domingo, 3 de agosto de 2014

Ron de Caldas.


El poeta Mauricio Arcila bebe el último trago de la botella. La botella contiene ron. Un ron que Arcila ha traído desde Colombia. Toda la noche lo ha presumido; es un poeta colombiano radicado en DF, y ha dicho: es el mejor ron que van a probar en toda su jodida vida. Petrozza ha asimilado el comentario como una broma, como algo positivo, algo chusco. Sin embargo, al resto, no le ha parecido que Arcila debiese decir algo así. Le perdonan: Arcila es un poeta colombiano venido a Df, y un borracho pendenciero, igual que Petrozza; les perdonan todas sus sandeces porque ellos son así. Así, quiere decir que Petrozza y Arcila están públicamente licenciados para burlarse en la cara de las personas, para decir lo que piensan (generalmente piensan puras borrachadas pesimistas, agrias y cínicas), para emborracharse y pregonar su adicción al alcohol y otras sustancias, para no pagar las cuentas, para declamar a las mujeres los poemas más obscenos, para quejarse del gobierno y de cualquier situación política, en el más amplio sentido de la palabra, para decidir qué beber, dónde, cuándo, a qué hora, con quién, y un largo etcétera que los coloca, increíblemente, en un elevado papel social; al menos, dentro de la sociedad de los poetas y escritores de su círculo de poetas y escritores, al que llaman La Pelusa Roma. Es un papel que se han granjeado gracias a una larga resistencia y a una constante batalla en contra de todo.
     
      La botella ha sido bebida, casi en su totalidad, por Martin Petrozza y Mauricio Arcila; los demás han sido convidados pero han rechazado, con excepción de un trago (para quitarse de encima la insistencia de Arcila). Les gusta el ron. No les gusta la forma en que Arcila y Petrozza beben y en que Arcila dice: es el mejor ron que van a probar en toda su jodida vida, ni el modo en que ríe Petrozza y apoya a Arcila en todo, ni cómo éstos dos se entienden bien y hacen de la reunión una reunión de dos; crean un mundo de camaradería elitista, porque, en realidad, sólo ellos dos caben en dicho mundo. Solo ellos dos, y cualquiera que tenga el valor de declararse públicamente un borracho pendenciero, cosa que muy pocos están dispuestos a hacer frente a las chicas. Las chicas, por supuesto, quedan exentas de la posibilidad, si quiera, de entrar al juego de los poetas. Son chicas. No beben más de la cuenta, no rondan las calles de la colonia de madrugada, no beben en bares de mala muerte, no escriben textos horribles y beligerantes sobre todas las cosas que ven y les conmueven, o que ven y les seducen, o les importan un pito. No usan la palabra pito. No beben ron, ni están dispuestas a escuchar que es el mejor ron que van a probar en toda su jodida vida. Lo que más desean en este momento es irse. Dejar a los patanes y adentrarse a las dulces mieles de sus efímeros sueños de princesas, recostadas en los lechos de sus alcobas. No son unas princesas, pero eso no es algo que van a confesar delante de Arcila y de Petrozza. Su preocupación más grande es no ser violadas. Todo el tiempo están al cuidado de ello. No salen solas. Se citan con amigos de confianza. No san su número a desconocidos. No beben hasta perderse. No separan las piernas más de lo necesario.

      Antes de la botella han bebido cerveza, en casa de Arcila, a donde fue convocado Martin Petrozza; es la primera vez que Petrozza visita la casa de Arcila, en la colonia Condesa, en avenida Nuevo León. Ha ido a pie. Le ha llovido durante el trayecto. Ha comprado cigarrillos durante el trayecto. Ha fumado tres cigarrillos. Le ha acompañado su novia, la editora y promotora cultural Simona F. Juntos, han llegado a casa del poeta colombiano sin ninguna esperanza. Simona sabe de antemano que en todas las veladas de Petrozza llega, más tarde o más temprano, inevitablemente, el fracaso. El fracaso quiere decir: Petrozza molido y tirado, o Petrozza gritando que todo es absurdo y cruel, o Petrozza cagado de los calzones, o embarrado al culo de alguna otra chica. Petrozza en sus momentos más bajos. La parte más oscura y deprimente del viejo Petrozza. Aquella parte que se empeña en mostrar en sus textos, rechazo tras rechazo.

      Antes de la llegada de las chicas, los poetas y Simona F. escuchan música. Es uno de los discos grabados por Arcila, en su natal Colombia, hace cuatro o cinco años, cuando era vocalista de un grupo de Black Metal. Algo para taparse los oídos, desde la perspectiva de Simona, pero algo totalmente melodioso y bueno, según Petrozza, quien antaño también fue fanático de la música Metal y de los grupos satánicos. En el video hay imágenes de muerte, de oscuridad, de paganismo, y una chica desnuda, que es, siempre, lo que más interesa a Petrozza.

      Cuando las chicas llegan, apagan el video. Las chicas son cuatro. Dos de ellas hermanas. Anteriormente han salido con Arcila y con Petrozza y han vivido buenos y malos tiempos; el más significativo, la noche en que Arcila pegó a Leonel, un payaso que quiso seducir a Mariana en la cara del poeta, a sabiendas que el poeta la cortejaba hace tiempo. Petrozza detuvo a Arcila. Petrozza es un hombre duro, pero al mismo tiempo, un pacifista. No propicia ni justifica la violencia a menos de ser necesarísima. Para Petrozza, los pleitos por mujeres no valen la pena al grado de pegarse, porque mujeres hay muchas y ninguna (excepto su amada Simona F.), es completamente fiel. La mayoría de las mujeres, según la experiencia mundana del escritor, son interesadas, cachondas, desubicadas, histéricas, histriónicas, acomplejadas, hipocondríacas, desequilibradas, y un sinnúmero más de adjetivos parecidos, que no mencionaré por respeto al género femenino, pero que Petrozza divulga y, paradójicamente, atren a las féminas a involucrarse con él y con sus modo de vida antisocial (lo cual comprueba, de cierto modo, que Petrozza tiene razón). Otra, es amiga de las hermanas y también ha vivido con La Pelusa de la Roma más de un par de aventuras a la luz de una luna borracha. A la cuarta y última no la han visto nunca antes, es amiga de la tercera, y no hay nada que decir sobre ella, excepto que encaja perfectamente en el concepto femenino del viejo Petrozza, donde encajan todas las mujeres, más a fuerza unas que otras (excepto su musa inspiradora, Simona F.).

      Son las once de la noche. Mauricio recibe la llamada de un viejo colega, un artista visual que no pertenece a La Pelusa de la Roma, pero al que desean incluir, si de deja, a ella. Le invita a una fiesta. La fiesta es en Campeche, en la colonia Roma. Mauricio anuncia la invitación a los presentes. Todos aceptan. Incluso Simona, que prefiere largarse a casa, dejar a Petrozza en su borrachera y dormir toda la noche y gran parte de la mañana, cosa que disfruta hacer más que nada en la vida. Mauricio responde que irán, pero al saber la situación: siete personas (dos hombres y cinco mujeres), el anfitrión de la fiesta se retracta: no puede, o no desea, recibir a tanta gente en su casa. Las mujeres se deprimen. No lo pueden creer, pero es así. Petrozza y Arcila no se sorprenden, están acostumbrados al rechazo y les importa poco. Tienen cerveza. No les importa nada más.

      Ante el rechazo general de las presentes a la negativa de salir de casa de Arcila y hacer algo más interesante, el poeta anuncia que tiene un regalo para todos. Las hermanas no se sorprenden, están seguras que se trata de churros de marihuana. Simona desea que no se trate de churros de marihuana. Petrozza sabe perfectamente que un regalo de un amigo como Arcila sólo puede ser una cosa: alcohol, o dinero para comprar alcohol. El regalo es alcohol. Una botella de ron traída desde Colombia. El mejor ron que van a probar en toda su jodida vida. Nadie se entusiasma, excepto Petrozza. Arcila deja la botella sobre la mesa y cuenta la historia del ron, que es una historia pobre y sin fundamento. Un ron Bacardi tiene más historia. Sin embargo, no es un ron Bacardi. No. Es un ron de Caldas. Es un ron fuerte. Es un ron perfecto para los poetas porque es dulce y agrio, engañoso, y muy pendenciero. Arcila sirve caballitos de ron a las mujeres. En primera instancia lo rechazan. Arcila trae un vaso con agua y lo acerca a ellas. Les dice que beban un trago de agua y antes de pasar el agua, se empinen el caballito de ron. Mariana es la primera en hacerlo. Hace muecas. Luego, exclama que el ron es dulce y está bueno. Las otras chicas no quieren probarlo. Petrozza hace buches con un trago de cerveza y les arrebata un caballito. Bebe el ron combinado con cerveza. Exclama: está bien. Simona le dice que por amor a Dios no beba ron con cerveza porque es ella quien soportará los malestares y la borrachera. Petrozza se excusa so pretexto de la alta finura del ron, cosa que por supuesto no tiene idea y no le importa. Las chicas, poco a poco, comienzan a probar el ron. También, poco a poco, comienzan a dejar los caballitos sobre la mesa o la repisa o sobre el estéreo. Conforme la noche avanza, Petrozza los descubre todos y los bebe. Le sorprende encontrarse caballitos de ron por toda la casa, pero no hace demasiadas conjeturas.

      En algún momento de la velada, Petrozza y Simona se alejan. Asoman sus cuerpos por una ventana y charlan sobre cualquier cosa. Detrás de ellos, Arcila seduce a Mariana. La lleva aparte y se besa con ella. Las chicas restantes hablan entre sí. Una de ellas saca de su bolso otro bolso, uno más pequeño. Lo abre. Dentro hay una hierba, parecida a la marihuana, pero a la que llama rush. Pregunta si alguien sabe qué es el rush, o cómo lo describiría, porque ella, bueno, se lo dieron, no lo ha probado, o lo ha probado muy poco. Nadie sabe qué es el rush, ni les interesa. La chica guarda aquella hierba en el bolso, que guarda en el otro bolso, y se calla. Los poetas están ocupados. Las chicas bailan y eligen canciones en el ordenador. Beben poco.

      La noche pasa sobre las cabezas de los poetas. El alcohol también. Los trastorna. Arcila habla con las chicas. Les recita poemas oscuros. Las chicas no lo toman a bien. Desean irse. La cerveza se termina y se van. Se excusan. Se levantan. Arcila las acompaña a la puerta de salida.

      Simona y Petrozza quedan solos. Se besan. Se prometen amor. Se abrazan. Se comprenden en silencio. Son polos opuestos, pero se aman. Petrozza es adicto. Simona es pura, está limpia, y a pesar de ello, comprende y entrevé cierta nobleza en el escritor.

      Arcila regresa. Ha tardado más de quince minutos. Ha acompañado a las chicas al coche y se ha besado por una vez más con Mariana, debajo de un árbol, en la oscuridad.

      Simona se despide. Caerá dormida sobre el sofá. La noche es de los poetas. Ponen música Metal y bailan al son de los compases cincompados. Poco más tarde, cuando no hay ron ni cerveza ni luna, Petrozza para y se despide.  

      Arcila les despide al pie del edificio. Simona y Petrozza caminan a la primera luz del día. En casa, hacen el amor sobre el suelo. Al terminar, Simona trae un cubo de plástico. Si Petrozza tiene necesidad de vomitar, puede hacerlo en el cubo. Esto es la Pelusa de la Roma. Esto es Petrozza en una borrachera. Esto es el amor de Simona. Esto es Whisky en las rocas.





3 comentarios:

  1. Marlon Rodriguez Marrugo3 de agosto de 2014, 22:49

    Soy de colombia y en realidad nunca me gusto este trago, aunque el texto esta bueno.

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  2. Chicomeaxayacacihuatl Adriana De Los Siete Rostros3 de agosto de 2014, 23:01

    Más bien son rocas en el whisky... me gustó.

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  3. ¡Ningún ron como este! ¡que viva Manizales y oléééééééé!

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