domingo, 22 de junio de 2014

La señorita Bermúdez.


Martha Bermúdez entró a trabajar a la oficina dos o tres semanas después que yo. Ella no lo sabía, se lo dije en alguna ocasión, se lo repetí un par de veces, pero siempre lo olvidaba. Yo le decía: vaya, también soy nuevo aquí. Se lo decía cuando me preguntaba el por qué de ciertas decisiones en la empresa, o dónde podía encontrar los sanitarios. Ella reía y exclamaba: cierto, me lo habías dicho ya, ¿dónde tengo la cabeza? Yo pensaba: no sé dónde tienes la cabeza, pero sé muy bien dónde tienes el culo. Martha Bermúdez tenía un buen culo. Apuesto que era un excelente culo incluso sin ropa.

      Mi oficina daba directo al pasillo. La señorita Bermúdez debía pasar por aquel pasillo para llegar a su oficina. Todos los días la miraba pasar unas buenas veces. Le miraba aquel lindo culo y me imaginaba penetrándola desde atrás. A lado mío, mi compadre Berck la miraba pasar también. Normalmente, Berck hubiese exclamado algo al respecto del culo de una señorita que pasa, pero con Martha no solía hacerlo. Eso me extrañaba. Somos hombres, ¿qué no? Los hombres lo hacemos: pasa una señorita y exclamamos. No importa si no está buena realmente, algo hay que exclamar. Incluso si es fea, exclamamos algo respecto a su fealdad. ¿Por qué Berck no exclama nada?, pensaba.

      A veces, Berck y yo comprábamos comida y la comíamos en el comedor de la empresa. A veces, Martha Bermúdez comía allí también. Cuando esto pasaba la miraba discretamente. Era una chica morena, baja de estatura, delgada y con ese culo que ya mencioné. Algo había de su pecho también. Suficiente para que me levantase los ánimos cuando la miraba llegar por las mañanas, o cuando se paseaba por el pasillo, o en el comedor. Sin embargo, ni Berck ni los otros parecían entusiasmados con ella. Esto me preocupaba, en serio. Yo tenía una opinión positiva sobre Bermúdez y su culo, Dios, y nadie parecía notarlo. Hablo del culo de Martha: nadie parecía notar que un par de carnes bien formadas y firmes se meneaban por las oficinas. Habían notado incluso a mujeres de culos inferiores; se excitaron con Brenda, que era una chica vulgar y gorda, con Ivonne, que era más o menos del mismo tipo, y con Casandra, presumida y tonta. Martha Bermúdez, además de su cuerpo, tenía un carácter tranquilo, apaciguado; una mujer con la que se puede estar en santa paz, sin ir de compras ni conversaciones sobre la farándula. Una mujer con la que uno puede fumar un cigarrillo y beber una cerveza y hablar de cualquier cosa, sin pretensiones.

      En una ocasión, Martha pasó por delante de mí, a lo largo del pasillo. La seguí sin decir nada y de pronto se paró en seco. Mi cuerpo se estrelló con el suyo. Estoy seguro que sintió mi pene erecto sobre su espalda. Exclamó algo ininteligible, dio media vuelta, para plantarme cara, y sonrió. Yo sonreí también. No puede hacer nada más. Estaba muy nervioso. En el acto, se cayeron un par de papeles de las manos de Martha. Se agachó para recogerlos y le mire el culazo. Debí agacharme yo, ayudarla. Me sorprendió mirándola. Se sonrojó. Dijo: bueno, debo irme, ¿nos vemos en la comida? Asentí con la cabeza. Aquella tarde Berck me propuso comer fuera y acepté.

            ¿Qué opinas de Martha Bermúdez?, le pregunté a Berck durante la comida. Se limpió los labios con una servilleta y masticando, dijo: no sé, no me agrada. Bebí agua. Luce como una tonta, ¿no crees?, continuó Berck. Sí, bueno…, murmuré yo… Pásame la salsa, interrumpió Berck. No hablé más sobre la señorita Bermúdez.


2

Una mañana me propuse decírselo. A Bermúdez. Invitarla a comer fuera y decirle que estaba dispuesto a salir con ella, a conocernos, no sé… si ella quería, claro. Estaba decidido. Lo haría poco antes de la hora de la comida. Aquel día la miré un par de veces antes de la hora indicada. La miré pasar por el pasillo de ida y de regreso. Definitivamente había algo en ella que me atraía. Tenía ganas de besarle el culo, Dios santo.

Poco después me levanté, caminé hasta su oficina. Estaba dentro, y con ella, Berck. Quise huir, pero Berck me miró venir; me hizo una seña para que entrase. Entré. Hablaban sobre una proyección de ventas, o algo, y decidieron preguntarme si yo estaba de acuerdo con los resultados. Miré la proyección en el ordenador de la señorita Bermúdez, por encima de ella. No puede concentrarme. Mi mirada caía, pesada como el plomo, sobre la espalda de ella, resbalándose hasta la raja de su culo, que asomaba discretamente, debajo del pantalón, debajo de una tanga de color rosa. Sí, dije, todo eso está muy bien. Acto seguido, me levanté y me fui. No deseaba mostrarme demasiado interesado. No delante de Berck.

      Berck regresó a su sitio y me propuso comer fuera. Acepté. Comenzaba a odiar a Berck, aunque no fuese culpable. Durante la comida volvió a hablar de Bermúdez. Dijo: ¿Has notado que Bermúdez usa un color de labial muy feo? Lo había notado. Me parecía un color de labial discreto y bello. No, respondí.


3

La semana siguiente salimos, Berck, un par de compadres más y yo. Fuimos a beber a un bar cerca de la zona rosa. Allí me emborraché y cometí el error de confesar que pensaba de Bermúdez que era linda. Nunca debí usar aquel adjetivo. Se burlaron de mí porque consideraban a Bermúdez una chica rara, tímida, opaca, introvertida, callada, no sé. También porque usé una palabra reservada a las mujeres. Debí decir: buena, o sabrosa, ya sabes.

      En adelante, en la oficina, comenzaron a burlarse de mí. Usaban el adjetivo lindo para referirse a todas las cosas y cuando Bermúdez pasaba frente a nosotros exclamaban y silbaban. Estoy seguro que la señorita Bermúdez lo entendía porque se sonrojaba. A partir de aquellas burlas, Bermúdez comenzó a pasar más a menudo delante de mi oficina. En ciertas ocasiones me sonreía, me saludaba con la mano o me saludaba dos veces. Una vez lo dijo. Dijo: ay, creo que ya te había saludado, ¿verdad? Bueno, no importa, hola otra vez. Me pegaba un beso en la mejilla y se iba contoneándose y agitando la mano en salutación. Yo no podía hacer otra cosa que saludarla y agitar la mano casi sin hablar. No deseaba que Bermúdez se pensara que yo… Vamos, ni yo puedo entenderme, Jesús. ¿Por qué no habría de desear que ella lo supiese?: me gustas, Bermúdez, me gustas mucho, Dios, me muero por tener tu culo en mi boca, ¿y?, ¿te molestaría? No lo creo, señorita, no lo creo.

      A su intensiva búsqueda de mí, yo respondía con una intensiva estrategia de ocultamiento. Salía a comer fuera, con Berck, las más de las veces, evitando encontrarme con Martha en el comedor (ella, generalmente, comía ahí). Al salir del trabajo rodeaba la cuadra que da al metro, para no encontrarla en el camino; una vez la encontré y tuve que abordar con ella el metro y recorrer cinco estaciones. Fue muy incómodo. Íbamos de pie, ella delante de mí, agarrados del tubo; no podía evitar el rozamiento de mi pelvis con su culo, o su espalda. La ansiedad me carcomía. Sentía ganas de tocarla a gusto, de bajarle el pantalón y meter mi lengua hasta lo más profundo de su ano. No quería despertar en ella sospechas sobre mis deseos más oscuros. Si al menos Berck y los demás me animaran…

      No, Berck y los demás no me animaban. La consideraban fea y apática, no sé. En cambio, todos se animaban a conquistar a Brenda, o a Casandra. Si alguna de ellas pasaba delante de nosotros, todos exclamaban y se excitaban; les hacían bromas, les dirigían albures y cosas. Yo no hacía nada de eso; las odiaba porque se daban aires de grandes estrellas del modelaje cuando eran personas horribles y vulgares que se paseaban en minifalda y tacones. Bermúdez, en cambio, jamás usaba tacones ni minifaldas, cosa que siempre le agradecí. Si alguno lograse acostarse con una de ellas, sería el héroe de la oficina. Nadie lo intentaba en serio, eran, para ellos, dos musas inalcanzables porque tenían culos y tetas de más de dos kilos. A mí se me antojaban más un par de luchadoras de lucha libre, o un par de prostitutas de la Merced, no sé.

      Otra mañana, volví a despertar convencido y decidido a hacerlo: salir con Martha Bermúdez, hablar con ella, confesarle mi atracción. Estaba seguro que yo, de algún modo, le atraía, porque… no sabría explicarlo; me gusta pensar que se fijaba en mí porque era un hombre diferente, que no se alocaba aquellas sirenas de agua puerca, y sí con ella, que era tímida y honesta. Probablemente sea mentira, producto de mi embelesada imaginación, sí, pero por las noches pensaba en ello y me tocaba pensando en Bermúdez, y Dios santo, me corría a toda presión al imaginarla desde cierta posición sexual, o chupándomela. También tenía imaginaciones donde Berck y los demás me descubrían penetrando a Bermúdez en las bodegas de la empresa y, caray, se les caía la cara al ver, en todo su esplendor, el culo de mi chica. Se los dije, hombres, Bermúdez es la buena aquí, Dios. Me convertía en el héroe. Otras veces pensaba en Bermúdez desnuda en un bosque paradisiaco, agachada para recoger flores del suelo, y yo, espiándola desde algún arbusto, en espera del mejor momento para saltar sobre ella y violarla hasta desgarrarle las entrañas y beber la sangre de su recto, en un ritual de iniciación satánica, o por puro placer. En esta última imaginación, Bermúdez podía morir, no me importaba.  

      Bueno, el caso es que llegué al trabajo decidido. Aquella mañana Bermúdez llegó metida en un pantalón blanco que traslucía ligeramente la piel morena de su magnífico culo. Esto me intimidó, así que decidí esperar un poco más, a una mejor ocasión; ocasión en que me sintiese más seguro. Salí a comer fura, con Berck y los chicos, y comenzaron a hablar del pantalón de Bermúdez. Dijeron que no estaba tan mal. No dije nada, estaba de más. Yo llevaba un mes diciéndoselos. Sin embargo, no llegó a excitarlos tanto como la vez que Brenda llegó en minifalda blanca y tanga negra. Aquella vez estaban vueltos locos.


4

Escribí una nota para Bermúdez. Ponía: Hola, ¿te gustaría comer conmigo esta tarde en Biarritz? La escribí sobre papel corriente; pensaba dejarla sobre su escritorio. No la firmaría; la dejaría en secreto. Poco después, dejaría otra nota secreta, durante algún descuido de Bermúdez. Ésta pondría: Si aceptas, te veo en Biarritz a las tres en punto. Mi esperanza era que la intriga de saber quién le había invitado la excitara y fuera. También podía pasar que no fuera, precisamente por la intriga; no era una mujer de aventuras. La última perspectiva me detuvo. Hice bola el papel de la primera nota y la arrojé al cesto. ¿Por qué me era tan difícil?

      Al día siguiente tuve un envalentonamiento y lo hice: en cuanto llegó Bermúdez y me saludó, le dije: necesito hablar contigo, ¿podemos comer esta tarde fuera? Se impactó por el tono de mi voz, al que doté de cierta gravedad, como si tuviese una noticia funesta que darle, o una noticia secreta o importante, no sé. Asintió con la cabeza y se fue. Dos horas más tarde regresó y preguntó: ¿qué es lo que tienes que decirme? No contaba con esto, así que titubeé y dije: ya te lo digo en la tarde, ¿vale? Afortunadamente no insistió y las cosas pasaron: fuimos a comer a Biarritz. En Biarritz me acobardé. ¿Qué es lo que deseabas decirme?, me preguntaba una y otra vez y yo no tenía respuesta. Vale, respondí, sólo deseaba comer contigo fuera y no sabía cómo decirte, ¿okey? Bermúdez sonrió y dijo: okey.

      Pasamos un rato agradable. Bermúdez era risueña, activa, sonrojada, despierta, cuando se sentía en confianza. Yo me mostré encantado de estar con ella y ella reaccionó a mi entusiasmo. Cualquiera diría que la cosa estaba hecha.

      AL regresar, sin embargo, a la entrada del edifico, nos encontramos con Berck y los otros. Olvidé avisar a Berck que saldría con Bermúdez. Todos exclamaron y gritaron y rieron. Incluso las chicas. Bermúdez se sonrojó, aunque notabas cierto orgullo en su coloración. Yo cambié mi actitud a una actitud de vergüenza. Me apenaba pasearme con Bermúdez abiertamente. Ella debió notarlo. En el pasillo, dijo: gracias por la comida, ojalá pudiésemos comer igual en el comedor. Acto seguido, se fue. Noté un desaliento en su alma, una decepción, no sé.


5

Lo anterior fue todo lo que podría describir como mi relación con Bermúdez. Después de aquella salida no volvimos a salir ni a comer juntos. Los chicos hicieron burlas durante todo el mes y luego lo olvidaron porque nunca más volvieron a verme con Bermúdez ni mostrar interés en ella, ni nada. También pasó algo en mi cabeza porque realmente no tuve más interés en ella; ni siquiera su culo logaba excitarme como antes. Bermúdez dejó de saludarme con tanta frecuencia y no hablamos más, con excepción de lo estrictamente laboral.


      Bueno, quería contárselos. ¿Qué habrían hecho ustedes? 



2 comentarios:

  1. siempre disfruto con tus narraciones, tienen l magia de encontrar lo filosofico en lo cotidiano. POr que necesitamos la aprobacion de otros incluso para enamorarnos?

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  2. Pedro Gabino Flores25 de junio de 2014, 10:32

    suele suceder, quiza morbo tal vez cosa de supervivencia pero por siglo el hombre siempre anteponemos un buen par de nalgas a una buena eficiencia

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