domingo, 2 de marzo de 2014

No podía arreglarse de la noche a la mañana.



Bueno, la vida de F. no podía arreglarse de la noche a la mañana. Continuaba pensando en su vida. La mayor parte del tiempo vivía con preocupaciones, con angustias, con miedo. Sus angustia principal, y probablemente la causa de todas las demás angustias, era el dinero. Se repetía constantemente que el dinero a él no le importaba, pero conforme se acercaba a la edad madura, esa verdad se volvía contra de él.
      Otra cosa que angustiaba a F. era el miedo a la muerte. Podía decir que había hecho todo lo que había deseado, lo mismo que podía decir que no había hecho nada. Se había esforzado toda la adolescencia en no desear nada. A los diecisiete años tenía sueños hermosos, como el de ser anacoreta, o el de irse a vivir a un bosque lejano y convertirse en lobo. Sobre todo, odiaba el pecado original: cargar sobre sus espaldas la culpa de una desgraciada con la que él no tenía nada que ver. Con una mujer que probablemente, ni siquiera existió. No concebía que un hombre, un día cualquier, muriese sin más. Los hombres hacen vidas, hacen algo de sus vidas, sólo para ir a morir un día cualquiera. A F. no le aterraba la idea de no haber hecho algo el día de su muerte. Le aterraba todo lo contrario. Le aterraba hacer algo, digamos, escribir su obra maestra, y luego, irremediablemente, morir. En ese sentido, no tenía caso comenzar algo siquiera. Lo más sensato era dejar la vida pasar.
      Sin embargo, la vida no se puede dejar pasar. Hay que vivir la vida, queramos o no. Hay que hacer algo.   
      Esto es lo que tenía a F. vuelto loco. Esto es lo que lo tenía ebrio desde los diecisiete años. Sencillamente, no sabía qué hacer de su linda vida. Nada complacía las exigencias de F. Exigencias intermitentes entre la genialidad y la estupidez.  Exigencias tales como escribir una novela que tocase las fibras más sensibles del ser humano, sin un aplomo de metafísica, o entregarse deliberadamente al servicio de Dios en un convento benedictino del siglo XIV. Lo que más le dolía es que, ambas opciones, estaban fuera de su alcance.

      Entretanto se divertía contando a los niños que llamaban a su puerta lo terrible que es la vida vacía que se vive en 2011.

Era día de brujas; los niños del barrio pedían dulces a los vecinos. Cuando F. abría la puerta, preguntaba: ¿y tú, de qué coños vas? La mayoría iban disfrazados de estudiante de mago; en aquella época surgió una oleada de literatura fantástica que traía a los niños idiotas. Los niños contestaban: ¡de Harry Potter! Vaya, respondía F., los Sres. Potter tuvieron más hijos de los que pudieron criar. ¿Y usted?, preguntaban los críos. ¡De hombre!, exclamaba F. Porque sepan que en la vida no se puede ser otras cosa que hombre. ¡No hay magos!, ¡no hay Dios! Sólo hay hombres, y el hombre está condenado. ¡Yo soy el Diablo! Los niños no se asustaban, en 2011 los críos no se asustaban con nada. F. no tenía caramelos ni plata para los niños, ofrecía cerveza, pero se negaban, y tuvo que parar cuando el padre de uno de ellos amenazó con partirle el culo si continuaba haciéndolo.


2

Si F. hacía algo, era beber. Pero eso, claro, es lo mismo que no hacer algo. Fuera de ello, escribía. Escribir, sin embargo, tampoco es hacer algo. Incluso, es peor que no hacer algo. Cuando uno holgazanea, sabe perfectamente lo que hace. Cuando se escribe, no se tiene una idea clara. El sentimiento de impotencia, de vagancia, de frustración, de derrota, se apodera del alma. Un escritor es un hombre derrotado. Un hombre delimitado por su incapacidad para todas las cosas. Principalmente, para la vida.

La filosofía de F. era bastante pesimista, pero al mismo tiempo, era suficiente positiva para mantenerlo a flote. Escribir era el único motivo de su vida, y beber, el único modo de soportar la vida cuando no escribía, e incluso, la gasolina de su literatura. Comenzó a vivir así a los veinte años cuando se percató que no podía ser de otro modo.

Sus padres, a los que dejó de ver hace más de catorce años, le auguraron una vida corta y llena de dificultades. Es curioso, pues, a pesar de ello, le consideraban flojo y cómodo. Le culparon de elegir el camino fácil. Sin embargo, estaban muy equivocados. Ni escribir ni beber eran el camino fácil. No había algo más difícil que escribir y beber. Eso era algo que F. sabía de sobra. Se vive al borde del suicidio todo el tiempo. Si se es fuerte, se acaba por hacerlo. Si se es débil, no queda más que seguir viviendo.
     
Seguir viviendo. Eso es lo que atormentaba a F. No encontraba un motivo verdadero para continuar. Un motivo sólido. No el ansia de ser un escritor reconocido, sino algo más real. Ni siquiera el amor por Lidia era suficiente para saciar la sed de algo de F. Ese algo, desgraciadamente, parecía imposible de alcanzar y al paso de los años F. desesperaba y cada día estaba más cerca de pegarse un tiro.

En todo caso, no sería un suicido por amor. Su relación con Lidia se había arreglado;  no podía decirse que tuviese motivos de desamor para quitarse la vida. En lo tocante a su carrera literaria, nunca le había ido mejor. El último enunciado es equívoco: nunca le había ido mejor porque nunca había publicado siquiera. En realidad, estaba muy por debajo de ser un escritor reconocido, pero al menos, tenía más de lo que suelen tener los escritores anónimos y sin publicaciones. Podía pararse en las oficinas de TRASH y cobrar un cheque. Un cheque muy pobre, aunque suficiente para mantenerse vivo, como una esponja de mar, con el mínimo de energía.


3


La depresión de F. no era una novedad. Había vivido deprimido los últimos diez años. La novedad era que por primera vez hace diez años sentía dentro de sí una ligera ansia de cambiar.

      Podría decirse, y así lo creyó F. al principio, que esta ansias provenía de su amor por Lidia. Sin embargo, hablar de amor por Lidia era ir demasiado a prisa. Hace mucho tiempo F. creyó firmemente perder la capacidad de amar a una mujer. Su único amor, si es que podía considerarse amor a eso, era su amor por la literatura. Era, más bien, una fidelidad masoquista a lo que lo hacía ser lo que era: un borracho que escribe. Un miedo inaudito a intentar otra cosa.

      En nombre de este insano amor a la literatura F. intentó separarse de Lidia, a toda costa, sacrificando su sexualidad y la compañía de una mujer, carente desde hace diez años, en su vida de podredumbre. Una vez separado de Lidia, F. cayó en cuenta que había cometido una estupidez. Alejado de ella su literatura no menguaba, como aseguraba, tras haber leído una frase del poeta C. Pavese. Lidia no tenía ninguna relación directa con su literatura, aunque a él le hubiese gustado.

      Afortunadamente, Lidia era una mujer con inteligencia suficiente para percatarse de los motivos infantiles y paranoicos de F., y perdonar sus actos, e incluso, buscarle e instarle a regresar.

      De otro lado, de algo más profundo, debía provenir el ansia de cambio de F.
4

La búsqueda de su más grande secreto fue lo que le llevó aquella noche, a aquel bar, donde bebió siete copas de whisky en las rocas, salió hecho una cuba, y conoció a Fany, una chica prostituta de Eje Central, en la colonia Doctores.

      La presentación ocurrió en la calle, durante la madrugada. F. era un hombre de pocas palabras, pero cuando bebía solía tener cierta chispa. Al menos, la suficiente para dirigir la palabra a una mujer que se vende por doscientos pesos en medio de la fría noche, y que desea, por amor a Dios, que alguno le lleve dentro de cuatro paredes con tal de calentarse el culo, sin importar si esto implica chupársela a un cualquiera por cincuenta pavos o menos.

      Esta es la oferta que selló el trato e inició la aventura: treinta y siete pavos, no tenía más, por una chupada en el apartamento de F.

     Un trato ventajoso, pero desde el fondo del corazón de F., la oportunidad de ayudar a una chica que las lleva de perder en la vida y en la calle. La amabilidad de F. era un fenómeno, pues, consideraba a esto un acto filantrópico, mientras se negaba a dar monedas a los críos en las calles. Pensaba: los críos son enviados por adultos; las putas, hacen lo que pueden y no se rinden antes que pedir limosna. Contratar prostitutas a precios risibles era, desde los zapatos de F., un acto de benevolencia. Podría ser verdad si consideramos que la mayoría de las veces llevaba a las chicas a casa, les alojaba hasta el amanecer, les procuraba bebida, y, en caso de tener, comida; les pagaba los servicios y… no las follaba. También es cierto que el pobre F. había pasado tiempos duros y solitarios y tan sólo deseaba un poco de compañía. En ese sentido, era una negociación justa, y encima, bondadosa, mutuamente.

      En el apartamento, Fany comenzó a desnudarse. Comenzó con la falda, que no era más que un viejo trapo de diez centímetros, y se ladeó los calzones. Estaba dispuesta a brindar su sexo a cambio de unas monedas.
     
      F., sin embargo, la detuvo. Ya, le dijo, primero bebamos un trago. F. fue a la cocina y regresó con media botella de whisky. Bebieron sin vasos y sin hacer demasiado ruido. Ninguno de los dos deseaba entablar una conversación. Agradecían en secreto la oportunidad de compañía y techo.

Cuando bebieron toda la botella Fany se echó sobre las piernas de F., que permanecía desparramado sobre el sofá, y comenzó a tocar a F. F. no estaba consciente; había bebido suficiente para tener veintiocho años y una vida de ebriedad continúa. Cada vez bastaba menos para tumbar a F.

Fany aprovechó para levantarse. Si F. no era capaz de tener una erección, no era problema suyo. Tenía las monedas en la bolsa y podía largarse. F. no lo notaría.

Antes de irse Fany caminó a la cocina. Buscaba algo más para beber. Abrió las alacenas. Había algunas botellas vacías o casi vacías. Ni una llegaba a la mitad. Cuartos o medios cuartos de whisky, ron, tequila, vodka. Nada que valiese la pena llevar a la calle. Inspeccionó la nevera: una lata de Tecate. Cogió la lata y la metió en el bolso; un bolso pequeño, donde apenas cabía la Tecate. Luego salió de la cocina, fue a la puerta del apartamento… pero… algo la detuvo. Echó una mirada más a F. Ahora estaba profundamente dormido. Fanny regresó. Acercó la cara a F. y dijo: chico, ¿estás bien? F. no contestó. Probó con algo más fuerte, le pellizcó el cachete y le dijo: ¡venga, chico, estoy a punto de irme, si no reaccionas ahora te quedas sin mamada! F. no reaccionó. Fanny se levantó de ahí y miró el pasillo que daba al cuarto. Supuso que alguien como F. no guardaba un tesoro en la habitación… pero…

La habitación de F. era mucho peor que la estancia. Un colchón sobre el suelo, alguna ropa esparcida por todo el lugar, y un olor a gato o a muerto. En una de las esquinas brillaba algo, un objeto. Fany fue hasta allá. Era un reloj plateado, no muy caro, de manecillas. F. lo había recibido como regalo de Navidad hace quince años, de parte de su padre, y lo había conservado toso este tiempo sin ningún vínculo o sensiblería. Sencillamente, un reloj plateado que cargaba de aquí para allá a cada mudanza porque eso era parte de sus pertenencias. Fany lo cogió y lo echó a la bolsa.

Antes de salir, echó un último vistazo. No, no había algo más. Treinta y siete pesos, una Tecate y un reloj de manecillas.  Pudo ser peor. F. pudo obligarle a prestar servicios.

No se tomó la molestia de cerrar la puerta al irse.

5
A la mañana siguiente, F. despierta de un brinco. Al abrir los ojos casi se le va la respiración. Hay un gato negro sobre su pecho. Cuando recupera los sentidos ahuyenta al gato de un manotazo y se levanta. Debió entrar por la puerta, abierta de par en par.

      Cierra la puerta. No se molesta en sacar al animal. Camina a la nevera y la abre. Está vacía. ¡Perra!, exclama. Ahora más que nunca necesitaba aquella cerveza, y Fany se había llevado hasta su último centavo.

      Bueno, la vida de F. no podía arreglarse de la noche a la mañana.




2 comentarios:

  1. Me gusto el tono desparpajado de este relato , lo informal que resulta , un fotografia inedita de la realidad de nuestros dias , donde todo nos parece tan poco , y donde el verdadero valor esta a nuestro alcanze , pero el no saber apreciarlo es esa indiferencia marcadisima en tu redaccion , felicidades

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  2. lo que admiro de tu narrativas es que puedes hacer que tus personajes parezcan terriblemente reales y hasta que uno se sienta en lo zapatos de esos personajes aunque no importa si son reales o no porque la realidad es que esas cosas pasan aunque no el pasen a uno... gran escritor petozza!!

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