domingo, 10 de agosto de 2014

Ella es así (Charly).


ELLA ES ASÍ (CHARLY)

Durante la primera hora Charly permaneció sola, lo que llamó mi atención y me atrajo porque realmente prefiero convivir con gente solitaria, así que me acerqué a ella (yo había permanecido solo el último cuarto de hora, bebiendo cerveza y mirando a la gente). Le dije, hola, soy Martin Petrozza, ¿y tú? Soy Charly, dijo. ¿Bebes cerveza? No, gracias. ¿Qué bebes entonces? Whisky, pero no hay. ¿Te apetece un whisky? Sí. Vamos. Salimos del departamento y fuimos al bar más cercano, en avenida Cuauhtémoc.

Ordenamos un par de copas. Charly se soltó a hablar con demasiada soltura. Eso es lo que necesitaba Charly, un empujoncito de whisky. Es lo que necesitan la mayoría de las personas. Me contó su vida, cosas personales. Siguió por la misma línea y me conmovió. Le invité cuantas copas quiso. Tenía un par de ojos negros y tristes, una sonrisa escuálida, bella hasta cierto punto. Cabellos negros y alborotados que la dotaban de un aire de locura o de rareza, no sé, y lo más importante: una actitud melancólica. Miraba de un modo que te hacía pensar en darle todo lo que llevabas encima, dinero, ropa, teléfonos, ofrecerle hospedaje, bebida, alimentos, todo con tal que no fuese a rajarse las venas en cuanto dejaras de mirarla. En ocasiones sonreía y era, como ya dije, casi bello. Esas sonrisas eran estrellas en el negro cielo de altamar. Había que seguirlas, buscarlas todas. Eso es lo que deseaba: sacarle sonrisas a Charly. ¿Por qué? Bueno, antes de acercarme a ella y de beber todos esos whiskies, había bebido nueve cervezas. Probablemente Charly pensaba en mí como en un tonto, pero yo no tenía tiempo de pensar en ello ni iba a detenerme por eso. Me estoy haciendo viejo, pensé. Antes miraba a una chica y no pensaba otra cosa que acostarme con ella. Ahora pienso en ayudarlas, protegerlas, amarlas de un modo casi paternal. Pero tengo treinta años, aún puedo acostarme con ellas de buena gana y chuparles el chocho sin sentirme un viejo comeniñas (incluso si lo son).

En algún momento Charly mencionó que tenía hambre. Le propuse ir a comer a un sitio de tacos en la Roma Sur. Aceptó de buena gana. Ordené la cuenta, pagué, salimos del bar, cogimos un taxi y llegamos. En el transcurso, Charly colocó su mano sobre mi pierna. Cogí su mano un par de segundos, no sé, y la separó. Pensé: no va a costarse conmigo. De cualquier modo pagué la comida. Pedimos tacos con mucha salsa y coca colas. Cuando estuvimos satisfechos le dije, ¿qué piensas hacer? ¿Hacer de qué?, respondió. Ahora mismo, ¿qué harás?, ¿a dónde irás? Me miró con su mirada, llena de súplica, Dios. ¿Quieres venir a casa?, pregunté. Frunció la boca. ¿Dónde vives? En Querétaro, respondí, a cuadras de aquí, podemos ir a pie. Charly asintió con la cabeza. Salimos del local y caminamos bajo la luz de una luna menguante y la luz eléctrica de los anuncios de publicidad. La luz de éstos nos daba de lleno en la cara. Carteles en para-buses, iluminando la vida nocturna de la Ciudad de México, sobre Insurgentes. ¿Quién mira la luna hoy en día? La luna no ofrece las últimas novedades de Adidas.

Busqué las llaves dentro de mis pantalones. Por un momento creí que las habría perdido pero aparecieron al instante siguiente del que lo creí. Abrí el zaguán con cierta torpeza. Hice pasar a Charly delante de mí. Le indiqué cuáles escaleras tomar. Ante la puerta del departamento, me adelanté. Abrí la puerta, esta vez con certeza. La dejé entrar antes que yo. Una vez dentro, exclamó: ¿dónde está el baño? Se lo indiqué y pasó. La escuché orinar con mucha fuerza. Cuando salió le dije, tienes un pis hermoso. ¿Cómo?, se extrañó. Nada, olvídalo, dije. Fuimos directos a la habitación.

La primera en desnudarse fue ella. Lo hizo con soltura, como si estuviese acostumbrada a desnudarse frente a hombres, o como si yo no fuese un hombre, ¿ves? Le dije, déjate los calzones, no es necesario. Alzó los hombros. Se los quitó y los colocó sobre la mesilla. Me desvestí excepto los calzones. Nos metimos a las colchas, boca arriba. Guardamos silencio. La primera en hablar fue ella. Dijo: ¿puedes prestarme algo de dinero si lo hacemos? ¿Prestarte dinero?, dije, no me friegues, si lo hacemos te lo quedas, es tuyo.

Al amanecer le di todo el dinero que había en mi cartera. Charly tenía la capacidad de hacer aquello, de llevárselo todo sin que lo notaras; por tu propia voluntad.


2

Dos semanas después, en una reunión de escritores en la colonia Roma, me enteré que Charly era conocida por algunos de ellos y la consideraban así. Les conté de mi encuentro con la chica. Dijeron: ¿cuánto te sacó? Nada, respondí. Vamos, insistieron, Charly es así, ¿cuánto le diste? Me sentí estafado. Hubiese sido mucho más honesto de su parte dejarlo claro: me acuesto por dinero, ¿y qué?

      Aquella noche no le saqué el número a Charly, no tenía modo de contactarla; me dije que la olvidaría y consideraría lo que pasó entre nosotros como una aventura sexual sin importancia. La cosa con Charly había estado bien, sin embargo, no era una chica por la que uno perdiera el seso. Podían atropellarla y no me importaba.

      Pero luego, dos o tres días más adelante, la encontré en Tres Gallos, un bar en la Glorieta de los Insurgentes. Iba con un hombre. La miré y pasé de largo. Me instalé lejos de ella. En algún momento, pasados treinta minutos o así, se acercó a mi mesa y me saludó. Hola, le dije, ¿cómo va tu nuevo cliente? ¿Cuál cliente?, preguntó asombrada. Dijo que el hombre con quien venía se había ido y me solicitó permiso para sentarse conmigo. Se lo di, por supuesto. Una vez sentada, fui directo al grano: no tengo dinero, si eso te molesta… puedes irte. Oye, dijo, ¿de qué vas? De qué vas tú, exclamé, como si no supiera que te acuestas con hombres por dinero. Charly no se espantó. Dijo: bueno, te lo han contando, ¿no? Ella sabía de mis relaciones con los escritores Oscar Durán y Andrea González. Estos dos se habían acostado con Charly por dinero en más de una ocasión.

      Charly tomó asiento y ordenó cerveza oscura. La pagó en cuanto la trajeron con un billete de cien pesos. Cuando le trajeron el cambio, lo rechazó. Dijo al mesero: ábreme cuenta, ya te iré pidiendo las cervezas. Cada cerveza costaba veinte pesos. La miré con aprobación. Dijo: disculpa, no quise hacer lo que hice la otra noche, ¿sabes? Alcé los hombros. Es igual, dije. No, no lo es, insistió Charly. ¿Por qué no lo es?, pregunté sin ánimo. No deseaba escuchar la triste historia de su vida una vez más, que va sobre las carencias afectivas en sus relaciones con hombres, etc. Lo pensó varios segundos antes de contestar: bueno, no lo sé con exactitud¡pero te aseguro que no es igual y no volveré a comportarme así contigo, no debes pagar por… por mí! Ya, dije, no me interesas, en todo caso. Charly se asombró. Era una chica con un atractivo muy peculiar; podía decirse que era muy bonita, aunque no lo fuera en realidad, no sé. Sonrió y dijo, así mejor, seremos amigos, ¿okey? No contesté. ¿No quieres?, preguntó realmente asustada. ¿Qué le asustaba?, ¿el rechazo? No entiendo qué clase de amistad tendríamos ni con qué sentido, dije. Charly se ofendió, lo sé. Al mismo tiempo, se tranquilizó mentalmente, suspiró y dijo, pues cómo quieras. Acto seguido, se levanto, se llevó su cerveza a otra mesa y se puso a beber sola.

      La observaba desde mi sitio, no voy a engañarlos a ustedes, con cierto celo y pocas ganas de ir con ella, de pagarle el trago, alimentarla y acostarme con ella por lo que sea que me sobrara de dinero después de hacer todo aquello. No pasaron quince minutos antes que alguien la abordara. No era el único que admiraba su belleza. Se pusieron a hablar y luego de veinte minutos se levantaron y se fueron. Sólo tomó tres cervezas de su cuenta. Yo bebí las últimas dos. Se las pedí a Sergio y aceptó dármelas porque me vio sentado con ella.


3

Durán me llamó y me invitó a una ponencia sobre poesía conceptual, en Casa Refugio, después de la cual existía la posibilidad de ir a su casa con algunos de los invitados a beber cervezas. La poesía conceptual no me interesaba en absoluto; prefería llegar directo a las cervezas en su casa. Cuando quedamos, me avisó que iría Charly. ¿Y qué?, exclamé. Pensé que debía decirlo, dijo. Es igual, dije, gracias, supongo.

      Charly llevaba el pelo más alborotado que nunca. Pasó una hora antes que alguno de los dos se acercara al otro. La miré un par de veces antes de acercarme a ella. Cuando estuve seguro que no venía con alguien, la intercepté camino al sanitario. Le dije, bueno, tengo cien pesos, ¿lo quieres? ¡De qué vas!, exclamó. Cien pesos por una mamada, es un buen negocio, ¿no?, dije. No contestó. Dio media vuelta y me dejó plantado. Me arrepentí de haberlo dicho inmediatamente terminé de decirlo. Estaba haciendo el tonto porque no había otro camino.

      Bebí una lata de cerveza y fumé un cigarrillo antes de acercarme a Charly por segunda vez. La miré de cara al balcón. Llegué por detrás. Me sintió venir, se dio vuelta y me plantó cara. Lo siento, dije, no quise decir aquello. No importa, dijo. Daba la impresión que había pensado detenidamente en ello, en lo que diría cuando le ofreciera disculpas; estaba muy segura que lo haría. ¿No bebes algo?, pregunté. Whisky, pero no hay, contestó con una sonrisa tímida y ojos tímidos y coquetos al mismo tiempo, dando pie a reencontramos, aceptándolo todo con el brillo de sus ojos. ¿Te apetece un whisky? Sí. Vamos.

      Compramos whisky en la esquina y regresamos a la casa de Durán. Nos instalamos en una zona oscura, sobre un sofá lóbrego de tela hirsuta y nos pusimos a beber de la botella. ¿Eres adicto al whisky?, preguntó al verme dar el primer trago y exclamar que estaba delicioso. Sí, respondí. Yo también, confesó sonriendo. Una vez más, las estrellas resplandecían para guiar el camino.

      Hablamos toda la noche. Nadie nos interrumpió. Ni siquiera Durán. Les miraba a todos hacer, bailar, charlar, beber. No eran nada ni nadie, ni me interesaba estar con ellos. ¿Para qué sales con esta gente si la repudias?, me pregunté. ¿Para qué sale Charly con esta gente, si no habla ni bebe cerveza? Repudiamos más nuestra soledad, mientras más solitarios nos declaramos. En algún momento, le dije, Charly, no hay necesidad de estar aquí. ¿Cómo?, exclamó. Vamos, me expliqué, tú y yo no necesitamos estar aquí, entre esta gente. Asintió con la cabeza. ¿A dónde quieres ir?, preguntó. Me levanté de la silla. Cogí con una mano a Charly y con la otra a la botella. Las jalé. No sé, dije, a donde sea. Sonrió y me siguió, cogida de la mano, hasta el motel más cercano.

      Dentro del cuarto nos desnudamos inmediatamente. Hicimos el amor sobre el suelo. La penetré desde atrás y antes de venirme se lo avisé y pudo abrir la boca para recibir mi semen. La besé antes que lo tragara y bebimos juntos el licor de mis pelotas. Cuando acabamos, nos recostamos en cama. Encendimos cigarrillos y dimos traguitos al whisky, con cuidado de no ahogarnos. Lo hicimos un par de veces más antes de dormir definitivamente, ahora de lado y con ella debajo de mí. En una ocasión me vine sobre sus nalgas; en otra, sobre sus tetas. Fue un sexo bueno y vivificante.

Al amanecer, Charly no estaba. Un rayo de sol en la cara me despertó. Ya lo tenía claro. Un rayo de luz en la cara augura una relación con muchos desatinos. Un rayo de sol en la cara es un disparo directo y certero. Con qué así iba a ser, ¿no? Miré la botella de whisky sobre la cama. Un rayo de luz también la tocaba a ella. Sobre el suelo, a la sombra del buró, yacía mi cartera. Estaba vacía.  


4

¿Me odias por haberme ido con tu dinero?, preguntó. Te odiaría más si te hubieras quedado. Entonces te amaría y te lo entregaría todo aunque tú no me amaras. Ahora sé que no voy a amarte nunca y te lo agradezco porque eso significa que no voy a sufrir por ti. Charly dio un trago a la botella y se quedó pensando. Le acaricié un seno. Miró mi mano acariciar su seno, colocó su mano sobre la mía y dijo: mejor así, ¿no? Asentí con la cabeza. Acto seguido, le comí el sexo y durante el progreso de su orgasmo lo olvidamos todo respecto a los sentimientos. Después de ello, Charly me lo hizo a mí. Mientras me lo hacía me miraba a los ojos y por más fuerte que intentase ser, veía súplica en sus ojos. Me vine en sus ojos. Al final de esta velada, que ocurrió en el hotel Colonia Roma, de Jalapa y Obregón, metí un par de billetes (todo lo que había en mi cartera) en el bolsillo trasero de su pantalón, sin que ella se enterara.



En adelante no puse más objeciones ni traté de impedir que la cosa se desarrollara según las reglas naturales del juego de Charly. No me enfadaba. Hacíamos el amor y le entregaba los billetes que me sobraban. A veces no era mucho, a veces era mucho más de lo que yo desearía; y en mis pláticas con Durán y González les decía: ella es así. Me importaba un pito decirlo abiertamente y hacer cuentas delante de ellos de cuánto dinero había dado a Charly desde que la conocí, y cuanto whisky en las rocas habíamos bebido y comprado, y cuantas cuentas de comida y de taxis y moteles había pagado. Mucho más de lo que me hubiese costado acostarme con prostitutas. Pero se trataba de Charly y no me importaba.




6 comentarios:

  1. Lo encontré muy interesante.

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  2. me gustó mucho!

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  3. Bueno, triste, romántico. Desesperado, solitario, excelente.

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  4. Excelente creacion de personajes, se huelen reales y convincentes. no se si sea real, no importa, pero esta muy bien narrado

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  5. me gustó mucho!!! Felicidades!!!

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  6. Es excelente!! Me quedo con una frase que no conforma el relato, pero si la acompaña "La Luna no ofrece las últimas novedades de Adidas". Y ademas, lo imagino hecho un corto! Me ha gustado.

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