sábado, 29 de marzo de 2014

Un poeta estupendo.



La revista Texto Libre cogió un par de poemas míos. Era una revista impresa y editada en México, Distrito Federal, con un tiraje de mil ejemplares mensuales; al menos eso decía el Director de Texto Libre, Enrique Sasso; distribuida y colocada en puestos de revista y algunos establecimientos misteriosos de los que nunca me enteré. Más o menos lo mismo que todas las publicaciones honestas sobre literatura, pasaba desapercibida hasta que alguien la señalaba, cosa que no pasaba a menudo, o hasta que te publicaban en ella, cosa que pasaba aun menos a menudo.
      Enrique Sasso personalmente leyó una serie de textos míos, en prosa, publicados virtualmente en Whisky en las rocas. Intentó contactarme, pero yo, necio, me negué hace tiempo a colgar mis datos personales en la web. Contactó, en lugar mío, al escritor Martin Petrozza, creador y escritor del sitio, pero éste, a pesar de colgar sus datos, jamás estaba al tanto de lo que ocurría en el universo que había creado. Afortunadamente, Simona y los editores sí estaban al tanto. Simona me hizo saber que Sasso estaba interesadísimo en mi trabajo como poeta. Es curioso porque jamás había publicado un poema mío en Whisky en las rocas.
Contacté a Enrique Sasso con los datos que me proporcionó Simona. Quedamos para platicar en ELKS. Era la primera vez que alguna revista impresa, o cualquier medio impreso (exceptuando WR, Editorial), cogían poemas míos. Era mi primera publicación seria, o casi seria; seria, digamos, para un poeta anónimo, que decidía arriesgar su nombre publicando poemas del desconocido que era yo. De cualquier modo lo agradecía.
Me entrevisté con Sasso a las ocho de la noche en ELKS. Hablamos de otros asuntos antes de tocar el tema de mis publicaciones. Hablamos de Rilke, de Auden, de Keats, que eran mis autores predilectos. Sasso lo sabía porque había leído mi prosa y sospechaba, con miedo o con pena, que yo escribiese demasiado influenciado por ellos. Jamás había pensado en algo así. ¿Qué pasaba si descubríamos que mis versos eran los versos tergiversados de otro poeta, muerto ya, con fama y nombre propio, y no los versos de Salmoneo Gutiérrez, poeta novel? Sasso me tranquilizó. Podría apostar, según él, que mis poemas serían buenos si cumplían lo que prometía con mis textos. Jamás me propuse prometer algo al escribir, no comprendía a qué se refería Sasso. Asentí con la cabeza, pero no comprendía nada en absoluto.
Bebimos copas de vino (Sasso era amante del vino) y comimos pasta a la boloñesa porque era el único tipo de pasta que vendían en ELKS. Sasso fumó siete cigarrillos durante nuestra estancia. Tomó tres copas de vino y utilizó cuatro servilletas. Además de Texto Libre, Sasso era editor en jefe de otra editorial de libros, no muy conocida. Lo mencionó de paso, no profundizó en ello, y tuve la impresión de que deseaba darme confianza en él y en Texto Libre. Si todo marchaba podía pagarme cuatrocientos pesos por cada poema. Por supuesto, acepté. Así quedamos. Cuatrocientos pesos por poema es mucho dinero para un poeta anónimo; y casi para cualquier poeta.
Sasso se ofreció a pagar mi parte de la cuenta. Pagó, se levantó de la mesa y nos despedimos con un apretón de manos y palmadas en la espalda. Dijo que había sido un gusto conocerme y hablar conmigo. Dijo que esperaba un par de poemas para la semana siguiente. Dijo que no me preocupara, serían publicados y pagados lo antes posible. Dijo que contemplaría la posibilidad de incluir en la revista algo en prosa. Luego se marchó y puede ver su nuca agachada y sus manos dentro de los bolsillos de su pantalón, un pantalón de algodón café y su andar preocupado por las calles de la colonia San Rafael, como si temiese haber hecho un mal trato conmigo o ser asaltado al dobla en la siguiente calle por un par de negros o no poder pagar los poemas que prometió pagar a pesar de darse aires de editor adinerado. 
Sea como fuere, aplasté la colilla de mi último cigarrillo sobre el cenicero de cristal tallado y emprendí el camino a pie a casa pensando en los poemas que debía escribir para complacer a Sasso, a Texto Libre y, por supuesto, a los lectores de Texto Libre. Ante una publicación hay un compromiso. No importa si creemos que no escribimos para alguien; eso, en todo caso, es mentira; se escribe para ser leído.

2
Simona llamó al día siguiente de mi entrevista con Sasso. Preguntó cómo me había ido, deseaba saberlo todo. Por aquel entonces no andaba bien con Petrozza así que ponía más atención a mis asuntos o los asuntos  de quien sea, con tal de desentenderse de su hombre. Le conté todo con detalle, en ese sentido Simona me daba pie a comportarme como una chica, a hablar incluso del brillo de los ojos de Sasso y de mis sospechas sobre un fraude. ¡Un fraude!, exclamó Simona, ¿un fraude de qué? Bueno, traté de explicarlo: era la primera vez que algo así me ocurría y no podía evitar pensar en un fraude. ¿Con qué motivo?, ¿robar tus poemas? Simona tenía razón, nadie robaría mis poemas porque nadie los había leído. Sería arriesgarse demasiado por nada. Cuando colgamos, me sentí estúpido.
      Luego, Simona me citó en una café de la calle Guanajuato para hablar de mis sospechas, o de algo. Me encontré con ella a las ocho de la noche, al salir del trabajo. Creo que necesitaba hablar, porque, en realidad, fue ella quien habló más. Así me enteré de la verdad sobre ella y Martin Petrozza. Petrozza se había mudado, ya no vivían juntos en Querétaro. Petrozza salía con otra. Una zorra llamada Becky. No era seguro, pero sí altamente sospechoso. En realidad, no podía esperarse otra cosa de Petrozza. Era un experto en meterse en líos con mujeres. Al parecer lo pasaba mal. En ocasiones, Simona daba vueltas por la casa de Petrozza, la nueva casa de Petrozza donde vivía su vida de linyera. Las luces siempre estaban apagadas o salía de la ventana el ruido demoníaco de orgías y borracheras. Simona, claro, estaba exagerando. Conocía a Petrozza muy bien, y podía asegurar que no se trataba de orgías. Borracheras sí, pero orgías… Petrozza era un hombre solitario y la mayoría de sus invitados a beber eran hombres, poetas, escritores, artistas, no sé, otros hombres solitarios. También habría mujeres, sí, pero no la clase de mujeres que se involucran en orgías. La mayorías de las mujeres en reuniones de Petrozza eran las novias de sus invitados o mujeres poetizas, escritoras, ilustradoras, es decir, mujeres libres e inteligentes. No putas, como solía pensar Simona. Y aunque es cierto que Petrozza podría acostarse con alguna de ellas, es cierto también que para ello debía hacer un esfuerzo, y… bueno, Petrozza no solía hacer esfuerzos a menos que lo considerase muy necesario. No sé, quizá Simona satanizaba el caso y yo me quedaba corto en mi ingenuidad.
      Desde mi partida de casa de Simona y Petrozza en Querétaro dejé de frecuentar a mi colega Petrozza. Cogí un empleo como almacenista y me instalé en la colonia San Rafael, no muy lejos de la colonia Roma. El trabajo, la distancia y mi vida con Marbella me alejaron considerablemente. Apenas tenía tiempo para mí, para mi poesía, para vivir mi vida. El tiempo se me escurría de las manos entre el trabajo y las complacencias a mi Marbella. Marbella y yo entablamos una relación seria, o lo más cercano a una relación seria después de su aborto. Fue un caso complicado; viví días pesados y oscuros en aquel entonces. No podía ocuparme de otra cosa. No estaba enterado de la pobre de Simona. Ahora, Marbella estaba mucho mejor. Marbella escribía poemas mientras yo laburaba y al anochecer, al llegar a casa, me hacia la cena y me servía vino. Supongo que eso era lo más cercano a una pareja formal que podía establecerse entre dos poetas. Sus cenas eran, casi siempre, lonches preempacados que compraba en la tienda de enfrente y calentaba en el microondas. El microondas de la tienda de enfrente, nosotros no teníamos algo excepto cama y buró. El vino era Gato Negro. Le gustaba aquel vino porque ponía a un gato negro en la etiqueta. Los fines de semana Marbella se ausentaba. Se iba, nunca supe a dónde. Estaba prohibido preguntar porque eso suponía, según Marbella, una privación, una opresión a su libertad individual. Me quedaba en casa, solo, pero con un montón de cosas por hacer. Era el tiempo que podía considerar libre, si me desentendía de hacer el cuarto, lavara la ropa, desayunar y comer, alguna cosa maldita que aparecía en mitad de un día soleado y prometedor, algo como reparar la puerta del cuarto, cambiar los vidrios, hacer extras en el almacén, etc. Cuando no se labora un día puede parecer eterno, cuando se hace, un fin de semana completo es un suspiro. Comenzaba a dar crédito a Petrozza y su filosofía del no trabajar, de no ser productivo a una sociedad maldita. Sin embargo, no deseaba regresar a casa suya, ni podía hacerlo ahora, con Marbella.
      Las cosas transcurrieron. Me di un paseo por la nueva casa de Petrozza, en Jalapa, a ver si daba con él y me explicaba sus pretensiones. No lo encontré. La casa era una casa grande, de dos plantas, con ventanales. Petrozza rentaba un cuarto dentro. Su cuarto, según me instruyó Simona, era justo el que daba a la calle. Las luces de la ventana estaban apagadas. Toqué el timbre, aventé piedrecillas a los vidrios, grité… nada. Estuve allí una hora o así. En ese tiempo miré entrar a un par chicas, muy guapas, que iban con gafas oscuras y reían de nada. Me miraron recargado en la puerta. Me hice a un lado para que abriesen y entraran. Eso fue todo. No me dirigieron la palabra ni me cuestionaron. Yo tampoco las cuestioné porque eran realmente guapas y  caminaban con aires de grandeza. Luego entró un chico, uno que lucía amigable y le pregunté si aquí vivía un tal Petrozza. Alzó los hombros. No sé, dijo, creo que no. Describí a mi colega lo mejor que pude pero nada sirvió para hacerlo reconocer en la mente del chico. Le di las gracias de todos modos y me fui. No tenía caso estar ahí.
      Dos días después habló Martin Petrozza. Venga, Salmo, dijo, me has buscado, ¿no es así? No sé cómo se enteró, no lo pregunté. Sí, bueno…, dije. Fue breve. Llamaba desde un teléfono público y no quería gastar más de una moneda. Dijo estar bien. Entonces lo supe, Petrozza salía con otra. Petrozza solía vincular su bienestar a las mujeres. SI estaba bien significaba que estaba con alguna mujer y había trago. Vale, dije, bueno. La llamada se interrumpió.
3
Marbella se entusiasmó mucho cuando le conté lo de Sasso. Dijo que era estupendo. Destapó una botella de Gato Negro y sirvió en un par de vasos. Venga, dijo, para celebrar. Cogí el vaso que me estiraba y brindé con ella. Había un motivo, pero, en general, sospechaba de un acrecentado alcoholismo por parte de Marbella. Todas las noches, con motivo o sin motivo, bebía al menos una botella de vino. Todo ese dinero salía de mi bolsa.
      Después de celebrar nos recostamos y conté a Marbella lo que había descubierto con mi amigo Petrozza. Le conté todo sobre su relación Simona y de los días que viví con ellos. Marbella alzó el vaso y brindó por él, por Petrozza. Dijo: ese es un hombre de verdad. Lo decía porque según ella los hombres no ruegan  a las mujeres, no aceptan el rechazo y se burlan de las desgracias. Así supe que Marbella estaba más loca que una cabra. Cualquier otra mujer le hubiese salido con el rollo feminista. También, sospeché que ella misma era insensible al rechazo y no rogaba a nadie. Insensible, no, eso no es posible, más bien, de corazón duro. Marbella había pasado por días muy difíciles cuando nos conocimos, no hace mucho, y quizá eso endurecía su alma. De cualquier modo, no sentía por ella un amor verdadero. Esto me inquietaba sobremanera. ¿Cómo viviría con una mujer a la que no amo? ¿Cómo podía Petrozza vivir con Becky cuando todo el mundo sabía, incluido él mismo, que su amor verdadero era Simona F.? No estaba seguro que Petrozza fuese insensible, como aseguraba Marbella. Era muy probable que su relación con Becky y sus farras monumentales fuesen, precisamente, el síntoma de una sensibilidad aguda. La misma Marbella se declaraba fuerte, pero cuando la conocí estaba acabada. No comprendo por qué los hombres ponen tanto énfasis en resaltar una dureza falsa, una insensibilidad aterradora. Afortunadamente ninguno de de ellos es realmente insensible; si no se resistieran a sus sentimientos este mundo podría ser realmente un mundo bello, un mundo bueno. Evitaríamos muchos problemas si tuviésemos más sentimiento y menos orgullo. No hablé de esto con Marbella porque no lo comprendería. En su universo, uno deber ser un guerrero o algo así. Ella misma se llama guerrera; lucha, batalla. Sus poemas hablan sobre la guerra que libra contra el mundo.

4
Al día siguiente fui a ELKS. Allí escribí un par de poemas sobre Martin Petrozza. Es decir, sobre la falsa insensibilidad del hombre, sobre la cultura de la insensibilidad, sobre machismo, sobre la prohibición de expresar lo que sentimos. Era poemas no demasiado largos, a lo más cuarenta o sesenta versos. Uno de ellos a manera de crítica social; el otro, desde el alma de un incapaz de expresar sentimientos, desde un alma sensible atrapada en un cuerpo y una sociedad.
      Bebí un par de cervezas Victoria y fumé catorce cigarrillos. Escribir requiere grandes dosis de nicotina. Escribí sobre un viejo cuaderno, donde hace mucho no solía escribir nada porque me molestaba el cuadro grande. Sin embargo, ahora lo que más deseaba era escribir sobre papel a cuadro grande. Son caprichos de la creación que jamás comprenderé.
      Cuando terminé fui a casa. Dentro estaba Marbella, con un par de botellas de vino vacías y una tercera a la mitad. Había pasado allí gran parte de la tarde, eso se sabía con sólo entrar al cuarto y oler. Había humo de cigarrillo. Hola, me dijo, ¿cómo te fue? No era costumbre suya preguntar cómo me fue. Bien, dije, ya tengo los poemas. Yo también, respondió al tiempo que daba una calada a un cigarrillo. ¿Qué quieres decir?, pregunté extrañado. Bueno, dijo, primero tendré que mirar tus poemas. ¿Para qué?, pregunté aún más extrañado. Vamos, sólo deja que mire tus poemas, venga. Le estiré la libreta con los poemas. Me senté sobre la cama, a su lado, en el poco espacio que dejaba.
      Marbella leyó los poemas rápidamente, sin acabar siquiera. No, dijo rotundamente. ¿No qué?, exclamé. No, no, no, repitió, esto no sirve, esto no sirve para nada. Vaya, exclamé, me levantas el ánimo, tú… Es demasiado femenino, dijo, y me sorprendí que una mujer dijera que algo es demasiado femenino. Verás, dijo dando un trago al vino, esto es lo que todo mundo sabe, ¿ves?, lo que cualquiera espera de un caso como Petrozza, o, en general, de la insensibilidad, como lo llamas, o lo que sea. Está claro que es así y por ello no funciona en la poesía. ¿Cómo?, pregunté, ahora sí, muy asombrado. La poesía, dijo, no es plasmar lo que todo el mundo espera y  sabe… o… bueno… eso sí, puede ser, pero… no al menos del modo en que se sabe, sino… Venga, dije, estás borracha. No, no, dijo sin permitirme bromear o acabar con el tema. Realmente había algo que Marbella deseaba transmitirme. Verás, continúo, aquí hay un poeta sensible hablando a corazón abierto, en tus poemas, eres un poeta sensible hablando sinceramente y… ¡Y no se supone que deba ser un poeta sensible y honesto!, exclamé exasperado. ¡Exacto!, gritó Marbella, ¡un poeta debe ser un mentiroso, un cretino, un asesino, un criminal, un hijo de puta, vamos! Me solté a reír en serio. No podía creer toda la verborrea de Marbella. ¿Realmente se creía todas esas cosas?
      Marbella se levantó de la cama y trajo consigo unas hojas, hojas sueltas, las echó sobre la cama y me pidió que las leyera. Era unos poemas suyos. Son míos, dijo, son sobre Martin Petrozza. ¿Cómo?, exclamé. Sí, dijo, son los poemas que debiste haber escrito tú en vez de esas cursilerías tuyas… Me quedé sin habla. ¿Estás diciendo que escribiste los poemas por mí, mientras yo escribía? Sí, asintió con la cabeza, eso hice; de algún modo sabía que escribirías sobre ese amigo tuyo y… de algún modo sabía que lo harías terriblemente. No me lo podía creer. ¡En tan poco tiempo Marbella creía conocerme más que yo mismo, y además, me consideraba un poeta malo y femenino!
      Leí los poemas de Marbella. Eran poemas muy poderosos, debo reconocer, con sangre fría, sobre un hombre insensible que se vanagloria de serlo, que se alimenta del sufrimiento ajeno. Pintaban a Petrozza como a un diablo, como un ser sediento de destrucción, incluso, autodestrucción. Eran poemas oscuros y deprimentes, pero al mismo tiempo, con cierta ternura, si eso es posible. Eran poemas realmente buenos. Me arrepentí de haber pensado en Marbella como una loca borracha. Probablemente era mucho mejor poetiza que yo y lo estaba demostrando. Quizá me conocía muy bien, como demostraba, y me quería, como decía. Quizá yo debía dudar menos de ellas y entregarme a amarla.
      Dejé caer las hojas a la cama y le dije que estaba impresionado. Sonrió, como una niña de cinco años. Luego bebió un trago y eructó, como un marinero.

5
Al día siguiente recibí un correo electrónico de Sasso. Ponía: Querido Salmo, no cabe duda que eres un poeta estupendo, tus poemas han dejado con la boca abierta a toda la redacción. Tienes la fuerza de un gigante y la sensibilidad de una flor. Tu trabajo será publicado en Texto Libre el mes siguiente. Esperamos más poemas tuyos. Por favor, envíanos un número de cuenta para pagar nuestra deuda contigo. Saludos sinceros.
      Adjuntados, venían los poemas de Marbella.  


Salmoneo Gutiérrez

viernes, 28 de marzo de 2014

El muerto.


Escritores invitados.
Texto por: Roberto Araque.
Sitio del autor, aquí

- ¿Hizo el encargo?-
-Sí señor. Todo perfecto.-
-Entonces no tengo de qué preocuparme.-
-Pues de nada, eso quedó resuelto.-
-Perfecto.-
-…Quedó muertito, como quien dice bien muerto. Estaba tieso, pura carne y huesos.- Agregó.
-Muy bien…-
-Mayor sangrero, pensé que era un duro pero se rajó y no le perdoné. Y quedó bien frío y enterrado. Usted hubiera visto como le temblaba la pata, porque a los muertos siempre le tiembla una que otra pata cuando se mueren. Entonces se la arranqué para que no temblara porque me ponía nervioso, además no importaba, como ya estaba bien muerto. Pero por lo demás lo hice como usted me mandó. En eso soy muy profesional; cuando me dicen bórrelo, lo borro y cómo usted diga. Y ese tipo quedó bien borrado, más muerto que Adán.-
- Entiendo. Tengo otro encargo…-
- Llegué un poco tarde al encuentro porque no me fui hasta que se le aflojó el cuerpo y vaciaron los ojos. – interrumpió nuevamente-
- ¿pero por qué tanto tiempo?-
-  Para estar bien seguro.-
- Entiendo.- Lo miró con cierta curiosidad.
-Pero déjeme decirle que eso quedó listo y rematado. No hay más muerto que ese muerto. Y lo enterré bien profundo. También le eché cemento, un coñazo para que nadie lo encuentre y si lo encuentran no lo desentierren. Ese pajarito ya no volverá a cantar, ni como alma en pena.-
-Me parece bien.-
-Entonces cómo quedó bien muerto y ya está resuelto el asunto. ¿Cuál es el otro encargo que tiene para mí?-
- Cambié de parecer. Quiero que haga algo primero.-
-Usted sabe que cuenta conmigo para lo que sea. Eso ya está requeteprobado. Usted me dice y yo ejecuto. Mire que fue bien peligroso este asunto, no fue fácil. Pero como usted me dijo que lo hiciera, lo hice.–
- Me podría llamar a los muchachos.-
- Claro -
***
Entró en la oficina. Con él llegaron dos de los guardaespaldas del Señor Riviera, Manolo – el hombre de mayor confianza- y uno de los sobrinos de Riviera quien se iniciaba en el negocio familiar. El jefe dijo:
-Por este encargo te voy a pagar el triple.- Él quedó sorprendido y no disimuló su alegría.-
-Pues gracias, señor. ¿Y que será ese otro asunto que me compete?-
- Pero éste es un poco más complicado que el anterior, entonces le pediré a los muchachos que te acompañen.-
- Claro, cómo no hacerlo. – Le echó un ojo a los guardaespaldas y a Manolo. Le sonrió al último, pero este permaneció indiferente. El sobrino susurró algo al oído de Manolo y éste asintió.
- Estaba un poco dudoso con lo del trabajo anterior, más cuando me enteré que tomaste la iniciativa.- Permaneció impasible.
- Sí señor, para servirle.- Respondió. Asomó una sonrisa y se mantuvo erguido frente al escritorio.
- En este encargo recibirás ayuda. No te puedes quejar-
- No señor, no me quejo. Más bien le agradezco la confianza. Y la ayuda siempre es bien recibida-
-Entonces no hay problema.-
-No señor, ninguno.-
- Me parece bien.- Se hizo un silencio. Riviera, desde su escritorio, sondeaba a su empleado, en cambio él esquivaba su mirada. El silencio le atormentaba.-
-¿Pasa algo?-
-Nada señor. - realizó una pausa- ¿Y qué será ese otro encargo tan importante?-
- No es nada del otro mundo.-
-Entiendo, pero para pagarme el tripe y llamar a los muchachos… debe ser un encargo complicado. –
-En realidad no lo es. Más bien  afanoso. –
-Usted sabe que conmigo cuenta para lo que sea. Hasta lo haré gratis.- Riviera escuchó la palabra gratis y se le hincharon los ojos. Sonrió y se levantó. Luego, sin mucho apuro, se dirigió al minibar ubicado en una de las esquinas de la oficina, tomó una botella y dos vasos, los colocó en el escritorio. Luego se ubicó en su silla y le dedicó otra mirada a su trabajador.
- Me gusta tu actitud.-
- De nada señor, para servirle.-
- Es difícil encontrar personas como tú.- Realizó una pausa.- ¿Alguien me puede traer hielo?- Cuando él hizo un ademán Manolo le cortó el paso; él sería quien traería el hielo.
- Por favor, siéntate.- Uno de los guardaespaldas le acercó una de las sillas. Él se sentó y esperó. Estaba harto y quería salir. –
-Te noto cansado.- dijo Riviera
- Sí, un poco. Usted sabe; las preocupaciones.-
-Quizás pueda ayudarte.-
-Gracias, pero no tiene por qué molestarse. Además usted tiene muchas más ocupaciones que yo, y sin embargo lo veo allí como si nada. - Respiró, miró a un lado y vio al sobrino de Riviera limándose las uñas, giró y observó a los dos guardaespaldas mirarlo con desconfianza.-¿Y qué será este otro encargo?- En eso llegó Manolo con el hielo, echó tres cubos en cada vaso. Luego sirvió Ron. Riviera tomó un vaso y con la mirada invitó a su trabajador para que bebiera.
-Échate un trago. Estás como nervioso.-
- No, para nada, señor. Como le dije, preocupaciones; la mujer, los niños, la casa…-
-Entiendo. Nada está fácil en estos días.-
- Sí, nada.-
- Perdón, corrijo: nada está fácil en estos días, a excepción de este nuevo encargo que me harás con la ayuda de los muchachos.-
-¿Y para cuando es ese encargo, señor? Si se puede saber.-
- Para dentro de diez minutos.-
- ¿Diez minutos?-
- Sí, diez minutos. ¿A menos que tengas otras cosas qué hacer?-
-No, ninguna. Por el triple del primer encargo, ahorita mismo me voy si quiere.-
-Nos vamos.- Corrigió Manolo.
-Sí, nos vamos.- Afirmó el trabajador y bebió un sorbo de Ron.-
-El encargo no puede ser más sencillo. No harás nada. Hasta le puedes comprar un vestido a tu mujer, ¿cómo es que se llama?-
-Ivonne.-
-Pues le compras un regalo a Ivonne, y la llevas a pasear o al cine. –
-Claro. ¿Pero de qué trata?-
-Sencillo; vas al lugar con los muchachos, ellos desentierran el cadáver y me lo traen para examinarlo-.



Escritores invitados
Texto por: Roberto Araque.
Sitio del autor, aquí

domingo, 23 de marzo de 2014

Los últimos días del infierno de mi vida.





Mi cheque estaba por salir, debió salir el día primero de mes, al mismo tiempo que mi depósito en garantía y todas las cosas que se hacen cada fin o inicio de mes. Sin embargo, nunca estaba listo a tiempo. Debía llamar a las librerías y rogar que por amor a Dios me pagasen lo que sea que se haya vendido de mis libros. Nunca era mucho y cada mes llamaba con temor a que me dijeran que no había vendido ni una copia. Era un temor bien fundado porque yo era un autor desconocido y mis libros no tenían la mínima publicidad. No había carteles de cuatro por seis metros anunciando que se habían vendido millones de copias, etc. En realidad, era un temor que tarde o temprano debía hacerse realidad. Bueno, aquella vez llamé desde un teléfono público. Sabía el número de memoria. Era el único número que siempre podría recordar. No importaba qué tan ebrio estuviese o si tenía resaca o no. Podía recitarlo incluso dormido. Era un número que apreciaba en demasía. Salí del hotel sin camisa. Busqué un teléfono, lo había visto anoche de reojo. Lo encontré no muy lejos del Savoy. Contestó la señorita Martha.  Me solicitó nombre y datos del libro. Tecleó algo en la computadora y me dio una cifra: 28 ejemplares vendidos el mes pasado. Eso era cerca de tres mil pesos en regalías. Mis regalías eran bastante más altas que las de otros escritores porque mis editores eran ángeles, aunque no servía de mucho porque mis ventas eran risibles. Si pudiera vender cien ejemplares en un mes, o al menos, las ventas del libro fuesen constantes y no la resbaladilla que eran…

    La señorita Martha prometió que mi cheque saldría el miércoles por la mañana. Hoy era lunes. Ahora bien, las cosas no eran tan sencillas como ir y coger el cheque. Yo llamaba directamente a las librerías pero eran los editores quienes debían cobrarlo, se expedía a nombre de WR Editorial, una editorial que fundé con un trío de colegas y Simona F. Yo fungía como escritor y los otros como editores y promotores. Eran ellos quienes debían cobrar el papelito y correrme mi parte de las ganancias. En realidad, el cheque se expediría por más de tres mil pesos pero no todo era dinero mío. Había que pagar el trabajo de otras gentes. En general, ninguno podía vivir de esto pero se luchaba día a día por encontrar el modo de sobrevivir la empresa. El dinero se repartía entre cuatro escritores. Afortunadamente, Verónica Pinciotti y Salmoneo Gutiérrez no se interesaban por las ganancias de estas regalías, la primera por considerarlas ridículas, y el segundo porque creía en la chorrada de no escribir por dinero, etc., lo que acrecentaba mis entradas. Sin embargo, como ya dije, continuaban siendo cosa de lástima. Recibía dinero extra por ser creador del proyecto Whisky en las rocas, de la editorial, etc., e incluso regalías de una cerveza que llevaba mi nombre, pero juntando todo no daba para mantenerme en condiciones saludables. Sobre todo, debo confesar, porque mis maneras de beber, dar propinas y pagar prostitutas cuando tenía plata eran estúpidas. Era capaz de regalar billetes de cincuenta pavos a una mesera cada que me servía cerveza si sus ojos me gustaban. Le pegaba dos o tres nalgadas y si ponía mala cara le estiraba más y más billetes. Una vez llegué a gastar cuatro mil pesos en un bar al que entré solo. No podía mantener el dinero en mis manos. No tenía conciencia de su valor y los billetes eran para mí papeles de Monopolio. En pocas palabras era un pelmazo. Además, el dinero no me llegaba mes con mes en un paquete, junto. Debía cobrar cada veinte días, cada treinta, cada veinticinco, según daba la gana pagar a las librerías, a los expendios de cerveza, a la misma WR Editorial. Los pagos se atrasaban, llegaban en partes, ¡se cobraban cada noventa días! Cada librería ponía sus propias trampas. Perseguir la pasta de todo eso era una tarea muy cansada. Hoy tenía mil pesos. Los gastaba la misma noche. En cinco días cobraba ochocientos más. Los gastaba la misma tarde que los recibía. En veinte días cobraba tres mil. En treinta dos mil. Era como brincar de piedra en piedra sobre un río de lava. Si me enfocara, podría decir que tenía dinero suficiente para vivir en la colonia Roma, comer en restaurantes y holgazanear. Pero holgazanear cuesta muy caro. Nada de eso se parecía a mi antigua vida, cuando comencé a escribir en mi vieja libreta, en bares oscuros, rodeado de gente solitaria. Ahora era Director General de Casa Lamm, la gente me llamaba Martin Petrozza, recibía dinero por hacer lo que más disfrutaba hacer, podía pagarme la bebida e invitarla en vez de mendigarla. Podía liarme con otro tipo de mujeres además de guarras de la calle. Todo había cambiado excepto yo, excepto mis ansias de acabar con mi hígado y con mi pito; mis ansias de beber y de follar desmesuradamente seguían ahí, en el fondo de mi corazón.

    Regresé al hotel a tomar la ducha pero Mariana se había cagado justo en medio de la regadera. Aquí no tenía arenero porque el arenero que solía usar en la casa de Jalapa era una bandeja plástica que pertenecía al casero; la robé de la casa cuando hacían la limpieza. Era impresionante el número de veces que lo hacía si consideramos que comía muy poco. Tomé papel higiénico y limpié la cosa. Lo eché al excusado. Eso era todo; no era tan complicado. Nunca entendí por qué Becky hacía un lío enorme de eso. La nariz te picaba alrededor de tres minutos y luego podías respirar con normalidad. Había olido cosas peores a lo largo de mi vida.

   Bueno, tomé la ducha y pensé en mi siguiente movimiento. Tenía ochocientos pesos en el cajón, una gata que alimentar y un deseo maldito de irme de putas cuanto antes y gastármelo todo, todo, todo. Eso era lo peor de mí; eso era contra lo que verdaderamente debía luchar. No importa si ganara cientos de miles de pesos, sería capaza de gastarlos en una apuesta absurda sobre la posibilidad de beber quince cervezas al hilo, o ser capaz de follar a quince prostitutas en una sola noche sin parar, o cosas así. Lo peor de todo es que la apuesta la haría conmigo mismo y perdería, y al día siguiente encontraría el modo de dilapidar mis ahorros en el menor tiempo posible. Era un instinto de autodestrucción muy fuerte. Hubiera sido más barato comprar un revolver y volarme los sesos… pero era un maldito cobarde. En alguna ocasión tuve un intento de suicidio. Fue un fracaso. No vale la pena hablar de ello. En general, era un maldito cobarde.


2

El resto de la tarde la pasé vagando por las calles de alrededor. Me pagué una comida en un café de chinos al que había asistido hace casi nueve años. Los hoteles y las prostitutas del metro Hidalgo eran parte esencial de mi vida. Conocía las callejas como la palma de mi mano y casi podía decir que conocía de nombre y beso a todas las chicas que hacían la calle ahí. Lo podría decir de no ser porque las chicas no permanecían tantos años en las mismas esquinas. Cada dos o tres años las chicas habían sido reemplazadas por completo. Quizá alguna veterana sobreviviera al cambio pero generalmente se iban. No hay quien aguante la dura vida de calle en Hidalgo, pensaba.

     Casi al anochecer regresé al cuarto. Antes pasé a una tienda de conveniencia a comprar diez sobres de comida para gato. Había de todos los sabores, salmón, pavo, filete, res, pollo. Olían tan bien como lucían. En una ocasión llegué a probarlos. No lo recomiendo a nadie.

    La noche la pasé en cama sobándome los huevos y masturbándome con cierta regularidad, cada media hora o cada hora para no caer en tentación. Debía esperar dos días más para cobrar mi próximo cheque. Me vi tentado a dejar que Mariana me acicalara la polla pero me contuve porque recordé a un colega que lo hizo con su gato y pescó una infección. El pito se le puso rojo y le ardía y le salió salpullido. No quería enseñárselo a su novia pero se enteró. Jamás lo confesó. Prefirió dejar creer a su chica que le había engañado con una guarra llena de sífilis.

Más noche cogí uno de los libros de Woolf y leí hasta que no puede más. Me masturbé pensando en ella; a pesar que tenía la idea que Woolf fue una mujer fea me gustaba pensar que la follaba y me gustaba más cuanto más fea la imaginaba. Probablemente Woolf haya sido una mujer muy guapa, pero prefería imaginar que no lo fue. Las mujeres muy guapas no me gustaban en absoluto. Para mí, la belleza radiaba en ciertas imperfecciones complementadas con inteligencia. Podía soportar que una mujer tuviese los dientes chuecos siempre y cuando fuese capaz de leer a Wittgenstein sin quedarse dormida a la primera página. Podía soportar que tuviese estrabismo, que le falsaste una pierna o le creciese bigote tupido siempre y cuando fuera capaz de recitar conmigo, verso a verso, lo poemas de Verlaine, de Auden, de Rilke, de Pessoa, de Parra o de Apollinaire. Podía soportar la idea de que Woolf fue una mujer espantosa y aún así desearla con toda la fuerza de mi alma.

    Al día siguiente amaneció nublado. Esto no auguraba algo bueno. Tenía la costumbre de entrar en sintonía con el clima; mis estados de ánimo y susceptibilidad  estaban conectados con el clima. Si una mañana como aquella, en que no tenía más de quinientos pesos, amanecía nublado y yo estaba despierto para saberlo (normalmente no estaba despierto por las mañanas) me decía que todo se pondría mucho peor en mi vida. Llámenlo como quieran, pero a los pocos minutos estaba en mi habitación el encargado del hotel. No tocó a la puerta, gritó si había alguien. Abrí la puerta en calzoncillos. Deseaba hacerme saber que había excedido el tiempo de estancia y debía el cargo de tres días más recargos. En total, cuatrocientos pavos. Casi el doble de la tarifa ordinaria. Debí pagar cada día y no esperar a que esto sucediera. Pagué los días pasados, los recargos y los días martes y miércoles. Todo mi dinero se fue en ello. Estaba en ceros, metido en una habitación diminuta de un hotel de mala muerte, sin un céntimo, con una gata y un estómago hambrientos. Mi única esperanza era que el cheque no se retrasara, pero eso… vamos, solía retrasarse.

                  Toda la tarde estuvo lloviznando. Mi paseo por los alrededores fue deprimente. No había mujeres de la calle, ni mujeres en la calle que pudiese cotorrear, ni gente, ni coches, ni nada. Daba la impresión del preapocalipsis. Era martes; lucía como un domingo gris y malvado que se comiera lo más bello del género humano. No había a dónde ir, ni qué hacer. En situaciones así hubiese matado por un trago. Un día más, me repetía, y todo habrá pasado. Era cuestión de soportar el resto del martes y parte del miércoles. Tenía unas monedas, suficiente para llamar a la librería y transportarme por mi dinero. No sabía a dónde debería transportarme. Podía ir directamente a las oficinas y coger el cheque... luego tendría que llevarlo con los editores, quienes tendrían que acompañarme al Banco y cobrarlo. Allí podrían pagarme... o podrían salir con el rollo de llevar la contabilidad en paz, hacer cuentas, registrar gastos; es decir, tendría que acompañarlos a las oficinas de WR y esperar que hiciesen todo eso y por fin me dieran mi tajo. Entonces dirían que yo debería ser más cuidadoso, no sé, más interesado, "después de todo WR es TÚ empresa", dirían. Para ser sinceros lo único que me interesaba era tener dinero suficiente para no morir de sed. Por mí podían hacerse cargo. Había dejado todo en manos suyas, las cuentas, la logística, la publicidad, la redes sociales, la página web, todo. Necesitaba irme, hundirme, reírme de mí mismo, emborracharme, quizá intoxicarme hasta perder la conciencia. Sí, eso es lo que verdaderamente necesitaba: perder la conciencia. La conciencia era lo único que me quedaba ahora que no tenía ni perro que me ladrase. Sea como fuere estaría mejor, de momento, en manos de mis editores que en mis propias manos. Debía esperar un día más. Había pasado más de un mes sufriendo hambre y desesperación y podía esperar un maldito día más. 

Al mismo tiempo, deseaba detener el tiempo y quedar atrapado en aquel día. También temía cobrar el cheque, ver a los editores. Eso significaría sacar la cabeza del agua. Adentrarme al mundo bello y maravilloso que auguraba, o podía augurar, un futuro bueno. Escuchar a los editores decir: sienta cabeza, Petrozza, pon atención a tus cosas y podrás llegar muy lejos. Llegar muy lejos significaba lo mismo que todas las cosas: tener mucho dinero. Todas las cosas de que se habla sólo tienen aquel pobre significado: tener éxito, llegar lejos, ser alguien en la vida, ser respetable, crecer, desarrollarse, triunfar, escalar, subir, trepar, hacer camino. Todo significa una sola cosa. Todo el tiempo se actúa para un solo fin. Todo lo que se hace: trabajar, luchar, engañar, avanzar, crear, estudiar, aprender, hacer el amor, casarse, tener hijos, comprar, vender, soñar, todo, absolutamente todo se hace con un solo fin. Podemos perdonar a un hombre que pisotea a otro si en ese acto obtiene dinero. Podemos perdonar que una mujer se case con un hombre que no ama si aquel contrato significa dinero. Podemos fomentar que nuestros hijos estudien su cadalso si creemos que con ello obtendrán dinero. Podemos permitir que la gente luche, mate, destruya el medio ambiente, corrompa a los menores, si en cada cosa que hace obtiene dinero. Lo que no podemos permitir es que Petrozza beba y escriba sin obtener dinero. Que sea él mismo, que vivía, que sea libre de luchar con sus demonios o hacer lo que le plazca si no obtiene dinero.

Pensar que hace nueve años solía venir aquí mismo, al hotel Savoy a beber y follar prostitutas, a comer en el café de chinos, a pasear mi culo por la ciudad. Cuando todo había pasado escribía. Me instalaba en algún bar del centro y daba rienda suelta a mi literatura. No había algún freno que me contuviera, escribía las cosas más obscenas o alocadas y me reía de mí mismo; lo disfrutaba como un niño disfruta embarrarse en el lodo. No pensé que algunos leyeran mis textos con la misma emoción, es decir, que hubiese en el mundo otros cerdos como yo. Suele pasar tiempo para que yo descubra cómo funciona el mundo porque normalmente estoy sumergido en mi propio mundo.


3

El miércoles a medio día estaba muy mal. No había comido los días anteriores, Mariana se había hecho por todo el cuarto y no había limpiado, me estaba asfixiando; pasé las últimas treintanitantas horas divagando mentalmente sobre el significado de la vida. Llegué a una conclusión: la vida es violencia. No existe la paz. Todo sobre la Tierra y las galaxias es un constante estado de supervivencia y guerra. Incluso si mi cuerpo permanece quieto, en cama, no hay paz; dentro de mi cuerpo se libran batallas entre células, bacterias; a cada segundo muere dentro mí una parte mía, envejezco, el mundo gira, el sol abraza, las estrellas explotan en las galaxias y los cometas y asteroides llueven como balas perdidas. La paz que conoce el hombre es la paz de un gato que se arrincona bajo un mueble durante dos minutos, mientras fuera graniza y los hombres se pegan tiros por una mujer.

Me levanté muy despacio, tomé la ducha; me sentó bien, aunque no por mucho tiempo, el estómago comenzó a rugir y Mariana también comenzó a rugir. Tenía dos estómagos que alimentar. Cogí un sobre de comida felina del buró: habían estado ahí todo el tiempo pero no lo recordaba. Vaya, Mariana estaba en su derecho a rasguñarme las plantas de los pies mientras me echaba en cama. Olía bastante bien, y bueno… me resistí porque ya lo había hecho.

Supongo que llamar antes de ir hubiese sido lo más sensato, sin embargo, no deseaba llamar por temor a enfrentar la realidad: el cheque no estaba listo. Gasté las últimas monedas en transportarme hasta Iztapalapa, al CEDIS de Librerías El Sótano, para encontrarme con una negativa rotunda, impecable, inapelable e irremediable. El cheque no estaba listo, y no estaría listo hasta el viernes. ¿Por qué mentían diciendo que estaría listo el día tal si no era cierto? Es algo que nunca sabré. Son los misterios más inescrutables que ofrece la vida en sociedad. Podemos saber por qué brilla la luna si no tiene luz propia, o cómo se forman las estrellas, o qué pasaría si viajásemos a la velocidad de la luz, pero por qué los cheques nunca estaban cuando los anunciaban es una cosa que jamás sabremos. 
              
     No hice un lío de todo ello. Estaba preparado, estaba acostumbrado y, aunque esta vez necesitaba el dinero en serio, había algo de reconfortante en fracasar. Salí del CEDIS y caminé sin ánimo hacia Churubusco. Regresaría a pie. ¿Regresaría? ¿A dónde? Bueno, regresaría al hotel Savoy donde había dejado mis pertenencias y mi gata. Tenía cubierto el pago hasta hoy, miércoles. Cogería mis cosas y saldría, una vez más, a la fría y dura calle, con un gato en el regazo y una maleta a cuestas a trotar sobre la carretera de la vida. Era un renegado de nacimiento. Costaba menos aceptar la suerte, sentar cabeza, cuidar el dinero, administrar la empresa, hacerme de una buena mujer, etc. Pero mi alma era el alma de un ave y prefería volar sobre la tormenta que enjaularme.

                La caminata fue dura bajo el sol ardiente del medio día del mes de marzo. Los pies comenzaron a dolerme caminados el kilómetro y medio o así. El sudor bañaba mi cuerpo. El hambre colaboraba para moverme el suelo, para casi desmayarme en medio de un cruce de calle, para darme jaqueca, dolor estomacal, visión nublada, sed, debilidad.

Cuando estuve en el cuarto a penas tuve fuerzas para empacar y para sacar la maleta de ahí, cargar los libros y coger a Mariana. No lo pensé mucho antes de tomar la decisión. Iría a casa de Simona por un vaso con agua.


4


A toda esta etapa de mi vida, a la parte de Becky, lo que hubo antes de Becky con Simona en los últimos tres meses de nuestra relación, a la separación con Becky y mis veinte días de agonía en la casa de huéspedes, a mi estancia en el hotel Savoy y al posterior reencuentro con Simona, podría denominarla como mi vida de antes y después de Simona, o los últimos días del infierno de mi vida. Al menos, del infierno de los últimos años de mi tercera década, es decir, mis últimos años antes de llegar a cumplir treinta años. El final de un ciclo. El cierre de aquel ciclo implicaba muchas cosas, pero la más importante era la pérdida de Simona, que sufrí en compañía de Becky y en soledad. Afortunadamente Simona logró saltar, en el último momento, de un ciclo a otro, y pude recomenzar mi vida con ella. El último enunciado es falso. Ni ella ni yo éramos los mismos del ciclo pasado. El advenimiento nos convirtió en un nuevo Petrozza y una nueva Simona. Atravesamos un aro de fuego y quemamos nuestras pieles. Con nuestras pieles, nuestros defectos, nuestros orgullos, nuestros rencores. Por supuesto, fue doloroso. Tanto o más como iniciar una relación con Becky, pasar hambruna y luego caer en una desesperación absoluta que limpiase mi alma y mi mente. Mi relación con Becky fue el comienzo de una caída en picada que culminaría con mi muerte y mi renacer.





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