viernes, 4 de julio de 2014

Expedición No. 8206.

Texto por: Alejandra Rodríguez.
Sitio del autor, aquí.

Al abrir mis párpados una luz resplandeciente cegó por unos instantes lo que sería el panorama de mi nueva expedición. Temblaban mis manos de la emoción y mis piernas del miedo; mi corazón latía con rapidez estremeciendo cada partícula de mi cuerpo. El primer paso me alejaría de todo lo que conocía, pero a la vez me acercaría a la utopía más soñada durante décadas. La vista se hacía poco a poco más clara. Un cielo lúgubre abrazaba alguna clase de construcciones grises y de diferentes tamaños. También se veían trocitos de superficie verdes con figuras de colores. El aire rozaba con suavidad mis mejillas mientras mi pie ponía en marcha el tan esperado encuentro con esta aventurada excursión.

     Hemos llegado —dijo una voz detrás de mí— Aseguren su equipo, y no olviden su misión. Volveremos a encontrarnos en un par de horas en el mismo sitio.

Cada integrante de la exploración tenía una labor por cumplir. La mía era la más importante—al menos eso decía el comandante en jefe. Llevo años de preparación, pero no se puede comparar la teoría con la práctica que estoy por llevar a cabo. Primero, tenía que encontrar siquiera uno de esos individuos para asegurarme que el lenguaje aprendido sea el correcto para poder facilitar la comunicación en caso de estar obligados a tener contacto. Segundo, encontrar un lugar llamado “Plaza central” para poder establecer a mi grupo de trabajo y estudiar de cerca la población.

Usaba un traje extraño para mí, pero cotidiano para el lugar en el que me encontraba. Mis pies se encontraban encarcelados en cuero rasgado, en mis piernas un pantalón deteriorado, y mi torso cubierto por una fragmentada camisa; descripciones exactas dichas por mi instructor. En mi espalda colgaba mi equipo de campaña.

     Mucho cuidado, agente. No sabemos con exactitud los rituales que existen por estos lares. Si necesita apoyo, no dude en avisar a alguien de la tropa; la más cercana.
     Sí, señor —dije con determinación al comandante. Estrechamos la mano y cada uno siguió su camino.

Sin perder más tiempo, decidí comenzar mi labor. Debía caminar unos kilómetros al este para encontrar mi primer contacto con los otros seres. Mi corazón latía sin cesar, pero mis piernas y mis manos dejaron de temblar al cabo de unos minutos. En un abrir y cerrar de ojos, me topé con una pequeña criatura; me observó por varios segundos, luego de su cara renació un gesto que me conmovió: sus ojos se hicieron diminutos y brillantes, sus labios se extendieron un poco formando dos tumultos de piel en cada extremo, después dio unos cuantos pasos hacia atrás y luego otros más pero con más fuerza, alejándose de mí y acercándose a la vez a otros más de sus especie. Éstos eran más altos, aunque unos más anchos que los otros. Me detuve un buen rato a observarlos, noté que los seres más pequeños corrían estirando con firmeza sus brazos y piernas, jugaban a pegarse con fuerzaentre ellos, y los más grandes platicaban entre ellos. Pude entender con facilidad ciertas frases que sus bocas emitían, por ejemplo «Dormí poco porque el niño gritaba» o «Compré tomates verdes». Quería acercarme a ellos, para poder escuchar con mejor claridad pero los individuos grandes dirigieron su mirada al cielo, agarraron a los pequeños y salieron con rapidez del lugar. Pocos segundos después, de arriba desprendía un líquido en diminutas cantidades, navegando por mi piel y otros objetos. «Esto debe ser lluvia», susurré.

     Agente, ¿cómo va su misión? —sonaba mi comunicador. Era el comandante.
     Señor, he cumplido la primera parte: tuve un leve contacto con los seres y el lenguaje es el correcto. He podido entenderles con precisión. —le informaba con entusiasmo— Continuaré con la segunda parte, señor. Buscaré la Plaza Central.


Debía recorrer varios kilómetros debajo de la lluvia para poder encontrar la plaza. Sabía que mis compañeros pronto llegarían,ansiosos por trabajar a la primera llamada que les hiciese. En mi mente sólo podía imaginar el gesto que hizo la criatura al verme; comprendía que era diferente pero no le importó. Inmerso en mis pensamientos no me había dado cuenta que había llegado al punto de encuentro: la Plaza Central.

     Colega, he llegado. Preparen todo su equipo —les informé a mis compañeros por medio del comunicador— Las coordenadas son 34° 37’ 27”. Repito, las coordenadas son 34° 37’ 27”.
     Vamos en camino, agente.

Poco a poco había cesado la lluvia, pero ésta me había llenado de una sensación extraña. Algo me aprisionaba el pecho, mis labios se extendían mientras aparecían bolsitas de piel en cada extremo, mis ojos se entrecerraban. Pensé que era algo contagioso así que me di unas palmadas en el rostro para que esa sensación se fuera; intento fallido. Debía esperar a mis compañeros para que me ayudaran. Entre ellos se encontraba mi mejor amigo, quien asistió conmigo al entrenamiento para esta excursión. No entiendo la razón de que no lo hubieran elegido para la misión principal; aunque él se mostró bastante feliz al momento de comentarle mi logro.

Tardaron una hora en llegar al punto de encuentro; yo aún tenía el efecto extraño, sentía cómo recorría por mis venas. Al verme mi mejor amigo, me examinó con detenimiento.

     ¿Te sucede algo? —me preguntó con tranquilidad.
     Creo que me he enfermado. Mis labios se extendieron… —sus pupilas se dilataron al escuchar eso— ¡Se estaba propagando!—me alejé— ¡¿Qué me sucede?!
     Estás feliz, eso sucede; pero no es nada malo, si más no recuerdo, es una emoción poco usual entre los seres de aquí, pero no es maligna.
     ¿Feliz? ¡Felicidad! ¡Claro, es una emoción! No lo recordaba…

Mi mejor amigo rió, le dijo a los demás compañeros que no había de qué preocuparse. «Al parecer hizo muy bien la primera parte de su misión», dijo y me sonrió. No recuerdo si esta emoción, o como le dicen los especímenes a quienes estábamos a punto de estudiar, era infecciosa pero mi sonrisa (hablando en palabras técnicas) había hecho otra sonrisa en el rostro de mi colega.

La Plaza Central estaba llena de esos individuos; nuestra labor se iba a cumplir con facilidad. Instalaron el equipo mientras me aseguraba que no corríamos ningún peligro en esa zona. Minutos después tropecé con una pequeña criatura: el mismo personaje que me contagió la sonrisa. «No es maligna; dile algo».

     Hola… —susurré con mi nerviosa voz.
     ¡Hola! ¿Quién eres? —respondió una dulce voz.
     Eh… Soy… Mi nombre es, Lef.
     ¿Quiénes son ellos?
     Mis compañeros —volteé y vi que mis compañeros estaban asombrados, observándonos— Estamos en una misión.
     ¿En una misión? ¡¿Son astronautas?! ¡Siempre he querido ser un astronauta! —alzó sus brazos y empezó a correr en círculos. No entendía lo que hacía, observé a mi mejor amigo y de su boca salían las palabras “Avión” — ¿Eres un astronauta?
     Sí… Creo que sí. —no sabía con exactitud lo que significaba “astronauta” pero no quería dar muestras de debilidad.
     ¡Cuando grande seré como tú, Lef!

La criatura salió corriendo, y por un momento pensé que yo también lo iba a hacer. Por el contrario, mis pies los sentía clavados al piso. Eve, mi mejor amigo, se acercó a mí para comprobar si me encontraba bien; y sí, lo estaba, pero no podía creer lo que había ocurrido: hablé con un espécimen diferente. «Misión cumplida», pensé; pero me sucedía algo extraño. Mi cuerpo se llenaba de éxtasis, quería correr, quería sonreír, quería “abrazar” (Estrechar con los brazos, como dicen en ese lugar) a Eve.

Mis compañeros se acercaron y les comenté en detalle la conversación con esa pequeña. Cada emoción, sensación; cada palabra y tono de voz; todo; y ellos, entusiasmados, tomaban nota para llevar a las directivas. «Misión cumplida», se decían unos a los otros.



Un mes después, llamaron a mi puerta. «Agente Lef, tiene una reunión en veinte minutos. El comandante Ky quiere verlo. Sala 285».

     Agente Lef, bienvenido. —era la voz del comandante Ky. Lo que no me esperaba era la compañía de cinco funcionarios más en la reunión— Tome asiento, por favor.
     ¿Sucede algo, Señor?
     Hace unas semanas su compañero Eve envió un informe de la expedición No. 8206. Describía con detalles su encuentro con un espécimen “pequeño y dulce”. —me observó por unos segundos y continuó— Quisiera narrarnos este momento, por favor.

Y así fue. Durante más de diez minutos la plena atención de los asistentes estaba fijada en mí. Algunos rostros mostraban emoción, otros parecían preocupados. Sin intimidarme, narré cada detalle; tal vez mi emoción por aquella experiencia se veía reflejada en todas las palabras que salían de mi boca.

     Agente Lef, el encuentro que usted llevó a cabo con esa criatura pasará a la historia. ¿Lo sabía? —por un momento creí que sonreiría, pero seguí con su aspecto tosco (cotidiano en él)— Es momento de que sepa el nombre de esas criaturas. Para que su historia suene más convincente.
     ¿Señor…? —el comandante estaba a punto de decirme uno de los mayores secretos de nuestra era. Jamás nos revelaron el verdadero nombre de esos cuerpos ajenos.
     Humanos, Lef.
     ¿Qué ha dicho, señor?
     Seres humanos. Así los conocen nuestros antepasados. No revelamos ése nombre por temor a la exasperación que podría producir en ustedes, nuestros misioneros —esta vez el gesto de su rostro era más pasivo con un toque de orgullo, cosa que calmó mis nervios— Verás, hace décadasun grupo ansiaba conocer a los humanos, así que organizaron una expedición. Lamentablemente, sus equipos no eran los más aceptables para esa misión. Solo lograron pasar la barrera “Cielo” —liberó un suspiro y prosiguió— Pero ustedes, expedición No. 8206, lo lograron. Felicitaciones.
     Gracias, comandante Ky.



Mis manos temblaban de nuevo, mi corazón estallaría en cualquier momento. «Así que así se llaman. Humanos…».




Texto por: Alejandra Rodríguez.
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