domingo, 13 de abril de 2014

Padre e hija.



F. atravesaba un periodo muy fructífero en su carrera literaria (si podemos llamar así a los libracos que F. solía escribir: carrera literaria, a sus publicaciones en TRASH y alguna revista menor del ambiente del subsuelo). Escribía texto tras textos; salían de él como agua por el grifo. Nada podía detenerlo ahora que había encontrado una nueva fuente de inspiración creativa: Lidia F. La mujer que abrió camino a F. al mundo de las letras, su amante, por la misma que sufrió un bloqueo mental y por la que estuvo dispuesto a cambiar su vida y hacerse un hombre de bien. Dios, de eso nada, no, había que  olvidar el asunto del hombre de bien porque F. no era un hombre de bien y punto; lo intentó, sí, pero… “es mejor aceptar la clase de cerdo que se es, en vez de luchar por ser lo que no se es ni se será nunca, por más que nos engañemos y lustremos nuestros zapatos…”. Esta era la nueva filosofía de F. Se había aceptado. Ya no haría más esfuerzo por encajar, por quitarse de encima los dedos de la muchedumbre. F. era un cerdo e iba a hacer lo mejor que podía hacer, lo único que podía hacer desde su calidad de cerdo: escribir un montón de crítica social.
      Despertaba alrededor de las dos de la tarde o tres de la tarde. Salía de cama e inmediatamente iba hacia la nevera, cogía un par de latas de cerveza y se instalaba, es decir, se montaba a la silla, frente al ordenador, y escribía todas la historias que su retorcida mente le dictaba. Todo esto en calzoncillos y con los humores a tope. Esto es lo que F. consideraba una vida digna. Escribía historias sobre gente del barrio, prostitutas, hombre retrasados mentales, adictos a la heroína, choferes de reparto, homosexuales, descarados, ancianos pervertidos. Es lo que siempre había hecho. En realidad, se redescubría a sí mismo. En realidad, nunca dejó de ser así, aunque él considerase que vivió un lapso muerto en su vida, un lapso de angustia e incertidumbre, que duró, aproximadamente, dos meses y medio.
      Enviaba las historias a Lidia, su amante, o su novia, o su mujer; F. mismo no lo tenía claro. Lidia recibía los bits de información en su ordenador y apartaba las historias que se publicarían en TRASH, de las que enviraría a otros medios. Lidia era medianamente conocida en el ambiente editorial. No le costó demasiado colocar a F. en un par de publicaciones serias, o casi serias, de la ciudad. Su mayor obstáculo era vencer los prejuicios morales de los editores de otras marcas; los textos de F. eran para mentes fuertes, para vividores, para analfabetas, “para otros cerdos”, solía decir el mismo F. En TRASH tuvo el mismo problema, y de no ser por Lidia jamás le hubiesen publicado. Ahora, Hallack, el Editor en Jefe y los otros editores comenzaban a acostumbrarse a la irreverente pluma del escritor, a cosas como: “…al entra a la habitación encontró a su padre de pie, desnudo de la cadera para abajo, con el miembro erecto, mirando frente a la ventana pasar a las muchachas del barrio. Con la mano izquierda sujetaba aquella cosa y tenía en la cara la expresión de los condenados a muerte. En cuanto el padre miró entrar a la chica, a pesar de toda la vergüenza, o por ella, no pudo evitarlo: comenzó a chorrear, a desaguarse como un río y arrodillándose, rogó a su hija que le perdonase, al mismo tiempo que la miraba con lascivia…”. Los textos de F. parecían no ir a algún lado, no tener un sentido práctico o metafórico que los sostuviese por sí solos. Eran textos arrojados como piedras al cielo, al azar, que golpeaban a cualquier cristiano sin motivo ni intención. Sin embargo, F. sostenía que sus textos eran más sólidos, más prácticos, y lo menos metafóricos posible. Los padres también se masturban, se defendía, los padres pueden ser sorprendidos por los hijos cualquier día, y si no sucede es porque no quieren que suceda, o porque ninguno ha tenido el valor de confesar: mi hija me pilló con la pija en la mano. Sea como fuere, los textos de F. eran mal recibidos en casi todos lados. Lidia debía hacer un gran esfuerzo por defender una literatura naturalmente reactiva.
      Todas las noches F. terminaba borracho y exhausto de escribir. Paraba cuando la cerveza superaba a su cabeza y no podía concentrarse o cometía demasiadas faltas. Entonces dejaba la literatura y se dedicaba libremente al whisky. Se levantaba de la silla, luego de horas de trabajo y se instalaba en el sofá a fumar cigarrillos y beber whisky con hielos o solo (si no había hielos). Esperaba la llamada de Lidia con el teléfono al lado. A veces llamaba, a veces no, pero F. siempre esperaba que llamase. Cuando lo hacía, le preguntaba: ¿qué has escrito hoy, muchacho? Esto era para F. un hueso para un perro. Se dejaba rascar la panza mientras F. contaba casi de principio a fin todo lo que había escrito. Esto suponía por lo menos dos horas de conversación. Lidia le escuchaba pacientemente, como quien oye a un niño contar las travesuras de su día. Como una madre divorciada que llama de larga distancia al internado para conversar con su adorado hijo, al que metió a ese internado porque no lo soporta las veinticuatro horas del día. Sobre esta línea iba la relación entre F. y Lidia. Habían aprendido a no superar el número de horas de compañía; se limitaban a encontrarse una o dos veces por semana y hablarse por las noches. Esto permitía que ninguno se hiciese más daño del necesario. Un distancia prudente para no hacer estallar su relación. Para no joderse. Para no escupirse en la cara las verdades el uno del otro, etc. Se veían, generalmente, un día entre semana y un día de fin de semana. Charlaban, comían, paseaban, se quejaban de sus vidas y hacían el amor. A este respecto, F. había progresado mucho. Antes de Lidia había pasado casi 10 años de soledad. Ahora lo hacía bastante bien para salir de una cueva y había dejado a un lado las ideas sobre las vaginas y las tumbas que alguna vez llegaron a atormentarle. Podía decirse que F. y Lidia habían superado los obstáculos primeros de una relación poco convencional, poco segura, poco ética, poco aceptada por la sociedad: él, un seudoescritor borracho y fracasado; ella, la hija del dueño de ALIANZA EDITORIAL, bella y decente niña de casa.
      Los sueños de F., en esta nueva etapa, eran plácidos y reconfortantes. Todo su cuerpo aprovechaba verdaderamente las horas de sueño. Se reanimaba. Descansaba como Dios manda. Sus angustias casi desaparecían por completo. El dinero, bueno… continuaba escaseando pero ya no le importaba. Tenía lo suficiente para comprar cigarrillos y alcohol y alguna chichería para engañar al hambre y eso bastaba. Lo importante era que podía escribir de corrido un texto sin perder la cabeza o sin implicarse en profundos abismos de soledad, incertidumbre y dolor. “Esto es lo que debió sentir W. Faulkner al escribir…”, pensaba. Se miraba a sí mismo como un escritor bueno y desinteresado de sí mismo. Como alguien que escribe silbando una tonada alegre mientras el sol sale, los ruiseñores cantan y entra la primavera. Los días que venía Lidia hacían el amor y los ruiseñores volvían a cantar al amanecer y el sol les bañaba y la primavera vivificaba sus almas humanas… En pocas palabras, F. sentíase feliz. Sin embargo, F. jamás se decía a sí mismo me siento feliz. Eso era algo que F. no se permitía ni en la más grande de sus alegrías. Se estaba traicionando. Para él, ser feliz era ser estúpido. Había algo de cierto en ello porque así se sentía F. cuando sonreía al despertar con Lidia en sus brazos. No podía aceptar que su vida era casi como la había soñado hace más de diez años: publicaciones en revistas, publicaciones a fin de cuentas, una mujer, cerveza, desempleo, sol, pocas ambiciones y un sentimiento de letargo o eternidad, como si nada de esto pudiese quebrarse y fuese a durar para siempre; esta pasividad le encantaba, este riel, esta forma de vida segura y esencial: no poseía nada más que lo esencial, carecía de bienes materiales y poseía, si se puede poseer, capacidad para hacer lo que más le gustaba y el amor de una mujer. A cambio, él amaba a Lidia.
      Amar a Lidia, Dios, ¿cómo explicar lo que amar a Lidia, amar, en general, significaba para F.? Hablar a Lidia, contar a Lidia todas las cosas que le pasan por la cabeza, acostarse con Lidia, enviar textos a Lidia para que los publique en la revista de su padre y en todas las revistas que le sea posible, que luche por posicionar su literatura sin él esforzarse más que en escribir y empeñarse en escribir toda la literatura que los medios NO quieren publicar, aceptarse, rehusarse a cambiar de ideas, acciones y sentar cabeza, aplicarse con más ahínco al trago, a las mujerzuelas, a las conversaciones oscuras en bares, es decir, continuar siendo F. e incluso, más F. que nunca. Eso es amara a Lidia. Es un modo egoísta de amara a Lidia, pero el amor es un modo egoísta de entablar relaciones. Mostrarse ante ella como es realmente, esa es la forma de amor que F. puede brindar. La más grande prueba de amor. No ser un hipócrita de mierda.
      Lidia de algún modo entiende esta forma de amor. Agradece la sinceridad de F. Por supuesto, sería más sencillo si F., sinceramente, no fuese lo que es. Lidia sabe lo que F. es. Lo sabe cuando le mira a los ojos, cuando lee sus textos entre líneas, cuando conversan (aunque la conversación de F. es lacónica), cuando comen, cuando beben, cuando hacen el amor. ¿Qué es F.? ¿Qué es, exactamente, aquello que sólo Lidia puede ver en F.? Esto es aun más difícil de explicar que el amor de F. por Lidia. La misma Lidia no sabría describir mejor lo que ella ve en F. Podría decirse que F. tardó casi diez años en encontrar a la mujer que fuese capaz de ver. Esto bastaría, en un discurso sensible, para justificar la relación entre Lidia y F., o el amor que Lidia siente por él. Diez años es mucho tiempo como para no llamar amor a la mujer que tardó en llegar. El enamoramiento, a pesar de la diferencia de clases sociales, también es lo suficientemente romántico como para desecharlo. Los factores psicológicos, químicos, etc., ayudan a mantener todas las metafísicas amorosas de este encuentro. Todas estas justificaciones son suficientes para amarse.
      Estos misterios del alma humana son la fuente de inspiración de F. El amor entre F. y Lidia, ¿puede ser tan enigmático como el amor entre un padre y una hija? El amor entre un padre y una hija puede abordarse desde los tres ángulos que puede abordarse cualquier amor, cualquier encuentro, digamos: sexo, erotismo y amor. El incesto, observado desde su más baja expresión, no puede ser otra cosa sino sexo, sexo pervertido, según algunos, aunque, para F. no hay nada menos pervertido que el incesto, pues, pervertido significa lo que sale del curso normal de las cosas y… bueno… es completamente normal sentirse sexual, erótica, o amorosamente atraído por un consanguíneo. Es tan normal que llevamos todos los años que lleva el hombre existiendo realizando el acto incestuoso y hablando de él en literatura científica, psicológica y artística. No puede ser pervertido algo que sale de lo más hondo de nuestros corazones humanos. Así, hayalgo que la gente no comprende en el amor de un padre y una hija, como hay algo que la gente no comprende en el amor que Lidia siente por F. “Ya no podemos entender ese algo porque lo hemos cubierto de mantas tanto tiempo… lo hemos vuelto tabú, lo mismo que a muchas otras cosas que nunca debieron ocultarse por salud mental. Creemos que somos más saludables mientras menos develemos los tabúes, cuando es, precisamente, que develándolos llegamos a una mejor comprensión del ser humano y ocultándolos, enfermamos nuestras mentes y nuestras almas…”, escribe F. El texto de F. comienza con el descubrimiento del sexo del padre. La hija descubre al padre en pleno acto onanista; devela el misterio: Padre es sexualmente activo. En el texto de F. Padre es viudo, vive con su pequeña hija de catorce años y hace más de doce años que no se acuesta con una mujer. La hija, de algún modo, como sucede siempre en temas de amores prohibidos, se percata de la soledad de su progenitor y desea suplir, ser para él aquello que perdió por culpa suya: Madre murió dos años después del parto; jamás pudo recuperarse. Ahora que la niña cumplió catorce años se percibe a sí misma como una mujer físicamente capaz, emocionalmente capaza de satisfacer a un hombre. Los últimos catorce años Padre le ha procurado amor y cuidados vertiendo toda su atención a ella, y ella no tiene más sol que Padre, su amigo y confidente, su protector. Es por medio de estos puentes de necesidad y amor fraternal que F. atraviesa del sucio sexo incestuoso (momento en que encuentra a Padre con la mano en la masa), al erotismo (la necesidad biológica de la hija ante la adolescencia y el despertar sexual), y, finalmente, al amor (el verdadero amor, sincero amor que siente la hija por Padre, un padre verdaderamente amoroso que ha sacrificado su vida sexual con otras mujeres para atender completamente las necesidades de su única hija).
Esto es lo que Lidia entre lee en los textos de F., y reconoce a F en Padre; el mismo F. ha sacrificado su vida sexual en pro de su única hija: la literatura, y se identifica con la hija: ella, Lidia, ha llegado, después de diez años (es decir, al inicio de la adolescencia) para saciar la sed sexual, erótica y amorosa de Papá F., que no hace otra cosa que volcar toda su atención a ella, a Lidia. Si de primera instancia parecía que los actos de F. eran actos egoístas, ahora entendemos que son el modo de atender a Lidia, de gritar que él existe y de no mirar a otras partes y rogar, de un modo sutil e inconsciente, la satisfacción de Padre.
Los editores de TRASH no comprenden algo de esto. Sencillamente leen, de manera literal, que en el párrafo veintisiete la pequeña Katy se arrodilla ante papá y “…quita la mano onanista de él, coloca la suya y comienza a hacer los movimientos oscilatorios que le miró hacer hace dos días”. F. narra paso a paso los encuentros sexuales entre Padre e hija hasta llegar al día que “…Padre entra en las suaves y vírgenes carnes blancas de Katy, y de la madre de Katy a través de ella, y de su propia madre y de su abuela, y de todas las mujeres del universo desde su hija hasta la mítica Eva hasta explotar en éxtasis y vaciarse los cojones en la vagina de su hija, ¡maldito pervertido!, le señalan los demonios de su cabeza”. Todo esto, a los editores, les provoca asco. Les hace vomitar. Les hace decir: “¿en qué mierda piensa Lidia cuando lee esta porquería y cómo se atreve a pensar que es publicable?” Les hace pensar: “¿Qué demonios ve Lidia en F. para protegerle, para publicarle a toda costa y para acostarse con él?”

3 comentarios:

  1. Jorge Charcas Lopez14 de abril de 2014, 9:37

    Algo nuevo para leer :):)

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  2. Leer pensamientos q siempre hemos negado, origina una ola de vergüenza y excitación, me he dado cuenta que también me auto censuro.

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  3. estos textos son perversos y bellos al mismo tiempo no puedo describir las sensciones que me provocan porque son de asco y de belleza Bien por F!!!!!!!

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