viernes, 2 de mayo de 2014

El ninño robado.

Texto por: Insomne
Sitio del autor, aquí.



El sábado por la tarde robamos un niño en el centro comercial del aeropuerto. No era esa la idea que nos rondaba la cabeza cuando llegamos allí pero a veces las cosas no salen como uno quiere.


   Estábamos sin dinero como casi siempre. No teníamos dinero para nada, ni para fumar ni para beber. Nos aburríamos en la calle, no sabíamos hacia dónde ir ni qué hacer; en el barrio nos conocen demasiado y no nos quitan el ojo de encima. Cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo, decía la vieja del kiosco que ya no nos quería fiar cigarrillos. Por eso cogimos la moto de tu hermana y enfilamos la autovía en dirección al aeropuerto, durante el trayecto te escuché decir a través de la sordina de los cascos varias veces la palabra nafta.


   La idea de aquel sábado era colarnos en un avión que me llevara a Cuba o al Brasil, a Venezuela no, a Venezuela jamás. Hacía casi un año que prometiste llevarme.


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El verano pasado acabamos una noche de viernes en una sala de merengue; yo andaba como loco por tirarme a una latina y tú me aseguraste que aquel era el sitio apropiado, que si allí no lo conseguía mejor sería que me olvidara y siguiera pajeándome con el video de Maluca. La música de Calle 13 perreaba a todo volumen por los altavoces y hacía un calor del demonio, el garito olía a lejía y a macho y a perfume barato, todo mezclado a partes iguales.


   Mientras te dejabas invitar a cervezas y a mojitos -imagínate, una rubia natural con el pelo liso que fuma echando el humo por la nariz era un caramelo para aquella tropa de reguetoneros- yo le entraba a todos las morenas que me cruzaba, pero esos dominicanos pelones, con sus gorras de béisbol y sus pantalones caídos, están como para que los encierren, son perros rabiosos que me enseñaron los dientes un montón de veces, están todos locos, que si la banda, que si las jerarquías imposibles, que si la corona en la mano, que si tatuajes misteriosos, están todos muy pasados.


   Al final, ya de madrugada, tú estabas muy borracha, pero tenías un corro de aquellos perros a tu alrededor, les estabas enseñando a liar con una sola mano; ese truco es mío, te lo enseñé yo, te enseñé a astillar un poquito de chocolate con una mano mientras todos miran la otra. Por mi parte yo había conseguido que una venezolana se viniera conmigo a los baños, era fea y repolluda, pero tenía muchísimas curvas. Me la estaba pinchando apoyada en la puerta del retrete pero algo no iba bien, ella no paraba de decir papito papito, y eso me ponía de los nervios. Maluca y su Tigueraso fueron como una señal para mí, empezaron a sonar con demasiados decibelios y la peña se volvió más loca de lo que estaba. Durante un segundo miré a la venezolana a la luz del fluorescente y fue una visión patética: era más fea y más rechoncha que

antes, sudaba, reía con una boca asquerosa, tenía el sujetador arremangado entre el cuello y el hombro, una teta por fuera del vestido fucsia y las bragas a medio bajar. La dejé allí, yo ya la tenía fuera y me estaba quitando el condón pero ella seguía repitiendo papito papito; me fui antes de correrme, no soportaba esa falsa cantinela. Debe ser la única venezolana esperpéntica de todo el mundo que nunca podrá presentarse a un concurso de mises.


   Desde aquel día ya no sueño con la boquita de Génesis Rodríguez ni con el culazo de Sofía Vergara.


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El día antes de robarnos el niño te habías quedado hasta las tantas viendo la tele, noticiarios, anuncios, concursos, teleseries americanas, y hasta una peli argentina que yo te recomendé pero que a ti no te gustó. Nueve Reinas era mi peli favorita en aquella época. En esa peli aprendiste una palabra nueva, y cuando tú aprendes una palabra nueva la utilizas continuamente hasta que la gastas, o hasta que encuentras otra que te fascine más. Sé que lo haces porque tienes envidia de mí, tienes envidia de que yo he leído más cosas que tú, yo sé más palabras nuevas que tú. Pero nunca te lo he restregado por la cara, tu sí.


   De camino al aeropuerto llegué a escuchar esa palabra diez o doce veces: “No sé si tendremos bastante nafta, el depósito anda justito de nafta, no tenemos ni dinero para nafta, habrá que parar y robar un poco de nafta.”


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En el aeropuerto cada puerta de embarque tiene su propia guardia pretoriana: un vigilante privado con chaleco amarillo para trastear con el equipaje, un policía nacional con chaqueta azul para compulsar los pasaportes y un guardia civil con gorra verde para olisquear en busca de sustancias prohibidas. A ese tipo de personas les encanta su merchandising particular. Con los seguratas del supermercado y los porteros de los clubes ya tenemos traza, tú les sonríes ladeando un poco la cabeza y les preguntas por qué las patatas de bolsa tienen grasa hidrolizada de soja, ellos no entienden ni papa y yo aprovecho para esconder bajo la chaqueta un paquete de seis cervezas o para saltarme el torno, pero aquí, en el aeropuerto, ellos van armados con un fierro de fuego y hay que andarse con cuidado, son palabras mayores.


   Tú estabas convencida de poder colarnos, solamente había que estudiar sus rutinas, para ti era muy fácil, para ti todo se basa en rutinas. Una vez que discutimos sobre el tema me acabaste convenciendo de tu filosofía.


   La discusión fue básica, y a la misma vez profunda:


- ¿tú tienes la rutina de cagar cada día?

- Sí, a la misma hora más o menos, ¿por qué?

- Porque la vida es eso, una cagada tras otra diariamente.


   Por suerte para todos, menos para el niño, no te apetecía pasarte el resto de la tarde vigilando a los vigilantes, y nos fuimos al centro comercial a pedir tabaco. Los viajeros que esperan embarcar salen a fumar a los accesos de las tiendas, las leyes han cambiado y ya no dejan fumar dentro.


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Una señora alta, con vestido largo, pulseras de plata y gafas de sol fumaba unos cigarrillos mentolados que olían muy bien, a mí se me antojó enseguida probarlos y le pedí dos, uno para mí y otro para ti. La señora ni se sacó las Vogue para mirarme, me mandó a la mierda en pocas palabras y empezó a renegar de cosas que no venían a cuento, que si la sociedad hace aguas, que si el maldito sistema bipartidista favorece a gente como nosotros, que si sería mucho mejor menos subsidios y más mano dura, y otras absurdeces por el estilo.


   Detrás de la señora permanecía sentado sobre una maleta Louis Vuitton un niño de seis o siete años, su hijo, que siguió con atención la escena sin dejar de jugar con un Iphone 5 de color amarillo. Yo insistí a la señora en la cuestión de los dos cigarrillos y tú susurraste algo al oído del niño. Luego se dejó coger de la mano y entraste con él al centro comercial. Yo me olvidé del tabaco y los seguí.


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-¿Qué le has dicho a crío para que se venga contigo?

- Que me sé un truco para pasarse enterito el Candy Crush.

-¿De verdad te sabes un truco?

- Claro. Nunca hagas caso al juego. Si te indica que juntes tres salchichas rojas vete a por las bolitas azules o los cuadraditos verdes ¿No has visto la cara de puta que tiene la niña que sale entre nivel y nivel? Está ahí para engañarte, para sacarte el dinero.


   Muchas veces llegué a pensar que eras clarividente, que podías ver la sencillez de las cosas con solo pasar una mirada sobre ellas.


   El niño nos seguía sin dejar de mirar la pantalla de su teléfono, de vez en cuando le decías que caminara más rápido y él obedecía. Le llamabas Macaulkyn porque era rubio y medio bobo. En su medallita de San Jorge estaba grabado por detrás el nombre de Samuel y por megafonía anunciaban que se había perdido un niño, con las características del que nos acompañaba,

que atendía por el nombre de Roger. ¿Se habría perdido otro niño, o Macaulkyn tenía varios nombres? Nunca lo supimos.


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- ¿A dónde viajabas con tu mamá?

- No lo sé. Al mar, como cada año.

- Entonces te llevaré al mar. No te preocupes, iremos al mar.


   Yo no iría nunca a Cuba ni al Brasil, ni siquiera a la jodida Venezuela, pero el puto niño sí que llegaría hasta el mar, porque cuando tú decías “no te preocupes” era palabra sagrada, era como decir que el mundo es redondo.


   Sentamos al niño en la moto, entre medio de nosotros dos, no teníamos cascos para los tres pero su cabecita quedaba protegida entre mi pecho y tu espalda. Creo que se durmió nada más entrar en la autopista de la costa a pesar de la mala posición y del runrún de la Suzuki Van Van.


   Conducías concentrada a 90 o a 100 y no nos cruzamos ni un coche de la poli en mucho rato. Debían estar ocupados buscando a un niño rubio medio bobo por el aeropuerto. Yo cavilaba sobre nuestra situación y en todo lo que se estaba torciendo por momentos, aquella noche de sábado no debía terminar de aquella manera, con tu hermana cabreada como una mona porque le habíamos cogido sin permiso la moto, con el culo que me dolía de tanto rato ir de paquete, con los brazos tiesos de sujetar a un niño para que no se cayera y la cosa se jodiera del todo, y con un niño robado, sobre todo con un niño robado.

    Paraste en una gasolinera de esas que parecen una boutique, de esas que tienen de todo, de esas que cuando descuelgas la manguera una voz de locutora de radio te dice qué tipo de carburante has elegido y cuando has terminado te da las gracias y te recuerda que ellos siempre tienen mejores precios que la competencia. Sonreíste antes de decir separando las silabas “nos-que-da-mos-sin-naf-ta”, y sonreíste porque habías utilizado tu palabra adecuadamente, tu palabra recién aprendida.
 
- Pero no tenemos dinero, no puedes llenar el depósito.

-Déjame a mí...


   Y te metiste en la tienda en busca del empleado, vi como le hablabas con la cabeza un poco ladeada, con ese gesto que utilizas cuando quieres algo o cuando no quieres algo. Nunca habíamos atracado una gasolinera, por lo menos yo, y no sé si tú lo habías hecho alguna vez. Sí que habíamos robado ropa, y bebida, y música, y cosas que nos gustaban, pero nunca habíamos atracado a nada ni a nadie. Era muy mala idea atracar una gasolinera, sobre todo porque llevábamos un niño robado con nosotros.


   Saliste contenta y metiste la manguera del surtidor en el depósito. La máquina empezó a escupir su líquido. El empleado nos miraba desde la cristalera e hizo un gesto cuando el tanque se llenó, sus ojos tenían luz. Era un marroquí joven de pelo rizado y dientes picados, de piel tiznada. A ti siempre te han gustado ese tipo de de hombres, a los que puedes putear sin remordimientos porque la vida les ha puteado mucho más y sabes que lo tuyo no le hará el mínimo daño.


-¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo lo has convencido?

-Fácil. Ese morito se hubiera comido, si se lo llego a pedir, un cubo de beicon por el Iphone 5 amarillo.

-El niño tendrá llantera en cuanto se percate, apuesto lo que quieras.

-Y ahora ¿qué hacemos?


   Eso es lo más me cabrea de ti, tu manera de desprenderte de los problemas, así, como quien no quiere la cosa; yo te seguía a todas partes, yo me dejaba enredar en todas tus locuras, yo nunca protestaba aunque presagiara tormentas de la ostia, y cuando tu ya te aburrías o te cansabas del juego descargabas tu responsabilidad sobre otro, sobre mí. Usabas el plural a tu conveniencia, a tu antojo.
 

   Estaba enfadado, me puse muy serio y me negué a seguir, estaba hastiado de llevar a un niño robado, yo me quería volver a casa, me tumbaría a escuchar música, me fumaria algo que tenía de reserva en el bote de las monedas y me olvidaría de la venezolana, del niño y de la mierda de sábado. Te dije todo eso del tirón para que no me interrumpieras. Al acabar solamente sonreíste y me lanzaste un beso al aire. Entonces acunaste al niño en tus brazos con mucho cuidado para que no se despertara y lo llevaste hasta la tienda de la gasolinera. Volviste a ladear la cabeza, volviste a engatusar al marroquí, aunque ya no tenías nada que ofrecer a cambio de no sé qué. Te vi meterte la mano por delante del pantalón, como si te picara el coño, y luego ponerla encima de la mano del moro. ¡Claro! ¡Ahí es donde te guardas la tuja! Joder, el hachís que sisaste a los dominicanos, jajá. Eres la polla.


   Luego saliste sin el niño.


-Mañana Mohamed subirá a Makaulkyn en un autobús que lo lleve a la playa. Vámonos.


   Y volvimos a montar en la moto con suficiente nafta para regresar a casa.


   Al incorporarnos de nuevo a la carretera miré el cartel luminoso de la marquesina de la gasolinera. Era uno de esos en los que las letras se auto

escriben y corren de derecha a izquierda. Y comprendí en ese momento el significado de aquel sábado, de la vida, te comprendí a ti, a mí.


   El rótulo era un bucle que pude leer varias veces: GRACIAS POR SU VISITA. PRÓXIMA AREA DE SERVICIO A 50 KMS EN ALQUERIES DEL NEN PERDUT. CONDUZCA CON CUIDADO.