domingo, 25 de mayo de 2014

No importa.



Cogimos las chaquetas, dijimos que iríamos a fumar fuera, y nos largamos. Dejamos a las chicas con la cuenta. La cuenta nuestra, de todo lo que habíamos bebido él y yo antes de la llegada de las chicas, y de todo lo que ellas ordenaron y bebieron y comimos en grupo. No teníamos pensado verlas ni beber ni comer con ellas; mi compadre y yo fuimos solos, pero J. habló por teléfono y preguntó dónde estaba, y le dije: en Elogro, en Centro de Tlalpan. Ella también estaba ahí, en el Centro de Tlalpan, así que se unió a nosotros con tres amigas más. Vienen para acá, dije. Entonces se nos retorció la mente y, como dos hermanos de maldad, dijimos al unísono: comamos y bebamos y cuando estemos satisfechos…

Sencillamente cogimos las chaquetas, salimos del bar, encendimos cigarrillos y caminamos por Hidalgo hasta Calzada de Tlalpan, paramos un coche y le pedimos que nos llevase a Salto del Agua. Nos metimos al Azteca´s, un centro nudista. Bebimos cervezas mientras mirábamos a las mujeres más feas del espectáculo bailar desnudas para nosotros. Por supuesto, recibí un montón de llamadas de J., pero no contesté ninguna.

      No odiaba a J. ni nada, incluso era una buena amiga mía. Su único delito fue encontrarse conmigo una mala noche. Después de aquello no supe nada más de ella. Jamás volvió a llamarme ni yo a ella; nunca sentí remordimiento ni culpa porque no soy culpable de mis instintos, ni es para tanto. Sin embargo, mi compadre aún hoy lo recuerda y a veces me dice: ¿te acuerdas de cuando dejamos a tu amiga J. con la cuenta? Siempre tengo que hacer un esfuerzo. Cuando lo recuerdo, digo: ah, sí, ¿qué hay con eso? Y él se pone a divagar sobre lo que ellas debieron decir, pensar y hacer cuando notaron que definitivamente no volveríamos. Luego habla del karma. Dice que un día lo vamos a pagar. Yo le digo que sólo se pagan las cosas de las que uno se arrepiente, y yo no me arrepiento, y el karma no existe, el karma es algo que no se yergue ante ti si no lo llevas incubado en tu alma. Enciendo un cigarrillo. Él está convencido que un día lo pagaremos. Sobre todo tú, dice, porque era amiga tuya y porque tenías una cara maliciosa mientras masticabas y bebías a sabiendas de lo venidero, como el asesino que se regocija con el pensamiento de la muerte de su víctima, antes de cometer el asesinato.

      Sí, recuerdo un sentimiento de satisfacción. ¿De dónde me vino aquel sentimiento de satisfacción? Probablemente de la idea de recomenzar en otro sitio, en otro bar, con la cuenta en ceros. De la alegría de saber que ya has bebido, pero podrás beber más, y de la sorpresa de esto, porque la llegada de J. fue sorpresa, como un bono: ¡cuenta en ceros! Fue un regalito que Dios nos dio. Dios es un concepto muy convincente cuando está de tu lado.

      Mi compadre asegura que un día lo voy a pagar (ya han pasado más de cinco años), se absuelve a sí mismo del pecado, incluso aún hoy ríe al recordarlo. Imagina todas las posibilidades y ríe y dice, no puedo evitar reír, mientras me cuenta cómo las ve, en su cabeza, sorprenderse, decir: oye, ya se tardaron, ¿no?, o: ¿qué onda con tus amigos, no van a regresar o qué?  Y la cara de J., enrojecida, asustada, preocupada: tratando de justificarse porque, bueno, son sus amigos. A J. diciendo: iré a ver. Saliendo y mirando a ambos lados de la calle, quizá caminando a la esquina y volviendo a mirar a ambos lados de la calle, y pensando: no, no creo. Pero creyéndolo en el fondo, sabiéndolo incluso antes de que pasase. Pensando: ¡hijos de puta! Regresando a la mesa y explicando, del mejor modo posible a sus amigas que debían pagarlo todo. Esperando, sin risas, apáticas, a que llegase el momento de saber exactamente de cuánto estaban hablando. Muy probablemente, planeando hablar con el mesero y explicar, que, como él mismo vio, ellas llegaron después y eran ellos quienes se habían ido sin pagar. Rogando que recortasen la cuenta, al menos a lo que se había consumido desde su llegada y no desde toda la tarde; mi compadre y yo llevábamos toda la maldita tarde bebiendo cervezas. A las amigas de J. reclamando a J. y exigiendo que me marcase y me mentase la madre, por lo menos. A J. marcando tímidamente, sin que yo le contestase y diciendo: no contesta. A sus amigas malhumoradas, sin ganas de beber ya, sin dinero ya, sin esperanzas ya. Vamos, no estamos hablando de chicas ricas, sino de J., estudiante de biología en la UNAM, y de sus amigas. No es el dinero, dirían, quizá, si no la acción. Eso dirían, pero en realidad, les dolería el dinero. La acción no, porque no tenían con nosotros ningún sentimiento ni lazo. Probablemente, una primero, todas después, se calmarían diciendo: ya, déjalos, malditos muertos de hambre. Sí, sí, malditos muertos de hambre. No permitamos que algo así nos detenga, aún podemos pasarlo bien.

      Mientras tanto, mi compadre y yo, en un centro nudista, comenzamos de nuevo. Reímos, brindamos, bebimos cerveza y subimos a las chicas del centro sobre nuestras piernas. Las tocamos, nos burlaos de ellas porque eran mujeres comunes y corrientes y no las modelos que uno espera en un lugar de éstos. Mi compadre largó a una de ellas cuando quiso sacarle un trago. Nos emborrachamos como cerdos y salimos de ahí casi a gatas, al amanecer.

      Regresamos a nuestras casas con la poca conciencia que nos quedaba. Al día siguiente, curamos nuestra resaca, cada quien del modo que soliese hacerlo; yo, vomitando, durmiendo, bebiendo más cerveza, fumando cigarrillos y maldiciendo a la vida.

      Después, volvimos a salir a beber, como Sísifo volvía a empujar la piedra a la cumbre, y volvimos a caer, y volvimos a salir y a caer y salir y caer, y en alguna ocasión, quizá nueve o diez meses después, recordamos el día que dejamos a J. en aquel bar, con la cuenta. En adelante, mi compadre lo recuerda cada cinco o seis meses. ¿Hasta cuándo dejará de sacarlo a tema?  

      Continúa especulando. Dice: Imagina esto: J. y sus amigas llamaron porque no tenían dinero y pensaban hacernos lo mismo, de un modo menos vulgar, no sé, eran chicas y las chicas pueden ser invitadas sin más. Quizá se dijeron: ¿a quién llamamos? Quizá pensaban que nos emborracharían y nos harían pagar la cuenta. Bueno, le digo, eso me parece más cuerdo, porque, no creo haber pagado al karma nadad de eso; quizá ellas lo pagaron en ese momento. O quizá, dice, no se asombraron. Pagaron la cuenta y ya, y dijeron: malditos sean, y eso fue todo, se largaron a otro bar o se quedaron en ese y se emborracharon y brindaron por el par de hijos de puta del que se deshicieron para siempre, aquella noche.


      Nunca sabremos qué pasó, ni qué pensaron o hicieron o si nos maldicen aún, o somos un recuerdo bloqueado. 

      ¿Por qué fue tan divertido? ¿Por qué lo recordamos y reímos, y sentimos satisfacción, con ganas de decir: hagámoslo de nuevo? ¿Por qué fue tan divertido hacer el mal? No importa. Tenía que sacarme esto.




2 comentarios:

  1. JEJEJ...Pero pobrecitos de los varones...las mujeres nos llevan años luz en la sinverguenzería...ellas a cada momento buscan un tonto para pagar sus cuentas.....Y cuando nosotros hacemos algo así....pensamos que somos muy malos....jejeje...

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  2. jajajaj si esta muy bueno y divertido y es verdad que nosotros siempre pagamos sus cosas y no les duele ni se sienten mal

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