de pregunta es esa! Me interesa, de verdad, dije. ¿Ah, sí?, ¿por qué te interesa? No lo sé, dije, probablemente no se llegue a nada con la respuesta, pero tampoco se llega a nada con saber que el ochenta y siete por cien de la población mundial es pobre. E. no tenía humor para mis ironías. Las ignoraba totalmente y en vez de eso me besaba o me tocaba y yo olvidaba absolutamente todo lo que no tuviese que ver con mi sistema nervioso. Todas las terminaciones nerviosas concentradas en mi glande, entre sus labios, eran para mí todo el Universo. No necesitaba nada más; hubiese renunciado a mi primogenitura por un plato más de esto. ¡Sí, Señor!

Cuando el paseo terminaba, podía olvidarme de E. el resto del día. La miraba y no me interesaba. En su lugar miraba a C., la recepcionista de la agencia, que también era una mujer para correrse con sólo verla. Su mayor atributo era un trasero del tamaño de dos buenos culos promedio. A veces también me masturbaba pensando en ella. Sin embargo, C. no tenía la magia de E. O, quizá, sea mejor decir: C. no tenía la necesidad de E. No debía acostarse con nadie por dinero. No es que E. fuese prostituta declarada, vamos, era el tipo de amiga que te pega una mamada y espera que al día siguiente la invites a desayunar, o que le estires un billete cuando llegue a ti con el rollo de su hija, etc. Un hombre no puede negarse a ello a menos que sea un verdadero hijo de puta. Incluso siéndolo, no puedes negarte porque al día siguiente querrás más, y sabes que de una u otra forma debes pagar; esas cosas nunca son gratuitas, se pagan siempre, con desayunos, con dinero, con matrimonios o con enfermedades venéreas. En todo caso, yo solía invitar los desayunos a E. Era una cosa casi deprimente. Se me acercaba con el chisme de que no había desayunado y no podría comer porque los gastos de su hija eran muy fuertes. Era curioso mirar a una chica tan guapa mendigar un perro caliente o una torta de salchicha y una coca cola. Tenía cierto estilo para hacerlo, pero en el fondo ambos sabíamos de qué iba la cosa.

Llegué a encariñarme con E. Llegué  sentir por ella algo más que deseo. No significa que dejase de desearla o de pegarle en la cara cuando hacíamos aquello, o de gritarle o dejarla a media madrugada en la calle porque me emborrachaba y me desesperaba de estar con ella: era una mujer que llegado a cierto punto, podía tocarte los cojones y hacerte desear hacerla desaparecer.

Si estábamos en horas laborales, cogíamos un coche muestra y conducíamos hasta un aparcamiento. Allí, E. me sacaba la cosa y me exprimía el jugo de las bolas con la boca, hasta tres veces. Era realmente buena y después de algo así podías dedicarte al celibato porque no ibas a necesitar nada más en tu vida. Si salíamos por la noche, después del trabajo, me lo hacía detrás de un par de arbustos, sobre Miramontes, o en el estacionamiento de Galerías Coapa, o sobre Calzada de las Bombas, o en los sanitarios de un bar en Acoxpa.

En una ocasión me lo hizo en el estacionamiento de Coaplaza, mientras un par de chicas nos miraban desde lejos. E. no podía verlas, pero yo sí. Estaban justo de frente a mí. Las miraba descaradamente y ellas me miraban descaradamente a mí y reían y yo reía y no dejamos de mirarnos hasta que me corrí y E. se alzó. Las chicas desaparecieron. Si algo hubiese interrumpido mi eyaculación, hubiese corrido tras las chicas porque un par de chicas no se quedan a ver aquello a menos que sean tan jodidamente pervertidas como uno. Pero me corrí y no tuve energías ni de seguir pensado en ello. Ojalá me hubiese acercado a ellas y todo eso.

En otra ocasión, en que bebimos más de la cuenta, nos acostamos sobre el lodo de unas jardineras en la esquina de Miramontes y Brujas, donde está Bancomer, que, de hecho, es al lado de la Toyota donde trabajábamos. Compramos un par de cervezas más y las bebimos en aquel pasto, sentados, mirando la oscuridad de la madrugada. Luego, la abracé y la besé y nos recostamos poco a poco, sin pensarlo, y de uno momento a otro teníamos los pantalones debajo y estaba a punto de montarla desde atrás, por ese ojete suyo, y antes de que entrase toda mi carne en la suya, escuchamos la sirena de una patrulla. Del susto recobramos la entereza. Nos separamos y nos subimos los pantalones tan de prisa que no podría explicar cómo lo hicimos tan rápido. Nos sentamos como pudimos y dijimos a los oficiales, que llegaron a pie hasta nosotros, que estábamos bebiendo cerveza. Nos declaramos culpables de ello, sin que lo preguntasen, con tal de no hablar de lo otro. Tuve que dar a los oficiales doscientos pesos para que nos dejasen ir. Uno de ellos dijo: lindo culo, compadre, no lo trates así. Yo no dije nada, estaba aturdido y no entendí nada de ello sino hasta después. Cuando se fueron, E. me riñó sobremanera por haber dado el dinero a esos cerdos. En realidad, se enojó porque ella contaba con que yo le diera ese dinero a ella. Aquella madrugada cogí un taxi y dejé a E. en medio de la fría noche, borracha y enojada.

 Al día siguiente no me habló en toda la mañana. Lo hizo hasta la tarde, cuando me miró comprando perros calientes. Se acercó a mí y preguntó si pensaba invitarla o la dejaría desamparada como anoche, como el padre su hija, etc. Le compré un par de perros calientes y en adelante volvimos a estar inmersos en nuestra extraña relación de amor, sexo y prostitución.

La niña de E. no tenía ninguna de las características de su madre. Había salido todo lo posible a su padre, Dios. Era morena y de rasgos toscos. Era una niña fea y sería una mujer fea y una anciana fea y debería luchar el doble por sobrevivir. Si su madre no tuviese los encantos que tenía, probablemente ella y su hija estarían muertas. ¿Qué harás tú para sacar adelante a tus hijos?, pensé mientras miraba a la hija de E., una tarde que la llevó a Toyota. La niña, sin embargo, era simpática. Pero en este mundo cruel no basta con ser simpático. Hay que chupar pollas, literal o metafóricamente, para llegar a algo.

Como ya dije, yo no era el único pretendiente de E. Era, a lo más, su cliente más frecuente. En ocasiones, después de haberla invitado a desayunar o a comer o a ambas, le miraba subirse al coche de alguno y largarse. En aquellos momentos le odiaba. Casi todos eran trabajadores de Toyota o clientes de Toyota, y en contadas ocasiones, hombres que no sé de dónde demonios sacaba. Jamás le preguntaba algo al respecto porque me hacía el duro y me decía a mí mismo que no me incumbía y que ella no era para mí nada más que sexo. Por supuesto, me estaba mintiendo, como me había mentido casi toda mi vida respecto a mis sentimientos con las mujeres.

Una mañana E. me contó que el día anterior, un anciano de sesenta años, que estaba enamorado de ella, le había propuesto arreglarle la dentadura. E. era bella por fuera, aunque por dentro tenía los dientes de un tiburón. Esto no se interponía en su belleza porque a ningún hombre va a interesarle aquello. Sin embargo, E. deseaba arreglarse los dientes desde hace muchos años, siempre sin poder hacerlo. Confesó estar tentada. A cambio, debía irse a vivir con él a un departamento de lujo en Colonia del Valle. Le animé a que lo hiciera, total, él podía darle más que yo y era, hasta cierto punto, un acto bondadoso de su parte arreglar aquel defecto de E. Le dije que sería tonta si negaba la oferta. Dijo que lo pensaría, y al día siguiente dijo que lo había pensado: no lo haría. Por su hija. Su hija era el escudo de todos sus complejos. No lo haría porque en el fondo sabía que aquello era mentira, que ningún anciano le arreglaría nada: se la follaría tanto como pudiese alargar la promesa y luego la desecharía como lo habían hecho todos los hombres, y como lo haría yo, cuatro meses más tarde. También estaba la opción de arriesgarse. Entonces supe que E. era cobarde, y ella sabía que lo era, y sabía que yo sabía que lo era y por eso podía confesarse conmigo y guardarme cariño a pesar de todo, a pesar que yo también le tratase como aquel anciano y todos los hombres, etc., pero con la diferencia de que yo le escuchaba realmente y me interesaba por ella.

En una de mis borracheras, le propuse matrimonio a E. Estaba cansado de verla salir con otros hombres y estaba tan borracho que estaba dispuesto a casarme con ella y vivir con ella y con su hija y soportar todo lo que implicaba liarse con una mujer como E. Afortunadamente, me rechazó y dijo que yo estaba loco y borracho, pero sobretodo loco, porque de algún modo, había mucha sinceridad en mi propuesta y lo notaba: si ella hubiese aceptado, al día siguiente no me hubiese negado a hacerlo ni me hubiese escondido para no dar la cara. E. se compadecía de mí. Me consideraba un hombre solitario y necesitado. Lo era. Lo más que E. podía hacer por mí era chuparme la pija. En ese sentido, ambos rascábamos nuestras espaldas mientras encontrábamos quien nos acogiese verdaderamente. Una mamada, un billete. Una mamada, un billete. Así, hasta que alguien nos amase sinceramente.

Me estaba enamorando de E. A pesar de su filosofía de vida, de su cría y de su manera de beber, escribí un poema sobre sus ojos y se lo di. También le di una rosa y una blusa que vimos un mes antes en una tienda de ropa de la cual dijo que era muy bonita. Ya sabes, con la esperanza, o con la certeza, de que algún día se la comprase. E. lo tenía previsto. Su juego consistía en enamorarme y darme sólo lo necesario para mantenerme detrás de ella sin comprometerse y sacarme todos los desayunos y todo el dinero que pudiese. Después de la propuesta matrimonial, comenzó a comportarse más distante, pero también, a pedir más y más. Cada semana me venía con el rollo de su sufrimiento. Una tarde dijo que la habían echado de casa; E. vivía en casa de sus padres, en el pueblo de San Miguel, en el cerro del Ajusco. Sus padres estaban hartos de ella porque era una borracha, una puta y una madre desobligada. Los padres de E. eran pobres. A penas podían solventar los gastos propios y los que generaba la niña. E. se esforzaba todo lo que podía, pero su juventud era más fuerte (tenía veinte años) y caía en tentación cada noche. De irse con alguno, de beber, de sacar algún billete y de no llegar a casa en toda la noche y en todo el día siguiente, y así, quizá hasta dos o tres noches corridas. Conmigo no lograba mucho. Después de rogarme por dos o tres horas, le estiraba un billete de cien pesos. Al menos era más de lo que cualquier otro hubiese dado por nada. Sin embargo, ya me lo cobraría más adelante, de eso podía estar seguro.

Del poema se rió. E. no era una chica apegada a las letras ni entendía nada que tuviese que ver con libros. No leía absolutamente nada y era algo de lo que estaba orgullosa: llamaba cerebritos a los que solían leer. Así, me llamaba cerebrito porque yo siempre tenía un libro conmigo, en algún lado: en el bolsillo, metido en el pantalón en la parte del culo, sobre el escritorio, en las manos, en la mesa del bar, en todos lados. Yo le incitaba a leer pero era imposible. Un día llegó a Toyota con un libro: Cómo ser una mujer cabrona, o algo. Dios, le dije, tira eso al caño por amor a Dios. Tú ya eres una mujer cabrona.

Así eran mis días con E. y mi relación con ella, y mi vida en general, antes de conocer a Simona.


Un buen día, conocí a Simona y me fui con ella a Cuernavaca, y me ennovié con ella y llamé a E. y le dije que podían darle por culo: había encontrado el amor verdadero. Se rió de mí, pero esta vez fue verdad y pude dejar de masturbarme pensando en ella; comencé a masturbarme pensando en Simona, mirando sus fotografías, y además, Simona leía libros y sabía recitar poemas y sostener una conversación sobre literatura. E. reía y decía que estaba loco y esa mujer no podía ser el amor de mi vida; me maldecía, me lloraba por dinero (deseaba saber que aún podía sacarme dinero: que aún podía manipularme con su sexo). Me llamaba por las noches, llorando, para que la rescatase de su padre que le pegaba, y fingía enfermedades, y prometía que si volvía con ella me haría tantas mamadas como yo quisiera, o que me dejaría penetrarla por el ano, etc., pero aquel buen día, sin más, abandoné el trabajo en Toyota y a E., y al Centro de Tlalpan, y a toda mi vida en el sur, y mi vida con E., y me fui con Simona y nunca más volví. Simona dijo: un buen día, cabronazo, me harás esto a mí, ¿no es cierto? 






viernes, 16 de mayo de 2014

La sombra de Nabokov.

Texto por: Adolfo Marchena



El siglo XXI me cogió por sorpresa. No por prematuro. Quiero decir que algo hubo de especial y algo de triste cuando las campanadas del dos mil uno me anunciaron su año, la ruptura con una barrera de cifras, el desorden informático que algunos previeron. Luego estaba el tema del fin del mundo, que se transformaba como la energía en nada, en descomposición y ausencia. Nunca me aterró el tránsito, he de decir, y para qué preocuparse por esas cuestiones, las del fin del mundo, me refiero. Si acaso la pérdida de uno mismo, la desgana, la oficialidad de la demora, el caos.

Han pasado desde entonces trece años y nada ha cambiado. Si acaso, ha ido a peor. La transición hacia modernidades y otras ocupaciones del amor, que ahora se vende en conserva, del que se huye como paradigma de las emociones, como antojo de animal herido. A todo esto, quería contar una historia, la historia de mi nombre, Amancio, mi nombre de pila, y con ello la historia de mi vida, que puede ser más o menos interesante, que puede ser fábula y cuento, que puede resultar frívola, sin sentido.

          Y todo viene a raiz, el sin sentido, de un experimento que la NSA experimenta con seres humanos, porque las cobayas no responden al estímulo del fracaso y desobedecen continuamente las órdenes para que agredan o amen. La NSA lleva experimentando desde el dos mil con la capacidad de resistencia del ser humano, con la probabilidad del abandono, la gestación del olvido. La prueba a pasar consiste en permanecer aislado durante seis meses en una habitación, viviendo con la tecnología y el estilo de los años sesenta. Esto es, máquina de escribir, teléfono fijo, cuchillas para afeitarse, programas de televisión como Alf, Alfred Hitchok…presenta, Aquellos maravillosos años o Historias para no dormir. Y los juguetes de la época y sus libros y su comida. Toda una regresión, desde luego, una hibernación a la carta.

Mi madre no entendía aquello, que yo me fuera a instalar en una habitación de la NSA para un experimento, que fuera a vivir otra vida que no fuera la mía, desastrosa y desatenta y un poco mordaz, a veces quisquillosa, que dicen. No fui sincero del todo, y no le confesé, que me pagaban muy bien por aquellos meses que debía soportar de encierro y aislamiento. Tampoco le dije que debía permanecer allí seis meses, firmado en contrato, dícese vinculante, y que si abandonaba antes, de los euros ni el canto, además de una penalización.

Por mi parte lo tenía claro. Bien es cierto que venía de vivir en una soledad compleja y habitable, en una soledad de soles y mares, de buhardillas y musicalidad en los tejados. Que ya había adquirido mis manías pero que, ante la contra y todo, no era perro viejo, si no un viejo perro que se adaptaba a la pregunta, los barriles, las consecuencias y las manías. No obstante, como en un juicio de faltas, me encontré frente a mi madre, escrupulosa y atenta, tratándome de convencer para que no me adentrase, si cabía más, de lo que me había comprometido con la NSA.

“Hijo, no me parece buena idea.”
“Sólo serán seis meses, madre.”
“No creo que aguantes uno. Además, qué se te ha perdido a ti allí.”
“Madre, seis meses alimentado, siendo objeto de estudio, viendo la televisión de los sesenta, o sea, aburriéndome, pero con todo el tiempo del mundo para escribir mi novela.”
“Cuántos años tienes, hijo.”
“Son ya cuarenta y seis.”
“Pues eso, eso es lo que llevas ya con tu novela y aún no me has leído nada.”

Mi madre era muy escéptica con todo aquello relativo a la novela. Y a veces yo me lo planteaba, me preguntaba si era un imposible, un dolor de envidia, viendo cómo otros sacaban sus textos al mercado, viendo como otros presumían de escribir ocho páginas al día mientras yo le dedicaba un párrafo. He de confesar en una primicia como de perros aullando, que tengo escritas dos novelas. Sólo que, nadie lo sabe, nadie las ha leído. Me digo para adentro que no, no sé, que han de acogerse a un buen repaso. Y así me sucede últimamente con todo lo que hago, que necesita de mi aprobación, de mi exigencia, de todo lo que aprendí y también de lo que no me enseñaron.

Se acercaba la fecha para ocupar aquella habitación de la NSA y mi vida continuaba sin percances de renombre, sin alteraciones. No como sucedía antes, antes de que cumpliese los cuarenta. Entonces me sucedían cosas. Era distinto. Me atrevía a hablarle al cochero, en Sevilla, cuando arrancamos de la Plaza de España, cuando aburrido le dije, en confianza, llévame a un tablao, pero no para turistas, un tablao auténtico. Y allí me dejó el cochero, después de que recogiéramos a una pareja de alemanes que también querían vivir la noche de Sevilla. Hubo risas y yo me olvidé del paisaje urbano, hasta que el cochero detuvo el carruaje y me dijo que esperase un momento, sólo un momento. Allí estuvo conversando con un tipo grande, a la puerta de un garito, hasta que regresó y me dijo: allí tienes tu tablao, está todo arreglado.

Esta mañana las televisiones emitían desde el Congreso el velatorio por Adolfo Suárez. Es importante que lo cite porque otra muerte, me anunciaron desde la NSA, iniciaría mi ascenso a la gloria, a permanecer imperturbable de por vida, a subsistir con la esencia de los sesenta, a no morir en el intento. Llegó en mano un sobre tamaño folio con un PERSONAL en tinta roja que se veía desde la mirilla de mi vecina; de la que he de hablar, supongo, en mi novela. Firmé sobre la carpeta del tipo que me trajo la carta y me recogí en el salón, para abrirla y leerla. Señor Amancio, y entonces caí en la cuenta. Aquel experimento era una putada, una sinrazón, un estercolero, lo peor de lo peor. Y lo peor es que ya había firmado para ser cómplice de sus juegos migratorios, y me dije, bueno, al fin y al cabo, la muerte no es otra que la de Marilyn Monroe; algo tenemos en común.

Dispuesto a olvidarlo todo, a no recaer en la destemplanza, a soportar las burlas, bajé al café Vivaldi para tomarme un café vienés doble, cubierto con crema batida. Ojear la prensa, si es que algo nuevo habría de aportarme, que todas las noticias son un filtro de la realidad que desconocemos y, al final, acabamos leyendo lo mismo. La fortuna de un deportista que se desvanece en alcohol y drogas, el atraco a una farmacia, el estado de las carreteras. Un hombre achaparrado, vestido con traje de sastre, sombrero de hongo, acodado en el otro extremo de la barra no dejaba de mirarme. Parecía inquieto y su inquietud comenzó a taladrarme la espina dorsal, volviéndome despistado, más dispuesto a lo ajeno que a lo mío propio. En eso estaba, con esa molestia, cuando advertí que el hombre se me acercaba, hasta llegar a mí altura y presentarse, pidiendo disculpas educadamente, por si en algo me molestaba.

Me confesó Nabokov, aquella madrugada nueva, que sospechaba de su hija menor y úncia, Lolita, intuía él que ella salía con un hombre mayor. Perorata sobre la edad y los cambios de comportamiento de Lolita, que se maquillaba más, que algunas joyas le resultaban nuevas, que la ropa de encaje se reproducía en los armarios. Nabokov se mostró cansado, envejecido, promesa que no se cumple, interludio de las ofensas.

Y qué pintaba yo en todo eso, ya dije que no pretendía meterme en más líos. Su voz, sin embargo, hizo que me olvidara del experimento de la NSA, su voz acaramelada, dulce, persuasiva. Noté que sudaba en exceso, perlaba su frente, movía los dedos, saltarines, inquietos, mientras me miraba a los ojos, profundo, sincero, como si fuera un diestro de avatares y juicios.

Me pagaría bien, me dijo, a tanto la hora más gastos. Me convertía de esa manera en el Philip Marlowe, de Raymond Chandler; en el Bernie Gunther, de Philip Kerr; en los Grave Digger Jones y Coffin Ed Jonson, de Chester Hilmes. Un sabueso que abre el cuaderno y anota las pautas, los horarios, las condenas; que persigue al sospechoso y se disfraza con pelucas y bigotes postizos; que abre las puertas con un juego de ganzúas o una tarjeta.

Le contesté que aquello no era posible y fue entonces cuando me mostró sus fotografías, las de Lolita, una de la cara y otra de cuerpo entero, vestida con una corta falda de pliegues, los labios carmesí. No pude evitar preguntarle si aquella era su hija, cuando sabía que así era, o lo intuía. Ni siquiera me contestó. Continuó hablando, exponiéndome hasta la última palabra, hasta que pensé, hubo terminado. Pero no, fue entonces cuando me llamó por mi nombre de pila, Amancio, arrastrando el nombre hacia un altar de flores y candelabros. Para cuando me di cuenta, el café se había enfriado y yo, convencido, le contesté que sí, que investigaría el asunto de su hija.

Llevaba dos días encerrado en casa, sin salir. Una especie de agorafobia se apoderó de mí, después de seguir la pista de Lolita. Un mar de olas convulsas cercaba mis ideas de agua y el cansancio me invadía, haciéndome torpe. Melodías de agua, persianas cautas que dejaban entrever la luz de la mañana. Una lámpara encendida en el salón de mi casa, desordenado, por otra parte, un gin tonic, música de Couperin, siempre de fondo. Me dispuse a ordenar las ideas partiendo de la premisa de que Lolita, en realidad, no existía. Que algo extraño y misterioso rondaba la historia que Nabokov me transmitió la mañana que nos conocimos.

Entonces caí en la cuenta de que los cerrojos no siempre salvaguardan los edificios, los cofres, los baúles. Que la cuenta corriente de un cerrojo resulta siempre en negativo, haciendo equilibrios sobre la cuerda floja, al filo de las montañas. Todo lo que hice, vigilar la casa de Nabokov durante cuarenta y ocho horas, preguntar a modelos, empresarios de la moda, profesores, no sirvió de nada. Nadie la conocía, al menos por ese nombre. Un prado vacío de intenciones, de hierba, margaritas, gatuñas, enebro, correhuelas, extendiéndose más allá de las plegarias y las extensiones. No quería yo deprimirme, ni tampoco obsesionarme con el tema, así que cogí una novela policíaca y me dispuse a vivir otros mundos, a olvidarme de todo, de la NSA, de Nabokov, de Lolita.

No sé el motivo pero la imagen de Dorian Gray interrumpió mi lectura como no lo había conseguido antes el teléfono, que sonó varias veces hasta perderse en el silencio y el olvido. Oscar Wilde me ofrecía alguna pista faustiana, cuando me apercibí de lo impresionado que estaba Nabokov ante la belleza. Todo en él era también elegancia, como si buscase con ello una belleza imborrable, inmortal. Me acerqué al teléfono y comprobé que mi madre había llamado. Antes de devolverle la llamada conseguí ponerme en contacto con Wilde, quien imitó con voz cavernosa una ingeniosa contestación que, bien comprendí, me invitaba a llamar en otro momento o, a ser posible, que me olvidase del todo de su existencia.

Ahora, que llevo trece días encerrado en una habitación de la NSA, donde a capricho experimentan con mis respuestas emocionales, ahora que escribo a máquina y consulto diccionarios y enciclopedias, que la televisión es en blanco y negro, me pregunto por qué hice aquella llamada, qué esperaba encontrar, qué pista; ingenuo de mí, alquitranado. No fue hasta que llamé a mi madre, quien me repitió de nuevo que no era buena la idea de someterme a experimentos, vete tú a saber, que otros medios tendría yo para conseguir unos euros. Después de toda su perorata, muy al final, casi cuando nos despedíamos, me preguntó que en qué líos de faldas andaba metido, que una mujer, siempre la misma, había llamado varias veces preguntando por mí, interesada, poco amistosa, a su modo de ver, complicada.








Texto por: Adolfo Marchena

domingo, 11 de mayo de 2014

No perdamos más el tiempo.



No perdamos tiempo, Simona, coge tus cosas y vámonos. Todo nuestro mundo está por destruirse; lo he visto ocurrir antes. Hay fuerzas externas que quieren acabar con nosotros y son más fuertes que nosotros porque tú y yo estamos solos, mientras ellos están unidos;  millones de ellos están unidos y están en todos lados, empezando por nuestros padres y nuestros hermanos. Están en nuestros amigos más cercanos, como ya vimos y ya te escribí al respecto en otra carta. Coge tus cosas, amor, pero ten cuidado de coger demasiado, ellos tienden trampas: no cojas los libros de los autores más vendidos (ni siquiera cojas a Bukowski porque si ellos lo permiten hay algo podrido en él), ni los vestidos de moda, ni los zapatos altos, ni los productos para el cabello ni las toallas sanitarias. Corta tu cabello, amor. Esparce tu cabello muerto al cielo para que, quizá, en su último aliento toque el corazón de un hombre. Coge a las gatas, porque ellas no tienen la culpa. Olvídate de los medicamentos y los tés y los productos artesanales, porque incluso en los productos artesanales anida la ambición. No aceptes nada que provenga de fuera. Cierra las ventanas mientras te quitas los vestidos y desnudas tu alama; hay que partir desnudos del alma; a donde vamos es así. No te preocupes por las heridas, vamos, precisamente, a sanarlas. Date prisa, cada segundo que pasas aquí te atrapa. No tengas miedo a envejecer ni a morir. La muerte es lo más bello que puede pasarnos si morimos en paz. Ya casi nadie puede morir en paz: se muere con miedos, con arrepentimientos, con secretos, con hipotecas sin pagar, con hijos desperdigados sobre la faz de un mundo hostil, con animales muertos, extintos, y con las entrañas deshechas por corajes y por el alcoholismo, única salida de lo absurdo. Se muere en la oscuridad, con vergüenza, cubierto por ropas y metido en cajas que aprisionan el espíritu y las materias orgánicas del cuerpo. Yo me contento con que al morir me entierren desnudo, con una pala caven mi fosa, siempre y cuando lo hagan de día y en un hoyo de tierra fresca, a los pies de un árbol. Estos hombres no saben vivir, ¿por qué sabrían morir?

      Hay que partir inmediatamente. No nos dejarán partir. Extenderán sus brazos e intentarán engolosinarnos con falsas promesas, o verdaderas promesas pero sin fundamento porque no saben hacer promesas ni cumplirlas; no tienen principios ni creen en la libertad: creen en las ataduras como modelo de vida: se atan para sentirse seguros. Un hombre sin ataduras es para ellos un monstruo inmoral y satánico. Los idiotas se nos vendrán encima. Juzgarán nuestros actos desde la cornisa de un acantilado, el acantilado de su moral y su miedo a ser ellos mismos, sin atreverse a seguirnos, sin atreverse a asomar algo más que las narices. Su vida termina en la punta de sus narices: son idiotas y no tengo remordimiento en decirlo porque lo son verdaderamente. Ellos están atados a nosotros, chupándonos la sangre como sanguijuelas. No nos aman, lo harán cuando nos vean partir; será demasiado tarde para ellos; no es amor el que cercena las alas, ni es amor el que se alimenta del ser amado, ni el que desea beneficiarse del trabajo ajeno. No los necesitamos. Ellos no perecerán sin nosotros. Nosotros sí pereceremos con ellos; el fuego de nuestras almas se consumirá, será tarde cuando ellos hayan muerto y siempre diremos: ¿por qué no lo hicimos? Haré los preparativos: cortaré mi cabello, lo echaré al fuego para que, suelto, no pueda contaminar a nadie. Me desnudaré ante ti y ante mí, y ante todo aquel que desee ver a un hombre verdaderamente desnudo sin temor a enfrentarse con sus más grandes miedos. Nadie me verá, excepto tú, amor. Tú me has visto ya. Por ello eres tú mi amor y mi vida, hasta que la libertad nos separe.

      Simona, no perdamos más tiempo. ¿Qué quieres, corazón? ¿Qué es lo que verdaderamente quieres? Si tienes la respuesta, olvídala. Nadie sabe lo que quiere, hasta que desnuda su alma y lo comprende: nada es lo que quiero. Lo tengo todo dentro de mí. ¿En qué momento nos perdimos de nosotros mismos? ¿Hubo tiempos mejores, o siempre hemos sido un animal envilecido, un animal enfermo y de ojos cenizos? ¿Hasta dónde vamos a llegar? ¿Nuestro sufrimiento tiene un fin? Coge tus cosas, Simona, y toma mi mano. No puedo prometerte nada. Aun así, coge mi mano, anda. No dejes de temer, el miedo es sano y necesario para nuestro viaje, pero no permitas que el miedo te coma antes de llegar. ¿A dónde vamos? ¡Y yo qué sé! No soy uno de ellos, Dios, no me preguntes lo que no puedo responder. No hay seguridad de nada en este viaje; este viaje es la vida, y quien desea seguridad debe sacrificar la vida: debe pagar intereses, trabajar, asegurarse el culo, comprar boletos de avión en redondo, llenarse la vagina de tampones, rasurarse el bigote, untarse desodorante, peinarse el cabello con alcoholes para que el viento no mueva ni un pelo, que todo esté en orden, que no pase nada (¡la vida pasa, la vida pasa!), que seamos pequeños y débiles, pero salvaguardados por amuletos de Jesús, bonos y acciones, empleos y casas y coches y mucho dinero para que se nos respete y nos crezca el pito, y seamos SEÑORES, aunque al llegar a casa nos quitemos la ropa, nos acostemos, cerremos los ojitos, y sepamos lo solos y jodidos que estamos. Aunque el pelo teñido se destiña con el tiempo y las carnes se aflojen y la belleza y el poder se acaben, porque un millón de dólares no puede salvarnos de nosotros mismos, ni de la estupidez del hombre, ni limpiarnos el culito a los ochenta años: hay que aprender a cagar en el bosque sin dañarlo, como lo hacen todos los seres vivos, excepto el hombre. El hombre desperdicia litros y litros de agua al segundo, sólo para cagarse. ¡Cagar nos está costando muy caro, SEÑORES!

      Nos vamos de aquí en seguida. No hay tickets, ni American Express. Caminaremos. No temas. Hemos caminado todo este tiempo, pero en redondo. Nuestros pies no nos dejarán tirados, están en forma, se ejercitan a cada paso, saben mejor que nosotros caminar. Están hechos para caminar. Confía en ellos, como ellos confían en ti. ¿Dónde pasaremos la noche? Donde siempre: bajo la Luna, en la Tierra. ¿Qué comeremos? Comida. Nadie muere de hambre, ni siquiera los desgraciados y los muertos de hambre. Todos viven, y ese es el mayor pecado y el mayor castigo. Sólo muertos dejaremos de hacer daño. Mientras tanto huyamos de este lugar. ¿Qué buscamos? Nada. No es un viaje tradicional. No hay beneficios tangibles, ni puertos de llegada, ni brazos abiertos para recibirnos, ni perros que ladren al vernos llegar, ni lágrimas ni entusiasmo, ni equipaje documentado, ni camas calientes, ni duchas, ni zapatillas para correr. No hay prisa durante el viaje. Sólo hay prisa de iniciar el viaje. Veo que ya empiezan a temblar. Los niños se irán, dicen. No saben lo que hacen, dicen, tienen trabajos y sueldos y techos sobre sus cabezas y paz y amor, ¿por qué se van? Estarían dispuestos a darnos dinero con tal que no partamos. Dinero. No hay nada más mezquino que el dinero, excepto el hombre que lo ambiciona. No podemos vendernos, amor. No lo hagamos, por lo que más quieras, no lo hagamos. Nos odian ahora, pero nos amarán cuando partamos y cuando mandemos la primera carta de amor, diciendo: estamos bien, no necesitamos nada. Rodarán lágrimas sobre sus mejillas. Pensarán: tienen dinero. Pero con todo, quiero decir que estaremos en paz con nosotros mismos, tendremos alimento y cobijo y trabajaremos para encontrarnos y unirnos al Universo. Si fracasamos, al menos, no estaremos contaminados como lo están ellos ni sufriremos por comprar y vender el sustento. Quizá, algún día, alguno de ellos comprenda que hizo mucho daño al concebirnos y que su sufrimiento es en huero porque no es sincero ni sano, no hay que sufrir de ver libre a alguien, o en camino a la libertad. Quizá uno de nuestros hermanos menores comprenda nuestras decisiones e, indirectamente, sembremos en él la semilla de la libertad. Quizá no ocurra nada de esto. No importa. No queremos salvar al mundo, ¿verdad, Simona? No queremos nada, entiéndalo. Nos llaman misántropos, pero los misántropos son ellos, pues contaminan y matan al hombre con sus actos interesados y pueriles. Nos llaman misántropos, pero ellos son quienes asesinan al hombre: asesinos de sus hijos por la cantidad que procrean: a cada nacimiento muere la libertad, la paz, la vida vale menos; la vida no vale nada en un mundo de dinero. Asesinos que matan bolsa a bolsa de supermercado, lata a lata de coca-cola, mordida a mordida de hamburguesa. ¡Asesinos! ¡Yo los acuso! No perdamos el tiempo con ellos, Simona, vámonos. Deja que se revuelquen en su lodo los cerdos, ahí están bien porque nacieron para eso. Los concibieron para eso. Los criaron para eso. No son más que hombres. Un gusano vale más. ¿Quién es más misántropo? Al menos, yo no reproduzco al hombre. Reproducir al hombre es el acto más misántropo y más lleno de odio: saber que el mundo es cruel y aún así traer a un bebito a ello, ¡es un crimen! No quiero ser parte de todo esto. No quiero ser parte de nada. ¡Renuncio al género humano!

      La vida es un reloj de arena, querida. No podemos perder un solo grano de arena. No les regalemos un solo grano de arena. Cojamos nuestra arena y partamos, no importa si nunca llegamos a ningún lado: nadie llega a algún lado. Los hombres hacen cosas, hacen algo de sus vidas, sólo para ir a morir un día cualquiera. Han mancillado la muerte. Crearon todo un protocolo para morirse, como si morir fuese importante. Es importante para los vivos. Son egoístas incluso en esto. No nos dejarán ir ni muertos, Simona. ¡Prepárate!



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No nos engañemos, Simona. Lo sabemos tú y yo: todas las cosas que se hacen por dinero son mezquinas. Envilecen y empobrecen el alma. Las actividades que realizo por dinero son mezquinas y las llevo a cabo para sobrevivir en un mundo mezquino y cruel. Son las cosas más bajas que un hombre puede realizar. Para resumir, son las cosas que engendran guerras, en el más amplio sentido de la palabra. No acepto ninguna responsabilidad por mis acciones mercantiles, por mis sueldos, por todo lo que estoy obligado a hacer en un mundo de obligaciones fiscales y gubernamentales. Es el modo más cruento de control. Sucede así: “Obligamos a los ciudadanos a llevar encima siempre una carpeta llena de documentos. Los ciudadanos pueden  ser interpelados por la calle en cualquier momento; y el Examinador, que puede ir vestido de calle o con diversos uniformes, después de comprobar todos los papeles, los sella. En la siguiente inspección, el ciudadano tendrá que enseñar los sellos correspondientes a la última inspección. La detención tiene carácter provisional, es decir, que el prisionero será puesto en libertad cuando el Arbitro Adjunto de Explicaciones apruebe su Atestado de Explicaciones, debidamente firmado y sellado, si lo logra. Dado que este funcionario rara vez aparece por su despacho y el Atestado de Explicaciones tiene que presentarse personalmente, los explicadores se pasan semanas y meses enteros esperando en oficinas heladas, sin sillas ni servicios higiénicos.” ¿Por qué no nos obligan a punta de cañón?, sería más fácil, sería más honesto. “No, la brutalidad no es eficaz (lo hemos aprendido a lo largo de años de brutalidad). Los malos tratos, sin llegar a la violencia, causan, si se aplican adecuadamente, angustia y un especial sentimiento de culpa”. Somos culpables de no llevar encima y en orden nuestros documentos, somos culpables, Dios, somos culpables y lo merecemos: paguemos recargos, paguemos impuestos, paguemos intereses y penalizaciones, y hagamos todo lo posible por mantener el orden de los documentos: todos y cada uno, registrados en un documento, desde la cuna hasta la tumba, pendientes de ello. Fuimos un número; ahora somos un código binario que leemos a modo de nombre: MARTIN PETROZZA, COL. ROMA NORTE, 30 AÑOS, EMPLEADO DE S & S ENTRERPRISES. O: 1101 01010 0100 011. Quien puede entender esto, no puede liberarse, pero está en camino de hacerlo. Vamos, Simona, rompamos las cadenas. No acepto ninguna responsabilidad por las actividades que realizo por dinero. Todo lo que hago fuera de ellas es lo que realmente soy, y es, verdaderamente, mi vida. Nada que se haga verdaderamente desde la voluntad más individual y honesta, puede generar dinero porque el dinero se mueve en un plano infinitamente inferior. Nos desean tener como a gusanos, ciegos y sin ambiciones, y sin ser productivos a nosotros mismos, a nuestro espíritu y nuestra alma. Las actividades que ellos llaman productivas, no lo son. Son actividades destructivas. Lo demuestro:



Nunca pude describir buenamente lo que debía hacerse en los trabajos. Todos los trabajos me parecían una cosa de locos, tareas que sólo un par de mentes macabras podían comprender. Quiero decir, en su totalidad. No hablo de los gerentes o de los dueños de las empresas, ellos tampoco lo comprenden en su totalidad, hablo de algo más grande, tanto como el sentido de la vida o Dios o la objetividad divina o científica de la evolución de la vida. Desde la bacteria unicelular hasta las tasas de interés, las hipotecas, las inversiones a plazo fijo, los bonos, los aranceles o, sencillamente, el reparto de propaganda impresa. ¿Convertir árboles en propaganda impresa es el instinto de muerte colectivo de la humanidad? Si consideramos que los árboles nos dan vida, ¿por qué cortarlos y convertirlos en publicidad, que a lo más, nos da dinero? No hay ninguna lógica en talar bosques excepto el instinto de muerte más macabro.



      Por aquel entonces me había empleado en una cadena de suministros de cafetería y era el encargado de firmar contratos de la marca con terceras personas, interesados en adquirir una marca ajena, la nuestra, y suministrarse de un negocio prefabricado. No tiene sentido, pero es un negocio estupendo porque las gentes son cobardes de arriesgar su maldito dinero, el que han obtenido a cambio de la tala de árboles y de otras cosas igual de atroces. Debía vender contratos. En realidad, firmar un contrato implicaba muchas cosas. Una cadena larga de cosas que terminaba, más o menos donde terminan todas las cosas que hacemos: en la destrucción de nuestro propio hábitat. En nuestra muerte como género. Comenzaba con la firma de un contrato de diecisiete hojas de papel, por triplicado, y anexos de alrededor de veinte hojas más, también por triplicado, y daba rienda suelta a un proceso de suministro mensual de una cantidad indeterminada de plásticos de diferentes grados de maldad, unicel, papel de diferentes tipos, agua, metal, hule, tela y recurso humano. Entonces, mi trabajo consistía en detonar ese proceso maldito y matarme y matar a mis congéneres lentamente a cambio de papel moneda, papel moneda para todos, para mí, para los dueños de la marca, para el suministrado, para los proveedores y distribuidores de cada  insumo, etc. ¿De dónde provenía aquel dinero? De los bolsillos de comemierdas, es decir, de los empleados que rentaban sus culos ocho a doce horas para recibir quincenalmente un diminuto fajo de maldad e intercambiarlo por todas esas cosas, entre ellas, nuestros cafés de altura. Hace mucho tiempo, se dice, los gobernantes aztecas, o tlatoanis, hacían traerse nieves desde las montañas, o pescados frescos desde las costas, y para ello una cadena de corredores humanos poníase a correr a todo lo largo del país para satisfacer los caprichos de su gobernador. Qué sistema tan maravilloso. No contaminaba en absoluto y se podía ser tan eficaz, incluso más, que se es ahora con los procesos de distribución y logística de las empresas, que mandan barcos o camiones y usan petróleo y expiden gases, etc. Si hoy propusiera a mis patrones traer el café, distribuir el café, por medio de una red de corredores, pensarían que estoy rematadamente loco. Pero ¿saben qué? ¡Se hacía! Es totalmente posible no porque lo diga yo o lo suponga o se tengan estudios. Es totalmente posible porque ¡se hacía!, y muy posiblemente entre distancias mucho más largas. Nos vendan los ojos para que no descubramos las consecuencias de nuestros actos. Cada acto es una cadena y cada cadena lleva a lo mismo y se impone para lo mismo: dinero a costa de todo. Desde el ser humano más insignificante hasta el más poderoso desea dinero a costa de todo.

      Ahora bien, de las actividades sinceras, las que provienen de mi corazón, estás tú a la cabeza, seguida de la Literatura y un deseo de sobrevivir. Estas actividades no son independientes. Se interrelacionan. Se apoyan una sobre la otra como una pirámide, donde la punta es lo más bello y preciado y la base roza con lo mezquino.  Es una idea espiritual que carece de nombre en el plano del dinero. Si me abandonas, Simona, la pirámide se tambalea: no hay motivos para la literatura ni la supervivencia. Mi mundo se desmorona; deberé construir una vida, una cosmogonía personal, desde cero. Tú eres mi actividad personal y de la que dependen las actividades subsecuentes, hasta lo más bajo que es trabajar por dinero para sobrevivir, para escribir, para estar contigo y ser amado por ti; amarte desde la base hasta la punta de la pirámide personal de mi vida y mis valores. No temo decirte abiertamente que eres sumamente importante para mí, aunque con ello declare mi punto más débil y te confiese mi vulnerabilidad. Un secreto así sólo puede confesarse al ser más amado, que da y quita vida; alimento y veneno del alma enamorada más allá de la sensiblería y el romanticismo de un Wherter o una Julieta.

      Te amo, mi pequeña mujercita. Coge mi mano y parte conmigo. Coge a las gatas; todos los animales son inocentes. No hay maldad en sus almas. Sus alamas son pulcras y honestas. No hierve en sus vidas el pecado del dinero. Están libres de pecado porque están libres de moral. Todo lo que hacen es correcto; no conocen otro modo de actuar. Son bestias inferiores, pero están más cercanas a Dios. Anda, vamos. Ya no podemos estar aquí. Ya no es un lugar seguro. Quizá nunca lo fue. Es zona de guerra. Una guerra que no es nuestra guerra. Una guerra que se salió de control. Ya no podemos estar aquí, en esta vida cruenta.


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