domingo, 17 de agosto de 2014

No lo hagan sobre el suelo.



No solía escribir en casa, lo hacía durante el tajo, pero aquella noche estaba muy inspirado (lo que eso signifique); cogí un par de cervezas, un par de cigarrillos, una libreta y un bolígrafo y me puse a escribir una historia. La cosa salía por sí sola. Me gustaba cuando ocurría porque podía escribir un par de textos de corrido y al finalizar quedaba exhausto, como si hubiese hecho el amor a tres chicas o así.

También, aquella noche, era sábado y la gente estaba inspirada, aunque de otro modo, vamos: a las once sonó el timbre y no quise bajar a abrir, pero insistieron mucho. Temí que fuese mi ex mujer porque eso significaría gritos y reclamos. Tanto de mi parte como de la suya, da igual.

Era Harold, un pelmazo de un empleo pasado. Hola, dijo. Dios santo, Harold, hola. Alzó el brazo y sonrió. Traía consigo una caja con doce cervezas. A que te apetece una, ¿no?, exclamó. Harold, querido, Dios, por supuesto que me apetece. Entonces…, titubeó Harold. Vale, venga, sube, sube. Subimos a mi apartamento. Nos instalamos en sillas a la mesa. Destapamos un par de cervezas y bebimos en silencio. Tenía la cabeza embotada en mi historia. En algún momento Harold miró la libreta y dijo: ¿escribes? Joder, Harold, te lo he dicho desde que te conozco: escribo, soy escritor. Pensé que trabajas en S & S, dijo. Dios, sí, también hago eso, pero ello no significa nada, hombre, soy escritor principalmente. ¿Te pagan?, preguntó. Maldita sea, pensé, aquí vamos una vez más con el rollo de la literatura y la paga. No, hombre, no me pagan. Déjalo, exclamó Harold, como si fuese un maldito sabio de la vida, o un vidente con capacidad de advertirme que no valía la pena mi esfuerzo porque nunca sería un escritor reconocido, o como si no entendiese muy bien lo que significa escribir. Claro, querido, lo dejo ahora mismo, ¿ves? Cerré la libreta y la eché al sofá. Voló por los aires. Ahí va mi carrera y mi futuro, pensé.

Petrozza, dijo Harold. Sí, Harold, ¿qué pasa? No sé, contestó, dímelo tú. Le miré a los ojos. Exhalé el humo de la última bocanada de cigarrillo. Te pasa algo, hermano, no puedes mentirle a Harold, dijo. Me asombré. Ahora resulta que Harold puede intuirme y se refiere a sí mismo en tercera persona. Vale, dije, si Harold quiere saberlo… se lo diré. Pero… debes estar de acuerdo en que fuiste tú quien preguntó, no yo, y si cuando lo haya dicho te arrepientes de haberlo escuchado, no me jodas a mí, habrá sido tu maldita culpa por… bueno, por fisgón. Los ojos de Harold saltaron. ¿Qué pasa, Petrozza?, me preguntó acercando su redonda cara a la mía. Le puse la mano en la frente y se la agarré. Lo acerqué aún más a mí, y le dije: s-o-y  h-o-m-o-s-e-x-u-a-l. Estoy enamorado de ti, Harold, querido. Estuve a punto de darle un beso, pero se hizo atrás tan desesperadamente que casi se cae de la silla. Se levantó y gritó: ¡no es cierto!, ¡no tú!, ¡no! Asentí lentamente con la cabeza, una y otra vez, una y otra vez. ¡Harold, me encantas, Dios, no sabía cómo decírtelo, Harold! El pobre Harold era capaz de tragarse el cuento más inverosímil. Aunque fuese homosexual, no me fijaría en él porque era un pelmazo feo y retrasado. Me levanté de la silla y lo acosé. ¡No, Petrozza, tú no, tú no!, gritaba Harold mientras se alejaba de mí. Vale, le dije, ya siéntate, no es verdad,  idiota, estoy jugando. Pero Harold ya no podía creer en mí. Estaba muy consternado. Quería ahondar en el tema, casi como si, secretamente, le gustase saber que yo…

Otra vez sonó el timbre. No sé por qué, pero Harold se ofreció a bajar y abrir. Me pareció buena idea. Si es mi ex mujer, le dije, di que no estoy, que he salido, o lo que sea, que llevas esperándome una hora, o lo que sea, pero por amor a Dios no la hagas subir ni permitas que se escabulla hasta acá arriba, Harold. Harold Asintió con la cabeza. Es que deseo estar a solas contigo, amor, le dije en tono de puta. Chasqueó la boca y bajó. Cogí una cerveza mientras tanto.

Escuché pasos y risas venir por la escalera. Dios, no, pensé, no hoy. Reconocí la risa de mujeres. ¿Quiénes serán?, me pregunté. Bueno, era Bobby con un par de chicas. Me saludó efusivamente. No me moví mientras él me abrazaba y reía y me presentaba a sus amiguitas. Así las llamó, dijo: te presento a un par de amiguitas, ¿okey?, ella es Jes y ella es Jos. Se carcajeó. Jes y Jos, se carcajeó de nuevo (venían bebidos). Las chicas también reían y se movían y todo eso. Estaban buenas, sí. Las saludé de beso y casi me comen la boca. Ya, dije, vale, ¿qué quieres de mí? Una de las chicas sacó de su bolso una botella de whisky. Bobby dijo que podíamos bebernos esto en tu casa, papi, dijo Jes, o Jos, no sé. Bobby me abrazó. Venga, Petrozza, he traído una para mí (señaló a una de las chicas)… y otra para ti (señaló a la otra chica). La chica que me correspondía me sonrió. Dijo: Bobby me ha contado de ti, eres escritor, ¿cierto? No sé, respondí. Harold se acercó a mí, dijo: muy bien, Petrozza, espero que con esto me demuestres que lo de hace rato fue una broma. ¿Qué cosa?, preguntó la chica de Bobby. Harold se arrepintió de haberlo dicho, no deseaba ventilar mis intimidades, aunque era imbécil y ya lo había hecho. Di dos pasos atrás. Verán, chicos, dije, hace cinco minutos acabo de confesar a Harold que s-o-y  h-o-m-o-s-e-x-u-a-l. Las chicas se llevaron las manos a la boca y rieron. Bobby me miró atónito. Me agarró la cabeza y me dijo: ¡no, tú no, Petrozza, tú no, amigo! Asentí lentamente con la cabeza. Las chicas se cuchicheaban. Harold me abrazó y dijo a Bobby: yo también se lo he dicho: ¡Petrozza no, él no! Vale, éste es Harold, dije a Bobby. No lo había presentado. Se saludaron con la mano. Luego las chicas saludaron a Harold.

Se sentaron en sendas sillas, destaparon la botella, encendieron cigarrillos, rieron y contaron chistes y se olvidaron de mí. Harold se acercó a la chica que me correspondía. Le habló y todo eso, pero no era bueno con las mujeres y ella le dio esquinazo en cuanto pudo, disculpándose para ir al sanitario. Se levantó y fue hasta mí. Guapo, dijo, ¿dónde puedo vaciar el tanque? Mascaba chicle. ¿De dónde las habrá sacado Bobby?, pensé. Estiré la mano. Segunda puerta a la derecha, contesté. Se quedó frente a mí un par de segundos antes de reaccionar. Me miró y dijo: ¿quieres acompañarme?, qué tal si me pierdo, papi. Piérdete, exclamé. Dios, no quise decirlo, me salió del alma. Frunció la boca y exclamó: ¡ash!

Bueno, cogí un vaso y me preparé whisky en las rocas. Total. Lo bebí a lado de Harold. Bobby estaba muy ocupado besando a Jes o lo que sea. Petrozza, me dijo Harold al oído, tienes que ser honesto conmigo, hombre, dime la verdad, tú… realmente… Carajo, Harold, le interrumpí, no soy homosexual, Dios, es una broma para joderte el seso y volverte loco, es todo. Harold me miró directo a los ojos, en busca de la verdad. Abrí los ojos y me acerqué rápidamente. Harold pegó un brinquito. Idiota, le dije, ya te digo que es mentira, cabrón.

La chica del sanitario llegó. Se paró frente a Harold y frente a mí. Dijo: un pelmazo y un joto, ¿qué hice para merecer esto? Lo dijo echándose atrás y cubriéndose la cara con la mano, dramáticamente. Bobby le escuchó. Se levantó. ¡Mi amigo no es joto!, exclamó, como si ella me hubiese ofendido en serio. Petrozza, me dijo, demuéstrale a Jos que no eres un jodido maricón. Calma, contesté, no es para tanto, si lo fuera, ¿qué habría de malo? ¡No lo eres!, gritó Bobby. Se lo tomaba muy a pecho. No le gustaba que una zorra llamara joto a un amigo suyo. Era demasiado hombre para ello. Incluso la homosexualidad de los otros, de sus amigos, le calaba hondo. Jos se me echó a las piernas. Intentó besarme. La rechacé. Se levantó y gritó: ¡Sí lo es! Harold se llevó las manos a la cabeza. Bobby me plantó cara. Amenazó con pegar a Jos si yo no la besaba. Jes gritó que dejara en paz a Jos. Todos estaban ebrios, excepto yo. Jos gritó: ¡tú amigo es un comeverga! Dios santo, eso sí me llegó. Podía soportar las palabras homosexual, gay, joto, puto, maricón, invertido… ¡pero comeverga! Me lancé sobre Jos y la besé. Cuando nos separamos del beso, le saqué las tetas del escote. ¡Dios santo!, exclamó. La cogí del brazo y a fuerza la llevé a la habitación. Dentro, ella sola, me bajó los pantalones y me la mamó. Antes que terminara la levanté, la aventé a la cama y la monté. Subí el vestido y ladeé la tanga. Fue algo muy excitante, debo confesar. Me corrí pronto. Cuando hube terminado me subí los pantalones y me volteé. Harold estaba mirando. Jos dijo: dame más, papi, ¡no te vayas! Miré a Harold y le eché una mirada de aprobación. Harold se mojó los labios. Se acercó tímidamente a Jos. La tocó muy despacio. Jos mantenía los ojos cerrados y la cabeza echada atrás. Harold se bajó los pantalones lentamente. Luego los calzones. Cuando estuvo a punto de penetrarla, Jos se alzó. ¡Auxilio!, gritó. Me acerqué a ella, a su oído. Le susurré: déjate, no te va a caer tan mal después de todo, ¿no? Ya no se quejó. Salí de la habitación. Fuera, Jes le hacía una mamada a Bobby en la sala. Bobby estaba de frente a mí. Me miró entrar y me llamó. Me acerqué a él. Me colocó a su lado y me incitó. Me saqué la verga y Jes se puso a tocarme y a mamarme intermitentemente. No es una mala noche después de todo, pensé.

De pronto todos estaban en la sala. Actuaban como si nada hubiese pasado, incluso Jos. Nadie volvió a decirme homosexual. Bebimos las cervezas y la botella. Un extraño silencio, como si todo se hubiese salido de control y nadie quisiera hablar de ello, o como si nadie recordase que hace menos de treinta minutos…


Pero pronto, volvimos a calentarnos. Harold fue el primero. Se acercó a Jos y la besó. Jos se dejó hacer. La manoseó en la sala. Tenía los pechos de fuera y Harold la tocaba y la chupaba desesperadamente. Jes exclamó. Se sacó las tetas ella misma y buscó la boca de Bobby. Yo quedé un poco fuera, pero en algún momento sentí la mano de Jes llamarme mientras Bobby le chupaba el pecho. Me acerqué a ella, de pie, y me tocó. Harold ya estaba de pie, con la boca de Jos en él. Bobby se quitó a Jes de las piernas y la aventó al suelo; se escuchó un golpe seco, creí que se había lastimado, pero desde allí se la chupó a Bobby. Mientras tanto, me tiré con ella y le acariciaba el pecho y el pubis. Harold y Jos se unieron a nosotros, sobre el suelo. Jos se colocó a cuatro patas y Harold la penetró. Los gemidos de Jos nos excitaban. Jes no aguantó más y se tumbó boca arriba para que Bobby la montara. Al mismo tiempo me chupaba los huevos. Bobby y yo quedamos de frente, muy cerca el uno del otro. Fue un momento incómodo, pero supongo que recordó que yo no era homosexual. Cerró los ojos para no verme la cara. Luego, Bobby y yo cambiamos de lugar. Esta vez con Jes a cuatro patas, yo penetrándola por la vagina y Bobby por la boca. Harold Estaba a punto de correrse y se corrió. Gritó como un loco y se echó al suelo y no se movió más. Jos no había tendido suficiente. Se acercó a mí y me besó el culo mientras se lo hacía a la otra, y me corrí. Cuando lo hice se me aventó y comenzó a chuparme hasta que logró una segunda erección. Sin embargo, era muy pronto y no llegaba a durar. Bobby había cogido a Jes por la cintura y se lo hacía de lado. Jos me decía: levántate, papi, o voy a pensar que sí eres maricón. Pero la cosa ya no funcionó y comenzó a llamarme maricón. Bobby y Jes la escucharon y se interrumpieron. Cogí a Jos por el cabello y la tumbé, para que no hablase y dejase a Bobby acabar en paz. Me coloqué en la posición de sesenta y nueve y nos chupamos lento y suave. Ella se corrió y yo pude levantar la cosa. Me cambié de orientación, la penetré desde delante, con sus piernas en mis hombros. Fue un sexo brusco.

Al día siguiente me dolían las piernas, las rodillas, el abdomen, la espalda, las palmas de las manos. No lo hagan sobre el suelo, Dios. No lo hagan sobre el frío y duro suelo.






1 comentario:

  1. tus textos siempre me generan algún sentimiento, repulsión, alegría, entusiasmo, tristeza, amor, risa, desesperación. no dejes de escribir, te mando muchos besos y abrazos (a que no adivinas quien soy)

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