domingo, 20 de abril de 2014

No has cambiado nada.




Entré a Tres gallos más o menos a las cuatro de la tarde. Tres gallos era un bar que frecuentaba hacía diez años o más. Era un sitio oscuro y deprimente con borrachos oscuros y deprimentes. Aunque ahora tenía dinero suficiente, no dejaba de frecuentar aquel horrible lugar. Supongo que uno es así: adquiere costumbres. La mayoría de la gente desea hacer dinero para dejar cierta vida de mierda que lleva. Es imposible. Se llevan su mierda a otro sitio, es todo. 

      Por ejemplo, Sandra. Hace más de seis años que no le miraba. Siempre hablaba de recorrer el mundo, de irse de México, a cualquier otro sitio. Bueno, lo hizo. Colocó su culo en asiento de avión y partió a N.Y. En N.Y. conoció a un par de chicos que la llevaron a Washington y a San Francisco. Sandra era el tipo de persona que logra lo que se propone a costa de lo que sea. Comenzó a recorrer el mundo a lo grande. Llegó hasta Europa. Podía decirse que escalaba. Podía decirse que lo estaba logrando. Dejar su vida de mierda y eso. Yo me enteraba por las publicaciones de sus fotografías en Facebook. Había fotografías de ella en todos lados: “This is me in N.Y.”, “This is me in Kansas”, This is me in Portland”, “This is me in Montana”, “This is me in Texas”, “This is me in Atlanta”, etc. Los comentarios de estas fotos siempre eran de envidia y de falsos deseos felices. Yo nunca comentaba porque no tenía algo que comentar. Sabía cómo lo había logrado y cualquier comentario mío no iba a gustarle. En realidad, cualquiera que conociese a Sandra lo mínimo sabía muy bien cómo lo había logrado. Sencillamente, no quería ser un hipócrita. 

      Sandra llegó a Tres gallos a las ocho de la noche. Habíamos quedado a esa hora pero quise abrir garganta. Para cuando llegó llevaba encima nueve cervezas, dos copas de whisky, doce cigarrillos y diecisiete párrafos en una libreta nueva que compré antes de entrar. Me sentía el viejo Petrozza de los viejos tiempos. Había dejado las viejas libretas. Ahora escribía en una Mac del año, de mi novia, y aunque todos exclamaban que era una gran cosa, para mí era o sería, más temprano que tarde, un viejo cacharro. No encontraba en ella alguna virtud, excepto la de cambiar las palabras que yo escribía por otras, que ella sugería. Esto es lo que algunos llamaban inteligencia artificial. Yo lo llamaba retraso mental artificial. Sin embargo, Dios, esta noche yo era el viejo Martin Petrozza, en Tres gallos, con mi vieja libreta, mis viejos vicios y mi vieja amiga Sandra. Hay una edad en la que uno empieza a sentir nostalgia de cuando tenía diecisiete años.   

      Lo primero que dijo, después de abrazarme y besarme la cara, es que yo no había cambiado nada. Esto era, muy probablemente, cierto, porque Sandra siempre me había mirado con un vaso de cerveza en la mano y un cigarrillo en la otra mano. Justo como me estaba mirando ahora. Teníamos treinta años y un pasado sufrientemente largo para decir: no has cambiado nada. Con esto, claro, queríamos decir que aún no éramos tan viejos como otros y podría ser peor. Yo también se lo dije a Sandra. Le dije, tú tampoco has cambiado nada. Lo que quería decir que continuaba poniéndome a tope. O eso al menos, es lo que ambos queríamos que significara. 

      Ahora bien, lo segundo que dijo Sandra es que había seguido mi vida por Facebook y por ciertos medios que publicaban parte de mi trabajo o de mi vida como escritor. Dijo que yo llevaba una vida de puta madre. Lo dijo porque bebo y leo y escribo y vivo con una hermosa mujer llamada Simona. Lo dijo porque me gano el pan haciendo todo eso. Lo dijo, también, por que no conoce el lado oscuro de todo eso. Lo dijo porque Facebook es una herramienta para maquillar nuestras vidas de mierda y mostrar la mejor cara que podemos sacar. Por el mismo motivo reí, me sonroje falsamente y respondí que la vida de puta madre la llevaba ella. Ya sabes, dije, con todos esos viajes y más. 

      Bebimos un par de cervezas y nos contamos lo esencial. Las cosas que uno se cuenta cuando suceden este tipo de reencuentros. Reímos en algunos pasajes de nuestras vidas. 

Luego bebimos otro par de cervezas y comenzamos a recordar los viejos tiempos que vivimos juntos. De cuando se nos paró el coche en la carretera, en las veces que follamos, Su amigo Bubu, etc. No habíamos cambiado nada, excepto en que ahora podíamos sentarnos a beber con cierta tranquilidad y a un ritmo menos desenfrenado y contarnos todas las cosas que hemos vivido y recordar. Ya no teníamos la necesidad de salir corriendo y reventar. Ahora teníamos algo que recordar. Algo que confesar, hasta cierto punto. Algo de lo cual decir: vale, la verdad yo estaba muy asustado aquella noche, o, venga, me prendías tanto que era capaz de decirte cualquier cosa con tal que me la chupases. Ahora podíamos decir aquello y reír y exclamar: ¡hijo de puta!, por eso eres amigo mío. Ahora podíamos abrazarnos más fuertemente. Con más miedo porque ya cada día que pasaba nos hacíamos viejos y ambos sabíamos que un día ya no podríamos hacer nada de eso.

       Estuvimos así tres cuartos de hora hasta que Sandra comenzó a emborracharse y a decir que todo era falso y su vida no era tan bella como yo creía. Vale, dije, no tienes que confesarme nada, lo sé: la vida de todos es una mierda. No importa si tienes dinero o haces viajes o escribes o tienes hijos o no los tienes, da igual, el hombre se las arregla para hacer de su vida un infierno personal. Pero Sandra insistió y me lo confesó. Bueno, le abracé y le dije ya, ya. Supongo que es lo que todos deseamos que se haga por nosotros. Que nos apapachen el culito. 

      Yo también tenía ciertas cosas que confesar, por ejemplo, escribir no me hacía feliz, aunque eso es por lo que estuve luchando mucho tiempo, casi toda mi adolescencia y parte de mi adultez. Escribir era un vicio, y el vicio me daba paz, pero no podía decir que me diera el mínimo de felicidad. Podía pagar mis otros vicios, el alcohol y el cigarro con lo que ganaba como escritor, pero eso tampoco me hacía el hombre más sonriente sobre la faz de la Tierra. Tenía una mujer hermosa y un techo sobre la cabeza, y todo eso estaba muy bien y lo agradecía pero incluso con mi mujer luchábamos todos los días por no hacernos la vida un infierno y por salir a flote en esto que llamamos existencia humana. Yo también tenía ciertas cosas que confesar pero no las confesé porque Sandra había ganado escena y era su momento de maldecir y de gritar la verdad con un amigo que puede escucharla sin juzgar sus desventuras. 


2

A las cinco de la madrugada nos echaron del bar. Esta era otra de nuestras desgracias. Continuábamos siendo dos hombres en medio de la nada. Lanzados a la dura y fría vida, sin cobijo, sin explicación, sin otra esperanza que morir en paz. 

      De cualquier modo ya no teníamos nada que contar ni confesar ni maldecir. Ahora éramos, una vez más, Petrozza y Sandra, lo que eso signifique. Acabaría la noche y nos alejaríamos nueve meses. Sandra se embarcaría en un crucero, donde laboraba como mesera, y no regresaría a México sino hasta nueve o doce meses después. Se haría fotos en N.Y., en Arkansas, en Tennessee, qué sé yo; publicaría todo eso, haría creer a su familia y sus amigos que si uno se esfuerza un poco puede lograr un sueño. 

       Yo iría a casa y dormiría y al día siguiente escribiría todo lo que nos contamos. Haría creer a la gente que soy un escritor entusiasmado con una vida de puta madre y que si uno se esfuerza un poco puede lograr algo, por imposible que parezca. Al menos Sandra podría ponerse maquillaje y sonreír para una foto. Yo no podría sonreír en adelante. 

     Nos despedimos en la entrada del metro Insurgentes. Ella debía correr para llegar a tiempo a casa, coger un par de maletas e irse al aeropuerto. 

     Yo debía correr para llegar a una Feria de Libro independiente que se celebraría en un par de horas. 

     Debíamos correr, correr para continuar con la vida que nos habíamos creado y hacer el mundo girar, nuestro mundo girar, según nos habíamos enganchado. El próximo año volveríamos a encontrarnos y hablar. 

    ¿Hasta cuándo volveríamos a encontrarnos y hablar?, me preguntaba. ¿Hasta cuándo podríamos decirnos sinceramente: no has cambiado nada? ¿Hasta cuándo envejecerían abiertamente nuestras caras? No importa, volveríamos a beber y a correr hasta el último día. 



2 comentarios:

  1. Ahora si estas viejo Petrozza, muy buen texto como siempre, hasta cuando dejaras de escribir viejo lobo?

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  2. Me haces reiterar mi agonía, chingao sufrir es pesadísimo, pero fingir que no sufres es el infierno...gracias Petrozza.

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