jueves, 19 de junio de 2014

¡Brillante!

Texto por: Joss
Sitio del autor, aquí.

 Ya es tarde, nadie esperará a un alma que pronto morirá.
Avanzarán sin mí y será en vano llegar allí.
Yo.

Capítulo I: Una piña en la cabeza

El hombre que está a mi lado trata de contener su risa ¡Y cómo no! Le he dado un show esplendido al estrellar mi frente en el asiento delantero. No obstante, este incidente ha sido una salvación, pues ya me he pasado dos paraderos, y francamente, con el sueño que tengo; el bus podía llegar hasta Nazaret y yo ni enterado. Mientras dormía, mi cerebro proyectaba una terrible película de horror, una de esas que te estremecen hasta los huesos, de la cual sólo deseas escapar y no volverla a pensar jamás. Sin embargo, después de observar a mi alrededor, preferiría volver a internarme en mis sueños, por más descabellados que sean. Esta carcocha está repleta de gente y el bochorno es insoportable. En los asientos posteriores, están un par de ‘fresitas’ hablando de qué tan grande la tienen sus enamorados. El modo de hablar de ambas me causa indigestión. Utilizan al por mayor aquel ‘manyas’ que tanto detesto; qué chiquillas tan despreciables, apuesto mi colección de cómics a que ni saben qué significa. Cerca al medio, está una de esas tías con bebé alquilado (fácilmente es la quinta que se sube al micro) cantando una de esas insoportables canciones en quechua, que obviamente, son una sinfonía al lado de esa basura de reggaetón que acaba de poner un narizón con gorra y pinta de piraña sentado en el asiento de atrás. Cosas como estas hacen que un golpe de cabeza sea una caricia al lado de la jaqueca que te causan. Asqueado me paro y empiezo a empujar a todos hasta llegar a la puerta, la cual se abre, liberándome.


Capítulo II: Frenillos


Dejo atrás aquel zobaquiento bus, veo la hora en mi celular mientras empiezo el recorrido de esta gran avenida. Faltan dos minutos para el inicio de mis clases y estoy como a dos kilómetros de mi instituto, y a menos que camine un kilómetro por minuto, llegaré extremadamente tarde.

     “Cómo escribir historias fascinantes” es el título de mi taller, y me vienen dando consejos para poder escribir alguna novela que hace mucho quería plasmar en hojas. Es dictado por un conocido cronista, al cual puedo ver sonriente en un gigantesco anuncio situado cuadras más abajo como parte de la propaganda del diario que él dirige, y que nunca compro, no porque tenga mala información, sino porque no trae horóscopo. Él ha pedido  a la clase escribir un relato acerca de alguna anécdota. Yo ahora no tengo ni la más mínima idea de lo que escribiré pero haré el esfuerzo por impresionarlo un poco.

     He llegado a la cuadra del anuncio de mi profesor, y se me da por observarlo sin detener mis piernas ¿Es posible tener los dientes tan blancos y parejos? ¿O sólo trata de mostrarme lo más encantador de él? Tal vez no sabe nada y solo me está ‘cabeceando’ el dinero con el cual podría comprarme unos cuantos juguetes más para mi colección.

     No tengo dinero para poder tomar un taxi, además he notado que por aquí no pasa ningún tipo de transporte público. Bueno, pues así poco a poco se van las ganas de querer llegar. Vamos, es sólo un taller, nunca me pondrán calificación alguna, no revisarán aquello que podía escribir, y es más, mi grandioso profesor ni siquiera sabe mi nombre. 

Capítulo III: Otro camino


El sol se va ocultando, muchos edificios son tocados por su brillo agonizante. No obstante, hay uno que resalta entre los demás, “Libertad” es su nombre, no es el más alto de la capital, pero tiene una peculiaridad que hasta ahora ninguna otra construcción a copiado. En el lado iluminado por el ocaso dibujaron un ojo gigante con detalles bastante realistas, la pupila tiene ciertos colores especiales que brillan al reflejar la luz del atardecer. Es hermoso; si lo ves, te da una extraña sensación, como si alguien, en algún lugar de esta triste ciudad, está contemplando maravillado la caída del astro más brillante.

     Yo aún veo a “Libertad” muy lejos, pero está allí y me seduce, deseo ir. Nunca he subido al último piso, hoy estoy decidido a hacerlo. No tengo nada más que hacer, marcaré un camino hacia la Libertad.


Capítulo IV: Ser brillante


El viento sopla fuerte, cada cuadra me hace un peinado diferente. Este lado de la ciudad es bien guapo, puedo ver todo más ordenado, limpio y decente. ¡Hasta hay basureros en cada esquina! Esto si me gusta, mis sentidos perciben que la contaminación ambiental de esta inmunda ciudad ha quedado atrás y he llegado a un lugar mejor. Lo único que me disgusta de por aquí es la gente, me siento asfixiado al ver a tantos ‘yuppies’; esos tipejos con ‘ternito’, camisa blanca y corbata que creen que el mundo es una empresa en la cual siempre tienen que estar formales; salir de sus trabajos. Además también detesto esos carros elegantes con lunas polarizadas y a los conductores de estos, manejan pésimo y se dan el lujo de mentarte a la madre y ningunearte cuando tú estás manejando un tico y les reclamas algo. Como odio a ese tipo de gente.

     Camino entre la multitud, invisible, todos pasan  y nunca reparan en mí, empujando, viendo sus relojes, hablando de sus grandezas y nunca de sus derrotas. Yo soy uno más allí, desconocido, sin una luz que me ilumine, ni un cartel que diga que soy alguien. Puedo hacer cosas grandes, mucho más que sólo terminar una carrera que  desprecio, mucho más que ir con terno a una empresa donde pasaré el resto de mi vida tragando papeles de marketing y negocios, mucho más que sólo escribir cuentos llenos de resentimiento y culpa. Deseo ser alguien que deje una marca en alguna vida, deseo sentir que he logrado algo. Yo deseo…

     Ese chirrido que te irrita los oídos de las llantas de un automóvil frenando en seco se escucha en toda la cuadra y rompe mis pensamientos de forma abrupta. En un solo parpadeo, una camioneta se estrella contra un puesto de periódicos, haciéndolo añicos. El conductor, un joven que baja con cara de imbécil del carro y con una mano en la frente, debe tener muy mal gusto como para pegar esas calcomanías de niño meando y sacando el dedo medio en la maletera. Mucha gente se acerca al lugar, como siempre, este es un país lleno de mirones. Una mujer empieza a gritar pidiendo auxilio, cree que la vendedora está bajo las llantas. En fin, esto es tan común en la capital que no me impresiona ver estas escenas, a pesar de ser la primera vez que observo de cerca un accidente. Estoy cansado de ir por esta interminable avenida, así que busco con los ojos un pasaje por el cual entrar, según recuerdo; por aquí cerca hay un parque que antes me gustaba recorrer. Sigo mi camino, no sin antes escuchar que otra mujer empieza a gritar, esta vez insultos de grueso calibre, es la vendedora de periódicos tratando de lincha al conductor responsable de hacer volar por los aires su puesto.


Capítulo V: Césped


Hace mucho que no caminaba por aquí, no recuerdo porqué lo deje de hacer, antes me encantaba caminar por aquí, por este inmenso parque. Está situado en medio de tanto cemento, es un pulmón para gente asfixiada por tanta modernidad. Empiezo mi recorrido por el camino central, veo a muchas personas recostadas sobre el césped, otras reposando su espalda en los árboles, todo es tan tranquilo por aquí. Alguna vez, disfruté de esta tranquilidad y me entregué al campo verde sólo para observar el cielo mientras oscurecía. Hay personas aquí, disfrutando de su ser amado, contemplando aquel cielo que me encanta. Sé que no siempre he estado solo, hubo un tiempo donde podía disfrutar de la compañía de alguien.  Allí, entre los árboles nos contábamos historias que creábamos a partir de sucesos en nuestras aburridas vidas, iniciando fantasiosas realidades. Allí, en la fuente central, nuestras caricias eran siempre puras, pues no había malicia en nuestros pensamientos, solo curiosidad; correr libres entre las hojas, sin oprimir nuestros deseos. ¿Qué pasó con la última historia que nos contamos? Cayó muerta como la hoja seca que se posa en mi cabeza. Es estúpido recordar esto después de tantos años, en los cuales me he sentido cada vez más ajeno a esta vida.

     Una pareja discute en una banca cercana, él mira el suelo, mientras ella le recrimina algo que no logro entender. Después de lanzar una serie de improperios, la muchacha empieza a reírse, mientras el joven tiene los ojos llorosos, intentando controlar sus lágrimas. Esto no es poco común, ahora recuerdo la última historia. Desearía dejar de pensar en esto, pero es una cadena imparable de hecho. Como la vez en la cual me recriminaste por tener otro modo de ver las cosas, o todas las veces que te burlaste de mí, al saber que sólo moría por ti, al verme como un insecto, al rechazarme de aquella manera, al decirme poca cosa sin abrir la boca. Tú querías a alguien mejor, alguien que vaya con tu estatus, alguien con quien presumir en cada maldito evento que asistías, alguien que existiera. Tú deseabas a alguien brillante, y yo sólo era el último de la fila. Estos pensamientos horrendos causan una brecha en mis ojos, y las lágrimas son incontenibles. Paro y observo a toda esa gente feliz, disfrutando de aquello que se me fue arrebatado por no ser una persona mejor. Esto me marea, me siento enfermo y sólo deseo salir de aquí. Empiezo a correr, mientras mis lágrimas me torturan, el viento me azota la cara, el olor a pasto me asfixia.

     Yo deseo ser brillante. Agitado, dejo de correr, de mi bolsillo saco mi inhalador, y me aplico una dosis de Salbutamol, el asma es una debilidad mía. Mi respiración empieza a calmarse, mis ojos a tranquilizarse, me doy cuenta que estoy cerca a la salida del parque. ¡Vaya recorrido! Debe ser que me he pasado medio un kilómetro corriendo. Me siento un poco más sereno, peino un poco mi cabello con mis dedos y procedo a salir del parque.

     En un árbol cercano, veo a  una chica, su cabello es lacio y oscuro, lleva gafas y solo su mochila verde la acompaña. Ella tiene en sus manos una hoja, me parece que es una carta. Ella lo lee, con una mirada triste, su boca no marca ninguna expresión. De sus ojos empiezan brotar lágrimas, tan iguales a las mías, llenas de frustración y tristeza. Nada bueno debe decir en ese pedazo de papel. Yo me pregunto si la carta que yo envié hace un tiempo habrá tenido el mismo impacto, o solo fue a parar en un tacho de basura en medio de risas alborotadas.
  

Capítulo VI: Inexplicable


Si me preguntara alguien por qué cada vez que camino lo hago tan dubitativo, la respuesta es sencilla: yo camino creando mi historia, es como si me pusiera en una perspectiva diferente a mi realidad y comienzo a describir todo lo que me sucede como si yo fuera un narrador ajeno, pero a la vez cómplice de lo descrito. Y bien, si alguien no entiende esta respuesta,  la verdad desearía que se quede callado, pues yo tampoco llego a captar del todo lo que trato de decir.

     Estoy mucho más cerca de la “Libertad”, por un momento había olvidado que mi destino era llegar allí. Pero vaya, qué rápido pasan las cosas cuando uno no piensa en algo concreto. El ojo sigue brillando por el brillo del ocaso y me parece extraño, pues el sol debió ocultarse hace un buen rato. Saco mi celular pero éste se encuentra con la pantalla oscura. Trato de encenderlo pero una escena acaba de interrumpir mi accionar. Una anciana, al parecer con demencia senil, sale gritando de forma espantosa del garaje recién abierto de una casa que está al otro lado de la pequeña calle que recorro. Ella tiene los cabellos canosos y  lleva puesto un pijama blanco, unos hombres con terno salen tras ella y la toman entre todos para poder cogerla e intentar introducirla en la casa nuevamente. La abuelita empieza a insultarlos, y a forcejear, tiene mucha fuerza al parecer. Cuando están a punto de meterla a la casa, la mujer lanza la cereza del pastel, empieza a recriminar a todos sus hijos por estar tras su herencia, y dice que prefería morir en vez de verlos pelear por cosas materiales. Entre toda la locura de su situación dijo algo que en estas situaciones siempre es cierto. Yo también, señora, desearía morir si mi vida estuviera envuelta en locura, y toda la gente a mi alrededor solo estuviese esperando mi caída como aves de rapiña para poder comer todo lo bueno que aún queda de mí. La puerta de aquella casa se cierra, mientras la mujer sigue gritando. Sabe el cielo como terminará aquello.


Capítulo VII: La sima. Sí, con “s”


Hay gente que se auto denomina, horrible, rara, incomprendida y lo grita a los cuatro vientos; eso es tan estúpido y vanidoso como presumir riquezas, supuestas virtudes y talentos. Es solo un intento por llamar la atención a los demás y decir: ¡mírenme! Aquí estoy yo, el chico horrible, raro e incomprendido a quien a todos le cae bien y tiene millones de amigos. Vaya que patinada, yo sólo tengo un amigo y trato de ser normal.  Si alguien tiene esos defectos simplemente guarda silencio y trata de sacarles provecho para poder conseguir las cosas que anhela. No hay peor villano que el que se hace pasar por héroe, ocultando sus verdaderas intenciones.

     Estoy frente a la “Libertad”, desde la entrada principal observo los trece pisos amenazantes, me acomodo los lentes y paso mi mano por mi cabello simulando peinarme. Procedo a entrar por la puerta principal. El hall es extraño y pequeño, tiene un tapizado verde, y en las paredes hay cuadros de monos haciendo cosas irreverentes; la recepción está vacía y todo está silencioso. Dejo de contemplar cada cuadro, me acerco al ascensor, solo hay uno, presiono el botón y la puerta se abre delante de mí. Lo abordo, en el panel presiono el botón del último piso.

     Los números que indican los pisos se van encendiendo uno a uno, en eso, una extraña sensación de miedo me invade, tenía miedo de llegar al último piso, y ver que podía encontrar allí.

     El último tintineo y la puerta del ascensor se abre nuevamente, mi corazón se acelera, al ver una habitación blanca con una ventana que deja percibir los débiles rayos del sol, al lado una escalera que dirige a una puerta, seguramente de la azotea; a pesar de la tranquilidad que debía transmitir este lugar, me siento tan impaciente, no lo pienso mucho y empiezo a subir cada escalón hasta llegar a la puerta la cual abro lentamente.

     El sol se ve tan hermoso desde aquí, puedo ver gran parte de este distrito, cubierto por el atardecer. La azotea es bastante amplia y está vacía, todo el piso luce muy empolvadoy dejo huellas al caminar, me acerco a la baranda y observo  la calle aledaña, todos andan tan tranquilos, ajenos a mi desesperación. Yo ya he estado aquí, alguna vez, creo. Pero a pesar de la hermosa vista que hay desde aquí, sé que no es uno de los mejores recuerdos que tengo debido a lo que me hace sentir al tratar de hurgar entre mis pensamientos, ¿y si he cometido un crimen? Aquí, donde estoy parado, cerca al borde, al empujar a alguien a quien amaba. Lo recuerdo, ella resbaló gracias a mí. Y no me importó tanto como ahora. Ella cayó, pero antes de hacerlo me arrancó el corazón para poder sufrir eternamente. Yo no quise hacerlo, pero ella se burló de mí, sin piedad, inmisericorde, su risa penetraba en mi alma. Nunca fui lo que ella quiso, ¡nunca fui brillante! Pero estoy dispuesto a serlo, hoy, aquí y ahora. Pues mis piernas no tienen miedo a trepar esta baranda tan delgada, como lo hago ahora. Brillaré, de una forma u otra, como el ojo que está bajo mis pies. Todos por fin me verán, así sea por un segundo. Hasta mi profesor recordará mi nombre. ¡Aquí estoy! ¡Mírenme! No tengo miedo  a nada, he empujado al olvido a alguien de mi pasado, y ahora estoy en la cima, como siempre quise estarlo.

     La gente en la calle sigue de largo, a pesar de mis gritos, trato de botar todo el aire que tengo en mis pulmones, pero nadie siquiera se molesta en mirar hacia arriba. Todo está de lo más normal allí abajo, y siento una presión en el pecho que me empieza a mortificar. La oscuridad empieza a apoderarse de toda la ciudad y las estrellas tienden a resaltar cada vez más en aquel cielo pintado cada vez más de negro. Yo parado, aquí, a punto de caer, siento una terrible frustración, y como era de esperarse, mis lágrimas empiezan a fluir de mis ojos pues no tiene ningún sentido estar aquí, al igual que mi vida, llena de tonto resentimiento. Cualquier que me viera se reiría de mi a carcajadas, lo sé. Lo harían mis padres, mis conocidos, mis compañeros de clase, mi profesor, ella.

     Debo tranquilizarme ¿Y si solo he imaginado todo esto? Por qué morir por fantasías si puedo vivir con realidades, por más duras que sean. Sería lo mejor. Debería cambiar de actitud, dejar mis odios y tratar de sumergirme más en esta vida. ¿Quién sabe? Tal vez todas las personas a quienes rechazo, pasan por peores situaciones que yo. Tal vez aquella señora quien iba cantando en el autobús necesitaba mantener a aquel niño que sí era su hijo; mi madre me cantaba algunas canciones en quecha pues mi abuela es de la sierra. Tal vez las ‘fresitas’ son vírgenes y tienen hogares disfuncionales, o incluso el narizón con pinta de ‘piraña’ solo es un narizón con mal gusto musical. Tal vez esos ‘Yuppies’ lo único que desean es salir adelante, al igual que todos. Tal vez el chofer de la camioneta trabajo demasiado para poder mantener a sus hijos, por eso dormitó y se despisto, chocando con aquel puesto de periódicos de una mujer que se ganaba cada centavo en los días tan calurosos como este. Debería cambiar y darme una oportunidad, a pesar de que a nadie le importe, podría llegar a ser feliz. Peroes muy tarde para reflexionar, debí hacerlo mientras estaba en pie y no parado cerca al vacío, que imbécil; las paradojas del destino quieren que tenga un ácido final, he resbalado y me aproximo a lo más insondable de esta ciudad. El viento empieza a golpearme mientras veo el suelo acercarse, no me molesto en gritar, al parecer esta es la única salvación de un alma perturbada.  Es lo que me merezco.


                                       Capitulo VIII: De otros cuentos


Wañaylla, wañuywañucha, amaraqaparuwaychu
Karuraqmipuririnay, runaykunatamaskani
Karuraqmipuririnay, runa simitanyachachini.*


Oigo un golpe seco, sé que estoy a punto de morir, puede que todos mis huesos estén como vidrios rotos en un saco de piel rasgada. Mi frente me duele y sólo escucho aquel ininteligible cántico. Abro mis ojos con dificultad. El hombre de mí costado trata de no reírse. Una mujer canta una canción en quechua. El bus está repleto y el bochorno es insoportable. Acabo de tener una pesadilla que no deseo recordar jamás. Ya es tarde y nadie en la clase me esperará…






*Muerte o muerte, todavía no me lleves.
Aún tengo mucho que caminar, ando buscando mi gente.Aún tengo mucho por recorrer, enseñando e idioma Quechua.


Texto por: Joss
Sitio del autor, aquí.


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