viernes, 14 de noviembre de 2014

El bar.

Texto por: Raphael Dómine. 

Petrozza era amargo cómo el agua quina. Pero a pesar de ello, encantaba mucho de ir a ese tal bar de Ele.  Portillo decía que Petrozza ya estaba viejo y que si nos citaba allá era exclusivamente para no sentir que los treinta habían llegado.


                Hasta esa noche concebía el bar cómo algo indiferente. Solo existían tres tipos de cerveza: Tecate, Indio y Dos Equis. Ninguna terminaba por convencerme. El precio era accesible para ser un bar de zona rosa.

No sucedía lo mismo con la comida, para mi gusto su precio era terriblemente alto, para lo que comías y podías por decirlo de algún modo saborear.
Allí estábamos una vez más reunidos la mayor parte de La pelusa. Parce, Erín, Petrozza, Portillo,  la poeta Fantomas, un tío llamado Hugo y por supuesto yo.
                A diferencia de otras ocasiones el lugar estaba a tope. La típica música de los grandes había sido remplazada por una odiosa banda de algo que después nos dijeron era Dark Roll. Todo el mundo parecía conocerlos, menos nosotros. Atendimos a escucharlos primero porque ya estábamos allí y segundo porque no había mucho más que ver.


                Lo único bueno de la banda era la baterista. Comúnmente nadie le da la importancia real al trabajo de un bataco; sin ellos la banda es en si nada.

Aquella chica tenía los senos casi ausentes, usaba una bandana verde en la cabeza y gafas de pasta bien a lo hípster. Me parecía linda. A lo que voy es que bien solo podríamos quedarnos con ella y sería un éxito. Era una showman.

II


Petrozza tenía un departamento muy bien ubicado en la colonia Roma. El lugar no era feo, podíamos siempre poner la música que se nos hinchara y, claro, la cerveza en la tienda era mucho más barata que en cualquier bar, por lo tanto bebíamos más con mucho menos pasta  y con la mayor comodidad.
                Tiempo después de la primera banda llego Lucas, otro amigo de Colombia que partía de regreso a su patria al día siguiente. Venía muy bien acompañado con tres litros de Don Ramón.
Habíamos pasado la noche bebiendo Tecate, comúnmente me era indiferente lo que tomáramos, pero esa noche ya estaba harto de ese maldito refresco amargo. Si hubiese sido león, pacifico o Heineken la cosa hubiese cambiado. Pero mi estado anímico me encontraba ajeno al lugar, a las personas, a ese estilo de vida tan de mierda.

En algún momento de la noche pensé en irme pero estábamos casi toda la pelusa reunida excepto, claro, el Pibe.

                Fue entonces que se lo dije a Petrozza: ¿por qué te gusta venir acá?


                Dejamos de ir a tres gallos cuando este se llenó de gente. Cuando la rockola no dejaba de poner canciones la noche entera. Cuando Sergio nos echaba por ser los únicos clientes en más de tres horas entre semana. ¿Y nos venimos a este lugar repleto de Gilipollas?



Supongo que mi pregunta le tomó por sorpresa. Meditó un rato, tratando de encontrar algún argumento convincente  y después de mucho dijo que la cerveza siempre estaba fría, que nos trataban muy bien, nos regalaban alitas de vez en cuando y que no era un lugar tan caro.

                Algunas semanas atrás mientras bebíamos en el depa, Erín y yo argumentábamos las grandes ventajas de beber en casa. Probablemente sonábamos muy huraños o demasiado flojos como para no querer salir a pagar más por cerveza a por lo menos diez cuadras de distancia.
                Petrozza creyó que sus argumentos me habían convencido y bebió un trago que desplomaba su más fuerte argumento: nos habían traído una caguama al tiempo. Trató de no vomitarla, simulando que nadie había mirado el penoso incidente. Al dejar el vaso en la mesilla encontró de nuevo mi rostro preguntando: ¿por qué te gusta venir acá?

III

Tiempo más tarde partimos a casa de Petrozza con las ansias de matar esos tres litros de Don Ramón. Paramos en la tienda para comprar refrescos, más cervezas y nos fuimos.
                Una vez instalados dentro del apartamento. Erín comenzó a poner la música. Las risas brotaron de nuevo, el tequila se fue consumiendo aún más rápido que los escasos cigarros, y las voces de los otros por fin no se perdían con el ruido rosa de una banda de pseudo rockstars.
                Una vez entonados todos, volví a preguntar a Petrozza aquello que ya le había preguntado dos veces y por fin dijo: bueno, tampoco es que me guste tanto el bar de Ele, pero acá en mi casa bebo siempre.



Texto por: Raphael Dómine. 

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