jueves, 28 de agosto de 2014

El último suspiro.

Texto por: Emanuel Sacomani
Sitio del autor, aquí. 


Anselmo perfumó su boca con un sorbo de vino, tragó la dulce aspereza y su garganta se secó. En una arcada, los ojos se le cristalizaron y comprendió que debía dejar de tomar; no quería pasar los últimos minutos de su vida, borracho al punto del desmayo sin sentir cómo el alma se desprendía de su cuerpo. Miró su reloj y esperó, en silencio, la hora del duelo. Sus ojos observaban un punto fijo, pero en su mirada se manifestaban las culpas que brotaban de su espíritu. Por detrás, Segundo le habló al oído. “Ya es la hora Anselmo.” Anselmo despertó de un sueño etílico y lo miró con su vista extraviada en algún recuerdo desafortunado. Bajó rápidamente la cabeza, resignada a la muerte, y se levantó con pereza. Al salir de la pulpería, contó sus pasos como quien va al patíbulo, fueron cincuenta y tres. Sacó su facón que pesaba más que nunca y esperó a que Segundo lance la primera puñalada.


                El duelo duró unos instantes, Anselmo no hizo otra cosa que esperar y sentir como el filo del cuchillo le erizaba los pelos del cuerpo y un frío intenso ingresaba en su pecho. Cerró los ojos y el hormigueo que le generaba la adrenalina recorrió todo su interior hasta escapar por la herida. Comprendió que estaba a punto de morir. Miró la llaga, la rozó con sus dedos que quedaron manchados de rojo y vislumbró, por última vez, el mundo que lo rodeaba. Inhaló aire por la nariz y la boca, y lo retuvo. Quitó el facón de su pecho, arrancó su camisa de un golpe desparramando todos los botones por la tierra seca, limpió su sangre del filo y lo tiro a los pies de Segundo para devolvérselo. Echó un vistazo a su herida de muerte. A través de ella pudo contemplar cada capa de su piel, cada fibra de sus músculos, cada gota de su sangre, cada rincón de su alma de un modo cabal. Sintió el dolor de su madre al parir, los gritos de las criadas que oficiaban el parto, el calor del agua hirviendo y la suavidad de las sábanas blancas que lo envolvían.



                Cuando la sangre comenzó a desplazarse por su pecho recordó el seno de su madre, la leche en su garganta, una canción de cuna que acobijaba su sueño, sus primeros intentos por mantenerse en pie y la cotidiana caminata de diez pasos que su padre alentaba sosteniéndolo de sus frágiles manos. Observó la gota de sangre detenerse y bifurcarse, y estas bifurcarse otra vez. Cada ramificación era una decisión en su vida, y todas tenían igual veracidad en su espíritu. Aquellas culpas que lo atormentaban se disolvieron pues todas las decisiones fueron tomadas de un modo u otro. Su esencia  se había fragmentado minuto a minuto y en algún lugar del universo existían otros Anselmos, con otras vidas, con otros aciertos y errores; que eran parte de él. Algunos ya habían muerto, otros seguían con vida y otros recién nacían. Algunos marcharon a la ciudad, otros (como él) permanecieron en el pueblo. Algunos triunfaron, otros eran miserables y otros pordioseros. Para cada punto de inflexión de su vida su alma tomaba todos los rumbos posibles, como si las suposiciones que lo mantenían en vigiliay lo condenaban a miles de pasados posibles y ningún futuro concreto, se hicieran visibles a sus ojos. Como si a través de un espejo frente a otro pudiera observar, de manera infinita, cada reflejo de su persona: igual de imagen, pero con un albedrío distinto. Infinitos Anselmos paralelos. Contempló el basto universo en el cauce de sangre y sus afluentes que se desplegaban por su pecho. Recolectó toda la información, comprendió el principio y el final, el alfa y el omega, experimentó todas las sensaciones y sentimientos y sus ojos se nublaron. Una lágrima rodó hasta su pómulo causándole frío y, desde allí, se precipitó con furia en línea recta hasta la tierra, sentenciando el final y causando un estruendo que lo ensordeció. Comenzó a perder el equilibrio y su cuerpo se desplomó. Miró el cielo, sonrió al descubrir que lo infinito era simple y cotidiano. Exhaló el último suspiro al instante que la tierra seca sepultaba aquella lágrima fatal, y murió ante la vista de los presentes que lo recuerdan como una persona vulgar y viciosa. 





Texto por: Emanuel Sacomani

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