domingo, 13 de julio de 2014

Textos de mujeres.



“En todo poema hay una mujer”.
Mauricio Arcila



Envié un par de textos a un par de revistas latinoamericanas y los aceptaron muy de buena gana; eran textos sobre mujeres, de cómo me lié con ellas y de cómo las abandoné, o de cómo me abandonaron: no suelo ser muy preciso en lo tocante a los relatos de mujeres porque la vida es así. Nunca he comprendido muy bien cómo pude relacionarme con las mujeres con que me relacioné: me considero un hombre sin ningún tipo de encanto varonil; a veces pienso: estoy condenado a morir como un perro solitario porque soy feo, bebo como el resto de los humanos respira aire, fumo cigarrillos y me apesto la ropa, soy, abiertamente, un jodido pervertido sexual: miro pornografía todo el tiempo, me masturbo, miro a las chicas y pienso en follarlas. Sin embargo, ha habido algunas mujeres en mi vida. No hablo solamente de sexo, ¿ves?, es algo más, un paso más allá, no sé. Tampoco importa demasiado, supongo que todos los hombres podemos hablar de un par de chicas en nuestra vida con las que sentimos aquello.

      Los textos fueron comentados y valorados, así que envié un par más, e incluso me publicaron mensualmente en una de dichas revistas. La gente se volvía loca (es un decir). Comentaban que ellos habían vivido cosas similares. Yo sonreía, siempre es bueno saber que no estás solo ni eres el único que piensa en mujeres con las pantaletas abajo. Eso era parte de mi problema: la soledad. No compartía opiniones con nadie porque no tenía amigos, y los pocos a los que podía llamar amigos eran otros borrachos con la boca llena de historias. Todos los borrachos tienen boca, pero muy pocos tienen oídos. Eso es por lo que no se puede establecer una relación sincera entre un par de borrachos. Los dos son unos jodidos necesitados egoístas y no pueden ayudarse mutuamente, aunque el alcohol crea la ilusión de que sí. Escribir era como hablar con un amigo. Dios, es cursi, pero es así.

      Entonces pasaron dos cosas. La primera fue que, de algún modo, la gente comenzó a cansarse de leer historias sobre mujeres. La segunda, que algunas mujeres comenzaron a leer mis textos y a mandarme invitaciones por correo electrónico a salir con ellas. Decían que yo entendía a las mujeres muy bien. Pensaba: no hay nada más alejado de la verdad. Si las entendiera no pasaría la mayor parte del año solo. No importa, accedí a salir con todas ellas. La mayoría eran mujeres feas. Supongo que deseaban que un hombre como yo (como el hombre que leían de mí en los textos) las deseara descaradamente y les chupase el coño en un aparcamiento de Coaplaza, ¿ves? Todas estas citas eran un fracaso. No hay modo, Dios. No hay modo de acostarte con una mujer que no te gusta, por lo menos lo mínimo. No soy un hombre exigente, pero hay cosas que están fuera de mi control: en control de mis cojones, sin su voluntad es imposible. Además de todas ellas, en ocasiones, salía alguna de buen ver. Entonces me involucraba con ella hasta donde podía. Generalmente era hasta un par de salidas a bares. No soportaban, o no creían (aunque se habían leído que era así) que bebiera tanto. La primera cita la aceptaban en algún bar, pagaban la cuenta, hacían chistes, bebían y reían y me hacían pensar que todo iba bien… pero luego, deseaban ir a otro lado. Ya no deseaban volver a ningún bar y yo no lo entendía. El único lugar donde me sentía en confianza era en algún bar. Con un par de copas dentro de mí podía ser alegre y desinhibido, casi grato. En cualquier otro lugar, seco, solía ser como un maldito tronco de compañía. No hablaba casi nada, no reía, ni me importaba nada y todo me parecía gris y horrible y pésimo. Era un jodido mamón hijo de puta. No había modo de sacarme conversación. Esto era porque en realidad odiaba a todo el mundo, estaba amargado, y el alcohol era el único modo de aligerar el peso de mi alma y hacerme desear un poco la vida (al menos hasta la siguiente copa). El alcohol era mi lubricante. Esto es algo que ellas no entendían, o no estaban dispuestas a soportar. En una ocasión una me dijo: no necesitas beber para ser tú. Me lo dijo en tono íntimo, ya sabes, cómo si ella fuese capaz de vislumbrar todos mis secretos y fuese a cambiar mi vida y todo eso. Lo hubiese hecho, en serio, si al menos fuese una mujer guapa. Pero era regordeta, y yo no iba a dejar de beber por una mujer regordeta, vamos.

      Mientras más escribía sobre mujeres más mujeres me solicitaban y eso daba como resultado más textos sobre mujeres. Comencé a escribir para otras revistas. Los comentarios seguían sobre la misma línea unos siete meses, luego de los cuales, volvían a quejarse. No se creían que yo conociese a todas esas mujeres ni que quisieran verse conmigo sólo porque escribía unos textos casi pornográficos sobre nuestros encuentros sexuales (cuando los había). No quiero decir que todo fuera maravilloso. La mayoría de las veces no lo era. Incluso, era embarazoso y ridículo. Para esas cosas hay que tener carácter, empatía, química, no sé. Yo no la tenía. Antes del encuentro me excitaba. Incluso, a veces, usaba loción. Una vez ahí, con la mujer contándome su vida o sus amores pasados o sus sueños, me aburría muchísimo. Si me hacían hablar de mí me inventaba una vida en cada cita. Esto era divertido, hasta cierto punto. También, era una buena manera de beber sin pagar. Antes de irme con ellas les advertía que yo era un escritor desconocido y, por lo tanto, pobre, muy pobre. Fuera de eso, pasaba malos ratos. Sobre todo cuando se despedían antes de la madrugada. Me dejaban botado a media noche, picado con el alcohol. Las odiaba. Si no les gusta mi cara o mi conversación, al menos pueden tener la educación suficiente de quedarse hasta el amanecer. En otra mesa, si quieren, pero no vine hasta aquí por ellas para que me corten el suministro a media noche, Dios, pensaba. Si eran de las que esperan que uno las lleve a casa, conmigo se llevaban una decepción. No pensaba moverme de un cálido y reconfortante asiento de bar para salir a la fría madrugada. Hubo una que me armó un lío porque no quise acompañarla. Me gritó que era un patán y un mamarracho. La gente del bar se lo creyó; la gente es proclive a creen en el mal. Al menos pagó la cuenta antes de irse. Gracias a eso pude continuar bebiendo hasta el amanecer. Sin embargo, nadie quiso hacer plática conmigo. Era un bar de gente mayor. Si hubiesen sido jóvenes me hubiesen acogido como a un héroe varonil.

      Una que salió buena fue Elena. Me envió una carta muy extensa sobre lo que se había leído de mí, algo así como una crítica literaria, con la excepción que no lo era; no era una crítica literaria porque Elena no era catedrática ni crítica ni nada. En ella citaba algunos pasajes de mis textos que según sus propias palabras la habían excitado. Eran pasajes sexuales, por supuesto. Dijo que le encantaría beberse una botella de whisky conmigo en su cama. Nos citamos en el centro de Tlalpan (por aquel entonces aún vivía ahí). Bebimos café en Café la Selva (no me pregunten por qué no trajo la botella de whisky). Me entregó un impreso. Era una carta donde describía cómo sería si ella y yo tuviésemos un encuentro erótico, desde su perspectiva. Todo eso estaba muy bien. También las piernas de Elena estaban muy bien. Era una chica demasiado guapa para intentarlo conmigo, ¿ves? Quizá por eso no llegamos a nada. Quizá los sabía, en el fondo. Quiero decir: sabía que yo no era el mismo hombre que ella imaginaba cuando leía mis historias y prefería acostarse con ese hombre, el de las historias, con otras historias. Vamos, no sé. El caso es que no llegamos acostarnos ni nada. Pero era una chica con unas piernas estupendas y me masturbé un par de veces pensando en ella después de haberla visto. Llevaba sandalias y no podía dejar de verle los pies.  

      Por las tardes, al despertar, me tumbaba frente al ordenador y escribía unos párrafos sobre mi última cita. Un par de párrafos eran suficientes para saber si la cosa iba a funcionar. Si lo hacía, escribía y mandaba el texto a cualquier revista. Los editores ya conocían mi nombre y calculaban de qué iría la cosa. No hacían muchas preguntas. Colgaban los textos la semana entrante o así, y yo me los leía cuando se publicaban. Si había comentarios en contra, sonreía. Hay un extraño placer en hacer enfadar a las personas.

      En una ocasión salí con un par de chicas, estudiantes de psicología o algo. Me escribieron que eran fanáticas de mis textos y querían beberse una copa conmigo. Fuimos al apartamento de una de ellas. Vivían en el sur, atrás del Tecnológico de Monterrey de la Ciudad de México. Robamos botellas de vino de Costco. No robamos sacacorchos, así que cogí un martillo de algún sitio del apartamento y quebré la boquilla de las botellas. Había vino y vidrios por el suelo. Se negaban a beber porque creían que se cortarían los labios o el estómago. Me di un trago de lejos y pude beber. Reí y les invité a hacer lo mismo. No era tan complicado. Pero en uno de esos trago sentí un vidriecillo entrar. No dije nada para no hacer el tonto. Me lo tragué. No tuve ninguna molestia y en adelante cogí la costumbre de abrir de ese modo las botellas de vino. Mejoré la técnica. Ahora las cogía y las estampaba contra alguna esquina de concreto o alguna tubería de metal, o una banqueta, lo que sea, sin necesidad de un martillo. Un golpe firme y seguro. Puedo hacerlo muy bien. Sin hacer un estropicio y sin que salten demasiados vidrios. Luego me empino el vino sin temor a ser cortado. Jamás me he cortado. Bueno, bebimos el vino mientras hablamos de las cosas que nos gustaban hacer. A ellas les gustaba escuchar música oscura y ver películas de cine de arte. Yo dije que eso estaba muy bien y la cosa marchaba. De repente una de ellas se emborrachó y comenzó a hablar de un hombre, su ex novio o algo, y la otra le consolaba. Me estaban dejando un poco aparte. Dije que habría que darle celos a ese cretino y la chica se lo creyó. Me pidió que la ayudase. Le llamaría justo ahora y le pediría que viniera a una reunión de amigos. Yo debía fingir ser novio de ella, de Penny. Escribí todo eso en un texto y me odió en adelante. Dejó de salir conmigo. Principalmente porque aquella noche nos besamos delante de su ex novio y él leyó el texto y se hizo amigo mío y supo que todo aquello fue un teatro y no surtió efecto. Es lástima, Penny me gustaba mucho.

     También conocí de ese modo a Simona, pero esa es una historia totalmente diferente. Con Simona pude establecer una relación duradera porque ella era un ser humano completamente diferente. Los textos que he escrito sobre ella son punto y aparte respecto a los demás textos sobre mujeres que he escrito a lo largo de los últimos cuatro años. Simona es un ángel sagrado.


2
       

Traté de escribir sobre otras cosas que no tuviesen que ver con mujeres. Logré unos cuantos textos, no digo que no. Sin embargo, todo comenzaba o terminaba por una de ellas. “En todo poema hay una mujer”, y en toda prosa, en toda vida, en toda alma. No importa cuánto luchara por alejarme de ellas en lo tocante a la literatura. No importa cuán solo estuviera. Incluso sin una mujer, todo gira en torno a ellas. Incluso la soledad de un hombre le pertenece a una mujer. Y ellos decían: no más textos de mujeres. Como si eso fuese posible, Dios. Como si ellos mismos no hubiesen comenzado la vida por la entrepierna de una mujer, y hayan sido amamantados por una mujer, etc. Todas las palabras son femeninas, el lenguaje es femenino, la literatura es femenina, y en todo texto hay una vagina. Todo lo que hacemos y la forma en que pensamos. Somos genitales en busca de satisfacción y conservación. Incluso el celibato es cuestión de genitales. No te involucres con mujeres, aléjate de las mujeres. 






8 comentarios:

  1. "Incluso la soledad de un hombre le pertenece a una mujer"

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  2. Las mujeres constituyen una cofradía en que la confianza que deriva de la identidad del sexo, posterga y vulnera cualquier convicción aun las cimentadas en años de constancia y elaboración, mientras que sortea con facilidad abismo de extracción sociabilidad y nacionalidad. Son como arcos en perfecto tensión que se disparan ante temores que hagan peligrar sus certezas y que equivalgan a obstáculos o irregularidades en su camino, Son también ávidas de revelaciones y verdades instantáneas que las alivien de transitar por si mismas el farragoso camino del conocimiento humano.
    O sea: le resulta mas cómodo... Tiene un problema con una persona, suponga a una mujer le gusta a usted, esa mujer no le da del todo bola entonces esta en que viene y que va, entonces si viene alguna persona cualquiera y le dice bueno ese es chorro, puto o lo que sea se agarran de eso porque le permite no pensar mas en usted como posibilidad, le resulta mas cómodo "pensar que se vaya a la mierda y les alivia pero así va limitando su vida"

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  3. El texto es ameno y divertido, pero hay una frase que me parece genial: "todos los borrachos tienen boca, pero muy pocos tienen oídos" Saludos!

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  4. Carlos Arnulfo Estrada Dominguez14 de julio de 2014, 12:10

    Hay muchas frases buenas en el texto, me gusta que en la simpleza de unas cuantas palabras sencillas puede haber tanta profundidad, como lo comentado por Nelo, o por Cristobal, y yo sumaria la de incluso el celibato es cuestion de genitales, que me dejo pensando en eso y en como creen esas personas que no hacer el amor los hace mas puros, cuando los hace realmente mas impuros, mas anormales, mas artificiales. en fin buen texto petrozza, como siempre me haces pensar en mi propia vida, salud

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  5. Perfectamente comprensible que lo hayan publicado en revistas

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  6. Mmm...??? Relatos reales o imaginarios leo todos sus relatos en la vida mas no he compartido los personales

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  7. Se me fue rapidísimo! Fluye solo y provoca ganas de encontrarle más líneas.

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