domingo, 2 de noviembre de 2014

Se quejaron de que alguien les había robado la despensa.


Una noche llegué a casa muy borracho, después de emborracharme en un bar al que nunca había entrado, lo que me sentó muy mal porque soy un hombre de costumbres; pero el bar de T. estaba cerrado. Lo cerraron por la lluvia. La cortina estaba abajo. Aun así toqué. Salió T. por la puerta pequeña. No entró ni un alma, por la maldita lluvia, dijo T. Ya, dije yo, mientras me empapaba. Bueno, dijo T., creo que voy a cerrar. Dio media vuelta y entró. Di media vuelta y caminé bajo la lluvia hasta el bar más cercano. Allí me quité la chaqueta y ordené una cerveza fría, para entrar en calor. Luego, ordené tantas cervezas más hasta ponerme borracho, lo que ocurrió mucho antes de lo que suele ocurrir en el bar de T. Cuando pasó la lluvia salí y fui a casa. Hacía un aire frío que calaba los huesos. Además iba húmedo. Me repetía constantemente durante el camino: no tengo frío, no tengo frío, no tengo frío. Dios, tenía frío.
     
      Bueno, abrí el zaguán, entré al edificio, cogí las escaleras de siempre, las que llevaban a mi apartamento, y… no sé por qué lo hice, o cómo lo supe. Me planté frente al apartamento E. Yo vivía en el apartamento O. Empujé la puerta. Cedió. Entré. No había luces encendidas. Fui a la cocina. Podía moverme con confianza, todos los departamentos eran exactamente iguales al mío. En la cocina abrí la nevera. Había una lata de Tecate. La cogí. Ya podía decir que me sentía mejor. Me desnudé el torso. Eché la ropa a la mesa y me tumbé sobre el sofá. Había una sensación extraña en estar allí, pero a la vez, una sensación confortable. Mi cuerpo comenzó a entrar en calor. Pensé en la parejita que vivía en el apartamento. Los había mirado. El chico era un poco lento, pero la mujercita estaba muy bien. Pensé en si lo habrían hecho sobre el sofá. En si habría restos sobre el sofá. También me pregunté si lo habrían hecho sobre la mesa de centro. Era una buena mesa. Firme. Había unos papeles sobre ella. Los cogí. Eran anotaciones varias. Había unas fotos. No quise encender la luz para mirarlas, pero a la parca luz de la luna podías identificar a personas. Eran fotos de personas. Quizá de sus amigos o sus familiares. En fin.
     
      Cuando terminé la cerveza volví a la cocina. No había más cerveza en la nevera, así que husmeé por los anaqueles. No había nada más. Latas de conservas y cosas. Tomé un par, de cualquier modo. Regresé al sofá y me vestí. Guardé las latas en los bolsillos de la chaqueta. Estaba dispuesto a irme. Entonces oí un ruido en una de las habitaciones. No sé por qué lo hice, de verdad. Fui a la habitación. Esperaba que la mujercita estuviese tumbada, desnuda y dispuesta. Cosas así era capaz de elucubrar. Fantaseaba constantemente. No hubo nada dentro de la habitación. Quiero decir, no estaba la mujercita. Encendí la luz. Era una habitación como cualquier otra. La cama estaba deshecha. Había un pantalón sobre ella, al parecer masculino. Busqué a ver si había calzones femeninos. Revolví un poco las sábanas. No había calzones femeninos. Es igual, pensé. Abrí uno de los cajones. Ahí sí había calzones femeninos. Cogí un par y me los embolsé. Escarbé por entre la ropa. Encontré más fotografías. Esta vez pude verlas a plena luz. Fotos de niños desnudos. Pensé en llevarme algunas, pero desistí. Luego volví a pensarlo y decidí coger tan solo dos. Al azar.

      En casa me dediqué a ver las fotografías concienzudamente. Una rubita de nueve u ocho años tumbada sobre una cama, con las piernas bien abiertas. Su semblante era ecuánime. No parecía disfrutarlo, aunque tampoco estaba muy molesta. Tenía unos piecitos deliciosos. En la otra foto: un par de niños macho a cuatro patas, uno al lado del otro. Podías ver sus anos y sus pequeños testículos colgando. No podías ver sus caras. Tendrían cinco años. Al parecer, habían sido tomadas en un sótano, o en un cuarto oscuro y mal ventilado. Había humedad en las paredes de la habitación. Me fui a cama con las fotos. Intenté masturbarme pensando en todo ello, pero a ratos se me iba la erección. Al final pude correrme. Las fotos ya estaban hechas, total.   


2

Al día siguiente había olvidado el rollo de las fotos. Las recordé porque estaban sobre la cama y el filo de una de ellas me picó la pierna y me despertó. Volví a mirarlas. Había escuchado sobre esto, pero nunca había estado tan cerca. Cogí las fotografías y las llevé a la cocina. Encendí la estufa y las eché al fuego. Cuando se hicieron cenizas soplé sobre todo eso. Barrí el suelo y me dije: bueno, ya está. ¿A mí qué más me da? Y me olvidé del asunto.

Aquella tarde tomé la ducha y me dispuse a ir al bar de T. Me aseguré de ir antes de que lloviera. Me puse la chaqueta. Pesaba. Saqué las latas de conserva. Calabazas y zanahorias, Dios. Soy el peor ladrón, me dije. También estaban la ropa interior de la chica del E. La dejé en el bolsillo. Camino al bar podría meter la mano al bolsillo y acariciar la tela. Eso iba a calmarme bastante. Podría mirar a una mujer en la calle y acariciar la tela. Nadie le enseña a uno a ser un jodido pervertido, eso se aprende en la marcha.

      T., le dije una vez instalado en la barra y con una cerveza en la mano. ¿Sí?, preguntó T. mientras limpiaba la barra con un trapo. ¿Alguna vez has pensado en esos niños que hacen porno?, le pregunté. Dios, no, dijo, eso es algo repugnante. Ya, dije, sí, pero, ¿realmente has visto alguno de ellos? T. lo pensó un segundo y contestó: no, claro que no, Dios, por amor a Dios, no. Di un trago a la cerveza. ¡Y tú!, preguntó T. asombrado. Anoche, dije mientras daba caladas al trago, miré a una rubita y a dos caucásicos. Jesús, ¿de qué carajos hablas?, ¿qué quiere decir que los viste? Ya, dije, en un par de fotografías. ¿En la Internet? No, eran fotografías auténticas, salidas de una instantánea. El dueño de las fotografías debió tomarlas él mismo, ¿ves? T. se interesó en el asunto. Le conté la historia. ¿Así que eres un maníaco que se mete a los apartamentos de otras personas? Joder, no, eso no es el punto. Le mostré la ropa a T. Mira, le dije, puedes hacerte una idea de la talla de la chica con esto. Puse la ropa sobre la barra. Era una tanguita diminuta. T. cogió la cosa con los dedos hechos pinza. Se las acercó a la nariz y olfateó. Desgraciadamente están limpias, dije, las saqué del cajón, no del cesto. Bueno, dijo T., ahora guarda esto, no quiero que me asustes a los clientes. ¿Quieres una?, pregunté. T. titubeó. Cogió la blanca y la echó debajo de la barra. No tocamos el tema de los niños.


3

La semana siguiente, mientras entraba al edificio, miré a la parejita del E. Bajaban las escaleras mientras yo las subía (iba borracho). Dije: buenas tardes. No contestaron. Subí a mi piso y cuando estuve seguro que se fueron bajé al suyo. Intenté entrar a su departamento. Estaba cerrado. Entonces salió la señora del I y me miró. Le dije: estos chicos tienen fotos de niños desnudos en casa, ¿sabía? La señora se persignó y se largó sin dirigirme la palabra.

      Estuve emborrachándome constantemente. No recuerdo cómo esparcí la cosa, pero a las pocas semanas todo el edificio me miraba y se alejaba. Creo que había abierto la boca de más. ¡Eran ellos los que tenían las fotografías! Nadie molestaba a esos chicos. Incluso, en una ocasión, uno gamberro del apartamento H llegó a gritarme que dejara en paz a los chicos, que aquello era calumnia. No debí quemar las fotos, pensé. La gente murmuraba que yo era un pervertido, metiche, ladrón y borracho. Cerraban sus puertas con doble llave. Los hijos de puta del E se quejaron de que alguien les había robado la despensa. No dijeron algo de sus tangas y de sus fotos.

      Luego, el tiempo pasó y todo comenzó a ir como de costumbre, con la excepción que los chicos del E se mudaron. Ya no había modo de comprobarlo. La gente volvió a sonreírme cuando me encontraba en el edificio y yo volví a no devolverles las sonrisas y a ir borracho de un lado a otro. Cogí la costumbre de probar en cada puerta a ver si alguna cedía. Quizá alguien tuviese fotografías de jovencitas, no sé.  






     


3 comentarios:

  1. Escritor Marcelo Cetusork2 de noviembre de 2014, 21:28

    Yo no tomaria ninguna foto de niños desnudos si por que es como ver la desnudes de dios...

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  2. Creo que Petrozza es un escritor que esta loco. es un pervertido sexual y un enfermo mental y todo eso que ponen. por eso me encanta leer sus textos. entonces yo tambien soy un pervertido y un enfermo mental?? yo no he hecho nada en la realidad. solo leer sus textos. y quiza el solo haya escrito esos textos. es un espantatontos! bien hecho camarada petrozza!!

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  3. Qué bueno, no dejes de publicar

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