domingo, 29 de junio de 2014

Infancia: Marisol.



Durante la primera Navidad de mi vi escolar, representé en la Pastorela a un ángel. Mi madre confeccionó las alas. Compró el traje y un par de sandalias. Me puse el traje y me sentí cómodo. Sentaba mejor que el uniforme escolar. Preferí las sandalias a los zapatos. Creí que yo, verdaderamente, era un ángel. Había escuchado historias de que los niños eran ángeles. Ahora no me costaba creerlo. Incluso me sentí bueno. Tuve pensamientos bondadosos para con todos los que me rodeaban, incluyendo a la Madre Concepción.   

      Mi primer sentimiento amoroso ocurrió durante esta representación. Me enamoré de Marisol, la niña que representó a la Virgen María. Mi primer enamoramiento, en aquel entonces, fue puro. No deseaba hacer el amor. Carecía de educación y deseo sexual, en el sentido más soez de la palabra.  Mi enamoramiento se limitaba a un deseo indescriptible de contemplar a mi mujer. Mi blanco objeto del deseo. Era una niña rubia, de rasgos finos y ojos color miel. Su cuerpo de niña no incitaba. Su rostro, sin embargo, me hacía soñar sueños infantiles y serenos sobre el amor. Mi entendimiento del amor era el siguiente: Marisol y yo en la nevería. Marisol y yo en los columpios. Marisol y yo, tomados de la mano, de pie, en la nada. Marisol y yo, tomados de la mano, con la expresión de una estatua de mármol, en la nada. Marisol, ¿Dónde te encuentras ahora? Marisol, ¿a quién has entregado tu sexo? Marisol, deja entra a mi carne en la tuya, hagamos el amor, como sólo ahora podemos hacerlo. Marisol, aquel niño que te obsequió una planta muerta como símbolo de su amor, ahora es un cretino. Marisol,  completa conmigo el círculo de un amor prematuro e infecundo. Hagamos el amor de un modo que ofenda a Dios. ¿Tienes marido?, ¿tienes hijos? Abandónalo todo y únete a mí, bajo la luna de Satán, al primer amor humano. No somos santos. Somos malditos. Nuestra sangre está contaminada por el pecado original. Tus hijos son demonios, provienen de la serpiente que violó a la madre de todos nosotros. El Infierno está en la Tierra y tú y yo somos el mal.

      Conté a mi madre sobre mi primer amor y me facilitó el camino. Se amistó con la madre de Marisol y propició los encuentros entre su hija y yo. Estos encuentros los exigías mi alma, cada vez con mayor frecuencia. Lloraba si no se me llevaba a casa de mi amor. El llanto, única arma de un niño, era disparada por mí sin censura. Los hermanos de mi madre me llamaban niño llorón. Detrás de cada lágrima mía anidaba una manipulación. Mi llanto era el modo de comunicarme con los humanos, como lo es el llanto de los gatos.
     
      Mi primer amor despertó en esta primera etapa de mi vida, y también, mi primer odio. El primer odio lo despertó en mí Rodrigo, un niño con sobrepeso, de tez blanca y cabello negro. Era el mayor en edad y el mayor en tamaño y peso. Solía adueñarse de las cosas, por ejemplo, del pasa-manos de la esquina, de una esquina, de una banca. Si proclamaba algo como suyo, la fuerza de su voz y de sus puños le defendía. No había modo de hacerle frente. Tendría tres o cuatro años y era un tirano. ¿Qué ha sido de ti, Rodrigo? ¿Aceptarías una pelea a puño limpio conmigo ahora? Una pelea se gana por el tamaño de los músculos, pero también, por el tamaño del odio. No, no soy un hombre agresivo, pero, ¿sabes?, contigo voy a hacer una excepción. Sigues siendo mayor que yo ahora, vamos. ¿Es que te has convertido en un hombre pacífico y bueno? Mejor así. Lo comprenderás mejor cuando te parta el culo.
     
      Le odié, más que nunca, cuando me abofeteó porque no quise darle una manzana. Mí manzana. Lo hizo delante de Marisol. ¿Lo recuerdas, desgraciado? Ahora quiero que tú me des a mí aquella manzana. La arrebató de mis manos después de pegarme y la mordió. Aquella fruta me pertenecía. Mi madre la compró y la lavó y la colocó en mi lonchera. ¿Dónde está mi manzana? Estuvo en el tracto digestivo del niño equivocado. ¿La has defecado bien, Rodrigo? ¿Estás seguro que no queda nada de ella dentro de ti? ¡Vamos a averiguarlo! Le quitaste a un niño una manzana, pero sembraste en él una semilla mucho más peligrosa.

      No dije nada a mi madre ni a las monjas. Al llegar a casa, cuando mi madre preguntó si me lo había comido todo, dije que sí. Todos los actos se realizan ante los ojos de Dios. ¿A quién vas a castigar, Dios? ¿A Rodrigo por robar, o a mí por mentir? ¿Dónde está tu bondad, Señor? Tu bondad está en perdonar a Rodrigo y dejar entra en mí el odio para después castigarme. ¿No es cierto? Veamos: me enfrenté a Rodrigo la quinta vez que intentó robarme parte del almuerzo. Esta vez logré esquivar el golpe. Había siempre una muchedumbre de niños alrededor. ¿Dónde estaban los adultos en aquellas ocasiones? La muchedumbre exclamó. Rodrigo enfureció, intentó pegarme de nuevo. Volví a esquivar el golpe y le pegué en el estómago. Tenías una buena ofensiva, pero tu defensiva era mediocre, ¿recuerdas? El puñetazo de un niño enclenque bastó para doblarte. Rodrigo lloró y me delató con la Madre Superiora. ¿Cuántos golpes había aguantado yo, hijo de puta? ¿Quién era el niño llorón? Llamaron a mi madre. Me encerraron en la capilla. Dios había castigado al niño equivocado. ¿Dónde está la sabiduría del Cristo? Me hicieron rezar veinte Padre Nuestros. Yo fui culpado y Rodrigo canonizado. Me condenaron. Me satanizaron. Me llamaron violento y amenaza. Mi madre me reprendió por mi comportamiento. Enfrenté el castigo y el regaño. ¿Qué hubieses hecho tú, Rodrigo?, ¿llorar y explicar que otro niño te ha robado el almuerzo cinco veces ya? Tú no hubieras soportado el primer abuso. Esto ahora tiene un nombre, pero en aquellos días de 1988 un niño se hacía hombre y enfrentaba sus miedos con su soledad, no con el psicólogo. ¿Qué ha sido de ti, Rodrigo? ¿Aceptarías una pelea a puño limpio conmigo ahora? ¿Tienes mujer? ¿Tienes hijos? ¿Tienes razones para no hacer un lío? Explícaselo a tu mujer y tus hijos: Petrozza ha regresado.

      Mi relación con Marisol consistía en encuentros esporádicos en casa de su madre, es decir, en casa de Marisol. La madre de Marisol era una mujer divorciada y se mantenía a ella y a su hija con la venta de juguetería en bazares y en casas. Su apartamento estaba lleno de juguetes. Mi madre llegó a comprarle para justificar nuestras visitas. Las madres conversaban en la estancia mientras Marisol y yo jugábamos con los juguetes abiertos en el pasillo. El juguete que más recuerdo era una pequeña máquina que hacía rotar en una pantalla un escenario de carretera con obstáculos por medio de un cilindro movido a cuerda. El juguete en sí tenía el aspecto del frente de un coche de 1980 y había que mover con un volante pequeñito un coche diminuto que se desplazaba por el escenario y esquivar los obstáculos. Su música era el girar de la cuerda por medio de los engranes. Marisol era capaz de terminar la carretera sin chocar. Supongo que se trataba de una carretera corta aunque en aquel entonces nos parecía eterna y nos hacía sudar. ¿Qué sucedía si el coche chocaba contra una piedra u otro coche? Nada. Aun así podías continuar indefinidamente. Podías hacer girar la cuerda y dejar el coche aparcado y nada pasaría. Era cuestión de honor y de honestidad ganar el juego.

      Nunca confesé a Marisol mi amor por ella porque no sabía que el amor debe confesarse, como un delito, un crimen, un pecado; y porque no sabía que mi sentimiento era el de un enamorado. ¿Qué pensaba yo al respecto? Nada. Me apetecía mirarla, y eso era todo lo que tenía. La amaba como se ama a una pintura artística.

      Si nos aburríamos con los juguetes, salíamos. No ha quedado claro: Marisol y yo vivíamos en el mismo conjunto habitacional. Las visitas a su casa las hacíamos a pie. Salíamos al área de juegos infantiles del conjunto de apartamentos. Una plancha de cemento sobre la que había empotrado un pasa-manos, una resbaladilla, un par de columpios y un sube-baja. Además de eso había cuatro bancas de concreto. Muchachos mayores solían acomodarse en las bancas a fumar y charlar e intentar acostarse con las muchachas, que también se tumbaban en las bancas a fumar y charlar y dejarse ligar. Marisol y yo estábamos a un abismo de todo eso. No fumábamos, ni nos besábamos ni nos cogíamos de las manos ni hablábamos de amor. Todos nuestros encuentros ocurrían por las tardes, después de clases, y terminaban antes del anochecer.

      El uniforme de gimnasia del colegio incluía una cinta de color azul para los niños y de color rosa para las niñas, que debíamos anudar alrededor de nuestras cabezas. Una camisa blanca, un par de shorts del mismo color, según nuestro sexo, un par de calcetas del mismo color, y un par de zapatos deportivos blancos. Yo no podía soportar la cinta. Tenía tres años, y también orgullo. Me resistía a sufrir tal humillación. Siempre que me era posible, me quitaba aquella cosa y me la embolsaba. ¿No era suficiente con obligarnos a arrodillarnos ante el pecho desnudo de Cristo? ¿Había que obligarnos también a llevar aquella cinta? Un niño tiene criterio propio, y hay cosas que detesta, como si tuviese cuarenta años. Reto a cualquier adulto de cuarenta años a vista el uniforme de gimnasia del colegio de La Vera Cruz, en 1988, y se pasee por la calle sin sentirse ridículo y estúpido y sin ser amedrentado. Escuchen esto, padres: Los niños no son mascotas. Los niños tienen vanidad y reputación desde los tres años. Si quieren vestir payasos, vistan a sus madres.

      La clases de gimnasia eran impartidas, Dios santo, por la Madre Concepción. No es necesario explicar nada más para dar a entender el grado de patetismo de los ejercicios, y, en general, de las clases de gimnasia, y de todo lo que las Madres entendían por gimnasia.

      Ahora bien, aquellos shorts color de rosa me permitían mirar las piernas de mi amada. ¿Qué miraba un niño de tres años en las piernas de una niña de tres años? Se los diré: los hoyuelos en las rodillas. Aquellos hoyuelos equivalían a un par de tetas a los quince años. ¿No existe la sexualidad en los niños? Existe la sexualidad en los niños, aunque no tenga que ver con penes y vaginas. Tenía tres años y una vida sexual activa: cada que podía me sentaba a lado de Marisol y le sobaba las rodillas. Era el comienzo de lo que más adelante sería mi vida de depravación. A los tres años nadie me puso un alto, ¿por qué iban a ponérmelo a los once, edad en que sostuve mi primer encuentro sexual con algo poco más que una niña?

      Los problemas en el colegio continuaron. Me negaba a seguir al pie de la letra el reglamento. Me negaba a arrodillarme, a rezar, a usar la cinta en la cabeza, entregar la tarea, a dejarme abusar por Rodrigo, a prestar atención a las maestras. Mi madre optó por sacarme del instituto.

Esto supuso una disminución en mi contemplación de Marisol. Ahora podía verla sólo por las tardes, una o dos veces por semana, cuando mi madre estaba de humor para llevarme a casad e mi corazón. Poco después cumplí cuatro años y con ello gané el beneplácito de salir solo y pasearme por el conjunto habitacional. Salía con frecuencia, siempre a buscar a Marisol. Además de ella, no tenía amigos. Ni de mi edad ni de otra.

El apartamento de Marisol estaba en la planta baja de la torre 14. La ventana de su habitación quedaba a ras del suelo. La tocaba con el puño para llamarla. Marisol, ¿estabas tú enamorada de mí? Respondía a mi llamada con prontitud. Asomaba su sol de cara por la ventana, me hacía la señal de espera, y salía corriendo por la puerta del edificio en ropa de civil. En verano utilizaba shorts de mezclilla. En verano ofrecía a mi pequeña mente retorcida aquellos hoyuelos por donde, metafóricamente, la penetraba.

Nuestros juegos se resumían a cortar plantas del jardín y separarlas en grupos, según su clase. No su clase botánica, si no la clase a la que pertenecían según su semejanza con ciertos alimentos que conocíamos. Por ejemplo, había un tipo de planta que por su aspecto parecía carne, otro, perejil, otro, lechuga o queso, etc. Había un tipo de planta estupendo, que daba un fruto maldito, de color rojo o verde, con aspecto de jitomate y tomate respectivamente, en miniatura. Eran nuestras plantas favoritas. Arrancábamos tanto como podíamos. Una vez hecho esto, fantaseábamos con tener un restaurante. A veces era yo el comensal, a veces ella. Ambos preferíamos jugar el papel de cocinero. Era, por mucho, el más interesante, y el más divertido. Cuando me tocaba ser el comensal, fingía llegar al restaurante y ordenas carne asada con perejil y tomates. De postre, un pastel de chocolate, que era preparado con lodo y una corcholata de coca-cola. Sí, tenía el aspecto de una tarta o un panqué. Esto era nuestro juego favorito, además de columpiarnos o mojaros con el dispersor que regaba las plantas con agua sucia. Eran tiempos ingenuos y buenos.
     

Luego, un buen día, la madre de Marisol, y por lo tanto Marisol, se mudaron. Así terminó mi relación con el primer amor de mi vida.


2 comentarios:

  1. yo tambien tuve una amiga de infancia así!!! :) gracias Petrozza por traerme a la mente ese bonito recuerdo (y) y Liz (se llamaba Elizabeth) estes donde estes te mando un beso :)

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  2. Jorge Charcas Lopez29 de junio de 2014, 18:28

    Siempre suele suceder, que el verdadero y único amor! si es ese el primero de todos, el más maravilloso , sublime e inalcanzable. Pero tan incomprensible para muchos, que mueres en cada atardecer sí no vez a ese gran amor, tan lejos y ala vez

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