domingo, 27 de abril de 2014

Gracias a Dios.



Brenda y Rita eran amigas; nunca antes habían probado las drogas hasta 1996, cuando tenían catorce años. Lo hicieron, fumaron marihuana, y no sintieron nada ni se asustaron ni se impactaron ni quedaron enganchadas como solían decir todas las madres de todas las hijas que sucedía. Por supuesto, porque es probado que la marihuana, y casi todas las drogas que se consumen a los catorce años, no crean dependencia física. Sin embargo, esto es algo que las madres no saben porque las madres no suelen saber algo, son ignorantes y viven aterradas en sus propios infiernillos.

      Cursaron el colegio de la mano con el vicio de la marihuana y poco a poco experimentaron con otras drogas, ninguna derivada del opio, verbigracia, consumieron cloruro de etilo, cocaína, la ya mencionada marihuana, pastillas, pegamentos, y cosas así, del mundo menor de las drogas, o lo que, expertos en estupefacientes, ni siquiera consideran droga.

Pero las madres de estas niñas estaban vueltas locas. Las descubrieron porque llegaban a casa fatigadas, enclenques, y a veces, risueñas o estúpidas. Se llamaron entre sí, la madre de Brenda contactó a la madre de Rita. Mantuvieron el caso en secreto a sus esposos, hombre que, de enterarse, sabe Dios de qué serían capaces. Consultaron a un médico de colegio, quien aseguraba que las drogas pierden la mente de los individuos y emprendía brigadas antidroga en todos los colegios que le abrían las puertas y se encomendaba a Dios para salvar las más posibles almas empobrecidas, desfavorecidas, atormentadas y perdidas; dejadas de la mano del Señor, cautivadas por el Diablo, envilecidas por el demoniaco vicio y la ambición de libertinaje desenfrenado y malévolo que carcome el alma desde dentro para pudrir a jovencitas inocentes, puras y capaces, virtuosas y con futuros espectaculares, llenos de luz y de paz por delante. De toda esa mierda se llenó la cabeza de las madres de Brenda y de Rita y las pobres hijas sufrieron la caza de un par de locas en busca de brujas.

El factor de enganche en las drogas menores es el factor psicológico. Lo que engancha a la gente a consumir una droga que no se necesita es el sentimiento de maldad, de prohibición, de rebeldía, de contracultura, de chantaje. Es, precisamente, el factor que más fomentan las madres y los brigadistas como el médico Suárez, el mismo que se unió a la caza de Brenda y Rita junto a sus madres. Entre los tres orillaban a Brenda y a Rita a creer que necesitaban consumir para escapar de la realidad. No escapaban de a ningún lado, su realidad era, más sólida que nunca, un mundo de consumo y colocón. Eran un par de niñas jugando a las adicciones. Falsamente, eran un par de drogadictas. Se conceptualizaban a sí mismas como adictas porque sus madres les trataban como adictas. Porque sus amigas más mochas las tachaban de adictas. Porque no podían confesar sus vicios a ningún adulto y casi a ningún joven de su edad. La sociedad las había creado. No hay prueba médica que confirme una adicción real a ninguna de las drogas que consumían éstas dos.

Las madres se aferraban a salvarlas y las niñas se aferraban a no dejarse salvar, a hundirse más y más, a consumir, a necesitar algo que no necesitaban excepto psicológicamente. Con el tiempo, probaron nuevas drogas: aceites, LSD, éxtasis, cristales. Los alucinógenos tampoco crean una dependencia fisiológica. Las madres estaban destruyendo a las hijas, empujándolas a nuevas sustancias y a más libertinaje: comenzaron a salir con hombres mayores, a acostarse con casi cualquiera que tuviese la suerte de estar con ellas durante su consumo, o que estuviese dispuesto a pagar las sustancias o a consumirlas amistosamente con ellas, o sencillamente les fuese atractivo, aunque no viviese dentro de su mundo de seudodrogadicción.

A los dieciocho años ingresaron a la universidad del Estado. Se convirtieron rápidamente en las Madres Superioras de todos aquellos chicos y chicas que recién despertaban sus instintos de rebeldía. Les introdujeron al mundo de las drogas. Otras madres comenzaron a preocuparse por otros hijos y a orillarlos a buscar más y más de Brenda y Rita y de sus experiencias libertinas. Lo que inició como un dúo acabó en grupo.

Vivieron momentos increíblemente felices bajo el influjo de los alucinógenos. También, momentos terribles, llenos de angustia y miedo. Experimentar era toda su meta en la vida. Se juraron que no habría droga nueva que no probasen y con esa filosofía profesaron y esparcieron su ideología a muchos jóvenes de la universidad.

La mayoría de ellos terminó los estudios lo mismo que cualquier estudiante promedio que no consumiera. Sin embargo, Brenda no quiso terminar. Rita sí, se graduó en contabilidad y poco a poco se alejó de su gran amiga Brenda. Aquí comienza la historia que quiero contar.

Brenda y Rita tomaron caminos diferentes a mediados de los estudios superiores. Rita siempre fue más influenciable por su madre que Brenda. Los sermones que recibía cada semana, o cada que se dejaba, surgieron efecto gradualmente hasta convencerla que consumir sustancias no la llevaría por buen camino. Ejemplos había de sobra. Su madre y el médico Suárez siempre tenían a la mano panfletos y literatura en contra de las drogas. Lo que no sabían, par de ignorantes, es que aquellos panfletos hacían referencia a las verdaderas drogas, las que realmente crean adicción física y dependencia total, como son los derivados del opio, opiáceos, como la morfina, la heroína, la codeína, la tebaína, etc., y no a las sustancias alucinógenas, estimulantes o depresoras. Se confundían de infierno. Las sustancias que consumía su hija Rita y Brenda eran modas pasajeras de adolescentes sin amor, descuidados o aventureros. Un juego de niños, a decir verdad. Nada que no pudiesen dejar en el momento que verdaderamente se lo propusiesen; como lo hizo, verdaderamente, Rita tras creer todas las satánicas mentiras de su madre y el médico sobre el futuro fatídico que le esperaba si continuaba en malos pasos y malas compañías.

Trastornaron el cerebro de Rita. La convirtieron. Ganaron la guerra en contra de la libertad y la experimentación. Creyó firmemente toda la mierda sobre ser alguien en la vida, ser tomada en serio por hombres, forjar un futuro laboral, ser un individuo productivo de la sociedad. Vaya si todo eso no es más dañino que consumir cocaína o LSD. Vaya si eso no te vuelve más un autómata, un idiota, un ser despreciable que no vale nada más que el dinero que ingresa cada mes, como un suministro de droga, sin sentido, sin vida, sin pasiones ni pensamientos propios, sin convicciones, sin amor, sin piedad, sin escrúpulos, sin nada excepto reputación y papel moneda.

Brenda no se tragó el cuento. Continuó siendo ella misma, o en la búsqueda de ella misma, que ya es mucho más que dejarse atrapar por la sociedad lacerante que carcome el alma desde dentro, y no dejó las drogas; dejó los estudios porque no satisficieron sus necesidades existenciales, individuales y personales. Esto, claro está, fue el acabose de Rita. Si continuaba por el camino de Brenda, no sería alguien en la vida. Su madre tenía razón. Rita habló con Brenda, le rogó que recapacitara, dijo que juntas podían vencer su adicción. No hay adicción que vencer, se defendió Brenda, me drogo porque me da la gana. Tenía razón, sin importar las opiniones de su madre, del médico o de Rita. Rita no lo miraba así, ella misma se propusovencer su adicción. La venció ipso facto porque su adicción era mental. No tuvo que hacer otra cosa que dejar de consumir para dejar de consumir. Su madre y Suárez se vanagloriaron de todos sus esfuerzos y logros. Juraban que sacarla de las drogas les costó años y años de arduo trabajo y dijeron que no había imposibles para Dios. Malditos pelmazos ignorantes.

Las cosas para Brenda fueron muy diferentes. Dejó la universidad y huyó de casa. Huyó con un chico con el que solía acostarse y que también consumía cocaína y LSD. Huyeron al Estado de Oaxaca, a un lugar paradisíaco llamado Huatulco. Su madre lloró. Perdió a su hija porque no supo comprender las necesidades de una adolescente y no supo comunicarse con su hija ni entender que sus acciones eran sanas, predecibles, naturales y pasajeras. Maldijo a Dios por arrebatarle a la carne de su carne y no se dio de golpes en la espalda con un látigo de nueve colas porque vivía en el siglo XXI. Envidió la surte de la madre de Rita y hubiese hecho cualquier cosa con tal de intercambiar suertes, así de noble y buena era su devota alma pordiosera. Rita terminó la universidad y cogió un empleo en una empresa de renombre.



2

En Huatulco, Brenda se instaló con su amante en casa de un grupo de amigos que pagaban alquiler a partes. Se dedicó a una vida de contemplación y experimentación. Todos los chicos que vivían con ella llegaron allí más o menos por las mismas razones que ella y su amante, es decir, porque no soportaban sus vidas de imbecilidad dentro de la sociedad citadina, ni soportaban a sus madres con Jesusees en las bocas, rogando que Dios sacara a sus hijos del vicio. Las únicas enviciadas eran ellas, con Dios, con la reputación y la apariencia.

      En aquella vida, Brenda pudo aprender mucho más que en cualquier universidad o carrera contable. Los jóvenes no eran, como sus madres creían, idiotas descerebrados, zombis de la droga. La mayoría de ellos leía y se dedicaba a algún tipo de actividad artística como la música, la literatura, la danza, el teatro, etc. Aquella casa era un foco de conocimiento e intercambio de ideas. Brenda leyó más libros en un año de permanecer allí que en toda su vida. Aprendió a pescar, a reconocer ciertas plantas y sus utilidades, a bajar fruta de los árboles, a convivir con todo tipo de nacionalidades, a apreciar la lluvia o el sol, los hábitos y costumbres de diversa fauna, la cultura de brujos y nativos, y un sinfín de cosas imprácticas en la vida en sociedad, pero enriquecedoras del alma y el espíritu. En la sociedad sólo se aprende a lamer botas, a que te laman las botas, y a ganar dinero.

      A esta vida, la madre de Brenda la llamaba vida de perdición. Su hija adorada se perdía en la boca del lobo, en la punta de de una aguja de heroína (su madre ni siquiera sabía lo que es la heroína, pero lo había escuchado decir a alguno y juraba que su pobre hija se picaba las venas).

      La comunicación entre madre e hija inició con una llamada telefónica de parte de la hija después de tres meses de ausencia. Madre rogó porque volviera, pero a cada ruego desesperado alejaba la idea de volver de la cabeza de Brenda: su madre continuaba siendo la ciega oveja de Dios que siempre fue. Definitivamente no podía volver con ella. Menos ahora que había leído a Nietzsche, a Schopenhauer, a Wittgenstein, a Espinoza. Su madre jamás comprendería. Sería como volver con un gusano siendo mariposa. En sus conversaciones con madre sentíase como hablando con un niño de dos años que lo único que sabe decir es gracias a Dios, bendito sea Dios, por amor a Dios, Dios mediante, primero Dios, si Dios quiere, sea la voluntad de Dios, a Dios gracias, Dios te cuide, ve con Dios, ruega a Dios, pide a Dios, encomiéndate a Dios, busca a Dios. No sentía compasión por su madre porque su preocupación era absurda y aberrante. Estaba viva, estaba bien, era feliz, ¿qué más quería de Dios para su hija aquella madre? No descansaría hasta verla enganchada al sistema escolar y laboral. Le deseaba un mal tan grande como un trabajo asalariado, digno y constante hasta la jubilación. Pobre madre, pobre madre ignorante, analfabeta, inculta y denigrante, arrastrándose ante un dios imaginario, condenando su alma a la esclavitud de una idea pasada y castrante de voluntad. Brenda y su madre jamás se entenderían, aunque volviesen a nacer.

      La peor parte de las conversaciones, la que no podía soportar Brenda, era cuando Madre soltaba cosas sobre la vida de ex amiga Rita, comparándola, engatusándola con sus mediocres logros laborales. ¡Rita compró un coche!, decía, ¡a Rita le dieron el seguro!, ¡Rita está por casarse!, ¡Rita pronto obtendrá un crédito hipotecario! Brenda colgaba el teléfono inmediatamente. Madre se lamentaba por ser tan cruel. En su fuero interno se consideraba cruel al contar a Brenda, la pobre y perdida Brenda, la incapaz Brenda, las victorias de Rita. A pesar de ser tan noble, era cruel, según su propio entendimiento, y continuaba siéndolo a pesar de saberlo, o creerlo. Brenda maldecía la hora en que el cerebro de su madre se llenó de tanta mierda. Su madre, Rita, la madre de Rita y cualquier otro que la juzgase, podían irse al carajo. Ni siquiera lo sabían, pero hace más de año y medio que Brenda no se drogaba. Lo había dejado por convicción en el momento que tenía que dejarlo, y no se arrepentía de ello, no sufrió por ello. Vivía en el paraíso de su libertad y libre albedrío.



3

En la ciudad, Rita había cogido un empleo en un despacho de contabilidad. Todos los días desayunaba cereal y leche, cogía las llaves de su coche último modelo, del que sólo había pagado el diez por ciento y aceleraba hasta estamparse con el tráfico de Insurgentes, para llegar una hora después a un sitio al que podía llegar en veinte minutos caminando. Una vez allí, se metía a un cubículo, al que llamaba oficina, a sentarse diez o doce horas. A veces llevaba trabajo a casa. Ganaba quince mil pesos al mes y creía que era afortunada, rica y guapa. No sospechaba que años más tarde, aquel trabajo sedentario la convertiría en una persona inculta, estúpida, vacía, gorda y con hemorroides. Que aquel trabajo de ensueño la esclavizaría y la consumiría hasta la vejez, como un Diablo chupa un cigarro y tira la colilla y la aplasta con su pezuña. La jubilación, la luz al final de túnel, quedaba cada vez más lejos gracias a nuevas leyes que extendían los años de vida laboral del ser humano. Su matrimonio engendraría crías horribles que seguirían exactamente el mismo camino que ella y su madre y su abuela y todos en aquella familia mediocre y pobre de inteligencia. Luego de eso, terminaría, se divorciaría y no se volvería a casar ni tendría más hijos que los que ya le salieron sin querer. Sería madre soltera y apaciguaría la juventud de sus hijos con videojuegos. Crecerían carentes de amor y de tiempo de calidad; enajenados, enganchados a la maldita sociedad sólo para crecer y estudiar y trabajar y engendrar y morir en un círculo sin fin ni sentido. Todos ellos creerían en Dios porque Rita les contaría que Dios la sacó de las drogas, gracias a Dios, un buen día, antes de convertirse en una hippie despreciable como lo hizo su amiga Brenda, a la que le desea lo mejor, Dios mediante, en donde sea que se encuentre, y que muera en paz y viva en paz, gracias a Dios.



viernes, 25 de abril de 2014

Todos pensarán que es una puta.


Escritores invitados.
Texto por: Roberto Araque.
Sitio del autor, aquí

Hablaba con una amiga. Ella me contaba acerca de algo que le pasó unos meses atrás. La cuestión es que siempre me buscan para un favor, y te llaman “amigo” siempre y cuando les resuelvan uno que otro problemita. Es como si tuvieran una agenda: el “amigo” que arregla neveras, el chef, el que trabaja en el aeropuerto... Pero ese no es el asunto en cuestión. Resulta que ella conoció a un tipo –un extranjero-. El tipo era agradable, le atraía y más. Un maldito italiano. De verdad odio a los italianos; parecen mariscones, pero se cogen a todas y no dejan nada. A ella le gustaba el tipo, de verdad que sí, y no como uno piensa, sino que literalmente quería chupárselo y todo eso. Las mujeres son más morbosas que los hombres; debe ser porque la sociedad las reprime. Uno cuando ve a una chica le puede lanzar un piropo, pero ellas no pueden hacer eso. Lo cierto es que llegó a la casa y empezó a hablar pendejadas. Es normal que me pregunten por mis vainas de escritor, el trabajo y todas esas necedades que aburren. Me extrañó su visita. En el fondo sabía que no me visitaría porque me extrañaba o porque ansiaba mi compañía, no es que anduviese bajo de autoestima –o sí-, pero la conocía y sabía que no hacía nada por nada. Mientras seguía eufórica preguntando cuándo publicaría mi bendito libro, buscaba respuestas acerca de qué coño quería. Y le pregunté qué quería. Primero fingió sentirse ofendida y dijo que no pensara así de ella. No manifesté gran cosa, sólo abrí la puerta de mi casa,  agradecí su visita y le comuniqué que, cómo ya había confirmado mi estado de salud y todo lo concerniente a mi bienestar, se podía marchar. Entonces, al fin habló: me contó que el tipo la invitó a un hotel. Ella sabía para qué y lo quería, él también lo sabía y lo ansiaba, pero estaba el peo mental que tienen todas las mujeres… o por lo menos las de mi país: no cogen en la primera cita para que no piensen que son putas. De allí que se aguantan las ganas y dicen que no. Pues el tipo no insistió y se marchó para su tierra.
***
Ella llegó a mi casa como si no hubiese pasado un año, o como si no tuviese más nada qué hacer. En realidad no tenía mucho qué hacer, pero no era el hecho. Vino y dijo que quería ubicar a un tipo que era de Italia, de mediana estatura, ojos claros, cabello castaño, blanco y con un tatuaje en el brazo que era una especie brujería protectora que hizo el chamán más antiguo de la tribu los “MASAI”. Eso sucedió -según ella- en un país de África que ni me acuerdo, pero era de un nombre bien raro, hasta que una provincia declaró la independencia y comenzó una guerra civil con miles de refugiados. Y también me contó que él era fotógrafo de National Geography o de otra revista que ni puta idea, pero que es burda de famosa. No entendía qué quería de mí, cómo podría ubicar a una persona de un país extranjero sin siquiera saber el nombre o la edad o cualquier mierda, sólo unas pendejadas de una loca que no lo conocía, pero quería tirárselo; nada más se dejó manosear las tetas en el baño de una discoteca; no soy policía ni detective y si lo fuera estaría investigando asesinos en serie o narcotraficantes.
Tantos italianos, le recomendé que fuera a Italia a ver si tenía suerte, le dije que era un país pequeño y que todos se conocían. Ya me tenía harto con el asunto del italianito y de esos detalles que me importan una mierda –mirada, tono de voz, perfume y más– No sé si notó que me fastidiaba, pero le repetí que estaba ocupado y le rogué que se largara. Desde ese instante comenzó a explicarme.  Expresó que yo era del ambiente literario, que allí todos se conocen o si no lo conocía podía conocer a alguien que sí. Todos los “artistas” se conocen o conocen a alguien que conoce a otro. Él era un fotógrafo y yo un escritor, él tenía fama mundial y yo pues… no, pero debía conocer a alguien –de fama mundial– que lo conociera. Insistía que debía existir una conexión entre nosotros. Pensé y pensé, luego me acordé de que conocía a un fotógrafo. Dije que lo llamaría, pero ella suplicó que lo hiciera en ese momento. Lo hice –desde su celular-. Él me atendió de vaina, estaba en una sesión de fotografía en el palacio de la cultura  y dijoque lo disculpara porque no podía atenderme.
A ella no se le ocurrió otra cosa más que convidarme a esa sesión. Lo esperaríamos afuera del palacio, en el café donde se sientan a todas esas mierdas que creen intelectuales. Allí de vez en cuando se hacen recitales de poesía y otras marisqueras. No me gustaba ir, pero ella insistió. En el fondo aún estaba enamorado de ella, porque siempre pude detenerla o no atender a sus reclamos. Pude mandarla para el carajo, pero no lo hice porque aún la amaba.

***
Llegamos al palacio y observé a Raúl –mi amigo fotógrafo-. Él andaba en lo suyo. Era una vaina toda rara; las modelos estaban desnudas, sus partes íntimas cubiertas por cartones multicolores y sin cabello. Entramos al café, nos ubicamos en una mesita cerca de la entrada. Desde allí veíamos todo el alboroto que ocasionó Raúl con su sesión artística. Ella hablaba y hablaba de no sé qué cosas, parecía entusiasmada; más que eso, nerviosa. Se nos fueron dos horas entre sus chácharas, cafés y paciencia. Justo antes de terminar la sesión ella insistió en hablar con Raúl.

***
-Saludos, Raú-.
- ¿Qué tal? – Se mostró sorprendido ante mi llegada.
- ¿Cómo está todo?- No respondí su pregunta, estaba algo nervioso. Aún no entiendo el porqué me costaba reaccionar.
- Todo bien. ¿Y, tú?
- Todo bien. En eso que llaman arte.-
- En lo mismo.-
- Te presento a una amiga.- Ella no permitió que terminara de saludar a Raúl, sólo comenzó a hablar. Él la miraba con atención, o le miraba las tetas, y ella le explicaba el asunto del amigo italiano que se marchó y dejó una cámara fotográfica que ella ansiaba devolver porque, a según, era invaluable. Mentía, mentía, sabía que mentía y Raúl también. Pero él quedó en ubicar al tipo y no preguntó grandes cosas porque estaba al tantode que todo era una farsa; una cámara para un fotógrafo es como una extensión de su cuerpo, es inconcebible olvidarla.
De allí caminamos unos minutos por la avenida, no me llevó a mi casa porque tenía unas cosas pendientes en el trabajo y necesitaba regresar a su oficina. No le reproché, pero tenía ganas de ahorcarla. Por suerte tenía algo de dinero en el bolsillo para pagar un taxi, no lo hice; compré una botellita de ron blanco y bebí en una plaza cercana al palacio de justicia. Cuando se acabó tomé el bus y me quedé dormido. Llegué a la última parada, tuve que caminar a mi casa y pensar muchas cosas.
***
No supe nada de ella, aún no lo sé. Tampoco traté de averiguar qué pasó en su vida. Ella nunca más llamó, ni yo lo hice. Cuando hablé con Raúl –hace pocos días– no la nombré, pero tenía ganas. En realidad desconozco hasta cuando aguantaré con la duda; no sé si encontró a su italiano, se marchó o se quedó en el país. No tengo la más mínima idea, ignoro si encontró al tipo, o sí lo encontró al tipo pero él la rechazó o cualquier verga que satisfaga mi morbo. No lo sé, No sé nada. Lo único que sé es que ella no quiso tirar con el tipo para que la gente –o él– no pensara que ella era una puta. No, definitivamente no es una puta, pero sí una completa desquiciada.


Texto por: Roberto Araque.
Sitio del autor, aquí

domingo, 20 de abril de 2014

No has cambiado nada.




Entré a Tres gallos más o menos a las cuatro de la tarde. Tres gallos era un bar que frecuentaba hacía diez años o más. Era un sitio oscuro y deprimente con borrachos oscuros y deprimentes. Aunque ahora tenía dinero suficiente, no dejaba de frecuentar aquel horrible lugar. Supongo que uno es así: adquiere costumbres. La mayoría de la gente desea hacer dinero para dejar cierta vida de mierda que lleva. Es imposible. Se llevan su mierda a otro sitio, es todo. 

      Por ejemplo, Sandra. Hace más de seis años que no le miraba. Siempre hablaba de recorrer el mundo, de irse de México, a cualquier otro sitio. Bueno, lo hizo. Colocó su culo en asiento de avión y partió a N.Y. En N.Y. conoció a un par de chicos que la llevaron a Washington y a San Francisco. Sandra era el tipo de persona que logra lo que se propone a costa de lo que sea. Comenzó a recorrer el mundo a lo grande. Llegó hasta Europa. Podía decirse que escalaba. Podía decirse que lo estaba logrando. Dejar su vida de mierda y eso. Yo me enteraba por las publicaciones de sus fotografías en Facebook. Había fotografías de ella en todos lados: “This is me in N.Y.”, “This is me in Kansas”, This is me in Portland”, “This is me in Montana”, “This is me in Texas”, “This is me in Atlanta”, etc. Los comentarios de estas fotos siempre eran de envidia y de falsos deseos felices. Yo nunca comentaba porque no tenía algo que comentar. Sabía cómo lo había logrado y cualquier comentario mío no iba a gustarle. En realidad, cualquiera que conociese a Sandra lo mínimo sabía muy bien cómo lo había logrado. Sencillamente, no quería ser un hipócrita. 

      Sandra llegó a Tres gallos a las ocho de la noche. Habíamos quedado a esa hora pero quise abrir garganta. Para cuando llegó llevaba encima nueve cervezas, dos copas de whisky, doce cigarrillos y diecisiete párrafos en una libreta nueva que compré antes de entrar. Me sentía el viejo Petrozza de los viejos tiempos. Había dejado las viejas libretas. Ahora escribía en una Mac del año, de mi novia, y aunque todos exclamaban que era una gran cosa, para mí era o sería, más temprano que tarde, un viejo cacharro. No encontraba en ella alguna virtud, excepto la de cambiar las palabras que yo escribía por otras, que ella sugería. Esto es lo que algunos llamaban inteligencia artificial. Yo lo llamaba retraso mental artificial. Sin embargo, Dios, esta noche yo era el viejo Martin Petrozza, en Tres gallos, con mi vieja libreta, mis viejos vicios y mi vieja amiga Sandra. Hay una edad en la que uno empieza a sentir nostalgia de cuando tenía diecisiete años.   

      Lo primero que dijo, después de abrazarme y besarme la cara, es que yo no había cambiado nada. Esto era, muy probablemente, cierto, porque Sandra siempre me había mirado con un vaso de cerveza en la mano y un cigarrillo en la otra mano. Justo como me estaba mirando ahora. Teníamos treinta años y un pasado sufrientemente largo para decir: no has cambiado nada. Con esto, claro, queríamos decir que aún no éramos tan viejos como otros y podría ser peor. Yo también se lo dije a Sandra. Le dije, tú tampoco has cambiado nada. Lo que quería decir que continuaba poniéndome a tope. O eso al menos, es lo que ambos queríamos que significara. 

      Ahora bien, lo segundo que dijo Sandra es que había seguido mi vida por Facebook y por ciertos medios que publicaban parte de mi trabajo o de mi vida como escritor. Dijo que yo llevaba una vida de puta madre. Lo dijo porque bebo y leo y escribo y vivo con una hermosa mujer llamada Simona. Lo dijo porque me gano el pan haciendo todo eso. Lo dijo, también, por que no conoce el lado oscuro de todo eso. Lo dijo porque Facebook es una herramienta para maquillar nuestras vidas de mierda y mostrar la mejor cara que podemos sacar. Por el mismo motivo reí, me sonroje falsamente y respondí que la vida de puta madre la llevaba ella. Ya sabes, dije, con todos esos viajes y más. 

      Bebimos un par de cervezas y nos contamos lo esencial. Las cosas que uno se cuenta cuando suceden este tipo de reencuentros. Reímos en algunos pasajes de nuestras vidas. 

Luego bebimos otro par de cervezas y comenzamos a recordar los viejos tiempos que vivimos juntos. De cuando se nos paró el coche en la carretera, en las veces que follamos, Su amigo Bubu, etc. No habíamos cambiado nada, excepto en que ahora podíamos sentarnos a beber con cierta tranquilidad y a un ritmo menos desenfrenado y contarnos todas las cosas que hemos vivido y recordar. Ya no teníamos la necesidad de salir corriendo y reventar. Ahora teníamos algo que recordar. Algo que confesar, hasta cierto punto. Algo de lo cual decir: vale, la verdad yo estaba muy asustado aquella noche, o, venga, me prendías tanto que era capaz de decirte cualquier cosa con tal que me la chupases. Ahora podíamos decir aquello y reír y exclamar: ¡hijo de puta!, por eso eres amigo mío. Ahora podíamos abrazarnos más fuertemente. Con más miedo porque ya cada día que pasaba nos hacíamos viejos y ambos sabíamos que un día ya no podríamos hacer nada de eso.

       Estuvimos así tres cuartos de hora hasta que Sandra comenzó a emborracharse y a decir que todo era falso y su vida no era tan bella como yo creía. Vale, dije, no tienes que confesarme nada, lo sé: la vida de todos es una mierda. No importa si tienes dinero o haces viajes o escribes o tienes hijos o no los tienes, da igual, el hombre se las arregla para hacer de su vida un infierno personal. Pero Sandra insistió y me lo confesó. Bueno, le abracé y le dije ya, ya. Supongo que es lo que todos deseamos que se haga por nosotros. Que nos apapachen el culito. 

      Yo también tenía ciertas cosas que confesar, por ejemplo, escribir no me hacía feliz, aunque eso es por lo que estuve luchando mucho tiempo, casi toda mi adolescencia y parte de mi adultez. Escribir era un vicio, y el vicio me daba paz, pero no podía decir que me diera el mínimo de felicidad. Podía pagar mis otros vicios, el alcohol y el cigarro con lo que ganaba como escritor, pero eso tampoco me hacía el hombre más sonriente sobre la faz de la Tierra. Tenía una mujer hermosa y un techo sobre la cabeza, y todo eso estaba muy bien y lo agradecía pero incluso con mi mujer luchábamos todos los días por no hacernos la vida un infierno y por salir a flote en esto que llamamos existencia humana. Yo también tenía ciertas cosas que confesar pero no las confesé porque Sandra había ganado escena y era su momento de maldecir y de gritar la verdad con un amigo que puede escucharla sin juzgar sus desventuras. 


2

A las cinco de la madrugada nos echaron del bar. Esta era otra de nuestras desgracias. Continuábamos siendo dos hombres en medio de la nada. Lanzados a la dura y fría vida, sin cobijo, sin explicación, sin otra esperanza que morir en paz. 

      De cualquier modo ya no teníamos nada que contar ni confesar ni maldecir. Ahora éramos, una vez más, Petrozza y Sandra, lo que eso signifique. Acabaría la noche y nos alejaríamos nueve meses. Sandra se embarcaría en un crucero, donde laboraba como mesera, y no regresaría a México sino hasta nueve o doce meses después. Se haría fotos en N.Y., en Arkansas, en Tennessee, qué sé yo; publicaría todo eso, haría creer a su familia y sus amigos que si uno se esfuerza un poco puede lograr un sueño. 

       Yo iría a casa y dormiría y al día siguiente escribiría todo lo que nos contamos. Haría creer a la gente que soy un escritor entusiasmado con una vida de puta madre y que si uno se esfuerza un poco puede lograr algo, por imposible que parezca. Al menos Sandra podría ponerse maquillaje y sonreír para una foto. Yo no podría sonreír en adelante. 

     Nos despedimos en la entrada del metro Insurgentes. Ella debía correr para llegar a tiempo a casa, coger un par de maletas e irse al aeropuerto. 

     Yo debía correr para llegar a una Feria de Libro independiente que se celebraría en un par de horas. 

     Debíamos correr, correr para continuar con la vida que nos habíamos creado y hacer el mundo girar, nuestro mundo girar, según nos habíamos enganchado. El próximo año volveríamos a encontrarnos y hablar. 

    ¿Hasta cuándo volveríamos a encontrarnos y hablar?, me preguntaba. ¿Hasta cuándo podríamos decirnos sinceramente: no has cambiado nada? ¿Hasta cuándo envejecerían abiertamente nuestras caras? No importa, volveríamos a beber y a correr hasta el último día. 



domingo, 13 de abril de 2014

Padre e hija.



F. atravesaba un periodo muy fructífero en su carrera literaria (si podemos llamar así a los libracos que F. solía escribir: carrera literaria, a sus publicaciones en TRASH y alguna revista menor del ambiente del subsuelo). Escribía texto tras textos; salían de él como agua por el grifo. Nada podía detenerlo ahora que había encontrado una nueva fuente de inspiración creativa: Lidia F. La mujer que abrió camino a F. al mundo de las letras, su amante, por la misma que sufrió un bloqueo mental y por la que estuvo dispuesto a cambiar su vida y hacerse un hombre de bien. Dios, de eso nada, no, había que  olvidar el asunto del hombre de bien porque F. no era un hombre de bien y punto; lo intentó, sí, pero… “es mejor aceptar la clase de cerdo que se es, en vez de luchar por ser lo que no se es ni se será nunca, por más que nos engañemos y lustremos nuestros zapatos…”. Esta era la nueva filosofía de F. Se había aceptado. Ya no haría más esfuerzo por encajar, por quitarse de encima los dedos de la muchedumbre. F. era un cerdo e iba a hacer lo mejor que podía hacer, lo único que podía hacer desde su calidad de cerdo: escribir un montón de crítica social.
      Despertaba alrededor de las dos de la tarde o tres de la tarde. Salía de cama e inmediatamente iba hacia la nevera, cogía un par de latas de cerveza y se instalaba, es decir, se montaba a la silla, frente al ordenador, y escribía todas la historias que su retorcida mente le dictaba. Todo esto en calzoncillos y con los humores a tope. Esto es lo que F. consideraba una vida digna. Escribía historias sobre gente del barrio, prostitutas, hombre retrasados mentales, adictos a la heroína, choferes de reparto, homosexuales, descarados, ancianos pervertidos. Es lo que siempre había hecho. En realidad, se redescubría a sí mismo. En realidad, nunca dejó de ser así, aunque él considerase que vivió un lapso muerto en su vida, un lapso de angustia e incertidumbre, que duró, aproximadamente, dos meses y medio.
      Enviaba las historias a Lidia, su amante, o su novia, o su mujer; F. mismo no lo tenía claro. Lidia recibía los bits de información en su ordenador y apartaba las historias que se publicarían en TRASH, de las que enviraría a otros medios. Lidia era medianamente conocida en el ambiente editorial. No le costó demasiado colocar a F. en un par de publicaciones serias, o casi serias, de la ciudad. Su mayor obstáculo era vencer los prejuicios morales de los editores de otras marcas; los textos de F. eran para mentes fuertes, para vividores, para analfabetas, “para otros cerdos”, solía decir el mismo F. En TRASH tuvo el mismo problema, y de no ser por Lidia jamás le hubiesen publicado. Ahora, Hallack, el Editor en Jefe y los otros editores comenzaban a acostumbrarse a la irreverente pluma del escritor, a cosas como: “…al entra a la habitación encontró a su padre de pie, desnudo de la cadera para abajo, con el miembro erecto, mirando frente a la ventana pasar a las muchachas del barrio. Con la mano izquierda sujetaba aquella cosa y tenía en la cara la expresión de los condenados a muerte. En cuanto el padre miró entrar a la chica, a pesar de toda la vergüenza, o por ella, no pudo evitarlo: comenzó a chorrear, a desaguarse como un río y arrodillándose, rogó a su hija que le perdonase, al mismo tiempo que la miraba con lascivia…”. Los textos de F. parecían no ir a algún lado, no tener un sentido práctico o metafórico que los sostuviese por sí solos. Eran textos arrojados como piedras al cielo, al azar, que golpeaban a cualquier cristiano sin motivo ni intención. Sin embargo, F. sostenía que sus textos eran más sólidos, más prácticos, y lo menos metafóricos posible. Los padres también se masturban, se defendía, los padres pueden ser sorprendidos por los hijos cualquier día, y si no sucede es porque no quieren que suceda, o porque ninguno ha tenido el valor de confesar: mi hija me pilló con la pija en la mano. Sea como fuere, los textos de F. eran mal recibidos en casi todos lados. Lidia debía hacer un gran esfuerzo por defender una literatura naturalmente reactiva.
      Todas las noches F. terminaba borracho y exhausto de escribir. Paraba cuando la cerveza superaba a su cabeza y no podía concentrarse o cometía demasiadas faltas. Entonces dejaba la literatura y se dedicaba libremente al whisky. Se levantaba de la silla, luego de horas de trabajo y se instalaba en el sofá a fumar cigarrillos y beber whisky con hielos o solo (si no había hielos). Esperaba la llamada de Lidia con el teléfono al lado. A veces llamaba, a veces no, pero F. siempre esperaba que llamase. Cuando lo hacía, le preguntaba: ¿qué has escrito hoy, muchacho? Esto era para F. un hueso para un perro. Se dejaba rascar la panza mientras F. contaba casi de principio a fin todo lo que había escrito. Esto suponía por lo menos dos horas de conversación. Lidia le escuchaba pacientemente, como quien oye a un niño contar las travesuras de su día. Como una madre divorciada que llama de larga distancia al internado para conversar con su adorado hijo, al que metió a ese internado porque no lo soporta las veinticuatro horas del día. Sobre esta línea iba la relación entre F. y Lidia. Habían aprendido a no superar el número de horas de compañía; se limitaban a encontrarse una o dos veces por semana y hablarse por las noches. Esto permitía que ninguno se hiciese más daño del necesario. Un distancia prudente para no hacer estallar su relación. Para no joderse. Para no escupirse en la cara las verdades el uno del otro, etc. Se veían, generalmente, un día entre semana y un día de fin de semana. Charlaban, comían, paseaban, se quejaban de sus vidas y hacían el amor. A este respecto, F. había progresado mucho. Antes de Lidia había pasado casi 10 años de soledad. Ahora lo hacía bastante bien para salir de una cueva y había dejado a un lado las ideas sobre las vaginas y las tumbas que alguna vez llegaron a atormentarle. Podía decirse que F. y Lidia habían superado los obstáculos primeros de una relación poco convencional, poco segura, poco ética, poco aceptada por la sociedad: él, un seudoescritor borracho y fracasado; ella, la hija del dueño de ALIANZA EDITORIAL, bella y decente niña de casa.
      Los sueños de F., en esta nueva etapa, eran plácidos y reconfortantes. Todo su cuerpo aprovechaba verdaderamente las horas de sueño. Se reanimaba. Descansaba como Dios manda. Sus angustias casi desaparecían por completo. El dinero, bueno… continuaba escaseando pero ya no le importaba. Tenía lo suficiente para comprar cigarrillos y alcohol y alguna chichería para engañar al hambre y eso bastaba. Lo importante era que podía escribir de corrido un texto sin perder la cabeza o sin implicarse en profundos abismos de soledad, incertidumbre y dolor. “Esto es lo que debió sentir W. Faulkner al escribir…”, pensaba. Se miraba a sí mismo como un escritor bueno y desinteresado de sí mismo. Como alguien que escribe silbando una tonada alegre mientras el sol sale, los ruiseñores cantan y entra la primavera. Los días que venía Lidia hacían el amor y los ruiseñores volvían a cantar al amanecer y el sol les bañaba y la primavera vivificaba sus almas humanas… En pocas palabras, F. sentíase feliz. Sin embargo, F. jamás se decía a sí mismo me siento feliz. Eso era algo que F. no se permitía ni en la más grande de sus alegrías. Se estaba traicionando. Para él, ser feliz era ser estúpido. Había algo de cierto en ello porque así se sentía F. cuando sonreía al despertar con Lidia en sus brazos. No podía aceptar que su vida era casi como la había soñado hace más de diez años: publicaciones en revistas, publicaciones a fin de cuentas, una mujer, cerveza, desempleo, sol, pocas ambiciones y un sentimiento de letargo o eternidad, como si nada de esto pudiese quebrarse y fuese a durar para siempre; esta pasividad le encantaba, este riel, esta forma de vida segura y esencial: no poseía nada más que lo esencial, carecía de bienes materiales y poseía, si se puede poseer, capacidad para hacer lo que más le gustaba y el amor de una mujer. A cambio, él amaba a Lidia.
      Amar a Lidia, Dios, ¿cómo explicar lo que amar a Lidia, amar, en general, significaba para F.? Hablar a Lidia, contar a Lidia todas las cosas que le pasan por la cabeza, acostarse con Lidia, enviar textos a Lidia para que los publique en la revista de su padre y en todas las revistas que le sea posible, que luche por posicionar su literatura sin él esforzarse más que en escribir y empeñarse en escribir toda la literatura que los medios NO quieren publicar, aceptarse, rehusarse a cambiar de ideas, acciones y sentar cabeza, aplicarse con más ahínco al trago, a las mujerzuelas, a las conversaciones oscuras en bares, es decir, continuar siendo F. e incluso, más F. que nunca. Eso es amara a Lidia. Es un modo egoísta de amara a Lidia, pero el amor es un modo egoísta de entablar relaciones. Mostrarse ante ella como es realmente, esa es la forma de amor que F. puede brindar. La más grande prueba de amor. No ser un hipócrita de mierda.
      Lidia de algún modo entiende esta forma de amor. Agradece la sinceridad de F. Por supuesto, sería más sencillo si F., sinceramente, no fuese lo que es. Lidia sabe lo que F. es. Lo sabe cuando le mira a los ojos, cuando lee sus textos entre líneas, cuando conversan (aunque la conversación de F. es lacónica), cuando comen, cuando beben, cuando hacen el amor. ¿Qué es F.? ¿Qué es, exactamente, aquello que sólo Lidia puede ver en F.? Esto es aun más difícil de explicar que el amor de F. por Lidia. La misma Lidia no sabría describir mejor lo que ella ve en F. Podría decirse que F. tardó casi diez años en encontrar a la mujer que fuese capaz de ver. Esto bastaría, en un discurso sensible, para justificar la relación entre Lidia y F., o el amor que Lidia siente por él. Diez años es mucho tiempo como para no llamar amor a la mujer que tardó en llegar. El enamoramiento, a pesar de la diferencia de clases sociales, también es lo suficientemente romántico como para desecharlo. Los factores psicológicos, químicos, etc., ayudan a mantener todas las metafísicas amorosas de este encuentro. Todas estas justificaciones son suficientes para amarse.
      Estos misterios del alma humana son la fuente de inspiración de F. El amor entre F. y Lidia, ¿puede ser tan enigmático como el amor entre un padre y una hija? El amor entre un padre y una hija puede abordarse desde los tres ángulos que puede abordarse cualquier amor, cualquier encuentro, digamos: sexo, erotismo y amor. El incesto, observado desde su más baja expresión, no puede ser otra cosa sino sexo, sexo pervertido, según algunos, aunque, para F. no hay nada menos pervertido que el incesto, pues, pervertido significa lo que sale del curso normal de las cosas y… bueno… es completamente normal sentirse sexual, erótica, o amorosamente atraído por un consanguíneo. Es tan normal que llevamos todos los años que lleva el hombre existiendo realizando el acto incestuoso y hablando de él en literatura científica, psicológica y artística. No puede ser pervertido algo que sale de lo más hondo de nuestros corazones humanos. Así, hayalgo que la gente no comprende en el amor de un padre y una hija, como hay algo que la gente no comprende en el amor que Lidia siente por F. “Ya no podemos entender ese algo porque lo hemos cubierto de mantas tanto tiempo… lo hemos vuelto tabú, lo mismo que a muchas otras cosas que nunca debieron ocultarse por salud mental. Creemos que somos más saludables mientras menos develemos los tabúes, cuando es, precisamente, que develándolos llegamos a una mejor comprensión del ser humano y ocultándolos, enfermamos nuestras mentes y nuestras almas…”, escribe F. El texto de F. comienza con el descubrimiento del sexo del padre. La hija descubre al padre en pleno acto onanista; devela el misterio: Padre es sexualmente activo. En el texto de F. Padre es viudo, vive con su pequeña hija de catorce años y hace más de doce años que no se acuesta con una mujer. La hija, de algún modo, como sucede siempre en temas de amores prohibidos, se percata de la soledad de su progenitor y desea suplir, ser para él aquello que perdió por culpa suya: Madre murió dos años después del parto; jamás pudo recuperarse. Ahora que la niña cumplió catorce años se percibe a sí misma como una mujer físicamente capaz, emocionalmente capaza de satisfacer a un hombre. Los últimos catorce años Padre le ha procurado amor y cuidados vertiendo toda su atención a ella, y ella no tiene más sol que Padre, su amigo y confidente, su protector. Es por medio de estos puentes de necesidad y amor fraternal que F. atraviesa del sucio sexo incestuoso (momento en que encuentra a Padre con la mano en la masa), al erotismo (la necesidad biológica de la hija ante la adolescencia y el despertar sexual), y, finalmente, al amor (el verdadero amor, sincero amor que siente la hija por Padre, un padre verdaderamente amoroso que ha sacrificado su vida sexual con otras mujeres para atender completamente las necesidades de su única hija).
Esto es lo que Lidia entre lee en los textos de F., y reconoce a F en Padre; el mismo F. ha sacrificado su vida sexual en pro de su única hija: la literatura, y se identifica con la hija: ella, Lidia, ha llegado, después de diez años (es decir, al inicio de la adolescencia) para saciar la sed sexual, erótica y amorosa de Papá F., que no hace otra cosa que volcar toda su atención a ella, a Lidia. Si de primera instancia parecía que los actos de F. eran actos egoístas, ahora entendemos que son el modo de atender a Lidia, de gritar que él existe y de no mirar a otras partes y rogar, de un modo sutil e inconsciente, la satisfacción de Padre.
Los editores de TRASH no comprenden algo de esto. Sencillamente leen, de manera literal, que en el párrafo veintisiete la pequeña Katy se arrodilla ante papá y “…quita la mano onanista de él, coloca la suya y comienza a hacer los movimientos oscilatorios que le miró hacer hace dos días”. F. narra paso a paso los encuentros sexuales entre Padre e hija hasta llegar al día que “…Padre entra en las suaves y vírgenes carnes blancas de Katy, y de la madre de Katy a través de ella, y de su propia madre y de su abuela, y de todas las mujeres del universo desde su hija hasta la mítica Eva hasta explotar en éxtasis y vaciarse los cojones en la vagina de su hija, ¡maldito pervertido!, le señalan los demonios de su cabeza”. Todo esto, a los editores, les provoca asco. Les hace vomitar. Les hace decir: “¿en qué mierda piensa Lidia cuando lee esta porquería y cómo se atreve a pensar que es publicable?” Les hace pensar: “¿Qué demonios ve Lidia en F. para protegerle, para publicarle a toda costa y para acostarse con él?”

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