domingo, 5 de octubre de 2014

Por el placer de joder.


Le conocí en un bar en la Glorieta de los Insurgentes. Iba vestido casi como un pordiosero, cosa que noté porque era muy notorio (aunque yo no distaba mucho de su facha y era el menos indicado para juzgar). Nos miramos a los ojos antes de que Alex se decidiera a ocupar una mesa. Eligió la mía. No me pregunten por qué. Soy un jodido imán de locos y pordioseros. No hicimos preguntas. Como si fuésemos amigos de hace muchos años, nos pusimos a beber.

Alex era poeta. Llevaba una vieja y sucia libreta llena de palabras, tachones y manchas de café y cerveza. Yo llevaba una vieja libreta llena de palabras, tachones y manchas de cerveza. Intercambiamos libretas. Nos concomeremos a través de nuestras literaturas, dijo. Me recordó la frase de una película de Jorodowsky, donde un dos hombre se conocen a través de la música. Es probable que Alex esté parodiando, pensé. Leí cinco poemas suyos. Eran poemas cortos, afortunadamente, y no me atreví a juzgar si eran buenos o malos. Él leyó la mitad de un texto mío (mis textos eran mucho más largos que sus poemas). Dijo: Conozco a los de tu clase. Yo dije: Ya. Dimos un trago de cerveza al mismo tiempo, sin dejar de mirarnos los ojos. La cerveza era  cerveza. Yo bebía de un vaso que me había traído Sergio; Alex bebía de la botella, una botella de litro y doscientos.

Cuando separamos nuestras miradas me preguntó quiénes eran mis poetas hermanos. Enlisté a Lizarde, Vallejo, Calderón… Me detuvo. Dijo: Esos no son poetas hermanos. Tenía conceptos raros sobre la literatura y la lectura. Llamaba poetas hermanos a aquellos poetas que al leerlos no se puede evitar sentir un lazo con ellos, de hermandad, aunque hayan muerto hace cien años. Según él, los poetas por mí citados no podían ser poetas hermanos, sino poetas ideales, es decir, poetas que quizá a uno le gustaría ser, o haber sido, o asemejarse a ellos siendo uno mismo en cuanto a fama y reconocimiento. Pero no hay un lazo de hermandad con ellos. Hay, más bien, una admiración y cierta envidia. Lo pensé un minuto. Dije: Ya. Rilke. ¡Eso!, exclamó Alex, Rilke es un poeta hermano. Y Keats. Y Rimbaud, añadí. ¡No!, me detuvo, Rimbaud es un genio. No se puede establecer ningún vínculo con un genio. Sólo un genio podría establecer un vínculo con otro genio. Sólo Victor Hugo podría decir de Rimbaud que es un poeta hermano. Di un trago a la cerveza. ¿Qué hay de Góngora?, pregunté. Es un poeta estatua, respondió Alex. Un poeta estatua es aquel que se cita en libros de texto gratuito, que se reconoce como máximo exponente de alguna corriente literaria, y, muy probablemente, hay una estatua con su cara. Ya, dije. ¿Bolaño?, pregunté. Poeta hermano, respondió. ¿Baudelaire? Poeta ideal. ¿Whitman? Ermitaño. El poeta ermitaño es aquel que crea cosmovisiones a partir de la incomprensión de la cosmovisión de su tiempo. Se diferencia de los otros porque no se puede establecer un lazo de hermandad con un ermitaño (él mismo no desea establecer lazos con alguien), ni se desea ser él o como él, ni es precisamente un genio, otro genio no podría ser poeta hermano de un poeta ermitaño; en general, un poeta ermitaño no crea lazos con absolutamente nadie (ni siquiera con sus lectores). No puede ser un poeta estatua, porque, teniendo una cosmovisión diferente de las cosas, el gobierno no le desea citar en libros de texto gratuitos, y si lo hace, cita los poemas peores del poeta, aquellos donde no dista demasiado de la cosmovisión general, la que desean inculcar a los estudiantes. ¿Jalil Gibrán? Exótico. Un poeta exótico es aquel que, como el ermitaño, posee una cosmovisión diferente, pero no vive dentro de esta visión, usualmente le viene en sueños proféticos, o lo que él considera sueños proféticos, por entregas, como novela por folletín, y no se encuentra en ellos en su vida diaria, no va al monte ni al mar, quizá, continúe viviendo en su casa de burgués, encerrado en su habitación, teniendo todos esos sueños proféticos, y quizá se vuelva loco, pero no será un ermitaño. Nadie puede establecer hermandad con un exótico, ni siquiera otro exótico, porque cada mundo profético creado por ellos es único y subjetivo. No son genios, pues el genio es objetivo. No son ideales porque nadie quisiera estar loco, aunque se diga que sí, o se crea que ya se está loco. No son estatuas, casi por el mismo motivo que no son estatuas los ermitaños. ¿Pablo Neruda? Pablo Neruda no es poeta, dijo Alex. Pertenece al gremio del falso mesías. ¡Un sofista! Un hombre que sabe acomodar palabras para hacerlas entrar en el estrecho cerebro de las mujeres y enamorarlas. Ya, dije.

¿Y qué clase de escritor soy yo?, pregunté. Alex suspiró. Un desencantado, dijo casi como si le pesara decirlo. Ya. ¿Y? Y nada más, dijo. Acto seguido, dio el último trago a la cerveza (el último antes de que se vaciara por completo), se levantó y se fue. Pensé que nunca más volvería a verlo.

Pero regresó pasados treinta minutos. Yo había pedido otra cerveza. No hacía algo, sólo me estaba ahí, bebiendo y mirando el techo o al suelo o a los pocos clientes de Tres Gallos. Volvió a colocarse en mi mesa y sacó de la bolsa un billete de cien pesos. Ten, dijo, no soy un gorrón. Ya, dije tomando el dinero y embolsándomelo. Llenó mi vaso y cogió para él la botella. No hablamos demasiado en adelante. Nos limitamos a beber. En ocasiones le descubría mirándome de reojo. En otras, me miraba directo a los ojos y me sostenía la mirada por varios segundos. Hubiese sido incómodo de no ser porque no me importaba. Ordenamos más cerveza. En algún momento no tuvimos más dinero para comprar más cerveza. Alex dijo: vamos a mi casa, tengo licor. Ya, dije.

Se justificó conmigo por el cuarto: Alex Vago vivía en un cuarto de azotea de la colonia Doctores, aunque se paseaba todo el tiempo por la colonia Roma. No tenía empleo ni la mínima intención de tenerlo. El cuarto lo había alquilado por una cantidad casi risible. A pesar de ello, llevaba más de cinco meses sin cubrir el alquiler. El dueño de aquel cuarto no vivía en México. Eso facilitaba las cosas a Alex. Entiendo, dije.

Bebimos un licor de maguey que Alex había recibido como regalo de una poetisa duranguense después de que la poetisa vino a México y se acostó con Alex (al menos eso dijo, aunque Alex no era el tipo de hombre que podrías imaginar con alguna mujer). No es mezcal, anunció Alex sin que yo preguntase. Era una botella de cristal sin etiqueta, con un licor transparente dentro. Su olor era penetrante. Temí perder la visión después de beber eso, pero no quise ser grosero con Alex ni contrariarlo. Yo sabía que era mezcal. ¿Qué clase de poetisa es aquella que te regaló el trago?, pregunté. Alex no contestó. Estaba de espaldas a mí, buscando cosas, no sé, se movía por el cuarto y al parecer hacía muchas cosas, aunque en realidad no hizo nada. Cuando al fin volteó a mirarme, dijo: no lo sé, no había pensando de ese modo en ella. Bebimos unos pocos tragos antes de caer rendidos, como muertos, por la embriaguez del licor.

Al atardecer abrí los ojos. Me encontraba recostado sobre la cama, una cama individual con un colchón delgadísimo. No supe cómo llegué ahí, aunque supuse que en algún momento Alex se ofreció a cederme el mejor sitio. Descubría a Alex echado sobre el suelo, acurrucado como un perro viejo y muerto de hambre, pegado a una de las paredes del cuarto. Pensé en avisar a Alex que estaba en pie, pero me detuve. Decidí husmear antes de despertarlo. No había mucho que husmear. Algunos libracos sueltos por toda la pieza, libretas viejas y manchadas llenas de palabras, un par de trastos, los restos de alguna borrachera reciente, un par de zapatos y de pantalones, una toalla roída, una bola de ropa sucia, no muy voluminosa, un escritorito diminuto, una bolsa plástica con pan de sal dentro y nada más. Abrí la puerta del cuarto y salí. Afuera, el sol se metía y el húmedo viento se paseaba inocente, arrastrando consigo, en las alturas, nubes aborregadas, grises pero no amenazadoras, y la luna, pálida, se anunciaba sacando una punta de sí, como una bailarina nudista que se anuncia sacando apenas la pierna de entre el telón. De ello concluí que mi amistad con Alex sería placentera, sin intenciones malsanas, aunque vaga, corta, efímera quizá, y llena de misterios.

Alex se acercó a mí por detrás. Dijo bostezando: ¡buen día, poeta! Yo dije: buena tarde. Alex me palmeó la espalda. Eres un desencantado, no cabe la menor duda, sentenció. Luego dijo que debíamos regresar a Tres Gallos porque tenía algo que deseaba mostrarme y deseaba hacerlo al calor de cervezas bien frías. Pero si vinimos aquí porque ya no tenemos dinero, pensé. No te preocupes por dinero, dijo Alex. Salimos del cuarto sin ducharnos y sin mudarnos de ropa. Me di una idea de por qué Alex tenía tal aspecto. Nada aseguraba que tuviese acceso a una regadera.

Llegamos a Tres Gallos más o menos a las siete de la tarde. Entramos y ordenamos cerveza. No sé cómo, Alex traía un billete de cien pesos. No fue el único en toda la noche. A la cuarta cerveza sacó del bolsillo una fotografía. Me la estiró. Era la fotografía de una mujer bastante guapa. Fue mi esposa, dijo Alex. Ya, dije. Le devolví la fotografía. Me pareció exagerado de su parte traerme a Tres Gallos sólo para mostrarme aquello. Sin embargo, estuvo bien, pagó la cerveza del resto de la noche y cuando no hubo más dinero en sus bolsillos regresamos a su cuarto a continuar con el licor que la noche anterior no habíamos terminado. Durante ese tiempo hablamos poco. De trivialidades.

Durante esta segunda velada me contó la historia de su ex mujer. La olvidé casi toda, estaba demasiado borracho y cansado para prestar atención. Recuerdo vagamente que hubo un intento de suicidio de parte de Alex y una demanda de parte de la mujer. Creo que también hubo un aborto, o un niño muerto, no sé. No recuerdo el nombre de la mujer. La fotografía era todo lo que Alex poseía de su vida pasada. Era uno de esos objetos importantes y significativos en la vida de un hombre. Dijo: si perdiera esta fotografía, no sé qué haría, no lo sé, no sé, Dios. Sentí calofrío. Lo dijo con tanta desesperación que no puede evitar un sentimiento de repulsión.

En algún momento de la noche pregunté a Alex si podía venir a vivir con él. Dijo que sí. Por supuesto, no lo haría. Sin embargo, mi instinto de supervivencia miraba en el cuarto de Alex, un cuarto sin alquiler, una puerta de emergencia en caso de que la vida me patease el culo más de lo acostumbrado. Uno nunca sabe.

Volví a despertar sobre la cama. Esta vez, el cielo estaba despejado y la luna apenas se dejaba ver, más pálida que el día anterior. No había viento. Alex sacó la cama fuera, era un camastro, un cacharro horrible, aunque práctico, y lo colocó al ras del edificio, como un camastro de rico en un jardín de azotea. Nos recostamos sobre esa cosa y nos pusimos a mirar al cielo en busca de estrellas. Encontramos dos estrellas, no más. Alex habló con soltura. Alex daba chupitos al licor, que parecía nunca terminarse. Era bastante fuerte para beber más de cuatro tragos, sobre todo si se venía de Tres Gallos. Me pasó la botella pero ya no quise beber más. Le dije: tú eres mi poeta hermano. ¿Cómo?, preguntó. Sí, dije, además de Rilke, tú eres un poeta de la categoría Hermano. Alex sonrió, me abrazó y dijo: tú eres un jodido desencantado. Me palmeó la espalda. Fue un momento sentimental. Luego de eso, me habló de cómo es que se hizo poeta. Esta historia es la siguiente a la historia de su ex mujer. En algún momento tuvo dinero, casa, empleo, pero cuando su ex mujer le abandonó se convirtió, gradualmente, en esto que ves tú, dijo señalándose a sí mismo. Lo dejó todo y se dispuso a escribir. Alex Vago tenía 47 años.

A la media noche no quedaba nada más de licor y Alex estaba hecho una cuba. Metí el camastro a la habitación. Eché a Alex encima a empujones. Le cobijé. Husmeé por última vez su habitación. No encontré nada que me asombrase encontrar en el cuarto de un poeta pobre de la ciudad de México. Eché una mirada a Alex. Roncaba. Me acerqué a él y saqué de su bolsillo la foto de su ex mujer. La guardé en mi bolsillo. Ni siquiera la miré, hubiese podido ser otra fotografía y no lo hubiera notado. Pero no había más que una fotografía en el bolsillo de Alex Vago, en el cuarto de Alex, en toda su vida no había nada más que esta puñetera fotografía. Eché la última mirada a Alex y salí del cuarto. Me largué decidido a no volver a verle. Le jodí sólo por el placer de joder.








4 comentarios:

  1. contundente......!

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  2. Me recordo en algunas partes a los Detectives Salvajes. Sin embargo, nunca he creido en encasillar a un escritor o a una obra, en otras. Es un relato muy meritorio...

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