sábado, 29 de marzo de 2014

Un poeta estupendo.



La revista Texto Libre cogió un par de poemas míos. Era una revista impresa y editada en México, Distrito Federal, con un tiraje de mil ejemplares mensuales; al menos eso decía el Director de Texto Libre, Enrique Sasso; distribuida y colocada en puestos de revista y algunos establecimientos misteriosos de los que nunca me enteré. Más o menos lo mismo que todas las publicaciones honestas sobre literatura, pasaba desapercibida hasta que alguien la señalaba, cosa que no pasaba a menudo, o hasta que te publicaban en ella, cosa que pasaba aun menos a menudo.
      Enrique Sasso personalmente leyó una serie de textos míos, en prosa, publicados virtualmente en Whisky en las rocas. Intentó contactarme, pero yo, necio, me negué hace tiempo a colgar mis datos personales en la web. Contactó, en lugar mío, al escritor Martin Petrozza, creador y escritor del sitio, pero éste, a pesar de colgar sus datos, jamás estaba al tanto de lo que ocurría en el universo que había creado. Afortunadamente, Simona y los editores sí estaban al tanto. Simona me hizo saber que Sasso estaba interesadísimo en mi trabajo como poeta. Es curioso porque jamás había publicado un poema mío en Whisky en las rocas.
Contacté a Enrique Sasso con los datos que me proporcionó Simona. Quedamos para platicar en ELKS. Era la primera vez que alguna revista impresa, o cualquier medio impreso (exceptuando WR, Editorial), cogían poemas míos. Era mi primera publicación seria, o casi seria; seria, digamos, para un poeta anónimo, que decidía arriesgar su nombre publicando poemas del desconocido que era yo. De cualquier modo lo agradecía.
Me entrevisté con Sasso a las ocho de la noche en ELKS. Hablamos de otros asuntos antes de tocar el tema de mis publicaciones. Hablamos de Rilke, de Auden, de Keats, que eran mis autores predilectos. Sasso lo sabía porque había leído mi prosa y sospechaba, con miedo o con pena, que yo escribiese demasiado influenciado por ellos. Jamás había pensado en algo así. ¿Qué pasaba si descubríamos que mis versos eran los versos tergiversados de otro poeta, muerto ya, con fama y nombre propio, y no los versos de Salmoneo Gutiérrez, poeta novel? Sasso me tranquilizó. Podría apostar, según él, que mis poemas serían buenos si cumplían lo que prometía con mis textos. Jamás me propuse prometer algo al escribir, no comprendía a qué se refería Sasso. Asentí con la cabeza, pero no comprendía nada en absoluto.
Bebimos copas de vino (Sasso era amante del vino) y comimos pasta a la boloñesa porque era el único tipo de pasta que vendían en ELKS. Sasso fumó siete cigarrillos durante nuestra estancia. Tomó tres copas de vino y utilizó cuatro servilletas. Además de Texto Libre, Sasso era editor en jefe de otra editorial de libros, no muy conocida. Lo mencionó de paso, no profundizó en ello, y tuve la impresión de que deseaba darme confianza en él y en Texto Libre. Si todo marchaba podía pagarme cuatrocientos pesos por cada poema. Por supuesto, acepté. Así quedamos. Cuatrocientos pesos por poema es mucho dinero para un poeta anónimo; y casi para cualquier poeta.
Sasso se ofreció a pagar mi parte de la cuenta. Pagó, se levantó de la mesa y nos despedimos con un apretón de manos y palmadas en la espalda. Dijo que había sido un gusto conocerme y hablar conmigo. Dijo que esperaba un par de poemas para la semana siguiente. Dijo que no me preocupara, serían publicados y pagados lo antes posible. Dijo que contemplaría la posibilidad de incluir en la revista algo en prosa. Luego se marchó y puede ver su nuca agachada y sus manos dentro de los bolsillos de su pantalón, un pantalón de algodón café y su andar preocupado por las calles de la colonia San Rafael, como si temiese haber hecho un mal trato conmigo o ser asaltado al dobla en la siguiente calle por un par de negros o no poder pagar los poemas que prometió pagar a pesar de darse aires de editor adinerado. 
Sea como fuere, aplasté la colilla de mi último cigarrillo sobre el cenicero de cristal tallado y emprendí el camino a pie a casa pensando en los poemas que debía escribir para complacer a Sasso, a Texto Libre y, por supuesto, a los lectores de Texto Libre. Ante una publicación hay un compromiso. No importa si creemos que no escribimos para alguien; eso, en todo caso, es mentira; se escribe para ser leído.

2
Simona llamó al día siguiente de mi entrevista con Sasso. Preguntó cómo me había ido, deseaba saberlo todo. Por aquel entonces no andaba bien con Petrozza así que ponía más atención a mis asuntos o los asuntos  de quien sea, con tal de desentenderse de su hombre. Le conté todo con detalle, en ese sentido Simona me daba pie a comportarme como una chica, a hablar incluso del brillo de los ojos de Sasso y de mis sospechas sobre un fraude. ¡Un fraude!, exclamó Simona, ¿un fraude de qué? Bueno, traté de explicarlo: era la primera vez que algo así me ocurría y no podía evitar pensar en un fraude. ¿Con qué motivo?, ¿robar tus poemas? Simona tenía razón, nadie robaría mis poemas porque nadie los había leído. Sería arriesgarse demasiado por nada. Cuando colgamos, me sentí estúpido.
      Luego, Simona me citó en una café de la calle Guanajuato para hablar de mis sospechas, o de algo. Me encontré con ella a las ocho de la noche, al salir del trabajo. Creo que necesitaba hablar, porque, en realidad, fue ella quien habló más. Así me enteré de la verdad sobre ella y Martin Petrozza. Petrozza se había mudado, ya no vivían juntos en Querétaro. Petrozza salía con otra. Una zorra llamada Becky. No era seguro, pero sí altamente sospechoso. En realidad, no podía esperarse otra cosa de Petrozza. Era un experto en meterse en líos con mujeres. Al parecer lo pasaba mal. En ocasiones, Simona daba vueltas por la casa de Petrozza, la nueva casa de Petrozza donde vivía su vida de linyera. Las luces siempre estaban apagadas o salía de la ventana el ruido demoníaco de orgías y borracheras. Simona, claro, estaba exagerando. Conocía a Petrozza muy bien, y podía asegurar que no se trataba de orgías. Borracheras sí, pero orgías… Petrozza era un hombre solitario y la mayoría de sus invitados a beber eran hombres, poetas, escritores, artistas, no sé, otros hombres solitarios. También habría mujeres, sí, pero no la clase de mujeres que se involucran en orgías. La mayorías de las mujeres en reuniones de Petrozza eran las novias de sus invitados o mujeres poetizas, escritoras, ilustradoras, es decir, mujeres libres e inteligentes. No putas, como solía pensar Simona. Y aunque es cierto que Petrozza podría acostarse con alguna de ellas, es cierto también que para ello debía hacer un esfuerzo, y… bueno, Petrozza no solía hacer esfuerzos a menos que lo considerase muy necesario. No sé, quizá Simona satanizaba el caso y yo me quedaba corto en mi ingenuidad.
      Desde mi partida de casa de Simona y Petrozza en Querétaro dejé de frecuentar a mi colega Petrozza. Cogí un empleo como almacenista y me instalé en la colonia San Rafael, no muy lejos de la colonia Roma. El trabajo, la distancia y mi vida con Marbella me alejaron considerablemente. Apenas tenía tiempo para mí, para mi poesía, para vivir mi vida. El tiempo se me escurría de las manos entre el trabajo y las complacencias a mi Marbella. Marbella y yo entablamos una relación seria, o lo más cercano a una relación seria después de su aborto. Fue un caso complicado; viví días pesados y oscuros en aquel entonces. No podía ocuparme de otra cosa. No estaba enterado de la pobre de Simona. Ahora, Marbella estaba mucho mejor. Marbella escribía poemas mientras yo laburaba y al anochecer, al llegar a casa, me hacia la cena y me servía vino. Supongo que eso era lo más cercano a una pareja formal que podía establecerse entre dos poetas. Sus cenas eran, casi siempre, lonches preempacados que compraba en la tienda de enfrente y calentaba en el microondas. El microondas de la tienda de enfrente, nosotros no teníamos algo excepto cama y buró. El vino era Gato Negro. Le gustaba aquel vino porque ponía a un gato negro en la etiqueta. Los fines de semana Marbella se ausentaba. Se iba, nunca supe a dónde. Estaba prohibido preguntar porque eso suponía, según Marbella, una privación, una opresión a su libertad individual. Me quedaba en casa, solo, pero con un montón de cosas por hacer. Era el tiempo que podía considerar libre, si me desentendía de hacer el cuarto, lavara la ropa, desayunar y comer, alguna cosa maldita que aparecía en mitad de un día soleado y prometedor, algo como reparar la puerta del cuarto, cambiar los vidrios, hacer extras en el almacén, etc. Cuando no se labora un día puede parecer eterno, cuando se hace, un fin de semana completo es un suspiro. Comenzaba a dar crédito a Petrozza y su filosofía del no trabajar, de no ser productivo a una sociedad maldita. Sin embargo, no deseaba regresar a casa suya, ni podía hacerlo ahora, con Marbella.
      Las cosas transcurrieron. Me di un paseo por la nueva casa de Petrozza, en Jalapa, a ver si daba con él y me explicaba sus pretensiones. No lo encontré. La casa era una casa grande, de dos plantas, con ventanales. Petrozza rentaba un cuarto dentro. Su cuarto, según me instruyó Simona, era justo el que daba a la calle. Las luces de la ventana estaban apagadas. Toqué el timbre, aventé piedrecillas a los vidrios, grité… nada. Estuve allí una hora o así. En ese tiempo miré entrar a un par chicas, muy guapas, que iban con gafas oscuras y reían de nada. Me miraron recargado en la puerta. Me hice a un lado para que abriesen y entraran. Eso fue todo. No me dirigieron la palabra ni me cuestionaron. Yo tampoco las cuestioné porque eran realmente guapas y  caminaban con aires de grandeza. Luego entró un chico, uno que lucía amigable y le pregunté si aquí vivía un tal Petrozza. Alzó los hombros. No sé, dijo, creo que no. Describí a mi colega lo mejor que pude pero nada sirvió para hacerlo reconocer en la mente del chico. Le di las gracias de todos modos y me fui. No tenía caso estar ahí.
      Dos días después habló Martin Petrozza. Venga, Salmo, dijo, me has buscado, ¿no es así? No sé cómo se enteró, no lo pregunté. Sí, bueno…, dije. Fue breve. Llamaba desde un teléfono público y no quería gastar más de una moneda. Dijo estar bien. Entonces lo supe, Petrozza salía con otra. Petrozza solía vincular su bienestar a las mujeres. SI estaba bien significaba que estaba con alguna mujer y había trago. Vale, dije, bueno. La llamada se interrumpió.
3
Marbella se entusiasmó mucho cuando le conté lo de Sasso. Dijo que era estupendo. Destapó una botella de Gato Negro y sirvió en un par de vasos. Venga, dijo, para celebrar. Cogí el vaso que me estiraba y brindé con ella. Había un motivo, pero, en general, sospechaba de un acrecentado alcoholismo por parte de Marbella. Todas las noches, con motivo o sin motivo, bebía al menos una botella de vino. Todo ese dinero salía de mi bolsa.
      Después de celebrar nos recostamos y conté a Marbella lo que había descubierto con mi amigo Petrozza. Le conté todo sobre su relación Simona y de los días que viví con ellos. Marbella alzó el vaso y brindó por él, por Petrozza. Dijo: ese es un hombre de verdad. Lo decía porque según ella los hombres no ruegan  a las mujeres, no aceptan el rechazo y se burlan de las desgracias. Así supe que Marbella estaba más loca que una cabra. Cualquier otra mujer le hubiese salido con el rollo feminista. También, sospeché que ella misma era insensible al rechazo y no rogaba a nadie. Insensible, no, eso no es posible, más bien, de corazón duro. Marbella había pasado por días muy difíciles cuando nos conocimos, no hace mucho, y quizá eso endurecía su alma. De cualquier modo, no sentía por ella un amor verdadero. Esto me inquietaba sobremanera. ¿Cómo viviría con una mujer a la que no amo? ¿Cómo podía Petrozza vivir con Becky cuando todo el mundo sabía, incluido él mismo, que su amor verdadero era Simona F.? No estaba seguro que Petrozza fuese insensible, como aseguraba Marbella. Era muy probable que su relación con Becky y sus farras monumentales fuesen, precisamente, el síntoma de una sensibilidad aguda. La misma Marbella se declaraba fuerte, pero cuando la conocí estaba acabada. No comprendo por qué los hombres ponen tanto énfasis en resaltar una dureza falsa, una insensibilidad aterradora. Afortunadamente ninguno de de ellos es realmente insensible; si no se resistieran a sus sentimientos este mundo podría ser realmente un mundo bello, un mundo bueno. Evitaríamos muchos problemas si tuviésemos más sentimiento y menos orgullo. No hablé de esto con Marbella porque no lo comprendería. En su universo, uno deber ser un guerrero o algo así. Ella misma se llama guerrera; lucha, batalla. Sus poemas hablan sobre la guerra que libra contra el mundo.

4
Al día siguiente fui a ELKS. Allí escribí un par de poemas sobre Martin Petrozza. Es decir, sobre la falsa insensibilidad del hombre, sobre la cultura de la insensibilidad, sobre machismo, sobre la prohibición de expresar lo que sentimos. Era poemas no demasiado largos, a lo más cuarenta o sesenta versos. Uno de ellos a manera de crítica social; el otro, desde el alma de un incapaz de expresar sentimientos, desde un alma sensible atrapada en un cuerpo y una sociedad.
      Bebí un par de cervezas Victoria y fumé catorce cigarrillos. Escribir requiere grandes dosis de nicotina. Escribí sobre un viejo cuaderno, donde hace mucho no solía escribir nada porque me molestaba el cuadro grande. Sin embargo, ahora lo que más deseaba era escribir sobre papel a cuadro grande. Son caprichos de la creación que jamás comprenderé.
      Cuando terminé fui a casa. Dentro estaba Marbella, con un par de botellas de vino vacías y una tercera a la mitad. Había pasado allí gran parte de la tarde, eso se sabía con sólo entrar al cuarto y oler. Había humo de cigarrillo. Hola, me dijo, ¿cómo te fue? No era costumbre suya preguntar cómo me fue. Bien, dije, ya tengo los poemas. Yo también, respondió al tiempo que daba una calada a un cigarrillo. ¿Qué quieres decir?, pregunté extrañado. Bueno, dijo, primero tendré que mirar tus poemas. ¿Para qué?, pregunté aún más extrañado. Vamos, sólo deja que mire tus poemas, venga. Le estiré la libreta con los poemas. Me senté sobre la cama, a su lado, en el poco espacio que dejaba.
      Marbella leyó los poemas rápidamente, sin acabar siquiera. No, dijo rotundamente. ¿No qué?, exclamé. No, no, no, repitió, esto no sirve, esto no sirve para nada. Vaya, exclamé, me levantas el ánimo, tú… Es demasiado femenino, dijo, y me sorprendí que una mujer dijera que algo es demasiado femenino. Verás, dijo dando un trago al vino, esto es lo que todo mundo sabe, ¿ves?, lo que cualquiera espera de un caso como Petrozza, o, en general, de la insensibilidad, como lo llamas, o lo que sea. Está claro que es así y por ello no funciona en la poesía. ¿Cómo?, pregunté, ahora sí, muy asombrado. La poesía, dijo, no es plasmar lo que todo el mundo espera y  sabe… o… bueno… eso sí, puede ser, pero… no al menos del modo en que se sabe, sino… Venga, dije, estás borracha. No, no, dijo sin permitirme bromear o acabar con el tema. Realmente había algo que Marbella deseaba transmitirme. Verás, continúo, aquí hay un poeta sensible hablando a corazón abierto, en tus poemas, eres un poeta sensible hablando sinceramente y… ¡Y no se supone que deba ser un poeta sensible y honesto!, exclamé exasperado. ¡Exacto!, gritó Marbella, ¡un poeta debe ser un mentiroso, un cretino, un asesino, un criminal, un hijo de puta, vamos! Me solté a reír en serio. No podía creer toda la verborrea de Marbella. ¿Realmente se creía todas esas cosas?
      Marbella se levantó de la cama y trajo consigo unas hojas, hojas sueltas, las echó sobre la cama y me pidió que las leyera. Era unos poemas suyos. Son míos, dijo, son sobre Martin Petrozza. ¿Cómo?, exclamé. Sí, dijo, son los poemas que debiste haber escrito tú en vez de esas cursilerías tuyas… Me quedé sin habla. ¿Estás diciendo que escribiste los poemas por mí, mientras yo escribía? Sí, asintió con la cabeza, eso hice; de algún modo sabía que escribirías sobre ese amigo tuyo y… de algún modo sabía que lo harías terriblemente. No me lo podía creer. ¡En tan poco tiempo Marbella creía conocerme más que yo mismo, y además, me consideraba un poeta malo y femenino!
      Leí los poemas de Marbella. Eran poemas muy poderosos, debo reconocer, con sangre fría, sobre un hombre insensible que se vanagloria de serlo, que se alimenta del sufrimiento ajeno. Pintaban a Petrozza como a un diablo, como un ser sediento de destrucción, incluso, autodestrucción. Eran poemas oscuros y deprimentes, pero al mismo tiempo, con cierta ternura, si eso es posible. Eran poemas realmente buenos. Me arrepentí de haber pensado en Marbella como una loca borracha. Probablemente era mucho mejor poetiza que yo y lo estaba demostrando. Quizá me conocía muy bien, como demostraba, y me quería, como decía. Quizá yo debía dudar menos de ellas y entregarme a amarla.
      Dejé caer las hojas a la cama y le dije que estaba impresionado. Sonrió, como una niña de cinco años. Luego bebió un trago y eructó, como un marinero.

5
Al día siguiente recibí un correo electrónico de Sasso. Ponía: Querido Salmo, no cabe duda que eres un poeta estupendo, tus poemas han dejado con la boca abierta a toda la redacción. Tienes la fuerza de un gigante y la sensibilidad de una flor. Tu trabajo será publicado en Texto Libre el mes siguiente. Esperamos más poemas tuyos. Por favor, envíanos un número de cuenta para pagar nuestra deuda contigo. Saludos sinceros.
      Adjuntados, venían los poemas de Marbella.  


Salmoneo Gutiérrez

2 comentarios:

  1. Excelente. Gracias por el aporte.

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  2. Luis Rodriguez Carmona31 de marzo de 2014, 17:22

    Y los poemas donde?

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