jueves, 30 de enero de 2014

Ausencia para crecer PARTE III

Texto por: Tai O´farrell. 


Lamentaba el hecho de no estar disfrutando de la compañía de mis amigos, para estar en cambio, sentado sobre un asiento metálico que se encontraba al fondo de la sala de recepción, lo que me hizo recordar las desagradables visitas con el dentista. Sabía por esa clase de experiencias, que toda espera lleva consigo un bien mayor, un beneficio de causa, como soportar valiente toda la sesión de limpieza dental, para obtener después, un caramelo de menta muy famoso en esa clase de consultorios , o en este caso, para recibir algo más que un simple agradecimiento.

   Nunca me enteré del resultado de su demanda, aquella tarde mi compañía, no fue más que eso. Regresamos a la universidad donde me agradeció por mi tiempo y mi ayuda, mientras registraba mi móvil entre sus contactos. No quería perder la oportunidad de conocer mejor a una chica tan hermosa e inquietante, sobre todo, después de darme cuenta que la singularidad con la que seguía sus ideas, resultaba más cautivante y notoria que su belleza. Lo había decidido, incluso antes de salir del despacho, así que no dude en invitarla a tomar un café si tenía oportunidad, pero mis expectativas sólo duraron un breve instante, el pequeño lapso que le llevo suspirar y acercarse, para meter una nota de papel en mi bolsillo oculto de mi chaqueta, que al sentir su mano recorrer mi estómago, por encima de la tela rugosa, me dirigió unas palabras, rechazando sutilmente mi invitación <<es mi número de móvil, por si algún día necesitas mi ayuda>> Acto seguido,  dio la vuelta y se alejó sin prisa, recorriendo la parte boscosa de la entrada principal, perdiéndose entre la anchura de los árboles y los fuertes ecos del viento.

   Revisé la nota que me había dejado, contenía un número de móvil y uno local, que tenía incluidos a su vez, dos claves de extensiones, seguramente para hablar con ella sin la intervención de algún otro miembro de su familia, lo que hizo cuestionarme la razón de tanto misterio, no sólo por sus números privados, sino por el mensaje escrito que adjuntó en la parte superior de la hoja <<en verdad agradezco tu ayuda, de otro modo, seguramente hubiese recurrido a las personas que menos quiero involucrar, mis padres, ahora me haré cargo del proceso yo sola, espero no haberte ocasionado problemas. Mi eterno agradecimiento, Mirna Torres>>.

   Lo tenía totalmente claro, mi vida entonces, no tenía la energía suficiente para dedicarla de lleno a lidiar con los misterios de una chica brillante y desubicada, que a pesar de sus criterios, parecía tener sus objetivos claros, dando la impresión de que entre ellos, no contemplaba ni la más remota posibilidad de verme, salvo que, realmente necesitara su ayuda, pero al contar con otras personas en su mismo campo, consideré su ofrecimiento irrelevante, por lo tanto, mis esfuerzos como sus ideas, no serían más que un simple tema de conversación, el cual, pensé que nunca volvería a repetir.

   Al menos así lo creí con total seguridad, hasta que recibí una llamada suya justo un mes después. Me dedicaba con grandes esfuerzos pero deprimentes resultados, a reparar una tostadora que mi madre había quemado en el desayuno, tal vez buscando la forma de entretenerme en casa, mientras recordaba las palabras de mi padre cuando de manera insólita, logró arreglar los problemas de la tubería por su cuenta <<un hombre no puede autoproclamarse como tal, hasta que no repara y resuelve los problemas de su propio hogar>>
A pesar de la motivación, sabía de sobra que lo único que lograría con mis inútiles intentos, sería arruinarlo todo. Pasaron muy pocos minutos para convencerme a mí mismo de desistir, la vista que ofrecía la ventana del comedor, incluso el canal del clima, pronosticaban un día templado, perfecto para las actividades de fin de semana, dejando a mi alcance, la apreciación indescriptible de los mejores días del verano, y con ellos, una oportunidad inesperada de ver a Mirna.

   Gracias al tiempo invertido en tratar de obtener el título de “hombre del hogar” Mi móvil registraba dos llamadas perdidas, dejando mi sorpresa de lado, tras recibir con asombro la tercera, que por supuesto atendí de inmediato. Los planes y el rumbo de los mismos, se decidieron casi al instante, Mirna había concluido unas prácticas de residencia habituales, estaría libre de actividades extras por lo menos los siguientes dos meses, me preguntó con esmero si podía verme, y sin ofrecer resistencia, acepté encantado.

   No recordé con claridad si decidimos un lugar específico, nos abstuvimos de visitar los establecimientos y atracciones del centro de la ciudad, para terminar con cierto agrado, en un café literario del barrio de Trafalgar, en el distrito de Chamberi. Impresionados de forma notable por el diseño de cada piso, los recorrimos siguiendo las instrucciones de la recepcionista, que atendía a todos los visitantes en la planta baja, que parecía no cansarse de sonreír de forma amable; a cada persona que llegaba, mientras nos indicaba que subiéramos las escaleras desniveladas que se encontraban al final de la sala, debido al mantenimiento que recibían los elevadores, no tuvimos otra opción, aunque de hecho, para mí siempre fue la única.

   El local resultó ser un poco más simple de lo que creí, sólo contaba con tres pisos sin incluir la planta baja, todas las secciones se dividían por al menos tres géneros distintos, exponiendo sus libros justo al centro de cada habitación, mientras que las mesas rodeaban los estantes de tal forma, que desde cualquier posición, se podían distinguir las obras de varios autores clásicos y contemporáneos por categoría, dejando al descubierto una pequeña barra al extremo opuesto de las escaleras, donde se mostraba a detalle los carteles publicitarios de una diversa cantidad de bebidas, con la combinación adecuada de numerosas opciones de postres, que hacían girar la vista para pensar con detenimiento, la elección idónea entre tantos paquetes distintos, llevándonos al menos, un par de minutos para pedir nuestra orden sin necesidad de una carta.

   Las mesas tenían un aspecto muy simple, pero daban la impresión de ser acogedoras. La madera de cada una de ellas, parecía ser nueva, y gracias al reflejo de las lámparas de lava que adornaban la parte opuesta de la barra, decidimos ocupar un lugar en el rincón más oculto de la sala, favoreciéndonos en gran medida, por el barandal metálico de las escaleras y la distribución estratégica de los estantes.

-tienes buen gusto –repuso Mirna- Estamos exactamente en el tercer piso, en la división de novelas clásicas, novelas de culto y novelas negras.

-no me guíe por divisiones, pero admito que en esta parte se encuentran muchos de mis autores favoritos –comenté.

-También los míos. En menudo lugar decidieron reunirlos, justo en el último piso de una cafetería, no sé si para sus ideas y costumbres, sería una ofensa o un mérito, pero desde aquí, veo algunos títulos que serían interesantes para poder llevarme.

-opino lo mismo, entre los que puedo ver desde esta posición, me llevaría “matadero cinco de KurtVonnegut” y “el extranjero de Albert Camus” Si no los tuviera ya en casa, y no los hubiese leído por lo menos un par de veces –añadí con tono de resignación.

-¿te gustan los libros de Taylor Caldwell? –preguntó Mirna pendiente de mi respuesta.

-claro –contesté- Pero honestamente sólo considero brillantes los títulos de “yo judas” y “hubo un tiempo”.

-Increíble, es como si aprobaras a la pregunta que te hice, usando la respuesta perfecta, aunque si entre los libros de culto que mencionaste, hubieses citado “el guardián entre el centeno” Créeme que habría pedido la cuenta –replicó bromeando, mientras golpeaba sus uñas con la mesa.

-de verdad me parece un texto maravilloso, pero últimamente cada tío que se cree intelectual, ya no hace una recomendación, sino que, estipula a otras personas que si desean leer esa clase de títulos, deben comenzar por dicho libro, dime qué clase de gilipollada es esa, no los estás enseñando a nadar para obligarlos a ponerse un salva vidas, ellos ya saben leer. Si quieren aportar, que discutan entonces las obras de varios autores, puesto que, a la gente no le debería importar la opinión sino las opciones –concretó Mirna.

-lo entiendo, es un buen libro pero prefiero otra clase de narrativa –argumenté sin dejar de mirarla a los ojos- Por cierto, entre todos los nombres que resaltan en el estante que está frente a nosotros ¿Cuál de ellos es de tus autores favoritos?

-Raymond Carver –respondió- no creo que nadie pueda escribir mejor que él bajo la influencia del alcohol, además, disfruto de varias de sus frases en “catedral” y “de que hablamos cuando hablamos de amor”.

-yo me pregunto quién saco más provecho a de la bebida, si él o Bukowsky –exclamé pensativo- de cualquier modo, no importa, seguramente ellos se burlarían de mí al escucharme debatir semejante estupidez.

-O seguramente ellos no estarían tomando un café –señaló Mirna, al tiempo que no pudimos evitar reír por su comentario.

Me dirigí hacia la barra por nuestros pedidos, al volver, retomamos el hilo de la conversación enseguida, aún podíamos percibir gestos de incredulidad en la cara de ambos, evidenciando los restos de las risas anteriores, que sin más preámbulo, Mirna continuó con la charla.

-basándome en mi chiste anterior, hay algo que me causa curiosidad, espero que no se malentienda, de hecho, yo prefiero estar aquí que en cualquier otro lugar, pero me llama la atención que hayas preferido este sitio, sabiendo que en este momento, podríamos estar tomando una copa.

-sobre todo, porque yo fui quien insistió en verte, es decir, habría aceptado esperarte donde sueles reunirte con tus amigos, te pido una disculpa si soy la causante de unos planes que no sean de tu total agrado –resaltó apenada, inclinando la cabeza de forma notoria.

-te equivocas, te agradezco que me permitieras brindarme unos momentos de tu compañía, además, odio la mayoría de los bares, si acepto entrar ahí, es porque no hay otra alternativa para ver a mis amigos juntos. Algunos vamos al estadio para apoyar a nuestro equipo y poder convivir lo más posible, no a todos les interesa, sólo buscan la forma de no perder una relación, que se ha visto afectada por la diferencia de horarios y agendas. Así lo han decidido, de modo que, trato de valorar cada instante con ellos, aunque cada vez sean menos.

-yo también odio los bares –afirmó Mirna, con más animo en sus palabras- si quisiera beber, me gustaría hacerlo donde no tenga que arrepentirme o sentir vergüenza por mis actos. Me gusta recordar lo que hago, y si por alguna razón me embriago hasta casi perder la conciencia, no me gustaría estar a la vista de cualquiera.

-sabes, hace mucho que no tenía una charla tan interesante como esta –reflexioné- yo creo que si hubiera hablado de mis gustos con cualquier otra chica, me pedirían un minuto para ir al tocador y saldrían corriendo a la primera oportunidad –seguí bromeando para verla sonreír.

-supongo que somos así, por lo general odiamos hablar de un tema que desconocemos, pero si nos interesa, nos quedamos, aportamos, y hacemos de la discusión algo más interesante, por cierto ¿has tenido alguna decepción amorosa importante?

-no lo creo, realmente nunca he tenido nada serio, tal vez por miedo o por algo más simple como la compatibilidad, aunque admito que me gustaría tener algunas en mis recuerdos, para utilizarlas como anécdotas, puesto que, ahora se ha convertido en una clase de moda lamentable, donde las personas parecen presumir orgullosas de sus malas experiencias, no le encuentro sentido, pero si lo convertirán en un tema destacado, al menos me gustaría usarlas como un medio para no quedarme callado en las reuniones.

-estoy totalmente de acuerdo –comentó Mirna- yo tampoco he tenido algo serio, o concretamente, algo que haya valido la pena, sin embargo, estoy consciente que las decepciones nos muestran el lado calculador de cada persona, incluyendo el de nosotros mismos, y para aprenderlo no necesito de la experiencia.

-tal vez sea por ese motivo que no me quejo del tipo de vida que llevo, ya que no me gustaría iniciar algo nuevo si no encuentro mi calma antes, pero es seguro que gracias a mi carrera, será todo más difícil, -finalicé, emitiendo un suspiro de resignación.

   Permanecimos en silencio por algunos instantes, disfrutando de la música del lugar, nadie a excepción demí, parecía prestarle importancia a la selección de temas de los creedence que se escuchaba de forma transitoria, perdiéndose entre la resonancia de su propio volumen bajo y los ruidos de un ambiente relajante. Fue hasta después de terminar mi malteada, que los temas locales se hicieron presentes, de los cuales, sólo me identifiqué con Pedro Guerra, que al cabo de unos minutos, canté con ironía la frase final de su canción <<a veces me pregunto qué pasaría, si yo encontrará un alma como la mía>> Mientras Mirna me observaba y apoyaba sus codos sobre la mesa, para tapar su boca y poder reír disimuladamente.

   Recorrimos las calles del barrio, como plan imprevisto para ocultar que nos encontrábamos perdidos, de tal forma, que sin notarlo, habíamos dejado atrás Chamberi, llegando hasta el centro de ciudad lineal, donde cruzamos la última parte de la ruta de las fuentes vivas, que resaltaban precisamente por no estar en movimiento, denotando soledad en una vía donde no era habitual, permitiéndonos continuar nuestra conversación, siguiendo el camino restante del trayecto, hablando de temas irrelevantes, detalles simples que lo dicen todo bajo las deducciones adecuadas.

-hace poco pregunté por ti cuando te vi entrar en el auditorio principal, me dijeron que un grupo de ingeniería civil, había ocupado el aula para realizar un proyecto de investigación, no pude evitar sorprenderme, ya que suponía que seguirías los mismos pasos de tu padre –resaltó Mirna, caminando sin mover su vista del frente.

-creo que los hubiese seguido en circunstancias diferentes –afirmé- pero a comparación con los demás padres, que suelen decir que sus metas son que los superes a nivel profesional, yo no he recibido ni el más mínimo consejo de parte del mío, si llegaba a portarme mal en la escuela, mi madre me aconsejaba y exhortaba a mi padre para que hiciera lo mismo, sin embargo, él sólo respondía “no hace falta, sé que él entenderá “ Mientras se enceraba en su despacho, y no lo veía hasta el siguiente día. Nunca ha esperado nada de mí, y tampoco pretendo demostrarle algo, al menos, no a alguien que ha dejado de lado gran parte de su talento, para vivir ahora de las ideas de otros. Esa es la razón que trato de usar para convencerme a mí mismo, la diferencia entre ingeniero y abogado supongo, sólo espero que valore mi esfuerzo algún día.

-¿y tú estudias medicina para darle gusto a tus padres? –pregunté tras terminar mi comentario.

-estudio medicina porque tengo una idea equivocada del mundo –respondió de forma llamativa, haciendo énfasis a su frase- El cuerpo humano es hermoso, quero saberlo todo acerca de él. Siempre he creído que cada impulso de nuestras emociones, son provocadas por reacciones en cadena que se generan en nuestro órgano correspondiente, es decir, si tú eres una persona bondadosa o lo que sea, no es producto de la percepción de tu alma, si no de la forma en que tu mente clasifica la naturaleza de cada acción, para crear lo que llamamos conciencia. Yo creo en lo que veo, en lo que puedo tocar,  esto se lo he explicado numerosas veces a mis padres, pero como siempre, responden que estoy equivocada, no les gusta discutir ideas que no estén de acuerdo con su religión, tampoco es que sean unos fanáticos, pero como la mayoría, prefieren tener algo en que creer. Todos compartimos una vida repleta de ciertas reglas, pero está demostrado, que sólo hacen historia los que son capaces de mostrarle a la humanidad, su manera de ver al mundo.

   La conversación pareció concluida al llegar a la primera línea del subterráneo, en la terminal se exhibía una exposición de arte urbano, donde se mostraban una infinidad de dibujos y grafitis hechos en lienzos, que colgaban de los soportes que dividían por dirección a los andenes. Unos tíos decoraban sus patinetas con aerógrafos de diversos colores, justo de tras de los torniquetes, dejando libre la ruta de acceso para que abordáramos el metro sin problemas.

   Daba la impresión de que el tiempo no transcurría de manera uniforme, los lapsos de llegada a cada estación parecían eternos, de tal forma, que no me bastaba con leer los anuncios de la publicidad estática, que se encontraban esparcidospor todo el vagón para entretenerme, por alguna razón, Mirna y yo no cruzamos palabra alguna durante el trayecto. Intenté hablarle al menos en un par de oportunidades, pero ella sólo expresaba señas explicitas de estar mirando hacia el exterior, lo que me llevo a pensar que se trataba de una especie de cenicienta, la cual, perdía su encanto al finalizar cada cita, obligándola a marcharse para evitar todo el contacto posible. Sabía que era una cuestión de actitud, lo que finalmente me hizo cambiar de opinión, con respecto a mis apresuradas conclusiones.

   Observé de nuevo su semblante, en sus ojos se notaba una clase de conflicto emocional, como si reflexionara sin descanso sobre un mismo tema, que no precisamente le mostraba los resultados esperados, pero que tampoco le incomodaba el rumbo al que sus conclusiones pudiesen dirigirla, de cierto modo, demostraba un autocontrol envidiable, dando paso a un tranquilidad favorecida por cada suspiro, un gesto único que resalta a cada persona que se ha preparado para afrontar una decisión importante.

   Mi atención se centraba en los domos de unos edificios industriales, que apreciaba a detalle desde mi ventana, por un momento creí que mantendría mi vista al filo del cristal estrellado, hasta notar que Mirna se levantaba con cautela, mientras ofrecía su mano para ayudar a incorporarme. Tanto su voz como su humor, parecían haber cambiado de repente, evidenciando una simpatía natural, en la forma de articular sus palabras para indicar nuestra parada <<he aquí ante nosotros las puertas del destino, sólo quienes se atrevan a cruzarlas recibirán su recompensa>> Acto seguido, dejamos atrás la estación de arguelles, para emprender sin dudarlo, un viaje inevitable a su casa.

   Contario a mis expectativas, nuestros pasos se detuvieron en un edificio construido para locales comerciales y oficinas, situado en la zona residencial de paseo Moret. La mayoría de los pisos se encontraban disponibles para ser rentados o vendidos, según la situación de cada propietario, que debido a la remodelación de primer bloque, se podía concluir sin mayor esfuerzo, que habían sido construidos recientemente, apreciándose en los extremos del pasillo, los restos de obra civil que dificultaban el camino hacia los demás locales, sin embargo, gracias a las escaleras alternas del corredor, logramos avanzar hasta llegar a las oficinas centrales del quinto piso.

   Frente a nosotros se postraba la puerta de un consultorio, que exhibía de forma notable, una placa con el nombre de “Dr. José Torres” Contrastando con el resto de los demás locales, que parecían estar separados estratégicamente uno del otro, y por simple deducción, asumí que todo el piso se encontraba completamente vacío, ya que sólo notaba el ruido de nuestros pasos en un área totalmente hueca.

   El local no era tan amplio como aparentaba desde afuera, sin embargo, se hacía evidente a primera vista que no necesitaba más espacio al tratarse de un consultorio de psicología, donde también se exhibían muebles y equipo de primera línea, distribuidos de tal manera, que resultaba un ambiente completamente acogedor y llamativo, como si tal orden, impregnara de confianza a cualquier persona que cruzase la puerta, incitándolos a recostarse sobre diván, y contar todos sus problemas sin temor alguno.

   Al menos ese fue mi primer impulso al ver el lugar de cerca, donde podía observar de manera meticulosa, un pequeño escritorio de tipo bala completamente hecho de madera. Sobre él, se encontraban algunos objetos desordenados, entre los cuales, sólo distinguí una réplica de un cerebro humano hecha de resina, un monitor de computadora tapizado de hojas plegables y un péndulo de cobre con una pequeña base de plástico, este último, expuesto en un ángulo sugerente, coincidiendo a la distancia con la cabecera de un diván de aspecto exageradamente minimalista. Sus bases metálicas y el color de su respaldo, hacían un juego perfecto, no sólo con el escritorio, sino con el estante que resaltaba al otro extremo de la habitación, totalmente repleto de libros de psiquiatría, ordenados por tomos y autores, quedando al descubierto, un pequeño estéreo en el compartimiento inferior, que parecía relucir junto a una tetera de acero esmaltado, dando la sensación de parecer un adorno decorativo y no un objeto de uso común,  llamando  mi atención por completo, dejándome a expensas de las acciones de Mirna.

   Me acerque a la pequeña ventana que conectaba con la parte principal de la avenida, pude notar al subir las persianas, que el sol no tardaba en ocultarse, al tiempo que observaba con detenimiento, la singular postal que ofrecía dicha tarde. No pude evitar mis deseos de quedarme postrado en un espacio tan reducido, disfrutando de la vista, mezclada a su vez, con mis pensamientos inconexos sobre temas indescriptibles, que emergían en cadena debido a la magia del momento. Seguí perdido en mis maquinaciones, hasta escuchar el sonido ahogado y vacilante de la tetera, daba la impresión de que Mirna se relajaba al servir las tazas con agua caliente, de modo que, todo parecía ser parte de una rutina improvisada, donde la tensión se disipaba a medida  que pasaban los minutos y las palabras.

-deberías recostarte en el diván, es tan cómodo que pierdes la noción del tiempo completamente –afirmó Mirna, mientras encendía el estéreo y colocaba un cd de George Benson en la charola.

-por cierto, sólo tengo té de manzanilla, espero que sea de tu agrado, aunque en mi caso e mi favorito –agregó en tono amable, segundos después de que la música se escuchará moderadamente por toda la habitación.

-no hay problema, manzanilla está bien –asentí-  Cambiando de tema, este consultorio está muy bien cimentado ¿le pertenece a tu padre?

-de ninguna manera, este consultorio es de mi hermano, sólo que, se ha ido de vacaciones a parís por una semana, ya sabes, aprovechando los clásicos paquetes de las agencias de viajes, y me pidió que me hiciera cargo de archivar sus documentos pendientes mientras volvía, además, sobra decir, que quise venir aquí porque no quiero regresar a casa aún, aunque seguramente, mis padres con sus múltiples ocupaciones, ni siquiera noten mi ausencia o mi presencia, según sea el caso – respondió Mirna, mostrando un semblante de total resignación.

-entonces, podría decirse que no te molesta la soledad, sino más bien, el lugar donde te sientes así –cuestioné tras mirarla fijamente a los ojos.

-no hay nada más frustrante que sentir soledad, sobre todo, cuando vives rodeada de tanta gente, sin embargo, hay algo mucho peor, y eso es cuando las personas, en especial las más cercanas, te demuestran cada día su olvido, eso es exactamente lo que vivo con mis padres. Así que pienso que la razón de su ausencia, no es su agenda o sus aficiones, más bien, estoy convencida de que mi único error es pensar distinto –exclamó con total seguridad, al tiempo que bebía su té con precaución.

-sabes, quise venir aquí porque mientras hablábamos en Chamberi, me di cuenta de que podría hacer mucha cosas en este lugar, que normalmente no haría en casa, como relajarme totalmente, sin tener que escuchar los gritos de mi madre hacia los empleados, puedo beber hasta morir si lo deseo, o mejor aún……

-¿mejor aún? –pregunté con cierto interés tras recostarme en el diván.

-puedo masturbarme de formas indescriptibles, sin la preocupación de mantenerme alerta para no ser pillada, puedo gemir, incluso gritar, sin la necesidad de contener el volumen de dichos ecos al retorcerme de placer, puedo hacer mucha cosas, pero hoy, quiero atreverme a compartir contigo, algo mucho más importante que mis ideas, algo tan significativo como el tiempo mismo –musitó Mirna al acercarse poco a poco.

   Tal vez los ecos y las palabras, carecían de un orden similar al descrito por mi interpretación, los objetos y sus siluetas, se perdieron entre la niebla temporal de mi mente, atrapando mis sentidos en un vértigo subjetivo, capaz de capturar secuencias precisas y milimétricas de una imagen transcurrida en una fracción de segundo, la sombra de Mirna, parecía extinguirse de manera uniforme con el compás de sus pasos, que al llegar hasta el diván, apoyó con precaución sus manos, recorriéndolas por el soporte hasta unirlas con las mías, dejando su escote al descubierto, que movía de manera cautelosa mientras acoplaba su cuerpo al mío, tocándome el cuello con sus labios, buscando entre los pálidos reflejos de mi rostro, el destino perfecto para besarme.

   Una lluvia de cabellos punzantes tocaron  mi pecho desnudo, al tiempo que Mirna recorría mi vientre hasta perderse por completo en la penumbra. Pude reflexionar las razones por las cuales una chica tan brillante y hermosa, accedería a tener sexo con un tipo poco común a la media. Los motivos saltaban a la vista, cada impulso establecido en sus acciones, era guiado por un deseo ligeramente diferido pero no distante de la atracción, la curiosidad o el amor, en realidad, cada movimiento era planeado y concebido por algo más conveniente para el momento, la adrenalina, única y elemental para llevar a cabo un acto de excitante locura, en el lugar menos pensado.

   Mis dedos eran guiados por la inercia del tacto y la frecuencia del sonido, que alteraban mis sentidos restantes, al escuchar de cerca y sin premura, los gemidos contenidos de Mirna, que hacían eco entre las paredes y regresaban a mis oídos, como una lección gráfica de un efecto doppler, que alteraba el control de mis impulsos, al escuchar cada ruido rebobinado de la habitación, sin preocuparme por tratar de ocultar mi respiración apresurada, ni mi fuerza desmedida al arrancar su blusa y su falda con un movimiento vertiginoso, recostándola con un poco más de cautela sobre el diván, mientras lamía su cuello con cierto autocontrol de mis propias acciones, al tiempo que mis manos desabrochaban su sostén, tocando sus pechos hasta llegar a sus pezones, trazando una ruta con cada fibra de mis dedos.

   Por un momento supuse que mi vista era nula, pero en realidad, capturaba cada imagen de su cuerpo, gracias a los pálidos destellos del agonizante atardecer, que aún quedaban latentes, como insignificantes espectros reflejados en algunos objetos brillosos, o en espacios donde las persianas no eclipsaban a los cristales. Mis manos hicieron una pausa momentánea, al sentir el encaje rígido de sus bragas. Mis ojos trataban de buscar respuesta, en el movimiento de sus manos, en el consentimiento de sus gestos, o en el panorama que no me mostraba la oscuridad de la habitación, sin embargo, su voz entre cortada me indicó el siguiente paso, que tras dudar un instante, continué mi recorrido, hasta dejar de largo la rigidez  de sus bragas, para sentir incrédulo, la calidez de su húmedo sexo.

   De cierto modo, pude sentir el transcurso de cada minuto, como un parpadeo incesante de sonidos e imágenes distorsionadas, que mostraban las piezas de un rompecabezas que parecía armarse en automático, al ritmo de la sincronía displicente con la que hacíamos el amor, con la que sus piernas se movían alrededor del estrecho diván, o con el ritmo que imprimía en cada penetración, mezclando los sonidos guturales, con la música de jazz que resonaba en un volumen moderado, pero claramente perceptible y predominante.


   Gracias al paso inconmensurable del tiempo, los últimos fragmentos de aquella tarde se consumieron, para dejar la habitación a merced de la inquietante oscuridad, la cual, era débilmente iluminada por los reflejos de las luces de los edificios contiguos, y los anuncios espectaculares situados a lo largo de toda la manzana. No quisimos encender las luces, no pudimos hablar al respecto. Un hecho consumado no requiere de palabras, sino de reflexión y cautela, mientras se contempla con detenimiento, cada silueta que gira sobre las paredes, mientras buscamos los ojos de nuestro cómplice implicado, vistiéndonos a toda prisa, grabando cada momento en nuestra memoria, omitiendo la pregunta que no tendrá respuesta, mientras simplemente, nos vamos en silencio.



F I N

Texto por: Tai O´farrell. 

domingo, 26 de enero de 2014

T. SE FOLLA A LA MUJER DE E.




Bueno, mi amigo E. no iba a creer que su mujer le engañaba si yo se lo decía, así que dejé que lo engañasen durante seis o siete meses.  

Pero luego, su mujer comenzó a salir con Arnoldo, y eso sí no pude soportarlo. Arnoldo era un compadre que hacía mucho le tenía en poca estima (intentó follarse a mi mujer), y no iba a permitir que ese cabronazo se cepillase a la mujer de E. (sobre todo porque una vez yo le tiré los garfios a Stacy, y, Dios, me rechazó porque E. y yo éramos amigos y, caray, ¡Arnoldo y E. crecieron juntos en Atizapán).
      Me enteré de todo esto porque Stacy no era muy inteligente (o porque le seguía la pista de todos sus amoríos enajenadamente; ¡me traía loco!) y había dejado ciertas pistas que le delataban. Por ejemplo, en una ocasión, mientras el bueno de E. hacía extras en el curro (me declaré enfermo y alguien debía hacer mi parte en almacén) tuvo una visita de Arnold. Una visita muy discreta, vaya.
Arnoldo entró a casa de Stacy metido en el portaequipaje del coche de E., que Stacy conducía para llevar a Flor, su hija, a un curso nocturno de matemáticas, curso al que la había inscrito para dar rienda suelta a sus cochinadas. Nadie se hubiese enterado, de no ser porque yo los seguía de cerca en mi vieja moto 1200. Cogí la afición de seguir a Stacy desde que supe que era capaz de engañar a E. Vamos, buscaba mi oportunidad.
Estuvieron dentro al menos cinco cuartos de hora, tiempo suficiente para el prau-prau, ¡qué no? Luego salió, una vez más en el portaequipaje, rumbo a al colegio de Flor. Los seguí en la 1200 hasta Tasqueña. Allí bajó Arnoldo. Fue curioso verlo salir del portaequipaje, como en una película de gánsteres mexicana. Se despidió de Stacy con un besote y un apretón de culo. En ese momento no pensé filmarlos, pero hubiese ayudado después, cuando se lo conté a E.
2
Invité a E. a una copa después del curro. Se negó excusando que debía ayudar a Stacy a recoger a Flor de su curso nocturno, y le aconsejé que se despreocupara, ella se las arreglaba muy bien cuando él tenía extras. También le dije que no estaba tan sola después de todo, y que quizá a ella le agradaría más que él se fuese de copas, etc. Le mandé un sinfín de indirectas, pero mi colega E. es duro como un árbol. Entonces decidí que podían darle por culo,  si Arnoldo se tiraba a su mujer no era asunto mío. Sin embargo, al pensar en el desgraciado de Arnoldo… Insistí hasta que E. aceptó beber solo una copa en el bar de enfrente.
      Quise ser paciente, ya sabes, encontrar el momento exacto, pero E. era un asno. No deseaba estar ahí mientras su mujer hacía las tareas en casa, sola. Era un buen chico, aunque un poco lento. Se lo dije directo. Le dije: tu mujer te engaña. Por supuesto, no lo creyó. Pidió que me dejara de chaladas y amenazó con no volver a salir conmigo si continuaba creando rumores sobre Stacy.
      No tenía la culpa, no del todo: el año pasado comencé un rumor sobre la mujer de P. porque odiaba a P. y no creía que P. mereciera a la mujer que tenía, no concebía que ese pelmazo saliese con la mujeraza de Tesse. Reconozco que aquella vez todo el rollo fue cosa mía. Llevé las cosas tan lejos que P. pegó a Tesse. Metí la pata, vamos. Desde el incidente P. y Tesse terminaron. Tesse demandó a P. por pegarla y P. lo pasó muy mal en el juzgado. Hasta la fecha paga una pensión alimenticia, por los críos. Dios, no quise que P. pegase a Tesse, pero…
      El caso es que me volvía loco pensar en Arnoldo follando con Stacy. No podía soportarlo, en serio. Todas las noches, llegando del curro, me recostaba con María, mi mujer, y pensaba en aquel hijo de puta, entrando y saliendo de casa de E. Hacía el amor con María y pensaba en ellos, joder. En la pasión que debía poner Stacy al hacerlo con Arnoldo. En la cara de Arnoldo al correrse. En las cosas que se dirían. En Stacy tragando el semen de Arnoldo.
      Lo peor era llegar al curro y mirar la cara ingenua de E. Lucía como un hombre feliz y yo me cagaba. A veces le decía: si fuera tú, pondría más cuidado en mi mujer. Lo tomaba a mal, se enojaba y se largaba a contaduría a llevar sus papeles. Otras veces era más directo, le decía: ¿sabes qué hace tu mujer en este momento? Él respondía: no estoy seguro. Yo contestaba: ¿por qué no llamas a Arnoldo y le preguntas? Se zurraba y me mandaba al cuerno. 
3
Como la cosa no iba a parar, me enfrenté con Arnoldo. Arnoldo tenía diecinueve años viviendo en el vecindario; lo mismo que E. y yo, y toda la bola de tíos. Nuestro vecindario era nuestro infiernillo. Sobre todo yo, estaba al tanto de las correrías de la mitad de los vecinos. Vamos, me gustaba saber con qué clase de gente compartíamos las calles, los parques, el trole, el curro… la vida, pues.
      No fue complicado hacerle cara. Bastó que le esperase fuera de su casa, en la esquina de la calle 33, a las once de la noche (hora en que regresaba tras haberse acostado con Stacy).
Arnoldo vivía solo. Era el único de nosotros que no se había casado. Creía en la libertad y todas esas chorradas modernas. En realidad, no deseaba casarse porque sabía que cargaba con un karma tremendo sobre infidelidades. Arnoldo era así. Era un buen compadre, hasta que le presentabas a tu mujer. Entonces ponía todo su empeño en acostarse con ella y probarse a sí mismo que no debías estar casado para follar, y que las promesas de las mujeres casadas no valían un cuerno. En cierto modo tenía razón, pero, Dios, ya estaba bien de probarlo. Nos quedó claro a todos desde la infidelidad de Eve. U., el marido de Eve aseguraba que su mujer le era fiel, y le sería fiel toda su puñetera vida. Bueno, no contaba con la tenacidad de Arnoldo. Se juró desmentir los votos nupciales de Eve y demostrar que ninguna mujer era fiel, y ningún hombre tan bueno para que una mujer le fuese fiel toda la vida. Vaya si lo logró. Les descubrieron haciendo el amor en el baño público de un restaurante familiar. U. cayó en depresión. Estuvo a punto de volarse los sesos con una escopeta, pero lo arrestaron antes por intento de homicidio. Un caso lindo, ¡que si no!
      Cuando Arnoldo llegó traía una sonrisa de oreja a oreja. Se le borró cuando me miró plantado en la puerta de su casa. Sabía de qué iba la cosa. No era la primera vez que yo intercedía en sus canalladas. El caso de U. y Eve estuve a punto de delatarlo, pero, como ya dije, se delataron solos. Es lástima, porque si Arnoldo había jurado acostarse con todas las mujeres casadas de la Cuarenta, yo había jurado descubrirlo en las más posibles.
      Venga, hermano, le dije, has tardado mucho en llegar a casa para salir a las nueve del trabajo, ¿no? Cállate, T., he tenido extras y no me hace gracia llegar a casa a las once y encima, encontrarme con tu sucia cara. Por supuesto, Arnoldo me odiaba. No soportaba que metiese mis narices en lo que no me importaba. ¡Pero vaya que me importaba! Cada colega engañado por Arnoldo y su mujer era para mí una daga en el corazón (sobre todo si la mujer estaba buena). ¿A qué has venido? Sabes a qué he venido, hermano. ¿Y qué vas a hacer, pegarme? Bueno, no iba a pegarle porque, siendo sinceros, Arnoldo tenía mucho mejor físico que yo. Medía al menos diez centímetros más y era más corpulento. No, pero ya verás si continúas en tus andanzas, yo… ¿Tú, qué! Yo… bueno… ¡te lo advierto, Arnoldo, te arrepentirás! ¡Va!, ¡quítate! Me hice a un lado y Arnoldo entró a su casa. Me estampó la puerta en la cara… y eso fue todo.
      Vale, no fue una actuación valiente, pero al menos fue más de lo que E. hubiese hecho, de lo que hacía mientras se acostaban con su mujer.
4
Stacy era coqueta, eso lo sabía medio barrio. Podría decirse todos, excepto E. Se había acostado, durante su matrimonio, con al menos cinco hombres diferentes, contando a Arnoldo. De todos, los que más me dolieron fueron K., G. y Arnoldo. Los otros eran un par de chalados, aventuras de cabaret que no llegarían a algo. K., me dolía porque se lo pregunté, se lo pregunté directamente a K., le dije: ¿k., te acuesta con Stacy? El hijo de puta lo negó. No era necesario, yo les había visto salir del Hotel ROSAS, antes de preguntárselo. La mentira de un colega cala hondo. G. fue un caso de hipocresía. Le confesé mi atracción por Stacy y dijo que no debía desvelarme por una zorra como esa. Le pedí que callara. Se expresó terriblemente de Stacy. Luego, se acostó con ella. No fue fiel a sus ideas, ¡habla mal de una mujer y luego se acuesta con ella! Se supone que la odiaba por buscona, y a la primera oportunidad…
      Por mi parte, tuve una intención, en 2011 o 2012 con Stacy. A Stacy la conocí poco antes de su boda con E. A decir verdad, fue muy rápido. Quiero decir, un buen día E. me comenta que sale con alguien. Al mes y medio o algo, se casa con esa alguien.
      Stacy, E., María y yo, salimos un par de veces, en plan de amistad. Fuimos al cine (a ver una película horrible con un tal Deep), a tomar copas, a jugar boliche. En fin, no más de cinco veces. Fuera de eso, llegué a ver a Stacy un par de veces más, cuando dejé a E. en su casa, luego del curro. Vamos, que no éramos lo que se dice amigos. No lo suficiente para que una propuesta sexual fuese un insulto.
      Entre E. y yo sí había amistad. Asistimos al colegio y luego cogimos puestos de trabajo en el mismo sitio, en ADDS. No puedo negar que era un viejo compadre.
      Stacy me rechazó, primero por la amistad nuestra, que, insisto, no existía. Quizá soy cruel, pero… yo, a ella… no la considero… una amiga. Ella es para mí la mujer que no se merece E. En segundo lugar, puso como pretexto la amistad entre E. y yo. Dijo que faltar el respeto a ese lazo era un crimen. Vale, ahí me pegó porque quizá tuviese razón, no sé. Si Stacy y yo… muy posiblemente ya no podría mirar a E. a los ojos. Stacy era su mujer y la madre de su hija.
      Por eso, el caso de Arnoldo me dolía. Porque Arnoldo y E. eran amigos ¡desde la infancia! Imagino a Stacy burlándose de mí, pensando: qué ingenuo fue. O peor aún: idiota, si hubiese insistido un poco más. O: vaya payaso, si no tiene los huevos para engañar a su amigo, no me merece. En todo caso, no puedo creer que Stacy me rechazase por aquel motivo y luego se acostase con Arnoldo, que peca mucho más que yo en ese sentido. Me sentí traicionado, tonto, desesperado. Con ganas de ir a gritar a Stacy que podía meterse sus juicios morales sobre la amistad ¡por el culo! En realidad, es, quizá, lo que literalmente hacía.
      En realidad, eso hice. Le busqué cara a Stacy y le amenacé con contar lo de Arnoldo si no cedía a mis deseos. Estaba harto de ser el delator, y no el culpable. Deseaba ser el culpable, el malo de la película, Dios, cogerme a Stacy a costa de todo, incluso, de perder a mi mujer y a mi amigo. Que todo el barrio lo supiera, en capitales:
T. SE FOLLA A LA MUJER DE E.
T. HUYE CON LA MUJER DE E. A ARKANSAS.
T. ENGAÑA A LA MUJER DE E. CON LA SÚPER MODELO demie moore.
T. contrae matrimonio CON DEMIE MOORE.
T ENGAÑA A SU ESPOSA MOORE CON UNA JOVENCITA DE MINNESOTA.

t., el casanova del siglo xxi.
Stacy se rió en mi cara. Dijo que E. jamás me lo creería. Conocía a su marido, joder. No sé que daba Stacy a E. para tenerlo tan cegado. Una cosa era clara: no me acostaría con Stacy. Jamás cedería. ¿Por qué, Stacy, por qué? Se lo pregunté abiertamente. Necesitaba saber, honestamente, por qué se negaba a hacerlo conmigo si lo había hecho con medio barrio.
Creo que me tomó cariño, no sé, mi confesión, mi desesperación, le cautivó. Le tocó el alma. Vamos, que se le fue el enojo y me lo explicó de una manera tierna y cariñosa. Se soltó con un sermón, o intentó soltarse con un sermón sobre el por qué no se acostaba conmigo.
No encontró un pretexto significativo. En realidad, podía decirse que yo era más atractivo que Arnoldo. Arnoldo era un simio, yo era un mono con más clase. El rollo de la amistad con E. quedaba anulado. Decir que Arnoldo era un hombre de poesías, era insólito; yo era más versado (y no terminé la secundaria) que aquel simio. Podía expresar mi amor a Stacy mucho mejor, incluso, era más apasionado. Las virtudes amatorias de Arnoldo (posiblemente superiores a las mías) no podían ser puesta en juicio sin haberme probado.
Stacy estaba arrinconada. Por vez primera desde hace dos años, la tenía sujeta. Esta vez, la retórica estaba a mi favor. Stacy enmudeció un par de segundos. Era cuestión mía. Era cosa de acercarme a ella y besarla, cogerla por la cintura, apretarla contra mí, aventarla al piso y alzarle la falda. Vamos, se había dado la ocasión, éste era el momento. El momento que Arnoldo sabía crear y aprovechar mejor que nadie. 
Hay que ser bueno para esto. Hay que llevarlo en la sangre. Ahí estaba el por qué Stacy no se acostaba conmigo: porque yo era un tío con escrúpulos. Follarla era el sueño de mi vida… pero no la follaría si la tuviese recostada, desnuda, abriendo sus genitales para mí. Vamos, me intimidé. No hay algo peor que una mujer dispuesta. Sobre todo si esa mujer es la mujer de tus sueños, y no has podido conquistarla en dos años. Uno se acostumbra al fracaso tanto como un drogata a la droga, y da miedo dejarla. 
Lo mejor que pude hacer fue abrazarla y pedirle perdón por mi impertinencia. Stacy quedó estupefacta. No sabía si llorar o reír; no sabía si yo iba a delatar su relación o si sencillamente me largaría con la cola entre las patas, como el idiota que era.
5
Camino a casa me torturé pensando qué hubiera pasado si yo fuese menos pusilánime. No hay nada más duro que fallar ante uno mismo. No podía culpar a nadie, ni siquiera a Arnoldo. El mar Rojo se partió en dos para que yo pasase, y… no pasé.
La semana siguiente delaté a Arnoldo, una vez más, con E., pero no me creyó. Definitivamente, Arnoldo sabía jugar su juego. No había modo de detenerlo. En adelante, si Arnoldo deseaba follar a mi mujer, no me opondría. 


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