domingo, 30 de noviembre de 2014

No quería salir allá afuera, Dios, no, no, no.


Decidí dejar de beber un miércoles de febrero de 2014, después de haber golpeado a mi mujer hace poco menos de dos semanas. Había dejado de beber muchas veces antes pero siempre regresaba, y la verdad, no deseaba dejarlo en serio. Cada semana le prometía a L. que sería la última borrachera, y lo cumplía (si eso es cumplir), no sé, dos días o tres; luego volvía a emborracharme. Esta vez deseaba dejarlo en seiro. Por mi mujer, claro está, y porque no tenía sentido continuar por un camino que no ofrecía algo nuevo. Ser un borracho es como vivir dando vueltas en círculo.

Le conté de mi decisión a P., quien por aquel entonces era mi más fiel compañero de borracheras. P. no se inquietó. Dijo que si era mi decisión, la respetaría, pero por amor a Dios no fuera yo a tratar de convertirlo a él. No hay algo peor que un recién abstemio convencido del mal del alcohol, excepto un recién cristiano convencido del poder de Jesús Cristo, dijo. Estuve de acuerdo: lo prometí.

Continué reuniéndome con P. los sábados en su apartamento y algún lunes o martes (que eran sus días, eran nuestros días, predilectos para echar trago en el casino y en el bar de Sanborns respectivamente). Las primeras semanas no tuve problemas, puede soportar verle beber en mi cara mientras yo me comía los cacahuetes y me pedía limonadas o naranjadas naturales sin endulzar, pero luego la cosa comenzó a empeorar y P. me dijo: ¿por qué no pruebas con la marihuana? Bueno, la situación era la siguiente: mi mujer me había demandado por abuso físico y sexual (la golpeé fue porque se rehusó a dejarse coger por culo, o algo así, Dios, les juro que no me enorgullece), debía presentarme con un abogado, etc. También estaba el divorcio. Por otro lado, dejé de laborar para S & S porque no pude soportar la depresión cuando L. me abandonó. Por supuesto, me abandonó. Tenía muchas ganas de abrazar a L., de pedirle perdón y todo eso, pero nada importa cuando has golpeado a tu mujer, no hay absolutamente algo que puedas hacer para detener lo inevitable. El primer golpe enciende la mecha. Luego, todo es cuestión de tiempo: las demandas, el divorcio, la bancarrota, la soledad, el suicidio, Dios. Uno no puede andar vivo por ahí después de algo así. Cuando se lo conté a P., dijo: hay mucha gente por ahí que golpea mujeres todo el tiempo, B., ¿por qué quieres matarte por algo así?, estuvo mal, muy mal, pero… Joder, L. encontrará a otro hombre que la cuide y la respeté y tú encontrarás a otra mujer a quien golpear y luego todos moriremos. Fin. ¿Por qué adelantar lo inevitable? Las palabras de P. no me reconfortaban. La situación era grave. Por ese motivo no consideré a la marihuana como algo serio. No quería sumar a mis pecados el de la drogadicción.

Luego, un miércoles, me reuní con P. en un bar de Medellín. Era el bar de los miércoles. P. era un experto en estos temas y fue él quien estableció nuestro sistema. Los lunes eran tardes de casino porque los lunes es muy difícil encontrar cualquier otro bar abierto desde las once de la mañana hasta cuatro de la madrugada, y porque la cerveza estaba a veinte pesos. Los martes, a la una de la tarde, el bar de Sanborns, que ponía dos por uno en cerveza hasta las cinco, y luego, dos por uno o tres por dos en bebidas nacionales. Pero hoy era miércoles y el Mitote abría sus puertas a las dos de la tarde y podías estarte ahí hasta las nueve bebiendo cervecitas a quince pesos, lo que ponía de buen humor a P. porque se negaba a pagar más de veinticinco pesos por cerveza y porque quince pesos era a lo menos que cualquier bar ponía los miércoles, con excepción del Azteca´s, un centro nudista en Eje Central que ponía a diez pesos la cerveza hasta las seis de la tarde, pero al que P. no iba porque había sido estafado un par de veces en aquel sitio donde, según contaba P., las mujeres se desnudaban y uno se preguntaba: ¿cómo es posible que hayan dado empleo en esto, a esto?, y otro sitio en Insurgentes 300, al que P. se negaba a entrar porque vendían tacos (?). P. ordenó una cubeta de diez cervezas y se reía y pataleaba de lo contento que le hacía tomarse diez cervezas Tecate por ciento cincuenta pesos en un bar. P. estaba borracho la mayor parte del tiempo, Dios. Ahora que yo era abstemio podía notar lo desagradable de ello. Había que soportarlo hablar descaradamente sobre todos los temas, sobretodo el sexual, que era su tema predilecto y se autoproclamaba un jodido pervertido sexual, cosa que pregonaba sin el menor disimulo; no temía confesar las perversiones más oscuras del hombre frente a mujeres o a madres e hijas, etc. Eructaba libremente. Se rascaba los dientes. Se tocaba los huevos. Golpeaba la mesa con el puño cuando se acaloraba al exponer algún punto de vista que le pareciese determinante. Gritaba a los meseros y si eran meseras las gritaba y las manoseaba y había que tener cuidado porque en cualquier momento a alguien no iba a gustarle el modo de ser de P. y nos iba a partir la cara; todo el tiempo que estaba con él tenía el constante temor de que nos jodieran o nos asesinaran. Bebía con desesperación y no se contenía ante nada. Se desabotonaba la camisa. Se salía de los bares sin pagar, o al menos lo intentaba y si lo agarraban se hacía el imbécil y pagaba y todo pero dejaba por los suelos nuestra reputación (había lugares, por ejemplo, la cervecería de Monterrey y Campeche, La Sarria) donde no le recibían. Además de todo ello, P. tenía mujer, santo Dios, una rubita preciosa que no sé de dónde sacó y que le permitía aquel ritmo de vida y muchas veces le acompañaba y se emborrachaba con él, sobre todo los viernes, cuando bebíamos en un bar de la Glorieta de los Insurgentes, por la calle de Jalapa, donde atendía una amiga poeta de P. que algunas veces se unía a nuestra borrachera y llevaba chicos y chicas al apartamento de P. y bebíamos hasta el amanecer, y en el que una ocasión P. casi se bebe un litro de cerveza lleno de vidrios (rompió la boquilla de la cerveza y comenzó a beber de lo que quedó de ella; la rubita y el dueño del bar le detuvieron), y los sábados, cuando buscábamos alguna fiesta para emborracharnos con poetas y escritores (P. era prosista), y los domingos, cuando, al amanecer en el apartamento de P. luego de la borrachera del sábado, destapábamos cervezas y comenzábamos el día así, y terminábamos hasta las once o doce de la noche, ebrios y esperanzados de que todo recomenzase mañana lunes con mejores soles y mejores vientos. Yo me estaba divorciando y casi suicidando porque me odiaba mi mujer, por motivos justificados, pero me preguntaba si no era peor vivir con P. y soportar todo ello (no quiero ni imaginar el modo en que P. hacía el amor a sus chicas); yo jamás le di problemas de borracho a L. Jamás la llevé conmigo ni me vio orinarme en medio de un camellón, a las siete de la tarde (hora en que P. ya estaba más que borracho), cuando todos regresaban a sus casas después de laborar, y ser el blanco de gritos y mentadas de madre, insultos y una corretiza de un padre que llevaba a su hijita de cinco años y miró el pene de P. porque  el mismo P. se lo insinuó, desde Obregón e Insurgentes, hasta Frontera, donde por fin P. pudo escabullirse, corretiza que le bajó la borrachera y regresó al bar de la Glorieta, que es de donde había salido aquella vez. Bueno, quizá ver a P. emborracharse y pensar en él y su maldita vida y su buena fortuna (trabajaba por mucho menos que yo y tenía dinero suficiente para emborracharse todos los días y, en contadas ocasiones, darse el lujo de comprar cocaína u opio y fumarse todo ello) fue lo que me decidió a probarlo.

P. continuaba insistiendo en que debía fumar marihuana. Incluso, la había comprado para mí. La sacó y de la chaqueta y la puso sobre la mesa. Anda, dijo, lía un cigarrillo con esto (sacó papeles de fumar), ve afuera a amortiguar tu desdicha. No dije una sola palabra. Cogí aquello y lié un cigarrillo lo mejor que pude y me salí. Afuera del bar había un edificio abandonado. Me escondí entre unos escombros, cerca, entre Medellín y el Rincón Cubano, y me puse a pensar en L. y lo desgraciada que debía de ser, por mí, Dios, y en todo el dinero que debería gastar en el divorcio, la demanda, la pensión (a Dios gracias que no tuvimos hijos), y me fumé aquella cosa.

Cuando regresé a con P. le pregunté de dónde había sacado la marihuana (la verdad me sentó muy bien). Contestó que la había pedido a un poeta colombiano, amigo suyo, que se lo pasaba fumando. Bueno, le dije, creo que ya he tenido suficiente. P. iba por la octava cerveza. Sí, dijo, ahora escucha, hermano, escucha lo que voy a decirte porque es lo más importante y lo único por lo que has venido a este mundo y lo único por lo que vale la pena seguir viviendo y no pegarse un tiro, y es, quizá, lo más cercano al sentido de la vida, aunque la vida no tiene sentido y no quiero ser sensible ni cursi ni mamarracho, joder, es sólo lo que todo hombre debe saber para poder surfear la vida, es la tabla de surfear de la vida, Jesús, es esto, B., escúchalo bien. Eso dijo y se puso muy serio, casi como si ya no estuviese borracho. Cerró los ojos y recitó: “B. Acosta, igualmente vacío, igualmente digno de ser amado, igualmente un próximo Buda”. Luego abrió los ojos y sonrió. ¿Lo tienes?, preguntó. No lo tenía, ¿qué significaba aquello? Es una oración budista, dijo. Sólo tienes que cambiar el nombre; yo he utilizado el tuyo. Debes hacerlo con todas las personas que conozcas, cada mañana. Si no sabes el nombre de alguno no importa, basta con pensar en la persona. Es algo muy largo, B., no es un cuento chino, puedes pasar horas enunciando y pensando en todas las personas que has conocido a lo largo de tu vida, desde de tu infancia, Dios. Yo he pasado muchas horas pensando en todas las chicas que he conocido y en las prostitutas, las meseras, las bailarinas del Azteca´s, las golfas del A.M., las lesbianas de la Juárez, Dios, ellas especialmente necesitan que alguien rece por sus almas, y por las adolescentes embarazadas, Jesús Cristo. P. continuó enunciando a todas las mujeres por las que había hecho aquello. Tuve la impresión de que lloraría. Luego soltó una carcajada y volvió a parecer embriagado y me palmeó el hombro y dijo: lo leí en un libraco, B., no le des importancia. Pero a mí me pareció realmente bueno.

Salí a dar caladas al porro dos o tres veces mientras P. bebía todo lo que podía hasta antes de las nueve. En algún momento no puede más y le pedí a P. que me llevase a su apartamento, por amor a Dios. Vivía a media cuadra de ahí, así que hicimos el recorrido a pie. La cabeza me daba vueltas y no escuchaba muy bien y a veces tenía la sensación de reír. No sabía si estaba riendo de verdad o sólo era la sensación y tenía la cara seria. Una vez dentro, entré al cuarto de baño y vomité. Cuando salí, P. estaba sentado a la mesa con veinticuatro cervezas Pacífico y dos kilos de limones y uno de cacahuetes enchilados. Hice algunas compras mientras tanto, dijo. P., dije. ¿Sí?, contestó P. ¿Cuánto tiempo pasé en el cuarto de baño? No sé, dijo, unos treinta o cuarenta minutos. ¡Vaya!, exclamé, si me lo preguntasen a mí diría que no más de cinco. No importa, dijo, es igual, el tiempo no existe, es consecuencia de la memoria humana, del movimiento y de la razón. Pero no existe. En fin. Vamos, bébete una cerveza, B., ya deja el cuento del abstemio, no te va bien, nada más vete, das pena, das asco, ve eso, B., has manchado tu camisa y tu pantalón, Dios, no eres un hombre decente, eres un maldito mamarracho. Eso era, hasta cierto punto, verdad. P., a pesar de haber bebido catorce cervezas y estar en la quinceava, lucía como un hombre serio, sentado y fumando cigarrillos y soportando las tonteras de un adolescente fumetas.

Luego, del pasillo, salió E., que era la rubita de P. Se sentó a la mesa y cogió una cerveza (todo este tiempo estuvo durmiendo en el cuarto de P.; despertó cuando nos escuchó llegar y pidió a P. que comprase cerveza Pacífico, que es la única marca que solía beber). Hola, me dijo, ¿cómo te va? A B. le va muy mal, contestó P. por mí. Yo asentí con la cabeza. E. llevaba una playera de los Sex Pistols sin nada debajo y un short diminuto. ¿Cómo lo hace P.?, pensé. Cogí una cerveza, total, ya estaba peor que borracho y mantenerme sobrio no iba a solucionar mi vida. A la primera bocanada me regresaron los ánimos. E. preparaba micheladas con bastante limón para P. y para ella. Me ofreció hacer una para mí. Acepté porque P. dijo que el limón me regresaría la salud. Dios, pensé, ¿por qué hago caso a P. en todo? Sería más sencillo alejarme de él y dejar el trago verdaderamente, llevar con entereza mi situación financiera, sentimental y legal. ¿Por qué te va tan mal, B.?, preguntó E. Bueno…, dije, me estoy divorciando de L., ¿sabes? E. conocía a L. por lo que yo le había contado de ella alguna vez. ¡No!, exclamó, ¡no puede ser! Aquella vez le hablé maravillas de L. Solía hacerlo. Solía contar lo maravillosa que era L. todo el tiempo. Sin embargo, una vez llegado a casa me reñía por haberme ausentado toda la noche y por haber bebido; sentía por ella repulsión. Ella sentía por mí repulsión, claro. Bueno…, dije, verás… Ha pegado a su mujer, interrumpió P. ¡Oh, no!, exclamó E. Me sentí muy avergonzado. ¿Sabes?, P., le dije, eso no es algo de lo que siempre deseo hablar, no deberías decir por mí… P. interrumpió de nuevo: ya, ya, E. es mi mujer, B., E. es de mi completa confianza, no le guardo nada, así que si no se lo cuentas tú, de cualquier modo se lo contaré yo cuando estemos recostado, así que no ocultes algo ante E., B., porque si lo haces deberás ocultármelo a mí primero y yo soy tu mejor amigo, B., y los mejores amigos… E. lo interrumpió: no seas así con B., P., si no quiere contarlo es porque le duele, ¿cómo puedes ser tan insensible? Dios, E., contestó P., ¿cómo va a doler a B. haber pegado a su mujer?, los golpes no duelen a quien lo propina, sino a… Basta, P., le detuve, es verdad lo que dice E., me duele porque estoy arrepentido, Dios, ¿es que tienes cinco años y no lo comprendes? P. alzó los hombros y se fue a la cocina. E. se puso a mi lado y me consoló sobándome la cabeza y diciendo: B., no te lo tomes tan a pecho, esas cosas pueden pasar, pero debes comenzar por perdonarte y buscarte otra novia y no ser tan patán como lo fuiste con L. Eso es todo, ¿sí? Había demasiada simpleza en los razonamientos de E. No lo sé, E., no lo sé. P. regresó con una balde lleno de cacahuetes enchilados.

Fue una de las mejores noches de mi vida, lo juro. Bebimos toda la madrugada y escuchamos canciones de todos los géneros y cantamos y bailamos y reímos y contamos chistes y fraternizamos. Además, pude por vez primera desde aquel día, olvidar lo sucedido con L. Casi como si no hubiese pasado o como si Dios me hubiese perdonado sinceramente y hubiese quitado de mi alma el peso de mi pecado. Me sentí liberado. Esto es por lo que bebe P. y E. y todos, pensé.

Cuando la luz del sol entró por las ventanas E. y P. se despidieron. Habíamos hecho esto muchas noches (con P. y E. o la que estuviese en turno). P. iría a la habitación con su mujer. Yo desplegaría el sofá y dormiría en la estancia.

Al atardecer desperté. No había ruido. P. y E. debían continuar dormidos. Me levanté y me senté el sofá. Había sido una buena noche, sí. Bueno, ¿y ahora? P. y E. no podían estar conmigo toda la vida ni yo podía estar borracho toda la vida. Algo habría que hacer. Pensé en telefonear a L. pero hace casi semana y media que dejó de coger las llamadas. Se limitaba a llamar ella y sólo para mantenerme al tanto del divorcio. Fui al sanitario a orinar. Cuando salí vi a E. en la estancia. Escombraba la mesa. Le ayudé. Gracias, dijo y me sonrió. ¿Y P.?, pregunté. Roncando, jua, contestó E. Pero fue mentira. Acto seguido, le vi venir por el pasillo. Entró al sanitario. Le escuchamos orinar. Salió y fue a la cocina. Cogió una cerveza del refrigerador y nos dijo: ¿qué tal anoche, eh?, nadie pensó que P. tuviese tanto ritmo, ¿no? E. le abrazó y le besó y dijo que era genial. Yo no dije algo. Deseaba quedarme en casa de P. para siempre. ¿P.?, le dije, ¿puedo coger una cerveza yo también? P. me palmeó y me dijo: claro, tonto, puedes coger todas las cervezas que quieras, todos los cacahuetes que quieras y todo lo que quieras, Dios, es tu casa. Le agradecí y cogí una cerveza. Cuando estuve en el refrigerador pregunté a E. si quería una también. Claro, tonto, quiero una cerveza con limón  y cacahuetes y un cigarrillo. ¡Y un cigarrillo!, exclamó P. ¡Pero si tú no fumas! ¡Y qué!, gritó E. riendo a carcajadas, como si hubiese contado el chiste más gracioso de su vida y P. también río. Los miré una fracción de segundos y también reí. Se abrazaron. Bueno, me acerqué a ellos y los abracé y realmente deseé ser su hermano o algo, quedarme con ellos para siempre, que esto durara para siempre y no tuviese que saber de L. del modo en que ahora debía saber de L. Todo lo que L. significaba en mi vida ahora me jodía, me jodía mucho, Dios, era verdad y no podría hacer nada para remediarlo excepto quedarme aquí, en el apartamento de P., con P. y con su novia E.

Fuimos todos al comedor y nos instalamos en sendas sillas, justo como anoche, como hace doce o trece horas (ahora era de noche otra vez porque dormimos durante todo el día) a beber. Lo primero que hacíamos siempre, y que hicimos aquella tarde, fue contar la cerveza que había disponible en el refrigerador y hacer cálculos de todo lo que beberíamos el resto de la noche y juntar el dinero de todo ello contando los cacahuetes y limones y cigarrillos y todo lo que necesitaríamos para estar ahí y no salir dos veces, porque no queríamos salir dos veces a la fía y dura noche. Una  vez hecho el cálculo y juntado el dinero, del que P. y yo solíamos poner la mitad cada uno, fuimos a comprar diez litros de cerveza y doce cervezas Pacífico de a tercio y tres cajas de Delicados y un kilo y medio de limón y dos de cacahuetes enchilados. Mientras tanto, E. escombraba la mesa y la estancia y alimentaba a los gatos. 

Una vez las compras hechas, metimos las cervezas al refrigerador (no había otra cosa) y colocamos los limones y los cacahuetes y cigarrillos en sobre la mesa. E. Había dejado todo listo, incluso había lavado nuestros vasos de la noche pasada y los había escarchado y preparado con los limones que sobraron. Cuando todo estuvo listo, E. encendió el estéreo y P. echó llave a la puerta del apartamento y nos metimos una vez más a nuestro mundo, del que no queríamos salir nunca más. Y reímos y cantamos y bailamos y contamos chistes y nos emborrachamos mientras todos allá fuera tenían trabajos y divorcios e hijos y abogados y pensiones y desempleo y jaquecas y pendientes para mañana y negocios y dineros en el banco y televisiones y zapatos nuevos y coches y computadoras y cremas para afeitar y deudas y perritos y esposas y dioses a los que rezar y seguros médicos y rompimientos con sus parejas y miedos y angustia y prisa por hacer todo ello.

No quería salir allá afuera, Dios, no, no, no.








  

6 comentarios:

  1. 'Uno no puede andar vivo por ahí después de algo así.', excelente texto........

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  2. Me gustó la historia, es tremenda, indolente y desolada.

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  3. Me gustó la historia, es tremenda, indolente y desolada.

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  4. Salmoneo Gutierrez se me va a convertir en adicciòn y ello porque siempre estoy leyendo parcialidades suyas y pensando en que es lo que vendrà, cuando lo lea de nuevo. Es en realidad un leer por entregas y lo curioso es que me agrada mas que tener el libro en mi velador y abrilo solo en ocasiones.

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  5. Hola, me gusta el texto. Sin embargo considero importante el golpe dramático. Saludos

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