domingo, 1 de junio de 2014

Un arma.


Cuando tenía seis años me convertí en esclavo de mis padres. Si a alguno se le ocurría comprar alguna cosa, era a mí a quien mandaban al mercado. No importa si yo estaba haciendo mis  cosas. No importa si me mandaban cinco o siete veces al día, o si me mandaban apenas regresaba de otro mandado. No les importaba nada. Podían pedir y pedir y yo no podía negarme. Si me negaba, padre me daba una santa madriza. Le odiaba. También odiaba a mi madre porque no me defendía, y porque, las más de las veces, era ella quien hacía los encargos. Una vez dije a mi padre: no quiero ir, no soy tu esclavo. Contestó: yo soy el padre y tú eres el hijo. Ya tendrás tus propios hijos. Lloré aquella tarde. Deseaba tener mis propios hijos y pegarles y enviarlos al mercado en lugar mío. También deseaba crecer para matar a mi padre. Era un niño con los genes malditos.
      Más tarde me enteré en el colegio que otros niños también eran esclavos de sus padres. Había algunos que lo llevaban peor que yo: les hacían limpiar los pisos y sus habitaciones. Si no lo hacían les bajaban los pantalones y les pegaban en el culo. Prometí que no tendría hijos porque no deseaba tener que pegarles. También prometí que un día mataría a mi padre, y, si se interponía, también a mi madre. Tenía once años y no tenía escrúpulos. Mis padres tampoco tenían escrúpulos  para privarme de mi libertad y pegarme. Padre solía usar un cinturón o un cable. Era mucho mayor que yo; miraba su brazo tomar vuelo. Cerraba los ojos y un segundo o dos después sentía en las piernas la descarga. Me pegaba en las piernas. Sin pantalones. Tenía los muslos marcados casi todo el tiempo porque a pesar de sufrir los golpes, me rebelaba y no quería ir al mercado. Sobre todo cuando estaba jugando. Odiaba que me enviasen en medio de un juego, o cuando leía Los viajes de Gulliver. Deseaba ser un gigante y aplastar a mi padre como a una maldita cucaracha. Mi madre no debía interponerse. Nunca se interponía cuando por culpa suya (me negaba a ayudar en casa) padre se quitaba el cinturón y me zurraba. Jamás interfirió a pesar que ella lloraba cuando padre me hacía aquello. Era un pobre vieja sumisa. Apuesto que en sus imaginaciones me ayudaba. Apuesto que rogaba a Dios para que yo no me negase a hacer el mandado, en vez de rogar para que padre no me pegase.
      Luego crecí y me olvidé de aquello, hasta 1999. En 1999 compré un revolver. Lo compré a un chicano que vivía en la colonia Tres Estrellas. Yo tenía quince años y un cañón en el bolsillo. Había escuchado en algún lado que uno no compra un arma para no usarla, hacerlo es estúpido; si uno posee un arma, debe usarla. El revólver venía con solo dos balas. Suficientes para matar a mi padre… y a mi madre si se interponía. La muerte de mi padre supondría un castigo. La muerte de mi madre, un acto de piedad.
      Se lo conté a algunos colegas y todos me envidiaron porque tenía un revólver y la posibilidad de deshacerme de mis padres. Sentí compasión por ellos y propuse que comprasen municiones. Les prestaría el arma para que matasen a sus padres si lo deseaban, siempre y cuando prometieran que no dirían quién les dio el trasto. Todos aceptaron. Sin embargo, ninguno fue el primero en decir lo haré yo. No tenían el valor de hacerlo y se notaba. Me enojé con ellos porque los últimos ocho o diez años nos quejamos de nuestros padres y comentamos lo mucho que les odiábamos y ahora, con la oportunidad al alcance de la mano, no harían nada, absolutamente nada; continuarían dejando que sus padres les jodiesen la vida. Ya podían darles por culo. Lo que era yo, lo haría, Dios, lo haría y nada podría detenerme.

2
Bueno, lo hice. Me planté frente a mi padre y le apunté al pecho. No se lo esperaba, claro que no se lo esperaba. Supongo que ningún padre espera que un día, aquel chiquillo del que abusó, crezca y le pegue un tiro. Ahora era un buen padre. Dejó de pegarme cuando cumplí catorce años. Ahora hablaba como un padre que jamás ha pegado a su hijo. Sólo él podía creerse aquella mierda. Para mí era el mismo hijo de puta que me laceraba los muslos y me esclavizaba.
Madre estaba en casa aquel día. Entró a la estancia cuando tenía a padre encañonado. Estaba mudo. En mi cabeza había ideado la escena un centenar de veces. Imaginaba a Padre llorando y rogando que le perdonase. Lo tenía previsto: si rogaba lo suficiente y me ablandaba el corazón su sufrimiento, le perdonaría con la advertencia que en adelante sería yo el dueño de mi vida y… si me daba la gana, también le sometería a cumplir mis caprichos como yo cumplí los suyos durante tantos años.
No contemplé la idea de que Padre no rogara, de que fuese fuerte y soportara mi mirada y la mirada del cañón. Al ver entrar a Madre se envalentonó, lo sé. Si Madre no hubiese entrado… Me retó con la mirada. Me llamó por mi nombre completo y se acercó a mí, sin miedo, o con el miedo disimulado, hasta coger el arma, arrebatármela y abofetearme. No puede reaccionar porque jamás preví algo así.
Lloramos todos. Madre lloraba porque no podía creer que su hijo adorado fuese capaz de apuntar con un revólver a su padre. Me convertí, una vez más, en el niño llorón de papá. Bajé la cabeza y me sometí. Lloré porque no quería someterme, y ahora que había llegado tan lejos no podía hacer nada más para rebelarme. Hice lo mejor que pude y fracasé. Padre también lloró, pero lo hizo de un modo varonil, no como Madre y como yo. Dos lágrimas escurrieron sobre sus mejillas y eso fue todo. Dijo que podía perdonarme; es lo que más me dolió. Ahora podía vanagloriarse de haber perdonado a su hijo incluso cuando trató de matarlo. Ahora era un santo, y eso es lo que siempre he odiado de los santos: se les venera porque son capaces de hacer el bien sobre todas las cosas. No son humanos, Dios, no lo son; son máquinas que no caen en tentación, no juzgan y perdona porque no se les ha ofendido realmente, no, sus corazones son de piedra y no se puede ofender a un santo como no se pude ofender a una roca o a un madero.
      Podría pensarse que el incidente marcó nuestra vida familiar. No fue así. Padre y Madre lo olvidaron todo, o fingieron olvidarlo todo, me trataron del mismo modo que antes (padre ya era cariñoso antes del incidente) y nunca más hablaron algo al respecto. No me castigaron ni hablaron conmigo respecto al arma. Conservaba el arma y ni Padre ni Madre pidieron o rogaron, como creí sucedería, que les entregase aquella cosa para deshacerse de ella. Vamos, que estaban actuando muy raro.

3
Los colegas no se creyeron el cuento cuando se los conté. No creían que verdaderamente apuntase con un arma a mi padre, ni que al hacerlo, no me llevara un castigo o un susto por parte de ellos. Ciertamente, la consecuencia esperada de mis actos era una paliza, una denuncia, una pata en el culo y a la calle, un psicólogo o psiquiatra, no sé. Por lo menos, que me quitasen el arma. Sin embargo, contaba esto a mis colegas mientras sostenía el revólver con la diestra, lleno de las dos balas que acabarían con mis ataduras y traumas infantiles, en la comodidad de mi habitación.
      Uno de ellos, Bobby, me arrebató el arma. Era el más audaz después de mí; aunque yo mismo no me consideraba audaz, estaba claro que lo era porque fui el único que tuvo el valor de apuntar a su padre con un arma cargada. En adelante, los chicos rumoraron que yo realmente estaba loco. Cogió el revólver y me apuntó a la cabeza. Dijo: no es nada. Apuntar a alguien con un arma no es nada. Mira como lo hago. Los chicos pegaron un salto. Fred pidió a Bobby que se dejase de bromas. No estoy bromeando, dijo Bobby, con seriedad. No creo que estuviese bromeando. No es nada, repetía. Yo no me  moví un centímetro. No era nada. Se lo dije, dije: pues tampoco es nada tener un cañón enfrente. No sé, quizá la edad, o una locura verdadera, hacía que ni Bobby ni yo (y en cierta medida tampoco los chicos) tuviésemos miedo de estar con esa cosa rondando por ahí, pasando de mano en mano, apuntando o siendo apuntados. Es como si en el fondo algo te dijera: no vas a morir. No temía que Bobby se atreviese a pegarme un tiro, ni que un tiro escapara malamente. No puedo asegurar que esta confianza, ilógica, hasta cierto punto, estuviese en el alma de todos. Los chicos estaban vueltos locos. Decían: ¡ya, ustedes dos están locos, acabaran con plomo en el cerebro! De ambos, el más loco, según ellos, era yo, pues no hacía absolutamente nada por salir de la mira del cañón. Supongo que debió ser un momento tenso. Uno de esos momentos en que pasa por tu cabeza toda tu vida. Pero no fue así. De pronto, en lo que para los chicos debió ser una eternidad, arrebaté el revólver a Bobby y esta vez yo le apunté a él. Bobby quiso controlarse tan bien como yo, pero se notaba que algo no iba bien. Decía: vale, ya, basta de juegos, vamos a afuera. Luego, apunté a Richard. Éste se tiró al suelo, Dios, bajo la cama. ¡Por el amor a Dios!, gritaban todos cuando los señalé a todos, uno por uno, y cuando quité el seguro, de regreso a Bobby, se cagó del miedo. Los tenía a todos arrodillados ante mí. Ante el arma, mejor dicho, pero eso es algo que no comprendía a los quince años. Sentí por vez primera el poder de controlar a las personas con algo tan simple como un arma. Verdaderamente temblaban en el suelo ahora que el seguro estaba quitado. Comencé a cantar De tin marín de do pingué. Una cosa de verse. Estoy seguro que un poco más de suspenso y literalmente se hubiesen cagado.
     
4
Inicié una relación, pode decirlo de algún modo, con mi revólver. Le bauticé James. Llevaba a James a todos lados donde iba que no fuese el colegio. Lo guardaba en una caja de madera que yo mismo hice, debajo de la cama. Por qué mis padres nunca me quitaron el arma es algo que jamás entenderé. Ellos sabían que su hijo guardaba un arma debajo de la cama, que se paseaba con ella por el barrio, que una vez apuntó con ella a su padre y estuvo dispuesto a matar a su padre y a su madre. Quizá la manifestación del miedo más grave y más peligrosa sea la negación a los hechos.
      Todos en el cole y en el barrio  sabían que iba armado y no temía usar el arma. Se corrían los rumores que de que una vez intenté asesinar a mis padres, que Bobby había usado el arma para apuntarme y yo no tuve miedo, que estaba loco y no temía matar ni morir, y que una vez estuve a punto de disparar a uno de mis amigos, al azar, por diversión.
      Tuve el arma conmigo cerca de cuatro años. Cargar a james bajo el cinturón me daba seguridad, claro. Nadie me provocaba. Nadie me insultaba ni me insinuaba nada. Mis chistes eran los más graciosos, mi verga la más grande, mis ideas las mejores, mis novias las más buenas, mi razón, la única razón. Mi barrio era un barrio de clase baja o media, pero no un barrio peligroso en el sentido de pandillas o balaceras. Podía decirse que yo era el único chico de quince a veinte años que cargaba un revólver y nadie se me plantó enfrente con otro revólver para pegarnos de tiros, como sucede en otros barrios realmente escandalosos. Era el rey de tuertos del barrio. Y me gustaba. Y mis padres lo sabían, y los profesores del colegio lo sabían, y las madres de los otros chicos lo sabían. ¿Por qué nadie me detuvo? Ahora, si yo fuese padre, no permitiría que mi hijo, o el hijo de un vecino cargase un artefacto tan indigno como un arma de fuego. Lo detendría, aunque me costase la vida, antes que la vida de otro chico cayera en manos de la locura.
     
5
Pasé seis meses de aquí para allá en tribunales. Todos amenazaban con encerrarme, decían que no había escapatoria, pero después de seis meses nadie me encerró. Padre y madre lloraban mucho por aquel entonces. Hablaban de juntar el dinero. Yo me preguntaba cuándo realmente iban a encerrarme, como si en el fondo lo deseara, como si mi alama clamase por ser encerrada y salvaguardada de sí misma. Quizá, sí estaba loco. Quizá, esa carencia de emociones o sentimientos era una locura. ¿Por qué no me importaba haber matado a Fred? Nunca fue un amigo, lo que puede llamarse un amigo; nadie lo fue para mí, todos eran como piezas intercambiables, o como cosas que estaban allí y estorbaban un poco, o ayudaban un poco, pero ajenas a mí y a mi mundo y a mis sentimientos. Podían morirse todos y no sufriría en lo absoluto. Y cuando Fred cayó muerto, con una bala en el cerebro, no sentí absolutamente nada. Di media vuelta y llegando a casa anuncié a mis padres que había matado a Fred.
      Tal vez mis padres tampoco tenían mucho sentimiento. Lo único que hicieron fue hablar de esconderme y de conseguir dinero. Al día siguiente llegó al a policía a casa, me detuvieron por asesinato a mano armada; me declaré culpable inmediatamente; no me importaba, incluso entregué el arma yo mismo. Mis padres rogaron porque no me llevaran y hablaron de tener suficiente dinero.
      Después de algunos interrogatorios y amenazas, aunque no con mucha fuerza, pues mantenía mi postura de declararme culpable, decidieron que podía regresar a casa, aunque tenía más citas y más interrogatorios. Mis padres no se separaron de mí todo ese tiempo. Hablaban de abogados y de dinero, Dios.
      Los abogados llegaron al fin, eran tres, y todos coincidían en que debía declararme inocente, demente, o estúpido. Incluso, coincidían que no sería difícil acusarme de demencia: sólo un demente se declararía culpable sin más, sin, miedo, sin arrepentimiento. ¿Cómo se declara? Culpable. ¿Se arrepiente de haber dado muerte a su mejor amigo? No, y no era mi mejor amigo.
      Los padres de Fred estaban deshechos. Amenazaron de muerte a mi padre, y de matarme a mí si no me encerraban. Madre habló de mudarnos de ciudad. Padre no paraba de conseguir dinero, como maldito demonio adicto al dinero. Ya sé, lo hacía por mi bien.
      Finalmente, no sé cómo, me dejaron en paz. Desaparecieron los abogados, los interrogatorios y los citatorios y mi madre dijo que ahora podíamos rehacer nuestras vidas. Nos mudamos a la ciudad de Guadalajara. Yo tenía veinte años, una muerte a mis espaldas, y ningún remordimiento o sentimiento de culpabilidad. Sin embargo, de una cosa estaba seguro: jamás volvería a tocar un arma.


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