domingo, 20 de julio de 2014

Infancia: Colegio del tepetac.



No he hablado de mi padre, pero tenía un padre que vivía con nosotros. Su historia es un caso de éxito, o fue un caso de éxito, hasta 1994, año en que sobrevino la devaluación en México, al finalizar el gobierno de Carlos salinas de Gortari, y ocurrió la separación entre mi padre y su hermano, socios empresariales. Mi padre y su hermano eran, antes de aquel año, un par de exitosos empresarios, importadores de maquinaria para las artes gráficas. Importaban de Estados Unidos a México. Generaban cuantiosas utilidades comprando a los estadounidenses maquinaria usada y vendiéndosela a los mexicanos. Me refiero a la historia de mi padre como una historia de éxito porque no siempre fue rico. Comenzó a los diecinueve años, edad que se convirtió en padre de mí, con la venta de una lavadora de ropa que compró mi madre con los esfuerzos de su trabajo como Educadora. En aquel entonces, estoy hablando de 1984, mi padre se vio forzado, gracias a mi nacimiento, a abandonar los estudios en Derecho Civil, estudios que solventaba mi madre, adelantándose a la época en que la mujer trabajara. Vendió la lavadora e invirtió el dinero en su primer Davidson 501, una máquina de imprenta offset, que compró a dos pagos a un tío suyo, metido en el negocio de las artes gráficas.

Esto es todo el conocimiento que poseo respecto al negocio de mi padre. Todo se resume a que, en adelante, después de aquella transacción, labró camino al éxito. Mi madre sufrió las acusaciones de una sociedad machista, de que una mujer no podía sostener a un hombre. Tres años después, mi padre limpió el nombre de mi madre y demostró que ella no se había equivocado; su loca apuesta había sido favorable. Ahora, aquel hombre, alguna vez mantenido por una mujer, pagaba con creces el esfuerzo a él brindado. Era dueño de una empresa proliferante: GRÁFICA MAQUINARIA S.A. DE C.V. ¿Quieren saber hasta dónde llegó? Busquen su nombre en la historia de las artes gráficas en México. Comprenderán su alcoholismo y su depresión después de 1994. Les ayudaré a darse una idea: imaginen que son el dueño de Coca-Cola, y un buen día, se declaran en quiebra. Es un milagro que saliese vivo. Es un milagro que no se pegase un tiro.

      En la época del Colegio de la Vera Cruz, mi padre apenas comenzaba su carrera. El colegio era privado y se pagaba gracias al esfuerzo de mi madre, a un descuento de empleados al que accedía, y a los mengues ingresos de las transacciones de mi padre. Significaba un enorme sacrificio que yo cursase los estudios en aquel colegio, y yo me negaba. ¿Era culpable? No. Yo era vida en ebullición, y ellos, mis padres, culpables de esa vida. Si mis padres me concibieron planeado o no, no es un secreto.  Yo fui un accidente. ¿Me duele saberlo? No. Mi rebeldía viene desde el espermatozoide. Yo fui aquel espermatozoide maldito que cambió la vida de dos adolescentes. Dime, Dios, si podía esperarse de mí la sumisión. Un espermatozoide así no iba a arrodillarse.

      Mi padre fue un hombre cariñoso y honorable, según cuenta mi madre, aunque no tengo ningún recuerdo de ello. Los recuerdos infantiles que poseo son que solía pegarme con el cinturón que le sujetaba los pantalones, y eso es muy poco cariñoso y honorable. Antes de adentrarnos a terrenos tan oscuros, voy a esbozar un recuerdo cariñoso de mi padre, el único recuerdo cariñoso que tengo de mi padre: se trata de un recuerdo que no me incumbe. El recuerdo es el siguiente: Padre está en cama con el último de mis hermanos menores (es un bebé de menos de un año), elevándolo por los aires y soplando al bajar en su pequeña barriga. Los pies del bebé se mueven rápidamente y ríe a carcajadas. No me pregunten por qué; en el fondo de mi alma sé que mi padre me dio la misma felicidad cuando yo era bebé. Es un recuerdo falso, algo que probablemente nunca pasó, pero es el mejor recuerdo infantil que tengo de mi padre. Padre, ¿me alzaste por los aires como lo hiciste con mi hermano aquella tarde? Si no lo hiciste, por favor, dime que sí. Dímelo, y te perdonaré al instante todo el daño que me hiciste. Madre, ¿por qué lo permitiste? Sé que tu amor por mí fue bueno y sincero, aunque tu sumisión ante mi padre fue más grande.

      A la edad de seis años me convertí en esclavo de mis padres. Si a alguno se le ocurría comprar alguna cosa, era a mí a quien mandaban al mercado. No importa si yo estaba haciendo mis  cosas. No importa si me mandaban cinco o siete veces al día, o si me mandaban apenas regresaba de otro mandado. No les importaba nada. Podían pedir y pedir y yo no podía negarme. Si me negaba, padre me daba una golpiza. Cualquier golpe, a la edad de seis años, venido de tu padre, es una golpiza. Le odiaba. También odiaba a mi madre porque no me defendía, y porque, las más de las veces, era ella quien hacía los encargos. Una vez dije a mi padre: no quiero ir, no soy tu esclavo. Contestó: yo soy el padre y tú eres el hijo. Ya tendrás tus propios hijos. Lloré aquella tarde. Deseaba tener mis propios hijos y pegarles y enviarlos al mercado en lugar mío. También deseaba crecer para matar a mi padre. Era un niño con los genes malditos.

     Más tarde me enteré en el colegio (ahora cursaba los estudios primarios) que otros niños también eran esclavos de sus padres. Había algunos que lo llevaban peor que yo: les hacían limpiar los pisos y sus habitaciones. Si no lo hacían les bajaban los pantalones y les pegaban en el culo. Prometí que no tendría hijos porque no deseaba tener que pegarles. También prometí que un día mataría a mi padre, y, si se interponía, también a mi madre. Tenía once años y no tenía escrúpulos. Mis padres tampoco tenían escrúpulos  para privarme de mi libertad y pegarme. Padre solía usar un cinturón o un cable. Era mucho mayor que yo; miraba su brazo tomar vuelo y al instante siguiente sentía arder la carne. Me pegaba en las piernas. Sin pantalones. Tenía los muslos marcados casi todo el tiempo porque a pesar de sufrir los golpes, me rebelaba y no quería ir al mercado. Sobre todo cuando estaba jugando. Odiaba que me enviasen en medio de un juego, o cuando leía Los viajes de Gulliver. Deseaba ser un gigante y aplastar a mi padre como a una maldita cucaracha. Mi madre no debía interponerse. Nunca se interponía cuando por culpa suya (me negaba a ayudar en casa) padre se quitaba el cinturón y me zurraba. Jamás interfirió a pesar que ella lloraba cuando padre me hacía aquello. Era un pobre vieja sumisa. Apuesto que en sus imaginaciones me ayudaba. Apuesto que rogaba a Dios para que yo no me negase a hacer el mandado, en vez de rogar para que padre no me pegase. ¿Dónde estaba aquella buena madre que solapaba mi relación con Marisol y me permitía vivir mi vida lo mejor posible? Claro, tenía tres años y no podía hacer mandados, ¿para qué torturarle?

En aquella época asistía al Colegio del Tepeyac, en la colonia Lindavista. Era un colegio enorme y el primer día de clases perdí de vista la fila de mi grupo. Mi grupo era el 11. Los grupos se dividían en decenas, según el grado. Del 10 al 19, los de primer grado. Del 20 al 29, los de segundo grado, y así sucesivamente hasta el 69. Era un colegio de chicos ricos. No era un colegio de alumnado mixto. Los chicos en un lado y las chicas en otro, alejadas del despertar de nuestros instintos. En teoría, era un colegio laico. No había monjas. Había frailes. No se nos obligaba a ir a la capilla, pero había una capilla. En 1989 todo mundo daba por sentado que uno era católico. La segunda religión socialmente aceptada era el cristianismo. Yo no era católico ni cristiano. Era Testigo de Jehová, algo mucho peor. Nos volvimos Testigos de Jehová gracias a la influencia de la familia de mi padre, sin importar la opinión de mi madre, procedente de una familia católica. Teníamos prohibido celebrar la Navidad y los cumpleaños, pero más prohibido aún, hablar de ello en el colegio. Si se me cuestionaba, debía declararme católico o cristiano, según los deseos de mi interlocutor. Ser católico era de una relevancia inaudita. Se estaba con ellos, o en contra de ellos, pero nunca ajeno a ellos. Los cristianos ganaban fuerza; eran la secta religiosa más aceptada. Toda esta polémica me confundía. Recibíamos a los Testigos de Jehová todos los jueves a las cinco de la tarde, para estudiar la Biblia, y debía creer en ello, pero tenía prohibido confesarlo en el colegio. Personalmente me importaba poco, todo lo que me interesaba de los estudios bíblicos eran los dibujos de mujeres desnudas en la época de Adán y Eva, y los ojos azules de Celeste, la hija de los señores que nos daban el estudio. Sería una niña de catorce o quince años, no sé, rubia como el oro y con los ojos bellísimos, de un azul intenso y radiante. Yo deseaba acostarme con ella, aunque, en aquel entonces, no sabía muy bien lo que significaba acostarse con alguien. Sus ojos eran todo mi universo de cinco a seis de la tarde. Después de eso, por las noches, pensaba en ella y me tocaba. En ese sentido era un niño muy precoz. 

      En aquel colegio conocí al niño que podría considerar mi primer verdadero amigo: Andrés Cuenca. Le conocí en segundo grado. Nuestro grupo era el 21. Los números de los grupos estaban pintados en el suelo del patio con pintura de color amarillo.

      Cuenca y yo entablamos el tipo de amistad que entablan los desadaptados: un poco porque no hay otra opción, un poco porque realmente congeniamos. Teníamos la misma edad: cinco o seis años. A esa edad, Cuenca era un asesino. Lo digo en serio. La historia es la siguiente: hijo de padres separados (no divorciados, divorciarse era muy complicado en aquel entonces) vivía en casa con su madre y el novio de su madre, padrastro de Cuenca. Poco antes del ingreso de Cuenca al Colegio del Tepeyac, su madre se embarazó. Cuenca lo odiaba y odiaba a su padrastro y ahora a su hermanastro; se oponía al nacimiento de aquella creatura. Era totalmente consciente de su odio y deseaba la interrupción del parto. En una ocasión, en que su familia le llevó al campo, jugando con una bola de béisbol, la arrojó, a propósito, hacia el vientre hinchado de su madre, dando de lleno en el blanco. El golpe provocó la muerte del producto. Nadie juzgó el acto de Cuenca porque lo consideraron un accidente. La madre tuvo un aborto. Cuenca lo sabía, me lo contó orgulloso de haber dado muerte a su hermanastro. ¡Qué secretos tan terribles puede esconder un niño de seis años! Cuenca, ¿aún sientes orgullo de tu acto, amigo mío? ¿No pesa sobre tu alma la muerte de un ser humano? Sabías lo que hacías, Cuenca, eras un asesino y lo sabía y me lo contabas y reías con esa cara tuya, una cara llena de pecas, y sonreías con tus dientes totalmente amarillos y llenos de comida muerta. Eras un apestado en todos los sentidos, Cuenca, y yo era amigo tuyo, y compartía tu odio, y tus ganas ansias de estar en el colegio, y tus deseos de matar a tus padres y a todo mundo. ¿Por qué? A veces pienso en ti y en tu hermanastro muerto. ¿Qué ha sido de ti, amigo? ¿Dios te ha castigado, o te ha dejado impune, como a todos los hijos de puta? Si te ha castigado, es que eres bueno. Tú, Cuenca, eras malo. Lo sabías y reías. Eras mi amigo y creía en ti. ¿Yo también era malo? ¿Debí pegarte a ti, acusarte a ti, y no a Rodrigo? Pero, ¿cómo iba a delatarte? ¿Quién creería en la voz de un niño de seis años?

      En una ocasión, mi padre olvidó ir por mí al terminar las clases en el colegio. Lo esperé tres horas pasada la hora de salida. Me acerqué al área administrativa y expuse mi caso. Me solicitaron el número telefónico de mi padre. Se los di. Lo marcaron, pero nadie contestó. Buscaron en el registro; encontraron el número de mi abuela paterna y le llamaron. Luego de una hora me recogió. Eran las siete de la noche. El colegio estaba vacío. Me sacaron afuera. Esperé sentado sobre mi maleta. Mi abuela y yo esperamos a mi padre a la entrada de la puerta 4. Aquel día quedó claro: los negocios eran más importantes que yo.


      Había historias de terror en el colegio. Historias sobre un fraile loco, que mataba niños. Eran cuentos pobres, suficientes para intrigar la imaginación de un niño de seis años. Aquella tarde, antes de la llegada de mi abuela, yo, Dios, había visto al fraile loco asomarse desde lo alto de la torre del reloj. Era una fantasía verdadera. Había comprobado el mito: el fraile loco existía realmente y yo mismo lo había mirado. Los chicos enloquecieron cundo se enteraron. Petrozza, el niño solitario que a lo más se hablaba con Cuenca, había sido tocado por la visión de un fantasma. Me convertí en un maldito por mi soledad y mi fantasía. Una silueta negra, la sombra de un ave, un juego de luz y sombra, no sé, me habían dotado de fama y de misterio. Si alguno dudaba de la veracidad de las historias sobre el monstruo, no había más que ir con el viejo Petrozza y él mismo te lo contaría con lujo de detalle (a cada narración, más y más detalles), e ibas a creerle porque nadie duda de un niño loco que además esa migo de un niño asesino, y que es lo suficientemente solitario para que se le aparezca el Diablo, y lo suficientemente solitario para tener una imaginación capaz de hacerte creer cualquier cosa. 


      Mi padre se disculpó conmigo por olvidarme. Fue en vano. Mi vida había cambiado desde entonces: creía en los fantasmas; nunca había visto a Dios, pero sí al Diablo. Los testigos de Jehová podían irse al carajo. Esto era mucho más emocionante, ellos mismos eran niños creyendo en fantasmas. Yo, en cambio, había experimentado. Nadie podría arrancarme mi verdad: Cuenca era un asesino, el fraile loco, el Diablo, existían. ¿Verdad, padre, que todos esos juegos hacen mucho daño? Luego habrían de culparme de invocar a Satanás según la literatura de LaVey. Si es verdad lo que la Biblia dice, El Diablo es rey; perdemos el tiempo rezando.



3 comentarios:

  1. me encanta leerte y saber mas de ti, me atrapan tus textos =)

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  2. Recomendado para leer.

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  3. Muy bien, saludos desde chile

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