domingo, 23 de febrero de 2014

Los Donjuanes.




Hace más de diez años me acosté por primera vez con un hombre mucho mayor, un profesor de filosofía al que consideraba un místico. Era una estupidez porque el misticismo poco tiene que ver con la materia, con la carne; con la carne de mis piernas y nalgas que es lo único que buscaba el señor Andersen. Tenía catorce años y estaba desesperada por convertirme en un adulto libre y desinteresado. Estaba en búsqueda de mi propia identidad y asentaba mi existencia en actos que escandalizaran la moral de mi padre. Era a él a quien dirigía todas mis travesuras secretas. Aunque nunca las supiera (yo misma me esforzara porque nunca las supiera), hacerlas me drenaba las venas de un poder infinito. Era mi modo de rebelarme. De decir: ¡que ten por culo, moral!

Después de aquella experiencia continué saliendo con hombres mayores; los chicos de mi edad no me satisfacían. Tuve decenas de aventuras con hombres. Me acosté con ellos y llegué a conocerles mejor de lo que ellos mismos se conocían. Eran hombres solitarios. Solitarios en medio de una vida encantadora, con esposa, hijos, perro, garaje eléctrico y servidumbre. Algunos llegaron a considerarme suya. Estaban totalmente equivocados. Yo no era una lolita perdida e ingenua que buscase el amor en brazos de un tutor. Yo deseaba matar al padre. Matarlo de un coraje, de un susto… ¡qué se enterase! El Sr. K, una de aquellas aventuras, trabajaba en la misma empresa que mi padre fundó; eran amigos, colegas, socios. La adrenalina de estos encuentros sexuales me mantenía con vida. Cada vez sobrepasaba más los límites de mi propia capacidad maldita. Uno de estos días acabaría acostándome con mi propio padre.

Tuve enredos emocionales con un chico durante mi estadía en el colegio. Era un chico tímido. Le traté muy mal porque en aquel entonces, a pesar que buscaba la libertad, aún estaba atada a las cadenas de la sociedad en que me hundí. De la reputación que me hice. Esteban era, indudablemente, un buen muchacho. Pero un buen muchacho no es lo que un alma envenenada como la mía buscaba para saciar su sed de rebeldía. Me arrepentí, años más tarde, de haber roto el corazón a un palomo y se lo escribí. Aprendí que los hombres entregan el control de sus vidas a las mujeres y las dotan de un poder supremo. Las mujeres podemos herir de un modo terrible incluso sin proponérnoslo. Una mujer debe tener la madurez suficiente para saber controlar todo ese poder sin quebrar un alma, porque todo lo que hagamos repercutirá en nuestro universo personal hasta la muerte.

En 2012 llegó a mi vida Scott F., mi actual marido, y al que consideré un hombre de alma débil. Llegó a mí gracias al Sr. Pinciotti, mi padre, y un amigo suyo que estaba interesado en casar a su hijo conmigo por motivos e intereses personales, principalmente económicos y políticos. Mi padre impuso una relación entre nosotros y acepté todo el teatro que esto implicaba porque tenía dos opciones: rechazar y seguir con mi vida de correrías, o aceptar, asegurarme fortuna y seguir con mi vida de correrías. Hasta ese entonces, los hombres me procuraron atenciones pero nunca colmaron mis necesidades intelectuales. Me casé con Scott sin amarle, fríamente, por dinero, sin la esperanza de encontrar en él lo que no había encontrado en mis amantes más apasionados.

Mis ex amantes gritaron cuando se enteraron de mi matrimonio. Me llamaron puta, zorra, interesada. Les advertí que lo era; no lo creyeron hasta que lo vieron con sus propios ojos y les dolió mucho que toda mi libertad no cayera en sus garras, sino en las garras de otro, al que consideraban menos hombre que ellos. La última idea es falsa: mi libertad no cayó en garras de alguien. Mi libertad sigue siendo mía; eso es algo que ningún hombre es capaza de entender. Dijeron que iba en contra de mis propias ideas porque me casé legalmente. No es verdad. Ningún papel o firma puede atar a una persona si no se cree en papeles y firmas. El único atado es mi marido porque él sí cree en ello.

 Ahora llevo una vida holgada, llena de viajes y caprichos cumplidos al tronar de los dedos. Puedo hacer mi vida como me plazca, en todos los sentidos. Un matrimonio no evita que una mujer se acueste con quien quiera, ni le impide pensar, crear o actuar según sus propias convicciones. Esto, por supuesto, es algo que tampoco llega al cerebro de los hombres. Consideran a una mujer como yo una adúltera, una arpía, una Eva.  Desean acostarse conmigo pero no desean que sus esposas se acuesten con otros.  Desean acostarse conmigo pero se defenderían juzgándome a mí si les atraparan en el acto. No saben ser libres. Se esconden tras la máscara de libertad, preocupados por la lengua del e vecino y el imaginario orgullo viril. Una ventaja que tenemos las mujeres sobre los hombres es que a nosotros no nos han llenado la cabeza con orgullo y no estamos encadenadas a ser mujer. Podemos abrir las alas y volar porque no tenemos orgullo que perder. Un hombre, en cambio, puede pudrirse de vergüenza antes que volar si su modo de volar es considerado poco varonil. En ese sentido la mujer es mucho más libre. Ellos están atados a sus cojones.



2

Mi amor por la literatura también floreció a edad temprana, de la mano con mi primer encuentro sexual. No fue casual que me inclinase por el profesor de filosofía y no por alguno otro, de alguna otra materia. A los catorce años leí a Nietzsche, Kant, Schopenhauer. Por supuesto, mi capacidad y mi parquedad de experiencias no me permitían comprenderlos en su totalidad pero una cosa la tenía bien clara: la literatura es sagrada.

     Comencé a escribir en 2008, pero no fue hasta dos años después cuando comencé a hacerlo formalmente. Comencé por escribir mi vida porque no tenía otra cosa que escribir. Inventar historias no me seducía tanto como narrar mis propias historias. Mi influencia más grande fue Henrry Miller. Le leía y me preguntaba cómo un hombre, una persona, podía escribir abiertamente sus pensares y experiencias, sin tapujos, y creí firmemente que la vida de todos es interesante. Cualquiera con el tiempo suficiente para escribir su propia vida podría crear una obra de arte. La vida en sí, es una obra de arte. Si todos fuésemos capaces de escribir nuestra vida de una forma clara y vivificante...

     Leí a otros escritores y cada uno de ellos era para mí como un descubrimiento divino. Cada palabra ahondaba en mi mente y alma y sumaba un ladrillo a la muralla que estaba construyendo con letras. Una muralla tras la que me refugiaba y desde donde miraba al mundo exterior como un mundo ajeno a mí, extraño, hostil, y al mismo tiempo, como un divertimento. “La vida es una tragedia para quien siente, y una comedia para quien piensa” (Horace Wallace). Adopté la frase de Wallace, la hice parte de mi filosofía; me propuse no sentir, si eso es posible, o sentir lo menos y razonar lo más. No fue difícil porque mi personalidad es aquella, la de los espíritus elevados que consideran la sensiblería una debilidad del alma humana, un defecto de fabricación. Esto, claro está, no es lo que los hombres (incluido el bastardo de Schopenhauer, que llamó a las mujeres “animales de pelo largo”) consideran muy femenino. Mi corazón de mujer fue bañado en sangre masculina, y de ahí parte todo el rollo que deseo contar:

Me hice escritora. Escribí mi vida y la gente lo consideró vulgar y ofensivo. Algunos no podían creer que una mujer pudiese escribir de ese modo. No sé en qué concepto tienen a las mujeres los hombres que siguen creyendo que una mujer no puede decir: hacer una mamada. Van a sorprenderse mucho cuando sus esposas les peguen mamadas a otros hombres porque ellos no fueron capaces de comprender. Es increíble porque hace cien años muchas mujeres escritoras y pintoras tuvieron que firmar sus obras con nombres masculinos y nadie pensó que hubiese una mujer detrás. Ahora no pueden concebir que una mujer sea capaza de pensar como un hombre. Hablan de ello como si ser mujer o ser hombre nos adentrara a mundos totalmente diferentes. Para el sexo se requiere de dos géneros, y cuando una mujer le pega una mamada a un hombre, es la mujer, quizá, la única verdaderamente facultada para hablar de ello. Es ella quien lo ha hecho. Es ella quien lo hace, y es a ella a quien condenan por decir que lo ha hecho.

      Continué escribiendo. Mis textos cautivaron a los hombres, lo mismo que los horrorizaron y asombraron. Los juzgaban vulgares, poco literarios, inmorales, excitantes, sinceros. Me leyeron porque les hablé de frente, directo a los ojos, sin pestañear y con la fuerza de uno de los suyos. Entonces comenzaron a sospechar. Dijeron: no, esto no es posible. Por más que leían se empeñaban en pensar en la autora como una niña femenina y cursi que tiene vetado escribir  sobre su sexualidad. Por más que dije: yo soy la antítesis de todo eso, no pudieron sacar de su mente las ideologías culturales de lo que debe ser, pensar y creer una persona según su género.



3

Muchos lectores quisieron conocerme. Me contactaron y me invitaron a salir. Decían comprender mis textos y mi mente;  se prometían abiertos, educados intelectualmente y muy maduros. A mi libertad la llamaban madurez porque era una libertad acompañada de libros. No era sencillamente libertinaje. Salí con un par de ellos y no tuve necesidad de salir con más para saber que ninguno había comprendido una sola de mis palabras. Seguían mirándome como una mujer fácil de llevar a la cama; la cama era todo lo que se proponían. Disfrazaban el asunto de amor o de entrega desinteresada, pero eran pésimos actores. No tengo algo en contra de la cama: la adoro, pero hay que saber llevar a una mujer; ellos no tenían idea de mi mundo aunque se habían leído mis relatos. Es como si a sus cerebros únicamente llegasen las connotaciones sexuales y dejasen de lado los matices psicológicos. Hubiese sido más sencillo no fingir, decir: quiero acostarme contigo. Hasta ahora no he conocido a uno solo que pueda cumplir con ello sin enamorarse, sin creerse dueño de mí, o sin hacer de ello una tragedia.

Me llamaron falsa porque escribí llevar una vida sexual activa y no me acosté con ellos cuando ellos quisieron. Se ofendieron. Me señalaron. Me juzgaron porque no les chupé la polla, y luego criticaron cuando escribí un cuento en tercera persona. Eran almas perversas, caprichosas.

Decidí no salir nunca más con alguien que me contactara debido a mi literatura. Se los dije. También lo consideraron un acto ofensivo. Decían: yo soy diferente. Sin embargo, actuaban, escribían y pensaban exactamente igual. Todos decían: yo soy diferente. Eso, justamente, los hacía iguales. Era una paradoja difícil de sobrellevar. ¿Cuándo un hombre dice ser diferente, es realmente diferente, aun cuando todos dicen serlo? Si publicara las conversaciones que sostuve con todos ellos, s evidenciaría el absurdo de sus aseveraciones.

Me recluí en un mundo hermético al que sólo tenían acceso los hombres que yo elegía primeramente. Aquellos a quienes yo buscaba. Debían ser hombres desinteresados, libres, desapegados de la vanidad masculina de poseer a una mujer. Salí con algunos a los que consideré de este modo. Todos me decepcionaron. La facha de libertad se convertía en facha moralina y machista al primer mes de salir. No podían renunciar a los instintos de su género.  No podían soportar que ellos fuesen amantes míos y no yo de ellos, y me pedían el divorcio, me prometían dinero y viajes; eso es un cuento que ya no impresiona, a cambio de traspasar mi persona a las suyas. Eran tratos indignantes. Los rechacé todos, cada vez más convencida que no había en este mundo un hombre al que verdaderamente pudiese amar. Seguían tachándome de víbora por haber jugado con ellos. Por haberles mentido, cuando les dije la verdad: no soy tuya ni de nadie; si puedes aceptar esto, quizá un día sea verdaderamente tuya. Su desesperación llegaba al grado del llanto, de la amenaza, del suicidio, del chantaje. No encontré uno solo que soportara con entereza el fin de una relación que no debió comenzar, o que fuese capaz de proponer una relación libre y desinteresada, basada, quizá, en eso que llaman amor. Un compañero de vida que pudiese comprender mi mente, mi espíritu, y darme lo que más necesitaba: paz, calma, libertad y holgura.

A pesar de todo soy una mujer, correría con el primero que me amase sin imponer un contrato legal o moral, un mundo nuevo. No hay mundo nuevo. Todos los mundos ya están hechos. Romeo y Julieta ya era una historia vieja aun en su tiempo. Vanina Vanini es un episodio repetido de un universo repetitivo. Los Don Juanes no existen, se caen al primer beso.


Verónica Pinciotti           

domingo, 16 de febrero de 2014

Siete meses con Becky.


Becky odiaba a mis amigos y a mi gata Mariana y a todo lo que tuviera que ver conmigo, incluyéndose a ella misma. Me odiaba porque vivíamos en una habitación de casa de huéspedes en la colonia Roma, y porque nuestra parte del refrigerador compartido estaba siempre llena de cerveza o vacía en su totalidad. También odiaba la casa de huéspedes y a los huéspedes, y a las cajas vacías de cigarrillos que yo dejaba por toda la habitación, y a los ceniceros abarrotados de colillas como montañas que solía coleccionar en la cornisa de la ventana.

      Me enrollé con Becky después de terminar mi relación con una chica de Satélite a la que dejé de ver porque el recorrido hasta el Estado era una penitencia que no estaba dispuesto a sufrir por nadie. Becky era la clase de mujer que busca liarse con un hombre rico. Por aquel entonces yo había recibido un dinero proveniente de mi padre, por motivos que no interesan ahora, así que no me costó hacer creer a Becky que yo era un hombre adinerado. La invité a salir un par de veces y en ambas ocasiones me gasté más de tres mil pesos en menos de cinco horas, lo que hizo a Becky morder el anzuelo. Pensó que yo era una especie de millonario excéntrico porque no trabajaba y vestía casi como un mendigo pero le regalaba chocolates de setecientos pesos y arreglos florales enviados hasta la puerta de su casa que me costaban mil. Becky vivía con su madre en la Escandón; el sueño de toda su vida era mudarse a la colonia Roma o a la colonia Condesa. Cuando le dije que yo vivía en una casa en la calle de Jalapa no tuvo otro remedio que acostarse conmigo. Yo era el hombre que ella necesitaba.

      Comenzamos a salir en serio después de hacer el amor un  par de veces. La primera vez ocurrió en un hotel de la colonia Portales. Habíamos ido a la fiesta de un amigo escritor. Era una gran fiesta. Daban whisky y sodas italianas. Bebimos hasta emborracharnos y a la media noche salimos corriendo en busca de un sitio para hacerlo. Dos calles adelante encontramos un hotel, no muy elegante para los aires que se daba Becky, pero teníamos unas ganas del carajo. Un sol grisáceo y húmedo cayó sobre nuestros pechos desnudos al amanecer, un sol oscuro y satánico. Así supe que mi relación con Becky sería un tormento. No dije nada porque tenía un culo bastante bueno y podía soportar cualquier infierno si al menos tenía un culo caliente para acariciar por las frías noches del invierno de mi vida.

      La segunda vez lo hicimos en mi habitación. Llegamos a ella bebidos hasta la coronilla luego de una farra monumental en un bar de la colonia Condesa donde me gasté tres mil quinientos pesos en bebidas diminutas que costaban doscientos y trescientos pesos porque venían acompañadas de una sombrillita de colores y las servía una chica semidesnuda. Antes de entrar a la casa me planté frente a ella y le dije, estirando los brazos: ¡He aquí mi casa! Era una casa enorme, de construcción antigua y ventanales y fachada protegida por la secretaría de cultura o algo; una institución que preserva ciertas fachadas arquitectónicas porque son muy antiguas. Becky suspiró y sus ojos brillaron con la maldad de la avaricia. Como era de noche e iba borracha no notó que en la casa vivía otra gente y yo sólo rentaba una habitación. De todos modos, la sala era un espectáculo: había un candelabro enorme y sillones Luis XVI, que por supuesto eran pobres imitaciones, pero lucían bastante bien a la luz de la luna maldita que embriagó nuestros sexos para relacionarnos y destruirnos poco después, culpándonos por las desgracias de nuestras puñeteras vidas.  No hace falta decir que aquella noche hicimos el amor como un par de bestias extasiadas por el licor de un extraño brebaje.

      Despertamos a las tres de la tarde del día siguiente porque la gata se había cagado y hacía un olor espeluznante por todo el cuarto que picaba las narices. Esa fue la carta de presentación de Mariana. Aquella tarde Becky dijo que odiaba a los gatos. Tuve ganas de matarla allí mismo pero me contuve porque soy un asesino sólo en mis fantasías (he matado a mucha gente de formas atroces).

      Nuestra relación continuó así hasta que se me acabó el dinero y Becky fue descubriendo la verdad: yo era un escritor desconocido tan pobre como cualquier otro escritor desconocido. Para ese entonces Becky se había mudado a mi cuarto y toleraba todo porque seguía pensando, estúpidamente, que yo tenía una fortuna escondida en algún lado. Dejé que creyera lo que quisiera. No me importaba si se largaba al día siguiente. No se largó.

      Después de todo le gustaba echar trago conmigo. Decía que yo era uno de los pocos hombres que saben beber con clase. Es decir, que pueden beber durante toda la noche sin lamentarse y sin contarte su vida o sus derrotas o sus amores pasados y hacer el amor sin perder la dureza por haber bebido tanto. Desde ese punto de vista, Becky también sabía beber con clase. Podía soportarlo todo siempre y cuando la bebida costase más de ochocientos pesos. Esto fue el principio de nuestras riñas: ya no tenía dinero para algo más que cerveza en lata y no había otra cosa que Becky odiase más que la cerveza. Me iba a la tienda y regresaba con dieciocho latas de Billy Rock. Becky me echaba pleito porque toda esa cosa me costaba menos de cien pesos. Es lo que hay, Dios, decía yo. Destapaba un par de lata y las bebíamos en silencio mientras la gata se acurrucaba en mis piernas, o en las piernas de ella y se fastidiaba. A veces venían mis amigos y todos traían Billy Rock. Es lo único que bebíamos y Becky se volvía loca. Cuando se emborrachaba comenzaba a insultarnos. Gritaba que éramos un maldito grupo de borrachos sin clase. Yo dejaba que hiciera cuanto quisiera. Una noche aventó seis latas de cerveza por la venta y todos la peleamos por ello. Becky sacó un billete de quinientos de su bolso y nos los aventó. Dijo: ve ahora mismo y compra una botella de whisky, maldito seas. Entonces la perdonamos. Bebimos el whisky sin vasos. No duró más de una hora.

      Por las mañanas dormíamos hasta que la gata se cagaba y yo debía levantar aquella cosa, tirarlo por el excusado y regresar a cama. Cuando regresaba Becky estaba fumando cigarrillos, mirando por la ventana, anhelando una vida mejor. Le decía: no tienes que soportarlo. Puedes irte cuando te plazca. Si estaba de humor me chupaba la polla con la ventana abierta y los vecinos se escandalizaban. Una noche recibí una llamada del casero. Dijo: ¿Petrozza, has leído el reglamento de la casa? Sí. Vale. Colgó el teléfono. Dos horas más tarde estaba en la puerta de mi habitación. No se permiten mascotas, dijo, lo siento. Alguien había corrido con el chisme. Mariana no es una mascota, dije. Me miró asombrado. Es una vieja amiga, vamos. Lo siento, repitió. Ya, dije. Se marchó sin decir nada más y pude mantener a la gata en adelante.

      Comíamos en fondas baratas, lo que hartaba a Becky. Se preguntaba cómo la gente puede comer estas cosas. No es que Becky fuese rica, ya dije, pero se las daba de reina. Así, decía yo y me zampaba un bocado de lentejas. Becky hacía muecas pero se tragaba su plato como un perro que come croquetas.

      Un sábado por la tarde fuimos a una reunión de escritores en la colonia San Rafael. Becky se quejó todo el camino. Hicimos el recorrido a pie y gritaba que yo la estaba matando lentamente. Bebimos vino. Becky era ignorante. Pensaba que el vino era una cosa muy sofisticada. Si supiera que nos costó ochenta pesos la botella… Cuando estuvimos bebidos nos besamos en la cocina de la casa. Le saqué las tetas del vestido y dio un gritito. No, dijo, hay que hacer las cosas con clase. Era su frase favorita. Se metió las peras y me llevó a la habitación. Allí se dejó hacer. Eso fue a las once de la noche. A las dos de la madrugada Becky desapreció. Se fue con un escritor chileno que conoció aquella velada. Mis compadres quisieron consolarme. No es nada, dije. Al día siguiente la escuché gritar por la ventana. Había dejado las llaves a donde sea que fue con el chileno. Asomé medio cuerpo por la ventana y le grité puta. Dio media vuelta y emprendió la marcha. Bajé por ella en calzoncillos. La tomé del brazo y la arrastré a casa. En la habitación se soltó a llorar y ofreció disculpas de un modo infantil. Luego de aquello volvió a engañarme cinco veces.

      Dejamos de hacer el amor con frecuencia. Bebíamos Billy rock y escuchábamos discos de Billy Idol, David Bowie, Frank Zappa, Led Zepellin y Willy Deville. Fumábamos cigarrillos y aplastábamos las colillas sobre las paredes. Becky se estaba resignando. Ya no se quejaba demasiado. Su queja más grande era la pocilga donde vivíamos. No había para más. Al menos, decía yo, estamos en la colonia Roma, ¿no? Becky asentía con la cabeza. Esas cosas eran muy importantes para ella. Podía decir: vivo en la colonia Roma. Nadie debía saber exactamente dónde. Ni exactamente con quién.

      De lunes a jueves bebíamos ajustándonos a mi presupuesto de las regalías de un par de libracos que había publicado y al dinero que enviaba la madre de Becky. En total siete mil pesos al mes. El alquiler costaba cinco. No quedaba mucho si descontamos las comidas y los cigarrillos. Los fines de semana nos esforzábamos por ser invitados a fiestas donde dieran bebida. Hacía llamadas a toda mi agenda hasta escuchar las palabras mágicas: ¡hay fiesta! ¡Hay chupe! Era una lucha constante por mantenernos ebrios. Cuando no bebíamos, discutíamos. Cuando bebíamos también, pero en la sobriedad solíamos herirnos más. Cuando estás sobrio las palabras pueden ser dagas en el corazón. Borracho no. Borracho te importa un pito. 

      Una noche de martes, estando en la habitación, llamaron a la puerta. Era uno de los huéspedes vecinos. Quería saber si podíamos bajar el volumen de la música y callar nuestras risas. Lo estábamos pasando bien porque la madre de Becky había enviado más dinero del acostumbrado. Compramos vodka y vermú y preparamos martinis y los bebimos acompañados de carnes frías y aceitunas. Becky insultó al huésped. Cogió un puño de arena del arenero de Mariana y se lo arrojó a la cara. El chico se puso muy mal. Lo vi venir. Salté sobre él y le pegué con el puño en la quijada. Se largó echando pestes. Al día siguiente el casero llamó otra vez. Becky y yo dormíamos a pierna suelta. Petrozza, dijo, lo siento pero debo pedirte que desalojes la habitación. Ya. Antes de las dos de la tarde. Era medio día. Ya. ¿Quién era?, preguntó Becky. Nadie, dije y me volvía dormir. A las tres de la tarde tenía al casero encima. Venía con un par de matones para lanzarme de ser necesario. También estaba el chico que nos riñó anoche. Era un marica de la escuela de actuación. Tenía la cara morada y los ojos rojos. Nos miraba como un Diablo. Pedí hablar con el casero a solas. Salimos al patio. Le dije: verás, siento mucho lo de anoche, perdí el control. No hay remedio, sentenció. Espera aquí, ¿quieres? El casero esperó. Entré a la habitación. El chico se había ido y los matones aguardaban en la sala. Pregunté a Becky cuánto dinero teníamos. Alzó los hombros. ¡Cuánto!, grité. Becky miró debajo de la cama; solíamos guardar la pasta debajo de la cama, en un zapato viejo sin par que yo consideraba de la buena suerte. Sacó el zapato y miró. Mil quinientos. Dámelos. Becky me estiró la plata. Regresé con el casero y se los di. Por lo daños causado, ¿vale? Miró el dinero un par de segundo antes de tomarlo. Luego lo tomó y se largó de ahí sin decir absolutamente nada. Camino a la habitación me encontré de frente con el marica. Le sonreí y le hice la señal de dedo. Se quedó con la boca abierta al verme entrar al cuarto como el que más.

      Aquellos días fueron los peores para Becky y para mí. Estábamos en blanco. Del vodka no quedaba ni gota. Había siete cervezas en el refrigerador. Eso era todo nuestro patrimonio. Bebimos las cervezas en dos días. Las cuidábamos como si fuese agua en el desierto. Comimos migas de pan. El tercer día fui al refrigerador compartido y robé jamón, queso, fruta y una coca cola. Becky lloraba. Puedes irte con tu madre, aquí las cosas están duras, le dije. Movía la cabeza de un lado a otro. No puedo, decía. ¿Por qué no? Becky había dicho a su madre que vivía en una casa preciosa en Jalapa con un hombre encantador que la cuidaba y la sustentaba. El dinero que le enviaba era para gastos personales. No imaginaba la realidad. No puedo partirle el corazón, decía. La madre de Becky era como Becky, siempre le inculcó buscar un hombre adinerado y Becky lo había intentado todos estos años (Becky tenía veintisiete años) sin lograr nada. Su madre comenzaba a pensar que Becky era tonta o no lo suficientemente buena para hacerse de un buen partido. Abracé a Becky y la consolé. Encontraremos el modo, dije. Becky negó con la cabeza. No confiaba en mí para ganar el pan. Siendo sinceros, yo tampoco. 

      Conseguimos sobrevivir un par de días más con el robo de alimentos. Compramos un periódico con quince pesos que encontramos tirados en la habitación y buscamos empleo. Becky pataleaba cada que yo leía uno para ella. Mira, aquí hay algo, le decía: vendedora de mostrador en centro comercial. Dos mil quinientos más comisiones. El tiempo se nos agotaba. Necesitábamos juntar el dinero del alquiler en menos de diez días y mi cheque no saldría hasta el mes siguiente, si no se atrasaba (solía atrasarse hasta quince días). Otro: mesera de bar en Álvaro Obregón. Quinientos la semana más propinas. Daba la impresión que estaba leyendo las Sagradas Escrituras delante del Diablo. Becky chillaba y se maldecía a sí misma y a mí y a la gata y a todos mis amigos y a esta casa de porquería. Finalmente dimos con uno: demoedecan para cerveza Sol. Setecientos por cuatro horas de degustación en eventos promocionales. Jueves, viernes y sábados. ¡Eso eran dos mil cien la semana por tres días de trabajo y cuatro horas al día! Becky alzó los ojos. ¿Crees que yo… pueda? ¡Caray, exclamé, pero si estás hecha un bombón!

      Al día siguiente nos presentamos en la oficina de reclutamiento. Hicimos el camino a pie, hasta San Pedro de los pinos. Becky se metió en su mejor vestido y se maquilló. Las mujeres saben hacer esas cosas: lucía como una modelo de revista (una revista no muy elegante). Entró a la entrevista. Había un montón de chicas guapas y todas habían hecho lo mismo que Becky. Esperé fuera fumando un cigarrillo que pedí regalado un señor que pasaba por la acera, rogando a Dios que cogieran a Becky. Cuando salió se me fue encima. Me besó la cara. ¡Tenía el empleo! Comenzaba mañana mismo (hoy era miércoles). Debía presentarse en un bar de la colonia Del Valle. Regresamos a la habitación a comer pan dulce y agua embotellada.

      Pedí doce pesos prestados a un chico que vivía en la habitación de atrás de la casa y con el que no había tenido ningún problema. No fue un lío. Me los estiró como el que más y Becky y yo pudimos tomar el Metrobús hasta la Del Valle y llegar a la una de la tarde al bar. Había que promocionar cerveza Sol. Le dije a Bekcy que esperaría por ella. Me fui a dar la vuelta en busca de personas fumando que me regalasen cigarrillos. Cuando volví, la miré: Becky estaba con la charola en la mano, ofreciendo cervecitas Sol a los clientes y la gente que pasaba. La habían disfrazado de animadora. Lucía realmente buena. Llegué a pensar que setecientos pesos era poco para tener a mi mujer haciendo un trabajo tan vulgar. Había otras chicas. Todas estaban buenas, no sabías a cuál irle. Pensé que si me liaba con un buen número de chicas podía tenerlas trabajando. Los hombres que se acercaban miraban el culo de las chicas y escuchaban todo el rollo que debían decir sobre cerveza Sol. No había mucho que decir sobre una cerveza, pero Sol se lo tomaba muy en serio. Las chicas sonreían a los chistes de los hombres y éstos se iban volados con su cervecita. Algunos pedían hacerse fotos con las modelos. Las llamaban modelos. Se hacían las fotos y se iban empalmados hasta sus casas o sus trabajos y mostraban las fotos a sus compadres. Algunos hasta las publicaban en redes sociales. ¡Pelmazos!

      Bueno, así estuvimos dos semanas y pudimos pagar el alquiler. Sin embargo, el humor de Becky no cambió. Ahora decía que yo era un chulo, un padrote. No es justo que yo trabaje mientras tú te das vueltas y mendigas cigarrillos. Ya, dije, algo tengo que hacer yo, no voy a  quedarme a mirar todo el tiempo. Busca un empleo, amenazó. No lo necesitamos, dije, tu empleo es la puta madre, tres días a la semana y tenemos pasta y cerveza (Becky aprendió a robar la cerveza que no se degustaba, o la que escondían los empleados para que no se degustase). Sí, dijo, pero esta cerveza sabe a mierda. Era verdad. No sé cómo la gente puede beber cerveza Sol. Al menos cuesta más que Billy Rock, me defendí, y según tú… si cuesta más sabe mejor. Vete a la mierda, exclamó.

      Mi relación con Becky duró siete meses. Al séptimo mes comenzó a irse con los chicos del trabajo. Además de las demoedecanes estaban los supervisores y los animadores de micrófono. Eran compadres ejercitados y metrosexuales que habían cogido aquel empleo para follarse a las chicas. El juego no les salía mal. Esperaba a Becky todos los días de trabajo. Terminada la labor nos íbamos en Metrobús a casa. Un buen día caminó conmigo a la esquina de la calle y dijo que esta vez iría con los chicos a celebrar el cumpleaños de uno de ellos a un bar en Felix Cuevas. Dije que podía llevarme. Se negó. Es sólo para chicos del trabajo, ya sabes, va el supervisor y… Ya, dije. Hice el regreso a casa solo. Esperé a Becky hasta las once de la noche, bebiendo esa mierda de cerveza que era todo lo que había en el refrigerador. Me dormí. Becky llegó al día siguiente. ¿No crees que te hayas excedido?, pregunté cuando la miré entrar. No dijo nada. Se desnudó y se metió a la cama conmigo. Hubo unos minutos de silencio. Luego, mirando al techo, dijo: yo trabajo. Merezco una diversión de vez en cuando. Así quedamos, pero Becky comenzó a salir a fiestas más a menudo y yo tenía que hacer el regreso a casa solo y beber solo y dormir solo y esperar, esperar, esperar sin follarme a Becky porque llegaba borracha y cansada.

      Una mañana de domingo, en que Becky no debía trabajar, salí a comprar cigarrillos. Ahora ella pagaba el alquiler, la bebida, la papa y todos los gastos nuestros. Yo ahorraba el dinero de las regalías para un futuro mejor. Así acordamos. Su madre ya no mandaba dinero. Becky le había dicho que no lo necesitaba. Su hombre (o sea yo) había cogido un mejor empleo y estábamos de lujo, viviendo en nuestra casona de ensueño. Cuando volví encontré a Becky haciendo las maletas. Las mismas maletas con que llegó a mi vida un día de mayo. Eran un par de maletas de piel de la marca Louis Vuitton. ¡Qué coños!, grité. ¡Me largo!, respondió ella. Me senté en la cama y encendí un cigarrillo. No puedes dejarme botado, Becky, linda, por amor a Dios, recapacita. Becky no hablaba. Metía todos sus vestidos a las maletas y empaquetaba los zapatos en bolsas plásticas que no sé de dónde demonios había sacado. Venga, le dije, no es justo. ¿POR QUÉ NO ES JUSTO?, gritó ella. Vale, dije, porque yo te saqué de casa de tu puta madre. Becky no contestó. Dios, nena, ¿no lo ves? Todo este tiempo me he preocupado por darte lo que puedo. He hecho lo mejor para nosotros. Becky terminó de empacar. No era gran cosa. Un par de maletas y cuatro bolsas de zapatos. Un coche aparcó en la acera. Le escuché aparcar por la ventana. Me asomé. Era un Ibiza con quemacocos. Tocó la bocina. Becky se lanzó a la venta y gritó: ¡Ya voy! ¡QUÉ PUTA MIERDA ES ESTO?, grité. Es Richard, dijo. Luego agregó: ¡me largo!


      No hice nada por detenerla. ¿Qué habrías hecho tú? Cuando se fue fui al refrigerador. Cogí un par de cervezas Sol y las bebí pensando en Becky, en cómo la conocí. En su sonrisa cuando le pagaba las cuentas de los bares en Condesa y en su culo visto de la posición de perrito. En sus cabellos rubios y sus axilas depiladas. En sus pies blancos. Es su coño húmedo y cálido. En su boca que me chupaba la polla porque creía que mi semen era el semen de un millonario. En sus calzones. En su vello púbico rubio y bien depilado. En sus sueños de tener un hombre y una casa. En su madre, a la que nunca conocí, creyente del bienestar de su hija. En el chileno con que se fue aquella vez. En los otros hombres con quienes se acostó. Los conocía a todos. Eran amigos míos, escritores y poetas de poca monta. En la saliva de Becky sobre mi almohada. En los discos que escuchamos juntos. En las lentejas que odiaba. En su mirada malévola cuando enfurecía conmigo y mis amigos. En sus gritos desesperados porque sólo había Billy Rock. En sus tetas bien formadas, a las que había acariciado tata veces. En sus dientes blancos. En su pavor por la lectura y todo lo que tuviese que ver con libros. En su vestido rojo. En las toallas sanitarias que escondía detrás del excusado. En sus ojos güeros. En sus calcetas botadas por toda la habitación. En sus esperanzas de una vida mejor. En el zapato de los ahorros… ¡El zapato de los ahorros! Busqué debajo de la cama. Allí estaba el zapato. Lo saqué con desesperación. ¡ESTABA VACÍO!


domingo, 9 de febrero de 2014

La pelusa de la Roma.


Este grupo de escritores me gustaba más; sobre todo, porque jamás hablaban de poesía. Sobre todo, porque se limitaban a beber. Eran, principalmente, un club de borrachos. Y aunque todos escribíamos o hacíamos algún tipo de arte, jamás tocábamos temas de arte. Principalmente porque el arte nos importaba un pito. Es decir, el arte en sus manifestaciones más efímeras, en sus lindes más opacos: el arte en boca de gente ebria. No tiene algún sentido, no se llega a algo.

La primera vez que vi al poeta Mauricio Arcila fue en un recital de poesía, en Foro Hilvana. Fui invitado al recital por el escritor Eric Uribares, a quién conocí en una presentación mía, y más íntimamente, en la farra que surgió después de aquel rollo en mi apartamento (donde ocurrió el incidente con el poeta Raphael Dómine).

Nos reuníamos dos o tres veces por semana; trataba de evitar que fuese más de dos o tres veces por semana, pero era imposible con tíos así. No importa si era lunes, martes, miércoles… ni qué decir viernes o sábado, alguno de ellos podía comenzar con la llamada que acabaría en borrachera hasta las seis de la mañana del día siguiente. Hasta las doce del día, hasta las tres, hasta las cuatro de la tarde del día siguiente. No había algo que nos detuviera (en mi caso, ni siquiera la buena de Simona). Cogíamos la botella y bebíamos como si fuera el fin del mundo. Al día siguiente, en el trabajo, yo era el único con resaca en martes.

No contaba con la presencia de Mauricio, pero una vez en el evento, encontré por casualidad a otro poeta, precisamente a Raphael, a quién conocía de hace tiempo porque era uno de los pocos que leían mis libros, y me presentó a Mauricio. Ambos, Raphael y Mauricio se conocieron en el taller de poesía de Raúl Renán, que se impartía en una casona de la colonia Condesa. Allí, Raphael le habló de mí a Mauricio. Le dijo que era un escritor mexicano, que había publicado un par de libros, que editaba para Casa Lamm, etc.

Éramos un grupo de mamarrachos. Tanto que teníamos un nombre. Nos hacíamos llamar, La pelusa de la Roma. Aunque odiábamos aquella colonia de seudointelectuales, maricones y hipsters, siempre estábamos ahí, e incluso vivíamos ahí (todos excepto Rapha, que vivía en Azcapotzalco, en un barrio bastante más viril).

Mauricio Arcila era colombiano; había llegado a México gracias a una beca de CONACULTA, otorgada por sus estudios en Historia, y tenía intención de formar una revista literaria en México con el dinero de la Institución. El encuentro fue benéfico porque Mauricio deseaba contactarme y llevar a cabo su proyecto de revista de la mano con Whisky en las rocas, y por ese entonces yo también tenía intenciones de involucrarme en algún proyecto literario con escritores latinoamericanos, o cualquier cosa que ocupara algunas horas a mis interminables días de ocio.

Participábamos en eventos culturales de la zona, en recitales de poesía, ponencias, presentaciones de libros nuestros u ajenos, o fiestas de escritores y poetas contemporáneos. Donde sea que nos parásemos bebíamos de lo lindo, e inevitablemente, armábamos lío. No porque fuésemos un grupo de poetas subversivos, militantes, anarquistas o bolcheviques; más bien, porque éramos un grupo de gilipollas. Porque no podíamos contener la boca, las ansias, las barrigas secas. Porque alguno de nosotros siempre escupía las palabras que ofendían a alguno, y…

También había un argentino, porque, como dice el bueno de Salmoneo, “Nunca falta un argentino...”. A él le llamábamos pibe o Che. No éramos muy imaginativos. Vino a México en busca de empleo pero las cosas le estaban saliendo mal con estos chicos. La mitad de la semana la pasaba ebrio, y la otra mitad, crudo. Quemaba la pasta antes de conseguirla, y además, traía onda con dos o tres chicas, es decir, adiós ahorros y adiós energía para laborar.

Por supuesto, éramos pobres. Nos desplazábamos a pie, por toda la colonia, y nadie podría creer las cantidades de alcohol que bebíamos con tan poco dinero (a veces, incluso había drogas). Si nos hubiesen pedido que comprásemos un pastel, jamás habríamos juntado plata para ello. Si hacíamos cuentas, realmente comíamos más de seis pasteles. Cada uno ocupaba su cerebro para procurar a alimento a la manda. Una idea, una fiesta, un favor no cobrado, la venta de un televisor, el recuerdo de una oferta, cualquier cosa que pudiese permitirnos seguir, seguir, seguir.

Nunca quedó claro dónde conoció a Mauricio, pero el caso es que un día, Mauricio me presentó a Leonel, el argentino venido a México en busca de trabajo (Leo era ilustrador y deseaba impartir clases en algún colegio o algo). Lo conocí en su casa, una noche que Mauricio llamó para decir que estaba bebiendo con un par de amigos y dos chicas. Desde aquel día, fuimos amigos de copas y desvelos. Leo lo había captado: en México se bebe. Después de eso, cualquier cosa es vaga. Cualquier cosa fuera de beber es una pérdida de tiempo porque las otras cosas se hacen para poder beber, y si se bebe, no hace falta hacer otra cosa.
Los otros éramos, Rapha, un tío tremendo al que inevitablemente odiabas o amabas, pero no a medias tintas; era considerado, internacionalmente, el peor poeta de DF, y yo, Martin Petrozza, prosista y borracho reconocido entre el círculo de seudoliteratos de la Ciudad México.

También había mujeres en el grupo, pero en general, era un grupo de hombres porque la mentalidad era primitiva y las mujeres nos gustaban arriba de las mesas, o debajo de nosotros (aunque esto ocurría tan pocas veces como el avistamiento del cometa Halley). La única mujer constante en nuestra sociedad era mi mujer; sin embargo, prefería mantenerse lejana de nosotros, lo más distante, y no vernos las caras de ser posible porque nos consideraba unos brutos.

Con ellos, de algún modo, estaba regresando a mi adolescencia. Todo lo que hacía con ellos lo había dejado de hacer desde la preparatoria. No rompíamos cristales de las casas con piedras porque era demasiado, pero en una ocasión, el poeta Mauricio intentó romper una piñata a versos; cosa bastante más ilógica. Se paró frente a la piñata y comenzó a gritarle versos sobre la luna, la oscuridad, la diosa de los setenta senos, Rómulo y Remo. Luego, viendo que no sucedía nada, se fue contra ella y la destazó con puños y dientes. Esto sucedió en casa de M., que era una de las chicas que pertenecía a nuestro club de borrachos.

M. y K., eran hermanas. Las conocí el mismo día que conocí a Leonel, en su casa (eran el par de chicas al que aludía Mauricio en su llamada). Tenían veinte o veintiún años, bastante menos que nosotros (nosotros rondábamos los veintiséis a veintiocho años). Una de ellas, M., era estudiante de psicología y K., estudiante de música. Es decir, con demasiado futuro para salir con este cuarteto de mamarrachos. Sin embargo, reían y bailaban con nosotros.

Bailar es un decir, porque ninguno de los cuatro sabía mover el culo mejor que un palo. Éramos poetas, poetas serios, Dios, debíamos estar ensimismados, en una montaña o bajo un puente, alejados de la sociedad a la que criticamos en nuestros versos. Salir de nuestras habitaciones debía ser pecado. O si se hacía, debía ser para observar, analizar, elucubrar y soñar. No para ir a fiestas con música de moda y gente que bebe y baila y se hace fotos toda la noche.

Las apariciones de M. y de K. eran repentinas y en ocasiones, venían acompañadas de T. T. también estudiaba psicología, en el mismo colegio que M., y aunque podía decirse que su gusto musical era bueno, también bailaba la mierda que los otros. Es muy difícil encontrar gente honesta con sus convicciones. De todos, Rapha y yo éramos los únicos que manteníamos el culo alineado con la cabeza. Esto, claro está, no nos hacía mejores, pero tampoco nos hacía caer en el ridículo que caía Mauricio. Mauricia era un tío de uno con ochenta metros, enfuñando en una chaqueta de cuero negro, de barba crecida y actitud de matón… meneándose al ritmo de música de moda.

Lo mismo Leonel, que se esforzaba por bailar con M., lucía como una lata de cola bailarina, de esas que bailan con el aplauso; no sabía hacer otro movimiento excepto aquel meneo de cadera. En realidad, ambos (Mauricio y Leonel) se esforzaban por bailar con M. Quizá porque M. adoraba bailar más que nada en el mundo, o porque M. era una tía estupenda, o porque el oleaje de su cabello agitado al aire les cautivaba (en realidad era cautivador). Yo mismo me hubiese esforzado por bailar con M. de no ser porque mi apatía por el baile siempre ha sido más grande que la más grande de mis pasiones. Desde que tengo uso de razón, bailar ha significado para mí, un infierno. Algo reservado al resto de los humanos, e incluso a ciertos animales (si es que los animales bailan; es posible que el ojo humano los malinterprete).

En general éramos un grupo bastante hermético, con miembros como Raphael, un enajenado de sí mismo, las chicas no solían acercarse. A veces me preguntaba cómo M. y K., y en sus momentos T., podían soportarnos. Aceptar las invitaciones a salir siquiera. No había mucha conversación entre nosotros. No había baile entre nosotros (con las excepciones que ya mencioné). No había entendimiento, ni visiones similares del mundo. Con frecuencia miraba a M. y a K. y me decía: ¡qué demonios hacen aquí esas chicas! Podrían estar en un antro de moda ligando a chichos adinerados (al menos, de padres adinerados), viajando en coches último modelo, o mojando los pies en las playas más hermosas de la república. Y uno las mira con nosotros, en bares de mala muerte donde M. sufría porque eran bares oscuros y silenciosos, sin música. M. amaba la música. Y donde K. se exponía al coqueteo infantil y vulgar de cualquier pelagatos de mierda. O somníferos recitales de poesía noventera.

En grupo éramos la representación de la juventud. En solitario… lo que era yo, era la representación de la vejez prematura. No teníamos estandartes ni líderes, y la fuerza de nuestros cojones era desenfrenada y enfocada a ningún blanco particular, excepto quizá, los poetas de la década de los 90, la gente superflua, los politiqueros. Pero nada de eso lo odiábamos con fuerza suficiente. Nuestros odios no eran reales ni infundados en bases reales o sólidas (excepto el odio a los poetas contemporáneos, de moda en la Roma, y los poetas de los 90´s, que es casi lo mismo). Éramos desobligados, desinteresados, desinhibidos, amargados. Éramos, principalmente, un club de borrachos sin algo que hacer.  

 En ocasiones se unían a nosotros otros poetas, escritores, dramaturgos o actores. Entre ellos, el dramaturgo Carlos Portillo, que fuera de su trabajo literario era el prototipo perfecto de Pelusa de la Roma, porque no vivía ahí, pero se lo pasaba en esos lindes seudobohemios, con nosotros y otros que llevaba un estilo de vida parecido. Lo más cercano a la vida bohemia que podía encontrarse en México DF. Al menos, lo más cercano a la vida bohemia que un escritor de veintiocho años, amargado y avejentado por la depresión podía encontrar sin salir demasiado lejos de casa.

O el poeta Arturo Loera, que tuvo el desfortunio de acabar en una fiesta nuestra luego de su presentación de poemario en bar Atlántico, donde presentó con Portillo y conmigo.

Si corríamos con surte (pero casi nunca pasaba) algunas chicas más se unían a nuestras borracheras. Generalmente J. y X., amigas de mi mujer; un par de chicas estupendas, que daban para mucho porque a pesar de toda su belleza y glamur podían adaptarse perfectamente al ambiente que generábamos. Bebían toda la noche, lo mismo que los más duros y fumaban hierba si había, te sostenían la conversación así estuvieses borracho.


En general, la Pelusa de la Roma se expandía poco a poco por toda la colonia, y cada vez eran menos los lugares en que no habíamos hecho de las nuestras. 




viernes, 7 de febrero de 2014

El grito de la mariposa.

Texto por: Medin Valencia Ordoñez.
Sitio del autor, aquí




Cuando se tranquilizan
las olas de este mar amante
me siento en el fin del mundo
a contemplar las galaxias.

Desde la constelación
más alta y brillante
nace una cascada
que, alborotada,
vierte su belleza diurna
sobre tus hombros de dama
amenazando esas copas
tiernas de fino cristal lácteo.

Me miro a mi mismo
en el reflejo puro
de esos planetas
que reflejan la vida
y que con la nitidez
de la obsidiana
me muestran mi alma
y lo que más se oculta
de los espejos de casa.

Siguiendo los pasos
que dio la luna sobre tu cuerpo,
mirando la espalda del cielo
y deslizándome por esa columna
con forma de lengua,
entre los pétalos de rosas,
en el vértice del corazón
de  mundo, hijo de astros,
del Urano, Venus
y de su belleza reunida
el anillo más bello, caro
y cautivador del cosmos
espera ansioso de explotar
mis sentidos.

Y allá, de donde la belleza
toma su sexo, hay un campo
de rosas que cautiva
aquel sentido cyraneano
advirtiendo que entre las flores
se escode la mariposa
más bella, rosada, húmeda, fértil
y culpable,
culpable de la vida,
la poesía, la perversión
y de que las olas 
recobren su fuerza 
y agiten este mar amante.

Aquellas, hijas de la Luna
y de tus provocaciones
impedirán mi admiración tranquila
y me obligarán a navegar
con vigor por todo
el tapiz que cubre tus huesos.

Hasta que, usando
de remo mis manos,
consigua extaciar la mariposa
en aquellos campos
de rosas que hay en tu entrepierna
y que de ahí nazca de nuevo
un grito tenue y casi mudo
que ahuyente la inestabilidad,
la ansiedad y el mal humor
de nuestro universo.







Texto por: Medin Valencia Ordoñez.
Sitio del autor, aquí
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