domingo, 9 de marzo de 2014

¿Y ahora?



En la esquina de la calle de Campeche encontré a J. Iba con su acostumbrada facha de pordiosero.  Dijo: ¿qué hay, nene? Crucé a la acera de enfrente. No deseaba involucrarme con él porque era medio día y yo venía de una borrachera en la Roma sur, el sol me quemaba los ojos y lo único que deseaba era llegar a casa, cagar y dormir.

Sin embargo, me interceptó. Vamos por un trago, eh. Olvídalo J., no tengo un peso. J. era un vago de la Glorieta de los Insurgentes con el que a veces iba echar el trago; cuando no encontraba a nadie más, ya sabes, o cuando necesitaba saber que había escoria más baja que yo y podía salir adelante. ¡Yo invito!, exclamó. Ni en pedo, J., en serio, quiero irme a casa. J. se sacó un par de billetes del culo. Me los puso a la cara. Los examiné de cerca: eran auténticos.

Compramos cerveza y la bebimos sentados en las jardineras de un edificio elegante, en Aguascalientes o Manzanillo, no sé. Le pregunté a J. de dónde había sacado el dinero. Soy modelo, dijo. No quise contrariarlo. No tenía importancia. Incluso llegué a sentir compasión por J. y cariño por compartir el dinero conmigo. Las cervezas me sentaron bien pero llegó un momento en que no pude más. Estuve con J. tres cuartos de hora y me despedí. Sólo bebí un par de cervezas.

Llegué a casa, vomité, tomé la ducha y me recosté en cama con ese maldito deseo de morir que venía tras cada borrachera. Por supuesto, nunca moría.

Luego, a la semana siguiente o así, volví a ir a la Roma Sur a casa de un amigo argentino donde solía reunirme con La pelusa de la Roma a beber hasta caer rendidos. Eso fue en sábado.

Al amanecer volví a casa por el camino de siempre pero me detuve para mirar a una chica que iba sobre la acera, moviendo esa cosa. Iba metida un pantalón pegado a su culo y meneaba la cola de caballo de un lado a otro, con ese ritmo desinteresado y sensual que adoptan las chicas que se saben buenas. La seguí por Aguascalientes, un par de calles o más; iba pegado a ella como una maldita larva sin dejar de mirar ese contoneo hipnótico. Era una chica rica, eso lo notabas. Tenía un bronceado y ese culo. Doblamos a la derecha dos o tres calle más adelante, luego se metió en una casa verde, muy grande, con jardín e interfono con cámara de video. Hasta aquí llegó mi relación con el amor de mi vida.

 Dos calles más adelante encontré a J. Le estaban haciendo fotos. No era broma. Había una cámara y un montón de gente con luces y pantallas. J. estaba echado en la calle, como el mendigo que era, y se dejaba hacer las fotos. Me quedé a observar porque no me lo creía. J. se paseaba por ahí, a sus anchas, y el fotógrafo le hacía fotos desde todos los ángulos. Había un hombre que le seguía por todos lados apuntándole con una luz, y otro que iba quitando a la gente de en medio para que J. pudiese pasar. Así estuvieron una hora o así. Incluso perdí la resaca durante todo ese tiempo. Luego, comenzaron a guardar las cosas en estuches negros y un hombre se acercó a J. Le interrogó. ¿Hace cuánto que haces la calle? Toda mi vida. ¿Dónde están tus padres? En el Infierno. ¿Por qué te drogas? Por lo mismo que tú y tus hijos y todo el mundo.

Fotografiaron a J. en todas posiciones. Le hicieron tirarse al suelo, caminar debajo de la banqueta, echarse en una banca, fingir que orinaba un garaje, arrastrarse como perro.

Cuando terminaron la sesión me acerqué al fotógrafo. Era un hombre blanco de buen aspecto, de unos treinta y cinco años. ¿Eres amigo de J.?, preguntó. Ya, sí. Me miró de pies a cabeza. Deseaba preguntarle qué diablos era todo esto. Vale, dijo, puedes tumbarte ahí, anda, quítate los zapatos. Señaló un sitio en el suelo con un dedo índice muy largo y una cadena de oro enredada a la muñeca. Encendí un cigarrillo y di una calada. Sacó una tarjeta de su bolsillo y me la dio. Ponía: Clark Jr. Fotógrafo profesional. Di media vuelta y me largué. Escuché a J. gritar, ¡eh, compadre…!

2

Busqué información de Clark Jr. en la web. Clark Jr. era un fotógrafo de Guadalajara que vivía en Nueva York hace tres años. Había logrado fama en el mundo del arte gracias a unas fotografías suyas sobre la pobreza en países latinoamericanos. Había fotografiado los picaderos de Ciudad Juárez, los cuartos de a diez de Tepito, las favelas del Brasil y toda esa mierda de la que se habla a menudo en los medios. Se jactaba porque sus fotografías estaban dando la vuelta al mundo. Fotos de drogatas, de homosexuales, de vagabundos, de prostitutas, de asesinos sin nombre, de ratas de alcantarilla. Toda esa mierda captada en sus peores momentos por la cámara de Clark J. Lo titulaba: Misery. Las fotos se publicaban en revistas y se exponían en galerías de todo el mundo.

El resto de la semana me di vueltas por la colonia y encontré a Clark Jr. y su equipo haciendo fotos de todos los mendigos que encontraba. Les ofrecía doscientos pesos por posar. Les hacía las fotos y les entrevistaba. Podía imaginarlo: un reportaje sobre la podredumbre de la colonia Roma. Era interesante hasta cierto punto porque la colonia Roma era una colonia con clase, pero también, con un alto índice de pobreza. Había vecindades dejadas de la mano de Dios entre residencias y vagos rondando las calles todo el tiempo. La Glorieta de Insurgentes estaba llena de ellos. 

La cosa duró un par de semanas. Todo mundo se enteró y se hablaba de eso en los cafés. ¡Clark Jr. estaba en México haciendo fotos! De un día para otro Clark era la estrella. Podías escucharlos hablar en todos lados. 

Fotografiaron a J. y a otros que conocía cuando iba a beber con ellos. Les hicieron posar sin ropa, drogándose, cagando, fumando cigarrillos, ejercitando los tríceps en los barandales de la calle. J. sacó unos cuántos billetes con el asunto, y creo que se lo tomó muy seriamente; vamos, se pensaba que le iba a durar toda la vida, o no sé.



3


Luego, un buen día, se acabó. Encontré a J. tirado en la banqueta, mendigando, y en la esquina siguiente la revista National Geographic de México con una fotografía de J. en la portada a la venta en un puesto de periódicos. Compré la revista y se la tiré a J. ¡Vaya!, exclamó.  

La ojeamos juntos. Había sólo dos fotografías suyas, una de él tirado en medio de la calle con el culo fuera de los pantalones, y otra, un acercamiento a su rostro bostezando. ¡No supe cuándo tomaron esto! Pero si tú mismo has posado, dije. ¡Pero nunca con el culo de fuera, eso jamás!, gritó. Era un vago pero tenía dignidad. El artículo ponía: OLIGARQUÍA EN LA COLONIA ROMA, por Clark Jr. Había fragmentos de texto en medio de las fotos. Mira, aquí está el tuyo. Leí para J.:

"…J., un vagabundo de la colonia Roma, vive en medio de casonas y coches de lujo, duerme en la calle y no hace más que drogarse para olvidar su terrible infancia. Su historia es aterradora: su padre, un ex presidiario de Ciudad Nezahualcóyotl asesinó a su mujer con sus propias manos pocos días después de dar a luz. La cría, J., a quien podemos ver en estas fotografías, fue criado por la hermana del padre al ser ingresado a prisión tras el asesinato. Desde entonces J. ha vivido inmerso en un infierno personal. Jeny, la tía de J., le crío hasta los dos años. Gracias a su adicción a la heroína fue afiliada a rehabilitación y el niño quedó desamparado. Así, J. tuvo que sobrevivir. El tiempo y la vida lo llevaron por diversas colonias de la ciudad de México hasta llegar a la colonia Roma, donde se hizo miembro de una pandilla de delincuencia infantil. J. fue capturado por la policía de la delegación Cuauhtémoc a los diez años por robar autopartes, mismas que vendía en la colonia Doctores para poder comer. Se le sentenció a tres años de prisión. Cuando le soltaron, regresó a la vagancia…"

 ¡Y una mierda, exclamó J., nada de eso es verdad! Bueno, dije, pues es lo que ponen. ¡Al Diablo! 

 Continué mirando las fotografías. Eran aterradoras. Una cosa era cierta: Clark Jr. era un fotógrafo excelente. Había fotos de chicos de doce años inyectándose, mujeres embarazadas drogadas y con los calzones abajo, chicos chupándose la polla debajo de puentes, hombres comiendo su propia mierda, mujeres peleando con perros, perros meando mendigos dormidos, niños olvidados en medio de la calle. La miseria de toda esta gente captada por el ojo de la cámara de Clark. A esto lo llamaba arte. A la miseria de otros, a la humillación de otros. Lo llamaba arte y se estaba forrando los bolsillos con este asunto.

J. pidió que le comprara una cerveza y eso hice. Le traje doce latas de deliciosa cerveza y las bebimos juntos, sentados sobre la banqueta, mirando a la gente pasar.

Cuando J. estuvo lo suficientemente ebrio, se puso a gritar a las personas: ¡LES HE MOSTRADO MI MISERIA, Y AHORA?, ¿AHORA? ¿AHORA?, gritaba con las manos extendidas. La gente se alejaba de la acera.

Ahora J. dormiría sobre el duro asfalto de la calle Yucatán y Clark estaría volando en un avión a Nueva York a descansar en un piso de catorce millones de dólares mientras la revista National Geographic publicaba un montón de mentiras sobre esta pobre gente y vendía millares de ejemplares a personas incrédulas y morbosas que gozaban oscuramente con la desgracia ajena. Estarían mirando las revistas en sus cálidas casa, exlamando ¡Oh, por Dios!, y creyendo que la gente como J. siempre es asesina, ex presidiaria o algo peor.


En algún momento pasó por ahí la chica del bronceado con su culo más respingado que nunca y me levanté de inmediato. Sin decir nada a J. la seguí calle arriba. Mientras me alejaba, escuché a J. gritar: ¡Por qué te vas!, ¡ella no está en la portada de una revista…! ¡Yo sí! Y le escuché reír con mucha fuerza. 



6 comentarios:

  1. Muy bueno, al argentino creo que lo conozco, le soliamos decir escabieitor.

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  2. Realísimo, impactante. Desnuda a unos cuantos.
    Buen relato.

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  3. icreible texto duro y cuerl ironico y realista como ninguno!!!

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  4. Es así, a eso lo llaman viveza, el mundo está lleno de esa basura oportunista como ese fotografo, muy buen relato, deja un sabor muy amargo

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  5. no mames esta bien chingon este relato, neta!! que chingo escribes pinche cabron

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  6. esta de poca me encanto leerlo de nuevo...te envio un abrazo! muchas bendiciones espero verte pronto... cuidate mucho...

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