domingo, 6 de abril de 2014

Todo podía irse a la mierda.



Abrió la puerta, me miró de arriba abajo, hizo una mueca, de dolor o de asco, quizá de ambas a la vez, y sin preguntarme nada me dejó entrar. Ésta era la buena de Simona. Siempre dispuesta a ayudar al desfavorecido. Yo siempre era el desfavorecido. En parte porque me empeñaba, como ella decía. No importa. La situación era dramática y risible al mismo tiempo. Me había ausentado varios meses de ella sólo para regresar a rogar por un vaso con agua. Estaba claro: no podía vivir sin esa mujer. En cuanto me alejaba de ella me enrolaba en un infierno personal tan espantoso como me era posible provocarlo. Con otras mujeres era distinto. Con otras mujeres no necesitaba alejarme de ellas para deprimirme; vivía deprimido a su lado. Eso es lo que amaba de Simona: que cualquier infiernillo a su lado no se comparaba a las desgracias que podía procurarme a solas. A su lado siempre se estaba mejor.

      Bueno, dije, hola. Hola, respondió ella. No le asombraba verme en tan mal estado. Llevaba los zapatos rotos, la ropa sucia, una maleta casi deshecha y con las garras, a Mariana aferrada a mi pecho y parte de mi cuello. A penas podía cogerla con amabilidad. Era un milagro que no la hubiese perdido camino a acá. Cogió a la gata con ambas manos y la depositó suavemente sobre el sofá. Hola, le dijo, ¡cómo te ha tratado tu padre! Le pegó un beso en el hocico. Venga, dije, ¿y mi beso? Frunció el entrecejo y me dio la espalda. Vengo por una vaso con agua, exclamé, por amor a Dios. Fue a la cocina y me lo sirvió. Yo conocía el apartamento perfectamente, había vivido ahí casi dos años. Sabía dónde estaban los vasos, el agua. Sin embargo, estaba tan exhausto que me desplomé sobre el sofá y me quedé dormido casi inmediatamente. Así terminó mi aventura con Becky y sin Becky.


2

Cuando desperté, el vaso con agua estaba frente a mí, sobre la mesa. Simona no estaba. No sé qué hora era ni cuánto tiempo había pasado porque no solía usar reloj, pero calculaba que habían pasado cinco minutos, aunque me desmentí cuando observé que casi anochecía. Me levanté a por el vaso. Mariana estaba por ahí, dando vueltas. También estaba María, la otra gata que rescatamos Simona y yo hace un año o así. Bebí el agua. Llevé el vaso a la cocina y lo puse en el fregadero. Había un montón de trastos más.

      Me puse a dar vueltas por el apartamento. Estaba solo. Entré al cuarto de Simona, que alguna vez también fue mi cuarto. Todo estaba tal como lo recordaba. Quizá había más ropa tirada por todas partes y más objetos regados por todas partes, pero a grandes rasgos era el mismo cuarto. Las gatas entraron conmigo. Ellas también sufrieron una separación. María comenzó a morder a Mariana. Mariana gruñía y María la correteaba por todo el cuarto y Mariana huía y gruñía y chillaba, la pobre. Siempre había sido así. Parece que se recordaban bastante bien. No había cambiado nada. Incluso mis viejos zapatos y alguna ropa que dejé continuaba en el mismo sitio. Era como haber salido por cigarrillos y haber regresado quince minutos después. Ojalá hubiese sido así, pensé. Ojalá no me hubiese ido y ahora estuviese esperando a Simona venir del curro como cada noche. Simona solía regresar más tarde que yo; cuando ella llegaba me encontraba recostado, en calzoncillos, leyendo o fumando y eso le molestaba: que no tuviese la decencia de ir a por ella al curro o de esperarla en alguna calleja oscura, y que estuviese allí, leyendo, fumando, rascándome las bolas. Yo dedicaba mis días a leer y escribir y era la primera vez que estaba cobrando por ello; mis únicas diversiones eran beber y fumar y echar un polvo con Simona de vez en cuando. Era un hombre tranquilo con deseos sencillos. Lo único que deseaba era un poco de paz. Pero no voy a ponerme aquí a hablar de lo que yo deseaba o a hacerme la víctima, sé muy bien en qué clase de hombre me puedo convertir cuando me dan confianza. Soy un hijo de puta chantajista y egoísta. El problema es que no me doy cuenta hasta que es muy tarde, hasta que he avanzado demasiado y es evidente que he mentido en pro único de mi bienestar. Nunca he tenido remordimientos de ello, excepto con Simona.

       Me recosté sobre la cama. Seguía siendo tan acogedora como siempre. Incluso seguía oliendo a mi hogar. La mesita de cama continuaba allí. Había un cesto de basura y una lámpara. Solía encender la lámpara para leer mis libros antes de dormir. También solía depositar en el ceso los condones que utilizaba con Simona. En ocasiones, Simona no deseaba otra cosa que apagase la maldita lámpara o me fuera a leer a la estancia. Es ahí cuando me volvía egoísta. Iba a la estancia pero no me sentía a gusto. Yo deseaba leer donde me diera la gana. Ya sabes, cosas así. Iniciábamos una pelea por ello.

      Dormité un cuarto de hora. Escuché el cerrojo de la puerta. Cerré los ojos y me hice el dormido. Escuché a Simona entrar, echar algunas cosas sobre la mesa de la cocina, abrir el refrigerador, pasar al cuarto de baño, lavarse las manos y, finalmente, entrar a la habitación. Se quitó los zapatos y se echó a mi lado. Suspiró antes de hacerlo. Estuvimos así un par de minutos. Luego, desperté. Le eché el brazo encima y la abracé. No dijo nada. Estuvimos así otros minutos, luego habló. Dijo: ¿y bien?, ¿ya tomaste tu vaso con agua? Supuse que me echaría, pero cuando dije sí, me propuso una caminata por el parque. Tardé un par de segundos antes de aceptar. Eso le molestó porque según ella yo no estaba en posición de negarme. Sea como fuere salimos y en la oscura noche me contó un montón de cosas maravillosas. Cosas sobre lo que había pensado todo el tiempo que nos alejamos. No se trataba de mí, de nosotros, sino de cosas absolutamente más grandes. Así era Simona. Le preocupaba mucho la sobrepoblación del planeta y había ideado mentalmente programas de esterilización humana. Por supuesto, todo en habladurías, nada serio. No estaba a nuestro alcance. Dijo que sería bueno esterilizar a la gente de calle y hacer exámenes concienzudos a todo aquel que quisiese reproducirse porque la gente no está preparada emocional, física, económica e intelectualmente para tener hijos aunque lo deseen desde el fondo de sus instintos de conservación de la especie. Las ideas de Simona siempre iban años luz delante. Hacía falta mucho tiempo para que la gente se percatase siquiera de cómo funciona su mente, sus deseos maternales, etc., y dejara de cargarlos de sensiblería barata. Que fuesen menos egoístas y mirasen que sus deseos personales perjudican a todo ser viviente sobre la faz de la Tierra. Un hombre procrea un hijo. Le abandona, y todos nos jodemos porque la pobreza aumenta, la pobreza se reproduce: antes había dos pobre, ahora tres, ahora cuatro. Un hombre usa vasos de unicel porque no quiere lavar trastos y todos nos jodemos por él. Sus hijos, los nuestros, los hijos de esos hijos.

      Dimos varias vueltas al parque. Era el parque México y estaba más oscuro que una cueva de lobos. De eso se quejaba Simona porque la Delegación había publicado una solicitud de cinco millones de pesos para repararlo y no lo habían reparado. Simona tenía un montón de quejas sobre un montón de cosas, casi todas sobre ecología, sociedad y cultura. Decía que yo era un viejo quejumbroso pero ella no se quedaba atrás. Ambos solíamos dar queja sin tregua sobre todas las cosas que nos rodeaban.  De cierto modo eso es lo que nos mantenía unidos. Una inconformidad compartida hacia la vida. Éramos compañeros de desgracia y sólo ella y yo podíamos escucharnos sin hartarnos de decir todo lo que estaba mal en el mundo. Casi nadie puede soportarlo. Eso nos convertía en personas bastante solitarias. Simona era alegre, risueña y un ángel; yo era un viejo gruñón sin más; y ambos éramos un par de almas solas.

      Con ella, con Simona, todo funcionaba a un ritmo diferente. No podía tratarla como trataba a Becky y las demás, ni podía amarla mesuradamente. Con Simona todo avanzaba a prisa, a una velocidad tan a prisa que daba la impresión que el tiempo se detenía. Debía tomarla por la cintura, besarla, decirle que la amaba más a que a nadie en este mundo e irme con ella a la cama. Eso hice, pero no resultó como en mis fantasías. La tomé por la cintra bajo una farola fundida y la besé. Simona contestó mi beso. Se dejó hacer pero no dio pie a algo más Vamos, le dije, ¿qué pasa? La pregunta era tonta. ¿Qué pasaba? Nos habíamos separado, yo había estado con otra mujer en todo ese tiempo, y… bueno, no podía esperar que Simona me recibiera con los brazos abiertos, a pesar que lo había hecho, Dios.

      Anduvimos por el parque media hora. Halábamos y a veces también callábamos. Caminábamos en silencio y mirábamos las cosas. Yo miraba los adoquines del suelo. Simona miraba los árboles. De vez en cuando exclamaba por la belleza de una jacaranda o un ficus. Simona amaba las jacarandas. LE dolía verlas regadas por el suelo y que las pisáramos. Están muertas, decía yo, es igual. Pero Simona no se convencía; muertas o no le dolía pisar la belleza de aquellas flores. Era una filósofa. La planta está muerta, pero la belleza está más viva que nunca.

Cuando regresamos las gatas habían soltado mucho pelo. Sobre todo Mariana; era de pelo largo, fino. Nos recostamos en la cama y había pelo por todas partes. Ardían los ojos de tanto pelo. No sé por qué cuento esto, pero me parecía que el pelo de las gatas también podía ser bello si se le miraba adecuadamente. Ese pelo también era vida. Los gastos muertos no sueltan pelo.

      Aquella noche dormimos en paz.


3

Al amanecer nos despertó un par de bolas de pelo sobre nuestras caras. Las gatas deseaban comer. Simona se levantó y les dio sardina. Yo dormitaba. Simona regresó a la cama y se echó de nuevo. Esta es la vida que anhelaba.

      Más tarde desayunamos huevo con jamón y café. Simona lo preparó mientras yo tomaba la ducha. Cuando acabamos el desayuno Simona se levantó y fue a los estantes. Era tres estantes llenos de libros. Mis libros, que había dejado allí, en su casa. Tomó uno del estante y me lo estiró. Dijo: es tu regalo de aniversario. Durante el tiempo que estuve fuera llegó la fecha de nuestro aniversario. Había comprado un libro para mí pero no había tenido oportunidad de dármelo. Lo cogí. Era un ejemplar de más de mil páginas: 2666, del escritor Roberto Bolaño, editado por Anagrama. Le pegué un beso en la frente y le di las gracias. Vale, dije avergonzado, yo no… yo no tengo nada para ti, ¿ves? Alzó los hombros. No importa, dijo. La abracé y le pegué un beso en los labios. Simona era un ángel, no cabía duda.

      Cogí el libro y comencé a leer el primer párrafo en voz alta. Trataba sobre un misterioso escritor llamado Archimboldi. Luego dejé de leer porque Simona pidió que parase. Ya me lo leerás más tarde, dijo, y así, supe que estaba a punto de recuperar mi vida. Era cuestión de no cagarla. Debía ser muy cuidadoso porque yo solía cagarla.

      Hablamos de otros asuntos. Todo este tiempo Simona cultivó la idea de mudarse a otro Estado. De irse lejos. Me lo contó con mucha pasión. Deseaba ahorrar algo de dinero en tres meses y abandonar DF. La idea me cautivó de inmediato, hace años anidaba en mí la misma idea. Hace cinco años o así, estuve en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y me había jurado volver y establecerme. Se lo solté a Simona de golpe, con la misma excitación que ella contaba lo suyo. Nos miramos a los ojos un par de segundos y lo supimos: haríamos ese viaje cuanto antes. Comenzamos a planearlo todo de inmediato. Yo podía coger un empleo, donde sea, lo que sea con tal de ahorrar algo. Ella podía pagar el alquiler y guardas el resto de sus ganancias para el viaje. No era una idea descabellada. Podía hacerse, Dios, y estaba a la vuelta de la esquina. Le pedí que trajera el ordenador portátil. Lo hizo y busqué un montón de fotografías sobre San Crsitobal de las Casas. Era un lugar paradisiaco, un poblado a las faldas de la selva Lacandona. Podían orise los rugidos de los saraguatos durante la noche. Había miles de árboles de todas las especies y uno podía coger fruta de ellos libremente. También se podía sembrar y cultivar alimentos; vamos, realmente se podía cultivar alimentos y alimentarse de ellos sin necesidad de centros comerciales. Había mucha gente europea haciendo vida de viajero, de hippie, de ermitaño. Definitivamente, lo que cualquiera necesita para desintoxicarse de la ciudad. Hablamos sobre rentar un coche para hacer el viaje, llevar a las gatas, un par de libros, ropa, lo necesario para vivir sin ostentar. Era una idea maravillosa.

      Hablamos toda la mañana y parte de la tarde. Bebimos café. Simona tenía el brillo de la juventud en los ojos. Yo debía tener el brillo de la juventud en los ojos también porque Simona dijo que lucía muy guapo y me besó.

      Comenzamos a hacer los preparativos inmediatamente. Busqué empleo en la Internet. Había un montón de cosas por hacer: mesero, archivista, almacenista, chofer, ayudante general. Todo estaba mal pagado, pero era suficiente si no gastaba un peso para ahorra e irnos en tres meses.

      De pronto, dejamos de hacer cosas y nos metimos a la cama. Hicimos el amor cálidamente. Al terminar, todo estaba pactado. Becky podía irse a la mierda, el casero, el hotel Savoy, las prostitutas de Hidalgo, todo eso podía irse a la mierda. Ahora tenía una mujer hermosa y una meta. Todo lo que necesita un hombre para mantenerse en pie. 




1 comentario:

  1. Excelente, agradecemos su aporte al Grupo...

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