domingo, 19 de octubre de 2014

Cualquier otro día.


Solía encerrarme en alguna habitación de hotel a pensar en mi vida. Al menos, eso es lo que decía que hacía cuando alguien me preguntaba dónde había estado los últimos tres días. Tenía veinte años y vivía en casa de mis padres, con mis padres y mis hermanos menores, así que no podía encerrarme en la habitación de mi casa a pensar en mi vida, porque una familia numerosa sacrifica siempre la privacidad. Además, no podía hacerlo porque antes de estar solo en la habitación de un hotel, lo pasaba con alguna prostituta que pagaba con el dinero que mi padre me daba para continuar mis estudios. Cursaba un diplomado en Prostitución. Me aficioné a acostarme con prostitutas por dos razones. La primera es muy sencilla: prefería pagar por sexo que liarme en intrincadas batallas por acostarme con alguna chica de la universidad que me gustase y yo no a ella. Las prostitutas no siempre eran guapas, pero sus carnes siempre estaban bien dispuestas. ¿Por qué no cazas y asesinas con tus propias manos la res que comes, la desuellas y la partes en trozos y deshuesas en vez de comprar en el mercado un kilo de bistec para asar, muerto, desollado, deshuesado y aplanado? Por la misma razón yo no cazaba a mis presas. Las compraba. Luego de acostarme con alguna de ellas, quedaba solo en la habitación, hundido en mis pensamientos, que, por aquel entonces, oscilaban entre las ganas de emprender una carrera literaria y el suicidio. Intenté suicidarme una vez pero no vale la pena hablar de ello. Todos los intentos de suicidio son lo mismo: un fracaso. Cuando se fracasa en quitarse la vida ya no se puede fracasar en nada más. Cuando se fracasa en ello se comprende que en realidad no se deseaba quitar la vida y que todo lo que deseamos con la suficiente fuerza, por consecuencia, llega tarde o temprano; no vale la pena gastar energía y tiempo en lo que no deseamos verdaderamente. ¿Por qué hube que comprar rosas a Lidia y pagarle cenas en restaurantes si en el fondo no la amaba? Al final me acosté con ella y me dije: hubiese sido más sencillo pagar por sexo.

Durante un tiempo, fuera ya de la universidad, dejé de frecuentar las calles en busca de chicas. Luego, me ennovié con Luz. Una mañana desperté a su lado y me pregunté: ¿ésta es la mujer que el destino me depara? Para despertar con Luz todas las mañanas le tiré rollo, le invité a cenar, le escuché y le prometí amor. A cambio obtuve una vida indeseada (me llevó a vivir a su casa). La terminé y volví a las calles y a los cuartos de hotel. Al menos estas mujeres no quieren casarse conmigo, pensaba. Al menos estas mujeres no abren la boca si no es para tragarse el semen de mis cojones, y no dicen: vamos a cenar a Elks, anda, ¿sí?, ni tratan de explicarte su modo de ver la vida o la última novelita de Spota que se leyeron en el metro. Estás mujeres no están contigo cuando las necesitas, cuando fallece tu madre o cuando te diagnostican, pero están contigo cuando más lo necesitas, cuando te has enterado del fallecimiento de tu madre y necesitas vaciar los testículo de tanto dolor e ira,  o cuando te han diagnosticado y no te queda más sentido en la vida que beber y follar y te das cuenta que en realidad, nunca hubo más sentido en la vida, todo pasa, todo desaparece, todo es nada.

Me quedaba en cama, a veces con algo de licor que comprara antes de subir al cuarto con una ramera, a veces con un libraco de Kierkegaard o de Descartes. No es presunción. He olvidado a Kierkegaard y a Descartes y si me leía sus libros es porque aún creía que leer sirve de algo. Soy un desgraciado que ha leído. No por ello sufro menos que cualquier otro desgraciado, ni por ello se me van las ganas de asesinar y de follar. Nunca he matado a alguien, sin embargo, quizá un día lo haga porque ello no significa nada. No mentía cuando decía que pensaba en mi vida en esos cuartos. Lo hacía. Esto no me satisfacía ni me tranquilizaba. Pensar en mi vida me volvía aún más susceptible. Constantemente tenía los nervios alterados por mis preocupaciones económicas: no tenía empleo ni un quinto y mi padre había amenazado con echarme de casa si no hacía algo. También, por el licor que bebía desde que salía el sol hasta que volvía a salir, en intervalos, como las comidas de un fisicoculturista. Fumaba treinta cigarrillos al día. Además de beber y acostarme con chicas, de perderme dos a cuatro días continuos, debía graduarme de la universidad. Mentía constantemente a los profesores excusando mis inasistencias y mis trabajos no entregados. Algunos me creían o se apiadaban de mí, es igual, y logré salir adelante. Me gradué con honores porque a pesar de mis inasistencias, al momento de presentarme a examen, lo hacía bien. No sé de dónde sacaba las respuestas. Basta que tomase una clase para que se me pegara en el seso de que iba la materia y hasta hiciera conjeturas atinadas. También, aprendí la fórmula de quien hacía los exámenes: a, c, c, c, e, a, b, d… Siempre la misma secuencia de respuestas. No eran muy inteligentes después de todo. La universidad pública es tan sólo un protocolo estandarizado de educación estéril para las masas. Más vale no asistir. Cuando terminé los estudios, me vi libre. Pude estudiar en serio. Me leí a los griegos y a los psicólogos y a los filósofos franceses y alemanes. Ellos también tenían su fórmula.

En una ocasión subí al cuarto con una niña de dieciocho años. Le pedí permiso para pegarla mientras me lo hacía con la boca. Se negó. Le ofrecí más dinero. Lo tomó y la  abofeteé inmediatamente. Hizo puchero pero se aguantó el llanto. Se arrodilló ante mí y mientras me lo hacía yo a veces la jalaba de los cabellos, la separaba de mí y la pegaba. En algún momento dijo: no más, por favor. La pegué por última vez, con mucha fuerza. Se tiró al suelo a llorar. Cuando se levantó dijo que ya no podía seguir. Le exigí me regresara el dinero. Como no quiso la tumbé sobre el suelo y se lo hice. Me corrí en su cabeza, esparciendo mi semen por todo su cabello con la mano. Cuando se fue azotó la puerta. Aquella ocasión me quedé en el cuarto con el temor de que regresara con su proxeneta. Me torturaba haciendo ideas en mi cabeza de que vendrían a pegarme por haber abusado de la niña. Si escuchaba pasos por los pasillos me decía: son ellos, Dios, son ellos, van a apuñalarme y moriré en este cuartucho de hotel barato por haber sido tan imbécil de pegar a una niña prostituta. Casi al amanecer me quedé dormido. Nadie vino.

Después de ello dejé de ir a la calle porque me conseguí una parejita de veinte años (yo tenía veintitrés años y un título universitario, pero no tenía empleo. Vivía en la colonia Nopalera, en un cuarto que me alquilaba una anciana pobre por ochocientos pesos mensuales, mismos que cubría tan solo en parte y cada que podía, gracias a la compasión de mi padre, quien estaba harto de mí y de mi estilo de vida). La conocí en una vecindad del Centro donde podías entrar a beber sentado en las escaleras de la misma; un lugar a espaldas de la Catedral, entre el museo de la caricatura y el Templo Mayor. Cuando nos vimos la primera vez estábamos borrachos. Nos fuimos a la calle y lo hicimos entre una camioneta y unos arbustos. Volví a encontrarla la semana siguiente. A partir de esa semana, volví a verla cada semana en las esclareas, en punto de las nueve de la noche, borracha y dispuesta. Nunca le pregunté su nombre.

En algún momento la veinteañera dejó de ir a la vecindad y regresé a las filas. Lo dejaba y volvía como un adicto a la heroína, siempre con la promesa de que sería la última vez y en adelante sentaría cabeza y eso. Como cada vez tenía menos dinero, cada vez me acostaba con mujeres más baratas, que eran las más feas y las más viejas. Ni si quiera ofrecían el servicio de cuarto. Cobraban cuarenta pesos por una chupada, sesenta por meter la polla y cien si querías estar con dos chicas a la vez. Además de ello, les regateaba. Llegaron a chupármelo por quince pesos. Todo eso había que hacerlo debajo de un puente vehicular, o en las escaleras de los pasillos subterráneos de la calzada de Tlalpan, o detrás de la llanta de algún tráiler. Ahora debía sentarme en la banqueta de una calle oscura, a pensar en mi vida. Los cuartos eran un lujo que no podía darme. Para beber me iba a la Glorieta de los Insurgentes a pedir a los vagos traguitos de aguarrás. Cualquier cosa con tal de embriagarme. No soportaba la sobriedad. Repetía para mis adentros las palabras de la Biblia: “Da bebida fuerte al que está pereciendo, y vino a los amargados de alma. Bebe y olvídate de tu pobreza, y no recuerdes más tu aflicción”. (Proverbios 31, versículo 6 y 7). Creía en los vagos como los hombres más cercanos a Dios.

Ya no podía hablar con mujeres. Cualquier mujer que miraba se me antojaba para el sexo; odiaba su conversación. Si hablaba con alguna, pensaba: ¿a qué hora vas a quitarte la ropa? ¡Ya cállate! Ninguna conversación me atraía. Ni la de los hombres ni la de las mujeres, pero sobretodo, repudiaba la de las mujeres. No soportaba sus tonos chillones de voz ni sus ideas sobre la belleza. No hay una sola mujer, por fea que sea, que no crea en la belleza de las mariposas. Yo pensaba: pisotearía a todas las mariposas del mundo con tal que las mujeres dejaran de aludirlas. Por este hecho, no podía establecer una relación sentimental con alguna. Siempre tenía prisa que se desnudasen y me lo chupasen a la primera cita. Si se negaban, las consideraba idiotas. A veces me acercaba a alguna mujer en los parques, alguna que estuviese sentada en una banca. Me sentaba a su lado y les hacía conversación. Les tocaba los muslos con cierto disimulo. Si no mostraban alguna señal sexual, me levantaba y las maldecía mentalmente. Algunas llegaban a enfadarse. Si lo hacían me iba, no quería problemas. En los bares me acercaba a las mujeres solas o a las que venían acompañadas, cuando se quedaban solas, y les proponía hacerlo, directo y sin tapujos. Por ello recibí bofetadas, reclamos y amenazas de sus novios. Sin embargo, había algunas, pongamos una de cada diez, o dos de cada diez, que aceptaban. Mientras más bajo sea el bar, más posibilidades hay de que las chicas busquen lo mismo que tú. Aprendí esta técnica como modo de supervivencia porque ya no tenía dinero para pagar ni siquiera a las viejas y porque las viejas tienen las bocas secas. Pude acostarme regularmente gracias a este tipo de recolección nómada. Esta desesperación es consecuencia de la prostitución. Quien se acuesta con prostitutas por un largo periodo de tiempo, perderá toda sutileza. Las prostitutas acaban con la ambición de los hombres. Nada vale un esfuerzo. Ninguna mujer vale un esfuerzo. Todas sirven para una sola cosa. Sus caras no valen nada, lo que vale es su sexo. No importa si son feas o guapas, te correrás de cualquier modo. El pene es ciego a la belleza.

Sufría depresiones constantemente. Las depresiones son el síndrome de abstinencia de los adictos a beber y follar. Si se deja la bebida se cae en la realidad. Créeme, si bebes y follas con prostitutas constantemente, no querrás ver la realidad. Harás cualquier cosa para vivir alejado. Tu única meta será acostarte con alguien y echar un trago. Es una meta diaria. No hay más ambiciones. El mundo puede acabarse mañana, qué más da. Durante las depresiones no salía de mi habitación, me quedaba en cama. Recordaba las palabras de Pascal, de cuando escribió en sus Pensamientos: “Todo el sufrimiento del hombre consiste en que el hombre es incapaz de quedarse quieto en su habitación”. Me quedaba quieto hasta tres días, sin salir casi de cama, excepto para orinar o defecar y para comer pan de sal y beber agua. Estas eran mis purgaciones. Cuando me encontraba mejor dispuesto, la necesidad de volver a salir al mundo me llenaba y me impulsaba. Lo necesitaba. Había que ir a beber y a follar, y aunque me había propuesto no acostarme más con prostitutas, no era el día hoy en que iba a empezar a cambiar, Dios. Eso podría ser mañana, o cualquier otro día.  






18 comentarios:

  1. Isabel Paula Sánchez García20 de octubre de 2014, 8:57

    Me gusta el estilo, el contenido y el personaje, me repugnan.

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  2. muy muy desagradable pesimo morbo NO DEBERIA ESTAR .NO ME NOTIFIQUEN DE ESTO !!!!

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    1. me acerco a lo que expresó lola hace 10 años!! no con tanto énfasis, es morboso,pero está bien construido , rasgos de inmadurez no mitigados con el tiempo, y de un macho que no se encontró.

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  3. Fernando Vázquez Letipichía20 de octubre de 2014, 9:07

    muy bueno

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  4. initeresante Relato corto...Bièn escrito...hay estilo...

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  5. Este relato me parece propio de un enfermo mal nacido, atenta contra la dignidad humana y deberia ser juzgado por tales hechos, es repugnante....
    La gente que maltrata deberia estar en la carcel y no alardeando de sus canalladas.

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    1. Fmc sos un amargo.....!!

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    2. Lo que no soy es un degenerado.

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  6. Miguel Angel Montoya20 de octubre de 2014, 9:13

    La narración fluida y atrapante, con un tema que viaja y se alimenta en los impulsos humanos, eroticos, depresivos y adictos, el cual insertado en el perfil de un personaje X, el contenido se entiende y obliga.

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  7. Pobre niña ... pero el dinero y la perversión suelen ser mas fuertes si hay necesidad

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  8. Elrincon de Baudelaire20 de octubre de 2014, 9:25

    Será que todo tiene su precio?

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  9. Me recuerda mucho el estilo de Charles Bukowsky , leí los comentarios abajo y hablan de que esta dañado y bla bla....yo creo que es interesante ver el mundo en diferentes perspectivas.

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  10. Excelente contenido, te atrapa y te obliga!!

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  11. Annelore Neufeld Navarro21 de octubre de 2014, 16:12

    El personaje es muy desagradable, pero el escrito como tal, es interesante.

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  12. Me parece bien narrado., las debilidades del ser humano salen a relucir con bastante precisión, y como todos los humanos., hay debilidades y hay fortalezas...Cada quién decide como resolver sus necesidades...

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  13. Insultan al autor, pero solo es un reflejo de los que somos todos, del mundo que vivimos y de una realidad que aunque ustedes la ofendan no los hace mejores ni la modifica

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  14. Ernestina Martinez Rosales2 de noviembre de 2014, 19:07

    Cosificas a la mujer, da asco.

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