domingo, 23 de marzo de 2014

Los últimos días del infierno de mi vida.





Mi cheque estaba por salir, debió salir el día primero de mes, al mismo tiempo que mi depósito en garantía y todas las cosas que se hacen cada fin o inicio de mes. Sin embargo, nunca estaba listo a tiempo. Debía llamar a las librerías y rogar que por amor a Dios me pagasen lo que sea que se haya vendido de mis libros. Nunca era mucho y cada mes llamaba con temor a que me dijeran que no había vendido ni una copia. Era un temor bien fundado porque yo era un autor desconocido y mis libros no tenían la mínima publicidad. No había carteles de cuatro por seis metros anunciando que se habían vendido millones de copias, etc. En realidad, era un temor que tarde o temprano debía hacerse realidad. Bueno, aquella vez llamé desde un teléfono público. Sabía el número de memoria. Era el único número que siempre podría recordar. No importaba qué tan ebrio estuviese o si tenía resaca o no. Podía recitarlo incluso dormido. Era un número que apreciaba en demasía. Salí del hotel sin camisa. Busqué un teléfono, lo había visto anoche de reojo. Lo encontré no muy lejos del Savoy. Contestó la señorita Martha.  Me solicitó nombre y datos del libro. Tecleó algo en la computadora y me dio una cifra: 28 ejemplares vendidos el mes pasado. Eso era cerca de tres mil pesos en regalías. Mis regalías eran bastante más altas que las de otros escritores porque mis editores eran ángeles, aunque no servía de mucho porque mis ventas eran risibles. Si pudiera vender cien ejemplares en un mes, o al menos, las ventas del libro fuesen constantes y no la resbaladilla que eran…

    La señorita Martha prometió que mi cheque saldría el miércoles por la mañana. Hoy era lunes. Ahora bien, las cosas no eran tan sencillas como ir y coger el cheque. Yo llamaba directamente a las librerías pero eran los editores quienes debían cobrarlo, se expedía a nombre de WR Editorial, una editorial que fundé con un trío de colegas y Simona F. Yo fungía como escritor y los otros como editores y promotores. Eran ellos quienes debían cobrar el papelito y correrme mi parte de las ganancias. En realidad, el cheque se expediría por más de tres mil pesos pero no todo era dinero mío. Había que pagar el trabajo de otras gentes. En general, ninguno podía vivir de esto pero se luchaba día a día por encontrar el modo de sobrevivir la empresa. El dinero se repartía entre cuatro escritores. Afortunadamente, Verónica Pinciotti y Salmoneo Gutiérrez no se interesaban por las ganancias de estas regalías, la primera por considerarlas ridículas, y el segundo porque creía en la chorrada de no escribir por dinero, etc., lo que acrecentaba mis entradas. Sin embargo, como ya dije, continuaban siendo cosa de lástima. Recibía dinero extra por ser creador del proyecto Whisky en las rocas, de la editorial, etc., e incluso regalías de una cerveza que llevaba mi nombre, pero juntando todo no daba para mantenerme en condiciones saludables. Sobre todo, debo confesar, porque mis maneras de beber, dar propinas y pagar prostitutas cuando tenía plata eran estúpidas. Era capaz de regalar billetes de cincuenta pavos a una mesera cada que me servía cerveza si sus ojos me gustaban. Le pegaba dos o tres nalgadas y si ponía mala cara le estiraba más y más billetes. Una vez llegué a gastar cuatro mil pesos en un bar al que entré solo. No podía mantener el dinero en mis manos. No tenía conciencia de su valor y los billetes eran para mí papeles de Monopolio. En pocas palabras era un pelmazo. Además, el dinero no me llegaba mes con mes en un paquete, junto. Debía cobrar cada veinte días, cada treinta, cada veinticinco, según daba la gana pagar a las librerías, a los expendios de cerveza, a la misma WR Editorial. Los pagos se atrasaban, llegaban en partes, ¡se cobraban cada noventa días! Cada librería ponía sus propias trampas. Perseguir la pasta de todo eso era una tarea muy cansada. Hoy tenía mil pesos. Los gastaba la misma noche. En cinco días cobraba ochocientos más. Los gastaba la misma tarde que los recibía. En veinte días cobraba tres mil. En treinta dos mil. Era como brincar de piedra en piedra sobre un río de lava. Si me enfocara, podría decir que tenía dinero suficiente para vivir en la colonia Roma, comer en restaurantes y holgazanear. Pero holgazanear cuesta muy caro. Nada de eso se parecía a mi antigua vida, cuando comencé a escribir en mi vieja libreta, en bares oscuros, rodeado de gente solitaria. Ahora era Director General de Casa Lamm, la gente me llamaba Martin Petrozza, recibía dinero por hacer lo que más disfrutaba hacer, podía pagarme la bebida e invitarla en vez de mendigarla. Podía liarme con otro tipo de mujeres además de guarras de la calle. Todo había cambiado excepto yo, excepto mis ansias de acabar con mi hígado y con mi pito; mis ansias de beber y de follar desmesuradamente seguían ahí, en el fondo de mi corazón.

    Regresé al hotel a tomar la ducha pero Mariana se había cagado justo en medio de la regadera. Aquí no tenía arenero porque el arenero que solía usar en la casa de Jalapa era una bandeja plástica que pertenecía al casero; la robé de la casa cuando hacían la limpieza. Era impresionante el número de veces que lo hacía si consideramos que comía muy poco. Tomé papel higiénico y limpié la cosa. Lo eché al excusado. Eso era todo; no era tan complicado. Nunca entendí por qué Becky hacía un lío enorme de eso. La nariz te picaba alrededor de tres minutos y luego podías respirar con normalidad. Había olido cosas peores a lo largo de mi vida.

   Bueno, tomé la ducha y pensé en mi siguiente movimiento. Tenía ochocientos pesos en el cajón, una gata que alimentar y un deseo maldito de irme de putas cuanto antes y gastármelo todo, todo, todo. Eso era lo peor de mí; eso era contra lo que verdaderamente debía luchar. No importa si ganara cientos de miles de pesos, sería capaza de gastarlos en una apuesta absurda sobre la posibilidad de beber quince cervezas al hilo, o ser capaz de follar a quince prostitutas en una sola noche sin parar, o cosas así. Lo peor de todo es que la apuesta la haría conmigo mismo y perdería, y al día siguiente encontraría el modo de dilapidar mis ahorros en el menor tiempo posible. Era un instinto de autodestrucción muy fuerte. Hubiera sido más barato comprar un revolver y volarme los sesos… pero era un maldito cobarde. En alguna ocasión tuve un intento de suicidio. Fue un fracaso. No vale la pena hablar de ello. En general, era un maldito cobarde.


2

El resto de la tarde la pasé vagando por las calles de alrededor. Me pagué una comida en un café de chinos al que había asistido hace casi nueve años. Los hoteles y las prostitutas del metro Hidalgo eran parte esencial de mi vida. Conocía las callejas como la palma de mi mano y casi podía decir que conocía de nombre y beso a todas las chicas que hacían la calle ahí. Lo podría decir de no ser porque las chicas no permanecían tantos años en las mismas esquinas. Cada dos o tres años las chicas habían sido reemplazadas por completo. Quizá alguna veterana sobreviviera al cambio pero generalmente se iban. No hay quien aguante la dura vida de calle en Hidalgo, pensaba.

     Casi al anochecer regresé al cuarto. Antes pasé a una tienda de conveniencia a comprar diez sobres de comida para gato. Había de todos los sabores, salmón, pavo, filete, res, pollo. Olían tan bien como lucían. En una ocasión llegué a probarlos. No lo recomiendo a nadie.

    La noche la pasé en cama sobándome los huevos y masturbándome con cierta regularidad, cada media hora o cada hora para no caer en tentación. Debía esperar dos días más para cobrar mi próximo cheque. Me vi tentado a dejar que Mariana me acicalara la polla pero me contuve porque recordé a un colega que lo hizo con su gato y pescó una infección. El pito se le puso rojo y le ardía y le salió salpullido. No quería enseñárselo a su novia pero se enteró. Jamás lo confesó. Prefirió dejar creer a su chica que le había engañado con una guarra llena de sífilis.

Más noche cogí uno de los libros de Woolf y leí hasta que no puede más. Me masturbé pensando en ella; a pesar que tenía la idea que Woolf fue una mujer fea me gustaba pensar que la follaba y me gustaba más cuanto más fea la imaginaba. Probablemente Woolf haya sido una mujer muy guapa, pero prefería imaginar que no lo fue. Las mujeres muy guapas no me gustaban en absoluto. Para mí, la belleza radiaba en ciertas imperfecciones complementadas con inteligencia. Podía soportar que una mujer tuviese los dientes chuecos siempre y cuando fuese capaz de leer a Wittgenstein sin quedarse dormida a la primera página. Podía soportar que tuviese estrabismo, que le falsaste una pierna o le creciese bigote tupido siempre y cuando fuera capaz de recitar conmigo, verso a verso, lo poemas de Verlaine, de Auden, de Rilke, de Pessoa, de Parra o de Apollinaire. Podía soportar la idea de que Woolf fue una mujer espantosa y aún así desearla con toda la fuerza de mi alma.

    Al día siguiente amaneció nublado. Esto no auguraba algo bueno. Tenía la costumbre de entrar en sintonía con el clima; mis estados de ánimo y susceptibilidad  estaban conectados con el clima. Si una mañana como aquella, en que no tenía más de quinientos pesos, amanecía nublado y yo estaba despierto para saberlo (normalmente no estaba despierto por las mañanas) me decía que todo se pondría mucho peor en mi vida. Llámenlo como quieran, pero a los pocos minutos estaba en mi habitación el encargado del hotel. No tocó a la puerta, gritó si había alguien. Abrí la puerta en calzoncillos. Deseaba hacerme saber que había excedido el tiempo de estancia y debía el cargo de tres días más recargos. En total, cuatrocientos pavos. Casi el doble de la tarifa ordinaria. Debí pagar cada día y no esperar a que esto sucediera. Pagué los días pasados, los recargos y los días martes y miércoles. Todo mi dinero se fue en ello. Estaba en ceros, metido en una habitación diminuta de un hotel de mala muerte, sin un céntimo, con una gata y un estómago hambrientos. Mi única esperanza era que el cheque no se retrasara, pero eso… vamos, solía retrasarse.

                  Toda la tarde estuvo lloviznando. Mi paseo por los alrededores fue deprimente. No había mujeres de la calle, ni mujeres en la calle que pudiese cotorrear, ni gente, ni coches, ni nada. Daba la impresión del preapocalipsis. Era martes; lucía como un domingo gris y malvado que se comiera lo más bello del género humano. No había a dónde ir, ni qué hacer. En situaciones así hubiese matado por un trago. Un día más, me repetía, y todo habrá pasado. Era cuestión de soportar el resto del martes y parte del miércoles. Tenía unas monedas, suficiente para llamar a la librería y transportarme por mi dinero. No sabía a dónde debería transportarme. Podía ir directamente a las oficinas y coger el cheque... luego tendría que llevarlo con los editores, quienes tendrían que acompañarme al Banco y cobrarlo. Allí podrían pagarme... o podrían salir con el rollo de llevar la contabilidad en paz, hacer cuentas, registrar gastos; es decir, tendría que acompañarlos a las oficinas de WR y esperar que hiciesen todo eso y por fin me dieran mi tajo. Entonces dirían que yo debería ser más cuidadoso, no sé, más interesado, "después de todo WR es TÚ empresa", dirían. Para ser sinceros lo único que me interesaba era tener dinero suficiente para no morir de sed. Por mí podían hacerse cargo. Había dejado todo en manos suyas, las cuentas, la logística, la publicidad, la redes sociales, la página web, todo. Necesitaba irme, hundirme, reírme de mí mismo, emborracharme, quizá intoxicarme hasta perder la conciencia. Sí, eso es lo que verdaderamente necesitaba: perder la conciencia. La conciencia era lo único que me quedaba ahora que no tenía ni perro que me ladrase. Sea como fuere estaría mejor, de momento, en manos de mis editores que en mis propias manos. Debía esperar un día más. Había pasado más de un mes sufriendo hambre y desesperación y podía esperar un maldito día más. 

Al mismo tiempo, deseaba detener el tiempo y quedar atrapado en aquel día. También temía cobrar el cheque, ver a los editores. Eso significaría sacar la cabeza del agua. Adentrarme al mundo bello y maravilloso que auguraba, o podía augurar, un futuro bueno. Escuchar a los editores decir: sienta cabeza, Petrozza, pon atención a tus cosas y podrás llegar muy lejos. Llegar muy lejos significaba lo mismo que todas las cosas: tener mucho dinero. Todas las cosas de que se habla sólo tienen aquel pobre significado: tener éxito, llegar lejos, ser alguien en la vida, ser respetable, crecer, desarrollarse, triunfar, escalar, subir, trepar, hacer camino. Todo significa una sola cosa. Todo el tiempo se actúa para un solo fin. Todo lo que se hace: trabajar, luchar, engañar, avanzar, crear, estudiar, aprender, hacer el amor, casarse, tener hijos, comprar, vender, soñar, todo, absolutamente todo se hace con un solo fin. Podemos perdonar a un hombre que pisotea a otro si en ese acto obtiene dinero. Podemos perdonar que una mujer se case con un hombre que no ama si aquel contrato significa dinero. Podemos fomentar que nuestros hijos estudien su cadalso si creemos que con ello obtendrán dinero. Podemos permitir que la gente luche, mate, destruya el medio ambiente, corrompa a los menores, si en cada cosa que hace obtiene dinero. Lo que no podemos permitir es que Petrozza beba y escriba sin obtener dinero. Que sea él mismo, que vivía, que sea libre de luchar con sus demonios o hacer lo que le plazca si no obtiene dinero.

Pensar que hace nueve años solía venir aquí mismo, al hotel Savoy a beber y follar prostitutas, a comer en el café de chinos, a pasear mi culo por la ciudad. Cuando todo había pasado escribía. Me instalaba en algún bar del centro y daba rienda suelta a mi literatura. No había algún freno que me contuviera, escribía las cosas más obscenas o alocadas y me reía de mí mismo; lo disfrutaba como un niño disfruta embarrarse en el lodo. No pensé que algunos leyeran mis textos con la misma emoción, es decir, que hubiese en el mundo otros cerdos como yo. Suele pasar tiempo para que yo descubra cómo funciona el mundo porque normalmente estoy sumergido en mi propio mundo.


3

El miércoles a medio día estaba muy mal. No había comido los días anteriores, Mariana se había hecho por todo el cuarto y no había limpiado, me estaba asfixiando; pasé las últimas treintanitantas horas divagando mentalmente sobre el significado de la vida. Llegué a una conclusión: la vida es violencia. No existe la paz. Todo sobre la Tierra y las galaxias es un constante estado de supervivencia y guerra. Incluso si mi cuerpo permanece quieto, en cama, no hay paz; dentro de mi cuerpo se libran batallas entre células, bacterias; a cada segundo muere dentro mí una parte mía, envejezco, el mundo gira, el sol abraza, las estrellas explotan en las galaxias y los cometas y asteroides llueven como balas perdidas. La paz que conoce el hombre es la paz de un gato que se arrincona bajo un mueble durante dos minutos, mientras fuera graniza y los hombres se pegan tiros por una mujer.

Me levanté muy despacio, tomé la ducha; me sentó bien, aunque no por mucho tiempo, el estómago comenzó a rugir y Mariana también comenzó a rugir. Tenía dos estómagos que alimentar. Cogí un sobre de comida felina del buró: habían estado ahí todo el tiempo pero no lo recordaba. Vaya, Mariana estaba en su derecho a rasguñarme las plantas de los pies mientras me echaba en cama. Olía bastante bien, y bueno… me resistí porque ya lo había hecho.

Supongo que llamar antes de ir hubiese sido lo más sensato, sin embargo, no deseaba llamar por temor a enfrentar la realidad: el cheque no estaba listo. Gasté las últimas monedas en transportarme hasta Iztapalapa, al CEDIS de Librerías El Sótano, para encontrarme con una negativa rotunda, impecable, inapelable e irremediable. El cheque no estaba listo, y no estaría listo hasta el viernes. ¿Por qué mentían diciendo que estaría listo el día tal si no era cierto? Es algo que nunca sabré. Son los misterios más inescrutables que ofrece la vida en sociedad. Podemos saber por qué brilla la luna si no tiene luz propia, o cómo se forman las estrellas, o qué pasaría si viajásemos a la velocidad de la luz, pero por qué los cheques nunca estaban cuando los anunciaban es una cosa que jamás sabremos. 
              
     No hice un lío de todo ello. Estaba preparado, estaba acostumbrado y, aunque esta vez necesitaba el dinero en serio, había algo de reconfortante en fracasar. Salí del CEDIS y caminé sin ánimo hacia Churubusco. Regresaría a pie. ¿Regresaría? ¿A dónde? Bueno, regresaría al hotel Savoy donde había dejado mis pertenencias y mi gata. Tenía cubierto el pago hasta hoy, miércoles. Cogería mis cosas y saldría, una vez más, a la fría y dura calle, con un gato en el regazo y una maleta a cuestas a trotar sobre la carretera de la vida. Era un renegado de nacimiento. Costaba menos aceptar la suerte, sentar cabeza, cuidar el dinero, administrar la empresa, hacerme de una buena mujer, etc. Pero mi alma era el alma de un ave y prefería volar sobre la tormenta que enjaularme.

                La caminata fue dura bajo el sol ardiente del medio día del mes de marzo. Los pies comenzaron a dolerme caminados el kilómetro y medio o así. El sudor bañaba mi cuerpo. El hambre colaboraba para moverme el suelo, para casi desmayarme en medio de un cruce de calle, para darme jaqueca, dolor estomacal, visión nublada, sed, debilidad.

Cuando estuve en el cuarto a penas tuve fuerzas para empacar y para sacar la maleta de ahí, cargar los libros y coger a Mariana. No lo pensé mucho antes de tomar la decisión. Iría a casa de Simona por un vaso con agua.


4


A toda esta etapa de mi vida, a la parte de Becky, lo que hubo antes de Becky con Simona en los últimos tres meses de nuestra relación, a la separación con Becky y mis veinte días de agonía en la casa de huéspedes, a mi estancia en el hotel Savoy y al posterior reencuentro con Simona, podría denominarla como mi vida de antes y después de Simona, o los últimos días del infierno de mi vida. Al menos, del infierno de los últimos años de mi tercera década, es decir, mis últimos años antes de llegar a cumplir treinta años. El final de un ciclo. El cierre de aquel ciclo implicaba muchas cosas, pero la más importante era la pérdida de Simona, que sufrí en compañía de Becky y en soledad. Afortunadamente Simona logró saltar, en el último momento, de un ciclo a otro, y pude recomenzar mi vida con ella. El último enunciado es falso. Ni ella ni yo éramos los mismos del ciclo pasado. El advenimiento nos convirtió en un nuevo Petrozza y una nueva Simona. Atravesamos un aro de fuego y quemamos nuestras pieles. Con nuestras pieles, nuestros defectos, nuestros orgullos, nuestros rencores. Por supuesto, fue doloroso. Tanto o más como iniciar una relación con Becky, pasar hambruna y luego caer en una desesperación absoluta que limpiase mi alma y mi mente. Mi relación con Becky fue el comienzo de una caída en picada que culminaría con mi muerte y mi renacer.





4 comentarios:

  1. Excelenteeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee, felicidades!!!!!!!!

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  2. Perro mal nacido ... tienes tanta razón.

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  3. que chingones relatos me cae

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  4. de puta madre me encancatn tus textos crudos y realistas, la parte del dinero es indiscutiblemente cierta... felicidades, voy a leer los demassss

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