viernes, 7 de marzo de 2014

El último parroquiano.

Texto por: Anton Chejov



“Los últimos son los mejores”, recordó Rudy esta frase y aceptó tranquilamente que lo relegaran a ser el postrero en servirse. Después sólo le preocupaba de qué manera cerraría con broche de oro aquella faena.

Caía la tarde veraniega en Tingo María y un grupo de 10 amigos eran los primeros clientes en llegar a ‘El alquimista’, un burdel de mala muerte situado en las afueras de la ciudad, construido con madera y triplay. Era bastante amplio y en su interior había lugar para 16 pequeñas habitaciones, un modesto bar y dos grandes baños comunes. Los jóvenes, todos ellos entre 17 y 19 años, tras ser registrados en la puerta principal por dos corpulentos tipos con unas manos enormes y velludas, una vez adentro,  miraron embelesados a las señoritas que iban llegando y se preparaban para una noche de ardua labor; era viernes, y eso garantizaba una noche muy agitada.

Después de coquetear con las damas presentes y averiguar sus tarifas, sabían los jovencitos que no todos tenían lo suficiente para atenderse. Por ello se les ocurrió que debían buscar un buen descuento, y la mejor manera era atenderse los 10 con la misma cortesana. Justamente previendo esto, habían llegado muy temprano.

Pero eran exigentes, a pesar de sólo tener unos pocos soles en sus bolsillos no se conformaban con poco. Buscaron a la más bella para saciar sus necesidades. Así iniciaron un breve recorrido por el prostíbulo, calificando a las señoritas que ya estaban listas, paradas en la puerta de su respectivo cuchitril y vistiendo trajes muy pequeños para mostrar sus bondades. Después de su corto tour llegaron a un acuerdo entre ellos: eligieron a Betzabé, una hermosa jovencita de no más de 20 años, delgada, estatura mediana, piel blanca, cabello castaño y grandes ojos negros.

Convencerla de que hiciera un gran descuento en su tarifa a cambio de atenderse los 10, no fue difícil y de esto se encargó David. Este joven trigueño de estatura media y físico algo atlético, cabello y ojos negros y su caminar de vaquero que ha cabalgado durante horas, era uno de los mozalbetes que más experiencia tenía en estos asuntos.  Por consiguiente, David y Betzabé conversaron alegremente y a los pocos minutos  el trato estaba hecho. Ahora quedaba echar manos a la obra. Claro que antes de iniciar acordaron algunas cosas importantes entre ellos, por ejemplo, que el primero en entrar al cuartucho de la dama fuera justamente el que la convenció, pues era el más avezado; además, fue uno de los que más contribuyó a la suma total acordada. Luego seguiría Juan, el más alto de todos; después Raúl, y así continuarían en orden de liderazgo y de dinero aportado. El último, como ya sabemos, sería Rudy. Aunque bastante cándido, no era de los que  les falta carácter,  pero sí,  el más ahorrador: siempre andaba con tan sólo lo necesario para algún antojito (una hamburguesa o una alita broaster) y sus pasajes para regresar sano y salvo a su casa.

Entonces ya quedaba pactado el orden. Sin embargo, Pedro, un muchacho regordete y con actitudes prepotentes,  reclamó ser el penúltimo y a fuerza de gritos pretendía ser de los primeros. Ante esto, David le devolvió su dinero y lo mandó a que se atendiera con otra señorita.  No le quedó a Pedro más que aceptar la secuencia acordada, porque ninguna lo iba a atender por sus ahorros de toda la semana, que ascendían a la ridícula suma de 18 soles.

Restablecida la calma, ya se disponía el primero a ingresar al cuchitril, cuando Juan lo detuvo, tenía algo importante que decirle a él y a los demás. Se había percatado que aquel cuartucho construido de triplay tenía unos agujeros por donde se podía espiar claramente. Se le ocurrió que cada uno debía hacer algo distinto, es decir, que cada uno cogería a la cortesana en diferentes posiciones. Los demás, entre risas, aplaudieron esta idea. Así acordaron no hacer mucho ruido para que Betzabé no se dé cuenta que la espiaban.

Ahora sí, entró el semental David. Después de que la señorita iniciara con lo acostumbrado, él, muy experimentado, la dio vuelta y la cogió fuerte por los cabellos como si estuviera domando una potra. Los demás jóvenes observaban por los agujeros del triplay. Betzabé sabía que la espiaban, pero no le importaba, es más, pensó que eso era lo mejor, pues así los muchachos se calentaban y entraban listos a batallar, y ella se ahorraba tener que hacer el trabajo previo, que en algunos casos, era más extenuante que la misma batalla.  
El segundo no tuvo que esperar mucho, pues la cabalgata de David terminó exactamente a los 6 minutos. los muchachos habían tomado el tiempo, ya que también acordaron eso.

Ahora tocaba el turno a Juan, con sus 1.85 metros era por mucho el más alto de todos. Aunque cuando se desnudó, vieron que no en todo era el más grande. A Juan le había gustado mucho la posición ‘el arco’ que había visto en su libro ‘Kamasutra’. Al parecer a Betzabé también le gustó, pues sus gemidos se oyeron muy convincentes. Fueron 9 minutos muy placenteros para ambos. Así continuaron desfilando los demás, cada uno con una nueva idea. Por su parte la dama se esforzaba por complacer las fantasías de los muchachos, y ella misma cada vez, estaba más caliente, pues era de las que disfrutan su trabajo.

De esta manera, en poco más de 1 hora, ya había atendido a 9. Por su parte, el postrero Rudy,  había visto desfilar a todos los demás y las ideas que había tenido sobre cómo tratar a aquella dama también las habían tenido dos de sus compañeros, por lo que las abandonó, y el muchacho no sabía qué hacer.

Al ingresar al cuartucho se iluminó su inteligencia. ¿Cómo era posible que a sus amigos no se les haya ocurrido?, pensaba, sí aquello era básico, simple, pero genial; la haría enloquecer de placer. Con aquella idea se sintió confiado, seguro de su triunfo; definitivamente sería el mejor amante.

Betzabé, que se hallaba sentada en el camastro, retocándose frente a un pequeño espejo de bolsillo, al verlo, aunque ya había contado a los parroquianos y sabía bien que era el último, le preguntó:

-¿Eres el último?

-los últimos somos los mejores- respondió él, convencido de que traía un as bajo la manga.
Ante aquella respuesta ella lo escudriñó con la mirada y sonrió burlonamente. Terminó de pintarse y guardó sus cosméticos en su fina cartera roja de cuero y la colocó sobre una pequeña mesa de noche que se hallaba a un lado de la cama. Después se paró frente a él y recogió su cabello con mucha gracia, al mismo tiempo que torcía ligeramente su columna y erguía sus atributos, formando un voluptuoso arco que acentuaba su silueta. 

-Eres verdaderamente hermosa y seguro que la suavidad de tu piel, los pétalos de las rosas envidian- dijo Rudy románticamente, fascinado por aquella imagen.

Como respuesta a aquellas palabras edulcoradas, ella soltó una sonora carcajada llena de sensualidad y sintió algo de simpatía hacia aquel muchacho que procuraba hacer el papel de seductor. Entonces, interesándose y todavía riendo, preguntó:

-¿Cómo te llamas?

-Rudy. Y tú Betzabé, ¿cierto? También es muy bello tu nombre.

A ella le causaba mucha gracia la actitud de Rudy y no paraba de reír. También se oían las risillas que llegaban de afuera. Él quiso decir algo más pero creyó que sus palabras lo hacían ver cursi. La contempló fijamente.  Observaba encantado aquel rostro angelical y bella figura que sólo llevaba una prenda y unos elegantes tacones transparentes que estilizaban aún más su esbelta silueta. Ella continuaba riéndose, pero como un segundo y oculto

mensaje, sus gestos insinuantes eran el complemento perfecto de su mirada picara llena de lujuria.

mensaje, sus gestos insinuantes eran el complemento perfecto de su mirada picara llena de lujuria.

Al cabo de un rato el silencio y la seriedad del novel fue apagando lentamente aquella risa sarcástica, y lo que sobrevino fue un silencio total en aquella habitación. Durante unos segundos los dos jóvenes se miraron fijamente sin decir palabra alguna. Él vio en esto la ocasión ideal, se acercó lentamente e intentó besarla en los labios. Ella volteó el rostro bruscamente y se escuchó las risotadas de sus compañeros que estaban espiando. 

Él no se amilanó, ciñó fuertemente la escultural cintura de la maja y apretándola contra su pecho, besaba sus hombros y su cuello y, apenas hubo comenzado a saborear sus deleitosos pezones rozados, rápidamente ella los escudó con sus manos y él tuvo que regresar a su cuello, pero esta vez  fue aún más apasionado y en breve los delicados brazos de la dama aprisionaron el cuello de él. Ante esto, nuevamente Rudy buscó los labios de Betzabé y otra vez fue rechazado bruscamente. Si se volvieron a reír afuera, ya no importaba, ninguno de los dos ya escuchaban nada.

Después de su fallido segundo intento por besarla, la tomó por los hombros y la tiró de espaldas sobre la cama, inmediatamente cogió con suavidad pero con firmeza las esbeltas pantorrillas de la bella y separó sus piernas. Ésta, algo sorprendida pero intuyendo las intenciones del joven, no ofreció resistencia. Mirándola fijamente a los ojos, él se inclinó y empezó a besar aquellas rodillas perfectas.

Ella miraba extasiada como los labios de Rudy se deslizaban lentamente por sus blandos muslos y su pecho se inflaba con cada respiración, excitada por lo que venía.

Recostó su cabeza sobre la cama y dirigió su mirada extraviada hacia el techo de calamina, no pensó en nada, sólo quiso sentir. Abrió aún más sus piernas y con sus delicadas manos estrujaba sus senos junto con sus rosados y suaves pezones. Se abandonó completamente, cerró los ojos dejándose transportar por el placer, mientras Rudy, arrodillado junto a la cama, como un león hambriento, devoraba sus jugosas carnes. 



Texto por: Anton Chejov

3 comentarios:

  1. No, si hasta te entran ganas de ir ahora mismo a un putiferio.

    Genial

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  2. jajaja menos mal k mi nombre se escribe RUDI ... y no Rudy jejeje ... oe pero no me gust el final ehhhhh jajajjaja :)

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  3. Jejeje qué sucio ese Rudy. Aunque si la chica era como la describes...qién sabe...jeje

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