viernes, 14 de marzo de 2014

El regalo de la quinceañera.


Texto por: Anton Chejov


Para aquellos muchachos era imperioso asistir a la fiesta de quince años, pues sabían que tendrían trago y comida gratis, además, si había suerte, tal vez podrían ligar con alguna moza que hubiera asistido sola (sin nadie que la librará de las garras de aquellos vagos).
Eran las 11.00 p.m., la noche estaba fresca y el cielo despejado (una noche común de verano del clima templado limeño), y como todos los sábados, los amigos (jóvenes con pocas oportunidades en la vida y casi todos con una infancia traumática) se encontraban reunidos en la esquina favorita del barrio. Aunque se reunían todos los días en aquella esquina u otro lugar para perder el tiempo y fumar un poco de hierba; pero eran los sábados cuando el tema de conversación era planear a qué fiestas se colaban. Generalmente acudían a varias parrandas con apenas unos cuantos soles en sus billeteras de cuerina, engrosadas por las muchas tarjetas inservibles que guardaban en ellas.
Aquella noche lo decidieron rápido: irían en primer lugar al cumpleaños de Melissa, una bonita colegiala que cursaba 5° de secundaria en el CEP Christian Barnard, considerado uno de los mejores colegios particulares de la zona, aunque sus instalaciones eran casas comunes de dos pisos (adaptadas). Por consiguiente las aulas eran tan estrechas que los profesores no llegaban a la última carpeta sin pisotear las mochilas tiradas en el piso por falta de espacio. 
Aunque tan sólo conocían a Melissa dos de los muchachos, era más que suficiente para que asistieran los nueve. Los gandules tenían la costumbre de ir a todo lugar con las manos vacías. Pero aquella vez a alguno de ellos se le ocurrió que debían llevar regalo.
—Hagamos una chanchita pal regalo —dijo Julio.
—Ya pe, cuánto por cabeza —preguntó Aldrín.
—Lo que tengan, lo que uno quiera dar, pe —decían los demás. 
Estaba decidido. Pero cuando Luis intentó recaudar el dinero nadie quiso ser el primero en colaborar y empezaron a discutir, y continuaron discutiendo media hora más sin juntar un centavo. 
—Mejor hay que llevar una caja vacía, yo tengo una bacán —se le ocurrió esta gran idea a Jonathan.
Los demás, entusiasmados, pues de esta manera se solucionaba el problema de la colecta,  apoyaron la idea y le dijeron que se apurase. En unos minutos regresó Kama Sutra (así llamaban a Jonathan, pues su patrimonio constaba de más de cien de estas revistas) con la caja de cartón y papel decorativo para envolverla.
—Pero no pesa, on, se va dar cuenta la flaca —dijo Julio riéndose y con algo de preocupación.
   —Hay que meter esto —dijo Luis cogiendo un ladrillo que se hallaba en el jardín de aquella esquina.
La risa se desató entre los jovencitos, un tanto por la situación bastante cómica, y otro tanto por la marihuana que tenían en sus cerebros. Cada uno buscaba en los jardines aledaños algo apropiado para meter en la caja y simular un presente. Probaron desde pedazos de maderas, plantas, una zapatilla podrida y hasta excremento seco de perro.
Continuaron así, ahogándose con sus carcajadas, fruto de sus ocurrencias, sin decidir qué poner en la caja, hasta que Aldrín encontró un pequeño gatito que andaba por ahí. Y a todos les pareció el regalo perfecto. 
No fue difícil meter el gato en la caja, pues era muy pequeño y casi no ofrecía resistencia. El problema eraque hacía mucho ruido, no paraba de llorar y así la quinceañera iba a saber de qué se trataba el presente inmediatamente al recibirlo.               
De pronto, Tyson, uno de los más rudos del grupo, recogió el ladrillo que encontrara Luis, se dirigió hacia Aldrín, le quitó la caja, la colocó sobre la vereda, sacó al gato y sosteniéndolo por el cuello con la mano izquierda, lo presionó contra la vereda y con la mano derecha golpeó fuertemente la cabeza del pequeño gato con el ladrillo. No hubo sangre y… eso fue todo. Volvió a colocar el gato dentro de la caja y él mismo se encargó de colocar el papel decorativo. 
Todos observaron sorprendidos lo que hizo Tyson, pero nadie intentó detenerlo. Después de unos pocos minutos de silencio la risa regresó, pues recordaban con qué cuidado Tysón había colocado el papel decorativo en la caja después de colocar el gato muerto dentro, y por otra parte imaginaban la sorpresa de la quinceañera al abrir su regalo.
Finalmente llegaron a la fiesta. La casa era de tres pisos, pero ninguno de ellos tenía acabados (pareciera que existe una competencia silenciosa entre algunos vecinos de los conos de lima: quién construye la casa más grande, no importan los acabados, solo el número de pisos). La ceremonia y el baile de viejos sería en el segundo piso. Los adolescentes podrían bailar reggaetón en el tercer piso, acondicionado con luces de neón.
Los jóvenes llegaron antes de la ceremonia y saludaron todos a la agasajada. Por supuesto el encargado de darle el regalo era Tyson. 
Al cabo de veinte minutos, mientras los adolescentes se atragantaban con cuanto bocadito llegaba a sus manos y las jovencitas mirándolos coquetamente comentaban entre ellas lo lindos que se veían los chicos con sus aretes de fantasía  y sus cabellos con gel, se empezó a notar un pequeño movimiento en la enorme canasta que contenía todos los regalos. Por supuesto el meneo provenía de la caja con el gato dentro y hacía mover los regalos que habían sido depositados encima. Le avisaron a la quinceañera. Ella pensó que se trataba de alguna broma ejecutada a control remoto. Quitó los regalos que estaban encima y cogió la caja que se movía. Mientras abría la caja, su rostro dibujaba una gran sonrisa, estaba ansiosa por ver la linda sorpresa que había en aquella caja mágica (seguramente la bulla no dejaba escuchar el maullido del gato), el regalo debe ser muy caro y preciado pensaba. 
Al abrir la caja su alegre expresión se llenó de repulsión y lastima al mismo tiempo y no atinó a decir nada. Dentro de la caja el pequeño minino se retorcía sin poder levantar la cabeza. 
Se acercaron a ella sus primos, la consolaron y se llevaron la caja con el gatito. Uno de ellos vio cuando le entregaron el regalo y acusó directamente a los culpables, quienes hacían esfuerzos por contener la risa. Después, el padre de Melissa, ya informado de todo, encaró a los mozalbetes.
— ¡¿Quién ha sido el payaso que ha traído esa caja?! —dijo con voz grave y severa.
—No hemos sido nosotros, nuestro regalo no tenía ese color de papel —respondió Jonathan, el más guapo del grupo, pero también el más vago y cínico. 
El padre miró a su hija esperando a que desmintiera al muchacho, pero ella asintió la respuesta de Kama Sutra.

Texto por: Anton Chejov

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