sábado, 13 de septiembre de 2014

Tres borrachos en una habitación.


Tres borrachos. Sufrimientos de P. y M. Víctimas de una reciente separación. Consejos inútiles. Trucos mentales para olvidar a un amor. Acordamos que hemos bebido demasiado y necesitamos descanso. ¿Veinte horas bebiendo cerveza, whisky y ron? M. sugiere el vómito. P. presenta una objeción. Noción original aprobada por razón de dos a uno. Estamos sentados en mi habitación, charlando de lo malo que nos encontramos. Malos desde un punto de vista moral, naturalmente (ha habido riñas, actos vergonzosos, rechazos).

      Todos nos sentimos enfermos, lo que nos pone bastante nerviosos. P. dice que a veces le vienen mareos tan extraordinarios que apenas sabe dónde está, y después M. dice que él también sufre mareos extraordinarios y apenas sabe dónde está. En mi caso, lo que no funciona es el hígado. Lo sé porque acabo de leer una prescripción médica y los síntomas que se describen sobre el mal funcionamiento del hígado son exactamente los que yo sufro. Aunque parezca extraordinario, jamás he leído una prescripción médica sin que me convenza de que yo sufro los síntomas y padezco la enfermedad. El diagnóstico parece coincidir, sin excepción y exactamente, con todas las sensaciones que he sentido alguna vez en la vida.  Recuerdo una ocasión en que, estando en la sección médica de una biblioteca, cogí un tomo y abrí al azar en la descripción de una enfermedad, pongamos la fiebre del heno (no recuerdo el nombre exacto de la enfermedad). Antes de llegar al final supe, irremediablemente, que la había contraído y me fui a casa a recostarme y a pensar en cómo sería mi vida ahora en adelante, y en qué y cómo se lo diría a mi madre. En si tendrían que internarme, si Madre podría pagar los cuidados médicos o debería sufrir como perro de calle la enfermedad, sin ningún tipo de cuidado clínico; en si Madre podría soportarlo y cuidarme hasta el día de mi inevitable muerte. Entones me pregunté cuánto tiempo me quedaría de vida y qué debía hacer en ese tiempo. Traté de examinarme. Me tomé el pulso. Al principio no sentí ningún pulso. Después, de pronto, me pareció que echaba a andar. Saqué el reloj y lo medí. Ciento cuarenta y siete pulsaciones por minuto. Traté de sentirme el corazón. No sentí el corazón. Había dejado de latir. Con el paso del tiempo fui inducido a la opinión de que tenía que estar ahí y de que tenía que estar latiendo, pero no puedo asegurarlo. Me palpé todo el frente, desde la cintura hasta la cabeza, un poquito por cada lado y un poquito por la espalda. Pero no oí ni sentí nada. Traté de mirarme la lengua. La saqué todo lo que pude, cerré un ojo y traté de examinarla con el otro. Sólo alcancé a ver la punta, y lo único que saqué en limpio fue convencerme con mayor seguridad que antes de que tenía escarlatina, una enfermedad de la que había escuchado hablar dos días antes en un anuncio de televisión preventivo sobre la escarlatina. 

     Había entrado a aquella sala de lectura como un hombre sano. Salí de ella como un hombre deprimido y decrépito, con enfermedades.


2

El primero en vomitar es M. El segundo yo. P. se resiste al principio, pero lo hace, y cuando termina de hacerlo dice que se siente liberado. M. dice que él también se siente liberado.

Para hacerlo, hubo que ir por un cubo a la azotea. Ni M. ni yo quisimos ir. P. dijo: iré yo. Luego dijo: M., quítate la chaqueta y dámela. A mí me dijo: tú sostendrás la puerta para que no se cierre mientras estoy fuera.

Así es P. Siempre dispuesto a aceptar personalmente el peso de todo el trabajo para depositarlo después sobre las espaldas de los demás. Me recordó a mi tío K. K. era un hombre que hacía girar el mundo a su alrededor cada que él aceptaba la responsabilidad de algo. Por ejemplo, si llegaba a casa un cuadro nuevo y había que colgarlo, decía: "yo me encargo". Lo primero que hacía era mandar a mi tía L. a la tlapalería a por clavos. Luego, tras examinar mejor el cuadro, su peso y tamaño, mandaba a mi primo N. a alcanzar a su madre y decirle que los clavos debían ser de tal medida y no de otra. A mí me decía: hijo, creo que será necesario usar la escalera; me enviaba por ella a la azotea, pero cuando caía en cuenta que yo era demasiado pequeño para hacerlo pedía que le sostuviera el cuadro mientras se acercaba al pasillo de las alcobas a gritar a mi otro primo, el mayor de sus hijos, que trajese la escalera con urgencia. Entonces, tras mirarme un par de segundos, encontraba algo qué hacer para mí: en el segundo cajón de la izquierda, en el garaje, me decía, hay un martillo. Tráelo. Y se quedaba allí, en mitad de la sala de estar, observando el cuadro y el sitio donde lo pondría mientras se sobaba la barbilla y hacía conjeturas. Al final debíamos agradecer al tío K. que haya puesto el cuadro y que gracias a sus habilidades podamos gozar de él. Si otro tío o cualquier otro adulto le preguntaba, se esmeraba en recrear lo complicado que le fue colgar el cuadro y lo mucho que tuvo que hacer para lograrlo. No daba crédito a nadie.

M. cede la chaqueta a P. y yo sostengo la puerta. P. está a punto de salir. Antes, pregunta dónde está exactamente el cubo y se lo digo. Duda. M., dice, tú sostén la puerta. Me hace un ademán para que le siga. Guíame, exclama. Subo las escaleras delante de él. Antes de llegar a la azotea, se detiene. Espera, dice, ahora vuelvo. Le veo bajar. No le espero, el cubo está cerca, no vale la pena, voy hasta él. Cuando regreso, P. ha encendido un cigarrillo. Para el frío, dice, pero ya es tarde. He subido yo mismo por el cubo, sin chaqueta y sin cigarrillo. P. alza los hombros. Exclama: bueno, aquí tienen su maldito cubo. Como si él…

Entramos a la habitación y vomitamos por turnos. Es una suerte que haya traído el cubo, exclama P. una vez satisfecho. Le miro de reojo sin decir nada. No ha devuelto la chaqueta a M. y ya no lo hará en toda la noche.


3

Decidimos salir de la habitación a la apertura del transporte público e irnos a casa de S. y T., un par de chicas que conocimos anoche mismo y nos invitaron a una ida a acampar. Partirían de su casa muy por la mañana, así que debíamos llegar lo antes posible y partir con ellas en su automóvil.

M. propone tomar un pesero en la esquina de la calle, hasta el metro, coger el metro, transbordar y coger un pesero más. P. y yo no estamos de acuerdo, preferimos caminar al metro y caminar saliendo de él. Las distancias son medianas, pero M. no quiere perder un segundo, le aterra la idea de ir hasta allá y no encontrarnos con las chicas. Le gusta S. ¿Qué pasa si no están?, pregunta. P. alza los hombros. Dice: conozco un lugar barato a la vuelta de la esquina de casa de S. y T. P. siempre conoce un lugar a la vuelta de la esquina donde se puede conseguir algo económico en materia de bebida. Me supongo que si uno se encontrase a P. en el paraíso (si eso fuese posible), P. le saludaría inmediatamente diciendo: me alegra verte por aquí, camarada. He encontrado un lugar a la vuelta de la esquina donde ponen la cerveza a quince pesos. En este caso, la solución de P. no satisfacía a M. Llegamos a un acuerdo: P. y yo abordaríamos peseros si M. pagaba nuestros traslados. M., de mala gana, aceptó.

Una vez arreglado el asunto, sólo faltaba determinar quien iría con cuál chica. P. deseaba a S., lo mismo que M., aunque no lo suficiente para molestarse si no la veía y debía, en vez de ello, beber en algún sitio, sin mujeres. A mí también me gustaba S., porque era, de ambas, la hermana más bonita. P. aceptó dejar camino libre a M. si éste aceptaba pagar sus cervezas una vez llegados al campamento. M. tuvo que estrechar la mano de P. porque sabía que P. era mucho más envalentonado con las mujeres y llevaba las de ganar en un enfrentamiento de este tipo. Yo no quise discutir. Me contenté pensando que S. y T. llevarían a otros chicos y chicas y alguna de ellas habría de gustarme. Frecuentemente lo hacía: ceder las chicas más guapas a alguien más y contentarme con las chicas solitarias, con las que nadie quiere acostarse. Entre ellas descubrí que pueden llegar a ser personas maravillosas y uno podría enamorarse de ellas de no ser por su poca aceptación social.


4

Empecemos por el desayuno, dice M. P. sugiere comer un par de chocolates en barra que miró en mi habitación la semana pasada cuando se quedó aquí tras la borrachera que cogimos en casa de E. Nada de chocolate, sentenció M. Estuve acuerdo. En una ocasión M. y yo comimos chocolate en un estado similar al que nos encontramos ahora y no paramos de vomitar y de gemir y de cagar. Aquella vez me convencí que yo era alérgico al chocolate y me vi morir en poco menos de dos horas. Los síntomas del envenenamiento, en general, son vómito y diarrea. Me había envenenado. Se lo dije a M. junto con mis últimos deseos y se burló de mí mientras se apretaba la panza, tirado sobre el suelo, como un hombre que está a punto de parir por la boca, y gemía y reía al mismo tiempo. Aprendimos a no ingerir chocolate como desayuno tras una borrachera.

      En cuanto a otras opciones, M. sugiere huevos con jamón, que son fáciles de preparar y no hacen daño, y poder acompañarlos con salsa o cebolla o jitomate, pero no con queso, porque el queso, lo mismo que el chocolate es demasiado exigente, contiene lácteos y te hace vaciar el estómago por todos lados. Les advierto que no hay comida en el refrigerador. Ninguno quiere salir y comprobarlo.

      Retoman el tema de sus mujeres. Intercambian impresiones sobre lo que es tener una relación formal con una mujer. Se quejan. Se consuelan. Les escucho sin decir nada porque nunca he tenido una relación formal. Mientras hablan me dejo llevar por el sueño.


5

Fue la señora R. quien nos despertó al día siguiente. La Señora R. es mi madre. ¿Sabe usted que son la una de la tarde en  punto, señor? Me dijo con los brazos en jarra, desde la puerta. ¡La una en qué!, grité incorporándome sobresaltado. La una en punto, repitió, creo que se les han pegado las sábanas. Acto seguido, se fue.

Desperté a P. y le informé. Me dijo: ¿no pretendías partir a la apertura del transporte público? Claro que sí, respondí. ¿Por qué me has despertado? Ahora no vamos a llegar al campamento de S. y T., no comprendo para qué te molestas en despertarme. Suerte has tenido de que te haya despertado, contesté, si no lo hubiese hecho hubieses dormido quince días. Dedicamos los siguientes cinco minutos a escupirnos lindezas de ese estilo hasta escuchar un ronquido de M. y caer en cuenta de su existencia. Él, el más interesado en ver a S. roncaba sobre el suelo como un puerco.

Por alguna razón que no alcanzo a comprender, la visión de otra persona dormida cuando yo estoy despierto me pone furioso. Me parece vergonzoso ser testigo del desperdicio de las preciosas horas de la vida de un hombre, esos momentos inapreciables que nunca recuperará, dedicados al sueño embrutecedor. Y allí estaba M., dilapidando con horrenda pereza los dones inestimables del tiempo, malgastando su valiosa vida sin utilizar los innumerables segundos de que tendría en su momento que dar cuenta, sin ocasión de atiborrarse de huevos con jamón, de molestar al perro, de flirtear con la vecina, allí tumbado y sumergido en un olvido que atenazaba el alma. Temblé de sólo pensarlo, y parece que P. pensó lo mismo que yo. Nos dispusimos a salvarle, y nuestra noble decisión nos hizo olvidar nuestras rencillas. Nos lanzamos sobre él, le jalamos los cabellos, P. le golpeó con una zapatilla, yo grité con la boca pegada a su oreja y M. se despertó. ¿Qué demonios pasa?, preguntó M. incorporándose. Levántate, pedazo de alcornoque, dijo P., son la una y cuarto. ¡Cómo es posible!, chilló M.

Fuimos a desayunar la comida que la señora R. compró para nosotros. Aún podemos alcanzar a S., decía M. Sé dónde está la zona de acampar a la que fueron, una vez mi padre y mi madre me llevaron cuando niño, no es complicado encontrarlas una vez estando en la zona de acampar. La comida era pollo asado. Ya déjalo, decía P., no importa, ahora podemos ir al bar de Ruíz, en la calle 52. Está abierto desde las diez de la mañana y… No, no, decía M., no hace falta más que coger un camión en la central, nos dejará muy cerca de la zona de acampar; llegaremos en menos de tres horas y podremos pasar el fin de semana con S. y T. P. y yo nos miramos un segundo. Bueno, dijo P., ¿sabes?, la idea no es mala, ¿ves?, sin embargo, lo que es yo (aquí me echó una mirada), no cuento con dinero suficiente para pagar esa transportación y la bebida que supondría ir a acampar tres días con las chicas y… Ni yo, interrumpí abruptamente. M. nos miró a uno y a otro intermitentemente. P. comía su pollo con calma, como quien conoce la certeza de un cambio positivo en su vida. M. detuvo la mirada en mí. Alcé los hombros. Lo siento, dije, es así, yo no…

M. tampoco tenía dinero suficiente para pagar los gastos de todos, quizá, ni siquiera para completar los suyos.

  Terminando la comida nos fuimos a la vuelta de la esquina, a un bar que conocía P. donde le daban fiado el ron y el vodka.





5 comentarios:

  1. Extraño argumento y singular redacciòn. Similar o anàlogo a la literatura existencial y debo reconocer su calidad. Me ha gustado. Feliz fin de semana.

    ResponderEliminar
  2. He disfrutado siempre de las narraciones de estos talentosos escritores, y es un placer que los podamos disfrutar en el Grupo...Gracias por compartir....

    ResponderEliminar
  3. UNA MUJER N LA OLVIDAS IN UNA BORRACHA SIEMPRE LA LLEVAS EN TU MENTE O EN TU CORAZON JEJEJ JAJAJAJ.THE SABIDURI

    ResponderEliminar
  4. Salmoneo me da un salmón que me da salmonela y una salmodia de ebrios.

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com