viernes, 25 de abril de 2014

Todos pensarán que es una puta.


Escritores invitados.
Texto por: Roberto Araque.
Sitio del autor, aquí

Hablaba con una amiga. Ella me contaba acerca de algo que le pasó unos meses atrás. La cuestión es que siempre me buscan para un favor, y te llaman “amigo” siempre y cuando les resuelvan uno que otro problemita. Es como si tuvieran una agenda: el “amigo” que arregla neveras, el chef, el que trabaja en el aeropuerto... Pero ese no es el asunto en cuestión. Resulta que ella conoció a un tipo –un extranjero-. El tipo era agradable, le atraía y más. Un maldito italiano. De verdad odio a los italianos; parecen mariscones, pero se cogen a todas y no dejan nada. A ella le gustaba el tipo, de verdad que sí, y no como uno piensa, sino que literalmente quería chupárselo y todo eso. Las mujeres son más morbosas que los hombres; debe ser porque la sociedad las reprime. Uno cuando ve a una chica le puede lanzar un piropo, pero ellas no pueden hacer eso. Lo cierto es que llegó a la casa y empezó a hablar pendejadas. Es normal que me pregunten por mis vainas de escritor, el trabajo y todas esas necedades que aburren. Me extrañó su visita. En el fondo sabía que no me visitaría porque me extrañaba o porque ansiaba mi compañía, no es que anduviese bajo de autoestima –o sí-, pero la conocía y sabía que no hacía nada por nada. Mientras seguía eufórica preguntando cuándo publicaría mi bendito libro, buscaba respuestas acerca de qué coño quería. Y le pregunté qué quería. Primero fingió sentirse ofendida y dijo que no pensara así de ella. No manifesté gran cosa, sólo abrí la puerta de mi casa,  agradecí su visita y le comuniqué que, cómo ya había confirmado mi estado de salud y todo lo concerniente a mi bienestar, se podía marchar. Entonces, al fin habló: me contó que el tipo la invitó a un hotel. Ella sabía para qué y lo quería, él también lo sabía y lo ansiaba, pero estaba el peo mental que tienen todas las mujeres… o por lo menos las de mi país: no cogen en la primera cita para que no piensen que son putas. De allí que se aguantan las ganas y dicen que no. Pues el tipo no insistió y se marchó para su tierra.
***
Ella llegó a mi casa como si no hubiese pasado un año, o como si no tuviese más nada qué hacer. En realidad no tenía mucho qué hacer, pero no era el hecho. Vino y dijo que quería ubicar a un tipo que era de Italia, de mediana estatura, ojos claros, cabello castaño, blanco y con un tatuaje en el brazo que era una especie brujería protectora que hizo el chamán más antiguo de la tribu los “MASAI”. Eso sucedió -según ella- en un país de África que ni me acuerdo, pero era de un nombre bien raro, hasta que una provincia declaró la independencia y comenzó una guerra civil con miles de refugiados. Y también me contó que él era fotógrafo de National Geography o de otra revista que ni puta idea, pero que es burda de famosa. No entendía qué quería de mí, cómo podría ubicar a una persona de un país extranjero sin siquiera saber el nombre o la edad o cualquier mierda, sólo unas pendejadas de una loca que no lo conocía, pero quería tirárselo; nada más se dejó manosear las tetas en el baño de una discoteca; no soy policía ni detective y si lo fuera estaría investigando asesinos en serie o narcotraficantes.
Tantos italianos, le recomendé que fuera a Italia a ver si tenía suerte, le dije que era un país pequeño y que todos se conocían. Ya me tenía harto con el asunto del italianito y de esos detalles que me importan una mierda –mirada, tono de voz, perfume y más– No sé si notó que me fastidiaba, pero le repetí que estaba ocupado y le rogué que se largara. Desde ese instante comenzó a explicarme.  Expresó que yo era del ambiente literario, que allí todos se conocen o si no lo conocía podía conocer a alguien que sí. Todos los “artistas” se conocen o conocen a alguien que conoce a otro. Él era un fotógrafo y yo un escritor, él tenía fama mundial y yo pues… no, pero debía conocer a alguien –de fama mundial– que lo conociera. Insistía que debía existir una conexión entre nosotros. Pensé y pensé, luego me acordé de que conocía a un fotógrafo. Dije que lo llamaría, pero ella suplicó que lo hiciera en ese momento. Lo hice –desde su celular-. Él me atendió de vaina, estaba en una sesión de fotografía en el palacio de la cultura  y dijoque lo disculpara porque no podía atenderme.
A ella no se le ocurrió otra cosa más que convidarme a esa sesión. Lo esperaríamos afuera del palacio, en el café donde se sientan a todas esas mierdas que creen intelectuales. Allí de vez en cuando se hacen recitales de poesía y otras marisqueras. No me gustaba ir, pero ella insistió. En el fondo aún estaba enamorado de ella, porque siempre pude detenerla o no atender a sus reclamos. Pude mandarla para el carajo, pero no lo hice porque aún la amaba.

***
Llegamos al palacio y observé a Raúl –mi amigo fotógrafo-. Él andaba en lo suyo. Era una vaina toda rara; las modelos estaban desnudas, sus partes íntimas cubiertas por cartones multicolores y sin cabello. Entramos al café, nos ubicamos en una mesita cerca de la entrada. Desde allí veíamos todo el alboroto que ocasionó Raúl con su sesión artística. Ella hablaba y hablaba de no sé qué cosas, parecía entusiasmada; más que eso, nerviosa. Se nos fueron dos horas entre sus chácharas, cafés y paciencia. Justo antes de terminar la sesión ella insistió en hablar con Raúl.

***
-Saludos, Raú-.
- ¿Qué tal? – Se mostró sorprendido ante mi llegada.
- ¿Cómo está todo?- No respondí su pregunta, estaba algo nervioso. Aún no entiendo el porqué me costaba reaccionar.
- Todo bien. ¿Y, tú?
- Todo bien. En eso que llaman arte.-
- En lo mismo.-
- Te presento a una amiga.- Ella no permitió que terminara de saludar a Raúl, sólo comenzó a hablar. Él la miraba con atención, o le miraba las tetas, y ella le explicaba el asunto del amigo italiano que se marchó y dejó una cámara fotográfica que ella ansiaba devolver porque, a según, era invaluable. Mentía, mentía, sabía que mentía y Raúl también. Pero él quedó en ubicar al tipo y no preguntó grandes cosas porque estaba al tantode que todo era una farsa; una cámara para un fotógrafo es como una extensión de su cuerpo, es inconcebible olvidarla.
De allí caminamos unos minutos por la avenida, no me llevó a mi casa porque tenía unas cosas pendientes en el trabajo y necesitaba regresar a su oficina. No le reproché, pero tenía ganas de ahorcarla. Por suerte tenía algo de dinero en el bolsillo para pagar un taxi, no lo hice; compré una botellita de ron blanco y bebí en una plaza cercana al palacio de justicia. Cuando se acabó tomé el bus y me quedé dormido. Llegué a la última parada, tuve que caminar a mi casa y pensar muchas cosas.
***
No supe nada de ella, aún no lo sé. Tampoco traté de averiguar qué pasó en su vida. Ella nunca más llamó, ni yo lo hice. Cuando hablé con Raúl –hace pocos días– no la nombré, pero tenía ganas. En realidad desconozco hasta cuando aguantaré con la duda; no sé si encontró a su italiano, se marchó o se quedó en el país. No tengo la más mínima idea, ignoro si encontró al tipo, o sí lo encontró al tipo pero él la rechazó o cualquier verga que satisfaga mi morbo. No lo sé, No sé nada. Lo único que sé es que ella no quiso tirar con el tipo para que la gente –o él– no pensara que ella era una puta. No, definitivamente no es una puta, pero sí una completa desquiciada.


Texto por: Roberto Araque.
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