domingo, 8 de junio de 2014

Infancia: Colegio de la Vera Cruz.



La sociedad y yo nunca nos entendimos. Existió una barrera de comunicación entre ellos y yo. Un sesgo en el lenguaje. El lenguaje, en el más amplio sentido de la palabra. De eso es lo que quiero hablar. Veamos qué tal va...

      Mi primer inconveniente con la sociedad ocurrió en 1986 o 1987, durante mi primer día de clases en el kindergarten, primera institución maldita del proceso destructivo del alma de un hombre. Fue para mí otro nacer, otro arrancarme del vientre de mi madre. ¿Por qué lloré hasta vomitarme encima? ¡Porque nadie me hacía caso! No lograba darme a entender, Dios. No me hacían caso de que me sacasen de allí inmediatamente y me colocaran suavemente sobre el regazo de mi madre. ¿Por qué nadie me hacía caso? ¿Tuve que llegar hasta ello? ¡Tuve que vomitarme encima para que alguien llamase a mi madre y me la devolvieran! Esto fue totalmente posible gracias a que la buena de mi madre daba clases en el mismo kindergarten donde me encarcelaron, me humillaron, y me injuriaron. Una vez en brazos de mi progenitora cesó el llanto. ¿No era suficientemente claro? ¿Mi voluntad era inferior a la de cualquier ser vivo por tener yo tres o cuatro años? Aquella mañana de febrero hice valer por vez primera mi voluntad, por la fuerza de mis cojones. ¡Con que así iba a ser! Qué lejos estaba en aquel entonces de rebelarme del instituto de estudios primarios, secundarios, medios superiores, superiores, de mis padres, del trabajo. Había quedado bien claro: deseaban verme llorar y vomitar. Pues bien, me verían vomitar sobre todos ellos. Ahora lo pienso: ¿cómo es posible que haya llegado tan lejos, que no hubiese desertado del colegio a los quince años, del hogar a los diecisiete, de la Universidad a los veinte; que no hubiese dejado esta vida a través del suicidio, aunque lo intenté? Era un desertor nato. A pesar de ello cursé los estudios con sobresalientes. Los profesores aconsejaban a mi madre adelantarme el curso. No estoy orgulloso de esto. Un niño adelantado es, en el fondo, un niño mejor adaptado. Antes que los demás, estará moldeado para servir. Para ser un hombre productivo a la sociedad. No hay nada más detestable que un hombre productivo a la sociedad. No hay nada más triste y patético. 

      Mi madre, finalmente, fue avisada y puede reencontrarme con ella. Me cargó en brazos, lleno de mi propio vómito, y me solapó. Había manchado la chamarra de los Vaqueros de Dallas que me regaló mi bisabuelo la Navidad pasada. Madre me la quitó y la limpió. Pude permanecer con mi madre hasta el final del horario escolar. Me sentó en un pupitre, dentro de su clase. Desde ahí la miraba dar clases de español. Ella era parte del sistema: ja, ja, ja.  

Al día siguiente no lloré. ¿Por qué? No lo sé. Quizá mi alma de niño había sido aplastada. Todo comenzaba a marchar.

De mi primera vida escolar tengo sólo un recuerdo grato. Una ocasión, durante el descanso, una niña güera fue golpeada en la sien por la punta de un columpio sobre el que un niño se columpiaba. La punta de un rectángulo de metal, de 25 por 15 centímetros, a penas suficiente para soportar el culo de un niño, impulsado por la fuerza física de un peso de treinta kilos, se estrelló de lleno contra la pobre creatura. La niña cayó al suelo y se desmayó. Fue la primera vez en mi vida que vi correr sangre y sentí satisfacción. Los niños también pueden morir, pensé. Le llevaron a servicios médicos y sus padres vinieron a por ella. Dos días después me pinche el dedo con lápiz perfectamente afilado. Lo afilé yo mismo. Yo mismo caminé hasta servicios médicos y exigí ser llevado a casa. La enfermera revisó mi pequeño dedo, me limpió la gota de sangre con un pañuelo higiénico, me colocó una bandita y con una palmada en el culito, me instó a regresar a clases. Hice una rabieta dentro de mí. Yo no deseaba pertenecer a ello. Deseaba que me llevasen a casa.

      No lo he mencionado antes: el colegio al que asistí, llamado Colegio de la Vera Cruz, no era laico. Era católico. Una vez por semana, los lunes, nos llevaban en grupo a misa, a una capilla dentro del Instituto. Nos obligaban a arrodillarnos ante la imagen de Jesús el Cristo. ¿Quién les daba derecho y por qué? Nos enseñaban a rezar el Padre Nuestros y el Ave María, como enseñaron antaño los españoles a los indios. Debíamos llevar siempre con nosotros un rosario. Si algún alumno se comportaba indebidamente, en algún aspecto dentro de la religión o fuera de ella, se le encerraba en la capilla y se le sentenciaba a rezar determinado número de Ave Marías. El número de rezos iba en proporción directa a la gravedad del delito. Se metía al niño a la capilla y se le dejaba solo con las cuentas del rosario y con Dios. Invariablemente, una monja le vigilaba en secreto. Lo supe cuando, tras haberme escondido en los sanitarios al terminar el receso, para no deber continuar con mi educación, me descubrieron y me llevaron a la capilla. La ejecutora fue la Madre Concepción, a quien llamábamos Mis Concha, o Madre Concha; una mujer morena, baja de estatura, menuda y con la cara de un muñeco de barro sin retocar, de casi sesenta años. Debe estar muerta ahora. Me introdujo en los aposentos del Señor. Me exigió catorce Ave Marías. Debía hacerlo delante del muñeco del Cristo, con la cabeza gacha y con verdadero arrepentimiento. Podía cumplir con todo, excepto con arrepentirme. ¿Cómo iba a arrepentirme de algo que hice desde mi voluntad más honesta? ¿Cómo puedes obligar a alguien a arrepentirse? Por medio del chantaje y el condicionamiento. El arrepentimiento aprendido en los colegios es lo que más tarde será el motivo de todos nuestros miedos, porque los malos tratos, sin llegar a la violencia, causan, si se aplican adecuadamente, un peculiar sentimiento de culpa (y arrepentimiento). La iglesia es el primer cobrador de impuestos: paguemos el diezmo, paguemos impuestos; rezar es el primer paso a la esclavitud y la dependencia psicológica de un ser supremo: Dios o Gobierno. Hay que pagar. Con Ave Marías primero, con dinero después. Debía rezar y rogar para salvar mi alma. ¿Salvarla de quién? De Dios Padre Todopoderoso. Dios era un ser bondadoso. Además de eso, conocía innumerables formas de castigar a la humanidad, y a un niño de tres años.
     
      Bien, la Madre Concepción me introdujo en el santuario y se retiró. Me dejó a solas para que rogase perdón por desear lo indeseable. ¿A caso era el único niño que no deseaba tomar clases? Caminé por sobre la alfombra roja que llevaba directo al Cristo crucificado. Le miré de pies a cabeza. La imagen de Cristo no me gustó. Estaba clavado a una cruz, adolorido y ensangrentado, y con todo, debía arrodillarme ante él. Creo que no era un buen momento. ¿Por qué no esperábamos a un poco después, cuando haya logrado zafarse y bañarse y vestirse con una túnica blanca y recuperar algo de su orgullo? ¿Cuál es la prisa, Madre Concepción?, Jesús está indispuesto ahora. Cogí el rosario entre mis pequeñas manos, lo apreté, cerré los ojos… no me arrodillé. Me daba vergüenza ponerme de rodillas, a solas, con la imagen de Jesús mirándome desde su humillante posición. La imagen de Cristo crucificado no inspira a un corazón noble a arrodillarse ni a pedir perdón. Inspira, en todo caso, a dar perdón y dar la mano y decir: vale, Jesús, todo estará mejor en cuanto te untes ungüentos. Acto seguido, la Madre Concepción irrumpió en el salón y me riñó. ¡Arrodíllate ante el hijo de Dios!, gritó. No obedecí y llamaron a mi madre.


Aquella tarde lloré. Desde pequeño, Dios no entró en mí. Las Madres comenzaron a escandalizarse porque me negaba a rezar en voz alta, al unísono con los demás, durante las misas. Mi madre habló conmigo. Dijo: reza, aunque no creas en Dios. Mi madre toleraba la herejía, pero no la desobediencia social. Esto podía significar su despido. En adelante fingí rezar en voz alta, moviendo la boca y emitiendo un sonido apenas perceptible. Luego gritaba, amén. Amén significaba: ¡Adiós! O: ¡Fin del teatro! O: ¡Rompan filas y a correr! 






3 comentarios:

  1. Jorge Charcas Lopez9 de junio de 2014, 11:45

    Si, pienso y siento igual que estas líneas! detesto de sobremanera estos actos encumbrados en sentimientos falsos de lo que es la dichosa religión.Que en nada te ayuda, al contrario predican con un ejemplo patético de servilismo apoyado en la dichosa fe, que nos lleva a vaciar los bolsillos y si no lo haces estas pecando......!

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  2. En la vida todo es a cambio de algo, esta visión es muy conservadora, todos seguiríamos en el vientre de nuestra madre si esta visión se hiciera realidad. Siempre le tememos a lo nuevo y anhelamos lo viejo, lo cómodo. Pero la vida es cambio.

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